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zombie

Existen dos historias en torno a los zombies y ambas tienen su origen en Haití. La primera,  engancha  los límites la  fantasía y la realidad y nos deja un sentimiento de horror ante la maldad humana. La  segunda, la historia literaria, es quizás más repulsiva, pero también más fácil de aceptar.

Coup de poudre se llama a los polvos que serían administrados a los que van a tener la desdicha de ser convertidos en zombies.  Hay siempre un motivo para ello: la venganza. En  Haití hay que tener mucho cuidado con herir los sentimientos de las personas porque eso puede significar que  el ofendido decida que tu vida acabó, porque vas a ser convertido en zombie.

Otro motivo puede ser el eterno afán de explotación que algunos individuos llevan en su ser más íntimo. Hay amas de casa que explotan a sus sirvientes, hay comerciantes que explotan a sus empleados, hay empresarios que explotan a sus trabajadores. Ninguno de ellos se siente mayormente culpable por hacerlo y bueno, la verdad, los campesinos que fabrican un zombie para que trabaje por ellos hasta morir realmente tampoco se sienten culpables. Estoy cansado, se dicen, necesito ayuda, no puedo pagar por ella. A ver, qué podría hacer para solucionar mi problema…por ejemplo, ¿y si me consigo un zombie?

Y en cuanto te ponen los ojos encima, estás perdido. Empezarán a rondarte, harán un estudio de las ocasiones en que estás solo y por último, comenzarán a administrarte los polvos malditos. El coup de foudre.  Entonces comenzarás a debilitarte, perderás el apetito, los colores, la salud. Tu familia hará todo lo posible, pero no hay caso. Un día, sin saber cómo llegaste a eso, serás un cadáver.

Es posible que tu futuro amo, el houngan, esté presente en tu funeral, hasta puede que se muestre dolido, que no pueda creer que alguien tan joven haya pasado a mejor vida. Hay gente descarada en esta vida.

 Tus parientes te llorarán, cargarán tu ataúd al cementerio y te dirán el último adiós con ojos húmedos. Lo único que ignoramos  de este proceso es lo que tú, el zombie, siente. Estás inmóvil, yerto, no respiras, tus ojos están cerrados, pero…¿puedes escuchar, tienes algún nivel de consciencia encerrado en tu mísero ataúd?

Espero que no. ¿Quién querría vivir los entretelones de su propia muerte?

El houngan no te recuperará de inmediato. Los parientes pueden querer visitarte y sería de muy mal gusto que lo sorprendieran escarbando tu tumba, pero cuando finalmente lo haga te llevará a su granja y te administrará los otros polvos, los que te revivirán, pero nunca tan vivo como para que tengas de regreso tu inteligencia y tu voluntad. Desde ese momento en adelante, eres un esclavo, un esclavo muerto. Qué más podría querer tu amo, mano de obra gratis. La mayor parte de los empleadores que conozco serían perfectamente capaces de tener un esclavo zombie, nada les duele más que pagar un sueldo decente.

Y, dime. ¿Acaso no es horrible la historia del origen del zombie, no sientes piedad por esos pobres seres esclavizados por la maldad humana?

EL Zombie literario y cinematográfico

Lo primero que hay que reconocer es que los zombies cinematográficos son REALMENTE horribles. Su carne está descompuesta, podrida hasta el punto de verse  violácea y negruzca, sus cabellos, desgreñados y sucios les cuelgan como serpientes de la cabeza, tienen heridas por aquí y por allá y la sangre coagulada los mancha. Caminan apenas, lentos e inseguros, como si hubieran perdido todo sentido de lo que hacen.

A pesar del  proceso de corrupción de su cuerpo y nadie sabe cómo, los zombies cinematográficos pueden ver, sus ojos parecen inmunes al deterioro de sus tejidos. Gracias a esto pueden encaminar sus pasos tras de los humanos vivos más cercanos, en especial, los protagonistas de la película o  el cuento. Despacio, muy despacio, lo suficiente para que el o los protagonistas tengan tiempo para salvarse, pero nunca tan despacio como para que se salven los personajes secundarios. Ya se sabe, nada peor que un papel de relleno en una película de miedo.

