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Posts Tagged ‘el niño’

sillaruedas

 

Juanpa tiene un año tres meses, es guapo, vivaz y precoz. Ya se siente capaz de perseguir a su hermano diez meses mayor y lo persigue con esos pasitos  ridículos de los niños que aún usan pañales. Juegan a la pelota, desparraman sus juguetes por toda la casa y siempre tienen las mejillas ligeramente pegajosas y algo manchadas de chocolate. ¿A qué pequeño no le gusta el chocolate?

Hoy, aunque los niños no lo tengan claro, es un día especial: hoy, papá está de cumpleaños. Quizás por ese motivo Juanpa y su  hermano mayor están mucho más felices, mamá está contenta, se afana en la cocina y no está tan al pendiente de sus andanzas. Mamá prepara una torta.

La tarde es tranquila en las afueras del pueblo. Los niños van al jardín y juegan con tierra, cortan hojitas, se sorprenden con los pequeños insectos y sus recorridos que parecen carecer de sentidos. Hormigas van, hormigas vienen, siempre a toda prisa y sabe quién con qué motivo y a qué misterioso destino.  En algún momento, Juanpa se siente solo, su hermano  ha desaparecido de su vista.  Sin temor, Juanpa lo busca, curiosea, se mete entre las plantas dejando tras  su paso una lluvia de pétalos rosados.

En algún momento, Juanpa encuentra la llave del agua, la manguera cuelga de ella y a Juanpa le gusta el agua. Quiere abrirla, liberar ese magnífico chorro cristalino para que corra a lo largo de los canteros dibujando corrientes en todas las direcciones.

Le gusta ese lugar. Es ahí donde Juanpa descubre a menudo cosas interesantes:  herramientas, guantes, ramas, macetas. ¡Cómo le gusta rebuscar ahí!  Con los ojitos brillantes apenas sombreados por las largas pestañas aterciopeladas, Juanpa se pone de puntillas y revisa con interés. Y claro, ahí está el tesoro.

El tesoro es un paquete de pastillas y a Juanpa le encantan las pastillas. No son bonitas como las que mamá suele darle. No, estas pastillas no son ni rojas, ni amarillas, ni azules, ni blancas, tampoco brillan, pero están ahí, casi al alcance de su manita y Juanpa las descubrió solito.

La puerta de la cocina está a un par de metros. “Juanpa”, llama mamá y Juanpa sabe que tiene que apurarse. La batidora manual zumba  sobre las claras batidas a nieve y una nube de azúcar despliega sus cristales sobre el bol.

-Juanpa.

Juanpa  chupa la primera pastilla y descubre con desilusión que no es rica, pero a Juanpa le gusta chupar y sigue chupando. Después de unos segundos la desecha. Es demasiado mala. Juanpa tiene razón, las pastillas  de veneno fosforado para matar pulgones no son buenas. Juanpa tiene mal sabor en la boca, escucha el llamado de mamá y entra en la casa.

Los niños  juegan en su dormitorio tratando de imprimir un toque más personal al pequeño caos de juguetes. Juanpa no se siente bien, se deja caer al piso. No sabe qué le pasa, las cosas dan vuelta a su alrededor. Hasta ahora,  Juanpa nunca  tuvo tiempo para saber  que las cosas podían…

Un grito de alarma  quiebra la tranquilidad de la casa, alguien ha descubierto a Juanpa. El pequeño tiembla y sus ojitos están  casi en blanco.

Las horas siguientes son difíciles de recordar. Los gritos de auxilio, el vecino que pudo llevarlos al lejano hospital, la entrada a Urgencias con el niño trémulo en brazos, blanco como una hoja de papel. Mamá nunca olvidará ese terrible día. Nadie en la familia podrá hacerlo.

Unos días después,  junto al cuerpo exánime de Juanpa, su hermanito mayor levanta los ojos hacia  la mamá y pregunta:

-¿Mi hermanito nunca más va a jugar conmigo a la pelota?

