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Archive for the ‘cuentos’ Category

sillaruedas

 

Juanpa tiene un año tres meses, es guapo, vivaz y precoz. Ya se siente capaz de perseguir a su hermano diez meses mayor y lo persigue con esos pasitos  ridículos de los niños que aún usan pañales. Juegan a la pelota, desparraman sus juguetes por toda la casa y siempre tienen las mejillas ligeramente pegajosas y algo manchadas de chocolate. ¿A qué pequeño no le gusta el chocolate?

Hoy, aunque los niños no lo tengan claro, es un día especial: hoy, papá está de cumpleaños. Quizás por ese motivo Juanpa y su  hermano mayor están mucho más felices, mamá está contenta, se afana en la cocina y no está tan al pendiente de sus andanzas. Mamá prepara una torta.

La tarde es tranquila en las afueras del pueblo. Los niños van al jardín y juegan con tierra, cortan hojitas, se sorprenden con los pequeños insectos y sus recorridos que parecen carecer de sentidos. Hormigas van, hormigas vienen, siempre a toda prisa y sabe quién con qué motivo y a qué misterioso destino.  En algún momento, Juanpa se siente solo, su hermano  ha desaparecido de su vista.  Sin temor, Juanpa lo busca, curiosea, se mete entre las plantas dejando tras  su paso una lluvia de pétalos rosados.

En algún momento, Juanpa encuentra la llave del agua, la manguera cuelga de ella y a Juanpa le gusta el agua. Quiere abrirla, liberar ese magnífico chorro cristalino para que corra a lo largo de los canteros dibujando corrientes en todas las direcciones.

Le gusta ese lugar. Es ahí donde Juanpa descubre a menudo cosas interesantes:  herramientas, guantes, ramas, macetas. ¡Cómo le gusta rebuscar ahí!  Con los ojitos brillantes apenas sombreados por las largas pestañas aterciopeladas, Juanpa se pone de puntillas y revisa con interés. Y claro, ahí está el tesoro.

El tesoro es un paquete de pastillas y a Juanpa le encantan las pastillas. No son bonitas como las que mamá suele darle. No, estas pastillas no son ni rojas, ni amarillas, ni azules, ni blancas, tampoco brillan, pero están ahí, casi al alcance de su manita y Juanpa las descubrió solito.

La puerta de la cocina está a un par de metros. “Juanpa”, llama mamá y Juanpa sabe que tiene que apurarse. La batidora manual zumba  sobre las claras batidas a nieve y una nube de azúcar despliega sus cristales sobre el bol.

-Juanpa.

Juanpa  chupa la primera pastilla y descubre con desilusión que no es rica, pero a Juanpa le gusta chupar y sigue chupando. Después de unos segundos la desecha. Es demasiado mala. Juanpa tiene razón, las pastillas  de veneno fosforado para matar pulgones no son buenas. Juanpa tiene mal sabor en la boca, escucha el llamado de mamá y entra en la casa.

Los niños  juegan en su dormitorio tratando de imprimir un toque más personal al pequeño caos de juguetes. Juanpa no se siente bien, se deja caer al piso. No sabe qué le pasa, las cosas dan vuelta a su alrededor. Hasta ahora,  Juanpa nunca  tuvo tiempo para saber  que las cosas podían…

Un grito de alarma  quiebra la tranquilidad de la casa, alguien ha descubierto a Juanpa. El pequeño tiembla y sus ojitos están  casi en blanco.

Las horas siguientes son difíciles de recordar. Los gritos de auxilio, el vecino que pudo llevarlos al lejano hospital, la entrada a Urgencias con el niño trémulo en brazos, blanco como una hoja de papel. Mamá nunca olvidará ese terrible día. Nadie en la familia podrá hacerlo.

Unos días después,  junto al cuerpo exánime de Juanpa, su hermanito mayor levanta los ojos hacia  la mamá y pregunta:

-¿Mi hermanito nunca más va a jugar conmigo a la pelota?

Mamá tiene un nudo en la garganta, no puede responder. ¿Te vas a ir, Juanpa? –piensa-No sé cómo podría vivir sin ti, no te vayas, Juanpa.

A Juan Pablo le encantan las pelotas, siempre han sido de sus juguetes favoritos.

Juan Pablo es un guapo chico de casi 18 años. Tras un largo camino sin ayuda de instituciones de ningún tipo, Juan Pablo hace su terapia  en el centro médico de una dama generosa. En la piscina Juan Pablo puede ponerse de pie y dar pasos  lentos, algo pesados, que lo llenan de orgullo. Normalmente se desplaza en su silla de ruedas, sin ella, gatea.

Juan Pablo hace policromía y guateros de semilla. A pesar de sus dificultades, se empeña en usar sus manos. Ama las cosas bellas.

El mejor momento del día para Juan Pablo es cuando mamá regresa a casa.  Entonces, se sientan a ver tevé en el sofá. Juan Pablo se acurruca junto a mamá, pegadito, pegadito.

-Juan Pablo es amor sin restricciones –dice mamá.

Le besa la frente. Juan Pablo le coge la mano y la cubre de besitos húmedos. Juanpa, después de todo, se quedó para siempre junto a mamá.

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A Carlos le llamó la atención lo que parecía un gran lagarto que le pasó por delante con rapidez asombrosa. Fue tras él y lo encontró asechando a otro lagarto más pequeño, al que le mostró amenazadoramente los dientes, después brincó sobre este de una manera increíble y lo mordió, a continuación lanzó un chillido, se sacudió varias veces, dio unos cuantos saltos y nuevamente se puso en guardia.

Su próxima víctima fue una lagartija, pero esta vez, cuando finalizó la pelea, no chilló ni se zarandeó, solo se estiró en el suelo y al rato quedó dormido. Al despertarse caminó torpe y lentamente, se encaramó en un árbol y miró al descuido un nido de pájaro. Trató de coger un huevo, sin embargo, cambió de intención al interponerse otra lagartija a la que se comió al instante. Bajó a la tierra y volvió a dormitar.

—¡Qué dormilón es! —dijo Carlos—. Parece que solo hace comer y…

—Dormir, pues te equivocas, también sé hacer juegos de habilidad.

El niño dio un salto parecido al que daba el animal y ya se iba a echar a correr cuando este se le plantó delante y con una destreza increíble hizo todo tipo de cabriolas dejándolo boquiabierto. Una especie de sonrisa afloró a los labios de Carlos, aunque despareció al momento cuando lo vio lanzar por la boca un chorro de agua. El niño trató de correr, pero tenía paralizadas las piernas, como si algo se las estuviera sujetando. Una risa socarrona se oyó y el animal habló:

—Son tan pequeñas las lagartijas que no saciaron mi apetito —y miró con picardía a Carlos que, perplejo, abrió los ojos temiendo que fuera a embestirlo. No obstante, el lagarto con mimo lo invitó a jugar haciendo piruetas como para que también las hiciera.

Aterrado, Carlos intentó de nuevo echarse a correr, pero tampoco lo consiguió y no le quedó más alternativa que quedarse a mirar las contorsiones del lagarto y, al rato, reírse de ellas.

—Ríe, cantaré para ti —y cantó canciones tan lindas que Carlos se distrajo, después quiso que el niño se montara en su lomo espinoso.

—Me pincharía —dijo con desconfianza.

—No. Tócalas, son suaves como cabellos.

Carlos, con manos temblorosas, lo hizo y se percató que era cierto.

—Móntate en mi lomo, te llevaré a pasear.

El niño titubeó, pero impulsado no sabe por qué, se subió y al animal le brotaron unas alas enormes. Salió volando y lo llevó a una pradera donde había un río.

—Báñate en sus aguas, son apacibles, sé que te gusta nadar, te espero aquí —dijo el lagarto y se acomodó en la hierba.

Carlos no vaciló y se arrojó al agua. Nadó un rato hasta que el fantástico animal le dijo que era hora de ir a otro lado y lo transportó hasta la cima de una montaña en la que había pájaros de plumajes hermosos.

—Puedes llevarte el que más te guste, con la condición de que lo cuides siempre.

—¿De verdad?

—Sí, para alimentarlo, tienes que llevarte esas semillas que hay en ese árbol, solo comen de ellas.

