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Juan Lima se levantó antes de que cantara el gallo, encendió los braseros y avivó las brasas en el horno de barro, sacó lustre a todos los  pares de botas de su amo, escobilló cuidadosamente sus casacas de terciopelo y fue de un lado a otro de la cocina apurando a las criadas para que tuvieran el desayuno a la hora.  A las siete,  como cada mañana, trajo las toallas tibias y  el cántaro de agua fresca,  dispuso la vestimenta limpia sobre la silla  y  recordó a su amo que era hora de levantarse. Apenas había empezado el día y ya estaba  fatigado. Aún  debía esperar  que su amo estuviese listo antes de que pudiera comer algo; Juan Lima aprovechó un momento de descuido  y mordisqueó un mendrugo que había levantado en la cocina. Qué deliciosos se veían los platillos del desayuno de su señor. Algún día, Juan Lima estaba seguro, cualquier día de estos él sería un hombre libre y construiría su propia casa para guarecerse del sol y la lluvia. Cualquier día de éstos, él estaba seguro de eso. Especialmente  después de haberse pinchado el talón en el último paseo a la playa de su amo. 

 

Juan Lima es oscuro como el chocolate que tanto le gusta beber a doña Diamela, su ama. Es un hombre afortunado, usa las camisas viejas del amo, pero no sabe lo que son los zapatos, lo que a fin de cuentas,  también le es favorable. Juan Lima tiene los pies curtidos de tanto ir por el mundo sobre sus pies desnudos.  Zzummm, zzummm, para él, yo no soy ni siquiera hermosa. Me ve sólo como un montoncito de dinero.

Ya que su amo ha prometido  liberarlo en cinco años más, Juan Lima le sirve con especial dedicación. Él ya está preparado para ese día, nunca había estado tan  feliz y  tan  tranquilo como lo ha estado desde  que tiene escondido en un agujero del piso a ese maravilloso objeto que pagará el techo y la huerta del hogar que siempre quiso tener. Zzummm, zzummm, como un objeto, así me ve Juan Lima, pero yo no puedo si no encontrarle razón.

 

Cuando el hacendado parte a recorrer su tierra, Juan Lima se queda bajo el alero hasta que la polvareda que han dejado los caballos desaparece totalmente. Este será para él uno de esos días fáciles; cuando el amo sale,  la patrona se olvida de él y le proporciona alguno de los mejores días de su existencia. Como el esclavo  sabe que cuenta al menos con  la mañana, acaba  rápidamente sus deberes y corre al estero a sentarse a la sombra de los sauces.

Con las delicadas agujas de la hierba bajo la espalda, el esclavo observa las nubes. Algunas, piensa, semejan cóndores, otras, rebaños de ovejas. Un ramalazo de viento hace que  las ovejas  corran despavoridas, detrasito, los cóndores se retuercen, se rasgan, se amoldan y se convierten, repentinamente, en  un  feroz lobo que las acorrala hacia aquel rincón de la cordillera donde podrá capturarlas, devorarlas una a una hasta que de tan hinchado el lobo se convertirá en  terrorífico dragón de larga cola, con gran hocico lleno de afilados dientes.

Tanto esfuerzo, tanto viento, descomponen  y rearman la escena dejando las nubes convertidas en el mismo rebaño de ovejas que pace plácidamente bajo el sol estival. Sobre la hierba,  arrullado por  los pájaros, acunado por los tallos gráciles del azulillo, Juan Lima duerme profundamente.

 

Las campanas de la hacienda tocando a rebato  arrancan al esclavo del país de los sueños. ¡Algo ha ocurrido! Veloz como un rayo,  Juan Lima se pone de pie y corre por los campos en dirección a la casa patronal. Ya desde los corrales se pueden escuchar los ayes de dolor, los gritos de desesperación de las mujeres, los aullidos de los perros que olfatean el áspero olor de  la sangre y la muerte.

-¡Los bandidos, deben ser los bandidos! – grita Juan Lima sintiendo que el corazón se le va a escapar por la boca. -¡Los bandidos!-  Vuela más que corre hasta que la casa aparece delante de sus ojos.

 

La escena es dantesca: hombres y mujeres  dan vueltas enloquecidos entre los jinetes cubiertos de sangre, los caballos piafan sus pavores y se encabritan echando al aire nubes de tierra caliente, los niños lloran formando un apretado montón de carne palpitante, las quejas de los heridos desgarran el alma.

Y doña Diamela, Juan Lima no quiere ni mirarla; la señora, de rodillas en el suelo,  se arranca los cabellos loca de dolor,  lágrimas ardientes le borran de las mejillas la fina capa de polvos de arroz esparciéndola sobre su escote de tafetas. En su regazo, desmadejado e inerte, con los ojos vacíos y la boca abierta en un mudo grito de adiós, descansa  para siempre el  esposo que despidiera tan alegremente pocas horas atrás.

Mucho antes de la invención de la  escritura, los bueyes almizcleros eran ya ardientes lectores, que estudiaban con empeño las señales de la naturaleza, leían el reporte atmosférico en las nubes y se trasmitían las memorias de su especie en forma oral.

