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            -¡Señoría Pilesser, qué honor!

            El abad Per venía hacia nosotros con sus brazos abiertos, balanceando su enorme barriga como si fuera una embarcación dando tumbos sobre las olas. Era un hombretón enorme, blanco como la harina, dueño de un rostro  inexpresivo dotado de una ridícula nariz redonda y escarlata, que delataba su afición a algún alcohol sintetizado de quién sabe qué materia. Mientras así decía, abrazó a mi padre,  cuya figura escuálida y principesca desapareció entre sus brazos.

            – Haber sabido antes de su llegada, señoría Pilesser, habríamos preparado algo más digno de su  importancia; no nos quedará más remedio que compartir con usted la magra cena de los hermanos…

            Daba órdenes aquí y allá y los monjes corrían  trayendo fuentes de gachas de dudosa reputación y  panes cuyos bordes,  aserrados con cuchillo, verdeaban sin disimulo.  Después de escuchar el relato del paso de mi padre por Lu Man, sabíamos muy bien que  el abad Per debía  su exuberante figura a la dieta especial que le era preparada en sus propios aposentos, de manera que  veíamos lo que se nos estaba sirviendo  con espanto y  repulsión.

            Mordisqueamos con desgana la magra cena de los monjes condimentada con la retahíla de informaciones con que el abad  informó a mi padre, la llegada de dos novicios procedentes de una Casa de Caridad, el lamentable fallecimiento del monje más anciano, la merma de la producción de la huerta a causa de los continuos ataques de los nefarios que no les dejaban trabajar en paz. Cuando los platos eran retirados, el abad  insistió en que el akadémico Pilesser debía acompañarle esa misma noche a la biblioteca para ver un códice centenario recién descubierto, mi padre, que le había escuchado pacientemente y solidarizado con su triste relato sobre las   dificultades de la vida monacal, declinó la invitación manifestando enfáticamente su deseo de descansar  apenas terminó la frugal cena. A decir verdad, poco habíamos comido,  yo no podía hacerme la idea del terrible hambre que debía tener un monje para no rechazar esa bazofia.

            Nos retiramos los tres aduciendo que nuestro deber era utilizar hasta el último segundo para los estudios que se nos habían requerido y por lo tanto necesitábamos descansar, al día siguiente nos levantaríamos con el alba. Tropezando entre las tinieblas de los corredores bajamos  algunos subterráneos hasta las dos celdas que se nos habían destinado, mi padre entró en el suyo tras darnos las buenas noches y cerró la puerta con un golpe seco. Fariah y yo  entramos al que nos estaba destinado dando  una ojeada desde la puerta al mobiliario, que  se reducía a unos camastros de piedra sobre los cuales, gentilmente, nos habían dejado  un par de mantas remendadas. Todo olía a polvo, humedad y verduras cocidas con grasa.  Nos miramos con resignación y nos dispusimos a disfrutar las delicias del monasterio de Lu Man.

            Así pues, nos acostamos  vestidos y gracias al viaje agotador en el blindado me dormí como un tronco apenas puse la cabeza en la almohada.  Apenas cerré los ojos fui atacado por toda clase de pesadillas en las que éramos perseguidos por nefarios,  las tropas de Euleth y un monje obeso  que esgrimía una amenazante cacerola de potaje hirviendo. Tras lo que pareció una eternidad, fuimos despertados por  las manos de mi padre, descubriendo asombrados que sólo habíamos dormido un par de horas. Sin palabras, sólo con señas, el akadémico Pilesser nos hizo levantar y seguirle en medio de la más profunda negrura que jamás hubiera  visto.  Íbamos descalzos,  tropezando con los escalones y con   nuestras manos apoyadas en las gruesas murallas de granito para no  quebrarnos el cuello al primer tropiezo.

Bajábamos y  bajábamos en una oscuridad  tan espesa que podríamos haberla cortado de tener las herramientas para ello. Finalmente llegamos al subterráneo correspondiente. Nos deslizamos en silencio por el corredor serpenteante; al fondo, apenas visible, titilaba una  luz.

            El hermano Seclusus  estaba inclinado sobre sus libros. Era un hombre alto y delgado, de piel tan blanca como la de un fantasma. ¿Cuánto tiempo habría vivido  entre las  tinieblas? Sus  cabellos  grises no habían sido cortados en mucho tiempo y los ataba en una delgada coleta que caía más abajo de su cintura.  Parecía absorto en su labor, pero, sin volverse,  nos sorprendió diciendo:

            – Esta vez  traéis compañía, señoría Pilesser.

            Mi padre debía estar acostumbrado  a la agudeza de sus sentidos, de manera que respondió con afabilidad.

            – Buenas noches, hermano Seclusus. He traído a  alguien que no podía esperar para conoceros.

            Se volvió lentamente hacia nosotros; si era el padre de Fariah no había nada en su físico que lo delatase. Sus ojos azules, casi trasparentes, habían tomado un tono acuoso  a causa de los años vividos en ausencia de luz natural. Sus mejillas hundidas acusaban los  sufrimientos y carencias de la reclusión. ¿Qué diría cuando supiese que Fariah era su hijo? Se acercó a nosotros lentamente y a medida que lo hacía sus ojos se fueron frunciendo, una duda terrible se reflejaba en sus pupilas. Ignorándonos, fue hacia Fariah, lo agarró de los hombros y lo volteó hacia la luz de la lámpara. Palpó sus mejillas, observó su perfil. Fariah lo dejaba hacer sin abrir la boca.  Finalmente, habló:

            -¿Cuál es tu nombre?

            -Fariah Mergalis –respondió mi amigo.

            -Eres igual a ella –continuó el monje-; los mismos ojos, esa seriedad infantil, la forma en que te muerdes el labio inferior y la llamarada de tu cabello. Fariah…nosotros ni siquiera alcanzamos a darte un nombre, me gusta ése. Fariah…Fariah Deodato.

