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De improviso una fuerte corriente perturbó las dóciles aguas del río en donde se bañaba Ignacio. Su grito de pánico se confundió con ellas. Sus amigos, que estaban un poco lejos, no lo escucharon. En seguida fue arrastrado unos cuantos metros sin que pudiera asirse a nada. Casualmente, las lianas de un árbol, se mecieron por el viento y estuvieron al alcance de sus manos. Con agilidad asombrosa se aferró a ellas y, haciendo esfuerzos enormes, pudo alcanzar la orilla.

Ignacio miró con espanto las aguas furiosas y se dijo que había tenido suerte de haber podido agarrarse a las lianas. Subió lentamente por la orilla, pero, a veces miraba espantado hacia el río. Pensó que debía haber llovido mucho en la parte alta para que las aguas se deslizaran tan enfangadas y violentas. Advirtió cómo a su alrededor los rayos del sol bañaban las plantas y estaba el ambiente tan normal, que, asombrado, le pareció todo lo sucedido muy incomprensible. Siguió caminando y pensó que sus amigos estarían inquietos buscándolo. Al fin los escuchó echándoles voces.

—Aquí estoy —les respondió y caminó en dirección a ellos.

— ¡Ignacio, cómo te hemos buscado; pensábamos que te habías ahogado! —dijo casi llorando Alberto, y Noel lo abrazó con tanta fuerza que creyó que lo ahogaría.

—Nosotros estábamos entretenidos mirando un nido de zorzal —dijo Ignacio y se quedó pensativo, luego añadió— las aguas estaban tan tranquilas que no pudimos imaginar que…

—Fue todo tan inesperado, la naturaleza es tan…

—Impredecible, como dice mi mamá —completó Noel.

Y los tres se quedaron mirando asustados las frenéticas aguas, sin saber la manera de pasar a la otra orilla.

Un pez saltó en el agua, no era como otro cualquiera: en vez de aletas tenía alas, ¡pero qué alas tan preciosas! Y el pez les habló.

—Los llevaré a la otra margen del río. Súbanse en mi lomo. No se entretengan revisando mis ale… digo, mis alas, pues podrían caerse.

Los niños se miraron perplejos. Sin embargo, un aguacero espontáneo los hizo decidirse a trepar al pez, el cual los trasladó en seguida a la orilla opuesta. En cuanto se bajaron de este, una nube lo alzó y, cuando estuvo a cierta altura, desplegó completamente sus alas y los múltiples colores reflejados en ellas le dieron la semejanza de un arcoíris gigante que, según se iba empinando, parecía esparcir sus matices por el firmamento.

Los niños se quedaron extasiados mirándolo hasta verlo desaparecer. Al mirar otra vez al río, vieron sorprendidos, cómo las que fueron unas ruidosas y enturbiadas aguas, se habían tornado nuevamente transparentes y mansas. Aseguraron que solo el pez con alas lo pudo haber hecho posible. Entonces regresaron a sus casas y esa noche no se durmieron fácilmente porque tenían en su memoria aquellas alas bellas.

 

Gisela de la Torre  Montoya, escritora de literatura infantil de de Stgo de Cuba, Cuba

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Juanpa tiene un año tres meses, es guapo, vivaz y precoz. Ya se siente capaz de perseguir a su hermano diez meses mayor y lo persigue con esos pasitos  ridículos de los niños que aún usan pañales. Juegan a la pelota, desparraman sus juguetes por toda la casa y siempre tienen las mejillas ligeramente pegajosas y algo manchadas de chocolate. ¿A qué pequeño no le gusta el chocolate?

Hoy, aunque los niños no lo tengan claro, es un día especial: hoy, papá está de cumpleaños. Quizás por ese motivo Juanpa y su  hermano mayor están mucho más felices, mamá está contenta, se afana en la cocina y no está tan al pendiente de sus andanzas. Mamá prepara una torta.

La tarde es tranquila en las afueras del pueblo. Los niños van al jardín y juegan con tierra, cortan hojitas, se sorprenden con los pequeños insectos y sus recorridos que parecen carecer de sentidos. Hormigas van, hormigas vienen, siempre a toda prisa y sabe quién con qué motivo y a qué misterioso destino.  En algún momento, Juanpa se siente solo, su hermano  ha desaparecido de su vista.  Sin temor, Juanpa lo busca, curiosea, se mete entre las plantas dejando tras  su paso una lluvia de pétalos rosados.

En algún momento, Juanpa encuentra la llave del agua, la manguera cuelga de ella y a Juanpa le gusta el agua. Quiere abrirla, liberar ese magnífico chorro cristalino para que corra a lo largo de los canteros dibujando corrientes en todas las direcciones.