Por ello, no  constituyó sorpresa para el Creador que este enorme miembro de la familia caprina se aficionase con entusiasmo a la lectura, y desde los primeros tiempos de su existencia matasen las largas soledades de los helados páramos que habitan leyendo con pasión. Seres de gran inteligencia y sensibilidad,  aman todo tipo de autores y géneros. Algunas familias se inclinan hacia la lírica, otros hacia textos históricos o filosóficos, pero se sabe que últimamente se apasionan por la literatura fantástica.

Dada su gran envergadura, los bueyes almizcleros fueron siempre presa favorita de algunos predadores empecinados en  pasar las hambrunas invernales con uno de ellos en su alacena. Para qué vamos a negarlo, su gran enemigo ha sido y será siempre el lobo.

Debido a eso,  no les quedó más remedio que convertirse en una especie viajera.  Escapando de los colmillos lobunos, el buey almizclero cruzó el Estrecho de Bering a fines del pleistoceno, y esa acción evasiva significó su desaparición de las tundras europeas y asiáticas. Fue, sin duda alguna, uno de los primeros inmigrantes europeos en instalarse en América del Norte.

Pero  en esos años primigenios, los lobos eran tan numerosos que no les daban respiro.  Gran cantidad de crías eran robadas y devoradas cada año y los bueyes almizcleros,  especie de por sí amante de la familia y muy querendona de sus hijos, estaban desesperados.

Hasta que un día, uno de ellos llegó al galope para contarle a su manada  sobre el último libro que había caído en sus patas:

.¡Leí Los Comentarios  sobre la Guerra de las Galias, de Julio César, no van a creer la de cosas que he aprendido! –mugió emocionado.

Y continuó contándoles que, entre otros,  Julio César era autor también de  los Comentarios sobre la Guerra Civil,  y que en ambos  libros detallaba, con  excelente manejo del  latín y demostrando grandes conocimientos de sintaxis, aspectos de la vida cotidiana en el ejército romano, su organización, las tácticas bélicas que éste  empleaba, y las variadas técnicas guerreras. Los bueyes almizcleros, pacifistas declarados, no se interesaron en el  ataque o las armas, pero no dejaron de notar que sus cuerpos, envueltos en una tupida y espesa capa de lana, estaba hecho para la defensa, y como si fuera poco estaban dotados de una fuerte y agresiva cornamenta.

Una revisión detallada de la obra de Julio César les permitió encontrar  un perfecto sistema defensivo: la falange. De inmediato comenzaron a practicarla. Apenas aparecía una manada de lobos, los machos formaban un círculo cerrado, que protegía a los ejemplares débiles en su interior. Con el tiempo, lo fueron perfeccionando. Hicieron que el círculo rotara para que  la primera línea de defensa fuera renovándose y de esa manera siempre estaban protegidos por tropas frescas y animosas.

Lógicamente, eso no hizo muy felices a los lobos, pero permitió que los bueyes almizcleros  llevaran una vida mucho más tranquila. Ahora podían dedicarse a otros autores, pero no olvidaban a Julio César y para ellos fue un sufrimiento enterarse, gracias a Plutarco, de la triste suerte corrida por su máximo héroe. De hecho, el personaje más despreciado por los bueyes almizcleros es , hasta el día de hoy, el traidor Bruto.

Después de tanto tiempo, los bueyes almizcleros ya se habían acostumbrado a América, pero no sabían que lo peor estaba por venir.  Su   peor enemigo resultó ser ese agresivo recién llegado, el Hombre. Tan trágica fue la intervención del Hombre y tan  arrasadora la cacería a la que los sometieron, que a comienzos del siglo XX el buey almizclero se extinguió en gran parte del continente americano, quedando reducido a una pequeña población en Canadá y Groenlandia.

Ahí fue cuando los bueyes almizcleros demostraron por segunda vez su inteligencia y se volcaron hacia los libros  científicos y de conducta animal. Leyeron de punta a cabo los principales textos sobre las técnicas para reintroducción de especies  en peligro de extinción y diseñaron para sí un nuevo itinerario: de una manera u otra, deberían convencer al hombre de revertir su camino en el tiempo. Los bueyes almizcleros querían desandar su  migración ancestral y regresar a Europa, pero en ningún caso, al Asia; también habían leído sobre la manera en que comen los pueblos asiáticos y no tenían ningún interés en formar parte de su abanico de posibilidades.

Así fue como se contactaron con organizaciones amantes de la fauna salvaje y los convencieron de reinsertarlos  en los Estados Unidos, Svalbard, Noruega y Siberia y al poco tiempo  eran una especie en proceso de expansión, con tanto éxito, que se tienen noticias de algunos que ya han traspasado las fronteras desde Noruega hacia Suecia.

El camino fue largo y tortuoso –suelen decir-, pero nunca habríamos superado las dificultades de no ser por el gran patricio romano. ¡No entendemos por qué los Hombres, que ignoran por completo lo bueno que es  vivir en paz,  han dejado de leerlo!

