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zombie

Existen dos historias en torno a los zombies y ambas tienen su origen en Haití. La primera,  engancha  los límites la  fantasía y la realidad y nos deja un sentimiento de horror ante la maldad humana. La  segunda, la historia literaria, es quizás más repulsiva, pero también más fácil de aceptar.

Coup de poudre se llama a los polvos que serían administrados a los que van a tener la desdicha de ser convertidos en zombies.  Hay siempre un motivo para ello: la venganza. En  Haití hay que tener mucho cuidado con herir los sentimientos de las personas porque eso puede significar que  el ofendido decida que tu vida acabó, porque vas a ser convertido en zombie.

Otro motivo puede ser el eterno afán de explotación que algunos individuos llevan en su ser más íntimo. Hay amas de casa que explotan a sus sirvientes, hay comerciantes que explotan a sus empleados, hay empresarios que explotan a sus trabajadores. Ninguno de ellos se siente mayormente culpable por hacerlo y bueno, la verdad, los campesinos que fabrican un zombie para que trabaje por ellos hasta morir realmente tampoco se sienten culpables. Estoy cansado, se dicen, necesito ayuda, no puedo pagar por ella. A ver, qué podría hacer para solucionar mi problema…por ejemplo, ¿y si me consigo un zombie?

Y en cuanto te ponen los ojos encima, estás perdido. Empezarán a rondarte, harán un estudio de las ocasiones en que estás solo y por último, comenzarán a administrarte los polvos malditos. El coup de foudre.  Entonces comenzarás a debilitarte, perderás el apetito, los colores, la salud. Tu familia hará todo lo posible, pero no hay caso. Un día, sin saber cómo llegaste a eso, serás un cadáver.

Es posible que tu futuro amo, el houngan, esté presente en tu funeral, hasta puede que se muestre dolido, que no pueda creer que alguien tan joven haya pasado a mejor vida. Hay gente descarada en esta vida.

 Tus parientes te llorarán, cargarán tu ataúd al cementerio y te dirán el último adiós con ojos húmedos. Lo único que ignoramos  de este proceso es lo que tú, el zombie, siente. Estás inmóvil, yerto, no respiras, tus ojos están cerrados, pero…¿puedes escuchar, tienes algún nivel de consciencia encerrado en tu mísero ataúd?

Espero que no. ¿Quién querría vivir los entretelones de su propia muerte?

El houngan no te recuperará de inmediato. Los parientes pueden querer visitarte y sería de muy mal gusto que lo sorprendieran escarbando tu tumba, pero cuando finalmente lo haga te llevará a su granja y te administrará los otros polvos, los que te revivirán, pero nunca tan vivo como para que tengas de regreso tu inteligencia y tu voluntad. Desde ese momento en adelante, eres un esclavo, un esclavo muerto. Qué más podría querer tu amo, mano de obra gratis. La mayor parte de los empleadores que conozco serían perfectamente capaces de tener un esclavo zombie, nada les duele más que pagar un sueldo decente.

Y, dime. ¿Acaso no es horrible la historia del origen del zombie, no sientes piedad por esos pobres seres esclavizados por la maldad humana?

EL Zombie literario y cinematográfico

Lo primero que hay que reconocer es que los zombies cinematográficos son REALMENTE horribles. Su carne está descompuesta, podrida hasta el punto de verse  violácea y negruzca, sus cabellos, desgreñados y sucios les cuelgan como serpientes de la cabeza, tienen heridas por aquí y por allá y la sangre coagulada los mancha. Caminan apenas, lentos e inseguros, como si hubieran perdido todo sentido de lo que hacen.

A pesar del  proceso de corrupción de su cuerpo y nadie sabe cómo, los zombies cinematográficos pueden ver, sus ojos parecen inmunes al deterioro de sus tejidos. Gracias a esto pueden encaminar sus pasos tras de los humanos vivos más cercanos, en especial, los protagonistas de la película o  el cuento. Despacio, muy despacio, lo suficiente para que el o los protagonistas tengan tiempo para salvarse, pero nunca tan despacio como para que se salven los personajes secundarios. Ya se sabe, nada peor que un papel de relleno en una película de miedo.

