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víctima

El pequeño pudú gime; sus cortas patitas están manchadas de sangre. El pequeño pudú, la lechuza de ojos asombrados, el zorrito de cola chamuscada y otros animales que esperan turno en sus jaulas acaban de ser rescatados de un incendio forestal.

Cada año, en verano, nuestros bosques estallan en llamas .  basta con un grupo de chicos que quiso hacer camping, una familia que salió de picnic cerca del río, peor, basta con un inconsciente que se entretiene jugando con fósforos. Hay gente cuyo placer, aunque a nosotros nos parezca mentira,  es causar daño.

Una chispa basta. el viento sopla sobre ella y la llamita va creciendo hasta que una columna de humo se eleva sobre el bosque. después ´solo hace falta que actúe la indolencia: que el fuego tarde en ser advertido, que la Conaf lo considere demasiado pequeño para actuar de inmediato, que no hayan helicópteros disponibles para arrojar agua sobre las llamas. En cosa de horas, el fuego crece y arrasa con todo a su paso, a veces, incluso las casas de los campesinos. los árboles crujen al ser consumidos, las ramas caen, el viento sigue soplando y arrastrando su fatídica carga roja por los aires. Para las noticias, se trata de cuántas hectáreas han sido arrasadas, para los animales que habitan el bosque, se trata de la vida y la muerte.

Otro verano, otros fuegos. ¿Hasta cuándo?

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    Muy preso habría estado su marido, pero Zorzalina ni por eso le perdonó el aseo del nido. Dos horas le tomó a los López recuperarse del susto y ponerlo de punta en blanco. Zorzalina  tenía la cocina perfumada a pasteles de hormigas  rojas y  una fritatta de pulgones zangoloteaba alegremente en la sartén. Zorzalo colgó la escoba en su lugar y decidió que lo mejor  sería darse un buen baño antes de la siesta. Salió al jardín, se metió en la pileta y se lavó la cabeza con agua fresca, después se sacudió enérgicamente.

Justo en ese momento, Palomingo Palomérez apareció en su acostumbrado raid vespertino  y se instaló a mirarlo con ayuda de un catalejo.

¡Esto es el colmo –  Zorzalo puso el  piar en el cielo-, ya no les basta con habernos tenido sitiados y hambrientos,  ni siquiera nos dejan  nuestra privacidad!

Y  dejando a  su mujer   con el pico abierto de asombro, voló hasta el acacio y enfrentó a  Palomérez.

-¡Qué se ha creído usted, Palomingo, es muy feo lo que hace! Ya no puede uno tomar una ducha sin  aparecer en su aparato de espionaje!

Palomingo, avergonzado, metió la cabeza en el cogote.

-Nnno, nnno es lololo que uuusted imamagina, dodon Zorzalo.

-¿Cómo que no? Yo lo estoy viendo claramente y como si fuera poco llevo una semana encerrado en mi nido para evitar sus bombardeos. ¡Mi mejor amigo fue herido en estas terribles escaramuzas!

-Bueno, sí, en realidad, don Zorzalo, yo creo que al capitán Tiuquemante se le anduvo pasando la mano. Nosotros lo único que queríamos era almorzar todos los días, y como usted lo prohibió, nos enojamos un poco, pero…

Zorzalo lo interrumpió bruscamente:

-¿Cómo que yo lo prohibí?

-Bueno, eso nos dijo el capitán Tiuquemante.

-¿Tiuquemante, y usted le creyó? Qué intrigante. Jamás, y eso que bien molesto me tenía que nunca me pidieron permiso, que dejaban todo sucio y armaban peleas en MI jardín, jamás hubiera dicho algo así. El  barrio entero come aquí.

-¿Quiere decir que todo era mentira?

-Por supuesto que era mentira, cómo podría yo negar a mis vecinos y amigos la comida que les pertenece. ¿Usted cree que el comedor  fue instalado sólo para mí? ¡Si hay para todos, alcanza de más! A mí lo único que me molestaba era su desconsideración, los malos modales. ¿Me va a creer que hasta me rayaron el nido?

-Esos son los chiquillos Gorriontínez -explicó Palomingo- sus modales apestan.

-Claro, pero los de ustedes no son mejores. Andan a empujones y picotazos, todo lo tiran al suelo y ensucian el agua de la fuente.

-Bueno, perdone, don Zorzalo, le prometo que no se va a repetir.

-¿Y qué hay de lo del catalejo?

-Eso, puedo jurarle, no era para espiarlo a usted, mucho menos a doña Zorzalina, que tiene todo mi respeto.

-¿Y cómo lo explica entonces?

-Ejem, hmmm, hmmm, en realidad, cómo le digo -por una vez, Palomingo no tenía palabras-, es que yo, para qué se lo voy a negar, yo estoy, más bien tengo un  interés en la señorita, su vecina.

-¿Mi vecina, usted quiere decir la paloma azul?

-Sí.

Zorzalo hubiera querido morirse de la risa, pero  seguramente Palomingo no se lo habría perdonado jamás, de manera que  lo pensó mejor  y luego dijo:

-Ah, bueno, en ese caso tiene usted mi permiso para venir a la hora que quiera, Palomingo. Aunque le diré que esta señorita, ejem,  paloma azul, es algo engreída. En todos estos años no hemos logrado escucharle un cucú. Eso se lo digo para que no se haga ilusiones.

-No se preocupe, don Zorzalo, que por paciencia yo no me quedo. Y muchas gracias.

Se despidieron como buenos amigos. Palomingo alzó el vuelo feliz de la vida pensando en que mañana mismo le traía a su adorada un ramillete de violetas. Zorzalo se aguantó la risa hasta que se metió en la fuente y ahí, entre chapoteos y sacudidas, se rió largo y tendido no sin un poco de pena por la ingenuidad del pobre Palomingo.

¿De qué le servían los ojos a Palomingo? Sin duda, iba a necesitar mucho más que un catalejo para mirar a la paloma azul.

Epílogo y parrillada en el ocaso

El domingo siguiente, encontrándose ya de regreso Golondrisa Petrucciani, que había acompañado a su primo James Swallow hasta el Pájaropuerto de  Ave de Janeiro, el vecindario entero celebró la ocasión  pescando lombrices para una parrillada en el jardín de Zorzalo López, recién regado y encharcado.

-No puedo creerlo -decía Leotordo- pican como locas.

-¿No le decía yo, mi querido Leotordo?  -Zorzalo, mientras echaba una más en su canasta.

Golondrisa,  en la primera ocasión que lo pilló solo, le ofreció la posibilidad de comercializar el asunto.

-Contratamos un par de gorriones para hacer el trabajo pesado y en dos meses nos hacemos ricos, mio caro Zorzalo. Usted lo único que tiene que hacere es firmarme la exclusivitá de la comercializacione.

 ¡Esta Golondrisa no tiene remedio! Pensó Zorzalo. Pero no quiso ser desagradable, tan sólo agarró su canasto lleno de lombrices y lo llevó al medio del jardín, donde las damas estaban ya preparando  el fuego para la parrillada. ¡Qué banquete se iban a dar!

