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1716477380_93b86e6584   Un caracol gustaba burlarse de las moscas cuando las veía huir de las lagartijas para que no se las comieran y les gritaba que eran unas cobardes. —Te burlas de nosotras porque puedes esconderte en tu concha y resguardar tu cuerpo de tus depredadores, mientras que nosotras no tenemos esa opción, sin embargo, muchas veces escapamos de ellas porque somos ágiles —le dijo indignada una de ellas. —No solo me burlo de ustedes por eso, sino también porque tienen colores feos ¡Mira los míos que lindos son! —y comenzó a retirarse. No había andado mucho cuando una bruja lo vio y dijo: —Este es el caracol que andaba buscado desde hace tiempo. Por sus bonitos colores será más efectivo para mis pócimas —y lo agarró sin que este le diera tiempo a escapar. Entonces las moscas le gritaron al caracol: —Nos favoreció ser cobardes,  aunque no lo somos, y feas, como nos llamaste, porque sí tenemos otros encantos —le gritaron las moscas al vanidoso caracol—. Sin embargo, tú por lento y atractivo caíste en manos de quien te hará lo mismo que las lagartijas pretendieron hacer con nosotras —y lanzando carcajadas fueron detrás de la bruja

En llamas

 

víctima

El pequeño pudú gime; sus cortas patitas están manchadas de sangre. El pequeño pudú, la lechuza de ojos asombrados, el zorrito de cola chamuscada y otros animales que esperan turno en sus jaulas acaban de ser rescatados de un incendio forestal.

Cada año, en verano, nuestros bosques estallan en llamas .  basta con un grupo de chicos que quiso hacer camping, una familia que salió de picnic cerca del río, peor, basta con un inconsciente que se entretiene jugando con fósforos. Hay gente cuyo placer, aunque a nosotros nos parezca mentira,  es causar daño.

Una chispa basta. el viento sopla sobre ella y la llamita va creciendo hasta que una columna de humo se eleva sobre el bosque. después ´solo hace falta que actúe la indolencia: que el fuego tarde en ser advertido, que la Conaf lo considere demasiado pequeño para actuar de inmediato, que no hayan helicópteros disponibles para arrojar agua sobre las llamas. En cosa de horas, el fuego crece y arrasa con todo a su paso, a veces, incluso las casas de los campesinos. los árboles crujen al ser consumidos, las ramas caen, el viento sigue soplando y arrastrando su fatídica carga roja por los aires. Para las noticias, se trata de cuántas hectáreas han sido arrasadas, para los animales que habitan el bosque, se trata de la vida y la muerte.

Otro verano, otros fuegos. ¿Hasta cuándo?

sillaruedas

 

Juanpa tiene un año tres meses, es guapo, vivaz y precoz. Ya se siente capaz de perseguir a su hermano diez meses mayor y lo persigue con esos pasitos  ridículos de los niños que aún usan pañales. Juegan a la pelota, desparraman sus juguetes por toda la casa y siempre tienen las mejillas ligeramente pegajosas y algo manchadas de chocolate. ¿A qué pequeño no le gusta el chocolate?

Hoy, aunque los niños no lo tengan claro, es un día especial: hoy, papá está de cumpleaños. Quizás por ese motivo Juanpa y su  hermano mayor están mucho más felices, mamá está contenta, se afana en la cocina y no está tan al pendiente de sus andanzas. Mamá prepara una torta.

La tarde es tranquila en las afueras del pueblo. Los niños van al jardín y juegan con tierra, cortan hojitas, se sorprenden con los pequeños insectos y sus recorridos que parecen carecer de sentidos. Hormigas van, hormigas vienen, siempre a toda prisa y sabe quién con qué motivo y a qué misterioso destino.  En algún momento, Juanpa se siente solo, su hermano  ha desaparecido de su vista.  Sin temor, Juanpa lo busca, curiosea, se mete entre las plantas dejando tras  su paso una lluvia de pétalos rosados.

En algún momento, Juanpa encuentra la llave del agua, la manguera cuelga de ella y a Juanpa le gusta el agua. Quiere abrirla, liberar ese magnífico chorro cristalino para que corra a lo largo de los canteros dibujando corrientes en todas las direcciones.

Le gusta ese lugar. Es ahí donde Juanpa descubre a menudo cosas interesantes:  herramientas, guantes, ramas, macetas. ¡Cómo le gusta rebuscar ahí!  Con los ojitos brillantes apenas sombreados por las largas pestañas aterciopeladas, Juanpa se pone de puntillas y revisa con interés. Y claro, ahí está el tesoro.

