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Archive for 30 octubre 2011

FELIZ HALLOWEEN, DUERME BIEN….SI PUEDES

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En el principio de los tiempos, Medusa era tan bella que la misma Aurora de rosáceos dedos  tenía vergüenza de competir  con la luz de sus mejillas. Tan grande era su dulzura que solía ser puesta de ejemplo para que las doncellas buscasen el ideal de perfección.

Medusa  era dichosa e iba por la vida perfumando su camino, repartiendo y generando sonrisas, admirada por todos, envidiada por no  pocos, que aun a su pesar debían reconocer que tanta maravilla era prácticamente imposible de reproducir y, a pesar de todo, que  Medusa se las ingeniaba para ser encantadora, buena y digna de todo afecto y admiración.

Su fama llegó a los confines de la Tierra y de los cuatro rincones habitados acudieron aquellos que querían comprobar lo oído con sus propios ojos.  Medusa siempre logró satisfacer las expectativas y, como si eso fuera poco, encendió en los corazones más salvajes y reacios  un sentimiento de  amor puro que la rodeó como una coraza protectora.

   Cuando todos en la Tierra conocida ya habían comprobado que Medusa era un regalo de los dioses a los hombres, un tritón que tomaba el sol  no muy lejos del Coloso de Rodas la vio venir  cogiendo flores y quedó deslumbrado por su encanto; apenas recuperado del hechizo, saltó en las aguas y repartió la nueva por los mares y océanos. Pronto se supo de cardúmenes de peces que pasaban el día saltando fuera del agua con la loca esperanza de verla pasar y de que  cien narvales  habían formado una guardia de honor a la espera de que Medusa, la bella,  mojase sus tobillos en el Tirreno.

Y entonces llegó el turno de Poseidón, que, sin que se enteraran  sus súbditos para no parecer ridículo, aguardó oculto entre los sargazos hasta que al fin una mañana  la vio asomar camino de la playa.

Medusa caminaba sonriente, rodeada de avecillas y mariposas blancas.  Sus delicados pies dibujaban rosas de sombra sobre la arena y el cimbrar de sus caderas parecía envuelto en una melodía mágica desplegada más allá de los oídos terrestres. Poseidón la vio y la deseó, pero  su negro corazón  oscurecido por la noche de los océanos más profundos fue incapaz de cobijar un sentimiento puro de amor.

Y lo que Poseidón quiso,  Poseidón obtuvo,  y para tenerlo debió arrebatarle a Medusa hasta el último aliento de felicidad y gracia. Avergonzado, el cielo se abrigó de nubes tormentosas, las corolas de las flores se cerraron y las aves  se taparon los ojos con las alas. Nadie quería ver el dolor de Medusa, nadie quería sentir la humillación de Medusa, nadie quería empaparse en las lágrimas de Medusa. La dulce, la bella, la adorable, la encantadora, ya no lo era más. Medusa, clamando a Zeus para que acabara con su vida, se metió en un agujero de la tierra y aulló de dolor.

El día que Medusa regresó mejor hubiera sido que no hubiera llegado nunca. Ahora, Medusa era la Gorgona.  Medusa era tan ágil o más que antes y se escurría veloz por los senderos sedienta de sangre y sed de venganza. A pesar de la nueva dureza de su boca conservaba los mismos rasgos que antes la hicieran tan famosa. Sólo que ahora los ojos destellaban fuego, los labios de rosa se contraían en un rictus de odio, las caderas
remataban en la cola de una serpiente, las uñas nacaradas eran garras de fiera, los pechos virginales eran escudo de acero y en su cabeza, oh Zeus, en aquella cabeza de cabellos dorados como el trigo, miles de serpientes  se retorcían amenazantes, con los venenosos colmillos listos para morder al que osara aproximarse.

