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brujilda

La infancia de David estaba marcada por dos hechos dolorosos: el primero era la desaparición de su verdadera madre, suceso del que ni siquiera guardaba memoria. Simplemente, su madre nunca había estado allí. A  David le gustaba pensar que su madre había preferido la fama y se había marchado para convertirse de una estrella. ¿Estrella de qué? Cualquier cosa bastaba, pero David tenía sus preferencias secretas y por eso siempre leía sobre las vidas de las estrellas del rock y el cine buscando en ellas un hilo conductor que iluminase su pasado. Por la misma razón las paredes de su habitación estaban cubiertas por fotos de artistas famosas de cuyo pasado no se tenía mayor conocimiento.

El otro hecho era más doloroso para él. Uno, pensaba, puede vivir sin una madre, se acostumbra, no recuerda lo que nunca conoció, pero vivir con su madrastra era demasiado para cualquiera y David habría dado cualquier cosa porque la esposa de su padre desapareciera para siempre.

David tenía apenas cuatro años cuando Roxana entró en sus vidas y desde entonces se encontraba inmerso en un proceso de capacitación perpetuo. Roxana había comenzado aquello con unas palabras dichas al pasar.

-¿No sabe hacer su cama todavía? Querido, esto no es bueno para David.  Los  niños necesitan independencia desde el primer día de sus vidas. ¡Nadie sabe cuándo pueden quedar solos!

David era el único niño, que él supiese, que a los cuatro años de edad había aprendido a hacer su cama. De la misma manera, era también el niño  que más precozmente había aprendido a pasar la aspiradora, lavar los platos, sacar el polvo de los muebles, limpiar los vidrios, cortar el césped, regar el jardín, cocinar el almuerzo, hacer las compras y etc, etc. Roxana se lo recordaba constantemente a su padre constantemente mientras tomaba baños de espuma o pasaba sus largas sesiones de  belleza frente al espejo de su tocador.

-Ser autovalente es lo mejor para un niño, querido.  Así siempre darán gusto en cualquier parte.

David no era particularmente inteligente, aprender todo lo que Roxana consideraba necesario en la formación de un niño no había sido fácil para él, pero Roxana podía ser muy convincente con el uso del palo y la zanahoria, solo que la zanahoria estaba fuera de todo el asunto. El racionamiento de comida, por ejemplo, era una buena razón para cualquiera que tenga hambre y a partir de la llegada de Roxana a su vida David siempre había sido un niño delgado. El racionamiento de comida lo mantenía perpetuamente hambriento.

Otra buena razón para hacer el trabajo que, en buena medida, le habría correspondido a Roxana, era el racionamiento de sus pertenencias. Roxana administraba todo, sí, TODO, lo que poseía David: sus libros, sus pantalones, sus calcetas, sus suéters, su única parka. Un niño hace con entusiasmo un trabajo desagradable con tal de poder usar un par de pantalones decentes en vez de unos que le quedan ridículamente cortos o por la necesidad de usar ropa de abrigo cuando la temperatura apenas alcanza los dos grados Celsius.

Y en cuanto a los libros, nadie puede imaginar lo importantes que son los libros para un niño de diez años  que no tiene tevé, ni computador ni nada que se aproxime remotamente al término entretención.

Roxana podía decir que nunca le habría puesto un dedo encima a David y estaría en lo cierto. No era necesario. Su sistema bastaba.

Y en cuanto a su padre, David no sabía si su padre era realmente el hombre  menos observador en la historia de la humanidad o si en realidad el bienestar de su hijo le importaba un comino. A David le gustaba pensar lo primero, nadie quiere un padre que no te quiere y la versión “despistado” le parecía mucho más aceptable. Además, estaba claro que los tratamientos de belleza de Roxana eran sumamente efectivos, al menos en lo que se refería a mantener embobado a su padre.

Por esas y muchas otras razones, David se despertó esa víspera de Halloween casi de madrugada. Si quería salir a pedir dulces debía poner la casa de punta en blanco, preparar la cena y sacar a pasear al perro de Roxana. No había tiempo que perder, el año anterior Roxana había inventado un par de tareas de última hora que lo habían mantenido ocupado hasta tan tarde que solo pudo mirar desde su ventana a los niños que pasaban luciendo sus disfraces flamantes por las veredas.

En cuanto a él, no necesitaba disfraz, bastaría con ponerse sus peores harapos y cubrirse la cara con su viejo antifaz, rotoso de tantos años guardado en el clóset. Era indudable que harían un buen disfraz de mendigo.

Y ese día, por suerte, todo salió bien y no porque Roxana no tuviera dispuesto un arsenal de pedidos de último momento sino porque su padre, tan despistado como siempre, no recordó hasta muy tarde que estaban invitados a una fiesta de Halloween. Roxana pasó la última hora produciéndose frente al espejo y lo dejó tranquilo. Con un suspiro de alivio, David corrió a vestirse apenas la puerta se cerró tras sus espaldas. Cinco minutos después ya estaba en la calle con una vieja bolsa del pan en su mano.