Pocos metros más allá, con  dos grandes lombrices en el pico, Palomingo Palomérez cortejaba incansable a la paloma azul. Es cierto, la niña era un poco difícil, pero ¿qué importaba? Él tenía paciencia y amor para los dos.

FIN

 

 

Guía de estrellas  invitadas

Chincol: en el rol de Juanito Chincólez.

(Zonotrichia capensis ) Rufous-collared sparrow. vive en huertos, parques y jardines, plumas de la cabeza eréctiles.

Colibrí: como Martín Escolibrí.

(Sephanoides galeritus) Green-backed firecrown.  Vive en bosques y parques.

Cóndor: En el papel de S. E. El Presidente Lautaro Condorñir.

(Vultur gryphus) Andean condor. La más grande de las aves de rapiña. Vive en las cordilleras, bajando a la costa.

Cotorra argentina: Todas ellas como las señoritas Cotorrínez.

inmigrante de reciente data, habita en parques y plazas de las comunas  cordilleranas de Santiago.

Diuca: Representando a don Plácido Diucamingo.

(Diuca diuca) Common diuca finch, coloración gris pizarra, mancha blanca en garganta y abdomen. Vive en toda clase de ambientes.

Golondrina: protagonizando el papel de Golondrisa Petrucciani y en el rol estelar de James Swallow, agente 00Bird.

(Tachycineta meyeni) Chilean swallow. Se distingue por su cola negruzca ligeramente ahorquillada. Vive en casi todos los hábitats, también ciudades.

Gorrión: en los roles  de Volantín Gorriontínez y su numerosa familia.

(Passer domesticus) House sparrow. Se le encuentra en casi todos los hábitats.

Lechuza (Chil: Chuncho): en el rol del Dr. Chunchón.

(Tyto alba) Barn owl. Vive en el campo y en las ciudades.

Loica: representando a doña Mari Loica Huenumán.

  (sturnella loyca): Long-tailed meadowlark. Se identifica por su garganta y pecho rojo. Vive de preferencia en terrenos bajos y húmedos, en la cordillera hasta los 2500 mts.

Paloma: en el rol de Palomingo Palomérez, villano invitado, y su familia.

(columba livia) Rock dove. Paloma doméstica.

Tiuque: estelarizando el papel del capitán Tiuquemante, villano principal.

(Milvago chimango) Chimango caracara. Se alimentan de pequeños mamíferos, aves, culebras, etc. Anidan  en árboles o grietas. Vive en casi todos los ambientes.

 Tordo: como el gentil caballero Leotordo Trillo y su esposa.

(curaeus curaeus) Austral blackbird. Vive en laderas arbustivas, borde de bosques y campos cultivados.

Tórtola: en el rol de las conocidas hermanitas Tortolatti.

(Zenaida auriculata) Eared dove. La más común de las aves de caza. Abundante en todos los ambientes.

Zorzal: como nuestro héroe, Zorzalo López. Su esposa como Zorzalina.

(Catharus fuscences) Austral thrush.  Vive  en huertos jardines y pastizales

Cameos  

Caiquén:Chloephaga picta) Ganso  de Magallanes.

Chercán: (Troglodytes aedon) House wren. De color café rojizo, vive en campos, quebradas y faldeos de los cerros y cerca de las habitaciones humanas.

Chirihue: (sicalis luteiventris) Misto-yellow Finch. Vive en campos y prados abiertos.

Queltehue:vanellus chilensis) Southern lapwing. Vive en praderas y campos húmedos.

Ruiseñor : (Luscinia megarhynchos) ave migratoria de canto melodioso que puede criarse en cautividad. Pertenece a la familia de los sílvidos y túrdidos. Habita en Europa y Asia.

Agradecemos la  especial participación de la señorita Paloma Azul.

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La furia del capitán Tiuquemante no tiene parangón.  Se arranca las plumas de la fiera cabeza, arrastra por el piso del cuartel las afiladas  estrellas de sus espuelas, sus ojos acerados despiden destellos volcánicos. El capitán quisiera arrancar de su vista la odiosa realidad: Justo a través de la ventana humean tristemente las cuatro ramas que han quedado paradas  en lo que hasta ayer fuese su magnífico arsenal.

-¡A ese espía de pacotilla lo quiero en pedacitos aquí mismo, en mi oficina! -Chilla.

Y   al  ordenanza Tiuquemales le tiritan hasta los plumones de la panza. “¡Ojalá los reclutas hayan dejado todo impecable!”, piensa. Desea fervientemente que las cartucheras estén lustradas, las ametralladoras bien untadas de grasa, las granadas en orden, si es que quedaron algunas. Que el cuartel mantenga una mínima apariencia de normalidad para que al temible capitán se le pasen los monos.

Para su desconsuelo, Tiuquemante le recuerda furibundo sus sentimientos:

-¡Tiuquemales, tráigame inmediatamente a ese cretino de Palomérez, ahora mismo le quito las jinetas de cabo!

-Nenenenegativo, señor, el cabo Papapalomérez no ha sido habido, tetetenemos la sospecha de que se ha unido aaa aaa los rebeldes, mi cacacapitán.

-¡Traición! Ya lo sabía yo, ese  palomo buchón no tenía agallas para una operación de esta envergadura. ¡Judas, desertor para rematar! ¿Y el inútil de Gorriontínez?

-Tatatampoco ha sido habido, mi capitán, pero al informante de la Brigada le pareció divisarlo en el grupo que celebraba la voladura del arsenal.

-¡Esto es intolerable, vergonzoso, la gran Brigada Tiuque burlada por unos insignificantes  pajarillos de pacotilla, por unos gorriones muertos de hambre! ¡Cómo se reirá de nosotros ese pusilánime de Zorzalo López!

Así de fuerte le dolía la humillación al capitán. Verse rebajado a esos niveles, humillado por  avecillas de jardín. Seguramente, los huesos de su abuelo, el coronel Tiuquemante, ardían de furia en la tumba.

-Quiero ver inmediatamente al informante, es el colmo que James Swallow, el famoso agente 00Bird, haya  trabajado para esos poca cosa, quiero saber cómo lo han conseguido.

 

En todo caso, las cosas le quedaron más claras cuando, poco tiempo después,  escuchó al informante:

– Parece que el agente 00Bird se llama Petrucciani por parte de madre, mi capitán.  Por lo menos eso le ha contado Golondrisa a todas las pájaras que quieren un autógrafo de su primo, que son casi todas.

-¡Ya sabía yo que esa mercachifle tenía que andar  metida en ésto, mejor que se ande con cuidado, no la vaya a pillar  volando bajo! -Y luego ordenó- ¡Tiuquemales, prepare la Brigada para un nuevo ataque!

-Popopodría haber un proproblema, mi capitán…

-¡Ningún problema, he dado una orden y la quiero ver cumplida!

-Pepero mi capitán, paparece que las malas noticias han corrido por toda Terrandina, mi temor es que podrían llegar a oídos del Presidente  Condorñir. Yo creo, qu-quiero decir, si no sería mejor esperar, mi cacapitán. Usted sabe que cuando Su Excelencia, ddddon Lautaro,  pierde la paciencia, es cosa seria…además, paparece que doña Mari Loica Huenumán es prima segunda de  su mama-madre.