Sólo una cosa parecía aliviar tanto horror. Ahora, si Medusa te clavaba los ojos, no importaban las garras, el acero, las serpientes. Mucho antes de que estos te rozaran siquiera, el fuego de sus ojos enloquecidos de rabia te habrían convertido en piedra para siempre jamás.

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Supongo que todos tienen uno, un vecino raro quiero decir, ¿no lo crees? Es que cuando llegas a un lugar nuevo siempre puedes esperar de todo, desde la vieja copuchenta, de esas que empiezan el día temprano y lo terminan últimas para no perderse de nada.  El tipo huraño, ese es particularmente complicado cuando eres niño, porque lo molesta todo, los juegos, las risas, los gritos, siempre está a punto de explotar.

Verás yo se mucho de estos personajes, porque solía ser siempre el chico nuevo.  Mi papá era vendedor: el encontraba cosas en los lugares más extraños para venderlas a tiendas de antigüedades, siempre fue mejor en eso, a veces yo iba con él a casas de personas que habían muerto repentinamente y sus parientes realizaban ventas de garaje para separarse de sus pertenencias. Yo personalmente encontraba que la mayoría eran baratijas, pero el veía en algunos objetos cosas que la mayoría de nosotros no ve, veía lo bello que podía ser para alguien más, y eso les diré, si que es un talento.

Era debido al empleo de mi padre que debíamos viajar mucho, a mamá y papá no les gustaba la idea de que estuviéramos separados, por lo que cada cierto tiempo, partíamos a una nueva localidad buscando nuevos tesoros y por ende, una nueva vida.

Íbamos camino al norte ese verano, mamá cumplía 8 meses de embarazo y las molestias aumentaban, por lo que papá decidió parar en alguna ciudad hasta que mi hermano naciera.  Así llegamos a un balneario pequeño que mi papá encontró adecuado.  Era como diría mamá: Encantador.

No era una gran cuidad, pero según mamá era un buen lugar para que bebé comenzara su vida.  Aunque ella no lo dijera, la vida de nómades no era precisamente lo suyo, nuevas casas todos los años, nuevos colegios, nuevos recorridos, nuevo todo. Y para ella la idea de sentar cabeza en una pequeña ciudad como esa era simplemente un sueño, y por lo menos si un hijo suyo nacía ahí, un pedacito de nosotros siempre pertenecería a ese lugar.

¿Y yo dices?, a mi en realidad me gustaba esa vida. Había algo mágico en poder empezar de nuevo una y otra vez, no era fácil claro, pero me gustaba muchísimo.

Esa mañana mamá se encontraba desempacando junto a papá, se habían despertado tarde esa mañana y siendo que yo ya había ordenado todas mis cosas, decidí salir a caminar y conocer el lugar.  Parecía como si nadie viviera allí, nadie de mi edad por lo menos, toda persona que me encontraba en la calle parecía de la edad de mis padres o incluso mayor.  Es como que hubiéramos varado en una isla de retiro para parejas, ¿A qué lugar me habían traído.  Deambule por algunas horas hasta que por fin encontré un grupo de chicos que lucían de mi edad, así que me acerque a ellos para presentarme, cuando pasas tan poco en un lugar como nosotros lo hacíamos tenías que ser rápido haciendo amigos.

–          Hola me llamo Gonzalo, llegamos recién con mi familia.

–          Siiiii… mamá andaba parloteando de una carcacha que estaba estacionada en la casa del final de la calle, ¿supongo que esa es tuya?

–          La verdad ese es un error de apreciación.  Esa “carcacha” de la que hablas es en verdad un clásico.

–          Lo que sea. Hablas raro tú. Así como viejo.

Todos rieron a carcajadas.

–          Bueno como decía llegamos anoche y estaba dando un paseo para encontrar alguien con quién poder conversar.

–          Bueno, aquí no lo encontrarás, nosotros no hablamos con “clásicos”.

Las risas explotaron nuevamente, los chicos se pusieron de pie y se alejaron.

–          Pierdes tu tiempo.

