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Posts Tagged ‘cuentos para niños’

1716477380_93b86e6584   Un caracol gustaba burlarse de las moscas cuando las veía huir de las lagartijas para que no se las comieran y les gritaba que eran unas cobardes. —Te burlas de nosotras porque puedes esconderte en tu concha y resguardar tu cuerpo de tus depredadores, mientras que nosotras no tenemos esa opción, sin embargo, muchas veces escapamos de ellas porque somos ágiles —le dijo indignada una de ellas. —No solo me burlo de ustedes por eso, sino también porque tienen colores feos ¡Mira los míos que lindos son! —y comenzó a retirarse. No había andado mucho cuando una bruja lo vio y dijo: —Este es el caracol que andaba buscado desde hace tiempo. Por sus bonitos colores será más efectivo para mis pócimas —y lo agarró sin que este le diera tiempo a escapar. Entonces las moscas le gritaron al caracol: —Nos favoreció ser cobardes,  aunque no lo somos, y feas, como nos llamaste, porque sí tenemos otros encantos —le gritaron las moscas al vanidoso caracol—. Sin embargo, tú por lento y atractivo caíste en manos de quien te hará lo mismo que las lagartijas pretendieron hacer con nosotras —y lanzando carcajadas fueron detrás de la bruja

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 el-condor-pasa

 

Nunca faltan las voces malintencionadas que se esfuerzan por manchar la figura del Cóndor:

-¿Por qué llamarlo cóndor –cuestionan? Si no es otra cosa que un buitre, un carroñero más?

¡Cómo si la delicada labor de un animal carroñero no fuese tan necesaria para nuestra Naturaleza maltratada! El Cóndor, siempre orgulloso y amante del silencio de los desfiladeros andinos, continúa sus evoluciones aéreas sin prestar atención a estos comentarios tan venenosos como insignificantes.

-Al menos –se dicen los cóndores mientras ejecutan su majestuoso vuelo-,  hubo alguno que reconoció el valor de nuestra presencia y nos coronó junto al Huemul!

-¿Qué suerte,  no? Muchos se oponían a que fuéramos el símbolo de esta tierra –retrucan otros.

Y a continuación, melancólicos, hacen memoria de aquellos buenos tiempos en que todavía era posible disfrutar la sabrosa carne de un huemul sin que nadie pusiese el grito en el cielo. ¡Cada día son más escasas las presas, no queda más remedio que conformarse con los duros conejos silvestres o la desabrida carne de una vaca o una oveja desbarrancada!

-¡Quién pudiera picotear un pudú jugoso, salpicado de aquellos deliciosos gusanos que tan bien lo sazonan! – razonan mientras observan los valles desde las alturas de su patrullaje diario.

Tristemente  reflexionan los cóndores sobre  el tiempo perdido. Se duelen de la presencia invasiva del hombre, que cada día trepa más arriba obligando a pumas, zorros, roedores y aves de rapiña a refugiarse en lo más alto de la Cordillera.

Porque antes, cuando la tierra era joven e inocente, los Cóndores, majestades de los aires, volaban sobre toda la franja que se asoma al Pacífico. La luz de cada amanecer los sorprendía en sus grandes nidos y  los empujaba de inmediato a surcar el cielo. Iban de norte a sur, de este a oeste, respirando el aire helado de Los Andes y disfrutando el frufrú de sus alas  henchidas por el viento. No dejaban de observar hasta que de algún lugar de la campiña llegaba el aroma penetrante de la carne descomponiéndose, sólo entonces, avisados ya todos los componentes de la bandada, se acercaban rasgando el viento con un silbido a llenarse la barriga hasta que, de tan pesados, no podían emprender el regreso. No les quedaba entonces sino dormitar con la cabeza oculta bajo sus grandes alas mientras hacían la digestión.

Pero, poco a poco, las  imágenes que se imprimían en sus agudos ojos fueron cambiando. Los hombres cultivaban la tierra y poblaban los campos con nuevas bestias ajenas al entorno. Los primeros caminos que se dibujaron sobre la tierra eran ásperos e intrincados y las carretas quedaban atrapadas en el barro después de las lluvias, las luces que se encendían eran débiles y titilaban delatando la presencia de las casas de adobe, pero, casi sin que ellos se dieran cuenta, el paisaje comenzó a cambiar.