Para su felicidad, la gente estaba más generosa que el año antepasado y su bolsa se iba llenando de delicias que ya escondería en sus rincones secretos para evitar que Roxana se apoderara de ellos. David fue de un lado a otro de su barrio y finalmente, con su bolsa casi llena, atacó las casas de su propia calle.

Solo entonces notó que la casa que llevaba tantos años desocupada en frente de la plaza tenía nuevos ocupantes. No era gente que gastara mucho en electricidad, eso lo supo porque solo una ventana estaba iluminada, pero era seguro que sí gastaban en dulces, porque unos seis pequeñuelos se arremolinaban en torno a una mujer delgada y morena que, además, estaba vestida de bruja. La mujer repartió todos sus dulces quedando con las manos vacías.

Cuando se marcharon, David se acercó tímidamente. Había algo extraño en la mujer que se disponía a entrar en la casa, era como si la conociese de algún lugar, pero no podía recordar dónde.

. Mucho más extraño fue que a pesar de que le daba la espalda y de que David se había aproximado en completo silencio, ella se dirigió a él como si le estuviera viendo.

-Tengo muchos más adentro, ven conmigo- y entró en la casa que estaba iluminada con una mortecina luz roja.

No sin temor, David la siguió. Al echar una mirada a su alrededor descubrió que la casa estaba pobremente amueblada. Un sofá aquí, un par de sillas por allá, nada de adornos ni cuadros ni mucho menos toda la colección de figurillas de porcelana que Roxana repartía por su sala. Había  una mesa, claro, y sobre ella, la más completa colección de delicias que David hubiera visto jamás.

– ¿Comiste algo? –Preguntó la mujer- Yo todavía no así que puedes sentarte conmigo.

Corrió una silla para él y ambos se sentaron a disfrutar el banquete. David nunca había comido tan bien en su corta vida y descubrió que su barriga estaba realmente vacía y no parecía llenarse nunca con los pasteles, sándwiches y helados que la mujer vestida de bruja no dejaba de servirle. Cuando finalmente no pudo comer una migaja más, se estiró en la silla sintiendo que su estómago iba a reventar.

Entonces se dedicaron a conversar. La dama era simpática, sabía escuchar y  no necesitaba hacer preguntas porque David parecía haber bebida la droga de la verdad en vez de los deliciosos jugos que todavía llenaban los jarros. David hablaba, hablaba y hablaba hasta por los codos y pronto se encontró contando la triste historia de su vida a la única y primera  persona que  había manifestado interés en él.

Cuando terminó, tuvo miedo. ¿Y si la mujer vestida de bruja hablara con Roxana? ¿Por qué había tenido tantos deseos de hablar, le habría puesto algo en la comida?

Repentinamente recordó uno de sus libros favoritos, Hansel y Gretel. ¡Cuántas veces no había soñado él con comerse parte de la casa de pastel! Solo que la propietaria era una bruja y cebaba niños para comerlos después.

¡Y él, en ese momento, se sentía como un cerdito bien cebado! Y lo peor era que comenzaba a sentirse soñoliento, soñoliento. Sus ojos pesaban como si fueran de plomo y no podía controlar piernas y brazos.

Lo último que sintió fue que la mujer vestida de bruja le tomaba suavemente en sus brazos para evitar que cayera dormido sobre la mesa. Después solo hubo oscuridad a su alrededor.

Cuando despertó, lo primero que supo fue que estaba en su propia cama, solo que alguien había puesto una cobija más gruesa en ella y ahora era mucho más abrigada que antes. Se estaba muy bien en esta nueva cama abrigada.

Una  tímida luz otoñal entraba por la ventana y desde la cocina llegaba hasta él el delicioso aroma de una masa dulce en el horno. David miró el reloj y palideció: ¡Era tardísimo, Roxana le dejaría sin comida por una semana a lo menos por haberse quedado dormido!

Bajó la escalera corriendo. Su padre, sentado a la mesa, terminaba el desayuno que David había omitido hacer. Roxana le daba la espalda mientras lavaba los trastos y canturreaba una canción.

Buenos días, David, te quedaste dormido –sentenció su padre poniéndose de pie- querida, ha estado delicioso, hace mucho tiempo que no comía algo tan rico..

Roxana se dio vuelta lentamente, tan lentamente que David pudo ahogar el grito de sorpresa y terror que pugnaba por escapar de su garganta.

Porque la mujer que ahora devolvía el beso a su padre no era Roxana sino la mujer vestida de bruja. Llevaba, claro está, la ropa de Roxana, lucía su mismo labial y barniz encarnado en las uñas, tenía ahora el pelo teñido con el mismo rubio dorado número 77 que usaba su madrastra, pero claramente, y aunque su padre no parecía haberse dado cuenta de ello, sus ojos eran los de la mujer vestida de bruja, su sonrisa era la de la mujer vestida de bruja y algo indefinible en ella declaraba a los cuatro vientos que Roxana no estaba allí y que la mujer del traje de bruja había tomado su lugar.