–          ¿Cómo?, disculpa no te había visto ahí.

–          No te preocupes, nadie lo hace.  Te decía que pierdes tu tiempo con ellos, les gusta lo “exclusivo”.  Esta parte del balneario está llena de gente rica que pasa sus veranos en la playa, y se podría decir que no es del tipo de gente a la que le gusta lo diferente.

–          Así veo, pero tú pareces distinto. Un gusto, yo soy Gonzalo.

–          Pablo… mi nombre es Pablo.

Pablo fue un verdadero descubrimiento, de esos que hacía mi padre.  Por primera vez era yo el que veía eso tan especial que mi papá buscaba por todo el país.

Pasamos toda esa mañana caminando por el bosque.  Pablo me mostró unos lugares geniales.  Aún recuerdo el crujido de las ramas bajo nuestros pies, y el fresco en mi frente debido al sudor por la larga caminata.

Llegué a la hora de almuerzo a casa. Mis padres bailaban en la cocina, parecía que habían tenido una mañana tan buena como la mía.  Les conté sobre mi nuevo amigo y los lugares que había conocido y ellos parecían contentos de ver lo en casa que me sentía.  Con Pablo habíamos quedado de vernos esa tarde, ya que me llevaría a un lugar donde se podían ver peces espectaculares, así que devoré mi almuerzo y partí corriendo a su encuentro, fue cuando estaba en el umbral de la puerta que me detuve por algo que aún ahora no entiendo que fue.  ¿Un presentimiento tal vez?, pero no pude irme sin antes preguntarle a mamá que haría esa tarde:

–          Estaré aquí supongo, tu padre irá a revisar una feria en una pueblo cercano, no irás con el por lo visto, que lástima, adora que lo acompañes.

Cuando llegué al camino Pablo ya se encontraba ahí sentado junto a un árbol tomando el fresco.  El no era como los demás niños, y eso lo digo sabiendo que yo no era precisamente el chico más normal de la calle, de ninguna calle en verdad. Pablo era cómo decirlo, sereno, sí, esa es la palabra, no se agitaba con nada, incluso cuando se reía a carcajadas lo hacía con calma.  Hay algo acerca de los niños, como que siempre están ansiosos, no se cansan nunca de ver cosas nuevas y están expectantes todo el tiempo, sin embargo Pablo no era así, como si el ya no tuviera esas ansias, como si ya lo hubiera visto todo..

Luego de encontrarnos el me llevó a la costa, más lejos del pueblo de lo que esperaba.  La bajada de tierra y rocas era empinada y el sol golpeaba en nuestras espaldas como que estuviera enojado por algo aquel día, pero Pablo conocía todos los pasos y los trucos para bajar, se notaba que los habían hecho cientos de veces.  Ya se sentía humedad y debido a los roqueríos gozábamos de un poco de sombra.

–          Ese es el lugar Gonzalo, mira esos colores.

En verdad era impresionante, aquellos peces parecían frutas tropicales de tantos colores que lucían.  Pablo conocía todos sus nombres, hablaba del mar como si lo estudiara por años, esos contenidos ciertamente a mi no me los habían pasado en la escuela.  Luego nos sacamos los zapatos y nos remangamos los pantalones para adentrarnos en el mar.  El agua estaba heladísima, pero Pablo no parecía verse afectado, en cuanto a mí, los labios me tiritaban.  El simplemente se reía, debe haber pensado que era un citadino tonto, traté luego de contener el frío.  Paso el rato y decidimos tirarnos en la arena y Pablo tomo una actitud distante, se incorporo y mirando el mar apoyó sus brazos en sus rodillas flectadas.

–          ¿Pasa algo?

–          Lo he pasado muy bien esta tarde Gonzalo.  Hace mucho que no tenía tan buena compañía.

–          Si lo se… deberíamos continuar por la costa hacia el norte a ver que encontramos.

–          Creo que ya es hora de que vuelvas a casa.