-Hmmm, hmmm,  no había pensado en eso.  Buena información, Tiuquemales, si no estuviera tan enojado lo ascendía ahora mismo. Pero todavía puede ganarse los galones de teniente: tráigame a Zorzalo López y al agente 00Bird. ¡Los quiero aquí  a las cinco de la tarde!

-Pepe-pero mi capitán, si ya son las seis.

-¡Cómo se le ocurre, ordenanza, ya está atrasado en una hora!

Tiuquemales salió corriendo con la cola entre las patas y  un tremendo tiritón de plumas en la columna vertebral y como era  a la vez ordenanza, ordenado y trasmisor de órdenes exigió inmediatamente al clarín que reuniera la tropa.

¡Titirirí, tirirí, titirí!

¡A sus puestos, alarma! La Brigada Tiuque estuvo firme en menos que canta un gallo, presta para la orden emitida por el capitán:

-¡Arresten inmediatamente a Zorzalo López y al actorcillo ése, el agente 00Bird.

La  Brigada se dispersó al punto y varios  piquetes partieron a cumplir lo mandado. Todos sorprendidos. ¿Cómo era eso de que el famoso actor James Swallow  se encontraba en Terrandina y había que arrestarlo?  Apenas dos meses atrás el Capitán Tiuquemante había encabezado, vestido de gala,  la  premiere de su última película.  ¿Acaso se habría negado  00Bird a visitarlo, o, en el peor de los casos…tendría el famoso agente  algo que ver con la explosión del arsenal?

 

Diez minutos apenas le tomó al piquete del cabo Tiúquez encontrar a Zorzalo López, que estaba pescando lombrices para preparar charqui. Fueron  tan sigilosos que el arresto pasó inadvertido,  pero como el agente 00Bird brillaba por su ausencia, el cabo Tiúquez tuvo la brillante idea de detener a  otros sospechosos para  que el capitán pudiera apreciar  sus esfuerzos  y  los primeros que encontró cerca fueron  Leotordo Trillo y doña Mari Loica Huenumán, quien,  por estar dándose un baño de arena, se había sacado su inconfundible  pechera roja y se veía muy parecida  a la señora Diucamingo.

¡Arresten a estos sospechosos!

Leotordo quiso preguntar de qué era sospechoso, pero el cabo le arreó  un aletazo por la cabeza que lo dejó medio turulato. Mari Loica se llevó al   pechito las puntas de las alas y casi se desmaya.

-¡Mis polluelos -pió- qué va a ser de mis polluelos!

El cabo Tiúquez, conmovido, ordenó que los dejaran en casa de  familiares.

-¡Que sea en casa de mi prima  Condoressa,  con la que somos tan unidas! -rogó Mari Loica.

Y a continuación les entregó la dirección del palacio presidencial.

El cabo Tiúquez, que necesitaba a sus soldados más experimentados para dar caza a 00Bird,   envió a los polluelos montados en la espalda de los dos reclutas más inútiles del cuartel.

Y sólo porque Dios es grande, Voladón y Volandero lograron dar con la dirección que buscaban.

-¡Tremenda casa que tiene la prima de doña Mari Loica! -Dijo Voladón.

-¿Sabes una cosa, Voladón? Me parece conocida, yo la he visto en alguna parte. -Dijo Volandero.

Pero como no pudo recordar dónde,  tocó la puerta y dejó a los niños en la oficina de la Guardia Presidencial.

 

Entretanto, Zorzalo estaba desesperado. ¡Cómo habían dejado que James Swallow se marchara tan pronto! Ahora estaban en manos del cruel capitán Tiuquemante, nada podría salvarlos.

Pero   este héroe de la vida diaria ignoraba  que James Swallow había volado hasta la costa  para luego regresar escondido,  cuidadosamente disimulado por su plumaje-camuflado-para-operaciones-aéreas-especiales.  00Bird esperaba el curso de los acontecimientos refugiado entre las frondosas ramas de un jacarandá cuando la Brigada Tiuque se llevó a los tres amigos, aterrorizados por  los pistolones  de los  reclutas.

Así pues, en cuanto  el ordenanza se puso en vuelo  con sus prisioneros,  el agente 00Bird siguió  a la Brigada Tiuque hasta que llegaron a las puertas del Cuartel General. Allí, mientras Tiuquemales partía alegremente a recibir sus jinetas de teniente, James Swallow (Petrucciani por parte de madre), agente secreto con licencia para volar,  abrió el cierre de  su traje camuflado apareciendo debajo de éste su elegante frac de cola bifurcada.

– Algo parecido ocurrió en “El mirlo del ala de oro” -pensó 00Bird mientras se sacudía el polvo de su elegante chaqueta- y fue muy fácil de resolver.

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Durante dos días con sus noches se buscó infructuosamente a Golondrisa Petrucciani, las Tortolatti decían haberla visto volando en dirección al norte, bastante descompuesta.

Las Cotorrínez  fueron un poco más explícitas:

-Choraba que partía el alma, ché, choraba.

Pero en todo caso, no dieron ninguna indicación de cómo dar con ella.

Cómo era de esperar, Zorzalina le echó toda la culpa a su marido. Qué desconsideración, justo ahora que Golondrisa le iba a presentar a su primo James Swallow. Seguramente  no iba a querer ni aparecerse  después de las barbaridades que se habían dicho de él.

Zorzalo se mantuvo en sus trece.

-Todavía, que yo sepa, nada se ha visto, nada se ha sabido de ese agente secreto de pacotilla.

Justo en ese momento, como si hubieran esperado que terminara de hablar, una tremenda explosión sacudió los árboles.

-¡Fuego, fuego, nos atacan!

Corrían todos  de un lado para otro, enloquecidos, empujándose,  desplumándose, entre chirridos de pavor. ¡La Brigada Tiuque efectuaba un ataque sorpresa!

Cuando  la calma regresó al jardín un silencio de muerte cubría la verde alfombra de césped. Desde sus escondites, en el más absoluto de los silencios, los vecinos observaron a su alrededor.

Nada, ni luces de la Brigada Tiuque. Ni siquiera se veían los Palomérez y mucho menos los Gorriontínez, que en realidad andaban medio corridos y habían tomado la costumbre de alimentarse en otro barrio. En realidad, el caos que reinaba por doquier lo habían provocado ellos con sus propias alas y patas.

Repentinamente, un suave aleteo planeó sobre el jardín. Los pajarillos, aterrados, cerraron los ojos. Martín Escolibrí, escondido entre las ramas del damasco, se cubrió la cabeza con sus alitas verde esmeralda.

-¡Zorzalo, Juanito, Leotordo, Mari Loica!

Era la voz de Golondrisa Petrucciani. Primero por el rabillo del ojo, luego con dos, todas las aves  miraron el jardín y descubrieron que plantada en medio del césped estaba la golondrina desaparecida. A su lado, elegantemente vestido de etiqueta, un macho golondrina de estatura superior a la normal y sonrisa despectiva se sacudía el polvo de la solapa  con un pañuelo que tenía los colores de la bandera de la reina de Alondraterra.

-¡El agente 00Bird!

-Mi nombre es Swallow, James Swallow. -respondió éste con displicencia.