El tesoro es un paquete de pastillas y a Juanpa le encantan las pastillas. No son bonitas como las que mamá suele darle. No, estas pastillas no son ni rojas, ni amarillas, ni azules, ni blancas, tampoco brillan, pero están ahí, casi al alcance de su manita y Juanpa las descubrió solito.

La puerta de la cocina está a un par de metros. “Juanpa”, llama mamá y Juanpa sabe que tiene que apurarse. La batidora manual zumba  sobre las claras batidas a nieve y una nube de azúcar despliega sus cristales sobre el bol.

-Juanpa.

Juanpa  chupa la primera pastilla y descubre con desilusión que no es rica, pero a Juanpa le gusta chupar y sigue chupando. Después de unos segundos la desecha. Es demasiado mala. Juanpa tiene razón, las pastillas  de veneno fosforado para matar pulgones no son buenas. Juanpa tiene mal sabor en la boca, escucha el llamado de mamá y entra en la casa.

Los niños  juegan en su dormitorio tratando de imprimir un toque más personal al pequeño caos de juguetes. Juanpa no se siente bien, se deja caer al piso. No sabe qué le pasa, las cosas dan vuelta a su alrededor. Hasta ahora,  Juanpa nunca  tuvo tiempo para saber  que las cosas podían…

Un grito de alarma  quiebra la tranquilidad de la casa, alguien ha descubierto a Juanpa. El pequeño tiembla y sus ojitos están  casi en blanco.

Las horas siguientes son difíciles de recordar. Los gritos de auxilio, el vecino que pudo llevarlos al lejano hospital, la entrada a Urgencias con el niño trémulo en brazos, blanco como una hoja de papel. Mamá nunca olvidará ese terrible día. Nadie en la familia podrá hacerlo.

Unos días después,  junto al cuerpo exánime de Juanpa, su hermanito mayor levanta los ojos hacia  la mamá y pregunta:

-¿Mi hermanito nunca más va a jugar conmigo a la pelota?

Mamá tiene un nudo en la garganta, no puede responder. ¿Te vas a ir, Juanpa? –piensa-No sé cómo podría vivir sin ti, no te vayas, Juanpa.

A Juan Pablo le encantan las pelotas, siempre han sido de sus juguetes favoritos.

Juan Pablo es un guapo chico de casi 18 años. Tras un largo camino sin ayuda de instituciones de ningún tipo, Juan Pablo hace su terapia  en el centro médico de una dama generosa. En la piscina Juan Pablo puede ponerse de pie y dar pasos  lentos, algo pesados, que lo llenan de orgullo. Normalmente se desplaza en su silla de ruedas, sin ella, gatea.

Juan Pablo hace policromía y guateros de semilla. A pesar de sus dificultades, se empeña en usar sus manos. Ama las cosas bellas.

El mejor momento del día para Juan Pablo es cuando mamá regresa a casa.  Entonces, se sientan a ver tevé en el sofá. Juan Pablo se acurruca junto a mamá, pegadito, pegadito.

-Juan Pablo es amor sin restricciones –dice mamá.

Le besa la frente. Juan Pablo le coge la mano y la cubre de besitos húmedos. Juanpa, después de todo, se quedó para siempre junto a mamá.

halloween2013

zombie

Existen dos historias en torno a los zombies y ambas tienen su origen en Haití. La primera,  engancha  los límites la  fantasía y la realidad y nos deja un sentimiento de horror ante la maldad humana. La  segunda, la historia literaria, es quizás más repulsiva, pero también más fácil de aceptar.

Coup de poudre se llama a los polvos que serían administrados a los que van a tener la desdicha de ser convertidos en zombies.  Hay siempre un motivo para ello: la venganza. En  Haití hay que tener mucho cuidado con herir los sentimientos de las personas porque eso puede significar que  el ofendido decida que tu vida acabó, porque vas a ser convertido en zombie.

Otro motivo puede ser el eterno afán de explotación que algunos individuos llevan en su ser más íntimo. Hay amas de casa que explotan a sus sirvientes, hay comerciantes que explotan a sus empleados, hay empresarios que explotan a sus trabajadores. Ninguno de ellos se siente mayormente culpable por hacerlo y bueno, la verdad, los campesinos que fabrican un zombie para que trabaje por ellos hasta morir realmente tampoco se sienten culpables. Estoy cansado, se dicen, necesito ayuda, no puedo pagar por ella. A ver, qué podría hacer para solucionar mi problema…por ejemplo, ¿y si me consigo un zombie?

