Juan Lima se levantó antes de que cantara el gallo, encendió los braseros y avivó las brasas en el horno de barro, sacó lustre a todos los pares de botas de su amo, escobilló cuidadosamente sus casacas de terciopelo y fue de un lado a otro de la cocina apurando a las criadas para que tuvieran el desayuno a la hora. A las siete, como cada mañana, trajo las toallas tibias y el cántaro de agua fresca, dispuso la vestimenta limpia sobre la silla y recordó a su amo que era hora de levantarse. Apenas había empezado el día y ya estaba fatigado. Aún debía esperar que su amo estuviese listo antes de que pudiera comer algo; Juan Lima aprovechó un momento de descuido y mordisqueó un mendrugo que había levantado en la cocina. Qué deliciosos se veían los platillos del desayuno de su señor. Algún día, Juan Lima estaba seguro, cualquier día de estos él sería un hombre libre y construiría su propia casa para guarecerse del sol y la lluvia. Cualquier día de éstos, él estaba seguro de eso. Especialmente después de haberse pinchado el talón en el último paseo a la playa de su amo.
Juan Lima es oscuro como el chocolate que tanto le gusta beber a doña Diamela, su ama. Es un hombre afortunado, usa las camisas viejas del amo, pero no sabe lo que son los zapatos, lo que a fin de cuentas, también le es favorable. Juan Lima tiene los pies curtidos de tanto ir por el mundo sobre sus pies desnudos. Zzummm, zzummm, para él, yo no soy ni siquiera hermosa. Me ve sólo como un montoncito de dinero.
Ya que su amo ha prometido liberarlo en cinco años más, Juan Lima le sirve con especial dedicación. Él ya está preparado para ese día, nunca había estado tan feliz y tan tranquilo como lo ha estado desde que tiene escondido en un agujero del piso a ese maravilloso objeto que pagará el techo y la huerta del hogar que siempre quiso tener. Zzummm, zzummm, como un objeto, así me ve Juan Lima, pero yo no puedo si no encontrarle razón.
Cuando el hacendado parte a recorrer su tierra, Juan Lima se queda bajo el alero hasta que la polvareda que han dejado los caballos desaparece totalmente. Este será para él uno de esos días fáciles; cuando el amo sale, la patrona se olvida de él y le proporciona alguno de los mejores días de su existencia. Como el esclavo sabe que cuenta al menos con la mañana, acaba rápidamente sus deberes y corre al estero a sentarse a la sombra de los sauces.
Con las delicadas agujas de la hierba bajo la espalda, el esclavo observa las nubes. Algunas, piensa, semejan cóndores, otras, rebaños de ovejas. Un ramalazo de viento hace que las ovejas corran despavoridas, detrasito, los cóndores se retuercen, se rasgan, se amoldan y se convierten, repentinamente, en un feroz lobo que las acorrala hacia aquel rincón de la cordillera donde podrá capturarlas, devorarlas una a una hasta que de tan hinchado el lobo se convertirá en terrorífico dragón de larga cola, con gran hocico lleno de afilados dientes.
Tanto esfuerzo, tanto viento, descomponen y rearman la escena dejando las nubes convertidas en el mismo rebaño de ovejas que pace plácidamente bajo el sol estival. Sobre la hierba, arrullado por los pájaros, acunado por los tallos gráciles del azulillo, Juan Lima duerme profundamente.
Las campanas de la hacienda tocando a rebato arrancan al esclavo del país de los sueños. ¡Algo ha ocurrido! Veloz como un rayo, Juan Lima se pone de pie y corre por los campos en dirección a la casa patronal. Ya desde los corrales se pueden escuchar los ayes de dolor, los gritos de desesperación de las mujeres, los aullidos de los perros que olfatean el áspero olor de la sangre y la muerte.
-¡Los bandidos, deben ser los bandidos! – grita Juan Lima sintiendo que el corazón se le va a escapar por la boca. -¡Los bandidos!- Vuela más que corre hasta que la casa aparece delante de sus ojos.
La escena es dantesca: hombres y mujeres dan vueltas enloquecidos entre los jinetes cubiertos de sangre, los caballos piafan sus pavores y se encabritan echando al aire nubes de tierra caliente, los niños lloran formando un apretado montón de carne palpitante, las quejas de los heridos desgarran el alma.
Y doña Diamela, Juan Lima no quiere ni mirarla; la señora, de rodillas en el suelo, se arranca los cabellos loca de dolor, lágrimas ardientes le borran de las mejillas la fina capa de polvos de arroz esparciéndola sobre su escote de tafetas. En su regazo, desmadejado e inerte, con los ojos vacíos y la boca abierta en un mudo grito de adiós, descansa para siempre el esposo que despidiera tan alegremente pocas horas atrás.