Le gusta ese lugar. Es ahí donde Juanpa descubre a menudo cosas interesantes:  herramientas, guantes, ramas, macetas. ¡Cómo le gusta rebuscar ahí!  Con los ojitos brillantes apenas sombreados por las largas pestañas aterciopeladas, Juanpa se pone de puntillas y revisa con interés. Y claro, ahí está el tesoro.

El tesoro es un paquete de pastillas y a Juanpa le encantan las pastillas. No son bonitas como las que mamá suele darle. No, estas pastillas no son ni rojas, ni amarillas, ni azules, ni blancas, tampoco brillan, pero están ahí, casi al alcance de su manita y Juanpa las descubrió solito.

La puerta de la cocina está a un par de metros. “Juanpa”, llama mamá y Juanpa sabe que tiene que apurarse. La batidora manual zumba  sobre las claras batidas a nieve y una nube de azúcar despliega sus cristales sobre el bol.

-Juanpa.

Juanpa  chupa la primera pastilla y descubre con desilusión que no es rica, pero a Juanpa le gusta chupar y sigue chupando. Después de unos segundos la desecha. Es demasiado mala. Juanpa tiene razón, las pastillas  de veneno fosforado para matar pulgones no son buenas. Juanpa tiene mal sabor en la boca, escucha el llamado de mamá y entra en la casa.

Los niños  juegan en su dormitorio tratando de imprimir un toque más personal al pequeño caos de juguetes. Juanpa no se siente bien, se deja caer al piso. No sabe qué le pasa, las cosas dan vuelta a su alrededor. Hasta ahora,  Juanpa nunca  tuvo tiempo para saber  que las cosas podían…

Un grito de alarma  quiebra la tranquilidad de la casa, alguien ha descubierto a Juanpa. El pequeño tiembla y sus ojitos están  casi en blanco.

Las horas siguientes son difíciles de recordar. Los gritos de auxilio, el vecino que pudo llevarlos al lejano hospital, la entrada a Urgencias con el niño trémulo en brazos, blanco como una hoja de papel. Mamá nunca olvidará ese terrible día. Nadie en la familia podrá hacerlo.

Unos días después,  junto al cuerpo exánime de Juanpa, su hermanito mayor levanta los ojos hacia  la mamá y pregunta:

-¿Mi hermanito nunca más va a jugar conmigo a la pelota?

Mamá tiene un nudo en la garganta, no puede responder. ¿Te vas a ir, Juanpa? –piensa-No sé cómo podría vivir sin ti, no te vayas, Juanpa.

A Juan Pablo le encantan las pelotas, siempre han sido de sus juguetes favoritos.

Juan Pablo es un guapo chico de casi 18 años. Tras un largo camino sin ayuda de instituciones de ningún tipo, Juan Pablo hace su terapia  en el centro médico de una dama generosa. En la piscina Juan Pablo puede ponerse de pie y dar pasos  lentos, algo pesados, que lo llenan de orgullo. Normalmente se desplaza en su silla de ruedas, sin ella, gatea.

Juan Pablo hace policromía y guateros de semilla. A pesar de sus dificultades, se empeña en usar sus manos. Ama las cosas bellas.

El mejor momento del día para Juan Pablo es cuando mamá regresa a casa.  Entonces, se sientan a ver tevé en el sofá. Juan Pablo se acurruca junto a mamá, pegadito, pegadito.

-Juan Pablo es amor sin restricciones –dice mamá.

Le besa la frente. Juan Pablo le coge la mano y la cubre de besitos húmedos. Juanpa, después de todo, se quedó para siempre junto a mamá.

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Todo niño del norte de Chile que se respete debe vivir, al menos, dos experiencias terroríficas, a saber: Ir al cementerio en una noche de luna y llamar a la lola en las quebradas.

La primera realmente asusta. A pesar de la luz de la luna, difícil es ver dónde pone uno el pie  en dichos lugares. Los cementerios  del norte, especialmente si han sido abandonados, suelen estar llenos de fosas al descubierto, de rejas derrumbadas y materiales de construcción regados en total desorden. Además, las coronas de flores suelen ser de porcelana y latón o papel. ¿Saben a qué se parece el clac-clac   de las coronas de hojalata? ¡Al golpear de los huesos de un esqueleto! ¿Les gustaría sentir que un esqueleto pisa tras sus pasos? No a mí.

Las flores de papel desteñidas por el sol tampoco lo hacen mal con su frufrú, parece que en cualquier momento va a aparecer por allí un fantasma envuelto en sus harapos susurrantes. Los niños van de una tumba en otra sabiéndose intrusos y temiendo, a cada paso, la aparición de los habitantes legítimos del lugar.

Sin embargo, es a la lola, la bella Dolores a la que más debieran temer y de seguro lo harían si no fuera porque los chicos no van por las quebradas entre las tinieblas de la noche, y en el día, cuando sus llamados rebotan  por los muros de andesita de las quebradas, repitiendo una y otra vez “lola, lola, lola”, a esa hora, por fortuna, la lola duerme el sueño de…¿los justos?…No  precisamente.