            Su voz, temblorosa, terminó por quebrarse en un sollozo.  Padre e hijo se fundieron en un fuerte abrazo, llorando en silencio. Lágrimas interminables resbalaban por sus mejillas, tersas las de Fariah, apergaminadas las de él.  Mi padre y yo no nos atrevíamos ni a mirarlos,  tan fuerte era la emoción que nos embargaba.  El hermano Seclusus, Augern Deodato, llevó a su hijo hasta la mesa y se sentaron juntos tomados de las manos. Se miraban con el hambre de  una vida de abandono, ansiosos, traspasados por el dolor, pero con la liviana alegría del reencuentro bailando en el fondo de sus ojos.  Tras un rato de silencio, Seclusus  recordó un importante detalle.

            -¿Llevas el tatuaje? –preguntó.

            -No está en mi espalda –respondió cauto Fariah.

            -Lo sé –respondió su padre satisfecho-, yo mismo he pinchado tu pequeño glúteo sonrosado con la esperanza de que no fueras reconocido por la persona incorrecta.

            -Ha sido Ragnar, mi único amigo de la Akademia, quien lo ha visto, padre. Ragnar es hijo del akadémico Pilesser.

            -Ganes todopoderoso había planeado estas rutas tan largas, tan intrincadas, pero que a la postre nos traerían a todos a esta noche, a reencontrarnos en el último  sótano de Lu Man –el hermano Seclusus  parecía estar explicándole a un niño los designios del Todopoderoso -. Padre…-murmuró-, en el fondo de mí, siempre una voz me dijo que escucharía esa palabra. Padre…

            El hermano Seclusus se había puesto de pie y daba vueltas por la pequeña habitación mientras  evocaba su largo dolor.

            -Ni siquiera pude despedirme de ella, arrojar un puñado de tierra sobre su fosa. Cuando me  sacaron de la casa ya estaba  esperando el blindado que me trajo a Lu Man. Era noche cerrada cuando llegamos, y fue entre tinieblas que entré a este mundo de tinieblas. Mientras bajaba, pensé que me ejecutarían en los subterráneos. No conocía Lu Man. Crecí  escondiéndome en la profundidad de  los  desfiladeros  y en los escasos bosques que todavía quedaban en nuestro planeta. Tenía dieciocho años cuando conocí a tu madre; mi padre quería que  la sangre Deodato tuviera pronto un descendiente. Un heredero, decía él. ¿Heredero de qué, de la amargura de nuestro destino? Dos meses después de nuestro matrimonio,  fuimos trasladados cerca de las minas de cristal cuántico,  a Baj Laidan, pero  no estuvimos mucho allí. Mi padre fue asesinado y yo debía tomar su lugar en la Resistencia. Por eso llegamos al bosque de Numser. Ya esperábamos tu llegada…

            Volvió a sentarse junto a Fariah. Lo miraba como si quisiera grabar cada detalle de su rostro en su mente. Fariah era incapaz de hablar.

            Tu madre había empeorado cada vez más. Estaba mal alimentada, el embarazo había sido demasiado para ella, pero fingía estar tranquila para que yo no me percatara de su deterioro. Dos noches antes de que nacieras alguien envió a una partera leal. Pese a todo su empeño, ella no resistió, una terrible hemorragia acabó con su vida. Yo estaba deshecho, no sabía qué hacer; te hice el tatuaje sólo porque la partera me lo recordó y habíamos terminado apenas de hacerlo cuando las tropas  botaron la puerta y bajaron la escalera. El oficial revisó mi espalda y supe que estaba perdido, por suerte no te arrancaron el pañal. Nunca más vi a la mujer, ni supe dónde sepultaron a mi amada.

            -Esta vez, las cosas serán distintas, hermano Seclusus –era mi padre quien hablaba-, todo está preparado para que regreséis con nosotros a Askandir, pero antes debemos preparar una presentación científica para el Consejo. Ese fue el pretexto para venir acá: en una semana, el Regente enfrentará al Consejo buscando la ratificación del Delfín como sucesor. Vos estaréis allí,  señor; importantes miembros del Consejo  os respaldan y esta vez daremos la pelea para ganar, no para que sigáis  escondido  en los vericuetos de Lu Man.

            -Tú, sabes, Pilesser, el riesgo que corremos, supongo.

            -La supervivencia de todos nosotros está en juego, señor. El Regente quiere invadir el planeta en una época pretérita y robar todos los recursos posibles para convertirse en el hombre más poderoso del mundo, no entiende que eso sólo acelerará nuestro fin, mientras más rápido se empobrezca el pasado, más pronto  será nuestro fin.  Hasta  ahora, Tyerra ha evitado el enfrentamiento, pero esconder a los legítimos herederos del Imperio no nos ha sido de utilidad alguna. Está bien, es probable que seamos traicionados y  en ese caso, la muerte es nuestro fin, pero el planeta está muriendo, Tyerra no podrá sobrevivir mucho más. Al tomar la decisión de traicionar el acuerdo con el presidente de los Estados Unidos, el Regente le ha puesto fecha de término a Tyerra. Si no damos esta pelea, la muerte será el fin de todos, incluso del Regente y su estúpido  hijo.  No tenemos nada que perder.

            -Pero hay una vida por ganar, un futuro para nuestros hijos, y yo estoy cansado de esperar, Pilesser. Ahora que he reencontrado a mi hijo puedo enfrentarme a todo, incluso a mi fin.  Sin embargo, no he recuperado a mi hijo para entregarlo en los brazos de la muerte. Nada se sabrá acerca de él hasta que no tengamos segura la victoria. Esa es mi condición.

            -No es necesario, padre, yo no soy un niño… –comenzó a decir Fariah.

            -Ya no eres un niño, pero apenas si has vivido, y tienes el derecho de hacerlo. Y no encerrado en las mazmorras de Askandir o en los subterráneos de Lu Man. Si soy derrotado, tu destino será la Akademia.

            -¿Pero por cuánto tiempo, padre? Ya has escuchado al akadémico  Pilessser.

-El tiempo que sea será suficiente. Sólo puedo darte esto: una oportunidad. Nadie me va a impedir que lo haga.