Mamá tiene un nudo en la garganta, no puede responder. ¿Te vas a ir, Juanpa? –piensa-No sé cómo podría vivir sin ti, no te vayas, Juanpa.

A Juan Pablo le encantan las pelotas, siempre han sido de sus juguetes favoritos.

Juan Pablo es un guapo chico de casi 18 años. Tras un largo camino sin ayuda de instituciones de ningún tipo, Juan Pablo hace su terapia  en el centro médico de una dama generosa. En la piscina Juan Pablo puede ponerse de pie y dar pasos  lentos, algo pesados, que lo llenan de orgullo. Normalmente se desplaza en su silla de ruedas, sin ella, gatea.

Juan Pablo hace policromía y guateros de semilla. A pesar de sus dificultades, se empeña en usar sus manos. Ama las cosas bellas.

El mejor momento del día para Juan Pablo es cuando mamá regresa a casa.  Entonces, se sientan a ver tevé en el sofá. Juan Pablo se acurruca junto a mamá, pegadito, pegadito.

-Juan Pablo es amor sin restricciones –dice mamá.

Le besa la frente. Juan Pablo le coge la mano y la cubre de besitos húmedos. Juanpa, después de todo, se quedó para siempre junto a mamá.

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Este blog nació hace cuatro años, desde entonces, nuestros posteos han tenido 121.000 visitas. Nuestros lectores viven en diferentes países de América, especialmente en Argentina, México y Perú, y también en países europeos,  como España, Italia o el Reino Unido.  Especial mención para nuestros lectores chilenos, que crecen cada día.  Recibimos de ustedes gratos comentarios.  Considerando que esto no es farándula, comercio, noticias ni exhibición de lo peor que puede mostrar el ser humano, sino literatura para niños y jóvenes, los miembros de este blog, y yo personalmente, nos sentimos orgullosas y felices de contar con ustedes y nos esforzaremos por seguir entregándoles lo que les gusta. Gracias, amigos

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Hay que reconocerlo: al Creador lo tenían lleno los dinosaurios, no quería saber más acerca de estos tipos que no permitían prosperar a las restantes especies y dejaban tras de sí una estela  de  destrucción por el simple hecho de echar una carrerita detrás del almuerzo. Y como si eso fuera poco estaba el problema de las heces: ¿Se imaginan lo que es un planeta lleno de enormes dinosaurios  sin hábitos de aseo? Dar un paseo por ahí era simplemente terrorífico, pero por otra parte tampoco vamos a juzgar a los dinosaurios:  ¡Era imposible que aprendieran nada con esos cerebritos  de juguete!

El Creador  dejó el problema a la suerte. Tuvo un encuentro secreto con La Naturaleza del  cual jamás, en 80.000.000 de años ha trascendido una palabra. El Creador dejó el problema en sus manos, de paso, además de encargarla de un problema que parecía insoluble,  la exponía al peor de los fracasos; hay que reconocer que nunca se han llevado muy bien, especialmente desde que esta última quiere arrogarse todos los éxitos del programa.

Y todos sabemos cómo se las gasta la Naturaleza. El daño colateral, más que molestarla, parece divertirla.

– Bueno, ya, que pase lo que deba pasar –dijo el Todopoderoso.

Y lo que pasó fue la extinción masiva del cretácico, frente a la cual las víctimas de las dos últimas guerras mundiales serían una anécdota. Entre los escasos sobrevivientes que hoy podemos nombrar están las tortugas, los cocodrilos, algunos dinosaurios que optaron por convertirse en aves y abandonar sus viejos hábitos y …el celacanto.

Sólo que por sesenta y cinco millones de años, todo el planeta estuvo convencido de que el Celacanto se había extinguido junto con el resto, porque después del cretácico, nunca más se lo volvió a ver. Sus únicas apariciones estaban registradas en roca de trescientos millones de años.