Tan bella era Dolores que su padre la cuidaba como hueso santo de los galanes que la rondaban como moscas a un pastel; no fuera a ser cosa que su respirar empañase el espejo de  la virtud impoluta de su hija adorada.

Claro que eso no impidió que uno de aquellos se robase el corazón de su hija y las  condiciones que el padre impuso, una tras otra,  para que mereciera la mano de Dolores,  cayeron todas juntas cuando el aspirante a novio se topó con un filón de oro que lo convirtió, de un día para otro, en un minero rico y un postulante apetecible.

Así, la bella Dolores, Lola, entró a la iglesia  vestida de encaje blanco y salió de ella del brazo del que hasta entonces fuera el más enamorado de los hombres.

Y digo “fuera”, porque desde ese mismo día, obtenido ya lo ambicionado y con el bolsillo bien abastecido por el oro de su mina, el marido de Lola fue deseando y obteniendo, una y otra vez los dones de otras mujeres, que poseían una cualidad irresistible: no estaban casadas con él.

Nada dura para siempre y mucho menos la inocencia de una esposa engañada. El día llegó que Lola, empujada por las maledicentes  voces de sus amigos y vecinos, vistiendo los encajes de su día de bodas, espió a su marido hasta descubrirlo en compañía de una más de sus amantes y, con el mismo cuchillo que trinchaba el asado de los domingos,  pinchó el corazón de su amado, que se desplomó sin un suspiro.

Desesperada al ver lo que había hecho, Lola corrió al desierto; sin querer aceptar la verdad de su crimen se repetía que su amado había sido asesinado por otro, un rival, un envidioso. Corrió, corrió y corrió,  hasta que, perdida la razón y hechos jirones sus encajes,  cayó sobre la tierra ardiente, agonizante a causa de la sed, y allí se fue apagando hasta que la última luz de sus ojos murió también. Y en ese momento, al morir la bella Dolores, nació la lola.

-“Lola, lola, lola” –gritan los niños por las quebradas, y el eco les devuelve cien veces su aullido: “Lola, lola, lola”.

La lola no responde, es que duerme de día el sueño eterno y sólo se levanta de su improvisada tumba cuando la noche se abate sobre la tierra. Entonces agarra la  pesada carga de su crimen y va por el desierto llorando tristemente, buscando, en cada rincón, al asesino maldito que acabó con el hombre de su vida.

La primera vez que se encontró con él, por poco no lo ve. La lola iba pasando de largo cuando, al descorrerse un poco las nubes que ocultaban la luna, un pirquinero que se aprestaba a dormir vio pasar lloriqueando tristemente a una bella mujer vestida de blanco, apenas una sombra más en la oscuridad.

El pirquinero fue tras ella casi sin creer lo que veían sus ojos. ¡Tan bella, tan blanca, tan frágil,  tan sola, tan triste, tan cansada de cargar el gran bulto que arrastraba y que parecía chocar contra cada piedra. La siguió acercándose  cada vez más y le pareció más bella aún. ¿De dónde podía venir esta hermosa  mujer que interrumpía su soledad tan intempestivamente?

–       ¡Señorita! – Llamó-

La lola se detuvo bruscamente, pero no se volvió.

–       ¿Qué le sucede, señorita, puedo ayudarla?

El pirquinero ya casi había llegado junto a la lola. Extendía su mano, buscaba sus ojos. Sólo  entonces, cuando la lola se volvió, él pudo ver que lo que arrastraba era un ataúd  de negra madera desteñida. Lo siguiente, fue mirar su cara.

Un alarido de terror quebró la quietud de la noche. En el rostro reseco por el sol y el viento hasta parecer un delicado pergamino apenas pegado a los huesos, resplandecían como brasas las cuencas de los ojos vacías, fuego eterno que  quemó, primero su cerebro, y luego su corazón. El pirquinero se desplomó sin vida convirtiéndose así en el primer eslabón de una larga cadena de muertes.

¿Y la lola? La lola recogió la cuerda que tira del ataúd de su amado y siguió su camino en las tinieblas; tal como le ocurriera la primera vez,  acababa de olvidar que ya había dado muerte al supuesto asesino de su marido y otra vez sentía la urgencia de encontrarlo. ¡Ya vería, el maldito, cuando se encontrase con ella, de qué era capaz la bella Dolores! La lola.

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Cinco patatas, tres zanahorias

Un tomate y media achicoria,

 Hay que ver que imaginación

Para hacer de la sopa un horror.

El zapallo lo permito

Y también el dulce choclito,

Pero por nada meterás

Coliflor en este berenjenal.

Brum, brum, brum, mira quién viene

En el avioncito de la tía Cleme:

Arroz graneado y un filete

De pollo asado que es un siete.

Abre la boquita, no seas mañoso

Todos fuimos niños y sufrimos un poco.

