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Archive for the ‘Lino y Tai’ Category

Dos soles habían pasado cuando  los dos niños y el Viejo de las Palabras  llegaron, por fin, al Valle  Verde. Si hubieran  podido llevar cuenta  del tiempo transcurrido,  sabrían  que  casi ocho días antes habían comenzado su peligroso viaje.

A decir verdad, no era mucho el sol que había iluminado las últimas jornadas. Un  viento tibio había soplado a diario, empujando  por el cielo pesados nubarrones  que  a cada momento  se descargaban  y empapaban la tierra. Aún así, los viajeros no estaban preparados para el rápido cambio que había experimentado el Valle Verde, que gracias a la lluvia había hecho honor a su nombre en una auténtica  fiesta de la naturaleza.  Aquí y allá, verdeaban las praderas que antes de su partida, ellos  vieran  todavía mustias por el invierno y la sequía y ya asomaban  capullos de flores por todos lados.

Sobre tanta belleza  zumbaba una nube de mosquitos  hambrientos que  se  arrojó sobre los viajeros,  tratando de encontrar  algún punto de sus cuerpos  que no estuviera pintado por el lodo amarillo de la laguna.

Junto con la primavera, habían regresado los herbívoros. Manadas de ciervos de los pantanos se desplazaban hacia el norte en busca de los pastos ya maduros y  en las riberas del Río que Brama  se veían las primeras   bandadas de emplumados, patos y garzas,  con su característico bullicio.

¡Había finalizado el tiempo frío! La temporada generosa comenzaba para todos, el clan y los animales.  El calor y el agua  hacían renacer  los pastos y  el verdor de estos  invitaba a todo tipo de vida, que se alimentaba la una de la otra. Hasta el viejo megaterio muerto había sido reemplazado por un joven ejemplar de piel rojiza que rascaba su espalda contra los árboles más altos del bosque.

Bordeando el bosque, escondiéndose entre sus ramas, Lino, Tai y Tahuma avanzaron por el valle en dirección al campamento. Si mantenían el paso, podrían estar llegando allí  por la noche o cerca del nuevo amanecer. Tahuma y Tai estaban animados3941048480_60b360f957; el viejo,  olvidado el dolor de sus piernas,  hacía planes para relatar al clan los acontecimientos vividos  y Tai, entusiasmado con la gran cantidad de hierbas e insectos, no paraba de recoger muestras para llevar al Hombre-Medicina.

Sólo Lino estaba sombrío.  ¿A  qué se arriesgaba, qué le deparaba la proximidad del clan? Quizás ninguno de sus seres queridos estaba con vida y, si ese era el caso, apenas pisara el campamento, el traidor Sibán lo haría prisionero. Era muy posible que esa misma noche se le sacrificara junto al fuego. Sibán bebería su sangre y el Hombre-Medicina arrancaría su corazón para que el nuevo jefe se apoderara de su fuerza.

¡Jamás! Lino no rendiría su vida como un débil conejo. Si era forzoso, llevaría una vida solitaria por el resto de sus días. ¡Lino era capaz de  cazar, de defenderse de Mulkan, de pescar; de salvar la vida del pequeño Ranú, Lino no se entregaría a Sibán por nada del mundo!

-¡Detente, viejo! –ordenó.

Tahuma y Tai le obedecieron. Lino trató de ordenar en su mente las  ideas que se le atropellaban como ciervos desbocados.

-¿Qué es lo que lo quieres, Lino? –preguntó Tahuma.

-Lino no regresará al campamento, viejo. Si lo hago, puedo  morir. Lo he pensado bien y prefiero  ser un solitario. Hoy cazaré un ciervo y  buscaré un lugar donde refugiarme.

-Lino, ¿recuerdas la cueva que encontramos cuando buscábamos lagartos? –Era Tai quien preguntaba.

-¡Es cierto, Tai, la había olvidado.  Allí llevaré mi ciervo y tendré una piel para abrigarme y mucha carne para secar!

-¡Vamos a cazarlo, Lino!

Tai era demasiado optimista, pensó el viejo. Una cosa era cazar  un pato, pero el majestuoso ciervo de los  pantanos  era algo muy diferente.

-Tahuma te ayudará, Lino. En nombre de Kuma, tu padre, que siempre  escuchó mis palabras.

Lino reptó silencioso como una fiera hasta la manada de Targa. Sería mejor dejar atrás al viejo, pensó, era demasiado bullicioso. Se  arrastraba como una serpiente  moribunda, aplastando ramitas y pastos secos, avisándole a todo el valle que allí había comida fácil. ¿Es que ya había olvidado cómo se hacía? Por fortuna, tenían el viento en contra y no serían detectados por el olor.