–          Pero si es muy temprano, mi madre sabe que estoy aquí y no me espera hasta tarde.

–          Por eso mismo deberías volver, puede que necesite algo.

–          Mmmm… bueno si, podría ser. Podrías ir a casa mañana en la tarde, ¿Qué te parece?

–          Allí estaré.

–          ¡Genial!, te espero entonces.

Corrí a casa como nunca, me sentía lleno de vida, como si nada ni nadie pudiera contra mí.  Pero al llegar a la calle de mi casa un dolor invadió mi pecho y un sudor frío se caló por mi espalda. No se como recorrí los últimos metro, sentía como si algo me llevara a la casa.  Todo pasó tan rápido: mamá estaba tendida en el piso, cuando me acerque me estrechó la mano y con lágrimas en los ojos agradeció a Dios de verme.  Salí de la casa gritando y toqué la puerta de la casa del al lado, salió un hombre junto a su hija y al ver el estado en que estaba me siguieron a la casa.  El hombre asustado fue a hacer partir el auto mientras su hija y yo nos quedamos junto a mamá.

–          ¿Cuántos meses tiene?

–          Esta finalizando el 7° mes.

El hombre nos condujo hasta el hospital y su hija llamo a alguien para que trajera una camilla, ella junto con un doctor se llevaron a mi madre.

–          Chico, ¿dónde está tu padre?

–          En una feria en otro pueblo.  ¿Y si llega a casa y no nos encuentra?

–          No te preocupes, yo volveré y esperaré a tu padre.

Cuando papá llegó al hospital parecía estar fuera de si, me estrechó entre sus brazos y corrió a la recepción para saber de mamá.  Pasaron un par de horas antes de tener noticias.  Entonces salió a nuestro encuentro la hija del hombre de al lado, resultó ser que ella era enfermera en el hospital.

–          Su esposa está bien, debimos adelantar el parto debido a unas complicaciones, pero no se preocupe, todo salió bien.

Tomó a papá del brazo y nos guío hasta un ventanal que daba a una sala, allí dentro de una incubadora se encontraba un pequeño bebé, el más pequeño que hubiera visto nunca. Por fin mi papá soltó un suspiro largo y me tomo con fuerza de la mano.

–          Ahí esta tu hermano, Gonzalo.

Paso una semana antes de que mamá y mi hermano pudieran volver a casa.  Papá estaba muy ansioso y cuando la vio bajar del auto del vecino estalló en risa.  Ambos corrimos a su encuentro y la abrazamos fuerte al llegar a ella; Se veía hermosa, brillaba como nunca esa mañana y el pequeñito en sus brazos dormitaba con calma al ritmo de su respiración.

Entramos a casa acompañados del vecino y su hija que habían traído a mamá desde el hospital.  Todos hablaban y reían, nos sentamos a comer y la alegría nos siguió a la mesa.

–          Es afortunada, si Gonzalo no hubiera llegado a esa hora,  no estaríamos celebrando ahora.

–          Fue mi amigo… o no lo creo, lo olvidé por completo, el vino y no estuve aquí, todos esos días en el hospital.

–          Gonzalo,  hijo, qué es lo que murmuras.

–          Que yo estaba con Pablo abajo en los roqueríos donde termina el camino, lo pasábamos tan bien y el de repente me dijo que volviera a casa, que mamá podía necesitar algo, sólo por eso volví antes.

–          ¿Disculpa, Pablo dijiste?

–          Si mi amigo.

Pasaron los días y Pablo no aparecía por ningún lado, así que decidí bajar a los roqueríos para ver si lo encontraba allí, ya que no sabía donde vivía. Caminé el largo trecho y baje la empinada bajada hasta el lugar donde mi amigo me había mostrado su pequeño mundo marino.  Fue una sorpresa cuando en vez de encontrar a mi amigo, encontré sentada en la orilla, a la hija del vecino, la enfermera.

–          Gonzalo, que alegría verte.