Y en cuanto te ponen los ojos encima, estás perdido. Empezarán a rondarte, harán un estudio de las ocasiones en que estás solo y por último, comenzarán a administrarte los polvos malditos. El coup de foudre.  Entonces comenzarás a debilitarte, perderás el apetito, los colores, la salud. Tu familia hará todo lo posible, pero no hay caso. Un día, sin saber cómo llegaste a eso, serás un cadáver.

Es posible que tu futuro amo, el houngan, esté presente en tu funeral, hasta puede que se muestre dolido, que no pueda creer que alguien tan joven haya pasado a mejor vida. Hay gente descarada en esta vida.

 Tus parientes te llorarán, cargarán tu ataúd al cementerio y te dirán el último adiós con ojos húmedos. Lo único que ignoramos  de este proceso es lo que tú, el zombie, siente. Estás inmóvil, yerto, no respiras, tus ojos están cerrados, pero…¿puedes escuchar, tienes algún nivel de consciencia encerrado en tu mísero ataúd?

Espero que no. ¿Quién querría vivir los entretelones de su propia muerte?

El houngan no te recuperará de inmediato. Los parientes pueden querer visitarte y sería de muy mal gusto que lo sorprendieran escarbando tu tumba, pero cuando finalmente lo haga te llevará a su granja y te administrará los otros polvos, los que te revivirán, pero nunca tan vivo como para que tengas de regreso tu inteligencia y tu voluntad. Desde ese momento en adelante, eres un esclavo, un esclavo muerto. Qué más podría querer tu amo, mano de obra gratis. La mayor parte de los empleadores que conozco serían perfectamente capaces de tener un esclavo zombie, nada les duele más que pagar un sueldo decente.

Y, dime. ¿Acaso no es horrible la historia del origen del zombie, no sientes piedad por esos pobres seres esclavizados por la maldad humana?

EL Zombie literario y cinematográfico

Lo primero que hay que reconocer es que los zombies cinematográficos son REALMENTE horribles. Su carne está descompuesta, podrida hasta el punto de verse  violácea y negruzca, sus cabellos, desgreñados y sucios les cuelgan como serpientes de la cabeza, tienen heridas por aquí y por allá y la sangre coagulada los mancha. Caminan apenas, lentos e inseguros, como si hubieran perdido todo sentido de lo que hacen.

A pesar del  proceso de corrupción de su cuerpo y nadie sabe cómo, los zombies cinematográficos pueden ver, sus ojos parecen inmunes al deterioro de sus tejidos. Gracias a esto pueden encaminar sus pasos tras de los humanos vivos más cercanos, en especial, los protagonistas de la película o  el cuento. Despacio, muy despacio, lo suficiente para que el o los protagonistas tengan tiempo para salvarse, pero nunca tan despacio como para que se salven los personajes secundarios. Ya se sabe, nada peor que un papel de relleno en una película de miedo.

Y todo ese esfuerzo  a causa de una palabrita desagradable que nos expone crudamente la verdadera naturaleza de un zombie: NECRÓFAGO. Los zombies tienen la pésima costumbre de alimentarse de otros seres humanos, que a su vez, después de ser mordidos, pasarán a integrar la multitud de cadáveres hambrientos que se arraciman delante de las puertas y ventanas de la casa donde se refugió nuestro protagonista.

Ahora, de los zombies esclavos y su sistema alimenticio es poco lo que se conoce. ¿Serán también adictos a la carne humana o se conformarán con los poco atractivos restos de la comida de su amo?

No tengo gran interés en enterarme. Es más, por mí que los zombies se mantengan lo más lejos posible de mi persona. Se ven horribles, se comportan horriblemente y, a pesar de que nadie se ha molestado en explicitarlo, estoy seguro de un pequeño detalle: es un hecho que los zombies deben oler horrible.

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Hoy, que debiéramos tener una bella y cálida tarde primaveral, la ciudad se esconde en una atmósfera gris y opaca. Parece que la noche se estuviera dejando caer ya, lentamente, con pasos aterciopelados. la larga noche de Halloween está las puertas de nuestros hogares.  La noche de Hallowee 2013

Apenas en un par de horas los niños comenzarán a caminar las calles de nuestros barrios luciendo sus disfraces y las  caras manchadas de chocolate. Tocarán los timbres, golpearán las puertas y esperarán ansiosos que nosotros les abramos  para ir llenando sus bolsas de caramelos.

