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Archive for 23 marzo 2011

En el amanecer del mundo fueron creadas las bestias esenciales, por ese motivo, el Dragón ya estaba allí cuando la tierra se pobló de dinosaurios y seguía allí cuando los enormes mamíferos  primitivos se apoderaron de valles y tierras altas. El Dragón  es grandioso, inteligente, astuto y poderoso, pero es también un coloso de espíritu calmo; mientras no sea molestado, el Dragón vivirá su vida sin alterar las ajenas…pero ¡ay de aquel que ose perturbar su sueño!

Se han dicho muchas falsedades de los Dragones, se les ha tildado de devoradores de hombres, de monstruos hambrientos de cuerpos vírgenes, de bestias sedientas de sangre que arrasan  ciudades a su paso.

Cierto es que si el dragón hubiese caminado por nuestras calles difícilmente habríamos podido olvidar el hecho. ¡Cómo borrar las huellas de ese paso cataclísmico! Tan terrible habría sido que su recuerdo quedó grabado para siempre en la memoria colectiva del Hombre y así es como existe recuerdo del Dragón en África, en China, en América, Asia y por supuesto, Europa.  Con ligeras diferencias, más atribuibles a su variedad  que a errores de los testimonios, el Dragón siempre resulta reconocible, siempre se parece a un gran saurio aunque el número de sus cabezas pueda  oscilar entre uno y siete, a veces vuela, otras se arrastra borrando la vegetación con su enorme cuerpo,  las más,  camina pesadamente,  generalmente arroja fuego  por sus mefíticas fauces.

Pero nadie ha dicho jamás lo único realmente cierto: es del fuego de las entrañas de la tierra   que el Dragón se alimenta. De no ser así ¿cómo habría sobrevivido  milenios escondido en las tinieblas de las cavernas más profundas?

La segunda cosa que se ignora del Dragón es simple: por qué se refugió en los abismos de la tierra.

Apenas los primeros hombres asomaron por su territorio, el Dragón supo que nunca hallaría modo de entenderse con el nuevo animal. Aparentemente débil y manejable, el  Hombre insistía en alterar el curso de las vidas ajenas. Nunca podía hacer las cosas con sencillez e inteligencia y en vez de eso, optaba por la fuerza y la brutalidad.  Acosaba a los mamuts hasta desbarrancarlos y los dejaba podrir al sol  porque sólo podía aprovechar unas pocas víctimas, acorralaba a los grandes  herbívoros para alimentar a sus crías, pero dejaba la planicie cubierta de cadáveres que no necesitaba. Por último, parecía tan indefenso ante el Oso o el Dientes de Sable, pero de todas maneras acababa con ellos para abrigarse con sus pieles. El animalito aquel, del que tan orgulloso se sentía el Creador, no le gustaba al Dragón, en absoluto .

Una solicitud urgente fue enviada al Creador: al Hombre debían ponérsele límites, aquello del libre albedrío estaba yendo muy lejos y  ponía en peligro la supervivencia del planeta. El Creador contestó  a la brevedad, no quería indisponerse con los Dragones, uno de sus proyectos estrella, pero insistía en preservar la libertad del Hombre. ¿Cómo, si no, podría obtenerse un resultado exacto de tan audaz experimento?

Y como no hubo forma de llegar a un acuerdo, una mañana gris la tierra se estremeció con  apocalíptico estruendo: Los Dragones abrían la Tierra con sus garras para esconderse en lo más profundo del planeta. Nunca más podría verse  la imagen de un Dragón bebiendo en los conos cáusticos de los volcanes.  El Creador vio con pena su partida, pero los demás seres vivos respiraron tranquilos pensando que al fin se habían librado de tan temible vecino.

Cada cierto número de años, muchos años, algún dragón se estremece en su refugio y la tierra se alborota, su superficie se resquebraja,  todo tiembla, cae, se destruye, las aguas salen de su cauce arrasándolo todo, son los grandes sismos, los terremotos, los tsunamis que su movimiento provoca.

 Hasta  que finalmente  regresa la tranquilidad, los seres vivos  se recuperan, los hombres vuelven a levantar sus hogares  y son otra vez felices.