–          Si, no esperaba… es que creí que encontraría a alguien aquí

–          Si, yo también pensé que podría encontrar a alguien aquí.  Ese amigo tuyo, Pablo era su nombre ¿no?

–          ¡Si!, a él esperaba, es que le dije que lo vería al día siguiente de lo ocurrido a mamá, pero lo olvidé, creo que está enojado.

–          Es extraño, pero yo tenía un hermano que se llamaba Pablo. Era un chico como de tu edad cuando solía venir para acá, nunca creímos… no sé, hay cosas que uno no se espera.

–          ¿En serio?, y donde está el ahora, no lo hemos conocido desde que llegamos.

–          Bueno, paso que… el murió cuando niño. Era un niño tan bueno, así como tú.  El se resbalo en unas rocas un poco más allá.  Se suponía que yo vendría con el ese día, pero decidí salir con unas amigas

–          Lo siento tanto.  Pero estuviste ahí cuando mamá te necesitó.

–          Si, tienes razón

Creo que la niñez no me dejó ver entonces, puede que haya sido nada más que una coincidencia, pero gracias a mi amigo, es que aquella chica estuvo ahí para salvar a mi hermanito y es gracias a él que yo estuve ahí para encontrarla.

Paso el verano de forma agitada, el bebé, una nueva mudanza, todo paso tan rápido.

Nunca más supe de mi amigo, pero lo recuerdo todos los días cuando veo a mi hermano menor, Pablo.

Por: Miranda Mayne-Nicholls Verdi

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¿Recuerdan a nuestro  desagradable, pero listillo amigo Stingy Jack, aquel que burló al diablo? Entre todas sus bufonadas, ocurrió que  Stingy Jack -cuya historia puedes encontrar aquí en este blog, Especial Halloween 2010- no pudo ir al cielo a causa de sus pecados, pero tampoco al infierno,  porque  engañó al maléfico y no le permitió quedarse con su alma.

Para salir del infierno, Jack vagó en la oscuridad, en las más profundas tinieblas, y como no veía nada  agarró un nabo, lo vació para fabricar un farol y metió en él un carbón encendido. Con esa luz Jack pudo iluminar su camino de pecador irredento.

Cuando los  inmigrantes irlandeses comenzaron a celebrar Halloween en losEstados Unidos de Norteamérica lo primero que descubrieron fue que las calabazas eran mucho mejores para ese propósito que los nabos. Eran más grandes, venían ya convenientemente ahuecadas y sin duda alguna tenían un look de miedo. Sólo necesitaban tallarle los rasgos adecuados: una mueca terrorífica, dos ojos como brasas y una narizota triangular. Desde entonces la calabaza ha reemplazado totalmente al nabo en el imaginario popular. y la verdad es que no tienen comparación. ¡Qué maravillas se pueden hacer con una deliciosa calabaza, sopaipillas, pastel, charquicán!  Mientras que el nabo es bastante más restringido en sus posibilidades gastronómicas de manera que podemos entender perfectamente que Stingy Jack lo destinase a ser convertido en una linterna.

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Pocas  cosas  pueden ser más aburridas que pasar  la noche de Halloween en casa de los abuelos, o al menos eso le parecía a  David. Su abuela  ni siquiera necesitaba  maquillaje para asemejarse a una bruja,  andaba por la casa chancleteando en sus pantuflas como una  locomotora descompuesta, despeinada,  con la ropa  tan  arrugada como su cara.  Además, era avara. Es casi seguro que esa  noche no tendría dulces para los niños que llamarían a la puerta y por la  mañana todo estaría manchado de pasta dental, huevos y frutas avinagradas. Peor  aún, era casi seguro que a David le tocaría limpiar las evidencias y los mismos  niños que las arrojaran le verían allí, haciendo el ridículo, confesando ante  todo el mundo que era nieto de la peor abuela del  mundo.