En cuanto tuvo la manada a tiro,  Lino seleccionó su objetivo; un joven ejemplar de unas dos semanas. Ya corría bien, tenía patas firmes, pero no conocía la pradera y se alejaba demasiado de la madre, saltando  por allí en busca de nuevas sensaciones. Era un crío todavía, pero el mismo Serak acechaba crías, también Mulkan y no perdían su honor por eso. Y Lino no tenía en su mano el poder de herir a un ejemplar más crecido.

La manada de Targa pastaba tranquila, pero siempre pendiente de lo que ocurría a su alrededor. La cornamenta de Targa ya estaba crecida, aunque no había alcanzado todo su esplendor. Se pavoneaba delante de las hembras, las acosaba, ponía en su lugar a los machos jóvenes que tenían la peregrina idea de  dudar de  su grandeza.

 

No lejos de allí, dos pupilas amarillas se clavaron en Targa. Era demasiado fuerte Targa. Estaba bien armado con su cornamenta. Los ojos amarillos  buscaron  un poco más y dieron con una hembra de vientre hinchado, casi incapaz de correr. Mucha carne. Pupila Amarilla extendió una  zarpa y sus enormes garras  se clavaron en la tierra. También vio la cría saltarina. Estaba unos metros más allá, no  lejos de su madre, saltaba y jugaba persiguiendo una enorme mariposa blanca.  Dos  presas disponibles para Pupila Amarilla. Satisfecho, Serak se agazapó; su cuerpo tenso como un arco, fijos los ojos en la hembra próxima a parir.

Repentinamente, algo se movió en el campo visual de Serak. Un pequeño. Estaba viejo y costaba entender cómo se había aproximado tanto a Targa sin ser notado. Otra posible presa. El  cerebro de Serak no estaba preparado para elegir entre tantas opciones. A Serak le gustaba la carne de los pequeños, pero éste estaba viejo, seguramente no tendría mucho que  comer, lo mismo que la cría, y Serak tenía mucha hambre después de ese largo invierno.  Cazaría la hembra y después, si alcanzaba, mataría al pequeño. Es más, era casi seguro que mataría al pequeño; sería demasiado fácil para el tigre de los dientes como puñales.

El rastreador levantó la punta de la nariz y una decena de olores se atropellaron  en ella. La carne de Targa, el ciervo de los pantanos,  los pastos frescos, las flores, y por sobre ellos, dominante, la orina fuerte y penetrante de un felino. ¡Serak, el tigre de los dientes como puñales,  también estaba al acecho! Sin una palabra, respirando apenas, el rastreador levantó una mano y ordenó a sus cazadores que estuvieran preparados. El rastreador sabía que contaba con tantas lanzas como dedos en una mano, más que suficiente para dar muerte a dos ciervos de los pantanos. Sólo faltaba un detalle; había que pensar en qué hacer con Serak, que seguramente se les echaría encima en cuanto  derribaran  sus presas.

El rastreador levantó apenas la cabeza  por entre la hierba. Nada se movía. Los emplumados callaron y un pesado silencio cayó sobre la pradera.  Targa, inquieto, dejó de comer y levantó la cabeza. El rastreador se paralizó. Una bandada de emplumados pasó chillando sobre los árboles.  Nada. Confiado, Targa continuó  pastando. La cría de Targa correteaba cerca de unos arbustos. El rastreador se preparó para saltar al ataque, pero en eso, algo totalmente inesperado ocurrió.

Una esmirriada figura ululante se abalanzó hacia  el hijo de Targa. Era Lino.  Cubierto de lodo reseco, el niño saltó hacia la cría como empujado por un resorte; la lanza fuertemente agarrada en la mano derecha. Más que correr, volaba sobre la hierba y cuando arrojó el arma, el tiempo pareció detenerse.

La lanza voló rauda hasta la cría de Targa y  cuando ya parecía que el cervato alcanzaría a huir, se clavó fuertemente en su pata trasera. La cría cayó y entonces todo en la pradera se convirtió en un infierno.

Serak saltó hacia la hembra en el mismo instante que Targa iniciaba la fuga. Tahuma se puso de pie y rengueó detrás de Lino. Los ciervos corrían desesperados  en dirección al norte y Serak  les pisaba los talones.