Fariah acató su decisión con una tranquilidad sorprendente, no era el Fariah al que yo estaba acostumbrado a ver.

            -Todo está planeado, señor –intervino mi padre-.  Ellos, aparentemente, no estarán involucrados. No hemos evadido la lucha tanto tiempo para empujar a  nuestros hijos a hacer lo que sus padres no supieron. Ragnar –ordenó a continuación-,  ve afuera y encárgate de que  no seamos escuchados. Nosotros tenemos mucho que hablar.

            Así es su señoría, el akadémico Bilath Pilesser, mi padre. Cierto  es que no conoce los  deportes de la Tierra, pero sabe muy bien como  dejar fuera de juego al jugador que le ha pasado la pelota para que pueda anotar.

Feliz Navidad

Queridos lectores, cada día el mundo que nos rodea es más complejo, si bien, aparentemente, es más pequeño y lleno de progresos que debieran facilitarnos la vida,  la rutina diaria es tan compleja que muchos deben afirmarse en drogas o medicamentos para seguir adelante. Antes nuestro mundo personal era más reducido, nuestras ambiciones, mínimas, nuestras opciones, escasas. Nadie soñaba con el éxito, término muy poco usado y entendido, nadie quería la fama. No importaba si éramos pobres, porque después de todo, éramos bienaventurados, teníamos Fe.

Por eso, con cariño, les digo gracias por detenerse a leer mis pensamientos, por darse un tiempo para meditar en algunas cosas, por  compartir mi amor y gratitud por la vida, por  proteger el regalo maravilloso que es el planeta, por amar a los animales que comparten con nosotros este enorme paraíso, por disfrutar con poemas simples, por reír de historias graciosas que no contienen ni maldad ni ira. Gracias por mantener  vuestros corazones sanos, puros como los de los niños. Si esta Navidad todavía hay muchos hombres y mujeres así, después de todo, las cosas no están tan mal. Todavía tenemos tiempo de cambiar lo errado, de acabar con las injusticias, de llenarnos de más amor todavía.

Feliz Navidad, amigos lectores, puede que algunos de ustedes ni siquiera crean en Jesús, que sientan molestia con tanta parafernalia comercial seudo navideña, y en eso, considérenme una más del grupo.  Pero, piénsenlo, aún si no fuera el hijo de Dios, Jesús sólo trajo cosas buenas al hombre. ¿Acaso no fue él quién nos invitó a amar, a ser generosos, humildes, sinceros y desinteresados? De no haber  existido, no cabe duda que deberíamos estar esperando por él.

Por eso, esta Nochebuena, cuando mi hija menor ponga la figura de Jesús en el pesebre, mientras todos nos abrazamos y besamos y rogamos a Dios por el futuro de nuestra familia, mi pensamiento estará con ustedes, pidiendo para que tengáis muchas Navidades más bajo la protección del Señor. Un abrazo

Alida y equipo del blog.

Madre e Hijo

A María, Jesús siempre le había parecido algo despistado. Era indudable que eso de ser hijo de Dios lo había afectado más de la cuenta.  María lo entendía perfectamente,  vívidos estaban, en su memoria, los terribles sentimientos de inseguridad, de pavor a lo desconocido, que la habían asaltado durante su  encuentro con el Ángel. ¿Cómo iba a enfrentar algo tan inconmensurable, tan difícil? ¿Sería capaz una simple mujer, como ella, de sacar adelante el proyecto divino? ¿No se habría equivocado Dios? Ella misma conocía varias mujeres con mucha más personalidad, de mayor belleza, inclus, de mejor cuna, que habrían  cumplido mucho mejor con ese papel. María había intentado hacerle entender sus razones al Ángel, pero él había descartado de plano todas sus dudas.

Y después, María recordaba claramente la sensación de plenitud y calma que Dios, por intermedio de su emisario, había hecho descender sobre  ella.  De pronto ya nada la preocupaba, ya se encargaría Dios Padre de José cuando llegara el momento de que supiera la verdad.  Y eso ocurriría en pocos meses, María sólo tenía que esperar, en calma, en silencio, orando. ¿Qué más podía hacer?  Ella era apenas una mujer, no habría argumentos válidos que pudiera esgrimir. Y si Dios Padre se equivocaba, bueno, aceptaría la muerte en su nombre. Y luego, tal como el Ángel se lo asegurara, todo había salido según el plan divino.

Con Jesús, por supuesto, las cosas eran muy distintas. María no tenía claro que su hijo hubiese recibido directamente la decisión de su Padre, aunque estaba claro que no era un  niño cualquiera. Recordó, algo avergonzada, la soltura con que su hijo había enfrentado a los rabinos en el templo, la dureza con que la había rechazado diciéndole que tenía que ocuparse de los designios de su Padre. ¿Cómo se había enterado?nunca había visto nada especial, ninguna situación diferente.  Imposible saberlo. Jesús era un niño  normal: ayudaba a José, su padre adoptivo,  en el taller de carpintería, cuando pequeño jugaba con otros niños, la ayudaba trayendo el agua, acarreando el grano. ¿Cómo había podido aprender todas esas cosas tan difíciles, cuándo, en qué momento?

Jesús cepillaba  unas tablas sobre el banco de carpintero, José le había dejado una gran cantidad de trabajo para hacer. Y allí estaba, con la mirada perdida en la lejanía. María podía ver que sus labios se movían apenas, como de costumbre, oraba. Los ojos de María se humedecieron. Pronto, ya su hijo se lo había advertido, debería  pasar un largo período de meditación. ¿Quién sabe qué le esperaba por delante, qué peligros iba a correr en el desierto, asediado por los chacales y las víboras, expuesto a los ladrones, que si no tenías nada que te pudieran arrebatar era casi seguro que acarrearían con él para obligarlo a integrar la banda!

María notó que su barbilla temblaba, que sus manos estaban engarfiadas. Mi hijo, pensó, mi hijo, no quiero que le suceda nada, yo quiero que sea feliz, que viva largos años, que me llene de nietos. ¿Qué futuro le aguarda a mi  Jesús?

