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Archive for 19 febrero 2011

El Chupacabras  supo que era feo la primera vez que se acercó a un pozo de agua; espantadas, las aguas,  hasta entonces calmas como un espejo,  se rizaron violentamente para impedir que su imagen se reflejara  en ellas. El Chupacabras olfateó el aire  y constató que no corría la más delicada brisa.; temiendo lo que vería, se acercó y se inclinó  hasta que su imagen fracturada se fue armando en la superficie. Las aguas se habían congelado de espanto y allí,  con lujo de detalles, pudo  descubrir la horrible imagen con que la Naturaleza lo había  castigado  para la eternidad. Si bien el reconocimiento de su fealdad fue un duro golpe, el Chupacabras  aguantó con entereza. Si de fealdad se trataba, él sería el más feo de todos.

Desde entonces, el Chupacabras vivió ocultándose de los demás seres vivos.  Aprendió de inmediato que de noche todos los gatos son pardos y que si un chupacabras pasa casualmente por un lugar es mucho más difícil que se le vea cuando lo hace rápidamente.  En cuestión de semanas ya era un avezado corredor de larga distancia. Además, siendo, como es,  un perfeccionista,  se despeinó  la  opaca, hirsuta  pelambrera que lo cubre, y se la arrojó, un poco al desgaire, sobre aquel rostro que, como el de Medusa, amenazaba con volver de piedra a la humanidad.

En esa forma inexplicable que la Tierra dispone, la noticia de su aparición trascendió y, peor aún, se esparció como una marea. Al principio, temerosamente susurrada, luego, como tópico general. El Chupacabras supo que estaba perdido cuando la prensa lo puso en letras de molde y saturó páginas web con los detalles de su horrorosa apariencia e ilimitada crueldad.

Era cosa, entonces, de mantener la reputación tan duramente ganada. El Chupacabras continuó escondiéndose entre las matas, se arrastró por madrigueras y cavernas, zigzagueó entre las rocas, se olvidó de la luz solar. Cuando quería alimentarse las cosas se le hacían fáciles: tan sólo asomaba su esperpéntica figura y la víctima moría de pánico ipso facto.

Para consentir a la prensa y demostrando así lo muy consciente que estaba de la red de fantasías que se había tejido sobre su persona, recurrió a complicados sistemas para desangrar los cadáveres de sus presas. Vivió noches de furia aniquilando gallineros completos. Un reguero de ovejas, cabras y reses jalonó su ruta a través de América y los campesinos, aterrados, trancaron sus puertas y pasaron la noche en vela a la luz de una mísera candela.

El Chupacabras se enteraba sin mayor problema de todo cuanto se especulaba sobre él, después de todo, su cabeza es una especie de parabólica que recoge cada pensamiento, cada idea, cada chispazo que ser vivo alguno imprima en su cerebro.  Así supo que se le creía extraterrestre fugitivo, creación de los laboratorios de la CIA, monstruo ancestral, engendro diabólico. Ligeramente avergonzado de que su  aspecto diera para tanto, el Chupacabras sintió que un hálito de orgullo lo esponjaba entero: ¡Quién iba a decir que un humilde recién llegado alcanzara esas cumbres de la fama!

Y allí está, agotado por el  esfuerzo requerido por tarea de tal envergadura, pero con el espíritu incólume: nadie podrá decir jamás que el Chupacabras hace las cosas a medias.

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Apenas había sido presentado en sociedad cuando el Tenrec listado sorprendió a todo el planeta  con su novedoso sistema de comunicaciones: un código secreto que se trasmitía mediante el roce de sus púas cervicales. Como era de esperar, todo el mundo científico quedó con la boca abierta.  El Tenrec listado, diminuta criatura recientemente descubierta,   había  sido catalogado apenas un tiempecillo antes y ya estaba dando que hablar.  ¡Cómo era posible que un  animalito tan pequeño, casi insignificante, hubiera creado una manera tan  elaborada de comunicación! Cierto que era bonito…para tratarse de un erizo, y sin contar con lo escurridizo que era el animalito en cuestión.

Los primeros en manifestarle su  comprensión fueron los lemúridos. El Aye-aye en persona había organizado una manifestación de apoyo.

-Cualquiera que haya vivido en Madagascar puede entender la necesidad del Tenrec listado de mantener su existencia en secreto – arguyeron.

Cuando la prensa malgache les demandó mayor precisión se negaron tajantemente a aclarar sus palabras.

-El Hombre es un recién llegado en esta isla y no seremos nosotros quiénes le demos en el gusto -Dijo el Lémur de cola anillada.

-De haber seguido los consejos del Tenrec listado,  muchos miembros de mi familia seguirían  con nosotros -expresó el Aye-aye con su habitual ánimo fúnebre.

La aparición del Tenrec listado había puesto de cabeza a los zoólogos, que no pueden vivir sin entrometerse en la vida íntima de las especies.  Ahora, el descubrimiento del código secreto los tenía al borde del colapso  a causa de la curiosidad.

Los Tenrecs listados no hicieron el menor esfuerzo por facilitarles el problema. Simplemente,  continuaron paseando en los rincones secretos de la selva y frotaron  sus púas afanosamente hasta  comunicarse con todos los despistados que se habían extraviado por allí. Jamás habían esperado la popularidad y desde la aparición en BBC  se reunían  diariamente para rogar al Creador por el urgente fin de la televisión.

-Ya ni  a escondidas se puede vivir tranquilo en este planeta -reclamaron.

Porque  mucho antes que el hombre, ese desagradable y presuntuoso ser que se cree amo de la Tierra,  osase siquiera pisar las arenas de Madagascar, los Tenrecs listados habían padecido los abusos de cualquiera que fuese más grande que ellos. Y vaya que eso no es nada difícil. Los Tenrecs habían llegado a creer que las Fossas  eran la manifestación misma del mal hasta que finalmente el hombre había aparecido por allí. Cuando eso sucedió, el Tenrec listado se escondió en el corazón de la selva y puso a sus Consejos de Sabios a trabajar en la solución del problema y así fue como se llegó al Código Secreto.

Porque sin rugidos, sin alaridos, sin chillidos…¿cómo puede uno comunicarle a las crías despistadas que se están exponiendo al peligro?

Hasta que a un genio se le ocurrió la genial idea:

-Podemos frotar nuestras púas cervicales y crear un lenguaje con ellas -propuso.

Una ovación cerrada  saludó sus palabras y como  de sobrevivencia se trataba pusieron púas a la obra de inmediato.  Lo que no fue fácil, El Creador y La Naturaleza estaban tan ocupados con las especies importantes que ni siquiera respondieron su solicitud de Cambio Físico. A los Tenrecs no les quedó más remedio que proceder a la antigua usanza:  trabajo evolutivo duro, lento y concienzudo. Léase, milenios.

Hasta que al fin nació  una generación  con púas bien adaptadas y que tenía el lenguaje secreto bien inscrito en su código genético. Los Tenrecs listados dieron un suspiro de alivio pensando que la supervivencia de su especie al fin estaba asegurada y continuaron viviendo en paz.

Pero ahora, después de la mala jugada que les hizo la televisión británica andan con el ánimo por los suelos.

– ¿Quién puede ser tan idiota como para desear esos malditos quince minutos de fama? -alegaron- ¡Ni que fuéramos hombres!

Y se dice por la selva que están abocados ya a conseguir una nueva  fórmula que les asegure el anonimato que siempre  quisieron.

 

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