Pero mañana serás tan grande

Como el orgulloso Mariscal de Flandes.

Qué tramposa resulta ser  esta abuela,

Siempre echando albahaca en la cazuela,

Apenas me volteo y lista está

Para sazonar patatas con azafrán.

¡No quiero comer, llévame a pasear,

Cómprame un helado y un mazapán!

Prometo que mañana no dejaré  migaja

Comeré la acelga y el topinambur

Antes de que tú digas ¡Salud!

Quiero leche asada para terminar,

Dulce y suave como fresca crema

 Empapada toda en dulce  caramelo.

Comeré solito, prometo, y con el baño,

Me quitas los restos que olvidé en mi pelo.

¿Último bocado? ¡Quién lo diría!

Es que un rico postre mejora cualquier día.

A dormir la siesta un bostezo llama

Y abuela un descanso urgente reclama.

Me voy, más recuerda, sólo es una tregua

Que suspenderemos a hora de la cena.

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-Lo  compré para el dormitorio del bebé –dijo él.

Y  ella, sobándose la  barriga,  estuvo encantada. Decidió dónde debía ir  colgado y cuando ya estuvo en su lugar le sacudió el polvo.

-Me encanta, nuestro hijo tendrá un precioso  dormitorio – dijo ella.

Antes de irse a dormir, dieron un  vistazo. Todo estaba perfecto: la cunita blanca, las cortinas de cuadros  azules, algunos  animales de peluche
repartidos por allí y, en la pared, el retrato de un pequeñín al que le escurrían  tiernas lágrimas por las mejillas. Dejaron la  puerta cerrada.

A las tres de la madrugada, él se  levantó por primera vez y fue hasta el cuarto del bebé dando tumbos en la  oscuridad, abrió la puerta y miró dentro.  La luna se había colado por entre los pliegues de la cortina y el niño  del retrato  adquiría un aspecto  soñoliento. Volvió a la cama sin cerrar. Aun debió levantarse dos veces más.

-Tienes  cara de sueño –comentó ella cuando le sirvió el desayuno.

-No  pude dormir, un  bebé se la pasó llorando  toda la noche- dijo él.

-¿De  veras? No lo escuché, debe ser la pareja  que llegó al 1001. Creí ver una cama de niño cuando se mudaron.

La  noche siguiente empezó tranquila y terminó bruscamente a la una con cincuenta.  El niño  del departamento vecino largó el  llanto y no paró hasta el amanecer.
Mientras su esposa dormía plácidamente, él se dio vueltas  en la cama toda la noche. Cuando aclaró, el  niño se quedó dormido y paró el lloriqueo.

Dos  semanas después,  él estaba notoriamente  afectado. Oscuras sombras  rodeaban sus  ojos, había perdido peso y un rictus le deformaba la boca.

-Tenemos  que reclamar – le dijo esa mañana-, no es posible que dejen llorar al niño  todas las noches. Si no se van ellos, nos mudamos nosotros, pero algo hay que  hacer.

Después,   como si recién se le hubiera ocurrido, preguntó:

-¿Tú  crees que lo torturarán?

-¡Tú  estás loco!

-Es  que no lo has escuchado llorar, es terrible.

Esa  noche tampoco pudo dormir. Apenas había cerrado los ojos cuando ella lo remeció  y le dijo.

-¡Es  la hora, empezaron las contracciones!

Llevó  a su esposa a la clínica, donde quedó internada. A pesar de su insistencia en  quedarse a acompañarla, el médico lo envió de regreso, no sería de utilidad por  el momento, faltaba demasiado.

De  regreso en el departamento,  se dedicó a  limpiar  cuidadosamente. Todo debía estar  en orden cuando su esposa regresara a casa con el bebé. Se acostó tarde,  comió mirando televisión un sándwich enorme y  un paquete de papas fritas, regó todo con una bebida de soda. Estas serían, de
seguro, las últimas horas de paz antes de que  la madre y el futuro bebé estuvieran de regreso.  Se quedó dormido  durante un partido de fútbol.

Y  despertó poco después. El bebé de los vecinos lloraba más fuerte que  nunca.  De vez en cuando, desesperado,  golpeaba con los nudillos en la pared, aún a sabiendas de que era difícil que  le escucharan; el llanto del  niño  apagaba cualquier otro sonido. Ahora incluso parecía que lloraba dentro de su  propio departamento, tanto que, algo avergonzado,  fue a mirar el cuadro del niño que lloraba.

Fue  de un lado para otro encendiendo las luces, abriendo y cerrando puertas,  ratoneando otros bocadillos en el refrigerador.mucho más tarde, cuando lo  revisó por tercera vez, el  cuadro del  niño que lloraba le enfrentó melancólico. De pronto sintió una oleada de furia  invadiendo su cuerpo. Jamás debió haber comprado ese cuadro, qué estupidez, no  hay nada peor que un niño llorón, no podía entender qué le había gustado del  dibujo.