Anda, prepárense, saquen los dulces, estén pendientes de la campanilla porque se ha sabido de buena fuente que aquellos años terminados en número de mala suerte  no todos los que golpean la puerta son niños, también hay nomos, duendes, enanos, trasgos  y goblins que quieren pasar por niños golosos.

Y, si por casualidad se quedaran esperando, si por un pequeño error los dejaras irse con las manos vacías…no quisiera estar en tu pellejo.

Sea como sea, para ti o para ellos, este tiene que ser un Feliz Hallowee.

NOCHE DE HALLOWEEN

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La infancia de David estaba marcada por dos hechos dolorosos: el primero era la desaparición de su verdadera madre, suceso del que ni siquiera guardaba memoria. Simplemente, su madre nunca había estado allí. A  David le gustaba pensar que su madre había preferido la fama y se había marchado para convertirse de una estrella. ¿Estrella de qué? Cualquier cosa bastaba, pero David tenía sus preferencias secretas y por eso siempre leía sobre las vidas de las estrellas del rock y el cine buscando en ellas un hilo conductor que iluminase su pasado. Por la misma razón las paredes de su habitación estaban cubiertas por fotos de artistas famosas de cuyo pasado no se tenía mayor conocimiento.

El otro hecho era más doloroso para él. Uno, pensaba, puede vivir sin una madre, se acostumbra, no recuerda lo que nunca conoció, pero vivir con su madrastra era demasiado para cualquiera y David habría dado cualquier cosa porque la esposa de su padre desapareciera para siempre.

David tenía apenas cuatro años cuando Roxana entró en sus vidas y desde entonces se encontraba inmerso en un proceso de capacitación perpetuo. Roxana había comenzado aquello con unas palabras dichas al pasar.

-¿No sabe hacer su cama todavía? Querido, esto no es bueno para David.  Los  niños necesitan independencia desde el primer día de sus vidas. ¡Nadie sabe cuándo pueden quedar solos!

David era el único niño, que él supiese, que a los cuatro años de edad había aprendido a hacer su cama. De la misma manera, era también el niño  que más precozmente había aprendido a pasar la aspiradora, lavar los platos, sacar el polvo de los muebles, limpiar los vidrios, cortar el césped, regar el jardín, cocinar el almuerzo, hacer las compras y etc, etc. Roxana se lo recordaba constantemente a su padre constantemente mientras tomaba baños de espuma o pasaba sus largas sesiones de  belleza frente al espejo de su tocador.

-Ser autovalente es lo mejor para un niño, querido.  Así siempre darán gusto en cualquier parte.

David no era particularmente inteligente, aprender todo lo que Roxana consideraba necesario en la formación de un niño no había sido fácil para él, pero Roxana podía ser muy convincente con el uso del palo y la zanahoria, solo que la zanahoria estaba fuera de todo el asunto. El racionamiento de comida, por ejemplo, era una buena razón para cualquiera que tenga hambre y a partir de la llegada de Roxana a su vida David siempre había sido un niño delgado. El racionamiento de comida lo mantenía perpetuamente hambriento.

Otra buena razón para hacer el trabajo que, en buena medida, le habría correspondido a Roxana, era el racionamiento de sus pertenencias. Roxana administraba todo, sí, TODO, lo que poseía David: sus libros, sus pantalones, sus calcetas, sus suéters, su única parka. Un niño hace con entusiasmo un trabajo desagradable con tal de poder usar un par de pantalones decentes en vez de unos que le quedan ridículamente cortos o por la necesidad de usar ropa de abrigo cuando la temperatura apenas alcanza los dos grados Celsius.

Y en cuanto a los libros, nadie puede imaginar lo importantes que son los libros para un niño de diez años  que no tiene tevé, ni computador ni nada que se aproxime remotamente al término entretención.

Roxana podía decir que nunca le habría puesto un dedo encima a David y estaría en lo cierto. No era necesario. Su sistema bastaba.

Y en cuanto a su padre, David no sabía si su padre era realmente el hombre  menos observador en la historia de la humanidad o si en realidad el bienestar de su hijo le importaba un comino. A David le gustaba pensar lo primero, nadie quiere un padre que no te quiere y la versión “despistado” le parecía mucho más aceptable. Además, estaba claro que los tratamientos de belleza de Roxana eran sumamente efectivos, al menos en lo que se refería a mantener embobado a su padre.