Ella se sentó a su lado y ambos escucharon cerrarse la puerta tras su padre. Afuera, el motor del Toyota se puso en marcha y ronroneó suavemente alejándose. Estaban totalmente solos.

-Debes comer, David. Un niño de tu edad necesita alimentarse bien –dijo ella.

Y aunque se moría de miedo y le costaba tragar bocado, David la obedeció sin decir palabra. Gracias a su larga experiencia con Roxana, él ya sabía bien cómo se las llevaban las mujeres con los niños y no pensaba darle a la extraña que ahora ocupaba su lugar  la menor razón para disgustarse con él.

-No tienes por qué temer, querido –siguió diciendo la mujer-, no soy de esas que se entretienen maltratando niños indefensos. Creo que nos llevaremos bien tú y yo. Ya es tarde, prepárate para irte al colegio, pero antes de que te vayas quiero que hagas dos cosas.

-¿Qqqué cosas? –preguntó el niño con voz temblorosa.

-Primero, cambiarte esas ropas, qué feas están, totalmente pasadas de moda. Parece que no viste las que dejé sobre la silla en tu dormitorio. Lo otro lo vemos después.

David iba a lavar los platos del desayuno, pero ella se lo impidió empujándolo suavemente hacia la escalera. El niño corrió de regreso a su habitación y sí, tal como ella dijera, una completa tenida flamante y a la última moda lo esperaba en la silla. En el piso estaba el complemento: un par de zapatillas que de seguro habían costado más que todas las que David usara hasta ese momento juntas.

Cuando bajó, ella estaba esperándolo al pie de la escalera.

-Te ves muy bien, hijo –aprobó.

David la siguió hasta la vitrina de la sala. Allí ella se detuvo y le mostró la colección de figurillas de porcelana.

-Mira –dijo-, agregué una nueva a mi colección.

Y David, asombrado, fijó sus ojos en la nueva porcelana que integraba el grupo. Allí, vestida de bruja y con una mueca de terror pintada en su rostro estaba la que algún día había sido la temible Roxana. David quedó sin palabras.

-Y así hay gente que dice que nosotras, las brujas, somos malvadas –continuó la mujer-, estoy segura de que tú no vas a pensar eso y sin duda alguna, nos vamos a llevar muy bien.

Y David, ya camino de la escuela, sintió  que podía creerle a su nueva madrastra. Si las brujas trataban así a los niños y cocinaban tan bien, bienvenidas las brujas. A decir verdad, ahora que el recuerdo de Roxana comenzaba a difuminarse en su memoria casi no habría podido decir cuál de ellas era la verdadera bruja.

El autobús estaba llegando, de un salto, David plantó sus nuevas zapatillas en la pisadera. Definitivamente, se sentía vestido para matar. Cuando pasaron frente a la plaza el niño pudo ver claramente la casa donde había cenado el día anterior. La pintura descascarada, las hierbas que crecían en el jardín y el letrero que antes   no había podido ver:

SE VENDE.

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¿Por qué alguien nos desearía feliz Halloween, qué nos quiere decir en realidad, quiere que nos encontremos con un monstruo terrorífico, con un fantasma, con la Parca en persona?

Por si acaso…desconfía. En la víspera de Halloween las cosas no son lo que parecen.  En todo caso, nosotros, que recelamos tanto como tú, te entregamos el Especial de Halloween 2012, para que vayas juntando miedo y en plena fiesta, esta noche, lo pienses un poco antes de abrir una puerta.

¡Cuidado!

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Cuando su padre los llevó a vivir a esa pequeña ciudad provinciana, a David se le cayó el mundo encima.  Odiaba a esos pelmazos compañeros cuya máxima entretención era irse de pesca, despreciaba su aspecto anticuado y estúpido y no podía entender que en vez de observar con admiración su apariencia de chico de la  gran ciudad  vestido a la última moda, lo viesen con un poco de asombro para luego cuchichear a sus espaldas.

Pero a quién más odiaba David era a María, la chica rubia, de ojos verdes felinos, que se sentaba en la primera fila y destinaba todos sus esfuerzos en convertirse en la mejor alumna de la historia.

María era bonita, cierto, David no podía dejar de reconocerlo, pero tenía ese aspecto de pequeña bruja que le parecía más odioso que cualquier otra cosa. Y luego estaban sus ropas, los vestidos de algodón relavado que colgaban como trapos viejos de su cuerpo, las trenzas al estilo de la abuela y, para rematar…un par de gafas. Lo peor para David era darse cuenta de que, a pesar de todo, no podía dejar de mirarla a hurtadillas cada vez que podía. Eso era lo que más rabia le producía.

La mañana del día de Halloween, David llegó a clases de mala gana. Le irritaba de sobremanera pensar en que tendría que salir a pedir dulces con una tropa de latosos de manera que tomó una decisión durísima: este año no habría Halloween para él. Se quedaría en casa, cualquier cosa era preferible a ser visto en compañía de sus nuevos compañeros.