Tampoco le gustaba su habitación. La  casa de la abuela, de por sí, era terrible. Demasiado grande, demasiado oscura, demasiado vieja.  La abuela siempre había usado las bujías  de menos amperaje para ahorrar electricidad, a causa de ello era usual  que uno se tropezara en la escalera o se diera de bruces contra alguna puerta  mal cerrada, pero la habitación que le había tocado era la peor de todas, porque  era la habitación de la tía Silvia.

Tía Silvia era una mujer  esquelética, de ojos grandes y oscuros,  vestido negro y sombrero con pluma que  aparecía en todas las fotografías familiares  muy anteriores a su nacimiento. A David no le  gustaba. Además, tía Silvia era La pariente que había desaparecido un día
cualquiera sin que nunca jamás se hubiese vuelto a tener noticias de ella. La  abuela decía que se había fugado  con su  novio, pero a David le costaba creer que las tías Silvias de cualquier niño  fueran capaces de conseguir novio.  Era  cosa de mirar las fotografías.

Por fortuna, su madre se había  acordado de traer  un disfraz. Apenas  oscureciese David tenía programado salir a la calle. Hasta se había traído una  gran bolsa para recoger dulces. Ojalá fuera un buen disfraz, su madre no era  muy creativa que digamos. Quizás sería mejor que lo revisara temprano, de esa  manera, si necesitaba arreglos,   había  tiempo para ello.

Y  tal como él había imaginado, nada peor que pasar Halloween casa de la abuela.  Tan malo era que su madre le había traído un traje de hombre araña, qué lata,  como si él fuera un niñato tonto.  David  reclamó, alegó, pataleó, pero no hubo caso. Su madre no estaba dispuesta a
procurarle otro disfraz. Furioso, David corrió al cuarto de tía Silvia y se  encerró con llave. Esta vez, no iba a perdonárselo a su madre.  Ah, y de paso, aunque no comiera un caramelo,  no saldría de allí, no usando el traje de hombre araña.

Largo  rato estuvo tendido en la cama rumiando su desventura. Este iba a ser el peor  Halloween de su vida, eso estaba claro. Seguramente se quedó dormido sin darse  cuenta porque de pronto despertó y la habitación estaba casi a oscuras.

Se  levantó y fue por allí revisando los rincones del closet, atiborrado de  vestidos viejos, cartas amarillentas y retazos de tela. Por si acaso, revisó
concienzudamente, pero no  encontró nada  que pudiera servirle.

Los  veladores sólo tenían libros desportillados, botones y cosas por el estilo,  pero lo peor era la cómoda, vieja, grande y pesada. Los cajones se habían  hinchado por la humedad y costaba un mundo abrirlos. David debió hacer uso de  toda su fuerza para revisar sus contenidos

El  último cajón resultó el más duro de todos.  David estuvo largos minutos tratando en vano de abrirlo, hasta que  finalmente, con un chirrido espeluznante, el cajón se abrió. El esfuerzo no  parecía haber valido la pena, porque el cajón estaba vacío. No, un momento. David
se agachó y manoteó dentro del cajón hasta que sus manos agarraron algo. Una  tela. David tiró de ella, que parecía estar atrapada en una esquina,  hasta que finalmente, con un chasquido, la  tela cedió y David cayó de espaldas sosteniéndola.

David  se puso de pie. Era un gran pedazo de tela blanca, parecía, no,  era una sábana. Una sábana, eso podría ser un  disfraz de fantasma estupendo. David la estiró sobre la cama y vio que la  sábana tenía dos agujeros. Justo lo que necesitaba, los ojos. Se echó la sábana
encima y de inmediato le calzó a la perfección, cierto que era un poquito  larga, pero ni le molestaba, caminaba muy bien dentro de ella, como si flotara.
Qué divertido, quizás la tía Silvia, con  su cara de fantasma, se había disfrazado con esa misma sábana. David  estaba exultante de felicidad. Ya no tendría que hacer el ridículo con el traje  de hombre araña. Se acercó al espejo del tocador y se observó en él. ¡Qué onda,  estaba genial! Los ojos parecían dos agujeros negros en la sábana, nunca había  visto algo así. David pensó que en poco rato comenzarían a salir los primeros  niños, se sacó la sábana, fue hasta la ventana y la abrió. Nada, era demasiado  temprano.

