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Archive for the ‘especial navidad’ Category

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Era un caluroso 23 de diciembre, tan sofocante como suelen ser las vísperas navideñas en esta parte del globo y tan ajetreadas como siempre. Miguel se encontraba recostado en el césped de la plaza cercana a su hogar como solía hacerlo en espera de su mejor amigo. Caminó desde su casa por la vereda norte y cruzó el paso de cebra dando la vuelta a un farol para llegar ahí, y como de costumbre escogió tenderse junto al mismo árbol que le daba sombra a todas sus tardes de verano. Cómo pueden ver, no era sino otra tarde como cualquiera, sin sorpresas ni sobresaltos. Pero a diferencia de otros 23 de diciembre, este en particular guardaba una preocupación muy grande para Miguel, por mucho que al parecer de otros no fueran más que niñerías. Toda su preocupación claro, partió algunos días antes, para ser exactos el 12 de Diciembre: Miguel se encontraba haciendo las compras navideñas con su madre, como ya era una tradición, todos los segundos sábados de diciembre por la mañana. Desde que el podía recordar; la familia de Miguel era muy estricta cuando de costumbres y hábitos de trataba, sus rutinas eran seguidas al pie de la letra, semana tras semana y los detalles de último minuto ni siquiera existían para ellos, todo tenía su tiempo y lugar. En fin, como iba diciendo, pasaban por la sección de perfumería a eso de las 11.30, para que Josefa, la madre de Miguel, hiciera su ronda habitual para ver los perfumes que tanto le gustaban, todo en orden, todo como cualquier segundo sábado previo a navidad, sin embargo, fue entonces que los más inesperado pasó, Josefa emocionada encontró su perfume favorito en oferta, nunca en la vida habían visto aquel perfume en oferta, más en ese día en particular y sucedía que debido a la terrible bancarrota de la marca del perfume en cuestión, la tienda estaba rematando los últimos ejemplares de la fragancia. En un frenesí femenino, muy poco común en Josefa, decidió en aquel momento salirse del exacto presupuesto mensual – debía comprar este perfume en mes y medio más – y comprarlo en ese mismo instante, Miguel se sintió extrañísimo, como si la música de la orquesta desafinara o si la película se saltara una escena. Lo siguiente pasó muy rápido: Josefa tomó el perfume y quiso ir a la caja donde siempre compraba, pero cómo no, no era el día en que ella siempre compraba su perfume, la caja no estaba ni siquiera abierta a esa hora, una vendedora le indicó que bajara un piso, así que a trompicones tomó de la mano a Miguel y lo guió a las escaleras. Cómo nunca pasaba, se devolverían un piso para realizar la compra, y entre anaqueles y góndolas, Josefa logró divisar una cajera libre. Corrieron a su encuentro y en un descuido de un minuto, Miguel se soltó de su mano y siguió caminando por el pasillo. Rumas de cajas se elevaban a ambos lados del pasillo y al final de este una luz rojo cegaba a Miguel, quién pese a darse cuenta de que se alejaba más y más de su madre, siguió caminando hasta el final. Era hermosa, no, era sublime, era la bicicleta más perfecta que podría haber imaginado Miguel. Un raro espécimen en rojo metalizado con el manubrio en cuero blanco y una palanca de cambio cromada con la bandera de Francia grabada en la superficie, una edición limitada que celebraba el aniversario de no sé qué, aunque para Miguel ese detalle no tenía ni la más mínima importancia, porque era simplemente una belleza. Miguel ya levitaba hipnotizado por aquella sirena de dos ruedas cuando Josefa lo bajó de un tirón dándole una palmada en la cabeza. – ¿Y tú donde te habías metido?, ya, vámonos, que las compras están listas y debemos regresar a casa. – Es que… ella… Francia… – Por Dios niño, ¿Qué estás balbuceando?… Aaaaah, ya entiendo. Miguel sabes perfectamente que con tu padre ya tenemos tus regalos, no podríamos hacer tal desarreglo a estas alturas. – Pero mamá, ¿no podrías consultarle?, a fin de cuentas, la fiesta es por dos. – Está bien, pero no te prometo nada. El camino a casa fue sin duda silencioso, Josefa recorrió las calles de siempre y Miguel observaba las ya conocidas vistas del viaje, mas su cabeza esa mañana estaba en otro planeta. Para todos nosotros la navidad es una fecha especial sin duda, sin embargo para Miguel, tenía otro significado paralelo que vale la pena considerar para entender su predicamento: Otros padres podrían considerar dejar el obsequio ya comprado para su cumpleaños y colar la bicicleta en navidad, pero el asunto es que para Miguel su cumpleaños y navidad, bueno, es que son el mismo día. Josefa y Carlos – padres de Miguel- se escapaban cada año durante la hora de colación de Carlos, el primer miércoles de diciembre del año, y compran un regalo grande y otro pequeño para celebrar ambas festividades, luego Miguel acompaña a su madre a ver los regalos de los demás. Dos regalos, eso era todo los que repetía en su cabeza, dos regalos que desde hace días se encontraban acomodados bajo el árbol de navidad en su casa, y dos regalos que sin lugar a dudas no parecían un bicicleta por ningún ángulo visible. ¿Era todo?, ¿Había conocido el amor en aquella belleza demasiado tarde?, ¿Es que acaso este cuento iba a ser así de amargo? – Pero Miguel, tú tienes suerte, mis padres todos los años me dan un regalo para navidad y la mayoría de las veces apesta, ¡corrección!, apesta todas las veces. – Es que no entiendes Pablo, el asunto que no hay otra oportunidad, tus padres tienen tiempo de resarcirse entre festividades, lo mío es lo que hay ese día y nada más. – Cómo digas, pero creo que exageras, ¿Y si tus papás te dan algo aún mejor? – Ya veremos. Al llegar el 23 de Diciembre los nervios de Miguel ya llegaban