Un día, un cóndor divisó una mancha que olía diferente: tenía la marca del hombre. Cuando bajaron a comer el extraño animal que yacía sobre la tierra lo hicieron desconfiados, temerosos. Sin embargo, aquello que los hombres llamaban “res” llenó la panza de muchos animales y después de que el Puma comiese hasta hartarse siguieron los culpeos y los cóndores y no pararon hasta dejar los huesos limpios. Todos los animales libres supieron entonces que el hombre tenía algo bueno: podía proporcionar comida, y no hay nada más importante que la comida para la vida de aquellos que están a la buena de Dios.

Muchos soles desaparecieron tras el horizonte hasta que un día el Cóndor vio a los hombres elevando torres a través de los campos. Los observó divertido, vaya qué trabajo se daban esos hombres. ¿Para qué construir torres si ya existían árboles tan altos por todo el valle?

Con el correr del tiempo las torres, que estaban unidas una a otra con pesados cables de cobre, abarcaron todo lo largo y ancho de la comarca y comenzaron a trepar por los taludes cordilleranos. Sin embargo, para ellos la presencia de las torres no tenía relación con el hecho de que las casas se iluminaran brillantemente y mucho menos con los nuevos caminos, que como cintas grises, eran recorridos velozmente por extraños vehículos.

Para entonces, la mayor parte de los animales se había replegado lejos de la presencia del hombre. Algunos, no pocos, fueron menguando hasta que no se les volvió a ver más. Ningún cóndor supo qué había pasado con ellos. Ahora a cualquiera le resultaba difícil encontrarse con los antiguos habitantes de la tierra y hasta al mismo cóndor le costaba divisarlos desde la privilegiada posición de sus patrullajes celestes.

Los cóndores podían ver claramente el cansancio de la tierra. Los hombres desviaban ríos, encerraban las aguas con altas murallas de concreto, abrían la tierra con enormes máquinas y arrancaban de ella todo lo que tuviera algún valor dejando tras sí un reguero de escoria y desechos y la tierra arrasada. Aquí y allá se levantaban las viviendas en que habitaban y no lejos de ellas se amontonaban los  basurales que producían sus moradores.

Una triste mañana de invierno, fría y gris, el cóndor despertó en su nido de la montaña. Estiró perezosamente las poderosas alas, revolvió la cabeza calva en su cuello de albo y suave plumaje y finalmente se incorporó sobre sus patas. Una ráfaga de viento lo azotó sin piedad, el cóndor pensó que era una mañana perfecta para alzar el vuelo y así pensando se arrojó en las corrientes de aire que se perdían en los desfiladeros de Los Andes. Primero planeó en círculos -¡cómo le gusta al cóndor planear en círculos! -, después enfiló hacia el valle de la gran ciudad.

La ruta estaba cruzada por largas columnas de humo tóxico que el cóndor evitó cuidadosamente y  aunque desde esas alturas el cóndor no podía escuchar el rugido proveniente de las carreteras estaba claro para él que todo allá abajo era agitación y prisas.

Pero ¿dónde estaba la ciudad? ¡Todo había desaparecido como borrado por una mano colosal! En el lugar donde se levantaba la ciudad había ahora una niebla oscura y sucia que no dejaba ver nada, ni siquiera a la poderosa vista de un cóndor. El cóndor  penetró en la nube y mientras respiraba sintió el cansancio que esa nube espesa y sucia producía en sus pulmones.  Aterrado, aleteó con fuerza  para arrancar de esa masa monstruosa. Se alejó sin mirar atrás hacia su nido en la montaña.

Esa tarde, mientras la luz se esfumaba lentamente, descansando en su nido, el cóndor supo que nunca más un cóndor querría volver a las tierras bajas. ¡Ya no había allí nada digno de verse ni de ser  disfrutado por un cóndor, hasta el aire mismo lo habían cambiado por esa mezcla extraña,  sucia y desagradable!

Por un momento, antes de cerrar los ojos, el cóndor pensó que le gustaría haber sido capaz de soñar para recordar en sueños la tierra tal como había sido, pensamiento que fue descartado por la razón de que los cóndores nunca podrán soñar.

Pero antes de dormir recordó al hombre que vivía en esas casas apiñadas, respirando ese aire sucio, atrapado entre el estruendo de las carreteras y la urgencia de la vida diaria y por un instante apenas se compadeció de él. Arrepentido, desechó ese pensamiento que lo traicionaba.  ¡El hombre, por ningún motivo, merecía la compasión, después de todo, la culpa del desastre era toda suya!