Y todo ese esfuerzo  a causa de una palabrita desagradable que nos expone crudamente la verdadera naturaleza de un zombie: NECRÓFAGO. Los zombies tienen la pésima costumbre de alimentarse de otros seres humanos, que a su vez, después de ser mordidos, pasarán a integrar la multitud de cadáveres hambrientos que se arraciman delante de las puertas y ventanas de la casa donde se refugió nuestro protagonista.

Ahora, de los zombies esclavos y su sistema alimenticio es poco lo que se conoce. ¿Serán también adictos a la carne humana o se conformarán con los poco atractivos restos de la comida de su amo?

No tengo gran interés en enterarme. Es más, por mí que los zombies se mantengan lo más lejos posible de mi persona. Se ven horribles, se comportan horriblemente y, a pesar de que nadie se ha molestado en explicitarlo, estoy seguro de un pequeño detalle: es un hecho que los zombies deben oler horrible.

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El caso de Travis Walton  es un desmentido de todas las teorías respecto a los extraterrestres amigables. En todas partes del mundo actualmente hay un creyente en la hermandad interestelar. De acuerdo a ellos, los extraterrestres son nuestros amigos y solo quieren nuestro bien, nuestra amistad y si se esconden de nosotros es más por temor a nuestra agresividad con el resto de los seres vivos. Tan creyentes son a veces estos grupos que llegan a ser capaces de envenenarse en forma masiva  para que sus almas –ya que al parecer sus cuerpos no serían aceptados por los amigos extraterrestres- puedan ser embarcadas sin mayores problemas rumbo a quién sabe qué sistema solar.

Pero Travis Walton tiene otra versión del “amigo” extraterrestre, una terrorífica.  Un día de noviembre Travis se encontraba trabajando con cinco amigos leñadores cuando vieron unas luces que creyeron eran causadas por un incendio.

Sin embargo, al llegar al lugar iluminado, vieron una nave posada sobre un claro del bosque. Travis se bajó del vehículo y se acercó para ver la nave y para su terror, la nave comenzó a moverse hacia él. Cuando trató de huir, fue alcanzado por un rayo luminoso que  bajó directamente desde la nave. Según Travis, recibió una fuerte descarga eléctrica y perdió el conocimiento por lo que él creyó era un breve período. Mientras se encontraba en ese estado, fue abducido al interior de la nave.

Entre tanto, valientemente, sus amigos huyeron a toda  velocidad en busca de ayuda policial dejándole abandonado. Así comenzaba la desaparición de Travis Walton: cinco días en que nadie lo vio ni supo qué era de él.

Durante esos cinco días, sus amigos debieron enfrentar las acusaciones de haber dado muerte a Travis. Nadie les creyó su versión acerca de la abducción de su amigo y fueron considerados sospechosos de homicidio.

Cinco días después, un hombre llamó a los padres de Travis para pedir ayuda. “Soy yo”, dijo. Cuando sus padres lo recogieron les costó creerle. Travis estaba física y sicológicamente deteriorado, parecía otro. Cuando le recordaron que hacía cinco días que se encontraba desaparecido, no podía creerlo. Travis estaba convencido de que su desaparición había sido de pocas horas.

Y cuando comenzó a contar su experiencia lo último que podía pensarse era que los extraterrestres eran amistosos y fraternales.  Travis recordaba haber sido observado por unos hombrecillos pequeños y calvos que, al ser rechazados físicamente por él, optaron por llamar a un humanoide más alto y de mayor fuerza física, muy similar a él, que lo introdujo en otra parte de la nave.

En ese sector, Travis descubriría un verdadero zoológico de seres vivos diferentes.  Seres vivos prisioneros de los extraterrestres amigable, que a veces eran algo desmemoriados porque no pocos de dichos prisioneros ya no eran más que unos restos descompuestos. Pobres seres enloquecidos que surcaban el universo en las mazmorras de una nave espacial.