Y entonces, como si la estuviera escuchando, Jesús detuvo  su tarea. El cepillo descansó sobre el banco y sus ojos inteligentes se volvieron hacia ella. Jesús sonrió. Su rostro noble  se llenó de luz y María sintió que una  oleada de paz llenaba su alma. Sus músculos se distendieron, sintió el aire más liviano, el tórrido sol refrescó y una suave brisa atravesó la casa haciendo sonar las cañas del techo.  Contenta, María devolvió la sonrisa  mientras pensaba que su hijo, su Jesús, era igual que su Padre, capaz de llenar de paz y amor el corazón de su madre con sólo desearlo.

Jesús se secó el sudor de la frente y retomó su tarea mientras pensaba:

-Pobre mamá, va a ser tan difícil para ella. Es lo único malo de todo.

MATILDE RENTERIA VELASCO, artesana, fotógrafa y escritora.

Amante de los viajes, de los animales y de las flores. Madre de dos hijos, halló su camino a la literatura cuando dejó de trabajar y se encontró con su propio mundo, lleno de vivencias, anécdotas y vida interior.

Ha participado en distintos talleres de literatura y ha publicado en forma artesanal varios libros de cuentos, algunos dedicados a los niños y los jóvenes. También es autora de un libro que es una crónica de su viaje a Cuba y algunas novelas cortas.

Esperando a la Navidad

Me dicen Pepín, tengo poquitos años y no sé muchas cosas. Eso sí, tengo claro que a mis papás tengo que obedecerles, su palabra es sagrada y siempre hacen lo que dicen.

En estos días hay mucho alboroto en la casa, todo el mundo habla de la Navidad y no estoy my seguro si se trata de una señora que ayudará a mi mamá a ordenar la casa o si esa señora la va a acompañar a hacer las compras.

También he pensado que puede ser una nueva Nana para que me cuide, yo estoy queriendo que así sea, porque la Domitila no me gusta nada.  Demasiado gritona, cuando vamos a la plaza, ella se dedica a conversar con todas las personas que están allí y  justo cuando yo tengo ganas de subirme al columpio, ella me pega un grito para que no lo haga y también, cuando corro súper contento detrás de las palomas.

Cuando hago algo que a ella no lo gusta, me dice que  la  Navidad no me va a traer nada.  Yo no entiendo, porque si la Navidad es una buena persona, me va a tratar mejor que ella.  Lo que pasa es que no siempre entiendo muy bien a los grandes.  La Domitila es una pesada conmigo.

Todos en la casa cuchichean y me miran, se sonríen y no los comprendo, pero  estoy seguro que llegará pronto la famosa Navidad y que todo cambiará.

Como mi abuelita me enseño a rezar un poquito, hablé con el Niño Jesús y el ángel de la guarda, y les pedí, que no se olviden de mí y me envíen cuanto antes a la  Navidad y que se lleven a la Domitila. No es que no la quiera, pero estoy seguro que me va a gustar más la señora Navidad.

Hace unos días comenzaron a hablar del Viejo Pascuero en mi casa, en la tele, en las tiendas, y cuando apareció un abuelito vestido de rojo, mi mamá me dijo que él era el Viejo Pascuero.  Yo lo encuentro bien ridículo porque mi abuelito no se pone esos colores, además de eso usa un gorro que termina en una bolita blanca. Ah! Y también se ríe muy raro. Dice Jo! Jo! Jo!, ¡pero es divertido!

Siempre me repiten que el Viejo Pascuero no me va a traer regalos, especialmente la Domi cuando no me porto muy bien con ella.  No sé qué quiere decirme con eso de los regalos.

Mi papá alega que el famoso Viejo Pascuero, que todo el mundo lo conocía menos yo, dice que es muy interesado y que hay que pagarle para que traiga regalos y como él no tiene mucho dinero, me dice que a lo mejor no me va a poder traer nada, pero mi mamá me dijo que le escriba a ese abuelito de rojo para pedirle lo que me gustaría tener, igual en una de esas me lo trae.

Como yo no sé escribir, yo le dicté a mi mamá lo que le ponga en la carta : “que yo quiero a la Navidad en la casa”.  Ella me miró raro y finalmente me dijo que era una muy buena idea pedirle eso al Viejo Pascuero o al abuelito de rojo.

En las noches, como me cuesta quedarme dormido un poquito,  pienso en la señora Navidad.  Mi mamá dijo que iba a comprar un nacimiento con la Virgen, san José, el buey y el burro y que compraría un Niño Jesús muy lindo y eso me gustó mucho.

Y cumplió, bueno ella siempre cumple, hasta cuando me ofrece castigos. Hizo un hermoso pesebre, pero sin Niño Jesús.  Me explicó muchas veces, porque yo no podía entenderlo bien,  algo como que iba a aparecer  con la Navidad  y entonces me imaginé a mi nueva Nana con el niño Jesús en los brazos. Después de eso, me dormí profundamente.

Además del pesebre, yo le ayudé a mi papá a  armar un arbolito con luces y todo.  Me retó un poco porque me tropecé y rompí un montón de bolitas de colores. Yo creo que se rompían solas, pues casi, casi ni las toqué.  Igual todo quedó muy lindo.

Pasaron unos días y una tarde nos íbamos a quedar todos despiertos hasta que llegara el abuelito de rojo, pero se hizo de noche y no llegaba nunca, no aguanté más y me dormí, hasta que sentí que me zarandeaban y abrí los ojos.  Había un montón de regalos debajo del arbolito que había adornado con mi papá y mi mamá dijo que mientras yo dormía, el Viejo Pascuero o sea el abuelo de rojo, ese que se ríe Jo! Jo! Jo!, había colocado todo allí. ¡No lo podría creer!  Esperé tanto y al final ni pude ver al famoso caballero viejito.