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La furia del capitán Tiuquemante no tiene parangón.  Se arranca las plumas de la fiera cabeza, arrastra por el piso del cuartel las afiladas  estrellas de sus espuelas, sus ojos acerados despiden destellos volcánicos. El capitán quisiera arrancar de su vista la odiosa realidad: Justo a través de la ventana humean tristemente las cuatro ramas que han quedado paradas  en lo que hasta ayer fuese su magnífico arsenal.

-¡A ese espía de pacotilla lo quiero en pedacitos aquí mismo, en mi oficina! -Chilla.

Y   al  ordenanza Tiuquemales le tiritan hasta los plumones de la panza. “¡Ojalá los reclutas hayan dejado todo impecable!”, piensa. Desea fervientemente que las cartucheras estén lustradas, las ametralladoras bien untadas de grasa, las granadas en orden, si es que quedaron algunas. Que el cuartel mantenga una mínima apariencia de normalidad para que al temible capitán se le pasen los monos.

Para su desconsuelo, Tiuquemante le recuerda furibundo sus sentimientos:

-¡Tiuquemales, tráigame inmediatamente a ese cretino de Palomérez, ahora mismo le quito las jinetas de cabo!

-Nenenenegativo, señor, el cabo Papapalomérez no ha sido habido, tetetenemos la sospecha de que se ha unido aaa aaa los rebeldes, mi cacacapitán.

-¡Traición! Ya lo sabía yo, ese  palomo buchón no tenía agallas para una operación de esta envergadura. ¡Judas, desertor para rematar! ¿Y el inútil de Gorriontínez?

-Tatatampoco ha sido habido, mi capitán, pero al informante de la Brigada le pareció divisarlo en el grupo que celebraba la voladura del arsenal.

-¡Esto es intolerable, vergonzoso, la gran Brigada Tiuque burlada por unos insignificantes  pajarillos de pacotilla, por unos gorriones muertos de hambre! ¡Cómo se reirá de nosotros ese pusilánime de Zorzalo López!

Así de fuerte le dolía la humillación al capitán. Verse rebajado a esos niveles, humillado por  avecillas de jardín. Seguramente, los huesos de su abuelo, el coronel Tiuquemante, ardían de furia en la tumba.

-Quiero ver inmediatamente al informante, es el colmo que James Swallow, el famoso agente 00Bird, haya  trabajado para esos poca cosa, quiero saber cómo lo han conseguido.

 

En todo caso, las cosas le quedaron más claras cuando, poco tiempo después,  escuchó al informante:

– Parece que el agente 00Bird se llama Petrucciani por parte de madre, mi capitán.  Por lo menos eso le ha contado Golondrisa a todas las pájaras que quieren un autógrafo de su primo, que son casi todas.

-¡Ya sabía yo que esa mercachifle tenía que andar  metida en ésto, mejor que se ande con cuidado, no la vaya a pillar  volando bajo! -Y luego ordenó- ¡Tiuquemales, prepare la Brigada para un nuevo ataque!

-Popopodría haber un proproblema, mi capitán…

-¡Ningún problema, he dado una orden y la quiero ver cumplida!

-Pepero mi capitán, paparece que las malas noticias han corrido por toda Terrandina, mi temor es que podrían llegar a oídos del Presidente  Condorñir. Yo creo, qu-quiero decir, si no sería mejor esperar, mi cacapitán. Usted sabe que cuando Su Excelencia, ddddon Lautaro,  pierde la paciencia, es cosa seria…además, paparece que doña Mari Loica Huenumán es prima segunda de  su mama-madre.

-Hmmm, hmmm,  no había pensado en eso.  Buena información, Tiuquemales, si no estuviera tan enojado lo ascendía ahora mismo. Pero todavía puede ganarse los galones de teniente: tráigame a Zorzalo López y al agente 00Bird. ¡Los quiero aquí  a las cinco de la tarde!

-Pepe-pero mi capitán, si ya son las seis.

-¡Cómo se le ocurre, ordenanza, ya está atrasado en una hora!

Tiuquemales salió corriendo con la cola entre las patas y  un tremendo tiritón de plumas en la columna vertebral y como era  a la vez ordenanza, ordenado y trasmisor de órdenes exigió inmediatamente al clarín que reuniera la tropa.

¡Titirirí, tirirí, titirí!