—Por mucho que recoja no me alcanzarán.

—Cuando llegues al patio de tu casa, sembrarás algunas de ellas y nacerán árboles que crecerán enseguida.

Carlos recolectó algunas y se las echó al bolsillo, miró a los pájaros y escogió al de llamativo color verde en el cuello, amarillo intenso en el pecho, de cola y alas, azul intenso. Trató de asirlo, pero el pájaro se apartó y lanzó un estridente trino.

—No. Espera que le hable —dijo el lagarto, se le acercó y le susurró algo. El pájaro vino apresuradamente hasta donde estaba el niño y se le posó en el hombro.

—Ahora vamos al río de la risa —y fueron a la ladera de la montaña donde un río reía a carcajadas y Carlos, contagiado por ella, lo hizo también.

—¿Te atreverías a lanzarte en sus aguas y coger un pez color pardusco con una raya azulada en el lomo y algunas verdosas brillantes en las aletas y traérmelo? ¡Necesito tenerlo!

—¿Para qué? ¿Es grande el pez? ¿No me lastimará?

—No hagas preguntas, ya me he convertido en tu amigo, nada malo querré que te suceda. Es pequeño y nada te hará si lo agarras cuando esté distraído; espera un descuido de él. Solo tienes que decir tres palabras para que puedas cogerlo —dijo y se las musitó.

El niño las repitió varias veces pues eran muy enredadas, después se lanzó al agua. Regresó con el pez y se lo entregó, este lo acarició y dijo las mismas tres palabras que le había dicho a Carlos y el pez se esfumó. El lagarto se transformó en un niño de estatura pero con la cara arrugada. Luego le dijo a Carlos:

—Me quitaste el hechizo que ese pez precioso me hizo hace mucho tiempo por haber querido atraparlo. Me dijo que me permitiría poder hablar y que solo si alguien lo cogía diciendo las mismas tres palabras con que me hechizó y lo traía donde yo estaba y también yo las decía, se rompería el encantamiento.

Carlos, sorprendido, retrocedió e intentó huir; el otro niño le dijo que cómo iba a hacerlo si no sabía el camino de regreso. Además, si se había atrevido a ir de paseo en un animal espantoso, cómo era posible que ahora que era una persona como él, le temiera.

Carlos razonó y se quedó quieto, luego dijo:

—Es que han pasado cosas tan increíbles y en tan poco tiempo que me asusté. ¿Cómo te llamas? ¿Cuántos años tienes?

—Arnaldo. Ya he perdido la cuenta de los años que tengo, debe ser más de cien.

—Tienes estatura de niño, aunque por la edad, y el rostro ya eres un anciano. En todo ese tiempo, ¿permaneciste en silencio? ¿Dónde vives?

—Los viejos nos vamos encogiendo. ¿Acaso no lo sabes? Antes conversaba con una persona, se hizo anciano y dejó de venir por aquí —aclaró y caminó torpemente—. Ahora que me hiciste esa pregunta, recuerdo lo que me dijo la última vez que lo vi, habló de unos parientes, a lo mejor se fue a vivir con ellos y por eso no volvió. Vivo muy lejos, para poder regresar con los míos debes zambullirte en el agua nuevamente y atrapar otro pez pardo con unas manchas amarillas, se diferencia de los demás de ese mismo color porque tiene una mancha más grande que los otros en la cabeza, dile que Arnaldo te mandó a buscarlo, después suéltalo.

— ¿Y cómo regreso yo para mi casa?

—Luego te lo diré, ahora anda por el pez.

Carlos se zambulló en el agua y vio al pez y cuando le dijo que Arnaldo lo había mandado a buscar, titubeó, pero luego salió a la superficie.

—Arnaldo, ¿quién te ayudó a quitarte el hechizo?

—Luego te cuento. Donde está Carlos…

— ¿Quién es Carlos?

—Con quien te mandé a buscar.

—Lo dejé allí mirando a otros peces…

—Ve a buscarlo no vaya a ser…

—Es cierto, puede que le hagan daño —y enseguida se marchó. Al rato regresó con el niño.

—Arnaldo, ¿quieres que te lleve a casa? —le preguntó el pez.

—Sí, pero primero llevarás a mi amigo Carlos —se acercó al niño y le agradeció su valentía. Luego le dijo que cuando quisiera encontrarlo, solo tenía que pedírselo al pájaro que había escogido y él lo llevaría hasta él pues podía aumentar de tamaño. Le contó de su amigo, el pez, que a veces se convertía en pájaro y que fue quien le había enseñado esos lugares y dado el don de hablar con los pájaros y a adiestrarlos.

El pez lanzó una carcajada, pero luego les dijo que debían irse antes de que el otro pez hechicero, que también a veces se convertía en pájaro, llegara, y le pidió a Carlos que se subiera encima de él con el otro pájaro. Así lo hizo el niño y el pez se convirtió en un hermoso pájaro, alzó el vuelo y en el trayecto le fue contando a Carlos cómo conoció a Arnaldo y del otro pez que gustaba de hacer maldades a los niños.

Cuando Carlos llegó cerca de su casa, el pez-pájaro le pidió que sembrara enseguida las semillas, que cuidara del pájaro, que este lo ayudaría si se encontraba en aprietos y se marchó. El niño con el pájaro a cuestas llegó al patio de su casa y sembró las semillas. Al momento, vio cómo surgían retoños que poco a poco fueron creciendo. El pájaro le pidió al niño que no lo enjaulara, pues nunca se iría de su lado.

Sorprendido una vez más, lo acarició y lo dejó libre. Entró a su casa, les mostró a sus padres el pájaro y señaló a las plantas y les relató. Estos no se asombraron, dijeron que ya un anciano les había contado que conocía a un lagarto que estaba embrujado desde hacía tiempo y que conocía el lenguaje de los pájaros.

—Se llama Arnaldo y ya no es un lagarto, es un anciano, por eso su andar es lento —dijo Carlos.

—Sí, un anciano con porte de niño. ¡Fue embrujado hace tanto tiempo! —dijo la madre y lo acarició.

Carlos pensó:

“Y yo que pensé que no me iban a creer”.

Luego el niño corrió al patio a jugar con su pájaro y se maravilló al oírlo hablar con tanta fluidez. Miró a los árboles que ya comenzaban a brotarles las vainas de las semillas. Abrió la boca y los ojos tan grandes que el pájaro entre risas le dijo:

— ¡Cuidado, que por la boca puede entrarte el pez hechicero!

Carlos cerró la boca y hasta los ojos, lanzó una carcajada y sus padres vinieron a ver de qué se reía. Cuando lo supieron, también rieron del chiste del pájaro

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Estimado lector:

Este libro es el resultado de una operación secreta de inteligencia que se originó a partir de la instalación de un comedor para pájaros en un lugar del mundo que llamaremos Terrandina. Los nombres de los protagonistas han sido cambiados para proteger a los inocentes, sin embargo, como medida de seguridad ante posibles complicaciones internacionales, se  entrega a continuación  una breve lista de información  que podrán utilizar si deciden repetir la experiencia.

Sea cuidadoso, nos enfrentamos a seres de extraordinaria inteligencia que harán cualquier cosa por revertir los índices de despoblamiento a los que han sido expuesto por sus enemigos naturales: los hombres.

El autor

Desventuras ocasionadas por un plato de semillas  surtidas

Sumamente molesto,  Zorzalo López se pasea debajo del limonero con sus alas  cruzadas a la espalda y la cabeza baja. Sus chirridos se pueden escuchar en todo el jardín. Doña Zorzalina, que considera de buen criterio desaparecer del mapa cuando su marido está con ese geniecito, se mete en la maraña de la hiedra y agarrando la pequeña escoba de pasto seco desempolva cuidadosamente el  nido familiar. Una vez más, los polluelos dejaron regados sus juguetes y buena parte del alpiste que a  Zorzalo le tomó tanto tiempo recoger.