-Muchos años atrás, cuando fray Joaquín   entregó su alma  al Señor, las tierras que alguna vez fueron conocidas como las Indias Occidentales   se abrían lentamente a la cultura hispánica. Uno tras otro, los navíos procedentes de Europa desembarcaban  en sus costas a aquellos que traían el último ingrediente necesario para constituir  la nueva raza criolla: la sangre española.

Esta noche la abuela parece algo melancólica.  A veces mira por la ventana hacia el rojo manchón del ocaso y suspira bajito. Como si comprendieran que algo ocurre, los niños no la presionan, se han adaptado al lento ritmo de sus palabras.

-Fray Joaquín se fue en paz, en esa misma paz que lo había acompañado  desde que abandonara el ejército de Su Majestad  para convertirse en un miembro más del ejército de Cristo. Poco y nada tenía  el fraile para legar a sus familiares, puesto que hacía ya muchos años que había hecho voto de pobreza. Cuando  fray Joaquín Martínez del Pedregal  se despidió del mundo sólo pudo dejar el recuerdo de su bondad y un hermoso broche de ámbar engastado en oro; en el centro del mismo, tan flamante y tan perfecta como aquella mañana que una gota de resina  la atrapó, se destacaba una  avispa de chaqueta anaranjada, que  de tan  real parecía a punto de dar un zumbido.

 

Zzummm, zzummm. ¿Qué otra cosa podía hacer aparte de zumbar y observar a esos  seres extravagantes?   Mi buen fraile se marchó con esa elegancia y bondad  que siempre le caracterizaron en vida. Nunca se desprendió de mí, pero si lo hizo no fue por contrariar sus votos de pobreza, sino para no olvidar el dolor y la gratitud en los ojos de aquel indio que me pusiera en sus manos. ¿Cómo se llamaba? Mucho   temo que lo he olvidado…ah, ya sé, Mayube. Nunca más supe de él

A la muerte de mi querido fraile  viví dieciocho años  en compañía de la señorita Augusta Mercedes  Martínez, su sobrina. Poco y nada recuerdo de ella, zzummm, zzummm, salvo  su capacidad para hacer una tormenta en  medio vaso de agua. Los arrebatos de mi ama eran famosos en Antigua Guatemala y debo admitir que cuando la señorita Augusta Mercedes  pasó a mejor vida la ciudad entera emitió un profundo suspiro de alivio. Zzummm, zzummm.

De una mano en otra fui pasando, no siempre de la mejor manera. Para mi sorpresa, con el correr del tiempo los caballeros ya no parecían interesarse en mí de la misma manera que antes, ahora eran las damas quiénes  se morían por prenderme en su escote. Ellos me buscaban para complacerlas, por ver asomarse una sonrisa a los labios de sus amadas. Más de una vez, alguno no pudo pagar mi precio y se apoderó de mí de forma que prefiero no  recordar. ¡Qué falta de decoro! Zzummm, zzummm.

El  año de 1811, yo vivía en Guayaquil, en casa de la distinguida familia  Ribera y Castro,  y eran las fiestas de carnaval cuando mi ama, la señorita Lucía, y yo,  nos  asomamos  casualmente a la ventana  en el preciso momento  que pasaba por allí un hacendado venido de Chile, llamado Francisco de Eyzaguirre. Bastó  que él posara sus ojos sobre nosotras para que se enamorara con locura, lo que cualquiera puede entender, en especial mis admiradores.

 Todo lo demás pasó como en un sueño: el romántico noviazgo, el compromiso,  los esponsales y el largo viaje por mar que nos llevó hasta las costas de ese lejano país. Zzummm, zzummm. Ni que decir tengo que por donde quiera me llevase  doña Lucía  todo el mundo quedaba deslumbrada de sólo vernos. Entre ellos, el famoso maestro Gil de Castro, quien me inmortalizó sobre el pecho de mi señora  en un hermoso retrato que, por desgracia, se destruyó en un  terremoto el año de 1905, muchos años después.

Doña Lucía se trasladó  al campo de su enamorado y vivió  los siguientes veinte años penando por ver el mar otra vez.  Una vez al año, en el mes de febrero, su marido, para consolarla, cargaba varios carros con todas las vituallas e implementos necesarios y recorría los largos ochenta  kilómetros que separaban la hacienda de la costa, donde se habían construido una casa de verano.

En esos tiempos,  cuando se iba de vacaciones  no se podía contar con el almacén, de manera que se arreaba con todo: las gallinas ponedoras, una vaca para la leche, corderos, pollos  y cerdos  para echar a la cazuela, legumbres y harina para amasar el pan, criadas y esclavos, aceite para las lámparas, mesas, sillas, catres y cobijas. No es necesario que me lo digan. ¡Qué incomodidad!  ¡Qué algarabía de bestias y hombres! En buena hora se viajaba poco o los atascamientos en los caminos  hubieran sido tremendos. 

Doña Lucía, como es lógico, sólo se preocupaba de verse bella y subir al  carro con mi personita luciéndose en su pecho. Zzummm, zzummm. ¡Qué bien nos veíamos una junto a la  otra; sin duda alguna fue su belleza la que mejor marco constituyó a mi perfección!