En  espera del momento indicado, descorrió el pestillo de la puerta. Volvió a  vestirse con la sábana y tomó la bolsa con que saldría a pedir dulces. El  disfraz  le quedaba tan bien que parecía  haber sido cortado para su tamaño y le permitía caminar y sentirse tan liviano  como si flotara. David notó que la noche ya había caído, estaba cansado y  aburrido y sólo quería que dieran las diez para salir. Se tumbó en la cama a  esperar. Abajo, en la sala, el reloj de la abuela tocó las nueve. David dormía.

-¿David,  David, dónde estás?

Su  madre  abrió la puerta descubriendo,  sorprendida, que David no estaba en el cuarto de tía Silvia. Disgustada, vio  que su hijo tenía todo el cuarto en desorden. No había caso con este niñito,  qué desconsiderado. Cerró las puertas del closet, metió los cachureos en los  cajones y luego pensó que debía estirar la cama. David había dejado encima su  bolsa para dulces, que puso en el velador. Había algo más: estirada como una
persona sobre la cama, David había dejado  una sábana blanca, con dos agujeros negros para  los ojos. La  madre de David la estiró,  la dobló en dos, en cuatro y en ocho partes, la metió en el último cajón de la  cómoda y lo cerró con dificultad. Ahora ya todo estaba en orden.

Antes  de salir, apagó la luz.

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-Lo  compré para el dormitorio del bebé –dijo él.

Y  ella, sobándose la  barriga,  estuvo encantada. Decidió dónde debía ir  colgado y cuando ya estuvo en su lugar le sacudió el polvo.

-Me encanta, nuestro hijo tendrá un precioso  dormitorio – dijo ella.

Antes de irse a dormir, dieron un  vistazo. Todo estaba perfecto: la cunita blanca, las cortinas de cuadros  azules, algunos  animales de peluche
repartidos por allí y, en la pared, el retrato de un pequeñín al que le escurrían  tiernas lágrimas por las mejillas. Dejaron la  puerta cerrada.

A las tres de la madrugada, él se  levantó por primera vez y fue hasta el cuarto del bebé dando tumbos en la  oscuridad, abrió la puerta y miró dentro.  La luna se había colado por entre los pliegues de la cortina y el niño  del retrato  adquiría un aspecto  soñoliento. Volvió a la cama sin cerrar. Aun debió levantarse dos veces más.

-Tienes  cara de sueño –comentó ella cuando le sirvió el desayuno.

-No  pude dormir, un  bebé se la pasó llorando  toda la noche- dijo él.

-¿De  veras? No lo escuché, debe ser la pareja  que llegó al 1001. Creí ver una cama de niño cuando se mudaron.

La  noche siguiente empezó tranquila y terminó bruscamente a la una con cincuenta.  El niño  del departamento vecino largó el  llanto y no paró hasta el amanecer.
Mientras su esposa dormía plácidamente, él se dio vueltas  en la cama toda la noche. Cuando aclaró, el  niño se quedó dormido y paró el lloriqueo.

Dos  semanas después,  él estaba notoriamente  afectado. Oscuras sombras  rodeaban sus  ojos, había perdido peso y un rictus le deformaba la boca.

-Tenemos  que reclamar – le dijo esa mañana-, no es posible que dejen llorar al niño  todas las noches. Si no se van ellos, nos mudamos nosotros, pero algo hay que  hacer.

Después,   como si recién se le hubiera ocurrido, preguntó:

-¿Tú  crees que lo torturarán?

-¡Tú  estás loco!

