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brujilda

La infancia de David estaba marcada por dos hechos dolorosos: el primero era la desaparición de su verdadera madre, suceso del que ni siquiera guardaba memoria. Simplemente, su madre nunca había estado allí. A  David le gustaba pensar que su madre había preferido la fama y se había marchado para convertirse de una estrella. ¿Estrella de qué? Cualquier cosa bastaba, pero David tenía sus preferencias secretas y por eso siempre leía sobre las vidas de las estrellas del rock y el cine buscando en ellas un hilo conductor que iluminase su pasado. Por la misma razón las paredes de su habitación estaban cubiertas por fotos de artistas famosas de cuyo pasado no se tenía mayor conocimiento.

El otro hecho era más doloroso para él. Uno, pensaba, puede vivir sin una madre, se acostumbra, no recuerda lo que nunca conoció, pero vivir con su madrastra era demasiado para cualquiera y David habría dado cualquier cosa porque la esposa de su padre desapareciera para siempre.

David tenía apenas cuatro años cuando Roxana entró en sus vidas y desde entonces se encontraba inmerso en un proceso de capacitación perpetuo. Roxana había comenzado aquello con unas palabras dichas al pasar.

-¿No sabe hacer su cama todavía? Querido, esto no es bueno para David.  Los  niños necesitan independencia desde el primer día de sus vidas. ¡Nadie sabe cuándo pueden quedar solos!

David era el único niño, que él supiese, que a los cuatro años de edad había aprendido a hacer su cama. De la misma manera, era también el niño  que más precozmente había aprendido a pasar la aspiradora, lavar los platos, sacar el polvo de los muebles, limpiar los vidrios, cortar el césped, regar el jardín, cocinar el almuerzo, hacer las compras y etc, etc. Roxana se lo recordaba constantemente a su padre constantemente mientras tomaba baños de espuma o pasaba sus largas sesiones de  belleza frente al espejo de su tocador.

-Ser autovalente es lo mejor para un niño, querido.  Así siempre darán gusto en cualquier parte.

David no era particularmente inteligente, aprender todo lo que Roxana consideraba necesario en la formación de un niño no había sido fácil para él, pero Roxana podía ser muy convincente con el uso del palo y la zanahoria, solo que la zanahoria estaba fuera de todo el asunto. El racionamiento de comida, por ejemplo, era una buena razón para cualquiera que tenga hambre y a partir de la llegada de Roxana a su vida David siempre había sido un niño delgado. El racionamiento de comida lo mantenía perpetuamente hambriento.

Otra buena razón para hacer el trabajo que, en buena medida, le habría correspondido a Roxana, era el racionamiento de sus pertenencias. Roxana administraba todo, sí, TODO, lo que poseía David: sus libros, sus pantalones, sus calcetas, sus suéters, su única parka. Un niño hace con entusiasmo un trabajo desagradable con tal de poder usar un par de pantalones decentes en vez de unos que le quedan ridículamente cortos o por la necesidad de usar ropa de abrigo cuando la temperatura apenas alcanza los dos grados Celsius.

Y en cuanto a los libros, nadie puede imaginar lo importantes que son los libros para un niño de diez años  que no tiene tevé, ni computador ni nada que se aproxime remotamente al término entretención.

Roxana podía decir que nunca le habría puesto un dedo encima a David y estaría en lo cierto. No era necesario. Su sistema bastaba.

Y en cuanto a su padre, David no sabía si su padre era realmente el hombre  menos observador en la historia de la humanidad o si en realidad el bienestar de su hijo le importaba un comino. A David le gustaba pensar lo primero, nadie quiere un padre que no te quiere y la versión “despistado” le parecía mucho más aceptable. Además, estaba claro que los tratamientos de belleza de Roxana eran sumamente efectivos, al menos en lo que se refería a mantener embobado a su padre.

Por esas y muchas otras razones, David se despertó esa víspera de Halloween casi de madrugada. Si quería salir a pedir dulces debía poner la casa de punta en blanco, preparar la cena y sacar a pasear al perro de Roxana. No había tiempo que perder, el año anterior Roxana había inventado un par de tareas de última hora que lo habían mantenido ocupado hasta tan tarde que solo pudo mirar desde su ventana a los niños que pasaban luciendo sus disfraces flamantes por las veredas.