Decidió que no lo quería más allí, nada de  llantos en el cuarto de su bebé, su hijo tendría un elefante, un rinoceronte,  un papagayo, cualquier cosa menos el niño que lloraba. Descolgó el cuadro, lo  sacó al pasillo y lo dejó afirmado en la pared. Apenas amaneciera lo echaría a
la basura.   Le dolía la cabeza a causa  del sueño y los ojos afiebrados  le  pesaban como  plomo derretido.

Repentinamente, notó que el llanto del  departamento vecino  había cesado como  por arte de magia.  Satisfecho, se  acurrucó en la cama y se quedó dormido de inmediato.

Habría  dormido unos veinte minutos cuando  el  llanto se reanudó. Esta vez, le costó despertarse, tenía demasiado sueño.  Intentó  no hacer caso del chillido, casi  el maullido de un gato triste, pero el llanto era tan persistente que  terminó por levantarse. Tenía sed, decidió ir  por un vaso de agua a la cocina. A oscuras, arrastró las pantuflas por el  pasillo, era incapaz de levantar los pies o al menos así se sentía.

Cuando  pisó el cuadro del niño que lloraba, su cuerpo saltó violentamente en el aire,  dio una voltereta en la oscuridad para después aterrizar  despatarrado  sobre el piso. Su cabeza, la última en tocar piso, se azotó contra  el  marco de la puerta, se zarandeó de un  lado a otro y finalmente cayó al piso, su cuello quedó formando un extraño ángulo en relación a su cuerpo.

En un instante,  el estruendo del golpe se desvaneció, el llanto del niño  siguió el mismo camino. Pronto, un pesado  silencio llenó el departamento.  En el  piso, bajo el cristal roto del cuadro del niño que lloraba, gotas de  lágrimas  comenzaban a empapar  las mejillas
coloreadas de rosa a pesar de que el niño parecía sonreír.

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¿El escenario del flamenco son las vegas? Claro, eso es un hecho. Y los que piensan que se trata de Las Vegas, esa iluminada y parafernálica ciudad del desierto de Nevada, se equivocan. Una vega es una  laguna, un hermoso espejo de agua helada como la puna y trasparente como el cielo, ojos salitrosos que reflejan la belleza de Los Andes.

Los primeros flamencos que llegaron a  las vegas andinas  descubrieron allí un refugio de extraña belleza,  que si bien podía ser muy frío por las noches  prácticamente carecía de predadores que amenazaran su existencia.  Satisfechos por loo que veían, hundieron  sus picos curvos en el lodo amarillento de las vegas y sí, allí estaban sus crustáceos favoritos. ¡Para qué seguir buscando!

Los flamencos llevaban su tranquila existencia  sin presiones. Compartían  territorio con la jolla y los patos salvajes, pero  alimento había de sobra para todos. Desde  su  sitio en el centro de la laguna observaban  el ir y venir de los camélidos que se acercaban a beber para luego  marcharse con paso aristocrático a ramonear  las ásperas  hierbas  que les proporcionaba la puna. A veces, un puma solitario  venía a mojar sus patas acolchadas en la orilla  salobre; asustados, los flamencos ocultaban la cabeza bajo las alas. El puma tiene mala fama por esos derroteros.

Un día, un Flamenco más inquieto que sus hermanos  descubrió que estarse allí todo el día,  parándose en una u otra pata, escondiendo su cabeza bajo el ala y viendo pasar un guanaco de vez en cuando  le estaba resultando sumamente aburrido.

-¡Es que  aquí no pasa nada, pero nada entretenido! – le comentó a sus vecinos más cercanos.

¿Entretención? –respondieron ellos- Nunca se ha sabido de flamencos que pasen la vida buscando en qué entretenerse. A las alturas del altiplano se viene a descansar de las agotadoras migraciones, a tomar sol, a traer  polluelos al mundo. ¡Es más que suficiente en materia de emociones!

-¡Cómo no va a ser aburrido convivir con quiénes piensan así –refunfuñó Flamenco.

Deprimido, se dedicó a observar el movimiento de los juncos y las olas que el viento dibujaba sobre los matojos de paja brava.

De tanto observarlos, Flamenco terminó por encontrarles gracia. ¡Qué bien ondulaban las hierbas andinas, casi parecía que bailaban a impulsos de la ventolera! Repentinamente, una idea afloró en su  pequeño cerebro. Flamenco corrió hacia el centro de la bandada y empezó a hacer extrañas figuras sobre sus patas altas ydesgarbadas.

Sus evoluciones terminaron por despertar el interés de los demás flamencos. ¡Era extraño lo que hacía Flamenco, pero sin duda alguna, lo hacía ver muy bien…y parecía entretenido!