¡A sus puestos, alarma! La Brigada Tiuque estuvo firme en menos que canta un gallo, presta para la orden emitida por el capitán:

-¡Arresten inmediatamente a Zorzalo López y al actorcillo ése, el agente 00Bird.

La  Brigada se dispersó al punto y varios  piquetes partieron a cumplir lo mandado. Todos sorprendidos. ¿Cómo era eso de que el famoso actor James Swallow  se encontraba en Terrandina y había que arrestarlo?  Apenas dos meses atrás el Capitán Tiuquemante había encabezado, vestido de gala,  la  premiere de su última película.  ¿Acaso se habría negado  00Bird a visitarlo, o, en el peor de los casos…tendría el famoso agente  algo que ver con la explosión del arsenal?

 

Diez minutos apenas le tomó al piquete del cabo Tiúquez encontrar a Zorzalo López, que estaba pescando lombrices para preparar charqui. Fueron  tan sigilosos que el arresto pasó inadvertido,  pero como el agente 00Bird brillaba por su ausencia, el cabo Tiúquez tuvo la brillante idea de detener a  otros sospechosos para  que el capitán pudiera apreciar  sus esfuerzos  y  los primeros que encontró cerca fueron  Leotordo Trillo y doña Mari Loica Huenumán, quien,  por estar dándose un baño de arena, se había sacado su inconfundible  pechera roja y se veía muy parecida  a la señora Diucamingo.

¡Arresten a estos sospechosos!

Leotordo quiso preguntar de qué era sospechoso, pero el cabo le arreó  un aletazo por la cabeza que lo dejó medio turulato. Mari Loica se llevó al   pechito las puntas de las alas y casi se desmaya.

-¡Mis polluelos -pió- qué va a ser de mis polluelos!

El cabo Tiúquez, conmovido, ordenó que los dejaran en casa de  familiares.

-¡Que sea en casa de mi prima  Condoressa,  con la que somos tan unidas! -rogó Mari Loica.

Y a continuación les entregó la dirección del palacio presidencial.

El cabo Tiúquez, que necesitaba a sus soldados más experimentados para dar caza a 00Bird,   envió a los polluelos montados en la espalda de los dos reclutas más inútiles del cuartel.

Y sólo porque Dios es grande, Voladón y Volandero lograron dar con la dirección que buscaban.

-¡Tremenda casa que tiene la prima de doña Mari Loica! -Dijo Voladón.

-¿Sabes una cosa, Voladón? Me parece conocida, yo la he visto en alguna parte. -Dijo Volandero.

Pero como no pudo recordar dónde,  tocó la puerta y dejó a los niños en la oficina de la Guardia Presidencial.

 

Entretanto, Zorzalo estaba desesperado. ¡Cómo habían dejado que James Swallow se marchara tan pronto! Ahora estaban en manos del cruel capitán Tiuquemante, nada podría salvarlos.

Pero   este héroe de la vida diaria ignoraba  que James Swallow había volado hasta la costa  para luego regresar escondido,  cuidadosamente disimulado por su plumaje-camuflado-para-operaciones-aéreas-especiales.  00Bird esperaba el curso de los acontecimientos refugiado entre las frondosas ramas de un jacarandá cuando la Brigada Tiuque se llevó a los tres amigos, aterrorizados por  los pistolones  de los  reclutas.

Así pues, en cuanto  el ordenanza se puso en vuelo  con sus prisioneros,  el agente 00Bird siguió  a la Brigada Tiuque hasta que llegaron a las puertas del Cuartel General. Allí, mientras Tiuquemales partía alegremente a recibir sus jinetas de teniente, James Swallow (Petrucciani por parte de madre), agente secreto con licencia para volar,  abrió el cierre de  su traje camuflado apareciendo debajo de éste su elegante frac de cola bifurcada.

– Algo parecido ocurrió en “El mirlo del ala de oro” -pensó 00Bird mientras se sacudía el polvo de su elegante chaqueta- y fue muy fácil de resolver.

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…….Hace muchos años, en un lugar lejano, al final de la tierra, en un país llamado Chile, había una Villa llamada Mac-Iver, era un lugar tranquilo, corría  aire tibio,  olía siempre a cardenales, con muchas casas de un solo piso pintadas de diferentes colores: verde, rosa y amarillo, allí vivían varias familias con sus hijos, cada una tenía entre 6 a 12 hijos. Al centro de la villa, existía una plaza con frondosos árboles, tres columpios de madera;  balancines de metal  pintados de color celeste; columpios y dos altos resbalines; al terminar la plaza de juegos, a un costado, existía una gran piscina donde los niños solían bañarse por las tardes, luego del colegio, para escapar del calor. Era el lugar preferido de todos los niños que habitaban la Villa, conversaban, saltaban, jugaban con una pelota a “las naciones”, al “corre el anillo”, se reían, eran felices, les gustaba mucho estar juntos; ellos añoraban la hora para encontrarse  con sus amigos y jugar hasta el anochecer.