            -No hay derecho,  -alega  Zorzalo a uno de sus amigos- he vivido en este jardín desde mi primer aleteo,  ni siquiera había emplumado cuando me asomé al balcón por primera vez, mi padre fue el primer colono del sector,  y mire usted, tener que soportar la desconsideración de estos recién llegados,  advenedizos con mucha pluma y poca educación…

 El joven Leotordo Trillo mueve la cabeza para expresar su simpatía y acompaña a su amigo en sus paseos. Leotordo tiene alma de dandy, viste de negro riguroso y se comporta  siempre como si estuviese en camino -de ida o regreso- de  una fiesta de gala. Leotordo  es tan renegrido que sus plumas se ven azules e imita tan bien el tranco de su amigo que casi parece la sombra de  Zorzalo. A veces Leotordo  ve un chanchito que asoma  debajo de una piedra y  se lo zampa en un santiamén.  Zorzalo no se alcanza a dar ni cuenta.

Es cierto que  Zorzalo tiene buenas razones para estar tan indignado.  Es que los Palomérez le han causado ya tantas, incontables molestias. Jamás, por ejemplo, se les pasó por la cabeza pedirle permiso para alimentarse en su territorio. Nunca, ni en el mejor de los casos, esperaron a ser invitados. Simplemente, un día cualquiera, los Palomérez y los Gorriontínez se dieron cuenta de que la vecina de la calle  Queltehues N° 5 ponía diariamente un plato lleno de migas selectas y semillas surtidas en el jardín de los López y entonces se dejaron caer como vulgares paracaidistas, se llenaron la panza, armaron un barullo de padre y señor mío, tiraron sobras por donde pillaron y luego se echaron a volar sin tomarse siquiera la molestia de dar las gracias al dueño de nido.

Ambas familias son de temer. Los Gorriontínez son más numerosos que un banco de sardinas, tragan como si se fuera a acabar el mundo y tienen  todas las características del antisocial típico. Es  cosa sabida que los grotescos rayados que afean los nidos del barrio  los hicieron los muchachitos Gorriontínez con sus propias alas (y algo de ayuda de esos desagradables envases en spray). Y en cuanto a los Palomérez, si bien nunca tan numerosos, constituyen la familia más belicosa de toda la comuna. No les basta con venir a comer, sino que se la pasan peleando todo el día, dan vuelta  el plato, se lavan las patitas sucias en la fuente y  engullen los mejores bocados.

-¡Ya no los soporto! -reclama don Zorzalo.

Y Leotordo, tan caballero siempre, se agarra las alas color azabache y menea la cabeza comprensivo mientras ejecuta con su vecino el paseíto bajo el limonero que de tanto repetirse ya ha dejado una delgada huella de patitas.

Zorzalo estima mucho al joven Leotordo, después de todo, él fue de los primeros en tener la gentileza de solicitar su permiso para  comer en el jardín. “Tan caballero este Leotordo, piensa don Zorzalo, con pájaros  como él,  da gusto compartir  la bodega”.

Leotordo, Golondrisa Petrucciani, doña Mari Loica Huenumán y la familia Chincólez  siempre han sido muy correctos. En cuanto corrió el rumor de que la vecina del número cinco había instalado un almacén para aves justo en el jardín de don Zorzalo, se atusaron las plumas, se lavaron la cara en la manguera del número dieciséis y fueron pasando, uno tras otro por  el balcón del dueño de nido.

-Cómo le va, don Zorzalo, tanto tiempo que no lo veíamos. Saludaban los Chincólez.

Y  le pasaban un escarabajito verde, cosecha del ’99, que doña Elisa   había guardado para una ocasión especial.

-Pero qué delicadeza, -Zorzalo, todo cocoroco- ¿se quedarían a picotear con nosotros?

-¿No será molestia? –  Juanito Chincólez, haciéndose de rogar.

-Faltaba más, don Juanito, si hay para todos,  la bodega se renueva a diario, a  menudo, dos o tres veces al día.

-¡No le puedo creer!

Y  entre cáñamo y alpiste comentaban con el pico lleno la suerte de don Zorzalo;  quién no  quisiera vivir al lado de un humano desprendido, rara especie.

-¿No estará loca? – se preguntaba doña Elisa refiriéndose a la humana del N° 5.

-No seas pájara de mal agüero, mujer.- Su marido, algo molesto.

En eso estaban cuando Leotordo y su señora esposa aparecieron volando, con una lombriz fresquita colgada del pico.

-Cómo le va, don Zorzalo, doña Zorzalina, les traíamos un engañito.

-Pasen, pasen, que las migas están tiernas, recién llegadas de la cocina.  Qué lombriz más bonita, muchas gracias,  mañana mismo  la meto al horno. – Feliz doña Zorzalina porque ya tenía resuelto el almuerzo del sábado.

Así fueron llegando los conocidos del barrio.  Golondrisa Petrucciani, con un paquete de hormigas acarameladas que volvió locos a los niños, Mari Loica con una docena de empanaditas de pulgón que estaban de chuparse las plumas.  Después de almuerzo se sentaron a descansar en las ramas del limonero y  Golondrisa, que se cree diva de la lírica desde su viaje a Italia,  les cantó algunas de sus arias favoritas.

-La viola e mobileeee, qual piuma al ventooooo…

Algo terrible, Golondrisa Petrucciani no tiene el menor sentido de la armonía, pero todos eran muy bien educados y la escucharon sufriendo en silencio. Cuando al fin terminó aplaudieron de felicidad porque se había acabado el suplicio y  Golondrisa  quedó feliz porque creyó que sus aplausos  eran sinceros. Estaba a punto de seguir con otra cuando  Mari Loica Huenumán, inspirada por  la desesperación, propuso que don Juanito Chincólez entonase su conocido tema “Han visto a mi tío Agustín”, que fuera  tan popular hace unos años. Todos quedaron felices, don Juanito porque relucía sus viejos oropeles y los demás porque se había callado Golondrisa.

La tarde se iba tan grata como el almuerzo. Todos con la pancita a reventar  y el plato todavía lleno de comida seleccionada. Doña Zorzalina aprovechó de guardar algo en la despensa e invitó a sus amigas a que hicieran lo mismo.

Pero repentinamente, ante la sorpresa de todos, aparecieron volando los  Palomérez y los Gorriontínez, que sin decir agua va se dejaron caer encima de la comida, metieron las patas en el plato, tiraron semillas por todos lados y se apropiaron del jardín de don Zorzalo, ensuciándolo todo y armando tremendo barullo con la seria intención de no dejar un grano de alpiste de recuerdo.

En medio de todo,  Palomingo Palomérez iba de un lado a otro asestándole picotazos por la cola al resto de la familia, porque es bien sabido que es un palomista terrible, al que no le gusta que nadie coma antes que él. Claro que de poco le servía su agresividad, puesto que mientras él armaba camorra a sus familiares, los Gorriontínez comían apresurados para ganarle el quién vive.  Muy pronto dejaron el plato vacío y después se echaron a volar muertos de la risa.

El consuelo de don Zorzalo, poca cosa, por cierto, era ver que en cada una de sus pasadas Palomingo  asestaba gran picotazo a una paloma de hierro oxidado que dormitaba su vejez  al pie del quitasol. ¡Tan tonto era Palomérez que no atinaba a darse cuenta de que se estaba metiendo con una paloma de utilería!

Cuando todo terminó, los dueños de casa y sus amigos quedaron estupefactos. Parecía que Aguilatila, rey de los aguilunos, había pasado por allí. El plato estaba volcado, la fuente inmunda, las cáscaras de las semillas volaban por el piso y en la muralla trasera del nido de los López algún grosero chico Gorriontínez había escrito una barbaridad que mejor ni les cuento. A  Zorzalina le dio un ataque y se tuvo que ir a recostar en su camita de hojas de menta.   Zorzalo estaba terriblemente deprimido.

Entonces fue cuando Golondrisa Petrucciani mostró su lado práctico de europea. En menos de cinco minutos organizó el trabajo, asignó responsabilidades y mientras cada uno hacía su parte, fabricó con sus propias alas una escoba de hierba con la que dejó flamante el jardín.   Zorzalo estaba tan agradecido que ahí mismo decidió que compartirían el almuerzo diariamente y por último, sugirió que un día que el vecino le cortase el césped del jardín los iba a invitar a una parrillada de lombrices.

-Pican como locas cuando el pasto está corto y recién regado, – contó- nos podemos dar un banquetazo.