Por eso, cuando entró a la sala y los descubrió contando cuentos de terror, lo invadió una rabia arrolladora. ¡Por culpa de esos idiotas pasaría el Halloween más aburrido de la historia! ¡Tenía que hacer algo!

Se quedó escuchando con una sonrisilla de desprecio asomada en su boca. Contaban pavadas, por supuesto, eso él lo sabía. Quizás él debería  sorprenderlos con algunos mitos urbanos de aquellos que los dejaban temblando en su viejo colegio.

Entonces, María cometió el error de contar SU historia. Y habló de su abuelo, a quien parecía admirar sin límites. De cómo el viejo la aterraba contándole la historia de un tiburón que nadaba alrededor de su cama  y, de cómo,  cuando ella quería levantarse,  los dedos de sus pies se mojaban y veía una vasta extensión de mar hasta el horizonte y una siniestra aleta gris que se acercaba a su cama, que ahora flotaba balanceándose sobre las olas. María estaba segura de algo: si ella se bajaba de la cama, se hundiría en el mar y el tiburón la devoraría. Por eso, levantaba rápida su pie y la mandíbula feroz del escualo hacía  ¡Ñoc! al cerrarse sobre el vacío.

David se largó a reír como si los demonios de Halloween lo poseyeran y luego lanzó las palabras fatales:

-Esa es la historia más ridícula que he escuchado.

María se volvió hacia él y sus ojos se humedecieron. Un par de lágrimas  gordas se fueron formando en las comisuras de sus ojos y cuando ya estuvieron llenas, se deslizaron por sus mejillas. María abrió la boca como para decir algo, pero en vez de eso se puso de pie y huyó.

Y por primera vez desde su llegada, los chicos del grupo miraban a David con admiración,  como si no pudieran creer lo que habían visto. Hasta pensó que estaban exagerando, después de todo, sólo había ridiculizado a una niñita tonta, no era nada heroico ni mucho menos. Los provincianos podían ser más tontos aún de lo que él imaginara. Entonces, uno de ellos  rompió el silencio.

-Yo jamás me habría atrevido a hablarle así a la nieta del viejo Elías –dijo.

Y todos asintieron sin hablar.

-¿Por qué, quién es el viejo Elías? –Preguntó David.

-Pensé que no lo sabías –continuó el chico-, el viejo Elías es el brujo que vive en la colina sombría, ahí donde nunca sale el sol.

Y todos se marcharon de prisa, sin nada más que decir.

Más tarde, ya camino de casa, David trató de ver dónde quedaba la colina sombría. No llevaba tanto tiempo en el pueblo como para saber si una colina estaba siempre nublada, pero llegó a la conclusión de que ya sabía cuál era el lugar. Después de todo era fácil darse cuenta, soló había dos  colinas en las afueras del pueblo y a una de ellas, una niebla pertinaz la envolvía.

David se acostó temprano. Afuera, el bullicio de los niños crecía. Llamaban a la puerta, su mamá entregaba dulces parloteando y riendo. Enojado y aburrido, David terminó por dormirse.

Una brisa helada lo despertó. Seguramente se le había quedado abierta la ventana, porque tenía un frío terrible. David dudaba entre envolverse en las cobijas o levantarse a cerrarla. Pero el frío persistía y finalmente se decidió por lo segundo, hizo las tapas a un lado y se sentó en la cama.

Dos cosas espantosas sucedieron simultáneamente. La primera fue que su cama se balanceó bruscamente y la segunda, oh Dios, David tembló de terror, sus pies se sumergieron en el agua.

David recogió los pies y comprobó que estaban empapados. Una bocanada de aire salobre llenó sus pulmones. Aterrado, David se escondió entre las sábanas rogando para que terminara su pesadilla.

Poco a poco, se atrevió a salir de su refugio. Empezaba a aclarar y el cielo…sí, era cielo lo que veía, un cielo gris y nublado. David se pellizcó y lanzó un ay de dolor. No estaba soñando, después de todo. Era sólo su imaginación. ¿Qué le había hecho el viejo Elías, lo había embrujado o se había metido en su cerebro para hacerle creer que estaba en medio del mar?

Volvió a sentarse en la cama y decidió que ningún viejo idiota provinciano le haría algo así a él. Haría las cosas con calma. Pensaría con claridad y luego se bajaría de la cama para cerrar la ventana y llamar a su mamá.

Pero cuando se incorporó, la luz ya permitía ver lo suficiente. Su cama flotaba en  un mar proceloso y alrededor de ella, una  tenebrosa aleta gris giraba sin descanso: ¡Era el tiburón, el tiburón de María!

David llamó a gritos a su madre, a su padre, rogó a Dios, lloró pidiendo a María que lo perdonara y finalmente al viejo Elías. Sin embargo, nadie lo escuchó. El tiburón continuó allí, girando en torno a la cama. Las horas se sucedían morosamente, la sed lo desesperaba. Sus labios resecos estaban agrietados, el hambre . Finalmente,  David, agotado, perdió el conocimiento.