Entre todos aquellos niños, había una que sobresalía de todos, era más alta, delgada, de tez blanca, pelo castaño y profundos y vivaces ojos color miel, se llamaba Nalvia. La  energía de su risa era contagiosa, ella era feliz….pero quería más, ella quería que todos los niños del mundo pudiesen tener una linda plaza donde jugar y siempre decía, “cuando sea grande pediré a los presidentes de la tierra que todos los niños tengan un lugar hermoso para jugar, una plaza hermosa como esta, con flores y colores, un lugar donde saltar y reir; todos los niños de la tierra merecen ser felices y jugar en paz. Cuando sea grande decía…….”

Pasaron los años y Nalvia creció, se transformó en una hermosa mujer, que seguía asistiendo a la plaza junto a todos aquellos niños que se transformaron en jóvenes, pero –aunque ella tenía de todo- sentía que necesitaba más, veía que muy cerca de su villa habían más niños que vivían sin plazas, ella sentía que le faltaba algo…….quería hacer más, quería hacer algo por esos niños pobres, quería ayudarlos a tener sus propias plazas……sus lugares donde jugar, entonces se le ocurrió invitar a sus jóvenes amigos a trabajar, a hacer otras plazas, para otros niños… ella ahora se subía al alto resbalín para invitar a aquellos jóvenes amigos a construir más plazas, para los niños pobres que vivían en casas muy muy pequeñas y que no tenían un espacio donde jugar.  Nalvia solicitaba palas, madera, árboles, flores, para llevarlos a lugares cercanos donde vivían niños en casas con mucha tierra, casas grises, sin colores.

Cuando se sintieron  preparados, partieron con sus implementos a hacer  otra plaza, los niños de allí los recibían felices… pero,  al  terminar su obra, vieron que  tres cuadras más allá, había más niños que no tenían plaza.

Nalvia una vez más dijo, “vamos a trabajar, somos jóvenes podemos hacerlo, juntemos mas madera, más árboles, más flores y vamos a hacer otra plaza. Los  jóvenes la siguieron, se sentían contentos cuando terminaban una plaza…y veían la felicidad de los niños.

Así  pasaba el tiempo y un día,  cuando estaba haciendo su tercera plaza, mientras sacaba  tierra con su pala, de repente Nalvia escuchó una voz que preguntaba:

–      ¿Quién es la líder?, ¿quíen ordena hacer esta plaza?, ¿quienes son ustedes?

Nalvia levantó la vista y vio a un  joven delgado de largos cabellos negros, de tez mate, que  vestía  jeans y camisa de color amaranto. El muchacho  tenía unos prominentes bigotes, unos profundos  ojos café, …Nalvia se sintió paralizada por él, y apenas con su cuerpo temblando de emoción pudo responder:

-Pues yo” – respondió.

– Bien -dijo él, con voz profunda y segura-, yo tengo un sueño y es que todos los niños del mundo puedan jugar libres y en paz en las plazas, con muchas flores.

-Ese también es mi sueño – explicó Nalvia.

 Entonces  el, tímidamente, preguntó:

–      ¿Puedo ayudarte? – Ella sonrió y asintió.

Desde aquel día nació un gran y profundo amor entre ambos, se enamoraron para toda la vida y juraron no separarse jamás, se prometieron que juntos harían  plazas para todos  los niños que las necesitaran.

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Perdonarás que me dirija a tí en esta forma tan personal; sucede que más que una cifra, a diario yo siento a  cada uno de mis lectores  de esta manera, como Tú.

Quiero contarte algo que ya sabes;  a  tí te gustan las historias de animales. El quirquincho, el puma, el tejón, el hipocampo, los salmones. a veces eres tú el que me recuerda algún relato que escribí hace tanto que lo había olvidado. Gracias.

También te gustan los cuentos de misterio. ¡Ni te imaginas cuántas veces has leído El cuadro del niño que lloraba! Y yo sólo pensé en un relato para el especial de Halloween. Gracias otra vez.