Doña Zorzalina, que lo escuchaba desde su camita casi tuvo otro ataque, cómo se le ocurría a Zorzalo andar contando lo  de las lombrices a medio mundo. Ya vería ese irresponsable cuando se fueran las visitas y ella se levantara. ¡Si no hubiera sido por el tremendo dolor de cabeza que tenía!

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397839362_ed5956244e–  Nos veremos en la plaza… mañana… ¡a las 4!

A Mauricio le daba vueltas la cabeza, de pronto se encontraba frente a quién era posiblemente el peor matón de colegio de había conocido en su vida.  Pero claro eso no era todo, no sería nada que estuviese frente a él, sino que Mauricio, sin estar muy seguro de cómo había llegado a ese punto, estaba siendo retado a la pelea del año.

–    ¿Y tú le has pegado a alguien?, porque te informo que eso es como lo principal de una pelea.

–  ¡Estás loco!, mis padres me matarían, si no fuera porque no creen en la violencia.

Hay algo que tienen que entender acerca de Mauricio y su familia, ellos no son de lo más “tradicionales”, de hecho todo lo contrario, los padres de Mauricio son parte de una raza casi extinta: Son hippies.

Lo que la mayoría de la gente ve como muchas flores y colores, para Mauricio era una verdadera pesadilla. Es que no es fácil ser el chico nuevo en el colegio, más aún con costumbres familiares que rayan en la psicodelia.

Ya hacía un año que Mauricio, por primera vez en su vida, había emitido un juicio totalmente contrario a lo que sus padres esperaban de él y frente a todas las aprensiones que ellos podían tener, había decidido dejar el alma mater de papá y mamá, “El Instituto Kimeltu de las artes y la ecología”, para emprender un futuro sumamente corriente en el Liceo más cercano.

–  ¡Tanto potencial desperdiciado!, ¿y qué es eso tan especial que enseñan en ese liceo para que quieras cambiarte Mauricio?

–  Bueno… Matemáticas, Física, Gimnasia… No se, lo típico supongo.

–  Y todos los valores que te hemos inculcado, el amor a la naturaleza, el misticismo…

–  Si papá, eso es todo muy lindo, pero tú sabes que con misticismo no se llega a la universidad.

–  ¡¿Universidad?! Tú crees que la inspiración del pintor, la pasión del poeta, ¿tú crees que eso se enseña en una Universidad?

–  No, creo que no, pero Ingeniería…

En ese instante la respiración del padre de Mauricio se detuvo por exactamente 10 segundos, tiempo suficiente para que sus chacras terminaran por desalinearse.

–  Esto es el fin, ¡Quiere ser ingeniero!

Luego de mucho debatir – porque sus padres nunca discutían, ellos debatían, lo que significa un intercambio libre de ideas – por fin dieron su brazo a torcer, dando así paso a una larga lista de eventos que culminarían el día de la gran pelea.

–  ¿Yo soy o no soy tu amigo?

–  Claro que lo eres.

–  Pues como tal te recomiendo lo más sensato: ¡Escapa!, escapa lo más lejos posible, porque  te digo que Molina te va a pulverizar.

Por mucho que la opinión del Seba fuera por lejos la más pesimista del planeta, Mauricio no podía dejar de pensar que tenía toda la razón.  El no estaba listo para enfrentarse a un peleador profesional, si para algo no había sido preparado en su vida era para pelear; sobrevivir de la naturaleza en caso de perderse en el bosque o  clasificar las variedades de té de hierbas que se producen artesanalmente en Chile, para eso sí que estaba preparado.

Camino a casa repasaba el día tratando de evitar al menos en su mente el fatídico instante en que él mismo se había sentenciado a muerte.  Desde su primer día de clases en el Liceo, Mauricio supo que se le haría difícil encajar, y no era sólo esa estela de olor a aromaterapia que lo seguía a todas partes, es que a cada momento le salía lo “hippie” de adentro.  Si no era el pan integral con tortilla de berro al almuerzo, era el chaleco tejido a mano con lana de alpaca.

– Chicos, hoy hablaremos de los ‘60. Una década repleta de eventos trascendentales…

Con esas palabras comenzó el final de los días de Mauricio.  La verdad al principio todo iba bien, el profesor habló de montones de temas relacionados con la década del ’60: Les contó a los chicos sobre las primeras exploraciones del espacio e incluso del surgimiento del feminismo – tema que para el porcentaje masculino de la asistencia, no resulto tan atractivo como el primero.  Mauricio estaba interesadísimo, le encantaba la historia y el profesor Rodríguez hacía las clases entretenidísimas representando los temas a manera de teatro.

–  Y como muchos de ustedes deben saber, a finales de los ’60 se realizó en EEUU un concierto que marca la manifestación más grande de un movimiento nacido en durante esta década.  “Woodstock” reunió a algunos de los artistas más importantes en torno a la congregación más grande de hippies que el mundo hubiera visto.

Mauricio había escuchado miles de veces del concierto del ’69, tanto que a veces sentía como si hubiese estado ahí y pese a que él, por susto, NUNCA hablaba en clases, no podía evitar en su cabeza interrumpir al profesor con correcciones y acotaciones al tema que hubiesen completado la narración de su maestro, mas de repente se alzó una mano a la mitad del relato interrumpiendo al profesor:

–  Profesor, disculpe, pero qué es ser “hippie”

Mauricio no pudo evitar ahogar una pequeña risa al escuchar la pregunta de su compañera.

–  Bueno Camila, de hecho iba para allá.  Este es un movimiento surgido durante la década del sesenta que postulaba la libre expresión y el amor por sobre la guerra entre otras cosas como…

–  ¡Vagos!

Todo el salón de clases quedó en absoluto silencio ante la categórica sentencia del Pancho – también conocido como el matón Molina.

–  ¿Qué dijiste Mauricio?  Dijo un profesor bastante desorientado.

–  Lo que escuchó.  Mi padre me ha hablado de esos tipos y dice que son todos unos vagos.

Algo apretó el pecho de Mauricio, el tenía claro que sus padres podían ser un poco locos y que esa locura lo exasperaba de tanto en tanto, pero ¡nadie los llamaba vagos sólo por ser diferentes! Fue entonces que Mauricio se dio cuenta que estaba de pie junto a su puesto con un ardor que le llenaba el pecho.  Nadie había visto nunca a Mauricio de pie frente a la clase. Su  mejor amigo, el Seba, ni siquiera se acordaba de la última vez que lo había escuchado dar una opinión en voz alta en alguna de sus clases, pero ahí estaba, fijando la mirada sobre el matón Molina, que se la devolvía sin temor.

–  ¿Se te perdió algo?

–  N…no deberías hablar a…a…así de gente que no conoces.  No tienen por qué ser vagos sólo porque tu papá lo dice, ¿qué sabe él?

El matón Molina se puso de pie sin dudarlo y se le paró delante con la nariz pegada a la de Mauricio, o por lo menos 20 centímetros por sobre la suya, es que era el más grande la clase.  Mauricio tiritaba completo al darse cuenta de lo que le había causado su gran bocota y ahora no quedaba nada más que aguantar como hombre.

–  Nos veremos en la plaza… mañana… ¡a las 4!

Y con esa sentencia comenzó el calvario de 26 horas de Mauricio.

La noche previa al encuentro fue terrible, no había como pegar un ojo y de sólo pensar en lo que podría hacerle el matón Molina se le aceleraba la respiración.  Incluso sus padres lo habían notado extraño a la hora de cena, pero habían atribuido su comportamiento a una gripe y determinado que lo mejor para esos casos era  un jugo de naranjas con jengibre.

–  ¡Buena suerte hoy, Mauricio!

–  Fue lindo conocerte, compadre.

Todos tenían algo que decirle a Mauricio esa mañana, pero él no hallaba que responder de vuelta. 2 horas después de la hora de salida de clases Mauricio tenía una cita con el destino y no estaba para nada seguro de que hacer al respecto.

Tal vez era el destino siéndole cruel, o tan sólo la ansiedad ante su encuentro con el matón Molina, pero parecía que las horas estaban pasando demasiado rápido ese día, hasta la clase de matemáticas, que solía ser eterna, pasó como si nada.  A la hora de almuerzo se sentó junto al Seba como todos los días, en una mesa junto a la ventana, todos en el comedor se le quedaron mirando con lástima, es que hasta los alumnos de los cursos mayores le temían a Molina y ver al chico nuevo horas antes de su enfrentamiento era como ver a un hombre muerto caminando.