Cuando despertó, todavía podía sentir el balanceo de las olas.  Una luz gris se escurría por entre las cortinas de su habitación. David  miró todo con recelo y finalmente se atrevió a sentarse en la cama. El piso, allí estaban las tablas del piso, al fin. Qué pesadilla horrorosa, nunca olvidaría esa noche de terror.

Con sus pies, buscó las zapatillas para levantarse. Cuando las halló,  las arrastró hacia afuera y metió los pies en ellas.

Un grito de terror rompió la tranquilidad de la casa. La madre de David entró corriendo, asustada y preguntando qué le había sucedido.

-¡Las zapatillas –balbuceó David-, las zapatillas!

Y la madre, tan asombrada como él, tomó las zapatillas de David para descubrir que chorreaban agua salada y que de una de ellas asomaba la cinta parda y brillante de un alga fresca y recién cortada.

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Mantícora es probablemente el más monstruoso asesino serial de la historia y lo único bueno que podemos decir de ella es que habita en cuevas de la India, Irak, Irán, Afganistán y Turquía, es decir, bien lejos.

Su aparición es tan primigenia que se ignora quién la creó, o bien su irresponsable creador prefirió mantener el anonimato.

La primera vez que un hombre enfrentó a Mantícora fue paralizado por el terror.  Justo delante de él, en medio del sendero, había un enorme ser con el  cuerpo de un león, la cola de un escorpión y la cabeza de un hombre, de mechas horrorosas e hirsutas. De pronto, el monstruo abrió la boca, de labios anchos y delgados, y profirió un horrible chillido. Cuando lo hizo, el hombre pudo ver tres hileras consecutivas de dientes, filudos como los de un tiburón,

De pronto, el deseo de vivir bulló en él y el hombre pudo mover sus pies. Retrocedió lentamente, arrastrando los pies sobre la tierra. Delante de él, la horrorosa bestia seguía gruñendo y chillando. El hombre le dio la espalda y huyó como alma que lleva el diablo.

Mantícora rió, ni siquiera intentó correr tras su presa, no era más que un simple hombrecillo, un caminante de ningún lugar. El monstruo alzó la mortífera cola y lanzó las púas que crecían en ella.  Varias de las púas alcanzaron al hombre, que, acusando el golpe,  dejó de correr y trató de caminar lejos de Mantícora.

Pero sus músculos no le obedecían, sus piernas pesaban como si estuvieran hechas de piedra y el desdichado comprendió que el monstruo lo había envenenado.

Mantícora se acercó paso a paso, relamiéndose por adelantado; las mantícoras pueden comer  de todo, insectos, alimañas, toda clase de animales, pero la carne del hombre es su favorita y la busca con gula diabólica. Cuando estuvo cerca de él dio un salto aterrador y cayó sobre el hombre, derribándolo. Los dientes rasgaron el cuello del hombre casi separándolo de la cabeza, dándole muerte instantáneamente. El letal monstruo  continuó comiendo tranquilamente, a grandes tarascadas. Cuando terminó, del hombre no quedaba nada, ni siquiera los restos de su vestimenta, apenas las manchas de sangre que empapaban la arena e iban desapareciendo con rapidez. Es costumbre de las mantícoras no dejar atrás nada que recuerde la existencia de sus víctimas, así, nada hay de qué acusarla y nadie tampoco se atreverá a emprender una expedición de caza por las montañas sin saber qué debe buscar.

Era la primera vez que una mantícora bajaba a los valles, hasta ahora se habían alimentado de cabras, osos, y ovejas que encontraban en las estribaciones de las montañas, pero la población de mantícoras había ido creciendo y el hambre las había obligado a buscar alimento en otros lugares.

Ahora, con el estómago lleno, Mantícora se sentía fuerte e invencible y lo primero que pensó fue que necesitaba más comida, más carne. Y humana, la mejor carne.

Por más de un año asoló la región sola y nadie supo por qué razón tanta gente iba desapareciendo. Hasta que una mañana, dos pastores que guiaban su rebaño decidieron pasar la noche en la cercanías de una vertiente de agua. Mientras uno de ellos encendía fuego para calentarse, el otro partió a buscar agua; cuando volvía con ella, un aullido de terror le heló los huesos. El hombre regresó al campamento arrastrándose y fue testigo de una pavorosa escena; un horrible monstruo con cabeza humana y cuerpo de león había matado a su compañero y lo devoraba completamente.  Algunas ovejas agonizaban estremeciéndose y a  lo lejos escuchó  al resto del rebaño que  huía balando despavorido. Cuando mantícora terminó con el hombre, devoró las ovejas. Cuando terminó con todo, era como si nada hubiese sucedido y el monstruo se marchó satisfecho, sacudiendo la monstruosa cola donde ya asomaban las nuevas púas venenosas.

Las noticias del horrible crimen se esparcieron como la espuma en la orilla del mar y todos comprendieron que había que matar al monstruo lo antes posible. Pero ya no era una la mantícora hambrienta, sino muchas, y todas ellas habían bajado a los valles a cazar al hombre. Por esa razón, tomó largo tiempo empujarlas de regreso a sus cuevas de las montañas. Desterrar a las mantícoras fue trabajo de generaciones completas, que emprendieron la cacería perdiendo muchas veces la propia vida.

