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Ha muerto Gabriel García Márquez, el niño de Aracataca que hizo volar su imaginación más allá de lo que él mismo creyó posible. Tiene detractores Gabriel García Márquez, gente menor que lo denuesta por sus ideas y que seguramente no ha sabido disfrutar de su obra. Personalmente, como cristiana, creo en otra vida, no solo para mí sino también para aquellos que como él, de seguro son agnósticos. Así pues, en mi opinión Gabriel García ya está, sino en el Paraíso, al menos en el Parnaso, lugar dedicado a los grandes, como él. Y sin duda alguna, ya tiene más que asegurada la vida eterna como escritor, por su prosa elegante, bella, poética, fulgurante, encendida. Una prosa tras la cual se percibe el calor y el color de la sangre.

Los envidiosos ya pueden comenzar a roerse las uñas. García Márquez ha muerto, ya es casi imposible que puedan superarlo.

 

portico1Queridos amigos, ignoro si alguno de ustedes escribe, pero me parece una probabilidad bastante cercana. Si escriben, saben que uno se encariña con sus libros. Durante largo tiempo dan vuelta en nuestra cabeza y luego, cuando decidimos darles forma, los vamos volcando en el computador, corrigiendo una y otra vez, trasladando párrafos de aquí para allá. En fin, durante un tiempo, el libro es parte de nuestra vida, incluso hay oraciones, a veces párrafos completos, que se nos graban en la memoria.

Por eso, cuando el archivo se convierte en libro, uno siente el orgullo de la madre que mira a su hijo y se ufana de verlo tan crecido, de lo mucho que ha avanzado ese pedacito de carne al que le cambió los pañales. Eso me pasa hoy, me siento feliz, dichosa, de que Pórtico haya llegado al papel. Por razones de salud he estado algo ausente de mi blog. tenía obligaciones más urgentes, pero qué grato es regresar para decirles que conozcan a mi nuevo hijo. Aquí está, es “Pórtico”.

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De improviso una fuerte corriente perturbó las dóciles aguas del río en donde se bañaba Ignacio. Su grito de pánico se confundió con ellas. Sus amigos, que estaban un poco lejos, no lo escucharon. En seguida fue arrastrado unos cuantos metros sin que pudiera asirse a nada. Casualmente, las lianas de un árbol, se mecieron por el viento y estuvieron al alcance de sus manos. Con agilidad asombrosa se aferró a ellas y, haciendo esfuerzos enormes, pudo alcanzar la orilla.

Ignacio miró con espanto las aguas furiosas y se dijo que había tenido suerte de haber podido agarrarse a las lianas. Subió lentamente por la orilla, pero, a veces miraba espantado hacia el río. Pensó que debía haber llovido mucho en la parte alta para que las aguas se deslizaran tan enfangadas y violentas. Advirtió cómo a su alrededor los rayos del sol bañaban las plantas y estaba el ambiente tan normal, que, asombrado, le pareció todo lo sucedido muy incomprensible. Siguió caminando y pensó que sus amigos estarían inquietos buscándolo. Al fin los escuchó echándoles voces.

—Aquí estoy —les respondió y caminó en dirección a ellos.

— ¡Ignacio, cómo te hemos buscado; pensábamos que te habías ahogado! —dijo casi llorando Alberto, y Noel lo abrazó con tanta fuerza que creyó que lo ahogaría.

—Nosotros estábamos entretenidos mirando un nido de zorzal —dijo Ignacio y se quedó pensativo, luego añadió— las aguas estaban tan tranquilas que no pudimos imaginar que…

—Fue todo tan inesperado, la naturaleza es tan…

—Impredecible, como dice mi mamá —completó Noel.

Y los tres se quedaron mirando asustados las frenéticas aguas, sin saber la manera de pasar a la otra orilla.

Un pez saltó en el agua, no era como otro cualquiera: en vez de aletas tenía alas, ¡pero qué alas tan preciosas! Y el pez les habló.

—Los llevaré a la otra margen del río. Súbanse en mi lomo. No se entretengan revisando mis ale… digo, mis alas, pues podrían caerse.