Todos estaban muy contentos, me besaban, me abrazaban y hasta la Domitila me tomó y me apretaba como para estrujarme y me besaba la cabeza.  Parece que después de todo me quiere algo.  No terminaba de entender qué pasaba, toda la familia estaba re contenta.

Como mi mamá se puso muy comilona y está muy gorda  la Domi le ayuda a moverse.  Fue justo en ese momento en que me fijé que el Niño Dios estaba en el pesebre.  Corrí a verlo.  Fue en verdad como me dijo mi mamá, que aparecería de repente, ¡como magia!

Quería tocarlo y ya que él había aparecido así, como así, estaba seguro que me traería mi Nana.

Corrí donde mi mamá ella hizo un gran esfuerzo para tomarme en sus brazos y yo le dí un gran abrazo y un beso.

¿Saben lo que me dijo?  Pon tu mano en mi guatita y yo le obedecí y algo se movió en sus tripas.

Entonces me dijo, va a llegar una hermana, y eso me puso más que contento. ¿Sabes como se llamará? Pero era una pregunta muy complicada y no supe qué decirle.

María Natividad, lo soltó así no más y entonces yo creo que me confundí.

Me acordé de lo que le pedí al Niño Dios, quiere decir que él no me entendió,  estoy más que seguro que le pedí una Nana y no una hermana.

Pero es casi mejor. ¿Y si la Domi se pone más buena conmigo y mi hermanita  Navidad? Estoy muy feliz.  Ahora voy a tener con quién jugar.  Qué rico ¡estoy tan contento!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

            Hacía más de siete días que el presidente de los Estados Unidos, después de firmar un tratado de cooperación con el Regente,  había  regresado a  Tierra, cuando fuimos invitados por nuestro padre a  caminar porla  ViaPatria.La Via Patriaera el largo paseo interior dela Akademiadonde solían meditar los akadémicos, lugar muy seguro, lleno de recovecos que invitaban a la meditación y carente de ojos y oídos espías. Inmediatamente supimos que el asunto era grave, dicha caminata era la contraseña para  invitarnos a deliberar secretamente sobre  los últimos acontecimientos.

            A la  partida del presidente, el Regente  había convocado urgentemente al Consejo, pero ninguna noticia de lo conversado allí había logrado filtrarse hasta el exterior. El Regente, sin embargo, no contaba con la fuerte ascendencia de mi padre sobre los miembros de dicho organismo.  Fariah y yo podíamos estar seguros de que pronto  estaría al tanto  hasta del menor detalle. Cuando mi padre nos llamó a encontrarnos en la Via Patria salimos disparados a tomar el Bakart.

            El akadémico Pilesser  estaba esperándonos y su expresión nos reveló que no tenía buenas noticias.

            -Todo está perdido –dijo mi padre-, el Regente traicionará el pacto con los Estados Unidos. Ha decidido que invadiremos  a través de los Pórticos para  apropiarnos de los recursos  del pasado.

            -¡Pero eso será acelerar nuestro fin! –Exclamó Fariah- No podrá justificarlo.

            -El Consejo ha sido  informado de quela Tierraes en realidad otro planeta, no nuestro pasado, de manera que la invasión es considerada lícita. Lo sé porque personas de absoluta confianza mía me lo han confirmado.  El Regente ha decidido hacerse cargo de las tropas de seguridad y dejar a su hijo en el trono, de esa manera, controlarán todos los poderes de Tyerra.

            -¡Tenemos que hacer algo –lo urgió Fariah, – usted no puede permitir que vayamos hacia nuestra destrucción! Si por alguna rara casualidad lográramos derrotar a nuestros antepasados infinitamente mejor armados y provistos, destruiríamos, por lógica concatenación histórica, los recursos de los que queremos apoderarnos. En qué cabeza cabe algo tan absurdo.

            -¿Qué puedo hacer? El regente está enceguecido por la codicia. Su poder y su riqueza se  verían incrementados dramáticamente si invade la Tierra, al menos eso cree él, y ante esa visión es incapaz de razonar. La única solución es traer a Seclusus ante el Consejo y descubrirles la verdad, pero para eso  necesito apoyo. Carros que nos lleven allá, gente de seguridad que nos traslade junto con él hasta Askandir, gente  que traiga los documentos que prueban  que somos el mismo planeta en dos momentos diferentes del espacio tiempo.

            -¡No puedo  quedarme sentado  esperando que el Regente nos traicione así –dijo Fariah- , si es necesario, yo iré por ese monje que  dice ser el heredero de la corona!

            -¡Estás loco, muchacho, te matarán! ¡Nunca debí ponerte al tanto de lo que supe en Lu Man! – desesperó  Pilesser.

            -¿Acaso no moriremos de todas maneras, qué tengo que perder?

            Sus voces desesperadas estaban comenzando a salirse de los  márgenes tolerables, pronto seríamos escuchados por los micrófonos espías. Ya no era momento de seguir esperando.

            Yo  estaba asustado; no,  me quedo corto, nunca tuve más miedo en mi  vida. ¿Cómo podía  empezar a decirles  lo que había callado por tanto tiempo?  De pronto, la idea vino a mí tan fácilmente, tan sencilla, que me tranquilizó. Les invité a  refugiarnos en un rincón y una vez allí  fui hacia Fariah y le dije casi susurrando:

            -Desnúdate, amigo.

            Me miraron como si estuvieran hablando con un loco.

            -Hazlo, desnúdate, por una vez, confía en mí, ya sabrás por qué.

            A regañadientes, Fariah comenzó a sacarse la túnica y la camisa.            Mi padre nos miraba como si no pudiese creer lo que estaba viendo. Cuando ya   estaba en calzoncillos,  le hice un gesto para que se detuviera

            -Date vuelta, Fariah, muéstrale la espalda a mi padre.

            Una luz de entendimiento brilló diminuta en los ojos del akadémico Pilesser, pero se desvaneció de inmediato al ver la espalda blanca y pecosa de mi amigo.

            -Ahora bájate un poco el calzoncillo –pedí.