Paulatinamente, toda la bandada se fue sumando a la coreografía de Flamenco. Iban de izquierda a derecha, aleteaban un poco, se paraban en una pata, escondían la cabeza y después repetían la secuencia completa en un raro y alucinante ballet andino.

 Andando el tiempo, el ballet de Flamenco alcanzó su peak de popularidad y todas las familias de flamencos adoptaron la costumbre de bailar sobre los lagos salobres. Todavía se les puede ver  danzando muy entretenidos en su multitudinaria danza  que destaca bellamente su extraordinario colorido.

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Hemos  sufrido un retraso debido a las últimas correcciones, pero sí, este sábado  viene el primer capítulo de PÓRTICO, una novela juvenil de ciencia ficción.

Ragnar relata y junto a Fariah, su mejor amigo, protagonizan la historia. Ambos viven en un mundo agonizante, donde escasas  ciudades cubiertas por domos protectores, guardan los últimos resabios de vida. Monstruosos nefarios caníbales asolan a los sobrevivientes de fatales guerras inter imperios, el sol está muriendo y los mares  son masas enrojecidas y estériles. Sin embargo, Fariah, un expósito que  gracias a su cerebro se ha convertido en un  brillante alumno de la Akademia que forma a la elite, cree que puede haber una solución a la muerte anunciada viajando al pasado. Fariah cree  poder hacerlo por si mismo usando un pórtico interdimensional, no quiere la ayuda de la Regencia, el gobierno que controla al milímetro la vida del pueblo.

¿Lo logrará? ¿Conocerán los amigos el pasado de Tyerra o llegarán a cualquier parte, quizás al lugar menos esperado? ¿Cuál es el destino que aguarda a Tyerra?

Léelo desde mañana  y conocerás todas las respuestas.  

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Devorado por la desesperación, el capitán Z*Quq tenía un aspecto deplorable. Iba de un lado a otro de la nave tratando de arrancarse el tentáculo superior  sin parar de gemir:

-Mi amada X*Klimi, mis adorados padres, mis maestros queridos…

Tanto dolor no podía quedar sin respuesta. Pancho se le acercó, le tocó el hombro derecho y le dijo con voz temblorosa.

-Bueno, no todo está perdido, Capitán…podrían venirse a vivir acá.

La idea era descabellada, pero la situación era tan desesperada que el Capitán se agarró de ella como un náufrago de un salvavidas.

-¿Tú crees que el Mariscal de Tierra aceptará, terrestre Pancho?

No fue sencillo explicarle al Capitán y al Mariscal Z*Yaiq que la Tierra carecía de un Mariscal único. La idea de algunos centenares de mandatarios, de los cuales sólo unos pocos tenían verdadera importancia en las decisiones que involucraban al planeta, les era difícil de asumir.

En todo caso, más sabe un Mariscal por viejo que por otra cosa. Como todo político avezado, el Mariscal resolvió el asunto designando a Pancho como  Embajador Plenipotenciario de Zdn ante las Naciones Unidas. Pancho, por su parte, decidió que ocultaría esos honores cuidadosamente por razones de seguridad personal  y  enseguida elaboró un plan perfecto para que la colonización de los zédicos* pasase inadvertida.

El Mariscal, bien aleccionado por algunos reportes secretos del Capitán Z*Quq, estuvo de acuerdo. Casi simultáneamente, los zédicos* comenzaron a embarcarse. Las naves que aguardaban en las plataformas de lanzamiento se llenaban,  cerraban sus escotillas y emprendían el vuelo. El Mariscal Z*Yaiq estaba contento: la evacuación de Zdn se efectuaba con precisión y calma, tal como fuera planificada.

En las últimas naves se embarcó toda la fauna de Zdn. Los últimos en subir fueron los nefertiles, que habían sido a su vez los últimos en buscar refugio bajo la superficie.  Tenían tal bullicio dentro de sus jaulas que casi enloquecían a los pilotos de sus naves. Incluso, se corrió la voz de que unos esklemtiles, que son unos animales bastante tímidos,  habían intentado suicidarse arrojándose desde lo alto de la torre. Los nefertiles provocan pasiones encontradas.

-O se les ama o se les odia -decía de ellos el profesor Z*Asmuq.

Los últimos en subir fueron doscientos ejemplares de canfini spola (que han sido llevados al borde  de la extinción a causa de sus bellas plumas nacaradas) y cincuenta y dos parejas de tamuks  con los que se esperaba iniciar crianza tan pronto como fuera  posible.

 

Mantener la seguridad fue la razón de que los primeros zédicos* que pisaron la Tierra lo hicieran fingiendo ser juguetes de plástico. Poco tiempo después, cuando los zédicos  vieron el tamaño de los terrestres y apreciaron algunas de  sus más famosas  seriales de televisión, estuvieron totalmente de acuerdo con los sacrificios que les había impuesto la llegada secreta. ¡Quién habría dicho que los Azules eran tan peligrosos!