Al parecer, algo de la personalidad o el físico  de Travis no les gustó a sus nuevos amigos. Debe ser porque los terrícolas somos demasiado violentos y no logramos congeniar con seres diferentes. Gracias a esto, Travis fue abandonado poco después en las cercanías del lugar donde fuera abducido. A duras penas, Travis logró llegar a un local comercial desde donde llamó a su casa. Solo entonces supo que su breve desaparición había tomado realmente cinco días de su vida.

Así pues, si tú eres parte de aquellos que creen firmemente que todos los seres vivos son iguales, encantadores y amistosos, llenos de sentimientos fraternales hacia los demás, piénsalo un poco antes de acercarte a la primera nave voladora con que te tropieces. Recuerda a Travis Walton y observa antes de actuar. Ni siquiera se trata de que los extraterrestres sean capaces de actos crueles, aquí mismo, en casa digamos, el capitán Cook fue convertido en asado por amistosos isleños que lo invitaron a almorzar sin aclarar antes que la comida la ponía él.  Y no es el único caso, no puedes olvidar que aborígenes de diferentes lugares del mundo fueron encerrados en zoológicos humanos de las principales capitales europeas hace apenas  unos ciento cincuenta años.

Personalmente tengo tantas ganas de encontrarme con un ET como de entablar relaciones con el matrimonio vecino que rayó mi auto y dejó bolsas de basura en mi puerta: para encuentros con  monstruos, basta y sobra con la mitología.

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Rana 1

Recordaba la imagen  que había visto tantas veces reflejada  en el agua, enamorado de ella,  pasaba las  noches lanzando suspiros. Desde su escondite, al verla pasar, le obsequiaba piropos cada vez más tiernos.

Cuca se preguntaba quién le prodigaba palabras tan bellas y atraída por las galanterías comenzó a sentir curiosidad.

— ¿Acaso no tienes valor para decirme de frente lo que sientes? —preguntó un día,  pero el silencio la  hizo alejarse. Hasta que en la siguiente ocasión él se hinchó y saltó.

— Soy yo, mi reina   —contestó en un arrullo, y haciendo reverencia, repitió las palabras que tantas veces había dicho.

— ¿Por qué no me hablaste de frente? ¡Me has cautivado!

La miró con los ojos desorbitados  en los que se reflejaba el correr de las aguas.

— ¿Acaso no te das cuenta por qué?

—No.

—Por mi rostro.

—No me importa el rostro, sino los sentimientos.

Torpemente la ciega rana se acercó al sapo. El croar inundó el río hasta levantar a los pájaros del bosque, que en su aletear desgranaron la noche. Solo un instante bastó, para escuchar el sonido de un beso.

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 olinguito

Estimados amigos, este es un mensaje ultra secreto que la Hermandad de la Fauna Terrestre envió al Olinguito, ese pequeño y encantador mamífero carnívoro que acaba de sufrir el infortunio de ser “descubierto” formalmente por el Hombre. Léelo cuidadosamente, porque en algún momento indeterminado se auto destruirá para seguridad de los abajo firmantes:

“Querido amigo Olinguito, te escribimos para decirte lo mucho que lamentamos que el secreto de tu existencia haya sido revelado. Tú lo sabes, hicimos lo imposible para que tu vida siguiera siendo ignorada por nuestro enemigo más peligroso, el Hombre, único animal de la Tierra que ha dedicado todos sus esfuerzos a arrebatarnos no sólo nuestros hábitats ancestrales sino también, la vida.

Para no ser tan pesimistas, nos gustaría, antes que nada,  felicitarte por haber mantenido tu anonimato por milenios, pocos pueden decir algo así y no seremos nosotros los que les traicionemos exponiéndoles ante los falsos dueños del planeta. Es cierto que te ayudaron tu pequeñez, tu carácter tranquilo y  la desconfianza natural de los carnívoros, pero no es menos cierto que esos mismos atributos los tenían el Tilacino y el Demonio de Tasmania y  el primero ni siquiera tuvo tiempo para desplegarlos antes de extinguirse mientras que el segundo da una dura pelea por evitar su desaparición.