Últimamente, para nuestra desgracia, el Hombre ha ocupado  la totalidad del planeta, dondequiera que vaya levanta sus ciudades, rugen sus motores y el humo de sus industrias ensucia la atmósfera. Los Dragones, inquietos,  aguzan el oído y continúan esperando. Siempre han sabido que algún día, tarde o temprano, el Hombre los obligará a salir de su refugio.

Y no quieren hacerlo, harían cualquier cosa por evitar el encuentro y por tal razón desde hace dos años  remecen la tierra con más fuerza que nucna, más seguido que nunca.

-A ése –dicen-, hay que mantenerlo ocupado enterrando sus muertos, reconstruyendo sus ciudades. Va siendo la única manera de vivir tranquilos en este planeta.

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Knut ha muerto

Knut era una bolita de pelos húmedos y manchados de sangre; tenía los ojillos bien apretados como suele suceder con todos los recién nacidos, que se niegan a ver dónde han caído finalmente.

-No es mío -dijo su madre-, no se parece en lo más mínimo a mí, ignoro de dónde pueda haber salido. no lo quiero y no soy la primera, se de buena fuente que la Mujer rechaza a menudo a sus crías y no veo por qué tendrían que obligarme a mi, sólo por ser una osa polar, viviendo como vivo en estas horribles circunstancias: una jaula, un estanque, Hombres espiándome todos los días. Llévenselo, no es perfecto, no lo quiero.

Y así ocurrió que Knut, nacido en cautiverio en el zoológico de Berlín, fue criado por el Hombre. Resultó ser un oso polar de buen carácter, alegre y revoltoso, al que le gustaba mucho jugar con sus cuidadores. Todas estas cualidades, como es lógico, fueron desapareciendo a medida que llegaba a la adultez. Para entonces, como cualquier otro oso polar cautivo, se instaló solo en una jaula cómoda y nadaba con placer en su propio estanque.

Knut sentía algo extraño en su persona, pero nunca supo qué era exactamente.  Un hambre extraña le roía las entrañas.  Le hubiera gustado correr por la estepa helada, aunque nadie le hubiera dicho nunca qué era éso. Soñaba con perseguir focas, cuyo  fuerte y delicioso olor le llegaba claramente desde su estanque, no muy lejos del suyo. Knut se avergonzaba un poco de esos anómalos sentimientos. ¡Qué iban a pensar de él si supieran lo que pasaba por su cabeza!

Por su olor, sabía que la Osa Madre vivía en las cercanías, pero no se le pasaba por la mente que hubiera sido abandonado por ella. de haberlo sabido, tampoco le habría importado: la Madre Osa debe abandonar al cachorro defectuoso para salvar la vida del nacido sano. Todos los osos polares saben eso y ninguno se atrevería a quebrantar la ley.

Pero claro, los Hombres estaban allí y gracias a ellos, Knut había sobrevivido. Por esa razón, Knut sentía un singular  simpatía por algunos Hombres, los que conocía,lo que no impedía que el aroma de los desconocidos estimulara su apetito voraz de oso polar.  Knut llevaba tranquilo su vida de estrella  sin saber que lo era. Lástima que su vida estaba destinada a ser breve y que el amor de madre osa nunca lo había acurrucado. Hasta el último de sus días, Knut sentiría la falta de ese abrazo  de alguna manera inconsciente e instintiva.

Knut fue hallado muerto en su estanque personal, de alguna manera, su prisión se había convertido en su tumba. Sólo podremos recordarlo como ese bello cachorro de oso  con aspecto de juguete perfecto, difícilmente exhibirán fotos de su cadáver. Buen viaje, Knut, por los hielos eternos del más allá…quizás llegues un día a ser abrazado por esa madre que sólo seguía los dictados de la naturaleza. gracias por regalarnos tu belleza por el  breve lapso de cuatro años.

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Soy muy crítico de  El Creador y La Naturaleza, lo cierto es que ambos se portaron  muy mal conmigo. No bastó con mi aspecto salvaje, mi pelambrera enmarañada, mis rasgos simiescos y estos malditos pies que sólo han servido para que el Hombre me cubra de ridículos apodos. Un día cualquiera, cuando era aún un infante, vi mi imagen reflejada en una pared de hielo y me sorprendió ingratamente, hasta entonces, siempre me había creído igual a cualquiera de esos niños pastores que corretean cabras en las laderas de la montaña.