Y todo ese esfuerzo  a causa de una palabrita desagradable que nos expone crudamente la verdadera naturaleza de un zombie: NECRÓFAGO. Los zombies tienen la pésima costumbre de alimentarse de otros seres humanos, que a su vez, después de ser mordidos, pasarán a integrar la multitud de cadáveres hambrientos que se arraciman delante de las puertas y ventanas de la casa donde se refugió nuestro protagonista.

Ahora, de los zombies esclavos y su sistema alimenticio es poco lo que se conoce. ¿Serán también adictos a la carne humana o se conformarán con los poco atractivos restos de la comida de su amo?

No tengo gran interés en enterarme. Es más, por mí que los zombies se mantengan lo más lejos posible de mi persona. Se ven horribles, se comportan horriblemente y, a pesar de que nadie se ha molestado en explicitarlo, estoy seguro de un pequeño detalle: es un hecho que los zombies deben oler horrible.

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prometeo

Contra todo lo que uno pueda suponer,  la vida en el Olimpo poco y nada tenía de olímpica y mucho menos,  de fair play.  Zeus era un dueño de casa  de carácter tiránico y, pese a su origen divino, como cualquier presidente de hoy, se sentía con derecho ilimitado a la reelección en el cargo de Dios de  dioses, padre de los mismos y de los hombres y dios del cielo y los truenos. Y así, con todos sus títulos, era como gustaba de ser llamado.

Llevado por sus ideas, hizo fama por sacarse hijas de la cabeza o engendrar héroes en mujeres despistadas. Tirano sin remedio, no perdía detalle de lo que ocurría en sus dominios y asestaba rayos castigadores por un quítame allá estas pajas.

Sin embargo, no debe haber sido tan brillante Zeus si Prometeo fue capaz de engañarlo tan fácilmente con el asunto de la carne de res. ¿Qué asunto, dirán ustedes?  Bueno, ocurre que, Prometeo, hijo de Jápeto y Asia, tenía manifiesta simpatía por los hombres y, cansado de ver los abusos que los dioses cometían con estos, mató una res e hizo con ella dos bultos: el primero con la carne, pero envuelto en el cuero, y el segundo con los huesos, pero muy disfrazados por una buena capa de grasa. Se presentó ante Zeus con ambos bultos y le pidió que escogiera uno y Zeus, a quién se le hacía agua la boca de sólo pensar en el asado, escogió el segundo. Ni tan genial.

Prometeo le llevó luego la carne a los hombres y Zeus,  enloquecido de  furia, fulminó los huesos con un rayo hasta reducirlos a cenizas.

Zeus tenía estilo y clase, no iba a rebajarse arrebatándole una mísera res a los hombres ni mucho menos acabaría con Prometeo por hacerle tan fea, pero inteligente jugada. No, él se quedó rumiando su ira y planeando cómo y cuándo cobraría venganza del atrevido que había osado burlarse de  su grandeza. El hecho de que posteriormente corriera el rumor de que  los hombres habían hecho un hábito del comer la carne y quemar los huesos en honor de los dioses, no hizo sino avivar su rencor.

Esperó pacientemente, eso es fácil para aquellos que disfrutan de la vida eterna.

Pero Prometeo, creyéndose más listo que Zeus, no halló mejor plan que robar el fuego de la forja del Olimpo y llevárselo a los hombres. Nadie esperaba tamaña insolencia, no había guardias privados ni seguridad alguna, los dioses griegos estaban demasiado ocupados en sus tropelías, de modo que Prometeo acudió junto a la fragua de Hefesto y sin que éste se percatara, encendió una caña que guardaba el fuego en su interior. Tan fácil como quitarle un dulce a un niño.

¡Ya os imaginaréis los festejos de los hombres cuando supieron que se acababan las oscuridades, el frío y la carne cruda! Tal fue el jolgorio que hasta en el Olimpo se escucharon los ecos.

Zeus comprendió que ya no podía tomarse más tiempo pensando en la mejor venganza. Es más, de pura y simple rabia se le ocurrió inmediatamente el plan genial, ya sabía cómo castigar a Prometeo.