Nadie va a pensar que El Creador o La Naturaleza ignoraban lo que había sido del excéntrico pez o que este es tan genial que se encargó de dejarlos en ridículo, no,  pero lo cierto es  que nunca más se preocuparon del Celacanto, ni siquiera para adjudicarle unas medidas, paliativas –la especialidad del Creador- o evolutivas –favoritas de la Naturaleza.

Para la comunidad científica y la nomenclatura universal el Celacanto dormía el sueño de los justos.

Eso hasta 1938, cuando una encantadora bióloga británica, la señora Latimer,  encargada del Museo de East London, Sudáfrica,  fue llamada al Mercado para ver un extraño pez azul, con cuatro aletas de lo más locas y una cara que llegaba a dar miedo; tal como los espías viejos,  el Celacanto había regresado del frío.

La señora Latimer buscó a su pez en cuánto libro estuvo al alcance de su mano, pero no, nada del pez azul. Entonces, aprovechando lo único que quedaba del ejemplar, su esqueleto,  hizo cuidadosos dibujos y los envió  a un  paleontólogo.  Gracias a todos sus esfuerzos, el Celacanto se llama hoy  latimeria chalumnae. Para qué vamos a negarlo, el celacanto odió la denominación, pero como en todo aquello de origen burocrático, su opinión no fue consultada.

Cada cierto tiempo aparece un ejemplar por aquí, otro, por allá, siempre muertos. Los japoneses, expertos en arrasar con la fauna marina, sueñan con sumar un ejemplar vivo al cadáver que tienen en su principal acuario. Por el momento se consuelan mirando las escasas filmaciones que se han obtenido. Lo único bueno del asunto es que el Celacanto ni siquiera es comestible, su carne es demasiado grasa para ser consumida por el hombre, incluso por los chinos o los japoneses.

Los estudios de sus restos mortales  han dejado algunas cosas claras: en la base de sus aletas hay tres huesos que indican la formación de una pata:, húmero, cúbito y radio,  y en sus lugares más íntimos descansan los restos de un proyecto de pulmón. ¿Qué fue lo que ocurrió? ¿Alcanzó  el celacanto a probar las delicias de las vidas de los anfibios para luego, inteligentemente, descartarlas, o solamente se preparó para el gran suceso arrepintiéndose después?

Y ahí está el pobre, indignado por la situación. Todavía no entiende que el uso de redes de profundidad o dinamita por sus desagradables vecinos humanos le son letales. Se pasea por los mares de África e Indonesia y más de alguien espera ubicarlo en otras zonas. Se esconde,  y lo hace bien, ya tenía bien aprendido cómo ocultarse de los importunos, pero lo cierto es que el actual locatario de la Tierra ha resultado un hueso duro de roer. Es vox populi que la fauna completa ha enviado solicitudes para que el Creador ponga las peras a cuatro  a estos nuevos dinosaurios, pero ya saben cómo es Él; para todo se toma su tiempo.

Tampoco vamos a criticar a la Naturaleza. A ella no le queda más que esperar una orden, una simple  llamada. Nosotros la conocemos, es más que seguro que ya tiene varios planes de extinción y catástrofes anexas, no por viejo pierde sus rayas el tigre, y una de sus debilidades ha sido siempre los grandes espectáculos. Tarde o temprano, la próxima extinción masiva hará su debut.

Y  vaya si le ha costado aguantarse, en comparación con el Hombre, los dinosaurios eran niñitos de pecho.

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Perdonarás que me dirija a tí en esta forma tan personal; sucede que más que una cifra, a diario yo siento a  cada uno de mis lectores  de esta manera, como Tú.

Quiero contarte algo que ya sabes;  a  tí te gustan las historias de animales. El quirquincho, el puma, el tejón, el hipocampo, los salmones. a veces eres tú el que me recuerda algún relato que escribí hace tanto que lo había olvidado. Gracias.

También te gustan los cuentos de misterio. ¡Ni te imaginas cuántas veces has leído El cuadro del niño que lloraba! Y yo sólo pensé en un relato para el especial de Halloween. Gracias otra vez.