Por esas y muchas otras razones, David se despertó esa víspera de Halloween casi de madrugada. Si quería salir a pedir dulces debía poner la casa de punta en blanco, preparar la cena y sacar a pasear al perro de Roxana. No había tiempo que perder, el año anterior Roxana había inventado un par de tareas de última hora que lo habían mantenido ocupado hasta tan tarde que solo pudo mirar desde su ventana a los niños que pasaban luciendo sus disfraces flamantes por las veredas.

En cuanto a él, no necesitaba disfraz, bastaría con ponerse sus peores harapos y cubrirse la cara con su viejo antifaz, rotoso de tantos años guardado en el clóset. Era indudable que harían un buen disfraz de mendigo.

Y ese día, por suerte, todo salió bien y no porque Roxana no tuviera dispuesto un arsenal de pedidos de último momento sino porque su padre, tan despistado como siempre, no recordó hasta muy tarde que estaban invitados a una fiesta de Halloween. Roxana pasó la última hora produciéndose frente al espejo y lo dejó tranquilo. Con un suspiro de alivio, David corrió a vestirse apenas la puerta se cerró tras sus espaldas. Cinco minutos después ya estaba en la calle con una vieja bolsa del pan en su mano.

Para su felicidad, la gente estaba más generosa que el año antepasado y su bolsa se iba llenando de delicias que ya escondería en sus rincones secretos para evitar que Roxana se apoderara de ellos. David fue de un lado a otro de su barrio y finalmente, con su bolsa casi llena, atacó las casas de su propia calle.

Solo entonces notó que la casa que llevaba tantos años desocupada en frente de la plaza tenía nuevos ocupantes. No era gente que gastara mucho en electricidad, eso lo supo porque solo una ventana estaba iluminada, pero era seguro que sí gastaban en dulces, porque unos seis pequeñuelos se arremolinaban en torno a una mujer delgada y morena que, además, estaba vestida de bruja. La mujer repartió todos sus dulces quedando con las manos vacías.

Cuando se marcharon, David se acercó tímidamente. Había algo extraño en la mujer que se disponía a entrar en la casa, era como si la conociese de algún lugar, pero no podía recordar dónde.

. Mucho más extraño fue que a pesar de que le daba la espalda y de que David se había aproximado en completo silencio, ella se dirigió a él como si le estuviera viendo.

-Tengo muchos más adentro, ven conmigo- y entró en la casa que estaba iluminada con una mortecina luz roja.

No sin temor, David la siguió. Al echar una mirada a su alrededor descubrió que la casa estaba pobremente amueblada. Un sofá aquí, un par de sillas por allá, nada de adornos ni cuadros ni mucho menos toda la colección de figurillas de porcelana que Roxana repartía por su sala. Había  una mesa, claro, y sobre ella, la más completa colección de delicias que David hubiera visto jamás.

- ¿Comiste algo? –Preguntó la mujer- Yo todavía no así que puedes sentarte conmigo.

Corrió una silla para él y ambos se sentaron a disfrutar el banquete. David nunca había comido tan bien en su corta vida y descubrió que su barriga estaba realmente vacía y no parecía llenarse nunca con los pasteles, sándwiches y helados que la mujer vestida de bruja no dejaba de servirle. Cuando finalmente no pudo comer una migaja más, se estiró en la silla sintiendo que su estómago iba a reventar.

Entonces se dedicaron a conversar. La dama era simpática, sabía escuchar y  no necesitaba hacer preguntas porque David parecía haber bebida la droga de la verdad en vez de los deliciosos jugos que todavía llenaban los jarros. David hablaba, hablaba y hablaba hasta por los codos y pronto se encontró contando la triste historia de su vida a la única y primera  persona que  había manifestado interés en él.

Cuando terminó, tuvo miedo. ¿Y si la mujer vestida de bruja hablara con Roxana? ¿Por qué había tenido tantos deseos de hablar, le habría puesto algo en la comida?

Repentinamente recordó uno de sus libros favoritos, Hansel y Gretel. ¡Cuántas veces no había soñado él con comerse parte de la casa de pastel! Solo que la propietaria era una bruja y cebaba niños para comerlos después.

¡Y él, en ese momento, se sentía como un cerdito bien cebado! Y lo peor era que comenzaba a sentirse soñoliento, soñoliento. Sus ojos pesaban como si fueran de plomo y no podía controlar piernas y brazos.

Lo último que sintió fue que la mujer vestida de bruja le tomaba suavemente en sus brazos para evitar que cayera dormido sobre la mesa. Después solo hubo oscuridad a su alrededor.