Hasta que, finalmente, la mantícora supo que la tierra del hombre ya no era su coto de caza privado. Centenares de hombres armados organizaron batidas que barrieron las montañas aniquilando a sus hembras y a sus crías. Cuando mantícora decidió devolverle la tranquilidad al hombre, su especie ya estaba al borde de la extinción.

 

Hace mucho, mucho tiempo que ninguna mantícora ha sido vista por el hombre, pero hoy, cuando la guerra asola una vez más las montañas del oriente, extrañas desapariciones se han estado produciendo. Primero fueron ovejas, luego camellos, un niño, otro, un pastor. Tarde o temprano, algún hombre verá de nuevo lo que nadie en su sano juicio quisiera ver.

Porque el más monstruoso asesino serial de la historia está de regreso, y se llama Mantícora.

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La vida nunca ha sido fácil para nadie, pero mucho menos para un buscador de trufas, especialmente antes de que se hicieran famosas y sus precios se fueran a las nubes. ¿Se imaginan lo que significa buscar  un hongo que crece bajo la tierra, tratar de adivinar en qué lado puede haber una?

Con el tiempo, los buscadores de trufas descubrieron que los cerdos las encontraban mucho más fácilmente que los hombres, el único problema era que se las comían con la misma rapidez. Es que los cerdos, aunque alimentados con las sobras del hombre,  son de fino paladar,  y cuando pueden le dan en el gusto y qué gustazo se daban con las trufas.

Érase pues la historia de un buscador de trufas que estaba aburrido a más no poder de pelear el sustento con sus cerdos,  y que correteaba de aquí para allá a espantar a los golosos gorrinos apenas estos olían una trufa y comenzaban a desenterrarla. ¡Qué trabajo para un hombre recuperarlas para luego caminar hasta el mercado y vender la magra cosecha!

Y espantando cerdos estaba el día que  uno de ellos se topó con la trufa más grande que hubiera visto nunca. El campesino se agachó a sacarla y de tanto excavar su mano se enredó en unas raíces que lo hicieron lanzar un grito, y en esas raíces estaba atrapada la trufa.

Cuando terminó de cavar lo más inesperado del mundo apareció ante sus ojos. Allí estaba la trufa, descansando entre las manos de una mandrágora, la más perfecta que hubiera visto jamás.  Era una hembra, eso estaba claro, su cuerpo, delicadamente formado y la larga cabellera de raicillas que coronaban su cabeza lo dejaban bien claro. Sus piernas eran largas y bien torneadas y sus manos delicadas y de dedos finos y si bien observó muy bien su bello rostro, por desgracia no fue capaz de ver el gesto cruel y torvo con que la mandrágora le premió apenas le dio la espalda.

El campesino sabía lo peligroso que es sacar una mandrágora, el chillido que emiten al ser arrancadas de la tierra es tan agudo que el sólo oírlo puede matar al que lo hace.  ¿Y si era el cerdo el que tiraba de ella? Sería una lástima perder un buen cerdo, pero el negro manchado, un glotón empedernido que sólo le ocasionaba pérdidas, ese no importaba tanto. Hasta podía ponerle tapones en las orejas y si se daba lo peor, bueno, entonces vendía la mitad y el resto lo ponía en el horno o lo hacía pastel. ¡Tanto que le cuesta al hombre llevar un buen pastel de cerdo a la mesa!

Así como lo pensó, lo hizo. Ató el cerdo a la mandrágora con un cordel negro, tal cual manda la tradición,  y se marchó a su cabaña. Volvió por la tarde y apenas llegó encontró el cuerpo del cerdo tendido junto a la mandrágora, la trufa había desaparecido, seguramente en el hocico de otro cerdo, pero claro, eso ya no tenía importancia, ahora tenía la mandrágora. Y esa misma noche hubo cerdo asado para la cena.

No llevó la mandrágora a su casa, sino a una cueva al pie de la montaña, y allí comenzó a practicar los hechizos para los que había querido a la mandrágora. Y  ella cumplía. Poco a poco crecía la cosecha, aumentaban las ventas, mejoraba la vida. La bolsa  del campesino pesaba cada vez más y debió hacer un agujero en la cueva para ir ahorrando los excedentes.

Mas, sin que él se diera cuenta, la mandrágora se iba apoderando de su corazón. La acariciaba, le decía palabras amorosas, la vestía con sedas y terciopelos que jamás hubiera comprado para su mujer o sus hijas. Un día sintió el deseo irrefrenable de comprarle una joya y tomando todos sus ahorros corrió a la ciudad más cercana donde los cambió por un brazalete de perlas, que le puso al cuello como si fuera un collar. Al verla, se sintió feliz al pensar  que la mandrágora le pertenecía.