–  ¿Y qué pretendes hacer?, no me digas que te vas a presentar a la pelea.

–  Y que quieres que haga, todos esperan que el chico nuevo se acobarde y no puedo darles en el gusto, estoy cansado de que me llamen cobarde y aunque me cueste un puñetazo en la cara, estoy dispuesto a aguantarlo.

–   Me alegra escuchar eso amigo, porque si algo te espera esta tarde es un puñetazo en la cara.

–  Gracias Seba, tú siempre sabes que decir.

–  Cuando quieras.

Sonó la campana de salida y todos en el salón de clases se dieron vuelta para ver a Mauricio, todos excepto a Molina, que tan sólo se puso de pie, se arremangó las mangas de la camisa y salió por la puerta.

Las 2 horas previas al encuentro pasaron aprisa, Mauricio se encontraba en cierto trance que anticipaba su final y el camino a la plaza lo caminó casi por inercia.

Al llegar se encontró con más concurrencia de la que esperaba, todos en círculo entorno a un Molina borracho de adrenalina, actuando como un animal salvaje, completamente irracional.  Al ver que Mauricio había llegado, los asistentes empezaron a empujarlo hacia el centro del circulo, sin que él pusiera demasiada resistencia, si había que terminar con esto, mejor que fuera rápido.

Al aparecer de entre la gente, el matón Molina lo miró con ojos desorbitados, como un león hambriento, pero carente de la astucia de aquel animal y Mauricio sintió como un soplo le hinchaba el pecho y los tiritones de sus manos se tensaban hasta hacer de toda la inseguridad corporal que le había acompañado durante el día, una cosa del pasado.

–  ¿Y “Mauricio”, estás listo para tu fin?

–  No.

–  Perdón

La respuesta descompuso a Molina, lo último que  esperaba escuchar era una negativa, esperaba llantos y súplicas como siempre, pero esta respuesta era nueva.

–  ¿Sabes que, Francisco?

Nadie llamaba a Molina por su nombre de pila, estaba fuera de discusión.

–  Tú no quieres hacer esto.

Nadie entendía nada, hasta que la presión había llevado al hippie a la locura.  El Seba miraba desconcertado a Molina que no hallaba qué hacer del camino que habían tomado los eventos.  Lo que nadie sabía, es que Mauricio, luego de meses de ocultar lo que era, se había dado cuenta que su única salida a este entuerto, era enfrentarlo de frente con todo su poder hippie: Paz y amor.

–  ¿De que me hablas tú, chico naturista?

–  No tienes que seguir haciéndote el fuerte, eso no te llevará a nada.  Y qué si me pegas, ¿acaso hará más verdad lo que dijiste ayer en clases?, no, para nada, lo único que hará es que todos los que están aquí te odien aún más de lo que ya te odian.

Esto era cómo Davis y Goliat, versión hippie, Mauricio le estaba dando con todo lo que tenía a Molina y eso era con la razón, no sabía si funcionaría, pero aunque no sirviera de nada, se iría con todos los honores del que pelea de vuelta.  Molina lo miraba con cara de quién no entiende nada, y aunque Molina ciertamente no era el chico más brillante, muchos de los que estuvieron ese día, tampoco entendían nada.

–  Es que mira a tu alrededor, me tienes aquí porque eres simplemente un intolerante y eso no va a cambiar nunca.  Tienes suerte de que aquí nadie es más grande que tú y por eso dejamos que nos asustes, ¿pero, acaso pretendes responder así a todo lo que no entiendes, aportillándolo?

La multitud se estaba aleonando, el discurso del hippie estaba funcionando y por fin su público estaba respondiendo a la matonería de Molina.  Pero cuando Mauricio ya se estaba dando por vencedor con su discurso pacifista Molina respondió con todo lo bruto que podía ser.

–  A ver si de una vez te callas.

Las luces se apagaron y lo siguiente que Mauricio supo, fue que se encontraba tendido mirando al cielo con una multitud a su alrededor, a su lado se encontraba su amigo.

–  Eso fue increíble, creo que un record, te noqueó en menos de 10 segundos.

–  ¿Qué? ¿Que no sirvió de nada?

–  ¡Estás loco, eres un héroe! Luego del embarazoso detalle del puñetazo que te dio Molina pasó lo inesperado…

Y Sebastián tenía razón.  El discurso de Mauricio había surgido efecto, sólo que no exactamente en la persona que él esperaba.  Mientras el bruto de Molina había respondido con lo único que sabía, con violencia, el resto de los espectadores habían caído en cuenta de que la presión que ejercía Molina sobre ellos no era nada más que fuerza bruta, y que por muy fuerte que fuera Molina, no había como le diera una golpiza a todos ellos juntos.

–  Todos te defendieron, y ninguno tuvo que levantarle un brazo, le dijeron exactamente lo que era y que nadie aguantaría más sus abusos, fue increíble Mauricio, tú, de todos nosotros el que menos nos esperábamos… ¡Tú te enfrentaste a Molina en tus propios términos!

Luego de ese día, el matón Molina pasó a ser un mito en el Liceo, ya nadie estaba dispuesto a tener miedo y de hecho al ver a un hippie enfrentarse a Molina, ya nadie parecía encontrar razones para tener miedo en absoluto.  Sin embargo mientras Molina pasó a ser un distante mito, Mauricio se convirtió en una leyenda, fue el hippie que se enfrentó al más terrible de los matones, y esto a Mauricio lo llenaba de orgullo.

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fuegos-artificiales-sitemarca-2008Queridos amigos, hoy queremos darles las gracias. ¿Por qué? ¡Muy sencillo,  porque  hoy estamos cumpliendo  cinco mil visitas; cinco mil visitas que a algunos les pueden parecer pocas, pero a nosotros, que llevamos sólo cuatro meses y diez días en la web, nos llenan de satisfacción y alegría.

Queremos seguir entregándoles lectura  de calidad,  alegre y positiva,  para no defraudar  la confianza que habéis puesto  en nosotros,  y haremos todo lo necesario para lograrlo. Nos alegra saber que todavía la imaginación, la fantasía y el humor  siguen uniendo a los hombres  por el más simple de los  poderes: el poder de la palabra.

Un abrazo virtual para todos ustedes y la invitación para que nos sigamos encontrando en:  

elninoelperroyelplatillovolador.wordpress.com 

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874044010_e7426c16e5No fue nada de raro que Ale resultase elegida presidenta por amplia mayoría de votos. Su campaña fue simple y directa: una presidenta representa a los que la eligieron, por lo tanto, su deber es sacar la cara por el curso cada vez que la inspectora general pida sus cabezas, ser intermediaria  entre la opinión pública y  los poderes superiores -léase, señorita Elizabeth-, tramitar las postergaciones de pruebas con buenos resultados, organizar las actividades extraordinarias del curso, en especial paseos, idas al teatro o a exposiciones o a cualquier cosa que permita  perder clases de vez en cuando,  y sobre todo, sobre todo, no aburrir a sus compañeras hablando por horas durante el consejo de curso.

El séptimo B tenía una amplia experiencia al respecto. Las niñas estaban más que aburridas de aquellas presidentas que se especializaban en convencer a la señorita Elizabeth de que era la doble chilena de la protagonista de “Titanic” o en preparar su futura carrera en el Centro de Alumnas; más que aburridas de toda esa cháchara sobre  ” el curso  no se está llevando bien últimamente, se ha deteriorado la  convivencia, hagamos una jornada para recuperarla”. No más palabras, ellas querían acción.

De manera que a nadie le resultó sorprendente su triunfo, excepto, claro está, a la lista perdedora. La lista de Ale era muy buena;  su secretaria era la revoltosa Panchi, su mejor amiga, y su tesorera,  Carolina, era capaz de cobrarle cuotas a un muerto, de hecho, era la única niña del colegio que le regateaba los precios al vendedor de dulces de la esquina…y lograba su cometido.