Fuimos tan felices las dos…el día que nos separamos, a doña Lucía se le rompió el corazón. Y eso que nunca más supo de mí, porque si hubiera tenido noticias de los terribles dos años que pasé enterrada en las arenas de la playa seguro que se habría culpado de ello. Aunque en realidad no fue responsable, mi querida ama, fue Etelvina, la criada, quién me dejó mal prendida en su corsé…qué dañina puede ser la envidia.

Dos días con sus noches estuvieron los hombres harneando la arena de la playa y registrando las rocas de la orilla. Todo en vano, porque mi señora, pajarito de cabeza hueca, nunca pudo recordar en qué momento trágico me había visto por última vez.

Ni siquiera habría sido  difícil dar conmigo, después de todo, sólo dos años después, al esclavo Juan Lima le bastó  con caminar descalzo  detrás de su dueño para sentir la punta de mi aguja en su talón. Cuando se agachó a ver su herida me encontró allí; bella, incólume, más tentadora que nunca. 

Un esclavo es más listo por viejo que por otra cosa, Juan Lima calló  inmediatamente sus  ayes de dolor. En el mayor de los secretos, me metió en su bolsillo y se marchó cojeando detrás de la comitiva, no fuera cosa que alguien se diese cuenta de lo que había ocurrido.

Desde tiempos inmemoriales, se cree que el Quirquincho tiene una sola fobia, pero no es así. Fuentes bien informadas  confirman que también odia su nombre andino. Durante mucho tiempo, el Quirquincho  mantuvo una campaña para que se le llamara como en el resto del planeta, Armadillo,  y aún se sabe de algunos grupos extra sistema, de estirpe rockera, que  sueñan con ser llamados Tarkus, en homenaje al mítico monstruo de Emerson, Lake and Palmer.  Sin embargo, y eso es vox populi,  lo que los Quirquinchos aborrecen con toda su alma, es la música andina.

Cuesta creerlo, pero una mañana clara, de esas en que el aire del altiplano es más liviano que de costumbre y las montañas de los Andes se difuminan como una vasta acuarela, Quirquincho sintió que el viento  cantaba una  melodía triste de singular belleza. Deleitado, se detuvo a escucharla.

La música iba y venía en brazos del viento. Bajaba velozmente raspando las  colinas y dispersaba motas de polvo dorado, peinaba los campos de paja brava dibujando olas  de esmeralda y se perdía luego sobre las vegas dejando tras de sí  las aguas rizadas de frío. Emocionado, Quirquincho levantó su hociquillo sonrosado.

-Viento  – llamó-,  dime dónde aprendiste esa canción nueva,  tan bella y tan triste.

El Viento,  distraído  por su tarea, seguía silbando pegado a las cumbres de Los Andes.

- ¿Canción  nueva? Toda mi música es hermosa –respondió finalmente-,  mi favorita es la gran obertura de los huracanes, pero también amo el crepitar de las hojas secas bajo mis pasos.

¿Hojas secas? Quirquincho ignoraba de qué estaba hablando el viento.

-Es nueva, Viento, nunca la había escuchado antes. Es diferente.

Insistió tanto, que el viento se disgustó y se perdió rumbo a los volcanes. Apenas el altiplano quedó en calma, Quirquincho supo que la música no venía del viento, porque después de su partida, podía seguir oyéndola.

Quirquincho buscó largamente en la planicie y continuó buscando en la orilla de la laguna, sin poder dar con la fuente de la  música. Finalmente, cansado de tanto caminar sobre sus patitas cortas, se metió por una quebrada y allí, cuidando un rebaño de alpacas, un pastor  soplaba en una flauta de caña. Hechizado por la melodía, Quirquincho fue hacia él.

- Hombre –dijo-, nunca antes supe que existiera una música más bella que la del viento. ¿Qué es eso qué soplas?

- Esta –respondió el pastor-, es mi flauta de caña, a la que llamo quena.

¡Cuánto deseaba Quirquincho soplar en la quena, no podía pensar en otra cosa!

-¡Enséñame a hacer música, Hombre! – pidió.

Tanto suplicó, que el pastor trató de enseñarle a tocar la quena, pero no había caso, los pulmones y el hociquito de Quirquincho no estaban preparados para  ello. Quirquincho, sin embargo, no se daba por vencido y cada tarde venía a pedirle al pastor que le enseñara  a tocar la flauta de caña. Hasta que un día, el pastor, cansado de darle clases sin resultado alguno, tuvo una idea malvada.

-No te preocupes, Quirquincho –le dijo-, ya sé cómo puedes tocar una música tan bella que todos quedarán embelesados cuando te escuchen.

-¡Dime, dime qué debo hacer, Hombre,  que hacer música es mi sueño más  acariciado!

-Ven aquí, a mis manos –ordenó el pastor cogiendo una pesada piedra.

Y apenas lo atrapó, acabó con su vida, preparó comida con su carne y limpió bien su armadura córnea. Después le añadió una empuñadura e instaló en ella unas cuerdas de guitarra. Apenas estuvo listo el instrumento, el pastor  rasgueó sus cuerdas y la música  vivaz  del instrumento  se esparció por el altiplano.