También te gustan mis poemas. Algo anticuados, sencillos, consonantes, ingenuos. Especialmente dedicados a los niños y aquellos que tienen el corazón de un niño, o sea, tú.

Me has enviado todo tipo de comentarios: simpáticos, locos,  hermosos, especiales. Cuatro veces, en todo este tiempo, debo confesar que llegaron comentarios desagradables, di por sentado que estabas en un mal momento y como yo no lo estaba, los eliminé.   Pero, como regularmente estás “en buena onda”, me encanta que hagas tus comentarios, aunque sea para saludar, y ojalá, si escribes, me cuentes que clase de cuentos te gustaría leer. He pensado en algunos sobre la fauna patagónica. Me interesé en ella cuando estudiaba para escribir la tercera aventura de Diego Herreros, Perdido en la Tierra del Fuego, que probablemente aparezca el próximo año como trilogía.

Ya te he invitado antes, pero, por si no lo has visto, reitero mi invitación: si quieres publicar como autor invitado, sólo es necesario que sea literatura apropiada para niños y jóvenes. Probablemente  podrías recibir un pequeño proceso de edición y nada más. No altero lo esencial, sólo corrijo errores mínimos. Yo aprendí cometiéndolos.

Una vez más, gracias. Por acompañarme todo este tiempo, por darme la razón cuando dije que a la gente le gustaba la literatura y que debía tener posibilidad de llegar a ella sin costo. Cada vez que me lees, me das tremenda alegría.  Aunque mi página sea de LIJ -literatura infantil juvenil-, no es simple, mi lenguaje intenta ser bello y creativo. No creo en la lectura digerida, tú eres lo bastante inteligente para buscar calidad, no necesito decirte de manera  obvia y pasterizada las cosas. Se que eres  lector inteligente y exigente. Cuento con eso.

Así que eso era todo, conversar un poco contigo, decirte que estoy siempre pensando en tí, en lo que pudiera interesarte. Si tienes ganas, cuéntame de ti, lo que te gusta, lo que haces, lo que quieres ver. Serás bien recibido. Va mi correo: elplatillovolador@gmail.com

Un abrazo

Alida

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Zorzalina quedó bastante sentida con Golondrisa Petrucciani. Cada vez que veía disminuir  su provisión de chocolates Hanstord un pequeño ataque estaba a punto de producírsele. Golondrisa no se daba por enterada. ¡Incluso tuvo la desvergüenza de ofrecerle una caja a precio de costo!

Zorzalo no estaba mucho mejor. Las incursiones de los Palomérez y los Gorriontínez  habían llegado a tal punto de agresividad que su habitual  timidez estaba convirtiéndose en una especie de furia depresiva, que amenazaba con hacer explosión  en el momento menos pensado.  Zorzalo era  pájaro desprendido, le encantaba que su jardín estuviera siempre tan bien provisto para que el pajarerío del barrio no sufriera privaciones, pero la falta de respeto de Palomingo Palomérez estaba llegando a un extremo insoportable para él. ¡Dos días atrás había sido capaz de picotear la cola bifurcada de Golondrisa Petrucciani, su amiga e invitada personal!  Por suerte, Palomingo cometió esta barbaridad justo cuando se acababa  el almuerzo,  por lo que salió volando de inmediato y al otro día a  Zorzalo, que tiene cabeza de pájaro, ya se le había olvidado todo lo ocurrido.  Zorzalina, en cambio, que sí tenía muy buena memoria, se sintió secretamente satisfecha. Al fin su honor había sido vengado, aunque fuera por ese cargante de Palomingo Palomérez.

Las cosas podrían haber seguido en calma, si el destino no hubiera tenido otras intenciones. Se acercaba el cumpleaños de  Zorzalo, de manera que los amigos de la calle Queltehues decidieron prepararle una fiesta sorpresa.

Los preparativos se hicieron en un secreto tan profundo que  Zorzalo anduvo toda la semana deprimido porque su amada Zorzalina había olvidado su cumpleaños. Los amigos, bueno, ellos no tenían por qué saberlo, pero su propia esposa, que ella lo olvidara era casi tan terrible como enterrarse una espina de nopal en el corazón.