-Petrucciani, por parte de mi tía, su madre. -Acotó Golondrisa.

En menos que pía un chincol ya estaba el jardín cubierto de aves curiosas. Los más jóvenes, descaradamente, rogaban por un autógrafo de su ídolo. Zorzalina, Elisa Chincólez, Mari Loica y las Tortolatti estaban en trance. Leotordo y Martín  Escolibrí   se habían puesto a la cola de los autógrafos como si fueran adolescentes. Y Zorzalo, como era de esperar, no sabía qué hacer.

Finalmente logró sacar la voz:

-¿Escucharon la explosión? – Preguntó.

-Well, mi  hacer exploutarr arrsenal de  Brrrigadda Tiucomantou. -Explicó el agente 00Bird.

Y, a continuación,  los puso al tanto de los resultados obtenidos, los “métoudous”, según dijo, no se podían conocer; eran “top secret, for Her Majesty’s eyes only”. En realidad fue bastante descriptivo, pero su cerrado acento alondraterrés impidió que se le comprendiera el setenta por ciento del discurso.

Lo definitivo era que la Brigada Tiuque, desarmada, había perdido gran parte de su agresividad y había emprendido la fuga. El agente Swallow no había visto ni luces de los Palomérez y los Gorriontínez, pero sabía que poco a poco se habían ido descolgando del conflicto.

-¡Pero si Palomingo nos espía todos los días desde el acacio número 8! -Exclamó Zorzalo.

-Do not panic, dear mister Loupez – respondió 00Bird-, ese Paloumingou tener sus proupias razounes parra mirrar desde el acaciou.

Pero por más que nuestros amigos insistieron en conocer toda la verdad, el agente 00Bird se negó a decírselas.

-Ser asuntous prrivadous que nou me incumbiendou. – Creyó entender Leotordo.

Los demás quedaron en la luna;  el agente James Swallow  (Petrucciani  por parte de madre)  hablaba un castellano de los mil demonios.

En el jardín reinaba la felicidad, apenas interrumpida por las apariciones de la vecina del número 5, que vino tres veces a rellenar la Bodega, consumida por los innumerables visitantes. El agente 00Bird demostró tener tan buen  apetito como su prima Golondrisa y,  como alabara tanto los tintos de Santa Tordoliana, Leotordo prometió ipso facto que le enviaría una caja de la vieja reserva de su primo Eustordo, que tenía guardada para una ocasión especial.

Muy galante, el agente 00Bird echó su capa de terciopelo sobre un charco para que Zorzalina no mojara sus pequeñas patitas. A Zorzalo la cara se le puso roja de celos y a Zorzalina le dio un ataque de emoción.

– “Sólo se vuela dos veces”  es mi favorita, pero ví en cuatro oportunidades “Los huevos son para siempre” -Le dijo, halagadora.

James Swallow tuvo la gentileza de regalarle un afiche autografiado de su último film, “Licencia para empollar”,  provocando la envidia de Elisa, Mari Loica y las Cotorrínez.

– ¿Ché, no creés que seríamos perfectas como chicas-Bird, seríamos? -Exclamaron éstas a coro y en ritmo de tango, como era su costumbre.

00Bird, todo un gentleman, les concedió la razón y les  regaló  invitaciones para su próximo estreno.

Inmediatamente, y como por arte de magia, se armó una fiesta para celebrar la paz recuperada. Nadie supo cómo, entre tanto pájaro que se sumó a la fiesta, se colaron los Gorriontínez y los Palomérez, aunque a Palomingo no se le divisaba por ninguna parte.

-Nunca dejaremos de agradecerles por librarnos de ese monstruo de Tiuquemante. – Dijo descaradamente  Volantín  Gorriontínez, echándose al bolsillo el hecho de que había colaborado con la Brigada casi hasta el final.

Pero como después le pidió permiso para sumarse al festejo, Zorzalo no tuvo corazón para decirle las cuatro verdades que se merecía.

-Es hora de  vivir en paz. – Le explicó a sus amigos.

Y una vez más ellos le encontraron toda la razón.

-Don Zorzalo es un gran estadista -dijo Leotordo-,  es una suerte contar con él.

Poco rato después, cuando el agente James Swallow (Petrucciani por parte de madre, aprovechó de recordar Golondrisa) anunció su partida, Zorzalo aprovechó la ocasión para  disculparse  por  sus exabruptos.

-Ou, estas cousas pasandou siemprre -dijo el héroe- pajarous pounerse nerviousous en estas ocasiounes.

Los vecinos  le entendieron casi nada, pero sonreía con tal  encanto que  los pocos que no lo conocían  se declararon ipso facto sus eternos admiradores.

El agente 00Bird alzó el vuelo con elegancia  inigualable. Leotordo no pudo dejar de notar  la cola bifurcada de su frac, confeccionado por los mejores sastres de Alondraterra,  y se prometió  para sus adentros que se mandaría a hacer uno igual.  ¡Qué corte, seguramente cosido por  las mejores arañas de  Bird Street!

Todos estaban exhaustos, demasiadas emociones para una sola mañana. Además, la humana del número 5 se había cansado, al parecer, de seguir rellenando la Bodega así que los pájaros tomaron la decisión acostumbrada: Comida hecha, amistad deshecha. Todo el mundo se fue para su nido.

Los más felices eran Zorzalina, su marido y los niños, que habían recuperado su nido de cuatro habitaciones. Zorzalo, que estaba agotado, quería irse a dormir siesta, pero su mujer tenía otras intenciones. Le puso la escoba de hierba en el ala y  organizó inmediatamente el equipo de limpia.

-Este nido está lleno de polvo y plumas viejas, Zorzalo, lo quiero reluciente.

A los niños, que  ya se iban arrrancando por la puerta trasera,  los mandó a   limpiar la hiedra de cabo a rabo.

-Y pórtense muy bien, porque está a punto de darme un ataque de tantos malos ratos que he pasado.

Zorzalo suspiró y se puso a trabajar feliz de la vida. Al fin las cosas  volvían a la normalidad.

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Los ataques de la Brigada Tiuque continuaron hasta que la moral de nuestros héroes estaba tan por los suelos que la pisaban continuamente, tropezando y cayendo una y otra vez.

Bajas también estaban las reservas de la despensa de  Zorzalo López. Zorzalina, desesperada, ya no sabía qué cocinar.  Cada mañana le daba un ataque en cuanto miraba  el depósito de víveres.

-¡Qué vamos a hacer! -Se quejaba.

Zorzalo  López   trataba de soportar sus apreturas con optimismo, pero cuando  todos los pájaros se reunían para buscar una solución al problema, lo único que  escuchaba  eran lamentaciones:

-Hoy día se me acabó el alpiste. -Se condolía Elisa Chincólez.

-Lo que es a mí ya casi no me queda raps, pero hoy tengo unas miguitas que me servirán para amasar un poco de  pan.- Mari Loica,  famosa por sus masas campesinas.

Leotordo, con ánimo tan negro como su vestidura, intervenía pesaroso.

-¡Qué primavera más lamentable, hasta las lombrices escasean!