-Tal como pensé, has resultado un buen intérprete, Quirquincho –rió el pastor. Ya sé -añadió-, lo llamaré charango, y  ahora tendremos dos instrumentos que nos harán bailar en  las fiestas.

Tanto éxito tuvo el instrumento, que pronto todos los  músicos de los Andes querían tener uno. Al principio les fue fácil engañar a los Quirquinchos, tal como  el secuestrador de Hammelin, bastaba con que los hombres tocaran  una quena y los pobrecillos aparecían  seducidos  por esos bellos sonidos que  les robaban el alma.

Pasó el tiempo y otros hombres escucharon la música andina y no hubo quién no deseara rasguear las cuerdas de un charango. Los pobrecillos Quirquinchos iban  desapareciendo del altiplano, vivían  sobresaltados, escondiéndose en sus madrigueras y con el corazón apretado por el destino de sus crías.

Por esa razón, decidieron que los Quirquinchos odiarían la música como a su peor enemigo y que la música andina sería tres veces maldita para ellos hasta el fin de los tiempos. Hoy, cuando escuchan  la triste queja de una quena,  corren a esconderse y tapan las orejas de sus hijos para impedir que la Muerte se asome a tentarlos.

Why dromedary has one hump

The wildlife guard many secrets, secrets that would astound anyone that happens  to spy on their most intimate secrets, and camels are willing to die as long as theirs does not come to light.
At the dawn of life, both  Dromedary and Bactrian camel wore on their back a single hump, and fiercely guarded, because  in the driest of deserts,  the hump ensures they could survive long without food or water.
One day, Nature gathered all the camels at a point in the cold steppes of Asia and said:
“I need to urgently update the Evolution Plans for Wild  Fauna and this requires stakeholders to participate in an experiment: you must  traverse the drylands of the world and see in what place can best adapt”.
The dromedary  could not stand the cold so he  had planned to settle in the North African coast that summer, the idea of becoming a subject of study was not very funny, but nobody tells  not to Nature, so he accepted. The lama and the alpaca, not without reason had become known for being clueless, and they were too busy chewing their food, so do not put attention to the Nature’s words. The Bactrian camel, always so responsible, squared his feet loudly before replying:
- Will be an honor and pleasure to serve your ladyship!
Nature was all fluffed. What a gentleman could be the Bactrian camel! She gave the  camelids  the roadmap wishing them good luck and left.
Just she had disappeared, the dromedary  screamed as high as  the sky:
- Traverse the deserts, such a nonsense. Of course, it happens when usual bootlicking say  she’s right  in everything!
The lama and the alpaca, which had other concerns, did not understand the dromedary’s anger, so they continued their lunch. The Bactrian camel, sad and offended,  not speak to him.
Reluctantly, the dromedary took the path followed closely by the Bactrian camel. The lama and the alpaca, which had not finished eating, swallowed the last hurried bites and ran after them when they realized they were running alone and had forgotten the way home.
They walked, walked and walked, crossing the deserts of the world. One day, they met a Desert Rat who, with their young, were dying of thirst.
- Help us, please, we die of hunger and thirst!
The dromedary, still angry, turned a deaf ear. The Lama and the Alpaca came far behind and did not hear anything, the Bactrian camel, tired and thirsty, he stopped and said:
“Climb on my back and I will take you to the nearest well”.
The Rat and their pups  mounted on its back. When they reached the spring water they  drank till their bellies were round, and when the others  would leave, decided to live there. The Rat gave them  very grateful goodbye and when away from the dunes, the Bactrian camel could see his figure and his mice still waving his front paws.
Camelids continued their journey and somewhere in the Andean highlands, lost sight of the Alpaca and the lama, who refused to step over because they were so tired. Although they were ignorant, they had crossed over half the world and came closer to their homelands. The dromedary was starting to feel familiar smells and was anxious to leave the hard mission. The Bactrian Camel, however, knew he must return home, between the Hindu Kush and the Amu Darya, as he had promised to Nature.
Walking through the deserts of North Africa, the dromedary felt in the distance the sea salt scent, and losing his mind, started to jog and then run to the coast. The Bactrian camel shook his head sadly before resuming the route. Now he had been left completely alone.
But then, the Nature appeared suddenly, stopping the run of the dromedary.
- Where are you going in such haste without finishing your homework? – the Nature snapped.
The dromedary lowered his head in shame and remained unanswered for so long that  the Bactrian camel arrived by their side.
“How is your ladyship, what a pleasure to see you,” he greeted.
I don’t need to tell that Nature was fancy and happy. She  had almost forgotten his anger, until she remembered the issue that brought her out there:
“The lama and the alpaca have found their destination in the Andes and apparently, you also envision your own, she said, but not all of you have met the same way, so, you dromedary, you will be living in the Arabian desert with difficulty and join your energies on the hump. You instead-she was addressing the Bactrian camel now-, receive greetings from the Desert Rat, she and  her  pups are very thankful to you.  You  can return to Bactria, from now on you’ll have   double reserve of energies.
So saying, she disappeared. After a while the Camel looked up and discovered with astonishment that the Bactrian camel, instead of one, now had two humps. Dying of envy, he resumed his way to the oasis of the coast and when asked why, unlike his cousin, has a single hump, gritting his teeth, lowered his head and stay in  silent embarrassment.