Para que  Zorzalo no se percatase de lo que estaba preparándose, Zorzalina fingió estar preocupada por sus ataques, pidió hora para una consulta con el  doctor Lechuzo Chunchón  y  obligó a su marido a soportar  una hora en la sala de espera.  Zorzalo, con resignación,  soportó su pena y las aburridas quejas de Tortolita Gómez,  tía de las Tortolatti, más que conocida como una hipocondríaca exasperante.

Como si eso fuera poco, el doctor Chunchón, que no estaba al tanto de la fiesta sorpresa, se tomó muy en serio el chequeo médico de  Zorzalina; le revisó las plumas una por una,  le encontró un poco de stress y sobrepeso de diez gramos y le recomendó  practicar media hora de vuelo después de cada comida.  Así pues, cuando   Zorzalo se libró de Tortolita Gómez no tuvo más remedio que tragarse  todo el rosario de preocupaciones de su esposa.

-La Bodega va a ser mi perdición -Se lamentaba  Zorzalina-, mañana mismo me pongo a dieta. ¿Cuál será mejor, la de la luna o la de la avena? ¿Qué crees tú, Zorzalo?

Zorzalo, corroído por la melancolía, no emitía pitido.

Pasaban de las dos cuando se posaron sobre el balcón de su nido. Zorzalina  explicó que le dolía la cabeza y se iría a reposar y lo dejó solo. No había un alma en el jardín.  Zorzalo decidió preparar las cosas para cuando la vecina llenara el plato  otra vez,  de manera que bajó la escalera de hiedra con sus ágiles saltitos. Ya estaba llegando al césped cuando de entre las ramas aparecieron sus amigos batiendo alas y gritando como  locos:

-¡Sorpresa, sorpresa, feliz cumpleaños  Zorzalo!

Zorzalo pasó del tremendo susto a  la más absoluta felicidad. ¡No se habían olvidado de él! Su amada Zorzalina le puso al cuello una bufanda de flores de madreselva y le susurró lo mucho que lo amaba, Juanito Chincólez le regaló las Obras Completas de Sir  Arthur Chercan  Bird; Golondrisa Petrucciani,   las Cuatro Estaciones de Píovaldi interpretadas por la  Orquesta de Cámara de los Ruiseñores;  Leotordo,  una caja  de tintos Santa Tordoliana de Lontué envejecidos en barricas de palo de rosa y Martín Escolibrí, seis botellas de su reserva de mieles escogidas. Vinieron tantos vecinos que Zorzalina no hallaba dónde guardar tanto chanchito y tanto pulgón. Todos sus amigos estaban allí. Hubo abrazos,  cantos y una que otra fuga masiva cuando la humana del número cinco trajo, por tres veces consecutivas, un surtido de semillas finas para reponer  la Bodega. La tarde no podía ser más feliz.

Pero el destino había decidido otra cosa.  Aunque ellos lo ignoraban, los alegres  festejantes  estaban siendo espiados desde la copa del maitén. Unos ojos negros, brillantes como ascuas, seguían sus bailes y planeos, y si don Zorzalo hubiera sabido a quién pertenecían esas pupilas  frías y crueles, habría volado a refugiarse en el rincón más oculto de su nido de cuatro habitaciones.

Demasiada felicidad. ¿Qué se creían esos pájaros de mala muerte? Mañana, pasado, ahora mismo podía él salir de caza y acabar con media docena de ellos, si quisiera. Dónde se había visto que los pájarillos tuvieran bodega de alimentos, que ya no tuvieran que exponerse buscando sus granos por  el vecindario. ¡Las avecillas miserables con la panza a reventar mientras él  tenía que conformarse con lagartijas y ratones!

A esto había que ponerle coto. Primero  que nada,  desunirlos. Nada más débil que un puñado de pajarillos que andan cada uno por su cuenta. Segundo, quitarles la comida, muertos de hambre no tendrían ánimo para nada. Tercero, atacarlos con todo. y para eso, nadie mejor que él,   el Capitán Tiuquemante. Qué se había creído,  ese Zorzalo López. En este barrio,  nadie más podía  piar fuerte.

El   Capitán   Tiuquemante desplegó su alas y planeó sobre la alegre reunión. Su sombra desató uno que otro movimiento inquieto, pero eso fue todo.  Los  invitados siguieron bailando y  picoteando alpiste.  Indignado por esa manifestación de independencia, el Capitán enrumbó directamente hacia los tejados de la calle Caiquenes.  Si se trataba de hambrear al vecindario,  Palomingo Palomérez y Volantín Gorriontínez eran los más indicados.