Un día las quejas subieron tanto de tono que  Zorzalo, con mirada sombría, resolvió tristemente.

-Tendremos que emigrar fuera de temporada.

Sus palabras  provocaron un silencio tan espeso que Leotordo trató inútilmente  de cortarlo con su bastón de inválido. Nadie sabía qué decir. Era una resolución tan grave, eran tantos los peligros a los que se exponían.

-Esperemos a ver qué logra el agente  00Bird.- Argumentó tímidamente Zorzalina.

Mejor se hubiera quedado callada. Zorzalo  se agarró de sus palabras y no dejó espantapájaros con cabeza. Durante largo rato ridiculizó a James Swallow. Que era un actorcillo  en decadencia, que para lo único que tenía licencia era para piar, que, si no se habían dado cuenta,  Palomingo seguía espiándolos desde  el acacio todas las mañanas -aunque se viera cada día más deprimido- y, por último,  que Golondrisa  tenía que tomar, por una vez,  las cosas en serio. En esta ocasión  no se estaba hablando de un negocio cualquiera, era la vida de todos la que estaba en juego.

Golondrisa estaba tan amargada que se fue al último rincón de la hiedra a llorar. Cuando, un par de horas más tarde Mari Loica se acordó de ella no pudo encontrarla por ninguna parte: Golondrisa Petrucciani había desaparecido

-Tiene que estar por ahí, búsquenla bien. -Dijo Zorzalo secamente.

-¿No se habrá enojado por lo que dijo usted, mi estimado Zorzalo? -preguntó Leotordo

Juanito Chincólez se mantuvo en silencio. A él  no le gustaban nada esos arranques de mal humor de Zorzalo. Si las cosas seguían empeorando ya tenía pensado echarse a volar.

Zorzalo no quería dar su brazo a torcer, insistió con aquello de que Golondrisa no se tomaba nada en serio. Que de todos sus primos no se hacía uno. Y por último, esto no era ninguna película, estaban viviendo un conflicto de verdad.

-Claro -dijo Mari Loica-, pero mientras no lo resolvamos, quién nos devuelve a  nuestra amiga.

Lo más triste de todo es que, para sus adentros, todos le encontraron la razón.

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Lamentablemente, por mucho que madrugara Palomingo resultaba evidente que Zorzalo  se  levantaba antes. A Palomingo no le quedaba más remedio que posarse en la copa del acacio  para  espiar a su adorada en silencio. Zorzalo López, por su parte, no dejó de advertir las extrañas evoluciones de Palomingo  y de inmediato se abocó a organizar un plan de emergencia  para que las tropas enemigas no los pillasen de sorpresa.

¿Qué se traerían entre alas los esbirros de Tiuquemante?  Los pájaros del barrio estrujaron sus cabecitas tratando de responder esta y otras incógnitas. ¿Cuál sería el próximo movimiento de la Brigada Tiuque? ¿Estarían pensando atacar la despensa del nido de cuatro habitaciones de don Zorzalo? ¿Se atreverían a tanto?

-Yo estoy seguro de que planean tomarse el nido para hacer su cuartel general.- Dijo  Juanito Chincólez.

El corazón de Zorzalo cayó al suelo y se quedó allí sumido en la más profunda amargura.

Leotordo,  siempre más lógico, rechazó de plano esa afirmación.

-¿Y dónde iban a caber, si me quiere usted responder, Chincólez? Los más pequeños son los Gorriontínez, pero no los llevan ni de apunte, no ve que no le han dado jinetas a ningún gorrión…todavía.

El corazón de Zorzalo, que comenzaba a recuperarse con sus palabras,  volvió a caer asediado por esos puntos suspensivos.

-Basta -intervino Golondrisa-, aquí no se trata de estar especulando. Necesitamos información seria, creíble y responsable, y puesto que carecemos de un servicio de inteligencia, propongo que  contratemos los servicios de mi primo, el famoso  agente 00Bird. Él ha trabajado largo tiempo  al servicio de la Reina  Isabel de Alondraterra y, por pura casualidad, se encuentra pasando sus vacaciones cerca de aquí.

¡Qué bueno era contar con amigas como Golondrisa! Sus palabras distendieron el fúnebre ánimo de los presentes. Zorzalina estaba emocionada, James Swallow (Petrucciani por parte de madre) había protagonizado hacía algún tiempo grandes  éxitos de la pantalla,  convirtiéndose de inmediato en el galán alado  número uno del cine mundial. Ella  misma había visto su  película favorita, “Sólo se vuela dos veces”,   por lo menos en tres ocasiones.

-¡Tienes que presentármelo, chiquilla! -demandó.

Golondrisa accedió y, ni corta ni perezosa, le ofreció dos cajas de chocolate Hanstord con diez por ciento de descuento sobre las alzas provocadas por la escasez. Zorzalina no tardó en aceptar,  con la alada imagen de James Swallow todavía fulgurando en su cerebrito de zorzal.

Zorzalo, muy sentido,   preguntó qué tan efectivo podría ser un agente secreto que ha protagonizado por lo menos ocho largometrajes.

-Seguro que ya está medio desplumado -esgrimió finalmente-, él ya era famoso cuando yo  todavía estaba en el huevo.

Indignadas por este comentario, las damas se negaron a dirigirle la palabra por los próximos diez minutos. Por fortuna, el tiempo volaba. En pocos minutos más aparecería  el enemigo,  de manera  que el castigo no tuvo oportunidad de aplicarse.

Para poner coto   a las extrañas idas y venidas de Palomingo, en cuanto éste partió para integrarse a su regimiento se solicitó la presencia del agente secreto vía bird-mail.

Se hacía tarde, en pocos minutos más la Brigada Tiuque reanudaría las acciones bélicas. Martín Escolibrí estaba aterrado porque   había sabido que los atacantes  disponían de bombas de gas  fabricadas con las plantas más desagradables y nauseabundas de las que se tuviera memoria. Mari Loica estuvo segura de que ellos eran perfectamente capaces de usarlas.

-No tienen dios ni ley. – argumentó lapidaria.

Leotordo, indignado por la cobardía de los atacantes, dio un último paseo  con el cogotito estirado y el pico apuntado hacia el cielo, como si pudiera pinchar con él  las alas del capitán Tiuquemante.

 -Última vez que nos hacen huir. Con la ayuda de Dios y de James Swallow (Petrucciani por parte de madre) y con el nuevo plan de ataque que estamos implementando, pronto recuperaremos la paz y el comedor perdido.

– Tan caballero  este Leotordo -dijo Zorzalo-,   se ha portado como un auténtico héroe.

A Leotordo, de puro orgullo, se le esponjó hasta el ala que llevaba en cabestrillo.

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Una de esas mañanas, un hecho sorprendente ocurrió en el jardín.  Zorzalo se levantó de madrugada para  recoger la comida antes de que llegaran los bandoleros. La Bodega ya estaba llena hasta el tope, la fuente de agua desbordaba frescuras y en medio de todo, pintada de azul reluciente, se destacaba la que fuera paloma de hierro oxidado.

-Y se veía bastante bien. -Le contó a Zorzalina  mientras guardaba los víveres en la despensa.

Zorzalina, que veía bajar las reservas de alimento con terror, le respondió, apabulladora.