            Por sobre su hombro, Fariah me miró  desconcertado; aun así, hizo lo que le pedía. Lentamente, a medida que su calzoncillo bajaba, la corona rodeada de laureles fue apareciendo en su glúteo. La boca  asombrada de mi padre dibujaba una perfecta O.

            -¡Ganes bendito sea alabado! – musitó.

            -¿Qué es lo que ocurre –preguntó Fariah-, hasta cuando me tendrás haciendo el ridículo?

             Mi padre se acercó a él, lo tomó del brazo y lo acercó hasta la muralla de  cristal cuántico pulido;  la figura de Fariah se reflejaba en ella. Mi amigo fijó sus ojos en  el cuadro sin ver nada.

            -Más abajo –indicó mi padre.

            La piel de  Fariah era lo bastante alba como para que el cristal nos la devolviera con la nitidez suficiente. Nuestros ojos bajaron por su espalda directo hasta la cintura y el borde gastado de sus calzones, y por fin,  veinte años después de que éste le fuera impuesto, con las lógicas dificultades visuales que la situación imponía, Fariah supo  que tenía el tatuaje imperial  y pudo verlo con sus propios ojos. Un largo silencio  cayó sobre nosotros.  Parecía tan eterno que mi incomodidad  se  hacía insoportable. Fariah  recogió su camisa y su  túnica y volvió a vestirse.  Su rostro había palidecido hasta parecer el de un fantasma y sus manos temblaban.

            -Desde cuando sabes esto –preguntó finalmente.

            -¿Te acuerdas de la ida a la playa?

            -¡Por qué no me dijiste nada!

            -Podía ponerte en peligro, ese tatuaje podría ser causa de tu muerte.

            -Y también podría ser causa de nuestra salvación –era mi padre quien hablaba.- Esta vez, el Regente no tendrá razones para  impedir mi actuación en el Consejo. Me ha marginado de él, pero no podrá expulsar al legítimo heredero del Imperio.

            -Antes –dijo Fariah con voz sombría -, debo conocer a mi padre.

            -No puedo permitirlo – respondió mi padre -, eso sería fatal para los dos y nuestro planeta depende de  ustedes. El hermano Seclusus me daría la razón; él piensa que ya estás muerto, cuando sepa que existes, la emoción podría ser demasiada para él.

            – Mi madre murió sin que pudiera conocerla –se lamentó mi amigo -, nunca los eché de menos, las hermanas eran demasiado  buenas y me cuidaron como a un hijo, pero en el fondo de mi corazón algo decía que no estaba solo en el mundo, que mi sangre aguardaba por mí en un recodo del camino.

            Se había sentado en un escalón y  se agarraba la cabeza con las manos. Era la viva imagen de la desolación.

            -Nos separaron, acabaron con mi madre, encarcelaron a mi padre…nunca, nunca, soñé con tener importancia, jamás se me pasó por la mente la idea del poder…yo sólo quería haber tenido una familia, no haber crecido enla Casade Caridad; un  abrazo de mi madre,  que mi padre me hubiera enseñado  alguna tarea manual. Ahora comprendo por qué la hermana Solsticio insistía en que debía prepararme, estudiar. A veces, yo no quería hacerle caso, me  decía para qué, qué  necesidad de  estudiar tanto.

            Iba de un tema a otro sin darse cuenta, expresando sus sentimientos con voz quebrada. Pobre Fariah, la mejor noticia de su vida era también la peor. De pronto, más que la víctima de un  destino incierto,  era la víctima de la injusticia, de una ambición sin límites que había pisoteado sus vidas sin piedad.

            Esa noche le sorprendí en el interior del armario, espiando  su tatuaje con un espejo de mano.

            -No puedo arriesgarme a  usar uno de doble visión –me explicó.

            -Lo sé –dije-, sabes, Fariah,  yo debo pedirte que me perdones por no hablar antes. No sabía qué hacer, estaba muy asustado y sorprendido. Después, cuando mi padre nos contó del hermano Seclusus,  las cosas se fueron aclarando en mi cabeza, pero el problema se me hacía más grande. Demasiado para que yo lo pudiera resolver.

            -Has hecho bien en abrirte. Con la ayuda leal de tu padre  conseguiremos que Tyerra vuelva a ser la que fue. Recuperaremos la verdad, la libertad y trataremos honestamente con nuestros ancestros. Las Naciones Unidas deberán escucharnos, somos  la evidencia de que el mundo va directo hacia el abismo y no cejaremos hasta detener esta loca carrera por destruirnos. Todo será mucho mejor mañana, Ragnar –me expresó  con cariño.

            Me puso la mano en la espalda, afectuoso. Emocionados, vimos que nuestros ojos brillaban por el llanto contenido. Nos abrazamos en silencio. Estábamos corriendo un peligro mayor que cualquier otro que hubiéramos vivido, nos interponíamos entre el Regente y su poder, nada bueno podía salir de ahí.

            Después, Fariah entró a la habitación  y se sentó a trabajar en su tabla farr. Desde la revelación, estaba más ocupado de lo que nunca lo viera antes. Yo me senté a su lado para  colaborar con los cálculos y en eso estábamos cuando entró mi padre, muy nervioso. Fuimos hacia el balcón para conversar.

            -Mañana parto hacia Lu Man –musitó Pilesser-, he pedido al Consejo autorización para recogerme allí a preparar los estudios y me ha sido concedida con gran facilidad.

            -Puedo imaginarlo –dijo Fariah.

            -He pedido que se les autorice a trabajar allá para que puedan acompañarme. He dicho al Consejo  que necesitamos el apoyo de algunos textos que se encuentran en la biblioteca de la abadía y han sido  muy comprensivos. Partimos a primera hora. Prepárense para partir.

-¿Yo también voy? – Preguntó Fariah.

            Cuando miré a mi amigo vi en su rostro una expresión que aún no había conocido en él. Sus ojos, su boca sorprendida, sus brazos abiertos, todo en él expresaba júbilo. Mi padre  lo tomó del brazo y lo miró sonriendo para decir:

-Claro, hijo, por supuesto que vienes con nosotros.