Hola amigos, cómo están.  nosotras, como siempre, pensando en nuevas lecturas para entregarles.

Y esta vez les tenemos una historia salida de los anales más  lamentables de la vida salvaje. Por qué el quirquincho odia la música andina. espero les guste y la cuenten a sus hijos para que ellos sepan el tremendo daño que una mala idea puede provocar en una naturaleza de tan delicado equilibrio como es la nuestra.  nos vemos mañana y si tienen alguna idea que proponernos, envíenla. Quizás podamos contarles el secreto de su animal favorito.

Cariños del Platillo Volador

Gato con botas, dime ya

si viene mañana mi niño a jugar,

dime si usa botas de siete leguas

o da pataditas en tensa espera.

Detente Pinocho, ven a responder

todo lo que mi niño desea saber.

¿Habrá luna llena al abrir mis ojos,

comerá Pedro conejo ramitas de hinojo?

No me olvides Aslan, de negra melena,

que viene mi niño a terminar la espera,

abriré las páginas de mi infancia entera

para  mi niño que llega con la luna nueva.

Blanca Nieves, Cenicienta y Rapunzel,

ya vienen escapando de su mundo de papel,

se asoman curiosas a atisbar el parto,

la Bella Durmiente se esconde en el cuarto.

Mi niño navega en barco pirata

y en medio del río encuentra a la Rata.

¿Dónde vas amigo, qué se te ha perdido?

A mi Topo querido, que aún no ha venido.

Vamos todos juntos a esperar  la vida

que viene de prisa,  llega sorprendida,

lanza un primer lloro, gimotea escondida

y le imprime en la cara pícara sonrisa.

Que todos mis libros,  todos mis cuentos 

 esperen a mi niño que ya viene ansioso

de historias, de magos, de sirenas y osos

mientras yo le canto canciones de gozo.

La audiencia ha decrecido  esta noche. Tres de los primos se han marchado a Bogotá y la pequeñuela, a quien le han caído mal unas frutas verdes, se ha ido a la cama con las gallinas. No importa, opina Daniel, nosotros sí estamos aquí; y los ojos le brillan  como luciérnagas cuando dice estas palabras. La anciana sonríe, se acomoda y retoma el hilo de sus recuerdos.

            -El sol pegaba fuerte cuando el vigía dio la voz de alarma; un jinete se acercaba a  galope tendido. Los hombres de la guarnición corrieron a sus puestos y  tenían las armas en ristre cuando reconocieron que se trataba de Diego Cabrales, capataz y mano derecha de Juvencio Esquerra, dueño de unas labores de plata en Comayagua.

Cabrales cayó del caballo exhausto y la pobre bestia estaba prácticamente reventada. Con su voz entrecortada, el capataz transmitió el mensaje que Juvencio Esquerra, analfabeto, no era  capaz de escribir .

- ¡Trescientos indios se han alzado en armas y vienen hasta las minas a rescatar a los indios de la encomienda de Don Juvencio!

La noticia no sorprendió a nadie, Juvencio Esquerra era ampliamente conocido como el más cruel de los encomenderos, pero el deber de los soldados de Su Majestad era mantener la paz en las tierras conquistadas.  El teniente organizó inmediatamente un  destacamento de hombres bien armados y  partió  a socorrer a la gente de Esquerra. Iban los hombres en silencio, con el oído atento a los sonidos de la selva, la mirada pendiente de cualquier movimiento.

Tras medio día de marcha divisaron a lo lejos una gran humareda, que  provenía de las labores mineras. El teniente se acercó con precaución, no era cosa de arriesgar  la vida de su gente. Sin embargo, a medida que se acercaban  al campamento se fueron tranquilizando.

Los hombres de Esquerra, armados hasta los dientes, salieron a recibirles con gritos de alegría. Nada, allí, todavía no había pasado nada. Seguramente  los indios lo habían pensado mejor y  no se atrevieron a atacarles.  La tropa del teniente fue atendida con comida y bebida y se les invitó a sentarse a la sombra para reponerse del terrible calor reinante. En todo caso, los causantes de la rebelión ya habían sido separados y  serían pasados por las armas a la mañana siguiente.

El teniente  no estaba para descansos. Ordenó a sus hombres dar una batida por los alrededores y recorrió el campamento para cerciorarse de que todo estaba seguro. El teniente descubrió con tristeza una  veintena de indios que aguardaban la muerte atados  y amontonados como  cerdos en el abasto. Entre ellos,  cubierto de polvo y hormigas, Mayube desfallecía de sed.

-¿Por qué está otra vez este indio en el cepo?-  El teniente estaba molesto, no podía ser que todas las veces estuviera el mismo indio allí, torturado y sangrante.