Así que Ale se convirtió en la presidenta y todo cambió;  las reuniones eran entretenidas, se hacían cosas  novedosas, los fondos del curso crecían  como la espuma  y aunque sólo se trataba de un séptimo año deslumbraron al Centro de Alumnas del colegio por su activa participación en las actividades  que se preparaban.

Sólo había un problema,  y Ale fue la primera en notarlo: ellas eran la primera directiva del año y les había sido imposible conseguir permiso para un paseo. Motivos no faltaban; era  la época más helada del invierno, los papás  vivían preocupados por los promedios de nota y la señorita Elizabeth -y eso era lo peor- odiaba los paseos de curso.

            ¿Problema? Sí tremendo problema, porque Ale, Panchi y Carolina querían dejar el mando con la grata sensación de haber sido la mejor directiva en la historia del curso; después de todo, ellas se habían quejado siempre de esos aburridos paseos de fin de año a la piscina,  con el clásico pollo asado con ensalada, una bebida y una paleta de helados, de manera que no podían irse sin superar esa pobre marca.

-Es nuestro deber, – explicó Ale a sus colaboradoras- ser un modelo  para las siguientes directivas.

Ale siempre había sido muy imaginativa. No demoró mucho en dar con aquello que las haría inolvidables: ¡Una fiesta, tenían que hacer una fiesta! Y como siempre, tenía razón,  todo el curso vivía soñando con la posibilidad de una fiesta. Nadie sabe lo importante que puede ser una fiesta para las niñas que estudian en colegios…de niñas.

Lo primero fue conseguir la casa de Panchi. La casa de Panchi era perfecta, más grande que la casa de Ale y que prácticamente todas las otras casas del curso. La tarea de convencer a la mamá de Panchi fue titánica, pero finalmente lo consiguieron apelando directamente al corazón de la señora Angélica.

– Nuestra  reputación de ser la mejor  directiva en la historia del curso está  en peligro, – suplicaron  las niñas- cuando lleguemos  a fin de año nadie se va a acordar de   las cosas  buenas que  hemos hecho.

            Era necesario un golpe magistral y eso, sólo una fiesta podía lograrlo.

La señora Angélica aceptó resignada, viendo las cosas de esa manera, no quedaba más remedio que decir que sí. Total, las niñas  todavía eran chiquitas, ella se las arreglaría perfectamente para mantener las cosas dentro de la ley y el orden familiar.

Lo segundo, fue conseguir el permiso de la mamá de Ale. Eso  sí que era difícil, allí había un problema de fondo; a diferencia de la señora Angélica ella sí conocía muy bien a Ale, demasiado bien. A la señora Rosa costaba convencerla de que Ale no necesitaba obligatoriamente diez horas de sueño diarias y todavía mucho más difícil era convencerla de que Ale no provocaría la segunda caída del imperio romano con sus brillantes ideas. Dos semanas le costó a la pobre Ale conseguir el permiso para la fiesta inolvidable que ella misma había planeado y organizado.   

Pero finalmente todo empezó a resultar. Se invitó a un curso completo de un colegio de muchachos y a todos los hermanos, amigos  o primos disponibles; las niñas prometían, además,   acarrear con todos los amigos del mundo. La que menos, vendría con seis primos, la que más, con una docena de amigos del barrio. Como la fiesta prometía ser en grande, se contrataron los servicios de un auténtico diyéi -el hermano mayor de Pamela Rojas, que ya estaba  por salir de cuarto medio-, se compraron suficientes adornos como para  llenar un estadio y Carolina, experta como era en manejo de dinero, se consiguió a un precio de ganga, casi increíble,  la mejor comida para fiestas que uno hubiera podido imaginarse.

-Esta Caro es fantástica.-Dijo Panchi.- Con esta fiesta nos vamos a hacer famosas.

Las niñas estaban tan ocupadas con su fiesta que las mamás tenían que andar escondiendo el teléfono para evitar que ellas se pasasen todo el día colgadas de él,  comentando los mil detalles que todavía faltaba por afinar.

Una semana antes de la fiesta, el telefono repiqueteó furiosamente en casa de Panchi. Cuando la mamá contestó se encontró con dos sorpresas: una, no eran  ni Ale ni Carolina. ¡Milagro!  Dos, la que llamaba era su hermana Alicia, que llegaba el viernes para su  reunión semestral de bibliotecarias.

-Qué mala suerte, Alicia, -le explicó la señora Angélica- te vas a encontrar con todo el bullicio de una fiesta.

-¡No te preocupes, hermanita, a mí no me despierta ni un tren! -Replicó ella alegremente desde su casa en Arica.- ¿No es emocionante que ya tenga la Panchita su primera fiesta de grandes?

Porque es bueno recordar que la tía Alicia todavía seguía convencida de que Panchi tomaba la leche en biberón.

-¡Yo le voy a llevar un regalito que le va a encantar! -Prometió.

Y ese día viernes, cuando Panchi llegó de clases se encontró  con tía Alicia sentada a la mesa y recibió con asombro su regalo sorpresa. ¡Tía Alicia le había traído de regalo un lindo vestido de fiesta color rosa, lleno de vuelitos y casi tan largo como la barba de Matusalén!

-Pero mami, -suplicó más tarde la pobre Panchi- ¡nadie se pone vestido para las fiestas! Van a pensar que soy tonta.

-¡Pero qué va a decir tu tía, ella que te lo trajo con tanto cariño!

Y la señora Angélica armó tal jaleo que a Panchi no le quedó más remedio que decir que sí, que se pondría el vestido de la tía Alicia, que era el vestido más  lindo que había visto, que le gustaba tanto y que sin duda alguna sería la niña más feliz del mundo usándolo en la fiesta.

Así llegó el gran día. La comisión encargada de la fiesta  vino a primera hora de la mañana, puso de punta en blanco la casa de Panchi y después se fue rápidamente a prepararse para estar a la altura de las circunstancias. Después de todo, las chicas  nunca habían ido a una verdadera fiesta y jamás, ni en el mejor de los sueños, habían tenido tantos muchachos invitados como para que nadie se quedara sin salir a bailar.

La pobre Panchi, en cambio, se encerró en su  dormitorio muriéndose de vergüenza por anticipado de sólo pensar en lo mucho que se iban a reír todos del vestido rosa lleno de vuelitos de la tía Alicia. A las cinco de la tarde  la idea de fugarse de la casa pasó por su cabeza y gracias a Dios no se detuvo allí por mucho tiempo, eso porque su idea siguiente fue un poco menos radical: se enfermaría. Prefería quedarse en cama antes que convertirse en la gansa del curso.

-¡No te preocupes, Panchi, yo lo voy a solucionar! -Le prometió Ale  por teléfono cuando la puso al tanto de su grave problema.

Panchi respiró aliviada. Al menos, no se perdería su primera fiesta. ¿Hay algo peor que perderse una fiesta en la misma casa de una? Sí, usar el vestido de la tía Alicia.

A las nueve de la noche, cuando comenzaron a llegar las primeras niñas, Panchi se asomó por el descanso de la escalera  vestida de jeans y  polerón, para encontrarse con la noticia de que  a su mamá le había dado tal ataque de furia que estaba por perder el pelo de un golpe. ¡Hasta esa hora no se tenían noticias de su papá! Panchi no tenía un pelo de tonta, se acordó de su pena y se encerró de nuevo hasta que se le pasase el mal genio a su mamá.

Ale llegó poco rato después y subió a su habitación para contarle las últimas novedades y ponerla al tanto de su plan para librarse del vestido de la tía Alicia.

-No te preocupes, Panchi, apagaremos las luces y usaremos sólo las luces estroboscópicas que instaló el diyéi. Ni tu mamá se va a dar cuenta de que andas por ahí.

-Tú no conoces a mi mamá.

-Pero yo tomé un curso avanzado de madres con la mía, Panchi. Si te pillan, les decimos que se manchó.

-¿Y si  descubren que no es verdad?

-Ah, ya, termina. -Dijo Ale , y tomando un frasco de témpera azul, lo vacío íntegro sobre la pechera del vestido dejando a Panchi con la boca abierta.

-Ahora es verdad, dile a tu mamá que fuí yo.

Y se marchó a atender los detalles de la fiesta, a la que iban llegando cada vez más niños.