Sin embargo, era exactamente lo contrario, la mandrágora lo poseía a él y su propio cuerpo iba secándose,  como si la raíz embrujada le chupara la fuerza vital. Había abandonado totalmente el trabajo y su carácter era insufrible. Gritaba a su mujer, golpeaba a sus hijas, abandonó los cerdos a su destino y, de no sentirse tan débil,  se habría agarrado a golpes con nueve de cada diez  conocidos.

Finalmente llegó el  momento en que no pudo salir más de la cueva. Y se echó en un rincón del que sólo se levantaba acuciado por la sed y el hambre. Tragaba unos bocados, bebía unos sorbos y el asco lo embargaba. Corría hasta la boca de la cueva y cuando ya iba a salir se detenía como si una muralla invisible le cerrara el paso. Entonces, agotado, volvía a su rincón y se tumbaba adorándola desde la distancia.

Ahora la mandrágora ya ni siquiera se molestaba en esconder sus sentimientos, lo miraba con abierto desprecio, torcía sus bellos labios en un gesto de disgusto cuando él fijaba sus ojos en ella. A medida que se acercaba su muerte, le asomó a los labios una sonrisa de triunfo que  se iba haciendo cada vez más desvergonzada en tanto él perdía la capacidad de ponerse de pie. El día que no pudo arrastrarse hasta el agua, lanzó una carcajada muda que rebotó por los muros de la cueva como un tiro hasta dar directamente en su corazón. Mientras moría, le pareció escucharla reír.

La mandrágora sólo sacudió su cabellera de raicillas y saltó al suelo, lenta muy lentamente, se arrastró fuera de la cueva y en las lindes del bosque cavó un agujero en la tierra y a medida que se introducía en él una sensación de paz llenó su rostro. Al fin se había librado de ese perfecto estorbo.

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Las regiones del norte de Chile son mineras. Todo allí es  tierra,  piedra y arena, el norte es el lugar más árido del mundo, en el desierto de Atacama no existe otra vida que la que el hombre implanta allí, pero cada rincón esconde un valioso tesoro: salitre,  cobre, plata, oro. Y para eso están los hombres allí, para arrancarle a la tierra las riquezas que oculta y que defiende de la rapacidad humana con dientes de hierro y garras de andesita.

Y puedo asegurárselos: no es fácil. Hay mineros que dan con su sueño y se vuelven hombres ricos, pero esos son los menos, los más son aquellos que van gastando sus vidas en un vagar inútil sobre esa tierra inhóspita, en un eterno escarbar la superficie obteniendo a cambio la magra cosecha de unas manos encallecidas y un corazón amargo.

Allí, en la búsqueda, todo se vale, hasta el crimen, si bien existen hombres que prefieren buscar la suerte. Se encomiendan a la Virgen y le erigen, por aquí y por allá, santuarios a la Carmelita, a la Candelaria, a la de Punta Negra. Otros ruegan a San Lorenzo y llevan su oración en el bolsillo de la camisa, pegadito al corazón. Algunos, los soñadores, buscan al alicanto.

El alicanto es un pájaro. Grande, fuerte, bello, con alas de oro que al volar despiden reflejos metálicos. De oro porque es del oro y la plata de las montañas que se alimenta el alicanto. Los ojos del alicanto despiden extraños fulgores áureos y, al volar, no deja sombra sobre la tierra.

Cuando ha comido demasiado, el alicanto no puede volar, entonces camina lentamente por  los altos cerros hasta que encuentra su nido y deposita allí dos huevos, de oro o de plata, según lo que haya comido. Esos huevos nunca serán encontrados, pero los mineros saben que siguiendo al alicanto encontrarán algo tan bueno como un huevo de oro o de plata: la mina donde el alicanto se alimenta.

Y van los hombres por el desierto pidiéndole a la Virgen de Punta Negra que les conceda lo que no puede, porque de la mano virginal o divina nunca viene la riqueza, sino de la otra, de la del demonio. Y mientras ellos ruegan que se les aparezca el alicanto van perdiendo la agudeza de la vista, quemada por el sol del desierto, y la frescura de la piel, resecada por el viento, y también las fuerzas que empujan la picota y la pala y, por último, la esperanza de volverse ricos

Manuel González, uno de tantos que arañan las vetas, nunca se sintió un hombre de suerte, es más, se creía maldecido por ella. Decidido a darle una mejor vida a su familia, se había marchado al desierto para ganar duramente su pan, pero al regresar sorpresivamente a su casa, delirando de fiebre,  la puerta se la había abierto la persona equivocada, no su mujer, sino su remplazante. González  no era hombre de lágrimas ni de peleas sin destino; se dio media vuelta y borró a su mujer de la memoria.

Desde ese día, la soledad y la miseria eran su única compañía. La mala suerte  que lo aplastaba le echaba al poco tiempo de todas las minas donde conseguía trabajo y las mujeres parecían haberle cerrado la puerta de su corazón ya antes de conocerlo. Tomó la decisión de pirquinear solo, tenía la esperanza de que así,  haría fortuna.

Por eso, la noche que el alicanto aleteó en las cercanías de su campamento dejando tras de sí un reguero de chispas multicolores, González no dudó un segundo en partir tras él.