-Este indio es el culpable del levantamiento.   Azuzó  a los fugitivos para que pidieran la ayuda del   cacique Ñatubí. -Explicó Esquerra.- Le hemos juzgado y condenado a muerte, mañana se le ajusticiará, igual que a los otros rebeldes.

Los ojos mansos de Mayube le revelan a Martínez que el encomendero está mintiendo, pero el recién llegado no dice una palabra. Más tarde, cuando la tropa regresa, el teniente es informado de que no han visto un indio en leguas a la redonda. ¿Qué es lo que trama el encomendero?  El teniente no quiere volver a mirar los miembros sangrantes y los ojos atemorizados de los indios. ¿Qué le costaría a Esquerra tratarlos bien en vez de matarlos a golpes o hambrearlos hasta que no pueden más?  Lo más probable es que sí hayan existido algunos intentos de rebeldía, pero que Esquerra quiera darles una lección de terror matando a tantos hombres, eso es demasiado. Es inaceptable para un cristiano.

 

Zzummm, zzummm, hombre inteligente, el teniente, pero qué puede hacer él por estos desdichados. No hay día que no mueran indios aplastados por las rocas, devorados por las enfermedades y el hambre. Mayube es diferente, él morirá por no haber podido decir lo que Esquerra quiere escuchar. La muerte es mejor que esto  y Mayube lo sabe. Ya no teme, está resignado. Hoy se despidió de mí y me pidió perdón por haberme ofendido, el desdichado. ¿Cómo decirle que soy un simple trozo de resina petrificada, cómo podría yo decepcionarlo de esa manera? Mayube me ha pedido que lo lleve con los dioses del viento y la tierra, que le reúna con los restos de Tipa y de sus hijos. Zzummm, zzummm. Mañana al amanecer, Mayube y los demás serán libres al fin y  la carne de sus huesos alimentará la vegetación que cubre la tierra; a partir de ese momento Mayube será también el aroma de las orquídeas y la sombra de los árboles. Estará en el cristal de las aguas y en el aleteo de los pájaros que cantan la gloria del Altísimo. 

 

Esa noche, el campamento duerme profundamente cuando un hombre se arrastra sigiloso  hacia los indios.  Con  su cuchillo de acero,  corta las ligaduras de los esclavos y les hace señas para que se vayan sin ser notados. Algunos de ellos, el hombre lo comprende al tocar sus cuerpos rígidos y fríos, no se levantarán jamás. Uno por uno, los indios son liberados y se pierden en la noche sin siquiera el chasquido de una rama.

Mayube es el último; casi sin creer lo que está ocurriendo se echa a los pies de su salvador y le cubre las botas polvorientas con su llanto mudo. Nervioso, el hombre  le hace gestos de que se apresure, no puede entender qué hace el indio que no ha desaparecido todavía.

-Ve con Dios, hermano- susurra.

Mayube no comprende, las palabras del hombre tienen el metal de tierras lejanas y desconocidas, pero Mayube todavía tiene algo que hacer. Con sus manos doloridas y envaradas busca en su taparrabos y saca cuidadosamente un pequeño objeto que deposita en la mano del hombre.

-La Diosa de los Enjambres te protegerá donde tú vayas- murmura antes de huir.

Las palabras no significan nada para el conquistador blanco, pero el gesto de gratitud y amistad, ése, está claro para cualquiera. El hombre se arrastra de regreso a su choza con el pequeño objeto bien apretado en su puño. Algo suave, algo perfumado, algo con un borde de metal.

 

Temprano en la mañana los gritos de alarma levantan  violentamente  a todo el campamento. ¡Los indios han huído! Esquerra va de un lado a otro aullando  como un perro rabioso, el capataz se arranca los sucios cabellos, incapaz de dar crédito a sus ojos:  Salvo media docena de cadáveres, no hay un sólo indio para contar el cuento.

El teniente prepara la tropa para salir en  persecución de los fugitivos. Sorprendentemente, no parece  tener prisa. Ya es casi media mañana cuando salen al trote vivo a recorrer los alrededores.

 Disfrutando  la caricia del sol en sus mejillas, Joaquín Martínez del Pedregal presiona los costados de su caballo con las rodillas mientras busca en su bolsillo y saca  un bulto de hojas que desenvuelve cuidadosamente. En su mano, brillante como una estrella,  hay un broche de oro y ámbar que ostenta una hermosa avispa petrificada en el centro.

En la playa

Las olas vienen bramando

a derramarse en la arena

decorando con su encaje

de espuma toda la escena.

Las pulgas en su escondite

Respiran entrecortado

Y su agujero hacia el cielo

Se reabre apresurado.

Los cangrejos corretean

Con su andar inesperado,

adelante, marcha atrás,

O también de medio lado

Las gaviotas se sumergen

Para merendar pescado

Quebrando la superficie

Del mar, espejo plateado.

Un pelícano grisáceo

Se pierde en el horizonte

Y los lenguados deslizan

sobre la arena del fondo

su vientre blanco y galante

que al pescador ha embrujado.