-De qué nos sirve, ahora ni siquiera podemos disfrutar nuestro propio jardín.

Zorzalo se sintió muy mal. Zorzalina  tenía razón, era igual que si los hubiesen expulsado; ahora tenían que esconderse entre las hiedras hasta que a los malacatosos  les diera la gana o, finalmente, vaciaran la Bodega. Peor aún, si había algún responsable, ése era él, Zorzalo López, el inútil que no era capaz de hacerse respetar en su propio patio. Seguramente Zorzalina no se lo había dicho tal cual de puro buena que era, pero él estaba consciente de que la resistencia pacífica no había mostrado resultados.

Sin  duda alguna, él debió parar las cosas mucho antes de la intervención de la Brigada Tiuque. Debió exigirle a los Palomérez y los Gorriontínez que se comportaran como era debido.

-Dejar que las malas aves hagan lo que se les antoje es casi tan malo como convertirse en una de ellas. -Reflexionó.

Claro que ahora no se podía hacer mucho. Desde la intervención del capitán Tiuquemante  las cosas se habían salido totalmente del cauce normal. ¡Quién se iba a atrever a decirle cuatro verdades a Tiuquemante, mucho menos a expulsarlo del jardín! La Brigada Tiuque no comía granos, tan sólo los aventaba de un lado para otros y protegía a sus cómplices hasta que el alimento había desaparecido, después  se paseaba amenazadora  por el jardín. Con eso bastaba y sobraba, ninguna avecilla se habría atrevido a exponerse a sus siniestros apetitos.

¿Resultaría la resistencia pacífica? ¿Funcionarían los llamados al entendimiento? ¿No estaría  exponiendo a peligros inimaginados a sus compañeros?

Las plumas del cuello se le erizaron del susto.  Zorzalo creyó escuchar, a lo lejos, las alas de la Brigada que se acercaba al jardín. Temblando de miedo, corrió a esconderse en su nido de cuatro habitaciones, tres de ellas ocupadas por sus mejores amigos. Cosas de la guerra.

La Brigada Tiuque planeó sobre el jardín hasta que los Palomérez y los Gorriontínez ya se habían posado a comer ávidamente.  Después bajó a pasearse entre los rosales sembrando el silencio con el tintineo de sus espadas y el fuerte taconear de sus botas de cuero de oruga.

-Buenos días, Capitán Tiuquemante, sargento Palomérez a sus órdenes.- Saludó Palomingo.

-A discreción, sargento Palomérez. Quiero que no me dejen un grano de alpiste en este jardín. ¿Está lista la tropa?- Preguntó.

– Afirmativo, capitán.- Respondió Palomingo con el pico lleno. Pero ya Tiuquemante le había dado la espalda  para inspeccionar a la Brigada Tiuque, esas desordenadas palomas  lo ponían de mal genio, ¡nunca llegarían a ser buenos soldados!

Palomingo Palomérez anduvo de aquí para allá picoteando a sus familiares y espantando a esos cobardes de los gorriones, que de cualquier cosa largaban el vuelo. Iba a darle un aletazo a su primo Colombón cuando se topó a pico de jarro con la paloma azul más hermosa que había visto en su vida.

-Buenos días, señorita. -Saludó.

Pero ella, sin dignarse responderle, continuó con la mirada perdida en el horizonte.

A Palomingo el corazón le dio un salto en el pechito emplumado. Siguió comiendo, pero cada cierto rato le daba una mirada a la  belleza azul.

Como ella  continuó sin notar su presencia, Palomingo esponjó bien la pechuga y  caminó a su alrededor  muy circunspecto.

Nada. La paloma azul continuó indiferente. El corazón de Palomingo galopaba desbocado. Así le gustaban a él las palomas, orgullosas. ¡Qué preciosura, qué encanto!

Se olvidó de comer. Toda la mañana se la pasó rondando a la paloma azul. Le arrastraba el ala, le meneaba la cabeza, inflaba la pechuga hasta que apenas podía respirar. No había caso, era como si no existiese para ella. Hasta tuvo la osadía de darle un ligero picotón  en la cola, pero ella no le hizo el menor caso.

Cuando llegó la hora de marcharse Palomingo estaba locamente enamorado. Por si acaso, cortó  una flor de cardenal y se acercó audazmente hasta su pico para regalársela, arriesgándose a una respuesta violenta.

Pero ella no hizo nada por demostrar que lo hubiera visto. Palomingo estaba tan desesperado que hubiera preferido un picotazo a esa gélida indiferencia con que ella lo  maltrataba.

-Mañana nos vemos, linda  – susurró.

Y se marchó mirando para atrás, quería comprobar si ella se daba vuelta ahora que creía que no la estaban viendo. Terrible decepción, su adorada  siguió como ausente, con esa elegancia que lo trastornaba.

Palomingo tenía muy claro que no podía exponer más su dignidad. No volvió al jardín en  el resto del día, aunque cada cierto rato volaba sobre él  para divisar a su adorada, siempre tan tranquila posada sobre las losas de la glorieta.

Soñó toda la noche con ella.

Al día siguiente llegó de madrugada, quería verla antes de que llegasen los demás.

Para su desgracia, el pesado de Zorzalo López  ya estaba allí recogiendo semillas. Al poco rato se le sumaron Chincólez, Leotordo, Mari Loica, Escolibrí,  y la Petrucciani. Ya era algo tarde cuando las CotorrÍnez y las Torttolatti hicieron su aparición. Algo preocupado, Palomingo consultó su reloj: faltaba poco para el ataque de la Brigada.

Ya no habría tiempo para hablar con ella a solas, tendría que ser otro día. Tanto que le había costado levantarse temprano, ese Zorzalo era demasiado madrugador para su gusto.

Palomingo recordó su deber, tenía cinco minutos para organizar a su escuadrón. Despegó como una flecha en dirección al Pájaropuerto de la calle Caiquenes.  ¡Cuando se iba a acabar esta lesera de la guerra!

El Capitán Tiuquemante  se estaba paseando entre las tropas cuando llegó.

-Dos minutos de atraso,  cabo Palomérez, qué no vuelva a repetirse o lo mando al calabozo.

Rojo de vergüenza, en el más absoluto de los silencios, Palomingo, ahora cabo, ordenó a su tropa. Lo peor de todo  fue la sonrisa irónica que le pareció divisar en el pico de Gorriontínez. ¡Cómo se le había pasado la hora de esa manera!

Sin embargo, cuando se acordó de lo linda que estaba esa mañana la paloma azul, se le olvidaron  sus penas.

-Ya no más voy a conquistarla -se dijo-, a mí siempre me han vuelto loco las palomas como ella, tan elegantes y soberbias. Mi padre decía que es el ave madrugadora la que atrapa el gusano, en este caso, la paloma. Mañana voy a llegar antes de que baje Zorzalo López, total, esto es de la guerra es una tontera típica de Tiuquemante, a quién se le ocurre tomarse las cosas de esa manera. Antes vivíamos de los más tranquilos.

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Durante toda la noche  la familia Caravajacol  trabajó  dejando sus  huellas plateadas; al día siguiente,  todos los nidos y murallas del  barrio estaban cubiertas de llamados a la resistencia pacífica:

Pájaros del mundo, uníos.