Lo siguió en la oscuridad, tropezando con las piedras, cayendo de bruces al suelo una y otra vez, pero no abandonó la partida. Finalmente, cerca de la madrugada, perdió su rastro en las cercanías del cerro El Marqués, lugar que tiene fama de estar asolado por fantasmas y en el cual no uno, sino cientos han dejado la juventud buscando el oro que se cree esconde.

González volvió sobre sus pasos y trasladó su campamento a los pies del Marqués, no cerca de Cobija, el poblado de los fantasmas, ni de Timalchaca, en la ladera opuesta, sino justo entre ambos,  cerca de donde desapareciera el alicanto.

Y empezó a estrechar el cerco, lenta, pacientemente. Porque no había vuelto a ver al ave, apenas divisaba los últimos chispazos dejados por su vuelo rasante sobre las rocas.

Cuando creyó estar cerca de su objetivo, detuvo la búsqueda. Tan sólo cavó un agujero debajo de una enorme piedra y se dispuso a pasar las noches en su improvisado refugio. Sin dormir, porque eso lo hacía en el día, en su campamento a los pies del cerro.

El encuentro fue totalmente inesperado. Cuatro días más tarde, exhausto y sediento, González se acomodaba en su helado agujero cuando un chispazo dorado iluminó la noche. Era el alicanto, pero no volaba, caminaba lenta y pesadamente, con el buche hinchado de tanto oro que había comido. El alicanto se desplazó jadeante por la tierra y tras él, reptando como una serpiente, González lo siguió  sin emitir suspiro. Ya casi de madrugada, el ave se detuvo y cantó, un canto dolorido y exhausto. Después se metió al amparo de una roca y puso dos huevos, grandes como los del ñandú, pero de oro refulgente.

Cuando terminó, el alicanto se sintió liviano y feliz, mañana empezaría a empollar sus crías, pero para eso necesitaba energía, necesitaba alimento y quedaba menos de una hora de oscuridad. Alzó el vuelo  de inmediato y una estela de chispas multicolores  lo siguió.

Entonces, en ese momento fatal, González olvidó todo; su mala suerte, sus años de pobreza, sus decepciones amorosas, su soledad y la traición de su amada y  entre tantas cosas, olvidó algo de vital importancia: al alicanto hay que seguirlo cuando va a alimentarse, saber dónde está la veta, , pero nunca, jamás, hay que descubrir su nido y si lo haces, si tienes  algo de sensatez y de amor por tu vida, nunca, jamás, debes robarle los huevos.

González regresó a la carrera al campamento, no quería nada de allí, apenas una camisa limpia y una cantimplora de agua y en cuanto tuvo lo que quería envolvió los huevos en un chaleco viejo,  los escondió en el fondo de su morral y emprendió el camino de regreso.

Pero el alicanto apenas había comido un poco antes de sentir la nostalgia de su nidada y antes de llegar allí ya sabía que algo andaba mal; no podía percibir el  resplandor de sus huevos. Un chillido furioso marcó el momento de la comprobación y,  apenas segundos después,  ya estaba tras las huellas del ladrón.

González iba sin aliento, corriendo como alma que lleva el diablo, cuando sintió el batir de las enormes alas del alicanto; precavido, detuvo su carrera y se fue deslizando medio escondido entre los vericuetos del Marqués. Si  lo detectaba a la derecha, viraba a la izquierda, cuando una estela de chispas doradas bajaba el cerro, González subía.

Así, sin poder darse cuenta, perdió el rumbo de la misma manera que había perdido el seso al robar el nido del alicanto. Una sola cosa llamaba su atención: ¿Por qué, si faltaba tan poco para el alba, la noche seguía pegada allí sobre su cabeza? No era posible que, hasta ese momento, la corona de la luz matutina no hubiese aparecido tras las cumbres de Los Andes.

González ignoraba que la noche es cómplice y guardiana de las criaturas que le pertenecen.

El ave lo fue guiando como si fuera un niño, perdido y asustado en las tinieblas que envolvían al Marqués. Desaparecida ya la luna, ausentes las estrellas en ese perfecto jalón de terciopelo negro que era el cielo, el ladrón iba sin rumbo, justo hacia donde el que había sido robado lo quería.

No tardó mucho, cuando estuvo al borde del barranco bastó  con que el alicanto aleteara a sus espaldas. Muerto de miedo, González dio el paso fatal cayendo hacia el abismo con un alarido de espanto.

El alicanto llegó sobre sus restos poco después y con su fuerte pico curvo rajó el morral de lona sin problemas. Un par de tirones dieron vuelta sobre la piedra dos grandes huevos de oro que destellaron en la oscuridad. El alicanto los atrapó cuidadosamente con su pico y emprendió el vuelo de regreso, ya era tiempo de empezar a empollarlos.

Apenas se  tumbó sobre los huevos, amaneció, y el sol bañó de luz la cordillera, todo el cerro Marqués y, a medio camino entre Cobija y Timalchaca, el cuerpo destrozado, irreconocible de un hombre.

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