Hasta el último momento, querido Olinguito, dudamos si darte o no la mala noticia. El Elefante,  el Tigre, el Cheetah y el Rinoceronte eran partidarios de mantenerte en un estado de inocente y feliz  ignorancia, pero otros de temperamento más meditativo, como el Panda, insistieron en que debías saberlo lo antes posible para que tomaras las medidas de protección necesaria. No  podemos seguir ocultándote la verdad: hoy, en todos los medios de prensa  del planeta,  los zoólogos  han comunicado que eres el mamífero carnívoro de más reciente descubrimiento. Para que negarlo, todos lloramos al saberlo.

En menos de veinticuatro horas dejamos de envidiarte, repentinamente estabas tan expuesto al peligro como todos nosotros. Te lo advertimos: nunca volverás a dormir tranquilo y es casi seguro que ya algunos asesinos más fanáticos ya deben haber salido a buscarte. Podemos imaginarlos cuando regresen con tu bella piel listada, jactándose de  ser los primeros en haberte cazado. Peor, no faltarán los que te estarán siguiendo la pista para ponerte a la venta en el mercado de mascotas exóticas, por desgracia, siempre hay alguien lo bastante malvado o estúpido y con el dinero suficiente para querer meterte en una jaula a esperar la muerte. A veces, casi parece preferible que nos maten de una vez…pero eso de morir de a poco, viendo un pedacito de cielo en un rectángulo enrejado es algo que no le deseamos a nadie.

Olinguito, amigo, mide tus pasos, corre a refugiarte en lo más profundo de la selva, protege a tus crías, reprodúcete con verdadera y real pasión, ni te imaginas lo que se te viene encima: los zoológicos japoneses, los pet shop norteamericanos, los gourmands de ojos rasgados, los amantes de los abrigos de piel, los buscadores de afrodisíacos,  los experimentadores de laboratorio. En fin, el Hombre, qué más podemos decir.

Porque, con esa sola palabra basta para que nuestras crías tiemblen en sus madrigueras, para que nuestras madres duerman con un ojo mientras vigilan con el otro, para que los más grandes y feroces animales se sientan indefensos como bebitos. El Hombre, si hubiéramos podido imaginar lo que se traía entre manos puedes estar seguro que nuestra actitud con él hubiese sido otra. ¡Cuántas veces les reprochamos a los grandes carnívoros que se ensañasen con ellos! ¡Mucho mejor hubiera sido haberles dicho “Buen provecho” y habernos ido a dormir tranquilos!

Tus amigos del Consejo de la Fauna Terrestre”

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 el-condor-pasa

 

Nunca faltan las voces malintencionadas que se esfuerzan por manchar la figura del Cóndor:

-¿Por qué llamarlo cóndor –cuestionan? Si no es otra cosa que un buitre, un carroñero más?

¡Cómo si la delicada labor de un animal carroñero no fuese tan necesaria para nuestra Naturaleza maltratada! El Cóndor, siempre orgulloso y amante del silencio de los desfiladeros andinos, continúa sus evoluciones aéreas sin prestar atención a estos comentarios tan venenosos como insignificantes.

-Al menos –se dicen los cóndores mientras ejecutan su majestuoso vuelo-,  hubo alguno que reconoció el valor de nuestra presencia y nos coronó junto al Huemul!

-¿Qué suerte,  no? Muchos se oponían a que fuéramos el símbolo de esta tierra –retrucan otros.

Y a continuación, melancólicos, hacen memoria de aquellos buenos tiempos en que todavía era posible disfrutar la sabrosa carne de un huemul sin que nadie pusiese el grito en el cielo. ¡Cada día son más escasas las presas, no queda más remedio que conformarse con los duros conejos silvestres o la desabrida carne de una vaca o una oveja desbarrancada!

-¡Quién pudiera picotear un pudú jugoso, salpicado de aquellos deliciosos gusanos que tan bien lo sazonan! – razonan mientras observan los valles desde las alturas de su patrullaje diario.

Tristemente  reflexionan los cóndores sobre  el tiempo perdido. Se duelen de la presencia invasiva del hombre, que cada día trepa más arriba obligando a pumas, zorros, roedores y aves de rapiña a refugiarse en lo más alto de la Cordillera.