El Capitán  Tiuquemante  no necesitó decir mucho con su voz sibilina para que   Palomingo  montase en cólera.

-Los escuché perfectamente, Palomingo, viejo amigo. ¿No vé que yo vivo al frente?  Zorzalo López  lo dijo a voz en cuello: “En este jardín, desde hoy en adelante, sólo comen mis amigos”.

Palomingo estaba rojo de indignación. ¡Qué avaricia, qué iniquidad, habiendo tanta paloma hambrienta en este mundo y tan pocas plazas con jubilados… a dónde  íbamos a parar las aves  si los jubilados ya no quieren actuar como es debido alimentando palomas en las plazas y unos pocos privilegiados se apropian  los comedores para aves en  beneficio propio!

-…No se olvide de contarle a Volantín Gorriontínez.- Deslizó el capitán.

-¡Por supuesto que le voy a contar, ahora mismo, ya verá ese engreído de Zorzalo López, ya verá!

Palomingo partió hecho un cohete, seguido de toda la familia Palomérez.  Contemplar la alegre algarabía de los pájaros en la Bodega lo había puesto de un humor terrible.

Entre tanto, nuevas visitas se sumaban al festejo. Don Federico Chercanmán y su familia, los Diucamingo, la familia Chirihuez.  Zorzalina no se daba abasto para guardar tantos regalos en la despensa. Y su marido,  pobre Zorzalo López,  estaba muy lejos de imaginar que su hermosa fiesta de cumpleaños sería mucho más sorpresiva y absolutamente más ingrata de lo esperado.

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Diez días después, mientras leía el diario,  Zorzalo escuchó la campanilla de su nido, dejó el Correo Alado  sobre su poltrona y fue a abrir la puerta. Allí, con una caja forrada en papel de estraza bajo el ala derecha se encontraba Leotordo Trillo.

-Dónde está doña Zorzalina.-Preguntó.

Y cuando ella vino a saludarlo le entregó con toda clase de ceremonias y zalemas la caja, que estaba timbrada por  Golondrina Courier.

-¡Mis chocolates, Leotordo, es usted tan encantador! -pió doña Zorzalina.

Todos estaban felices, abrieron la caja y se dieron un banquete de chocolates suizos sin dejar de agradecerle a Leotordo su última gentileza. Éste, que era un genuino caballero, estaba más que acholado con tanto halago.  Cuando a doña Zorzalina le pareció que ya había comido suficiente, guardó la caja bajo siete llaves y trajo jugo de rosamiel y   galletas de semilla de amapolas.  ¡No fuera a ser cosa que se devoraran sus bienamados chocolates suizos del primo Hanstord!

Al día siguiente, cuando terminaron el almuerzo, Mari Loica Huenumán se llevó a   Zorzalina con todo secreto hacia el lado de las azucenas y le susurró:

-Mira qué cosa más deliciosa tengo para que comamos.

Y le ofreció una barra de chocolate suizo marca Hanstord.

-¿Cómo lo conseguiste? -preguntó doña Zorzalina.

-Una ganga, niña, ayer pasó  Golondrisa por mi nido y se lo compré. Seguramente también va a venir a ofrecerte.

Zorzalina terminó por enterarse de que todo el vecindario estaba comiendo chocolates Hanstord y que Golondrisa Petrucciani había conseguido la representación de la marca para toda Terrandina.

-En seis meses recupero la inversión y de ahí en adelante, puras ganancias.- Le explicó la Petrucciani con todo descaro.

Zorzalina consideró una ventaja poder comprar los chocolates, pero cuando le preguntó a la Petrucciani el precio de la barra estuvo a un tris de atacarse nuevamente. Decidió entonces que los conseguiría más baratos por intermedio de Leotordo; él era tan amable que seguramente le daría la dirección de su primo para encargarlos.

Leotordo le explicó que el primo Hanstord le había cedido los derechos de venta a Golondrisa de manera que ya no podía traerlos por su cuenta. Al parecer su primo Hanstord estaba muy contento de haber podido abrir este nuevo mercado.

-Pero para qué se molesta, querida Zorzalina, llame a Golondrisa, que está haciendo reparto gratis  a domicilio. ¡Ah, también me pidió la dirección del primo Eustordo, parece que quiere la representación de la viña Santa Tordoliana de Lontué.

Estamos fritos -dijo  Zorzalo cuando su mujer le explicó lo sucedido-, nunca más vamos a tomar esos tintos tan buenos.

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