-Es  que no lo has escuchado llorar, es terrible.

Esa  noche tampoco pudo dormir. Apenas había cerrado los ojos cuando ella lo remeció  y le dijo.

-¡Es  la hora, empezaron las contracciones!

Llevó  a su esposa a la clínica, donde quedó internada. A pesar de su insistencia en  quedarse a acompañarla, el médico lo envió de regreso, no sería de utilidad por  el momento, faltaba demasiado.

De  regreso en el departamento,  se dedicó a  limpiar  cuidadosamente. Todo debía estar  en orden cuando su esposa regresara a casa con el bebé. Se acostó tarde,  comió mirando televisión un sándwich enorme y  un paquete de papas fritas, regó todo con una bebida de soda. Estas serían, de
seguro, las últimas horas de paz antes de que  la madre y el futuro bebé estuvieran de regreso.  Se quedó dormido  durante un partido de fútbol.

Y  despertó poco después. El bebé de los vecinos lloraba más fuerte que  nunca.  De vez en cuando, desesperado,  golpeaba con los nudillos en la pared, aún a sabiendas de que era difícil que  le escucharan; el llanto del  niño  apagaba cualquier otro sonido. Ahora incluso parecía que lloraba dentro de su  propio departamento, tanto que, algo avergonzado,  fue a mirar el cuadro del niño que lloraba.

Fue  de un lado para otro encendiendo las luces, abriendo y cerrando puertas,  ratoneando otros bocadillos en el refrigerador.mucho más tarde, cuando lo  revisó por tercera vez, el  cuadro del  niño que lloraba le enfrentó melancólico. De pronto sintió una oleada de furia  invadiendo su cuerpo. Jamás debió haber comprado ese cuadro, qué estupidez, no  hay nada peor que un niño llorón, no podía entender qué le había gustado del  dibujo.

Decidió que no lo quería más allí, nada de  llantos en el cuarto de su bebé, su hijo tendría un elefante, un rinoceronte,  un papagayo, cualquier cosa menos el niño que lloraba. Descolgó el cuadro, lo  sacó al pasillo y lo dejó afirmado en la pared. Apenas amaneciera lo echaría a
la basura.   Le dolía la cabeza a causa  del sueño y los ojos afiebrados  le  pesaban como  plomo derretido.

Repentinamente, notó que el llanto del  departamento vecino  había cesado como  por arte de magia.  Satisfecho, se  acurrucó en la cama y se quedó dormido de inmediato.

Habría  dormido unos veinte minutos cuando  el  llanto se reanudó. Esta vez, le costó despertarse, tenía demasiado sueño.  Intentó  no hacer caso del chillido, casi  el maullido de un gato triste, pero el llanto era tan persistente que  terminó por levantarse. Tenía sed, decidió ir  por un vaso de agua a la cocina. A oscuras, arrastró las pantuflas por el  pasillo, era incapaz de levantar los pies o al menos así se sentía.

Cuando  pisó el cuadro del niño que lloraba, su cuerpo saltó violentamente en el aire,  dio una voltereta en la oscuridad para después aterrizar  despatarrado  sobre el piso. Su cabeza, la última en tocar piso, se azotó contra  el  marco de la puerta, se zarandeó de un  lado a otro y finalmente cayó al piso, su cuello quedó formando un extraño ángulo en relación a su cuerpo.

En un instante,  el estruendo del golpe se desvaneció, el llanto del niño  siguió el mismo camino. Pronto, un pesado  silencio llenó el departamento.  En el  piso, bajo el cristal roto del cuadro del niño que lloraba, gotas de  lágrimas  comenzaban a empapar  las mejillas
coloreadas de rosa a pesar de que el niño parecía sonreír.

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Prepárate porque ya viene nuestro ya tradicional Especial de Halloween 2011. Y está de miedo!!

Este año con terroríficos cuentos recién escritos especialmente para tí. ¡Nos vemos!

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