Porque antes, cuando la tierra era joven e inocente, los Cóndores, majestades de los aires, volaban sobre toda la franja que se asoma al Pacífico. La luz de cada amanecer los sorprendía en sus grandes nidos y  los empujaba de inmediato a surcar el cielo. Iban de norte a sur, de este a oeste, respirando el aire helado de Los Andes y disfrutando el frufrú de sus alas  henchidas por el viento. No dejaban de observar hasta que de algún lugar de la campiña llegaba el aroma penetrante de la carne descomponiéndose, sólo entonces, avisados ya todos los componentes de la bandada, se acercaban rasgando el viento con un silbido a llenarse la barriga hasta que, de tan pesados, no podían emprender el regreso. No les quedaba entonces sino dormitar con la cabeza oculta bajo sus grandes alas mientras hacían la digestión.

Pero, poco a poco, las  imágenes que se imprimían en sus agudos ojos fueron cambiando. Los hombres cultivaban la tierra y poblaban los campos con nuevas bestias ajenas al entorno. Los primeros caminos que se dibujaron sobre la tierra eran ásperos e intrincados y las carretas quedaban atrapadas en el barro después de las lluvias, las luces que se encendían eran débiles y titilaban delatando la presencia de las casas de adobe, pero, casi sin que ellos se dieran cuenta, el paisaje comenzó a cambiar.

Un día, un cóndor divisó una mancha que olía diferente: tenía la marca del hombre. Cuando bajaron a comer el extraño animal que yacía sobre la tierra lo hicieron desconfiados, temerosos. Sin embargo, aquello que los hombres llamaban “res” llenó la panza de muchos animales y después de que el Puma comiese hasta hartarse siguieron los culpeos y los cóndores y no pararon hasta dejar los huesos limpios. Todos los animales libres supieron entonces que el hombre tenía algo bueno: podía proporcionar comida, y no hay nada más importante que la comida para la vida de aquellos que están a la buena de Dios.

Muchos soles desaparecieron tras el horizonte hasta que un día el Cóndor vio a los hombres elevando torres a través de los campos. Los observó divertido, vaya qué trabajo se daban esos hombres. ¿Para qué construir torres si ya existían árboles tan altos por todo el valle?

Con el correr del tiempo las torres, que estaban unidas una a otra con pesados cables de cobre, abarcaron todo lo largo y ancho de la comarca y comenzaron a trepar por los taludes cordilleranos. Sin embargo, para ellos la presencia de las torres no tenía relación con el hecho de que las casas se iluminaran brillantemente y mucho menos con los nuevos caminos, que como cintas grises, eran recorridos velozmente por extraños vehículos.

Para entonces, la mayor parte de los animales se había replegado lejos de la presencia del hombre. Algunos, no pocos, fueron menguando hasta que no se les volvió a ver más. Ningún cóndor supo qué había pasado con ellos. Ahora a cualquiera le resultaba difícil encontrarse con los antiguos habitantes de la tierra y hasta al mismo cóndor le costaba divisarlos desde la privilegiada posición de sus patrullajes celestes.

Los cóndores podían ver claramente el cansancio de la tierra. Los hombres desviaban ríos, encerraban las aguas con altas murallas de concreto, abrían la tierra con enormes máquinas y arrancaban de ella todo lo que tuviera algún valor dejando tras sí un reguero de escoria y desechos y la tierra arrasada. Aquí y allá se levantaban las viviendas en que habitaban y no lejos de ellas se amontonaban los  basurales que producían sus moradores.

Una triste mañana de invierno, fría y gris, el cóndor despertó en su nido de la montaña. Estiró perezosamente las poderosas alas, revolvió la cabeza calva en su cuello de albo y suave plumaje y finalmente se incorporó sobre sus patas. Una ráfaga de viento lo azotó sin piedad, el cóndor pensó que era una mañana perfecta para alzar el vuelo y así pensando se arrojó en las corrientes de aire que se perdían en los desfiladeros de Los Andes. Primero planeó en círculos -¡cómo le gusta al cóndor planear en círculos! -, después enfiló hacia el valle de la gran ciudad.

La ruta estaba cruzada por largas columnas de humo tóxico que el cóndor evitó cuidadosamente y  aunque desde esas alturas el cóndor no podía escuchar el rugido proveniente de las carreteras estaba claro para él que todo allá abajo era agitación y prisas.