a estado crítico, seguía sin aparecer señal de la bicicleta soñada y su madre no parecía tener ningún interés en salir a comprar algún regalo de último minuto. Pero claro que Miguel no dejó las cosas al azar, no podía esperar que su futuro quedara en las manos de sus padres, en especial con lo poco sorpresivos que solían ser Carlos y Josefa. Las señales no fueron para nada sutiles, folletos marcados en rojo en el baño, fotos de bicicletas pegados al espejo retrovisor del automóvil de su padre y qué decir de la repentina obsesión de Miguel por Francia, había banderas por todos lados e incluso, en un ataque lingüístico, Miguel comenzó a saludar a todos en casa por “madame” y “monsieur”, únicas dos palabras en francés que conocía. La mañana del 24, Carlos, el padre de Miguel, no trabajaba así que la familia completa se sentó junta a la mesa para tener un desayuno de víspera de navidad. El desayuno iba viento en popa, la hermana mayor de Miguel estaba relatando una divertida anécdota de la universidad y todos escuchaban atentos, todos excepto Miguel que había decidido hacer una ridícula huelga justamente en nochebuena, no hablaba, no comía y peor aún, miraba con desdén la mesa como si tuviera algo mejor que hacer y su familia lo estuviera reteniendo a la fuerza. Su padre, cansado de aquella actitud, posó su tasa en el platillo con cierta fuerza y lo miró directamente. – Miguel, ya deja esa actitud que no te llevará a ninguna parte. Con tu madre nos esforzamos muchos para comprarte los regalos que están bajo el árbol y este comportamiento nos hace sentir cómo que eso no te importa. – ¡Pues claro que no me importa, yo quería la bici! Miguel soltó aquella bomba y salió corriendo fuera de casa y calle abajo, su padre lo siguió la primera cuadra y media, pero siendo un hombre grueso, no pudo seguirle el paso. Corrió y corrió, corrió más que nunca antes lo había hecho y por calles que no sabía que existían en la cuidad, eso hasta llegar a un barrio que no conocía en absoluto, un lugar gris y sucio, lleno de casas pequeñas que parecían estar a un segundo de colapsar. Miguel se detuvo exhausto en una tranquila esquina donde un niño jugaba con una pelota. Por algunos minutos Miguel se le quedó mirando; Parecía un niño como cualquiera, pero vestía diferente, su ropa le quedaba grande y parecía que no era lavada hace días. Al poco rato el chico se sentó junto a Miguel y lo observó con mirada inquisidora. – Parece que estás lejos de casa. – Eso creo, corrí mucho, creo que nunca había estado por aquí. ¿Vives cerca? – Aquí junto. El chico señaló una casa pequeñísima, aún en comparación a las demás de la calle. Continuó preguntando: – ¿Y tú, por qué corrías? – Quería alejarme de casa. Discutí con mi padre, tenía tanta rabia que no aguanté más. – ¿Rabia?, ¿Por qué? – Es que hay una bicicleta fabulosa, es la mejor del planeta, pero mis padres ya me compraron mis regalos de este año así que no quieren comprármela. – ¿Y por eso te enojaste? El chico parecía no entender la razón que le daba Miguel. – ¡Claro que sí!, obvio, no entiendo porque son tan injustos, si mis otros regalos pueden servir para otra ocasión. – Sabes que no te entiendo, estás enojado cuando deberías celebrar. – ¿Ah? – Claro que sí, tus papás te tienen regalos hechos con todo su cariño y tú reclamas por una tonta bici. Mi mamá no tiene para hacernos regalos a mí y a mis hermanos, ni siquiera pasará la navidad con nosotros, porque debe trabajar. – ¿Cómo, pero entonces quién hará la cena de navidad? – No tenemos cena, mañana mamá llega con la comida que sobre en el restorán y comeremos juntos. – No sabía que te la llevabas tan pesada. – Así es para algunos, no todos tenemos la suerte que tú tienes y más encima ni te das cuenta de ello. El muchacho se levantó de golpe y entró rápido a su casa, al abrir la puerta Miguel vio a 3 niños más en una pequeña salita sentados en un colchón tirado en el piso. La puerta se cerró y Miguel quedó solo. Un gusto amargo subía por su garganta, que parecía apretarse en un grito inaudible. Miguel se puso de pie y corrió en dirección a casa. Ya era de noche cuando se detuvo frente a su puerta, la luz de la sala estaba prendida y se escuchaba alboroto a dentro y la voz de su madre que discutía con alguien por teléfono. Cuando se abría la puerta, toda la familia se dio la vuelta de inmediato y Josefa corrió donde Miguel que la abrazó con todas sus fuerzas. Su madre lloraba mientras le besaba la cara y sus hermanos y padre se abrazaban al ver que Miguel había vuelto sano a casa. – Mamá, papá, lo siento tanto… fui un tonto… estuve con un niño… todo era tan triste… no quise… – Más lento mi niño, no te preocupes, lo único que importa es que estas aquí, nos tenías tan preocupados. Miguel pasó los siguientes minutos contando lo que había ocurrido, mientras toda su familia escuchaba expectante. Les dijo que había conocido a un niño, les habló de su casa y de su madre. Al terminar el relato, guardó silencio, su madre extendió su mano y acarició la frente de Miguel. – No debí actuar como lo hice, ustedes son geniales y yo fui muy egoísta. Lo siento, yo no necesito esa bicicleta, no necesito ningún regalo y el berrinche de esta tarde, bueno… fue eso, una tontería. Lo único que quiero esta Navidad es estar con mi familia. – Hijo, estoy orgulloso de ti. – ¿Cómo es eso papá? – Es que a tu madre y a mí nos has dado el mejor regalo de navidad. Todos hacemos tonterías y actuamos egoístas de vez en cuando, pero esta nochebuena entendiste lo que significa la Navidad. No son los regalos, ni la comida, es disfrutar en familia y dar amor sin querer nada a cambio. Esa noche de navidad, Miguel y su familia se sentaron en la sala y contaron historias y rieron toda la noche. Miguel nunca olvidaría esa Navidad, la mejor de todas.