O mejor dicho, más niñas. Ya se encontraba allí casi todo el curso y las primas de por lo menos diez compañeras. ¡Que barbaridad, a quién se le había ocurrido invitar a tantas mujeres! En cambio, los montones de primos y  amigos, los hermanos mayores y los muchachos del séptimo A del Colegio Carlomagno brillaban por su ausencia. Y eso no era nada,  lo peor era que no faltaban todos los chicos. Por desgracia habían venido el insoportable hermano de Connie Martínez, el gordísimo primo de Vivi y media docena de hermanos menores que correteaban por todos lados convencidos de que estaban en un cumpleaños infantil. La pobre Ale sintió que su corazón se le iba a los pies.

-¡Santa Gemita, no permitas que fracase mi fiesta! -Rogó con auténtica desesperación.

Y como si Santa Gemita la hubiera estado escuchando, en ese mismo momento hizo su entrada Nicolás Gómez, el alma de la fiesta de los chicos  del séptimo A. En cosa de cinco segundos, la mitad del curso rondaba a su alrededor con la esperanza de ser la primera en salir a bailar con él.

Pero ésa, obviamente, no era la noche de Nicolás. Se veía triste, deprimido, como si se le hubiera muerto su perro regalón o se le hubiera fundido el nintendo. No quería bebidas, no quería bocadillos y ni por casualidad se le ocurría bailar. Ni siquiera hablaba.  Para  mayor amargura de Ale, las cosas siguieron cada vez peor. Piero Raggio, el chico guapo, llegó escondiéndose por los rincones más oscuros; posteriormente, alguien comentó que tenía un ataque de alergia que lo había enronchado de pies a cabeza y no quería ser visto.

-Bueno, de repente aprovecha de conversar con Panchi.-Pensó Ale.

Porque Panchi también andaba escondiéndose por los rincones para que su mamá no la viese usando jeans en vez del famoso vestido de la tía Alicia.   

            O Santa Gemita se había quedado dormida o estaba de vacaciones esa noche, porque las cosas iban de mal en peor. Por más  mandas que Ale  le ofrecía  a Santa Gemita (o a cualquier otra santa que se le venía a la cabeza)  todo salía como si lo hubiese planeado la lista perdedora.  Por suerte, una hora después llegaron los chicos  latosos  y los más bien creídos. El colmo de la noche fue que el único chico guapo que faltaba llegó de la mano de su flamante polola -¡una de las pesadas del séptimo A! -y la gordísima prima de Daniela Vázquez  arrasaba con los bocadillos y para más remate bailaba con todos los chicos disponibles.

            Con Panchi desaparecida en acción, a Ale no le quedaba más remedio que correr de un lado a otro convertida en el puntal de la fiesta. Estaba furiosa con Panchi, pero no pudo sino encontrarle razón cuando la mamá de su amiga apareció con una máquina fotográfica que encañonaba agresivamente frente a sus caras.

            -¡Digan güiski, chiquillos! – Decía alegremente y después -¡Click!- los fotografiaba con las expresiones más gansas posibles. Como  al parecer eso no le bastó, se dedicó a  empujar a  los chicos hacia el grupo de las niñas  exigiéndoles descaradamente que  las sacaran a bailar.

            ¡Qué vergüenza, qué ganas de correr a esconderse en los rincones también! Cualquier otra lo hubiera hecho, pero no Ale. La pobre sacó fuerzas de flaqueza y sonrió esperanzada cuando la robusta tía Alicia dio las buenas noches  en medio de grandes bostezos, al menos ya se habían librado de ella.

            A todo eso, el papá de Panchi fue sorprendido por su esposa mientras hacía una sigilosa entrada por la puerta de la cocina. Todos los presentes pudieron escuchar claramente los indignados reproches de la señora Angélica y los tímidos descargos del culpable.

            -Es que como iba a haber tanto lío me fui a la casa de Poncho Araneda a ver el partido. – Explicaba humildemente el pobre papá de Panchi.  

Ale dio una vuelta por la sala explicándole  a medio mundo que esa no era su casa ni ellos sus papás, pero tuvo la ingrata sensación de que nadie le había creído. Tampoco la señora Angélica le había creído a su esposo, de manera que lo condenó a lavar los platos y  sacar a pasear  a los dos labradores. El reo se marchó contrito a cumplir la segunda parte de su castigo, sus zapatos echaban chispas mientras trataba de frenar a los desbocados guardianes.

            Poco después de su partida,  llegó el momento en que todo el mundo se dio cuenta de que efectivamente la tía Alicia se había ido a dormir, es más, probablemente  lo supo todo el vecindario porque sus ronquidos traspasaban la barrera del sonido y se dispersaban alegremente por encima de los tejados. Escondida en su rincón, Panchi se alegró de no haberle contado a Piero Raggio que era la dueña de casa y pensó que aún con ese montón de manchas rojas encima él se veía bastante bien.

            Coincidiendo con el ataque de ronquidos, una extraña epidemia de idas al baño se había desatado. La primera en caer había sido la prima gorda de  Daniela, que de tantas carrerillas había terminado en la cocina bebiendo un agua de hierbas preparada por la mamá de Panchi. Preocupada por el curso de los acontecimientos, la buena señora revisó los envases de los bocadillos y fue desesperada a hablar con Ale.

            -¡Ale, hay que cambiar los bocadillos, las fechas de vencimiento son de hace un mes!- Explicó.

¡Típico de Carolina! ¡Sólo a ella podía habérsele ocurrido intoxicarlos con alimentos vencidos para ahorrarse un par de pesos!  La pobre Ale ya estaba a punto de tirarse por la borda y dejar que el barco se hundiera definitivamente, pero afortunadamente la señora Angélica tenía en su despensa gran cantidad de bocadillos que reemplazaron las fatídicas gangas de la cocinera.

 Lamentablemente, eso no terminó con la cola que había frente al baño del primer piso, pero todavía  quedaban  muchos ánimos;  la fiesta estaba poniéndose buenísima y nadie quería marcharse.

            Santa Gemita debía haber regresado de sus vacaciones o se había despertado de puro solidaria que era. Ale pensó que se iba a pasar el resto de su vida cumpliendo las mandas que le había hecho en medio de su desesperación.

Desde ahí hasta las doce todo marchó sobre ruedas. El papá de Panchi trabajaba como esclavo así que había sido perdonado con un beso de su señora, todo el mundo bailaba y la música a un volumen más adecuado casi lograba opacar los ronquidos de tía Alicia. 

            Todo iba tan bien que Santa Gemita bostezó de puro cansancio y se quedó dormida como un tronco. En mala hora: cinco segundos más tarde, la luz y el sonido murieron en medio del estupor de los presentes. ¡Se  había cortado la luz! Todo el barrio estaba sumergido en una capa negra y silenciosa. La señora Angélica buscaba con desesperación los paquetes de velas que sobraran del año de la sequía, ése en que a cada rato se apagaban las luces. Cinco largos minutos pasaron en los cuales sólo se escuchaba el murmullo aburrido de los  que no podían bailar  y el crunch crunch de los comilones que no se apartaban de la mesa. Cinco minutos que se tomaron la mamá de Panchi y Ale para distribuir velas por los lugares más seguros y el papá en  recuperar la radio a pilas que había guardado en el fondo del clóset.

            Cuando la música volvió a escucharse el baile recomenzó; las velas habían dado un aspecto muy atractivo a la desordenada sala y  lentamente la fiesta fue volviendo a la normalidad. Ale estaba tan contenta que dio un vistazo al compacto grupo de bailarines en la esperanza de que a uno se le ocurriera sacarla a bailar. Todo habría sido perfecto si tanto silencio no hubiera despertado a tía Alicia, porque sin duda era ella la enorme figura vestida de camisón largo que apareció en el umbral,  con una linterna temblorosa en la mano derecha y una espantosa máscara verde cubriéndole la cara.

            Los gritos de la concurrencia  podrían haberse escuchado en la Antártida sin dificultad. La  consentida de Javiera Aguilar se desmayó de susto y  la mitad del séptimo B arrancó al jardín  creyendo que los atacaba un monstruo extraterrestre mientras los muchachos del Carlomagno se escondían debajo de la mesa.  Y entonces, tía Alicia preguntó como si nada hubiera pasado.