La patria alada te llama, únete.

Nido, árbol y libertad.

¡Resistiremos!

Los pájaros, unidos, jamás serán vencidos.

Semillas, justicia y libertad.

Fuera  la Brigada Tiuque.

Abajo el Capitán Tiuquemante.

Y  por último,  el joven Salustio Caravajacol,  miembro muy comprometido de la Parroquia San Petirrojo,  escribió orgullosamente:

Bienaventurados los pájaros, porque de ellos es el reino de los cielos.

El hecho de que pájaros y caracoles, tradicionales enemigos,  trabajaran unidos,  levantó inmediatamente la moral  alada. Uno tras otro, los habitantes de los árboles del sector  se fueron uniendo a la resistencia pacífica y esa misma tarde realizaron una reunión secreta  entre los lirios  del jardín de Zorzalo López.

Zorzalo miró tristemente el caótico  estado en que quedara el jardín después de que los Palomérez, los Gorriontínez y la Brigada Tiuque  se dejaran caer esa mañana, por segunda vez, arrasando con todo el alimento.

-No se les escapó nada -contó-, llegaron a primera hora y, mientras los tiuques vigilaban, se comieron todo e inutilizaron lo que no se podían llevar.

-¡Qué bajeza -Leotordo, indignado-, cómo si alguna vez se les hubiera negado un grano de alpiste! Lo que quieren es provocar una hambruna.

-Lo importante, ahora, es saber qué vamos a hacer. -Dijo Golondrisa, porque si no estamos todos unidos, mejor me exilio.

-Esa es la solución fácil, pero egoísta -dijo Zorzalo-,  vamos a continuar con la campaña pacifista. Vengan, se los explicaré en secreto, cada uno tendrá que hacerse cargo de una parte de la operación y ya verán como todo resultará.

-Ah, pero antes que nada -intervino Juanito Chincólez-, nombremos una secretaria que se haga cargo de la correspondencia. Es necesario enviar una carta a los caracoles para agradecer su apoyo y  felicitarlos por el estupendo trabajo que realizaron.

Zorzalina se ofreció  para el puesto.

-Quiero ayudar -dijo-,  pero con esos ataques que nunca sé cuando me van a llegar, tengo que pensar en un trabajo que me ponga menos nerviosa.

-Éste está perfecto para tí, Zorzalina querida. -Agradeció Zorzalo, enternecido.

Los amigos  se sentaron en las ramas más ocultas de la madreselva, pusieron su mejor cara de  conspiradores y lentamente,  casi en un susurro, expusieron su plan. Zorzalina tomó nota de cada palabra y después escondió el acta  debajo de una piedra. Debían ser muy cuidadosos si querían derrotar a tan poderosos enemigos.

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            La fiesta estaba  mejor que nunca cuando los Palomérez, los Gorriontínez, todos sus primos y hermanos y  la escuadrilla  de malandrines del que Iván Tiuquemante se hacía llamar Capitán,  se posaron sobre las copas del inmenso acacio de calle Queltehues N° 8. Los tres cabecillas se posaron en una rama -Volantín Gorriontínez algo nervioso por la proximidad del Capitán Tiuquemante- y observaron con ojos envidiosos el festejo. Al parecer, también  estaba allí don Plácido Diucamingo,  regalando al festejado con algunas de sus mejores interpretaciones líricas.  Ni  el mismo Tiuquemante  se atrevería a negar los méritos de su brillante garganta, que le ha paseado varias veces por los mejores escenarios de la lírica  mundial.

-Es es el colmo que no nos hayan invitado.- pió Volantín, envidioso.

-Se creen de la aristocracia  – dijo Palomingo.

Tiuquemante no comentó el asunto. Su plan, pensó, iba saliendo a pedir de pico.  Al Capitán le bastó con estirar el  cuello y   lanzar  un agudo chillido a su tropa:

-¡Al ataque!

La Brigada Tiuque  batió sus alas, ascendió unos metros girando sobre la copa del acacio y luego, en perfecta formación, atacó en vuelo rasante sobre el jardín del número 5.

Ratatatatatatá.

Las ametralladoras de granos de pimienta sembraron el pánico entre los invitados de don Zorzalo. El mismo no supo cómo voló a refugiarse entre las ramas de la hiedra. El pajarerío, en pánico, aleteaba desordenadamente, tratando de esconderse entre las ramas del limonero o el espeso ramaje de las lilas en flor. Las Tortolatti huían a tropezones  y  Leotordo,  malherido,  arrastraba un ala detrás de Tordolina. Entre tanto, Golondrisa Petrucciani protegía con sus alas al  regordete  Plácido Diucamingo, heroica  acción que sólo un genuino amante de la lírica podría comprender.

Zorzalina, a quien el ataque sorprendiera en uno de sus muchos revoloteos por la cocina del nido, corrió a refugiarse bajo su camita de hilos de seda en compañía de Elisa Chincólez.

-¡Los niños! – Piaban desesperadas.- ¡Qué es lo que está ocurriendo!

La Brigada Tiuque hacía en ese momento una segunda pasada ametrallando el jardín, aunque,  por fortuna, todo el mundo se había esfumado.  Entre las ramas del acacio, sobrecogidos, los Palomérez y los Gorriontínez miraban la escena estupefactos.  ¡Con quién se habían metido! El  capitán Tiuquemante  planeó  sobre sus cabeza y luego descendió hasta posarse en la rama.  Volantín Gorriontínez sintió un escalofrío de muerte recorrerle las alas.

-El campo está listo, sargento Palomérez. Descendamos. -Invitó Tiuquemante.

Palomingo estaba  asustado, pero la palabra sargento obró milagros. Se esponjó todo y aleteó orgullosamente detrás de Tiuquemante. Volantín, que todavía no había recibido su grado militar, se coló a retaguardia.

En cosa de segundos, el jardín se pobló de intrusos que  engullían con avidez  la comida abandonada por el dueño de casa y sus invitados. Palomingo encontró tan buena la semilla de raps que no pudo evitar ir de un lado para otro picoteando las colas de su parentela  para demostrarles el gran favor que les hacía al permitirles que se alimentaran. En una de sus pasadas, se topó a pico de jarro con Volantín Gorriontínez.

-Buy buena da comida.- Dijo Palomingo con el pico lleno.

-Sí, muy buena, don Palomingo – concedió Volantín-, pero ¿no cree que lo del bombardeo fue una exageración del capitán Tiuquemante?

-Bueno, sí, un poco, pero así no regresan a molestar – reconoció Palomingo-,  ah, y no se olvide que yo soy ahora sargento Palomérez para usted.

Dejó  a Volantín con la disculpa en el pico  y partió a picotear la cola de su prima Colomba…esa fresca, comiéndose todo el raps ella sola, de paso, como por equivocación, le asestó un  aletazo a la paloma de hierro.