-Madre –pregunté-, ¿Quién es ése?

-Eres tú, pequeño. ¿No ves acaso lo mucho que te pareces a tu padre?

Creo que fue entonces cuando los vi por primera vez, antes sólo los había mirado. Cierto, ahí estaba papá, ligeramente gibado de espaldas, algo excedido de peso, más velludo que nunca, chupando el tuétano de un hueso de cabra con evidente placer. ¡Y yo era su viva imagen, qué castigo, qué pena, qué vergüenza! Toda la mañana recorrí los senderos de la montaña tratando de dar paz a mis alocados sentimientos. Muy tarde, cuando la luz empezaba a borrarse, escondido entre los pinos espié a los Hombres que juntaban leña para la fogata que les daría protección cuando cayera la noche. Razón tenían para  sentirse orgullosos. El Creador les había concedido todo para prosperar y la Naturaleza, tan inflexible con nosotros y las demás especies, no había dudado en darles el puntapié inicial para comenzar su exitoso camino por la vida.

Me hice adulto sabiendo de nuestro trágico destino: estábamos condenados a ser nuestros propios carceleros. Nunca conoceríamos el mar, nunca  espiaríamos desde más allá de las nubes. Ni siquiera podríamos desplazarnos más allá de las altas cordilleras. Éramos demasiado tímidos y, por añadidura, demasiado simiescos. Si osábamos bajar a las planicies del Hombre no pasaría mucho tiempo antes de que fuéramos exterminados a causa de nuestra diferencia. ¿Acaso no le había sucedido lo mismo a nuestro primo de Neanderthal? ¿Y el dodó, el lobo de Tasmania, los alacalufes y tantos más?

Soy un individuo informado. Entre sus muchos defectos el hombre carga con el del descuido. ¡Si supiérais vosotros cuantos periódicos ha traído el viento hasta la boca de nuestras cavernas! No  me costó nada aprender a leer, mucho más me costó aprender a entenderos! ¿Por qué no sois capaces de vivir en paz, de respetar al otro, de vivir y dejar vivir?

Hay tantos peces en el mar, tanto ganado en las sabanas, el Hombre no necesitaba del poder y las armas. Le bastaba con seguir su vida y dejar a los demás tranquilos, pero ni entre ellos respetan esta mínima exigencia. Siempre quiere más: su tierra y la del vecino, su mujer y la ajena, su oro y el de todos, su persona y un batallón de serviles para aplastar al que pisa su  ruta. Quizás se deba a que fue el último en unirse a la fiesta de la creación que aún no logra aprender el término absoluto: compartir.

Aún así, lo envidio. Así como a la Luna, alcanzará las estrellas. Navegará el espacio con la misma audacia que se lanzó a los siete mares a riesgo de su vida. ¡Quién sabe qué cosas le quedan por descubrir! Y yo seguiré estando aquí, escondido en los Himalayas, en los Andes, en los Apalaches, en la tundra. Podéis llamarme como queráis: Yeti, Sasquatch, Chuchuna, Pie Grande, somos los mismos que fuimos aunque también somos los restos. Los restos de una especie grande, alta, garbosa, que se encaró con el mamut y el lobo marino, que anduvo descalza cuando vos debisteis calzar botas, que se abrigó con su piel cuando vos nos asesinasteis para abrigaros del viento. Somos –como dijera uno de los nuestro, un patagón- todo cara. Le hemos hecho cara al hielo y al sol, al dolor y la alegría.

Podéis seguir  buscándonos,  escribir lo que se os antoje en vuestras páginas intrusas, que no daréis con nosotros. Milenios llevamos escondiéndonos de vuestro salvajismo. Pobre Hombre, tanto que hubiera podido aprender de nosotros, la Vida Salvaje.

Nota: por considerarlo merecido, se ha optado porque  nuestro personaje contara su  propia historia.