Los niños se miraron perplejos. Sin embargo, un aguacero espontáneo los hizo decidirse a trepar al pez, el cual los trasladó en seguida a la orilla opuesta. En cuanto se bajaron de este, una nube lo alzó y, cuando estuvo a cierta altura, desplegó completamente sus alas y los múltiples colores reflejados en ellas le dieron la semejanza de un arcoíris gigante que, según se iba empinando, parecía esparcir sus matices por el firmamento.

Los niños se quedaron extasiados mirándolo hasta verlo desaparecer. Al mirar otra vez al río, vieron sorprendidos, cómo las que fueron unas ruidosas y enturbiadas aguas, se habían tornado nuevamente transparentes y mansas. Aseguraron que solo el pez con alas lo pudo haber hecho posible. Entonces regresaron a sus casas y esa noche no se durmieron fácilmente porque tenían en su memoria aquellas alas bellas.

 

Gisela de la Torre  Montoya, escritora de literatura infantil de de Stgo de Cuba, Cuba

1716477380_93b86e6584   Un caracol gustaba burlarse de las moscas cuando las veía huir de las lagartijas para que no se las comieran y les gritaba que eran unas cobardes. —Te burlas de nosotras porque puedes esconderte en tu concha y resguardar tu cuerpo de tus depredadores, mientras que nosotras no tenemos esa opción, sin embargo, muchas veces escapamos de ellas porque somos ágiles —le dijo indignada una de ellas. —No solo me burlo de ustedes por eso, sino también porque tienen colores feos ¡Mira los míos que lindos son! —y comenzó a retirarse. No había andado mucho cuando una bruja lo vio y dijo: —Este es el caracol que andaba buscado desde hace tiempo. Por sus bonitos colores será más efectivo para mis pócimas —y lo agarró sin que este le diera tiempo a escapar. Entonces las moscas le gritaron al caracol: —Nos favoreció ser cobardes,  aunque no lo somos, y feas, como nos llamaste, porque sí tenemos otros encantos —le gritaron las moscas al vanidoso caracol—. Sin embargo, tú por lento y atractivo caíste en manos de quien te hará lo mismo que las lagartijas pretendieron hacer con nosotras —y lanzando carcajadas fueron detrás de la bruja

En llamas

 

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El pequeño pudú gime; sus cortas patitas están manchadas de sangre. El pequeño pudú, la lechuza de ojos asombrados, el zorrito de cola chamuscada y otros animales que esperan turno en sus jaulas acaban de ser rescatados de un incendio forestal.

Cada año, en verano, nuestros bosques estallan en llamas .  basta con un grupo de chicos que quiso hacer camping, una familia que salió de picnic cerca del río, peor, basta con un inconsciente que se entretiene jugando con fósforos. Hay gente cuyo placer, aunque a nosotros nos parezca mentira,  es causar daño.

Una chispa basta. el viento sopla sobre ella y la llamita va creciendo hasta que una columna de humo se eleva sobre el bosque. después ´solo hace falta que actúe la indolencia: que el fuego tarde en ser advertido, que la Conaf lo considere demasiado pequeño para actuar de inmediato, que no hayan helicópteros disponibles para arrojar agua sobre las llamas. En cosa de horas, el fuego crece y arrasa con todo a su paso, a veces, incluso las casas de los campesinos. los árboles crujen al ser consumidos, las ramas caen, el viento sigue soplando y arrastrando su fatídica carga roja por los aires. Para las noticias, se trata de cuántas hectáreas han sido arrasadas, para los animales que habitan el bosque, se trata de la vida y la muerte.

Otro verano, otros fuegos. ¿Hasta cuándo?

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Juanpa tiene un año tres meses, es guapo, vivaz y precoz. Ya se siente capaz de perseguir a su hermano diez meses mayor y lo persigue con esos pasitos  ridículos de los niños que aún usan pañales. Juegan a la pelota, desparraman sus juguetes por toda la casa y siempre tienen las mejillas ligeramente pegajosas y algo manchadas de chocolate. ¿A qué pequeño no le gusta el chocolate?

Hoy, aunque los niños no lo tengan claro, es un día especial: hoy, papá está de cumpleaños. Quizás por ese motivo Juanpa y su  hermano mayor están mucho más felices, mamá está contenta, se afana en la cocina y no está tan al pendiente de sus andanzas. Mamá prepara una torta.