¡Al agua!  corren  los niños

grabando sus piececillos

por dos segundos exactos,

hasta que el próximo oleaje

deje el pizarrón flamante.

Ya cuando cae la tarde

Y se nos  aleja el sol

Yo quisiera un alfajor

Y mi hermana una palmera

Y la tía teje y teje

Soñando con la tetera.

¡Qué rica sabe una taza

sentada sobre la arena

si los niños corren lejos

y  así no me  la estropean! 

This story is so very old that the only witnesses are dust and ashes long ago. In those days, the first men  that walked upright shared the Okavango, and, as they were new to the area, seeing a cheetah trapping a prey was a wonderful show to them.
The Cheetah were then much more robust than today, they had the classic belly of the big cat and he was so much alike their cousins the leopards, which was very easy to mix up, but man, that young and strange animal, for some reason, he preferred them .
One afternoon when Cheetah devoured the remains of a gazelle, one of those strange animals newcomers, the men, he said with admiration:
- What a beautiful race you’ve done, Cheetah, you certainly deserve to enjoy that delicious gazelle!
Cheetah was a little confused. What did the newcomer say? Cheetah had done nothing that leopards, lions and hyenas do not do every day: get their food.
“It’s nothing,” growled Cheetah, just hungry.
- Nothing! But if you ran like the wind! - the man flattered him.
Cheetah was very satisfied and that night when the herd was about to sleep, he told the story in detail.
The herd was as confused as him, but the next day, when the king of black hair  struck a young zebra and  roared hard to alienate the cheetah, one of them, in anger, replied:
“Do you know, Lion, that man has made it clear that no one runs after a prey so beautifully like us”.
And as animal love  gossips, in  a week or so , everyone around the Okavango knew that only  cheetah run like the wind to catch their prey.
The competition was unleashed. There was’nt a large cat that did not take his mornings to practice to the long runs and afternoon naps were abandoned as everyone strove to be the best runner.
However, there was no consensus. The leopards were convinced of being the best, the cheetah had in his favor with the testimony of men, but the Lions claimed to be the best and who could be so foolish to oppose them? Perhaps the lions were not good runners, but could anyone doubt  about how powerful were its claws and jaws?
So they turned to be simple.
“We will ask the man who decides – agreed feline families.
And that strange animal that moved on two legs, Man, came in, noted, come back and continued watching. Finally the man spoke:
“You are all good hunters. The lion is the most powerful, the leopard is the best climber, but surely only the cheetah runs like the wind.
The war was declared. Leopards failed to greet his cousins and lions immediately granted them the dubious honor of leading the pack of their favorite prey.
Now the cheetah not only needed to run to catch their prey, but mainly for his life from the fury of the lion.
One day the cheetah were more depressed than usual, The Nature managed to pass by. She stopped to observe the exercises of the cheetah  when they ran after an antelope  and when they began to rest, spoke up:
“Maybe I could teach you some things”.
As soon as they demanded her advice, as The  Nature made them a list of exercises needed to lengthen legs and tails, a diet to lose weight and a  piece of advise that nobody asked.
-Concentrate on short distances. With those legs, you would be good sprinters.
The cheetah understood little or nothing, but truth was that they were hungry and were tired of living besides hiding from lions. That morning began their workouts and lowered the amount of calories consumed daily.
Soon they had their stomach removed and had  long, powerful legs. From running, their backs had become a striking curved and the tail had developed long and powerful and served them as a stabilizing rudder in the race.
When the cheetah  felt sure of winning any competition, sent an emissary to challenge the lions and leopards.
-We will compete in the savanna, the first to catch an antelope is the winner, agreed to the cats. 
And they asked the man to be judge of the competition.
On the very  day, the leopard spent much of the day trying to catch an old wildebeest, until he finally gave up and climbed the nearest acacia to watch the developments.
The lion lay down to nap, but not before ordering the lionesses of his pack to take charge of dinner. Females planned an ambush and caught a big buffalo on which they toiled until he had left but  bones picked clean.
Man was boring. What a waste of time! “This was the least competitive I have ever seen!” he said. He was about to return to the village when  Cheetah came in. He was thin and their large padded paws were gliding over the grass like velvet.
“Wait, man, – he said, you owe me your opinion”. 
He sat at short distance until he saw a herd of Grant gazelles  to come closer. Cheetah stood against the wind not to be sniffed and fixed his eyes on an anaware, careless  gazelle   in there, boasting of being a good catch.
Suddenly he lunged forward and ran like a cloudscape towards its goal. The gazelle flew like a shadow, but the distance shortened untill  soon there was no way to avoid the meeting. A single blow and dinner was ready.
Man, admired, came over to where the Cheetah share his food with the rest of the family. Cautiously, he stayed at a safe distance and then said.
“Don’t know what you’ve done Cheetah, but now that your belly is gone, and your legs are longer, now you run like the wind and nobody can reach you”.
The Cheetah reported throughout the Okavango the words of man, but they were very careful not to say that they were specialized in short races for the lion thought he could never catch them. So when after his run he’s out of breath on the grass, hiding so no one knows, he only reappears when he is able to breathe  again.   

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