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El ciervo ratón almizclero acuático (¡Uf!) vivía su vida en paz y armonía. Amaba las riberas de los ríos que riegan su territorio, se escondía previsor de los predadores que lo amenazan y se reproducía un poco como aquellos a quién se parece, los roedores,  por lo tanto, su población se mantenía estable. Sólo una cosa lo molestaba: la condenada insistencia de los hombres en llamarlo ciervo ratón. ¿Vamos, es que no lo habían visto? ¡Si era cosa de mirarlo, de ver sus lindas pezuñas, su escueto rabo, su bello lomo, su hociquillo vegetariano y rumiante! ¡Cualquiera podía darse cuenta de que era un ciervo! ¿Cómo decían, colmillos? Si, cierto que le asomaban esos feos colmillos de roedor, pero si no fuera por ellos habría sido muy difícil escarbar por raíces, uno tiene que arreglárselas en esta vida.

Era cosa sabida entre  los ciervos almizcleros acuáticos –a quien podríamos llamar por su versión en inglés, chevrotain, para simplificar las cosas- que había un primo de América, el pudú. En las  oscuras noches que los predadores rondaban sus refugios, se solía hablar de la buena elección domiciliaria del primo. Bastó una decisión audaz para que ahora tuviese una estupenda selva lluviosa casi para él sólo. Un poco fuera de circuito, cierto, pero sin leones, sin leopardos, sin hienas, sin víboras ni otros vecinos desagradables de aquellos que insisten en incluirlo a uno en el menú. ¡Qué buena habría sido la vida del chevrotain si hubiera escogido Sudamérica en vez del África Negra! Es casi seguro que podrían pasear tranquilamente a la orilla del río en vez de andar a salto de mata, escondiéndose hasta de su propia sombra, aprendiendo a nadar en todos los estilos conocidos y por conocer para arrancar de esos vecinos tan voraces que no le daban tregua. Una pena no poder comunicarse con el primo de América, contarle al pudú que el chevrotain, el ciervo más pequeño del mundo, vivía valientemente en el territorio más peligroso de África sin que le temblara una patita y mucho menos el bigote. Ni hablar de que le castañetearan los colmillos…¡habría sido terriblemente incómodo!

Así pasaron los tiempos mientras el chevrotain, superadas las dificultades de los tiempos primigenios, se afianzaba en los ríos del continente negro, conversando en las horas flojas de la canícula sobre lo lindo que sería conocer al primo de América. Sin duda, el pudú quedaría sorprendido al constatar  la bravura de un  cérvido más pequeño aún que él mismo.

Repitiéndose a sí mismo lo maravilloso que era,  había pasado el día que las páginas de  un viejo periódico resbalaron hasta la orilla del agua. El primer chevrotain en verlo corrió de inmediato a contarle a su familia que acababa de ver una foto en la prensa,  nada menos que del primo de América. Un rápido galope dejó a la manada devorando las palabras del artículo en cuestión:

…”el pudú que habita en la selva valdiviana…” –esas eran las buenas noticias, el primo no se había cambiado de casa-…” se encuentra ahora en peligro de extinción en su hábitat natural…-y esas eran las malas, pasaban por los mismos problemas- …”  es el ciervo más pequeño del mundo…”

Bastó con leer esas líneas para que  todos los chevrotains montaran en cólera. ¡Qué farsante, cómo se atrevía el pudú a apoderarse de un título duramente ganado por el chevrotain! Además, como si fuera poco, no tenía colmillos y ostentaba un par de cuernitos bellísimos…qué injusticia, cómo podía El Creador haber hecho al primo de América más parecido a un ciervo que el chevrotaine, era el último y peor de los agravios.

Una comisión especial revisó toda la información posible para llegar a la conclusión    de que el pudú era aproximadamente veinte centímetros  más chico y un par de kilos más liviano que el chevrotaine. Era, efectivamente, el ciervo más pequeño del mundo. Al chevrotain le costó mucho tiempo asomar otra vez el  hociquillo fuera de su refugio. Si hasta le parecía que se reían de él. ¡Seguramente todos habían leído el diario antes de que ellos lo  devoraran hasta la última letra para acabar con la evidencia, y eso que sabía bastante mal.

Últimamente se ha sabido de algunos chevrotains que hacen rigurosa dieta para pesar menos que sus primos americanos, pero todavía no ha habido ninguno que logre medir menos y no pasa un día sin que tan triste noticia les atormente su pequeño corazón de ciervos almizcleros de agua.

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