Apenas  cruzamos  el Pórtico de regreso a Tyerra,  comprendimos que habíamos cometido dos grandes  errores: primero, habíamos cruzado en pleno día y no por el pórtico de Playa Rubí, sino por el que se abría en el desierto,  y segundo,  llevábamos a bordo al presidente de los Estados Unidos, al primer secretario de Estado y a su jefe de seguridad.  El último carecía de importancia, pero los
otros dos eran una carga muy valiosa como para que nuestro viaje fuese tranquilo.

            Ellos no podían imaginar lo que es el Rogash; el sol  que arde sobre el Rogash es tan poderoso que ni siquiera el blindaje de cristal cuántico puede   rechazar  totalmente el calor. Si se detenía el motor, no funcionaría el aire acondicionado y dentro del carro moriríamos
de calor. Aunque nos aligeráramos de ropa y  bebiéramos agua  constantemente para aliviar nuestro sufrimiento,  el camino se nos  haría eterno.

            El  otro error no tenía solución,   nada podía ser peor que llevar pasajeros. El presidente  iba a demostrarnos que sería
capaz de soportar la situación estoicamente, pero  no habría momento en que no quisiéramos arrojar por la escotilla a  su jefe de seguridad.

            No era suficiente con el  show que desplegó para  proteger lo que se consideraba una operación ultra secreta.  Medio centenar
de agentes montados en  ocho  vehículos negros con ventanas polarizadas,  recién desembarcados de un monstruoso avión
carguero. Fariah y yo nos miramos espantados, pero eso  era apenas el principio.

            Apenas  supo que el presidente viajaría  en el tiempo, su jefe de seguridad se opuso abiertamente  e intentó bajarse del
blindado para  comunicarse con  gente que al parecer consideraba más superiores que su superior máximo. El primer secretario de estado no lo hizo mejor; no paraba de decirle que su responsabilidad estaba con el país, que lo que estaba por hacer era una locura, qué tal si éramos un fraude, una trampa, una celada extraterrestre. Lo peor ocurrió cuando  la versión terrestre de Euleth, el jefe de
seguridad,   se volvió loco  y sacó un arma muy fea que nos habría puesto en terribles aprietos de no haberla aspirado Fariah por el  tubo de eyección de  elementos peligrosos.   El encargado de seguridad sólo se tranquilizó cuando el presidente le dio un fuerte y sorpresivo golpe en la cabeza,  que lo hizo  derrumbarse como un fardo ante nosotros.

            -Disculpen – explicó el presidente-  que estos hombres no conozcan otra manera de proceder;  su intención es buena, pero  nadie puede estar tan ciego como para  no  ver  la trascendencia de este hecho histórico.

            Debo reconocer que era un hombre de gran clase. Con mucha calma nos ayudó a amarrarlo al asiento, le selló personalmente la boca con una tira de plástico engomado y luego ordenó al secretario de estado que   despidiera a los ocho vehículos negros  diciéndoles
que en una hora  los quería de  regreso.

            La escolta presidencial comenzó a alejarse  lenta y desconfiada, pero en cuanto la tuvimos a  distancia suficiente,  fuimos nosotros los que volamos  hasta el pórtico, que estaba situado a pocos metros.  El encargado de la seguridad presidencial estaba abriendo sus ojos cuando lo cruzamos  y su expresión de espanto  no dejaba de ser divertida. Mientras el óvalo se encogía pudimos ver los   todo-terreno
negros  lanzados en una carrera suicida para detenernos, una carrera que ya tenían perdida: con un  guiño plateado, el pórtico se selló ante sus narices. Los acontecimientos ya eran irreversibles.

Un par de horas después viajábamos sedientos y sudorosos por el Rogash cuando  Fariah nos dio sus últimos cálculos: proximadamente,  nos quedaba una hora más de camino. ¡Ganes omnipotente, qué bueno sería protegerse bajo  los domos de Askandir y  beber  algo fresco!  El desierto del Rogash es una vasta  planicie, áspera y reseca, donde no existe un cañón donde refugiarse  del sol.  Nadie, salvo los mineros que  rasguñan la  superficie para arrebatarle sus riquezas,  se atreve a poner un pie en el Rogash.  La historia dice que  allí hubo, hace cinco mil años, una gran ciudad  protegida por los ángeles.  Por desgracia, los ángeles descuidaron su labor y  la ciudad, con
todos sus habitantes, fue volatilizada por una  bomba nuclear, casi  al comienzo de la VI Guerra Mundial. Por más que miramos
por la escotilla fuimos incapaces de ver nada más que tierra, arena y piedras por lo que suponemos que  debió ser muy efectiva.

            Yo estaba en los controles cuando  una débil sombra cruzó por la ventanilla  enrejada.  No podía tratarse de una nube, hace mucho tiempo que no existen nubes en  Tyerra, tenía que ser, por fuerza, la peor opción: un nefario.

            Apenas lo habíamos pensado  cuando la alarma del blindado se disparó. ¡No  bastaba con que un nefario nos  hubiera considerado su próximo almuerzo, eran dos, y estaban a punto de atacarnos! Lo peor era que la sirena  no se detendría hasta que hubiera pasado el
peligro y su sonido era insoportable, taladraba nuestros oídos  con su chillido enloquecedor.

            -¡Conecta el campo protector! –ordenó mi padre.

            -Imposible –respondió Fariah-, el campo funciona cuando el vehículo está detenido y si lo hacemos,  los nefarios no tardarán mucho en derribarlo.  Aunque tuviéramos armas anti nefario, ninguno de nosotros sabría qué hacer con ellas.

¡Cierto, cómo no habíamos pensado en eso!  Repentinamente sentí como si mi estómago hubiera ascendido directamente hasta  mi
boca.  Yo creía haber conocido el miedo, pero  estaba equivocado.  Miedo era lo que sentía ahora, un miedo terrible a los monstruos alados, a su  hocico repugnante y sus garras  ensangrentadas que  querían clavarse en nuestra carne.