En cuanto a él, no necesitaba disfraz, bastaría con ponerse sus peores harapos y cubrirse la cara con su viejo antifaz, rotoso de tantos años guardado en el clóset. Era indudable que harían un buen disfraz de mendigo.

Y ese día, por suerte, todo salió bien y no porque Roxana no tuviera dispuesto un arsenal de pedidos de último momento sino porque su padre, tan despistado como siempre, no recordó hasta muy tarde que estaban invitados a una fiesta de Halloween. Roxana pasó la última hora produciéndose frente al espejo y lo dejó tranquilo. Con un suspiro de alivio, David corrió a vestirse apenas la puerta se cerró tras sus espaldas. Cinco minutos después ya estaba en la calle con una vieja bolsa del pan en su mano.

Para su felicidad, la gente estaba más generosa que el año antepasado y su bolsa se iba llenando de delicias que ya escondería en sus rincones secretos para evitar que Roxana se apoderara de ellos. David fue de un lado a otro de su barrio y finalmente, con su bolsa casi llena, atacó las casas de su propia calle.

Solo entonces notó que la casa que llevaba tantos años desocupada en frente de la plaza tenía nuevos ocupantes. No era gente que gastara mucho en electricidad, eso lo supo porque solo una ventana estaba iluminada, pero era seguro que sí gastaban en dulces, porque unos seis pequeñuelos se arremolinaban en torno a una mujer delgada y morena que, además, estaba vestida de bruja. La mujer repartió todos sus dulces quedando con las manos vacías.

Cuando se marcharon, David se acercó tímidamente. Había algo extraño en la mujer que se disponía a entrar en la casa, era como si la conociese de algún lugar, pero no podía recordar dónde.

. Mucho más extraño fue que a pesar de que le daba la espalda y de que David se había aproximado en completo silencio, ella se dirigió a él como si le estuviera viendo.

-Tengo muchos más adentro, ven conmigo- y entró en la casa que estaba iluminada con una mortecina luz roja.

No sin temor, David la siguió. Al echar una mirada a su alrededor descubrió que la casa estaba pobremente amueblada. Un sofá aquí, un par de sillas por allá, nada de adornos ni cuadros ni mucho menos toda la colección de figurillas de porcelana que Roxana repartía por su sala. Había  una mesa, claro, y sobre ella, la más completa colección de delicias que David hubiera visto jamás.

– ¿Comiste algo? –Preguntó la mujer- Yo todavía no así que puedes sentarte conmigo.

Corrió una silla para él y ambos se sentaron a disfrutar el banquete. David nunca había comido tan bien en su corta vida y descubrió que su barriga estaba realmente vacía y no parecía llenarse nunca con los pasteles, sándwiches y helados que la mujer vestida de bruja no dejaba de servirle. Cuando finalmente no pudo comer una migaja más, se estiró en la silla sintiendo que su estómago iba a reventar.

Entonces se dedicaron a conversar. La dama era simpática, sabía escuchar y  no necesitaba hacer preguntas porque David parecía haber bebida la droga de la verdad en vez de los deliciosos jugos que todavía llenaban los jarros. David hablaba, hablaba y hablaba hasta por los codos y pronto se encontró contando la triste historia de su vida a la única y primera  persona que  había manifestado interés en él.

Cuando terminó, tuvo miedo. ¿Y si la mujer vestida de bruja hablara con Roxana? ¿Por qué había tenido tantos deseos de hablar, le habría puesto algo en la comida?

Repentinamente recordó uno de sus libros favoritos, Hansel y Gretel. ¡Cuántas veces no había soñado él con comerse parte de la casa de pastel! Solo que la propietaria era una bruja y cebaba niños para comerlos después.

¡Y él, en ese momento, se sentía como un cerdito bien cebado! Y lo peor era que comenzaba a sentirse soñoliento, soñoliento. Sus ojos pesaban como si fueran de plomo y no podía controlar piernas y brazos.

Lo último que sintió fue que la mujer vestida de bruja le tomaba suavemente en sus brazos para evitar que cayera dormido sobre la mesa. Después solo hubo oscuridad a su alrededor.

Cuando despertó, lo primero que supo fue que estaba en su propia cama, solo que alguien había puesto una cobija más gruesa en ella y ahora era mucho más abrigada que antes. Se estaba muy bien en esta nueva cama abrigada.