-¿Dónde está el baño? No puedo ver nada en esta oscuridad.

 

A las una de la madrugada empezaron a despedirse los invitados para gran placer de los dueños de casa. Ale no quería más guerra, estaba tan agotada que casi se alegraba de que pronto terminaría todo. Se echó en un sillón esperando que todos se fueran para que la comisión de aseo pusiese la casa en condiciones de volver a ser habitada. Estaba tan deprimida que  no escuchó a Nicolás Gómez hasta que él se sentó a su lado y le dirigió las primeras palabras que salían de su boca en toda esa larga noche.

– Eres increíble ¿sabes? Yo pensaba que mi vida no podía ser peor, pero ahora que te he visto enfrentando todo,  solucionando lo que parecía imposible, me avergüenzo de ser tan derrotista. Además,  después de haber visto a tu familia la mía  no me parece tan anormal como antes.

-¡Pero si no es mi familia, esta es la casa de Panchi, con los papás de Panchi y la tía de Panchi, pero la fresca se hizo humo y  hace horas que no sé de ella!

-¿De veras? Yo creí que lo habías dicho porque te daba vergüenza.

– Igual que todo el mundo, supongo. Mi reputación está deshecha para siempre. Estoy tan cansada que dormiría una semana, tengo que limpiar todo porque ya se arrancaron dos niñas de la comisión de aseo y no he bailado en toda la noche.

-Yo tampoco, no tenía ganas, pero esta canción me encanta. Vamos.

Y salieron a bailar en la sala casi vacía. A Ale también le encantaba esa canción, es más, desde ahora en adelante sería su favorita, estaba segura.

-Ah, y no te preocupes, – ofreció Nicolás- yo les ayudo a limpiar.

Más tarde, cuando su papá llegó a buscarla, Ale se despidió de los papás de su amiga, de Nicolás y de Panchi, que había hecho su aparición finalmente.

-Muchas gracias por todo, tía, y perdone las molestias que le dimos.

-No te preocupes, Ale, todo salió bien gracias a tu ayuda. Ah, y tú no te vayas a acostar todavía, Panchi. Tenemos que hablar respecto a cierta mancha azul.

¡Chispas! Ale comprendió que lo mejor que podía hacer era desaparecer de inmediato; en dos segundos estaba en la calle seguida por Nicolás.

– Yo puedo llevarte. -Ofreció su papá a Nicolás.-  ¿Y qué tal estuvo la fiesta?

Y para  la felicidad de Ale, cuando Nicolás se sentó en el asiento trasero respondió:

-¡Bacán! Fue la fiesta más increíble y entretenida a la que haya ido.

  

 

 

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Debieron suceder muchas cosas para que yo me diera cuenta de que Esteban no es muy diferente a mí, cosas terribles que no  hubiera querido vivir, pero hasta de las cosas malas pueden surgir otras que no lo son.

2917572409_143efc7072Esteban es muy flaco y  desgarbado; frunce un poco las cejas para mirar porque  también es miope. Si a eso le sumamos la chaqueta con los puños gastados y el pantalón que le está quedando corto,  cualquiera podría entender que  no nos hiciéramos amigos en cuanto llegó al colegio gracias a una beca.

Siempre fue  buen alumno, pero de tan tímido que era casi no hablaba y se pasaba todo el recreo en la biblioteca.  Apenas el guatón Ledesma se dio cuenta  de eso  supo como  bautizarlo  y Esteban  se convirtió en el Ratón.

El Ratón  soportó pacientemente el primer semestre; supongo que lo veíamos como un alien al que dejábamos circular por ahí. No  recuerdo haberlo visto  nunca en un cumpleaños, ni siquiera esa vez que Andrés invitó a todo el curso y nos  fuimos a su casa en  caravana en los autos de  varias mamás.  Cuando pasamos por el paradero  de buses pude ver al Ratón  con su mochila gris y su pantalón a los tobillos  esperando el expreso de Puente Alto.

Séptimo era casi el año más feliz que yo había pasado en el colegio. Mis mejores amigos  estaban allí,  era defensa titular en el equipo de fútbol y mi  papá me había regalado una bici genial que era la envidia de todos. Cada día, apenas regresaba a  casa,  la limpiaba entera con un trapo emparafinado y después salía a dar una vuelta por las calles del barrio. A veces me encontraba con Mazzoni, que vive cerca, y nos pasábamos toda la tarde  cicleteando.

También andábamos juntos la tarde que  una camioneta verde se me echó encima a toda velocidad.  Con la boca abierta, Mazzoni me vio saltar por el aire y seguir rodando  hasta  que me estrellé  en la cuneta,. Mi linda bici roja era un  amasijo de  latas  aplastadas  bajo las ruedas de la camioneta que me acababa de atropellar.

Los primeros días, todos mis amigos fueron a verme a la Clínica.  Me llevaron revistas, chocolates y un libro de aventuras espaciales y seguramente habrían seguido visitándome si no me hubiera quedado tanto tiempo internado allí. Pasaban los días y  las semanas, ya nadie  iba a verme, pero me mandaban  e-mails  y  hasta chateábamos. De todas maneras, el tiempo se me hacía eterno;  cuando ya creía que me volvería loco de aburrimiento  por fin me dieron de alta y me  dejaron ir a casa.

Ahora tenía que hacer rehabilitación, lo que  quiere decir que  todavía no caminaba y  cuando iba a clases tenía que hacerlo en silla de ruedas. Al principio todos mis amigos  querían andar conmigo en la silla, pero poco a poco se fueron  aburriendo y  volvieron a las pichangas en el patio y se olvidaron de mí.

Yo me sentaba  cerca de la sala, para que no me costase regresar,  y uno de tantos días que estaba solo esperando  que se acabara el recreo,  Esteban salió de la biblioteca y  se fue a esperar que abrieran la sala de clases.  La bibliotecaria había tenido que cerrar porque estaba enferma.

Pasó cerca de mí y se quedó mirando, después se fue a sentar  en  la escalera. Como siempre, llevaba un libro que abrió y se puso a leer.  Qué latero este  Ratón, pensé.

Yo estaba muy cansado, la rehabilitación lo deja a uno  todo adolorido y me sentía cansado, casi a punto de dormirme. De pronto, sentí que alguien llegaba junto a mí. Era el Ratón.

-¿Quieres  echarle un vistazo a este libro? –preguntó-. Es muy  entretenido.

Cierto que lo era; se trataba de un libro de parques  zoológicos  y tenía unas láminas a todo color con los animales más extraños que uno pueda imaginar. Estuvimos revisándolo y después me  ofreció prestármelo.

-Yo lo leo después –dijo-,  por suerte pedí dos.

Poco a poco, nos fuimos  haciendo amigos. El Ratón  pedía los libros y  traía siempre uno  para mí. Después se encargaba de devolverlos.  Siempre los comentábamos y  el tiempo se nos  iba cada vez más rápido.  Casi era octubre la primera vez que lo invité a mi casa. Trajo su saco de dormir  para quedarse hasta el sábado y nos pasamos toda la tarde jugando y viendo devedés.

Ya estaba terminando el año  cuando  pude pararme de nuevo. Me costaba caminar y  andaba muy lento para todos lados, pero para mí era  maravilloso ser libre de nuevo. Me acuerdo que mi  mamá nos llevó al cine y  después fuimos a dejar a  Esteban a su casa en Puente Alto. Era  tan lejos que no podría llegar allá solo, pero su mamá nos recibió muy contenta y tomamos té con  galletas.

-Chao, Esteban –me despedí esa tarde, y supe que el Ratón ya no existía más.

Este año todo parece muy lejano;  ya puedo jugar fútbol de nuevo,  el profe me ofreció ser reserva.

-Sabe, profesor, mejor  que no –le respondí.

-¿Por qué, si eso era lo que tú querías?

-Porque  Esteban no está en el equipo,  señor,  cuando  él juegue,  volveré  yo también, pero no lo dejaré solo.

Vamos a esperar juntos que el profe lo llame al equipo. A fin de cuentas, no éramos tan diferentes. Yo  hice  lo mismo  que Esteban había hecho cuando me vio solo en el patio. Me quedé con él y supe que éramos los mejores amigos del mundo.

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