Al primero que llamó fue a Hefesto, el despistado, que no tuvo más remedio que secundarlo para pagar su error. Dios  del fuego, hombrecillo contrahecho de quien se decía que de tan feo que era lo había arrojado su madre, Hera, desde la cima del monte Olimpo, lisiándolo para siempre. A pedido del jefe, Hefesto fabricó una bella figura de mujer en arcilla, de perfectas proporciones, magnífico rostro y tentadoras curvas.

Atenea, hija predilecta, reina del estilo de la época,  la vistió con sus mejores galas. Sedas, oro, perlas, tisúes, nada era suficiente para realzar la perfección de la estatua.

Hermes, que ya estaba cansado de usar su inteligencia en engañar a  comerciantes, trapisondistas y mensajeros, empleó todas sus artes para concederle el poder de la seducción y la capacidad de manipular al más frío y duro de los hombres.

Y no, no es que estos mitos sean algo machistas; cierto que siempre, aún en la Biblia, somos las mujeres las tramposas y las arteras. No, no pensemos mal de Zeus, en el fondo, solo estaba reconociendo que no existiría hombre alguno capaz de actuar ese papel con la perfección de Pandora. Sí, casi lo olvidaba, así la llamó Zeus cuando estuvo lista y después, suavemente, sopló sobre ella el hálito de la vida.

Pandora sacudió sus largas pestañas, se alisó el cabello con la mano, se estiró la seda de la túnica no sin antes exhibir la maravilla de sus tobillos. Algo aburrida, bostezó un poco, no había mucho que hacer en el Olimpo.

¡Pero, no, nada de siestas a esta hora! –exclamó Zeus. Te tengo un plan maravilloso para esta noche.

Y así diciendo la envió, a casa de…Epimeteo, hermano de Prometeo. Zeus no iba a cometer el error de la obviedad. De paso, le encargó encarecidamente que cuidara, hasta que él se dignase recuperarla, de un ánfora donde guardaba algunas cosillas de nada, pero que para él resultaban muy importantes. ¡Ni se te ocurra abrirla, mujer! – advirtió antes de que Pandora se marchara.

Apenas llegada a su destino, las dotes de Pandora no bastaron solo para abrirle la casa de Epimeteo. De inmediato, éste insistió en desposarla, llenarla de lujos y darle una vida de placeres. Hecho esto, se sintió tranquilo y satisfecho y se dedicó a echar panza como un burgués cualquiera.

Y la pobre Pandora, luego de recorrer todos los rincones de su casa, espiar por todas las ventanas y revisar hasta el último de los armarios, se moría de lata. Ya casi había olvidado el ánfora de Zeus y la hubiese pasado por alto de no ser porque el dios de dioses  había dotado su artilugio con un cuchicheo sutil, apenas perceptible, en caso de que, como cualquier trasto, el ánfora quedase abandonada en un rincón.

Por más oído que puso, imposible fue para Pandora comprender los sonidos que se escapaban del ánfora. Hasta llegó a comerse las uñas recién pintadas de tanto pensar en cómo enterarse de lo que había en el interior del adminículo sin que Zeus se enterase de su falta.

Pero claro, tal y cómo Zeus había supuesto, Pandora no era más que una débil heroína de teleserie olímpica, de modo que abrió el ánfora, un poquito apenas, lo suficiente, pensó,  para saber sin que se supiera.

Y entonces, como rayos del Olimpo, la tapa saltó lejos y el contenido del ánfora saltó y se desparramó  en todas direcciones lanzando toda clase de sonidos, chisporroteando  en todos los colores conocidos y por conocer. Pandora, aterrada, apenas alcanzó a poner la tapa en su lugar  para evitar que escapase el último de los regalos de Zeus: la esperanza.

Y vaya si iba a hacer falta, porque del regalo que el  dios de los dioses había enviado a los hombres ya la gran parte se había esparcido por la tierra: los males que iban a aquejar a los hombres para toda la eternidad. Enfermedades, malas artes, guerras, codicia, avaricia, crueldad, locura…faltan palabras para darnos una idea del contenido.