Una  tímida luz otoñal entraba por la ventana y desde la cocina llegaba hasta él el delicioso aroma de una masa dulce en el horno. David miró el reloj y palideció: ¡Era tardísimo, Roxana le dejaría sin comida por una semana a lo menos por haberse quedado dormido!

Bajó la escalera corriendo. Su padre, sentado a la mesa, terminaba el desayuno que David había omitido hacer. Roxana le daba la espalda mientras lavaba los trastos y canturreaba una canción.

Buenos días, David, te quedaste dormido –sentenció su padre poniéndose de pie- querida, ha estado delicioso, hace mucho tiempo que no comía algo tan rico..

Roxana se dio vuelta lentamente, tan lentamente que David pudo ahogar el grito de sorpresa y terror que pugnaba por escapar de su garganta.

Porque la mujer que ahora devolvía el beso a su padre no era Roxana sino la mujer vestida de bruja. Llevaba, claro está, la ropa de Roxana, lucía su mismo labial y barniz encarnado en las uñas, tenía ahora el pelo teñido con el mismo rubio dorado número 77 que usaba su madrastra, pero claramente, y aunque su padre no parecía haberse dado cuenta de ello, sus ojos eran los de la mujer vestida de bruja, su sonrisa era la de la mujer vestida de bruja y algo indefinible en ella declaraba a los cuatro vientos que Roxana no estaba allí y que la mujer del traje de bruja había tomado su lugar.

Ella se sentó a su lado y ambos escucharon cerrarse la puerta tras su padre. Afuera, el motor del Toyota se puso en marcha y ronroneó suavemente alejándose. Estaban totalmente solos.

-Debes comer, David. Un niño de tu edad necesita alimentarse bien –dijo ella.

Y aunque se moría de miedo y le costaba tragar bocado, David la obedeció sin decir palabra. Gracias a su larga experiencia con Roxana, él ya sabía bien cómo se las llevaban las mujeres con los niños y no pensaba darle a la extraña que ahora ocupaba su lugar  la menor razón para disgustarse con él.

-No tienes por qué temer, querido –siguió diciendo la mujer-, no soy de esas que se entretienen maltratando niños indefensos. Creo que nos llevaremos bien tú y yo. Ya es tarde, prepárate para irte al colegio, pero antes de que te vayas quiero que hagas dos cosas.

-¿Qqqué cosas? –preguntó el niño con voz temblorosa.

-Primero, cambiarte esas ropas, qué feas están, totalmente pasadas de moda. Parece que no viste las que dejé sobre la silla en tu dormitorio. Lo otro lo vemos después.

David iba a lavar los platos del desayuno, pero ella se lo impidió empujándolo suavemente hacia la escalera. El niño corrió de regreso a su habitación y sí, tal como ella dijera, una completa tenida flamante y a la última moda lo esperaba en la silla. En el piso estaba el complemento: un par de zapatillas que de seguro habían costado más que todas las que David usara hasta ese momento juntas.

Cuando bajó, ella estaba esperándolo al pie de la escalera.

-Te ves muy bien, hijo –aprobó.

David la siguió hasta la vitrina de la sala. Allí ella se detuvo y le mostró la colección de figurillas de porcelana.

-Mira –dijo-, agregué una nueva a mi colección.

Y David, asombrado, fijó sus ojos en la nueva porcelana que integraba el grupo. Allí, vestida de bruja y con una mueca de terror pintada en su rostro estaba la que algún día había sido la temible Roxana. David quedó sin palabras.

-Y así hay gente que dice que nosotras, las brujas, somos malvadas –continuó la mujer-, estoy segura de que tú no vas a pensar eso y sin duda alguna, nos vamos a llevar muy bien.

Y David, ya camino de la escuela, sintió  que podía creerle a su nueva madrastra. Si las brujas trataban así a los niños y cocinaban tan bien, bienvenidas las brujas. A decir verdad, ahora que el recuerdo de Roxana comenzaba a difuminarse en su memoria casi no habría podido decir cuál de ellas era la verdadera bruja.

El autobús estaba llegando, de un salto, David plantó sus nuevas zapatillas en la pisadera. Definitivamente, se sentía vestido para matar. Cuando pasaron frente a la plaza el niño pudo ver claramente la casa donde había cenado el día anterior. La pintura descascarada, las hierbas que crecían en el jardín y el letrero que antes   no había podido ver:

SE VENDE.

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