Por Miranda Mayne-Nicholls V.

Diciembre 2009

¡Feliz Navidad!

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Hace  mucho tiempo, mientras preparaba la cena de Navidad, una mujer pequeñita, que vivía en una cabaña en el campo, preparó la masa de las galletas de gengibre y formó con ella un  pequeño hombrecito. Le puso dos pasas como ojos, le dibujó  una sonrisa y lo puso a hornear. Cuando el  hombre pequeñito llegó del campo, preguntó

-¿Qué tienes para cenar?

Y la mujer  pequeñita respondió:

-¡Hice un delicioso hombrecito de galleta de gengibre!

Cuando abrió el horno para sacarlo, el hombrecito de gengibre saltó fuera,  se trepó a la ventana, que estaba abierta, y se arrojó al jardín gritando:

-¡Yo soy el hombrecito galleta de gengibre y nadie me comerá!

Huyó como un celaje y la mujer pequeñita y el hombre pequeñito corrieron tras él.

Mientras corría por el campo, se cruzó con un cerdito gordo y sonrosado.

-¡Detente, detente! –gritó el cerdito.

-¿Para que me comas? No, no,  yo soy el hombrecito galleta de gengibre y nadie me comerá.

Y siguió corriendo y el cerdito fue tras él.

Más allá, se encontró con una vaca que dejó de pastar y le dijo:

-¡Detente, que necesito hablarte!

-¡Jamás! Yo soy el hombrecito galleta de  gengibre y nadie me comerá.

Pero ahora tenía detrás cuatro perseguidores.

Después de mucho correr se encontró con un caballo, el caballo piafó y gritó:

-¡Alto, alto, detente que necesito hablarte!

Pero recibió la misma respuesta de todos:

-¡Ni loco que estuviera, soy el hombrecito galleta de gengibre y ni tú ni nadie  me comerá!

También el caballo  se sumó a sus perseguidores.

De tanto correr, llegó hasta un caudaloso río. Allí, bajo un gran árbol, descansaba el zorro. Desesperado y sin aliento, el hombrecito galleta de gengibre se detuvo.

-¡Un río, cómo podré cruzar para que no me alcancen!

El zorro lo miró con curiosidad, se rascó la panza y  sugirió:

-Si quieres, te subes a mi cola y yo te  cruzo hasta el otro lado del río.

¿Qué podía hacer? Siguiendo sus instrucciones, se montó en la cola y se echaron al río. Los perseguidores quedaron  enfadados  gritando en la ribera del río.

Poco más allá, la cola se hundía, unas gotas de agua lo salpicaron de modo que el hombrecito galleta de gengibre se subió al lomo del lobo.

-¡No, así pesas demasiado! –se quejó el lobo- Súbete a mi cabeza o nos ahogaremos.

El  hombrecito galleta de gengibre obedeció.

Al llegar a la otra orilla, el lobo salió del agua, sacudió su cabeza y el hombrecito galleta de gengibre resbaló. Cuando caía, el lobo lo atrapó con los dientes  con un gruñido de satisfacción. No dejó una miga.

Y esa es la historia del hombrecito galleta de gengibre.

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