También te gustan mis poemas. Algo anticuados, sencillos, consonantes, ingenuos. Especialmente dedicados a los niños y aquellos que tienen el corazón de un niño, o sea, tú.

Me has enviado todo tipo de comentarios: simpáticos, locos,  hermosos, especiales. Cuatro veces, en todo este tiempo, debo confesar que llegaron comentarios desagradables, di por sentado que estabas en un mal momento y como yo no lo estaba, los eliminé.   Pero, como regularmente estás “en buena onda”, me encanta que hagas tus comentarios, aunque sea para saludar, y ojalá, si escribes, me cuentes que clase de cuentos te gustaría leer. He pensado en algunos sobre la fauna patagónica. Me interesé en ella cuando estudiaba para escribir la tercera aventura de Diego Herreros, Perdido en la Tierra del Fuego, que probablemente aparezca el próximo año como trilogía.

Ya te he invitado antes, pero, por si no lo has visto, reitero mi invitación: si quieres publicar como autor invitado, sólo es necesario que sea literatura apropiada para niños y jóvenes. Probablemente  podrías recibir un pequeño proceso de edición y nada más. No altero lo esencial, sólo corrijo errores mínimos. Yo aprendí cometiéndolos.

Una vez más, gracias. Por acompañarme todo este tiempo, por darme la razón cuando dije que a la gente le gustaba la literatura y que debía tener posibilidad de llegar a ella sin costo. Cada vez que me lees, me das tremenda alegría.  Aunque mi página sea de LIJ -literatura infantil juvenil-, no es simple, mi lenguaje intenta ser bello y creativo. No creo en la lectura digerida, tú eres lo bastante inteligente para buscar calidad, no necesito decirte de manera  obvia y pasterizada las cosas. Se que eres  lector inteligente y exigente. Cuento con eso.

Así que eso era todo, conversar un poco contigo, decirte que estoy siempre pensando en tí, en lo que pudiera interesarte. Si tienes ganas, cuéntame de ti, lo que te gusta, lo que haces, lo que quieres ver. Serás bien recibido. Va mi correo: elplatillovolador@gmail.com