Pero ¿dónde estaba la ciudad? ¡Todo había desaparecido como borrado por una mano colosal! En el lugar donde se levantaba la ciudad había ahora una niebla oscura y sucia que no dejaba ver nada, ni siquiera a la poderosa vista de un cóndor. El cóndor  penetró en la nube y mientras respiraba sintió el cansancio que esa nube espesa y sucia producía en sus pulmones.  Aterrado, aleteó con fuerza  para arrancar de esa masa monstruosa. Se alejó sin mirar atrás hacia su nido en la montaña.

Esa tarde, mientras la luz se esfumaba lentamente, descansando en su nido, el cóndor supo que nunca más un cóndor querría volver a las tierras bajas. ¡Ya no había allí nada digno de verse ni de ser  disfrutado por un cóndor, hasta el aire mismo lo habían cambiado por esa mezcla extraña,  sucia y desagradable!

Por un momento, antes de cerrar los ojos, el cóndor pensó que le gustaría haber sido capaz de soñar para recordar en sueños la tierra tal como había sido, pensamiento que fue descartado por la razón de que los cóndores nunca podrán soñar.

Pero antes de dormir recordó al hombre que vivía en esas casas apiñadas, respirando ese aire sucio, atrapado entre el estruendo de las carreteras y la urgencia de la vida diaria y por un instante apenas se compadeció de él. Arrepentido, desechó ese pensamiento que lo traicionaba.  ¡El hombre, por ningún motivo, merecía la compasión, después de todo, la culpa del desastre era toda suya!

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La ranita de Darwin del norte era una de las regalonas de La Naturaleza. ¡Qué bien se las había arreglado, siendo tan pequeña como era,  para poblar ese extraño país alargado de América, Chile, a través de una extensa zona que llegaba hasta los primeros enclaves patagónicos!

Porque, si alguien ha visto una ranita más pequeña que esta, una que a duras penas supere los 30 milímetros de largo, por favor, que se lo haga saber a La Naturaleza, que desde su desaparición está pasando por una severa depresión. Depresión justificada, la ranita de Darwin del sur, la variedad que aún sobrevive,  sólo tiene unas treinta y seis poblaciones registradas  y sus integrantes están disminuyendo con  una frecuencia pavorosa.

No se trata de que la ranita de Darwin del norte no se haya esforzado por seguir siendo uno de los más  pequeños y encantadores  habitantes del planeta, no. Cuando  Darwin anduvo de paseo por esas tierras tan alejadas de la mano del Creador, la consideró una de las especies más abundantes. Y era cierto, no necesitabas levantar una piedra para dar con una, por lo general, la ranita ya estaba tendida  sobre ella, oteando su microscópico horizonte de ranita y tomando el sol, cuando casualmente no llueve por allí.

Además, la ranita de Darwin del norte hizo  esfuerzos realmente heroicos por sobrevivir. Consciente de que la pequeñez de sus crías las hacía tan vulnerables, el padre, heroicamente, se encargó de conservar las larvas en su cavidad bucal durante la fase de la metamorfosis. Y no bromeo, así como lo dijo, lo hizo. Admirable, estoy seguro de que mi padre no habría sido capaz de hacer ese sacrificio por mí y que, muy probablemente,  el padre de ustedes tampoco.

Y es que la ranita de Darwin del norte no había pedido mucho cuando se la incluyó en la lista de  futuros habitantes del planeta. Aceptó ser pequeñísima, aceptó el frío, aceptó la lluvia, aceptó todo y, finalmente, cometió un error fatal: aceptó convivir con el hombre.

Con los hombres originarios no tuvo problemas. Vivían y dejaban vivir. Cuidaban la tierra como a su propia madre y la dejaron tranquila; era demasiado pequeña como para interesar a sus sistemas alimentarios.

Tampoco los que vinieron después, a pesar de todos sus esfuerzos, lograron complicarle la existencia. Eran agricultores y  ganaderos y con esa excusa comenzaron a quemar o talar las primeras zonas boscosas…pero dejaron intacto gran parte del bosque nativo. La ranita de Darwin del norte tomó sus escasos bártulos, acomodó bien sus larvas en la boca, y se adentró un poco más en la espesura. Lejos del hombre, respiró tranquila y se reacomodó.