            Una mirada me bastó para saber que todos, con la lógica excepción de Fariah, estaban tan aterrados como yo.  Fariah tomó mi lugar, cerró  el parabrisas y se  guiaba ahora por la pantalla  farr del blindado.   Había aumentado la velocidad a niveles  irracionales, mas no por eso dejaban de perseguirnos. La pantalla los mostraba cada vez más cerca de nosotros.

            De pronto, un fuerte golpe sacudió el blindado. ¡Uno de los  nefarios  se había arrojado sobre el techo!  Podíamos oírlo arañando y golpeando con la intención de  abrir un hueco en el blindaje de cristal cuántico. No era posible, claro, pero se sabe de casos en que  algún punto débil del blindado ha sido suficiente para que  comiencen a arrancar  la protección de cristal hasta que llegan al metal. Y el metal no les resiste por mucho tiempo.

            El presidente se  levantó del asiento y  luchando contra los bandazos del vehículo  se puso a desatar a su jefe de seguridad. Me levanté a ayudarlo y apenas lo  logramos el hombre se soltó la tira que le sellaba la boca.

            -¡Está usted loco, presidente, vamos a morir en este mundo espantoso!

            -Calma, McBride –le respondió éste- tú eres el único aquí capaz de manejar un arma, busca lo que tenemos y ve si  puedes aprender  a usarla.

            El jefe de seguridad  pronto dio con  el depósito, donde había seis armas, suficientes para todos nosotros. Ninguna de ellas era   de última generación, pero servirían para defenderse de los nefarios. Él mismo se encargó de descubrir cómo  usarlas y nos enseñó  a
quitarles el seguro,  utilizar la mira telescópica y accionar el disparador.

            -¿Cómo sabe que es así? – preguntó mi padre.

            -Una vez que has visto un arma las has visto todas –respondió McBride-, no parece haber habido mucho progreso en
esto.

            -En realidad –explicó mi padre- hace mucho tiempo que no  se necesitan  armas en Tyerra, salvo para defenderse de los
nefarios, y como no es común exponerse a ellos…

            McBride no parecía muy  convencido  de la lógica del akadémico Pilesser. Guardó silencio y  se instaló junto a Fariah, pendiente de las imágenes que mostraba la pantalla. Sobre  el techo, los golpes  se hacían cada vez más fuertes.

            -Está tratando de fracturarlo a cabezazos –dijo mi padre.

            La posibilidad de que un nefario destruyese el blindaje  con su cabeza era  terrorífica.

            -¡Pero podría rompérsela! –dijo Pedro.

            -Ése no es problema para un nefario, ya está muerto y  su cabeza no tiene más utilidad que una herramienta –explicó mi padre.

            -¡Entonces son zombies en realidad, qué espantoso!  -Pedro no pudo evitar un estremecimiento.

            De pronto, un grito de McBride nos hizo saltar en los asientos.

            -¡Mira, allí viene el otro, ten cuidado que si nos golpea podemos volcarnos!

            En la pantalla  podía verse claramente como el otro nefario, a una velocidad absurda, se había lanzado hacia el blindado; era cosa de segundos para que nos golpeara por la derecha.

            -¡Agárrense! –gritó Fariah.

            Y de pronto, el blindado se detuvo con un chirrido espantoso y todos salimos volando por su interior,  con la excepción de Fariah, que no soltaba los controles, y McBride, que  se agarraba a la butaca con toda su fuerza.

            Casi al mismo tiempo,  la silueta del nefario se enterró brutalmente en la superficie del desierto y otro bulto oscuro  rebotó junto a él dando tumbos  hacia delante.

            ¡Fariah era un genio! Inmediatamente presionó el acelerador y se lanzó brutalmente hacia adelante pasando por encima
del nefario que se había desprendido del techo. Bajo el chasis,  un fuerte golpe   acusó  que había conseguido su objetivo,  el nefario había sido fuertemente golpeado.

            No podíamos cantar victoria, apenas se recuperaran, vendrían  por nosotros, peroahora teníamos una ligera ventaja y Fariah estaba decidido a  conservarla. Finteó por el Rogash  a toda velocidad  bajo el  sol abrasador de mediodía.

            McBride fue el primero en  captar a los nefarios. Volaban sobre nosotros  y ya estaban comenzando a cobrar altura para zambullirse sobre el blindado.  Y entonces, en el peor momento de mi vida,  escuché a Fariah decir lo que todos esperábamos:

            -¡El domo, Askandir está a la vista!

            Ahí, al fondo de la pantalla, se veía un pequeño punto de luz semicircular; el domo  de Askandir iluminado por el
sol. Nunca me había parecido mi ciudad  tan bella como esa vez.

BROUMMMM.

La escena no podía tener más bella música incidental. ¡Los cañones anti nefario hacían vibrar las paredes de nuestro carro. Fariah podía ahora apagar el sistema de manejo a ciegas, abrir las compuertas protectoras y acelerar al máximo.

Sólo que ya no sería necesario. Los proyectiles habían dado en el blanco y los dos nefarios caían como una lluvia de restos pútridos sobre las arenas del Rogash.

Feliz Halloween!!!

Pasan las seis de la tarde y los primeros niños comienzan a pedir dulces en las calles del barrio. Los pequeñitos son los primeros en salir, acompañados de  sus padres, formando alegres grupos. Halloween podrá ser una fiesta importada, pero es una fiesta, para los niños y sus padres,   permite que los vecinos se contacten. Es lindo ver las caras felices de los niños cuando se agregan algunos dulces a su pequeño tesoro.

Los niños lucen sus mejores disfraces y también sus madres se han vestido para la ocasión. Un lindo día, con risas de niños, papeles de dulces volando por todos lados, hociquillos pegajosos. Siempre es bueno tener un momento para festejar.  ¡A todos nos hace falta un buen rato!

ESPECIAL HALLOWEEN 2011

FELIZ HALLOWEEN, DUERME BIEN….SI PUEDES

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