La tarde es tranquila en las afueras del pueblo. Los niños van al jardín y juegan con tierra, cortan hojitas, se sorprenden con los pequeños insectos y sus recorridos que parecen carecer de sentidos. Hormigas van, hormigas vienen, siempre a toda prisa y sabe quién con qué motivo y a qué misterioso destino.  En algún momento, Juanpa se siente solo, su hermano  ha desaparecido de su vista.  Sin temor, Juanpa lo busca, curiosea, se mete entre las plantas dejando tras  su paso una lluvia de pétalos rosados.

En algún momento, Juanpa encuentra la llave del agua, la manguera cuelga de ella y a Juanpa le gusta el agua. Quiere abrirla, liberar ese magnífico chorro cristalino para que corra a lo largo de los canteros dibujando corrientes en todas las direcciones.

Le gusta ese lugar. Es ahí donde Juanpa descubre a menudo cosas interesantes:  herramientas, guantes, ramas, macetas. ¡Cómo le gusta rebuscar ahí!  Con los ojitos brillantes apenas sombreados por las largas pestañas aterciopeladas, Juanpa se pone de puntillas y revisa con interés. Y claro, ahí está el tesoro.

El tesoro es un paquete de pastillas y a Juanpa le encantan las pastillas. No son bonitas como las que mamá suele darle. No, estas pastillas no son ni rojas, ni amarillas, ni azules, ni blancas, tampoco brillan, pero están ahí, casi al alcance de su manita y Juanpa las descubrió solito.

La puerta de la cocina está a un par de metros. “Juanpa”, llama mamá y Juanpa sabe que tiene que apurarse. La batidora manual zumba  sobre las claras batidas a nieve y una nube de azúcar despliega sus cristales sobre el bol.

-Juanpa.

Juanpa  chupa la primera pastilla y descubre con desilusión que no es rica, pero a Juanpa le gusta chupar y sigue chupando. Después de unos segundos la desecha. Es demasiado mala. Juanpa tiene razón, las pastillas  de veneno fosforado para matar pulgones no son buenas. Juanpa tiene mal sabor en la boca, escucha el llamado de mamá y entra en la casa.

Los niños  juegan en su dormitorio tratando de imprimir un toque más personal al pequeño caos de juguetes. Juanpa no se siente bien, se deja caer al piso. No sabe qué le pasa, las cosas dan vuelta a su alrededor. Hasta ahora,  Juanpa nunca  tuvo tiempo para saber  que las cosas podían…

Un grito de alarma  quiebra la tranquilidad de la casa, alguien ha descubierto a Juanpa. El pequeño tiembla y sus ojitos están  casi en blanco.

Las horas siguientes son difíciles de recordar. Los gritos de auxilio, el vecino que pudo llevarlos al lejano hospital, la entrada a Urgencias con el niño trémulo en brazos, blanco como una hoja de papel. Mamá nunca olvidará ese terrible día. Nadie en la familia podrá hacerlo.

Unos días después,  junto al cuerpo exánime de Juanpa, su hermanito mayor levanta los ojos hacia  la mamá y pregunta:

-¿Mi hermanito nunca más va a jugar conmigo a la pelota?

Mamá tiene un nudo en la garganta, no puede responder. ¿Te vas a ir, Juanpa? –piensa-No sé cómo podría vivir sin ti, no te vayas, Juanpa.

A Juan Pablo le encantan las pelotas, siempre han sido de sus juguetes favoritos.

Juan Pablo es un guapo chico de casi 18 años. Tras un largo camino sin ayuda de instituciones de ningún tipo, Juan Pablo hace su terapia  en el centro médico de una dama generosa. En la piscina Juan Pablo puede ponerse de pie y dar pasos  lentos, algo pesados, que lo llenan de orgullo. Normalmente se desplaza en su silla de ruedas, sin ella, gatea.

Juan Pablo hace policromía y guateros de semilla. A pesar de sus dificultades, se empeña en usar sus manos. Ama las cosas bellas.

El mejor momento del día para Juan Pablo es cuando mamá regresa a casa.  Entonces, se sientan a ver tevé en el sofá. Juan Pablo se acurruca junto a mamá, pegadito, pegadito.

-Juan Pablo es amor sin restricciones –dice mamá.

Le besa la frente. Juan Pablo le coge la mano y la cubre de besitos húmedos. Juanpa, después de todo, se quedó para siempre junto a mamá.

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