Los años siguieron pasando, en teoría, el hombre tenía un par de siglos más de evolución y podía suponerse que era todavía más inteligente que sus ancestros. Incluso solía jactarse de sus pequeños avances: construía mejores viviendas, habían dejado de ser analfabetos, progresaban cada día más.

Lo que la ranita de Darwin del norte ignoraba era que la llegada de la civilización no es sinónimo de hombre de mejor calidad. Hagamos memoria. ¡Los romanos, esos agresivos turistas de la Antigüedad,  fueron uno de los puntos altos del hombre, la Belle Epoque remató su seguidilla de fiestas en una de las guerras más sanguinarias de la historia, peor, nos fuimos de paseo a la luna mientras dejábamos morir millones de biafranos de hambre!

Entre tanto, inocente de todo, la ranita de Darwin del norte – ¡y, oh, qué susto, la del sur sigue creyendo lo mismo!- continuaba su camino por la historia del planeta,  feliz de formar parte del gran proyecto del Creador: La Tierra.

Y entonces, algunos hombres civilizados consideraron que aún no eran lo suficientemente ricos como para sentirse satisfechos y felices y decidieron incrementar su riqueza con la explotación de los bosques nativos. Lo hicieron como a ellos les gusta: convirtieron buena madera sólida en madera aglomerada de aquella que se deshace con facilidad y se vende con mayor facilidad aún. Para evitar que su riqueza se limitara no les quedó más remedio que aceptar una condición: si iban a  hacer astillas esos bosques debían replantar nuevos árboles en la misma tierra que acababan de dejar desnuda. El hombre, que para todo tiene un nombre, lo llamó reforestación y se sintió muy orgulloso de haber tenido esa genial idea.

Claro, respondieron, somos hombres modernos, inteligentes, responsables, incluso vamos a hacerles un regalo: en vez de estos árboles nativos e insignificantes vamos a plantar pino insigne. ¡Es mucho más comercial,más grande, crece más rápido y lo podemos cortar antes,  no sabemos cómo al Creador se le pasó este detalle, qué poco sentido práctico!

Y ese fue el punto de quiebre en la existencia de la ranita de Darwin del norte. Su hábitat desaparecía, el alimento escaseaba, cada día, nuevas hordas de hombres civilizados contribuían un poco más a su desaparición.

Por eso, perdónenme un poco si me siento algo molesto. Disculpen si el tono de mi voz, además de quebrarse ligeramente, está pintado por la ira. Yo no quería que la ranita de Darwin del norte se marchara así, sin un adiós, sin una lágrima. Me gustaba saber que vivía allí, que era tranquila, pacífica, pequeña y bella. Después de todo, le bastaba con eso para ser feliz.

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Hay que reconocerlo: al Creador lo tenían lleno los dinosaurios, no quería saber más acerca de estos tipos que no permitían prosperar a las restantes especies y dejaban tras de sí una estela  de  destrucción por el simple hecho de echar una carrerita detrás del almuerzo. Y como si eso fuera poco estaba el problema de las heces: ¿Se imaginan lo que es un planeta lleno de enormes dinosaurios  sin hábitos de aseo? Dar un paseo por ahí era simplemente terrorífico, pero por otra parte tampoco vamos a juzgar a los dinosaurios:  ¡Era imposible que aprendieran nada con esos cerebritos  de juguete!

El Creador  dejó el problema a la suerte. Tuvo un encuentro secreto con La Naturaleza del  cual jamás, en 80.000.000 de años ha trascendido una palabra. El Creador dejó el problema en sus manos, de paso, además de encargarla de un problema que parecía insoluble,  la exponía al peor de los fracasos; hay que reconocer que nunca se han llevado muy bien, especialmente desde que esta última quiere arrogarse todos los éxitos del programa.

Y todos sabemos cómo se las gasta la Naturaleza. El daño colateral, más que molestarla, parece divertirla.