Las últimas instrucciones que recibió el Capitán Z*Quq se referían al terrestre  llamado Pancho. Amablemente, el Mariscal Z*Yaiq  deploraba tener que ordenarle que la memoria del niño memoria debía ser borrada en cuanto terminara el desembarco de los zédicos*.

 

Los extraterrestres de plástico anaranjado coparon el mercado con extraordinaria rapidez. Después de que un comerciante declaró que tenían  tan buen sistema de animación que parecían vivos, se convirtieron en la sensación de la temporada. Todo el mundo quería llevarlos a sus casas y era de pésimo gusto no contar con uno de ellos, por lo menos, entre los adornos de la casa. Algunas personas tenían familias completas de las que no podían explicar cómo  habían llegado a poseer. Parecía que se reproducían solos.

Los extraterrestres terminaron  por saturar casas, jugueterías y supermercados. Aunque nunca llegó a saberse quiénes fueron los fabricantes  originales, después  aparecieron en circulación las típicas copias hechas en Taiwan, que distaban mucho de tener la misma calidad de las primeras.  Los  primeros extraterrestres animados sólo tenían un defecto:  tarde o temprano, desaparecían y no había  manera de  recuperarlos.

 

Después, quién sabe de dónde,  surgió el mito urbano de los invasores extraterrestres,  que explicaba  la existencia de los juguetes anaranjados como una invasión pacífica que tarde o temprano se apoderaría de la Tierra. Al desaparecer, se decía, los extraterrestres se marchaban a unas colonias submarinas que habían construido frente a las costas del norte de Chile.

No faltó quien los buscó con ayuda de un submarino y el verano siguiente la mitad de los adolescentes de La Serena  perdió el tiempo mirando debajo del agua para encontrar alguna evidencia. Lógicamente, no se encontró nada.

Al año siguiente nadie hablaba de ellos. Habían pasado de moda. 

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Bebé tenía serias intenciones

de armar un escándalo

de proporciones.

No quiere almorzar,

le carga la sopa,

quiere que mamá

le dé compota.

Con unos gajitos

de mandarina

aquieta las aguas

la tía Ernestina.

Bebé come sopa y postre

y el resultado, claro,

es un desastre.

Cuando terminó,

todo se lavó,

aún la silla alta

donde merendó.

Ahora Bebé quiere jugar

y no se cansa de reclamar:

Quiere la pelota,

quiere su  abanico,

y la caja de cartón

que trajo Federico.

A Bebé los ojos

se le están cerrando

tiene mucho sueño

y sigue reclamando.

Bebé quiere pasear

o  ver televisión.

Bebé no pierde la ocasión

de acelerar mi corazón.

Duérmete mi niño,

duérmete Gugú,

que estás más    irritado

que un pobre emú

al que le han hecho

la permanente

y vio los resultados

reflejados en la fuente.

Bebé está casi, casi dormido

toda la casa ha estremecido

con sus quejas y sus llantos.

Este Gugú, está de espanto.

Cierra los ojitos,

gimotea un poco

y en sólo un segundo

se olvida del mundo.

Ahora que Bebé se durmió

una buena siesta tomaré yo.

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Tres días después,  antes de que los integrantes de su familia abrieran los ojos, Pancho se levantó, se colgó las zapatillas al cuello y  salió sigiloso en dirección a la cabaña de las herramientas. Aún estaba oscuro, era sábado, por lo que estaba seguro de que sus padres no se  despertarían  antes de las nueve de la mañana.  Despejó la superficie de la caja y ante él, soñoliento, apareció el Capitán Z*Quq con el tentáculo superior levemente maltrecho por las incómodas noches pasadas.

Con el extraterrestre acomodado en una mochila,  Pancho llevó su bici hasta llegar a la esquina;  recién ahí se montó en ella y partió velozmente hacia los suburbios. Junto a su oreja derecha asomaba  la cabezota anaranjada de Z*Quq, que trataba de  descubrir el camino dándole las instrucciones más contradictorias que fuera posible.  Eso, hasta que Pancho se detuvo abruptamente.

-Mira, tú me dijiste que llegaste por la carretera.

-Sí.

-Y que entraste por el acceso norte.

-Sí.

-Bueno, quédate callado y yo te llevo allá.

-¡Pero tengo que encontrar el vehículo de superficie!

-¿Y dónde lo dejaste?

-En  el parque, junto a unas estatuas.

-Esta bien, vamos allá.

Media hora después, luego de afanosa búsqueda, el Capitán Z*Quq  logró dar con elvehículo de superficie, que estaba  medio sepultado por los matojos y la tierra. El vehículo de superficie tenía el capot feamente averiado y  tan mal aspecto que el Capitán dio el contacto con preocupación, pero el motor ronroneó suavemente. ¡Funcionaba!