Un abrazo

Alida

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Era un caluroso 23 de diciembre, tan sofocante como suelen ser las vísperas navideñas en esta parte del globo y tan ajetreadas como siempre. Miguel se encontraba recostado en el césped de la plaza cercana a su hogar como solía hacerlo en espera de su mejor amigo. Caminó desde su casa por la vereda norte y cruzó el paso de cebra dando la vuelta a un farol para llegar ahí, y como de costumbre escogió tenderse junto al mismo árbol que le daba sombra a todas sus tardes de verano. Cómo pueden ver, no era sino otra tarde como cualquiera, sin sorpresas ni sobresaltos. Pero a diferencia de otros 23 de diciembre, este en particular guardaba una preocupación muy grande para Miguel, por mucho que al parecer de otros no fueran más que niñerías. Toda su preocupación claro, partió algunos días antes, para ser exactos el 12 de Diciembre: Miguel se encontraba haciendo las compras navideñas con su madre, como ya era una tradición, todos los segundos sábados de diciembre por la mañana. Desde que el podía recordar; la familia de Miguel era muy estricta cuando de costumbres y hábitos de trataba, sus rutinas eran seguidas al pie de la letra, semana tras semana y los detalles de último minuto ni siquiera existían para ellos, todo tenía su tiempo y lugar. En fin, como iba diciendo, pasaban por la sección de perfumería a eso de las 11.30, para que Josefa, la madre de Miguel, hiciera su ronda habitual para ver los perfumes que tanto le gustaban, todo en orden, todo como cualquier segundo sábado previo a navidad, sin embargo, fue entonces que los más inesperado pasó, Josefa emocionada encontró su perfume favorito en oferta, nunca en la vida habían visto aquel perfume en oferta, más en ese día en particular y sucedía que debido a la terrible bancarrota de la marca del perfume en cuestión, la tienda estaba rematando los últimos ejemplares de la fragancia. En un frenesí femenino, muy poco común en Josefa, decidió en aquel momento salirse del exacto presupuesto mensual – debía comprar este perfume en mes y medio más – y comprarlo en ese mismo instante, Miguel se sintió extrañísimo, como si la música de la orquesta desafinara o si la película se saltara una escena. Lo siguiente pasó muy rápido: Josefa tomó el perfume y quiso ir a la caja donde siempre compraba, pero cómo no, no era el día en que ella siempre compraba su perfume, la caja no estaba ni siquiera abierta a esa hora, una vendedora le indicó que bajara un piso, así que a trompicones tomó de la mano a Miguel y lo guió a las escaleras. Cómo nunca pasaba, se devolverían un piso para realizar la compra, y entre anaqueles y góndolas, Josefa logró divisar una cajera libre. Corrieron a su encuentro y en un descuido de un minuto, Miguel se soltó de su mano y siguió caminando por el pasillo. Rumas de cajas se elevaban a ambos lados del pasillo y al final de este una luz rojo cegaba a Miguel, quién pese a darse cuenta de que se alejaba más y más de su madre, siguió caminando hasta el final. Era hermosa, no, era sublime, era la bicicleta más perfecta que podría haber imaginado Miguel. Un raro espécimen en rojo metalizado con el manubrio en cuero blanco y una palanca de cambio cromada con la bandera de Francia grabada en la superficie, una edición limitada que celebraba el aniversario de no sé qué, aunque para Miguel ese detalle no tenía ni la más mínima importancia, porque era simplemente una belleza. Miguel ya levitaba hipnotizado por aquella sirena de dos ruedas cuando Josefa lo bajó de un tirón dándole una palmada en la cabeza. – ¿Y tú donde te habías metido?, ya, vámonos, que las compras están listas y debemos regresar a casa. – Es que… ella… Francia… – Por Dios niño, ¿Qué estás balbuceando?… Aaaaah, ya entiendo. Miguel sabes perfectamente que con tu padre ya tenemos tus regalos, no podríamos hacer tal desarreglo a estas alturas. – Pero mamá, ¿no podrías consultarle?, a fin de cuentas, la fiesta es por dos. – Está bien, pero no te prometo nada. El camino a casa fue sin duda silencioso, Josefa recorrió las calles de siempre y Miguel observaba las ya conocidas vistas del viaje, mas su cabeza esa mañana estaba en otro planeta. Para todos nosotros la navidad es una fecha especial sin duda, sin embargo para Miguel, tenía otro significado paralelo que vale la pena considerar para entender su predicamento: Otros padres podrían considerar dejar el obsequio ya comprado para su cumpleaños y colar la bicicleta en navidad, pero el asunto es que para Miguel su cumpleaños y navidad, bueno, es que son el mismo día. Josefa y Carlos – padres de Miguel- se escapaban cada año durante la hora de colación de Carlos, el primer miércoles de diciembre del año, y compran un regalo grande y otro pequeño para celebrar ambas festividades, luego Miguel acompaña a su madre a ver los regalos de los demás. Dos regalos, eso era todo los que repetía en su cabeza, dos regalos que desde hace días se encontraban acomodados bajo el árbol de navidad en su casa, y dos regalos que sin lugar a dudas no parecían un bicicleta por ningún ángulo visible. ¿Era todo?, ¿Había conocido el amor en aquella belleza demasiado tarde?, ¿Es que acaso este cuento iba a ser así de amargo? – Pero Miguel, tú tienes suerte, mis padres todos los años me dan un regalo para navidad y la mayoría de las veces apesta, ¡corrección!, apesta todas las veces. – Es que no entiendes Pablo, el asunto que no hay otra oportunidad, tus padres tienen tiempo de resarcirse entre festividades, lo mío es lo que hay ese día y nada más. – Cómo digas, pero creo que exageras, ¿Y si tus papás te dan algo aún mejor? – Ya veremos. Al llegar el 23 de Diciembre los nervios de Miguel ya llegaban a estado crítico, seguía sin aparecer