Prometeo se indignó con su hermano, puesto que ya le había advertido que no debía aceptar regalo alguno, porque Zeus trataría de engañarlo. Y conste que la indignación no le sirvió de mucho. Zeus aún tenía una carta bajo su túnica: poco después llegó Hefesto en busca de Prometeo y sin la menor consideración lo llevó hasta la cima de un monte sobrevolado por una poderosa águila. Allí lo encadenó y regresó al Olimpo no sin sentir un poco de piedad por Prometeo. A lo lejos pudo ver como el águila se arrojaba sobre el desdichado y comenzaba a devorarle el hígado.

Durante el día, el águila pasaba de lo más entretenida en su tarea, por la noche, el pobre Prometeo, se recriminaba por su inmortalidad mientras el hígado volvía a crecerle, jugoso y apetitoso para cualquier águila que se precie de tal. De haber podido morir no tendría que seguir soportando la tortura para la eternidad.

Pero…siempre hay un pero. Zeus propone, pero el héroe dispone. El héroe en este caso sería Heracles, pero ése, ese será tema para otra historia.

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El Chupacabras  supo que era feo la primera vez que se acercó a un pozo de agua; espantadas, las aguas,  hasta entonces calmas como un espejo,  se rizaron violentamente para impedir que su imagen se reflejara  en ellas. El Chupacabras olfateó el aire  y constató que no corría la más delicada brisa.; temiendo lo que vería, se acercó y se inclinó  hasta que su imagen fracturada se fue armando en la superficie. Las aguas se habían congelado de espanto y allí,  con lujo de detalles, pudo  descubrir la horrible imagen con que la Naturaleza lo había  castigado  para la eternidad. Si bien el reconocimiento de su fealdad fue un duro golpe, el Chupacabras  aguantó con entereza. Si de fealdad se trataba, él sería el más feo de todos.

Desde entonces, el Chupacabras vivió ocultándose de los demás seres vivos.  Aprendió de inmediato que de noche todos los gatos son pardos y que si un chupacabras pasa casualmente por un lugar es mucho más difícil que se le vea cuando lo hace rápidamente.  En cuestión de semanas ya era un avezado corredor de larga distancia. Además, siendo, como es,  un perfeccionista,  se despeinó  la  opaca, hirsuta  pelambrera que lo cubre, y se la arrojó, un poco al desgaire, sobre aquel rostro que, como el de Medusa, amenazaba con volver de piedra a la humanidad.

En esa forma inexplicable que la Tierra dispone, la noticia de su aparición trascendió y, peor aún, se esparció como una marea. Al principio, temerosamente susurrada, luego, como tópico general. El Chupacabras supo que estaba perdido cuando la prensa lo puso en letras de molde y saturó páginas web con los detalles de su horrorosa apariencia e ilimitada crueldad.

Era cosa, entonces, de mantener la reputación tan duramente ganada. El Chupacabras continuó escondiéndose entre las matas, se arrastró por madrigueras y cavernas, zigzagueó entre las rocas, se olvidó de la luz solar. Cuando quería alimentarse las cosas se le hacían fáciles: tan sólo asomaba su esperpéntica figura y la víctima moría de pánico ipso facto.

Para consentir a la prensa y demostrando así lo muy consciente que estaba de la red de fantasías que se había tejido sobre su persona, recurrió a complicados sistemas para desangrar los cadáveres de sus presas. Vivió noches de furia aniquilando gallineros completos. Un reguero de ovejas, cabras y reses jalonó su ruta a través de América y los campesinos, aterrados, trancaron sus puertas y pasaron la noche en vela a la luz de una mísera candela.

El Chupacabras se enteraba sin mayor problema de todo cuanto se especulaba sobre él, después de todo, su cabeza es una especie de parabólica que recoge cada pensamiento, cada idea, cada chispazo que ser vivo alguno imprima en su cerebro.  Así supo que se le creía extraterrestre fugitivo, creación de los laboratorios de la CIA, monstruo ancestral, engendro diabólico. Ligeramente avergonzado de que su  aspecto diera para tanto, el Chupacabras sintió que un hálito de orgullo lo esponjaba entero: ¡Quién iba a decir que un humilde recién llegado alcanzara esas cumbres de la fama!

Y allí está, agotado por el  esfuerzo requerido por tarea de tal envergadura, pero con el espíritu incólume: nadie podrá decir jamás que el Chupacabras hace las cosas a medias.

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