– Bueno, ya, que pase lo que deba pasar –dijo el Todopoderoso.

Y lo que pasó fue la extinción masiva del cretácico, frente a la cual las víctimas de las dos últimas guerras mundiales serían una anécdota. Entre los escasos sobrevivientes que hoy podemos nombrar están las tortugas, los cocodrilos, algunos dinosaurios que optaron por convertirse en aves y abandonar sus viejos hábitos y …el celacanto.

Sólo que por sesenta y cinco millones de años, todo el planeta estuvo convencido de que el Celacanto se había extinguido junto con el resto, porque después del cretácico, nunca más se lo volvió a ver. Sus únicas apariciones estaban registradas en roca de trescientos millones de años.

Nadie va a pensar que El Creador o La Naturaleza ignoraban lo que había sido del excéntrico pez o que este es tan genial que se encargó de dejarlos en ridículo, no,  pero lo cierto es  que nunca más se preocuparon del Celacanto, ni siquiera para adjudicarle unas medidas, paliativas –la especialidad del Creador- o evolutivas –favoritas de la Naturaleza.

Para la comunidad científica y la nomenclatura universal el Celacanto dormía el sueño de los justos.

Eso hasta 1938, cuando una encantadora bióloga británica, la señora Latimer,  encargada del Museo de East London, Sudáfrica,  fue llamada al Mercado para ver un extraño pez azul, con cuatro aletas de lo más locas y una cara que llegaba a dar miedo; tal como los espías viejos,  el Celacanto había regresado del frío.

La señora Latimer buscó a su pez en cuánto libro estuvo al alcance de su mano, pero no, nada del pez azul. Entonces, aprovechando lo único que quedaba del ejemplar, su esqueleto,  hizo cuidadosos dibujos y los envió  a un  paleontólogo.  Gracias a todos sus esfuerzos, el Celacanto se llama hoy  latimeria chalumnae. Para qué vamos a negarlo, el celacanto odió la denominación, pero como en todo aquello de origen burocrático, su opinión no fue consultada.

Cada cierto tiempo aparece un ejemplar por aquí, otro, por allá, siempre muertos. Los japoneses, expertos en arrasar con la fauna marina, sueñan con sumar un ejemplar vivo al cadáver que tienen en su principal acuario. Por el momento se consuelan mirando las escasas filmaciones que se han obtenido. Lo único bueno del asunto es que el Celacanto ni siquiera es comestible, su carne es demasiado grasa para ser consumida por el hombre, incluso por los chinos o los japoneses.

Los estudios de sus restos mortales  han dejado algunas cosas claras: en la base de sus aletas hay tres huesos que indican la formación de una pata:, húmero, cúbito y radio,  y en sus lugares más íntimos descansan los restos de un proyecto de pulmón. ¿Qué fue lo que ocurrió? ¿Alcanzó  el celacanto a probar las delicias de las vidas de los anfibios para luego, inteligentemente, descartarlas, o solamente se preparó para el gran suceso arrepintiéndose después?

Y ahí está el pobre, indignado por la situación. Todavía no entiende que el uso de redes de profundidad o dinamita por sus desagradables vecinos humanos le son letales. Se pasea por los mares de África e Indonesia y más de alguien espera ubicarlo en otras zonas. Se esconde,  y lo hace bien, ya tenía bien aprendido cómo ocultarse de los importunos, pero lo cierto es que el actual locatario de la Tierra ha resultado un hueso duro de roer. Es vox populi que la fauna completa ha enviado solicitudes para que el Creador ponga las peras a cuatro  a estos nuevos dinosaurios, pero ya saben cómo es Él; para todo se toma su tiempo.

Tampoco vamos a criticar a la Naturaleza. A ella no le queda más que esperar una orden, una simple  llamada. Nosotros la conocemos, es más que seguro que ya tiene varios planes de extinción y catástrofes anexas, no por viejo pierde sus rayas el tigre, y una de sus debilidades ha sido siempre los grandes espectáculos. Tarde o temprano, la próxima extinción masiva hará su debut.

Y  vaya si le ha costado aguantarse, en comparación con el Hombre, los dinosaurios eran niñitos de pecho.

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