señal de la bicicleta soñada y su madre no parecía tener ningún interés en salir a comprar algún regalo de último minuto. Pero claro que Miguel no dejó las cosas al azar, no podía esperar que su futuro quedara en las manos de sus padres, en especial con lo poco sorpresivos que solían ser Carlos y Josefa. Las señales no fueron para nada sutiles, folletos marcados en rojo en el baño, fotos de bicicletas pegados al espejo retrovisor del automóvil de su padre y qué decir de la repentina obsesión de Miguel por Francia, había banderas por todos lados e incluso, en un ataque lingüístico, Miguel comenzó a saludar a todos en casa por “madame” y “monsieur”, únicas dos palabras en francés que conocía. La mañana del 24, Carlos, el padre de Miguel, no trabajaba así que la familia completa se sentó junta a la mesa para tener un desayuno de víspera de navidad. El desayuno iba viento en popa, la hermana mayor de Miguel estaba relatando una divertida anécdota de la universidad y todos escuchaban atentos, todos excepto Miguel que había decidido hacer una ridícula huelga justamente en nochebuena, no hablaba, no comía y peor aún, miraba con desdén la mesa como si tuviera algo mejor que hacer y su familia lo estuviera reteniendo a la fuerza. Su padre, cansado de aquella actitud, posó su tasa en el platillo con cierta fuerza y lo miró directamente. – Miguel, ya deja esa actitud que no te llevará a ninguna parte. Con tu madre nos esforzamos muchos para comprarte los regalos que están bajo el árbol y este comportamiento nos hace sentir cómo que eso no te importa. – ¡Pues claro que no me importa, yo quería la bici! Miguel soltó aquella bomba y salió corriendo fuera de casa y calle abajo, su padre lo siguió la primera cuadra y media, pero siendo un hombre grueso, no pudo seguirle el paso. Corrió y corrió, corrió más que nunca antes lo había hecho y por calles que no sabía que existían en la cuidad, eso hasta llegar a un barrio que no conocía en absoluto, un lugar gris y sucio, lleno de casas pequeñas que parecían estar a un segundo de colapsar. Miguel se detuvo exhausto en una tranquila esquina donde un niño jugaba con una pelota. Por algunos minutos Miguel se le quedó mirando; Parecía un niño como cualquiera, pero vestía diferente, su ropa le quedaba grande y parecía que no era lavada hace días. Al poco rato el chico se sentó junto a Miguel y lo observó con mirada inquisidora. – Parece que estás lejos de casa. – Eso creo, corrí mucho, creo que nunca había estado por aquí. ¿Vives cerca? – Aquí junto. El chico señaló una casa pequeñísima, aún en comparación a las demás de la calle. Continuó preguntando: – ¿Y tú, por qué corrías? – Quería alejarme de casa. Discutí con mi padre, tenía tanta rabia que no aguanté más. – ¿Rabia?, ¿Por qué? – Es que hay una bicicleta fabulosa, es la mejor del planeta, pero mis padres ya me compraron mis regalos de este año así que no quieren comprármela. – ¿Y por eso te enojaste? El chico parecía no entender la razón que le daba Miguel. – ¡Claro que sí!, obvio, no entiendo porque son tan injustos, si mis otros regalos pueden servir para otra ocasión. – Sabes que no te entiendo, estás enojado cuando deberías celebrar. – ¿Ah? – Claro que sí, tus papás te tienen regalos hechos con todo su cariño y tú reclamas por una tonta bici. Mi mamá no tiene para hacernos regalos a mí y a mis hermanos, ni siquiera pasará la navidad con nosotros, porque debe trabajar. – ¿Cómo, pero entonces quién hará la cena de navidad? – No tenemos cena, mañana mamá llega con la comida que sobre en el restorán y comeremos juntos. – No sabía que te la llevabas tan pesada. – Así es para algunos, no todos tenemos la suerte que tú tienes y más encima ni te das cuenta de ello. El muchacho se levantó de golpe y entró rápido a su casa, al abrir la puerta Miguel vio a 3 niños más en una pequeña salita sentados en un colchón tirado en el piso. La puerta se cerró y Miguel quedó solo. Un gusto amargo subía por su garganta, que parecía apretarse en un grito inaudible. Miguel se puso de pie y corrió en dirección a casa. Ya era de noche cuando se detuvo frente a su puerta, la luz de la sala estaba prendida y se escuchaba alboroto a dentro y la voz de su madre que discutía con alguien por teléfono. Cuando se abría la puerta, toda la familia se dio la vuelta de inmediato y Josefa corrió donde Miguel que la abrazó con todas sus fuerzas. Su madre lloraba mientras le besaba la cara y sus hermanos y padre se abrazaban al ver que Miguel había vuelto sano a casa. – Mamá, papá, lo siento tanto… fui un tonto… estuve con un niño… todo era tan triste… no quise… – Más lento mi niño, no te preocupes, lo único que importa es que estas aquí, nos tenías tan preocupados. Miguel pasó los siguientes minutos contando lo que había ocurrido, mientras toda su familia escuchaba expectante. Les dijo que había conocido a un niño, les habló de su casa y de su madre. Al terminar el relato, guardó silencio, su madre extendió su mano y acarició la frente de Miguel. – No debí actuar como lo hice, ustedes son geniales y yo fui muy egoísta. Lo siento, yo no necesito esa bicicleta, no necesito ningún regalo y el berrinche de esta tarde, bueno… fue eso, una tontería. Lo único que quiero esta Navidad es estar con mi familia. – Hijo, estoy orgulloso de ti. – ¿Cómo es eso papá? – Es que a tu madre y a mí nos has dado el mejor regalo de navidad. Todos hacemos tonterías y actuamos egoístas de vez en cuando, pero esta nochebuena entendiste lo que significa la Navidad. No son los regalos, ni la comida, es disfrutar en familia y dar amor sin querer nada a cambio. Esa noche de navidad, Miguel y su familia se sentaron en la sala y contaron historias y rieron toda la noche. Miguel nunca olvidaría esa Navidad, la mejor de todas.