Cuando despertó, lo primero que supo fue que estaba en su propia cama, solo que alguien había puesto una cobija más gruesa en ella y ahora era mucho más abrigada que antes. Se estaba muy bien en esta nueva cama abrigada.

Una  tímida luz otoñal entraba por la ventana y desde la cocina llegaba hasta él el delicioso aroma de una masa dulce en el horno. David miró el reloj y palideció: ¡Era tardísimo, Roxana le dejaría sin comida por una semana a lo menos por haberse quedado dormido!

Bajó la escalera corriendo. Su padre, sentado a la mesa, terminaba el desayuno que David había omitido hacer. Roxana le daba la espalda mientras lavaba los trastos y canturreaba una canción.

Buenos días, David, te quedaste dormido –sentenció su padre poniéndose de pie- querida, ha estado delicioso, hace mucho tiempo que no comía algo tan rico..

Roxana se dio vuelta lentamente, tan lentamente que David pudo ahogar el grito de sorpresa y terror que pugnaba por escapar de su garganta.

Porque la mujer que ahora devolvía el beso a su padre no era Roxana sino la mujer vestida de bruja. Llevaba, claro está, la ropa de Roxana, lucía su mismo labial y barniz encarnado en las uñas, tenía ahora el pelo teñido con el mismo rubio dorado número 77 que usaba su madrastra, pero claramente, y aunque su padre no parecía haberse dado cuenta de ello, sus ojos eran los de la mujer vestida de bruja, su sonrisa era la de la mujer vestida de bruja y algo indefinible en ella declaraba a los cuatro vientos que Roxana no estaba allí y que la mujer del traje de bruja había tomado su lugar.

Ella se sentó a su lado y ambos escucharon cerrarse la puerta tras su padre. Afuera, el motor del Toyota se puso en marcha y ronroneó suavemente alejándose. Estaban totalmente solos.

-Debes comer, David. Un niño de tu edad necesita alimentarse bien –dijo ella.

Y aunque se moría de miedo y le costaba tragar bocado, David la obedeció sin decir palabra. Gracias a su larga experiencia con Roxana, él ya sabía bien cómo se las llevaban las mujeres con los niños y no pensaba darle a la extraña que ahora ocupaba su lugar  la menor razón para disgustarse con él.

-No tienes por qué temer, querido –siguió diciendo la mujer-, no soy de esas que se entretienen maltratando niños indefensos. Creo que nos llevaremos bien tú y yo. Ya es tarde, prepárate para irte al colegio, pero antes de que te vayas quiero que hagas dos cosas.

-¿Qqqué cosas? –preguntó el niño con voz temblorosa.

-Primero, cambiarte esas ropas, qué feas están, totalmente pasadas de moda. Parece que no viste las que dejé sobre la silla en tu dormitorio. Lo otro lo vemos después.

David iba a lavar los platos del desayuno, pero ella se lo impidió empujándolo suavemente hacia la escalera. El niño corrió de regreso a su habitación y sí, tal como ella dijera, una completa tenida flamante y a la última moda lo esperaba en la silla. En el piso estaba el complemento: un par de zapatillas que de seguro habían costado más que todas las que David usara hasta ese momento juntas.

Cuando bajó, ella estaba esperándolo al pie de la escalera.

-Te ves muy bien, hijo –aprobó.

David la siguió hasta la vitrina de la sala. Allí ella se detuvo y le mostró la colección de figurillas de porcelana.

-Mira –dijo-, agregué una nueva a mi colección.

Y David, asombrado, fijó sus ojos en la nueva porcelana que integraba el grupo. Allí, vestida de bruja y con una mueca de terror pintada en su rostro estaba la que algún día había sido la temible Roxana. David quedó sin palabras.

-Y así hay gente que dice que nosotras, las brujas, somos malvadas –continuó la mujer-, estoy segura de que tú no vas a pensar eso y sin duda alguna, nos vamos a llevar muy bien.

Y David, ya camino de la escuela, sintió  que podía creerle a su nueva madrastra. Si las brujas trataban así a los niños y cocinaban tan bien, bienvenidas las brujas. A decir verdad, ahora que el recuerdo de Roxana comenzaba a difuminarse en su memoria casi no habría podido decir cuál de ellas era la verdadera bruja.

El autobús estaba llegando, de un salto, David plantó sus nuevas zapatillas en la pisadera. Definitivamente, se sentía vestido para matar. Cuando pasaron frente a la plaza el niño pudo ver claramente la casa donde había cenado el día anterior. La pintura descascarada, las hierbas que crecían en el jardín y el letrero que antes   no había podido ver:

SE VENDE.

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