A Pancho le costó bastante introducirse en el vehículo de superficie, es más, nunca habría imaginado que se pudieran  hacer autos tan chicos. Pero a fin de cuentas, su tío Luis era dueño de un Austin Mini del año de la  pera, así que ya tenía un poco de práctica en esas lides.  Para hacerle más espacio, el Capitán se deshizo de las raciones de emergencia,  que Pancho escondió junto a su bici y la mochila vacía.

  Pocos minutos después, enfilaban por la Carretera Panamericana Norte en busca de la Nefertil I.

 

-¡Aquí, aquí fue! Mi nave debe estar hacia el este.

¿Cómo podía estar tan seguro el Capitán? A Pancho todo el desierto le parecía igual.

-De ninguna manera -explicó el Capitán Z*Quq-, toda la información del aterrizaje quedó  registrada en Nefertil I y los instrumentos del vehículo de superficie están conectados directamente con el cerebro de la nave.

Y obedeciendo las instrucciones de su pantalla,  se encaminó directamente hacia las montañas.

Contra todo lo que Pancho pudiera pensar, el vehículo de superficie era bastante eficiente. Sin ningún problema superaba dunas, colinas, pedregales y  bajadas. El niño iba totalmente doblado y encogido, pero el todo terreno del Capitán Z*Quq no se achicaba con el peso extra. Cuando las cuestas se hacían muy pesadas, el Capitán presionaba un nuevo botón de marcha, entonces el ronquido del motor se hacía más profundo y en pocos minutos superaba la subida.

 La  incómoda posición, sumada a la poca costumbre de madrugar,  terminaron por cansar al niño. Sus ojos se fueron cerrando hasta que finalmente se durmió del todo.

 

-Ahí está, hemos llegado!

            El grito del Capitán Z*Quq despertó al niño. Con las extremidades adormecidas y el cuello maltrecho, Pancho trató de ver la nave en  la ventanilla del todo terreno, pero delante de él sólo se divisaba una gran extensión de desierto bañada por el sol.

            -Yo no veo nada -se quejó.

-No te preocupes, terrestre -repuso el zédico*-, ya podrás verla.

Reduciendo la velocidad al mínimo, el Capitán Z*Quq se adelantó con decisión  hacia una pila de rocas, Pancho abrió la boca para gritar ¡Cuidado!, pero no alcanzó a hacerlo. Todo lo que los rodeaba desapareció y repentinamente, las rocas se convirtieron en una gran pasarela plateada por la que el vehículo de superficie trepó sin dificultades hasta llegar al corazón de la nave interplanetaria.

-¡Guau! ¿Cómo hiciste eso?

-Dejé la nave protegida con un camuflador de imagen, aunque estábamos delante de ella, no podías verla. -Explicó Z*Quq.

El Capitán  saltó ágilmente hacia el interior de la nave. Pancho hubiera querido hacer lo mismo, pero sus piernas entumecidas no se lo permitieron. No pudo  evitar un par de ayes de dolor a medida que entre cabezazos y  estirones lograba salir del pequeño   vehículo.

-Bienvenido a mi nave,  terrestre.

Pancho estaba maravillado. La Nefertil I  era bastante grande si se consideraban las dimensiones de los zédicos*. Todo relucía brillante e impecable a bordo; después de todo, uno de los motivos por el que se le asignara la misión a Z*Quq habían sido sus  excelentes calificaciones en la Escuela Interplanetaria de Vuelo y Exploración.  Asombrado, el niño iba de un lado a otro revisando los aparatos, el tablero de vuelo, la ventanilla salpicada  de desechos de nefertil  de brillante color rojo y el vistoso traje de astronauta  con  el que Z*Quq se apresuró a reemplazar el vestido de la  muñeca de  Mari.

Inmediatamente después, el Capitán se instaló en el asiento de mando y  encendió el intercomunicador.

-Nefertil I a Base Zdn, Nefertil I a Base Zdn, este es el Capitán Z*Quq, Nefertil I llamando…

La respuesta vino emocionada desde el otro lado del universo:

-¡Base Zdn a  nave Nefertil, creímos que habría muerto, Capitán! ¡Este es un gran día para Zdn!

-Tengo tantas cosas que contarle, Mariscal Z*Yaiq, que no sé por dónde empezar, pero, antes que nada, debo decirle lo peor: el Planeta Azul no está deshabitado. No podremos instalarnos aquí.

Un largo silencio se alzó a través del cosmos. El Capitán Z*Quq pensó que había pasado una eternidad  cuando la voz del Mariscal Z*Yaiq volvió a escucharse  por el intercomunicador.

– También nosotros tenemos algo que decirle, capitán. El proceso de supernova de nuestra  vieja y querida Estrella Madre se ha salido de los márgenes normales. Sólo contamos con treinta mags para evacuar a nuestro pueblo hacia algún punto de la galaxia  donde no nos alcance su poder destructivo. 

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