Volantín estaba enojado, qué poco había tardado Palomingo en creerse lo del rango militar. Esquivó cuidadosamente a un tiuque de  ojillos malvados y picoteó algunos granos de alpiste que estaban medio escondidos entre la hierba. Volantín  espió a los miembros de la Brigada Tiuque  por el rabillo del ojo y notó que todos ellos llevaban al cinto una espada de agujas de tuna y  una granada de semillas de ají.  ¿En qué se habían metido Palomingo y él? ¿No habrían cometido un error aliándose con el desalmado de Tiuquemante? Después de todo, ellos siempre habían almorzado ahí, con invitación o sin ella, y  Zorzalo jamás les había dado otra cosa que no fuera una mirada de enojo por sus malos modales. ¡Era vergonzoso tratarlos así! Pero los  miembros de la escuadrilla Tiuque vigilaban atentamente la conducta de los Palomérez y los Gorriontínez, de manera que se guardó muy bien de decirlo y prosiguió su almuerzo teniendo  buen cuidado de no parecer disconforme.

El último grano de comida coincidió con  la orden de partida a los invasores. La escuadrilla de Tiuques  planeó en perfecta formación y,  despectivamente, miró desde lo alto  el aleteo desordenado de los Palomérez y los Gorriontínez. ¡Esos nunca serían buenos soldados. El capitán Tiuquemante, que ya le había echado el ojo a algunos pichones de paloma que se veían bastante apetitosos, encendió un cigarrillo de hojas de perejil y pensó que ya iba siendo hora de planear las futuras cacerías.  Por consideración al pacto  con Palomingo, dejaría los polluelos para el final, pero lo que es Zorzalo y sus amigos,  esos serían los primeros en saber con quién se estaban metiendo.

Pero volvamos a nuestro héroe: Todo maltrecho,  Zorzalo sacó su cabeza de entre las hojas de la hiedra y  chirrió llamando a su mujer.

-¡Zorzalina, Zorzalina, niños, dónde están?

Elisa Chincólez llegó nerviosa, miraba de un lado a otro y daba pequeños saltitos.

-Zorzalina no puede venir -dijo-, le dio un ataque y se desmayó sobre la cama.

Se fue sin despedirse llamando a don Juanito y a sus niños.

Leotordo, que no podía volar a causa del ala herida por los granos de pimienta,  vino desde los rosales trepadores.

-Zorzalo, querido amigo, apenas me puedo mover.

Tordolina lo ayudaba como mejor podía.

-No sé cómo podré volver a  nido en este estado.-Se quejó Leotordo, sus negras plumas empalidecidas de dolor.

-¿Usted cree que yo abandonaría un amigo como usted, Leotordo, tan caballero? Esta es una emergencia, mi nido es grande, le cedo una de las habitaciones. -Dijo Zorzalo.

Y después, al ver lo maltrechos que se encontraban Martín Escolibrí y Mari Loica Huenumán,  ofreció generoso.

-Las otras dos, las pueden ocupar ustedes, queridos amigos. En estos momentos dolorosos, los pájaros tenemos que estar unidos.

Las señoras se ocuparon de los heridos, despertaron a Zorzalina de su desmayo y organizaron la retirada de los demás vecinos que se habían refugiado entre la hiedra. Un rato después llegó Golondrisa, todavía sin aliento a causa de su peligrosa fuga.

-Dicen que la guerra va a ser larga -pió-, creo que lo mejor será  viajar. Dicen que las tropas enemigas se están reagrupando en la calle Caiquenes y que planean un nuevo ataque para mañana, a la misma hora.

A  Zorzalo le hirvió la sangre.

-Esto es inconcebible, yo no lo voy a aceptar. Tenemos que hacer algo o este invierno, centenares de pájaros morirán de hambre o serán asesinados por las milicias de Tiuquemante.

Leotordo se puso en pie con ayuda de una muleta de Granado de flor  para secundarlo.

-Yo estoy con usted, Zorzalo, no podemos dejarnos aplastar como babosas de jardín.

Zorzalo estrujó su cabecita y luego dijo:

-Nosotros somos aves pacíficas, no vamos a aceptar que nos obliguen a caer en la violencia. Creo que tendremos que  planificar una ofensiva mediática.

Mari Loica se agachó un poco, estiró su cabeza y susurró:

-Yo tengo amigos que pueden ayudarnos, don Zorzalo: los caracoles de jardín.

Así fue como, gracias a Mari Loica,   fueron los caracoles de jardín los que iniciaron la ofensiva comunicacional destinada a levantar la moral de los pájaros del barrio.

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Diez días después, mientras leía el diario,  Zorzalo escuchó la campanilla de su nido, dejó el Correo Alado  sobre su poltrona y fue a abrir la puerta. Allí, con una caja forrada en papel de estraza bajo el ala derecha se encontraba Leotordo Trillo.

-Dónde está doña Zorzalina.-Preguntó.

Y cuando ella vino a saludarlo le entregó con toda clase de ceremonias y zalemas la caja, que estaba timbrada por  Golondrina Courier.

-¡Mis chocolates, Leotordo, es usted tan encantador! -pió doña Zorzalina.

Todos estaban felices, abrieron la caja y se dieron un banquete de chocolates suizos sin dejar de agradecerle a Leotordo su última gentileza. Éste, que era un genuino caballero, estaba más que acholado con tanto halago.  Cuando a doña Zorzalina le pareció que ya había comido suficiente, guardó la caja bajo siete llaves y trajo jugo de rosamiel y   galletas de semilla de amapolas.  ¡No fuera a ser cosa que se devoraran sus bienamados chocolates suizos del primo Hanstord!

Al día siguiente, cuando terminaron el almuerzo, Mari Loica Huenumán se llevó a   Zorzalina con todo secreto hacia el lado de las azucenas y le susurró:

-Mira qué cosa más deliciosa tengo para que comamos.

Y le ofreció una barra de chocolate suizo marca Hanstord.

-¿Cómo lo conseguiste? -preguntó doña Zorzalina.

-Una ganga, niña, ayer pasó  Golondrisa por mi nido y se lo compré. Seguramente también va a venir a ofrecerte.

Zorzalina terminó por enterarse de que todo el vecindario estaba comiendo chocolates Hanstord y que Golondrisa Petrucciani había conseguido la representación de la marca para toda Terrandina.

-En seis meses recupero la inversión y de ahí en adelante, puras ganancias.- Le explicó la Petrucciani con todo descaro.

Zorzalina consideró una ventaja poder comprar los chocolates, pero cuando le preguntó a la Petrucciani el precio de la barra estuvo a un tris de atacarse nuevamente. Decidió entonces que los conseguiría más baratos por intermedio de Leotordo; él era tan amable que seguramente le daría la dirección de su primo para encargarlos.

Leotordo le explicó que el primo Hanstord le había cedido los derechos de venta a Golondrisa de manera que ya no podía traerlos por su cuenta. Al parecer su primo Hanstord estaba muy contento de haber podido abrir este nuevo mercado.

-Pero para qué se molesta, querida Zorzalina, llame a Golondrisa, que está haciendo reparto gratis  a domicilio. ¡Ah, también me pidió la dirección del primo Eustordo, parece que quiere la representación de la viña Santa Tordoliana de Lontué.

Estamos fritos -dijo  Zorzalo cuando su mujer le explicó lo sucedido-, nunca más vamos a tomar esos tintos tan buenos.

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