Por Miranda Mayne-Nicholls V.

Diciembre 2009

¡Feliz Navidad!

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No te pierdas este lunes un nuevo capítulo de La Sociedad del Diamante Secreto.  ¿Qué ocurrirá con los planes del amauta traidor, Sinchi Roca? ENTÉRATE.

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fabula_el_viento_en_los_saucesLa pregunta debiera ser ¿Quién no quiere ser escritor? porque todos tenemos algo que comunicar a los demás.  la mejor manera de  aprender a escribir es  leer,  mucho, mucho. Son tantos los libros admirables que han sido escritos que  la vida entera no te alcanzará para disfrutarlos. Te propongo algunos títulos imperdibles:

Peter Pan y Wendy ,  de J.M. Barrie

La Trilogía de La Materia Oscura, de Phillip Pullman

La comarca del Jazmín, de Oscar Castro

El viento entre los Sauces, de Kenneth Grahamme

El Principito,   de A. de Saint Exupéry

todos los Papeluchos, de nuestra Marcela Paz

y por supuesto, El niño, el perro y el platillo volador, cuya continuación está aquí a tu disposición

(¿me perdonas algo de publicidad?) Y bueno, aquí va la invitación:

Te estaré proporcionando  algunos títulos cada semana,  si quieres puedes contarme de alguno que te haya  gustado y,   si leer no fuera suficiente, enviarme algún relato  escrito por tí,  que nosotros lo publicaremos.  Esta invitación también va para  tus papás, tus tíos y hasta tu abuelito, sólo necesitas amar la literatura.  Te puedes comunicar conmigo a elplatillovolador@gmail.com

¡Nos vemos!

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