Al mismo tiempo, un coro de aullidos se desató en la pradera. Cinco pequeños habían despegado su cuerpo de la tierra y corrían hacia la manada. Serak se detuvo y los enfrentó rugiendo fieramente. Sus  zarpazos abatieron a uno, pero los otros  lo atacaron  como pequeños demonios. Serak   volvió  sobre sus pasos y  en las pupilas amarillas se grabó otra escena: la cría de Targa herida, que se arrastraba, y junto a ella, una cría de pequeño, con el rostro pintado de amarillo y una maza de piedra en su mano, lista para aplastar la cabeza del cervato caído.

-¡Lino, arranca, arranca!

¿Esa voz? Lino se volvió justo a tiempo para ver a Serak corriendo hacia él. Lo aguardó de pie, enarbolando  la maza  como un auténtico guerrero. ¿De quién era esa voz?

-¡Arranca, Lino, no te quedes ahí!

¡Era Kuma, estaba vivo! Lino vio con asombro cómo los cuatro cazadores  corrían  hacia Serak. Kuma arrojó su lanza, que  pasó rozando  el lomo del tigre. Los cazadores aullaban y se acercaban  listos  para atacar. En el último momento, Lino hizo exactamente lo que le había ordenado su padre, retrocedió.

Serak  quería el cervato, se conformaría con él. Los  pequeños habían espantado la manada y Serak había perdido a la hembra preñada, pero eran demasiados pequeños y Serak  los conocía bien; los pequeños eran buenos cazadores; capaces de enfrentarse con cualquiera y darle muerte. Y eso incluía a Serak. Hirviendo de furia, el tigre de los dientes  como puñales, abandonó la presa y  corrió hacia el bosque.

-¡Padre!

-¡Lino, el Hombre-Medicina dijo que te había llevado la Madre Tierra!

-¡No padre, no estaría vivo si la Madre Tierra no caminara conmigo y con Tai!

Todos habían llegado junto  a ellos. Al final, combado bajo el peso de la cría de Targa, apareció el Viejo de las Palabras.

-¿Qué haces  aquí, Viejo de las Palabras?

-Tahuma, padre, su nombre es Tahuma.

-Traje la presa de Lino, Kuma.

Tai llegó rengueando hasta ellos. Admiró el cervato muerto.

-Ya tienes tu primera piel, Lino.

-¿Y Sibán, padre, dónde está Sibán?

-Sibán  camina en los senderos de la muerte, Lino, junto a Maki y Gola.

¡Eran sus túmulos los que vieran en la montaña! ¡Qué bueno que no había escarbado en ellos para ver si se trataba de su padre!

-Sibán quería traicionarte, padre.

-Lo intentó, Lino, pero  la gran Ranú salvó mi vida. Ahora, Ranú es mi tótem protector.

¡Parecía mentira! ¿Ranú había salvado a Kuma y a Lino al mismo tiempo? Eran demasiadas emociones para un solo día.

No sería necesario un túmulo para el cazador muerto. Los cazadores llevarían su cuerpo para que las mujeres se arrancaran el pelo y  lloraran por él.  El cuerpo del caído fue amarrado al  tronco de un árbol nuevo.

-Volvamos al campamento, Lino. Esta vez, llevarás tu primera presa y esta noche, cuando la compartamos, Hombre-Medicina sabrá que pronto serás un cazador.

¡Un cazador, como su padre, como el padre de su padre y así hasta los tiempos olvidados!  El pecho de Lino se hinchó de orgullo,  pero no podía olvidar lo más importante; fue hasta donde estaban Tahuma y Tai y enfrentó a su padre con la cabeza en alto:

-Y también Hombre de las Palabras, padre. Tahuma me enseñará. Y dentro de muchas lunas, cuando Tai sea Hombre-Medicina, tú escucharás las palabras en mi fuego. 

Kuma lo miró sorprendido. ¿Qué más quería su hijo? De repente iba a salir queriendo ser el nuevo jefe. Los cazadores reían. Digno hijo de Kuma, ese Lino. Kuma  palmoteó la cabeza de su hijo con afecto. Lino, pensó, era sangre y carne de Kuma. Algún día sería Hombre de las  Palabras, cierto, pero cuando los huesos de Kuma se debilitaran, Lino sería un gran jefe para el clan. Los Cazadores  que vinieron del Norte tenían el mañana asegurado.

El sol empezaba a caer. Los cazadores tomaron el camino al campamento. Mañana sería otro día; otro sol, nuevas presas en la pradera. Este sería un  buen tiempo para todos.

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3327648181_5d48456661Nunca se había visto en el Valle Oscuro un grupo tan extraño como el  que bajó de la montaña.

Se trataba de tres  pequeños que se encontraban en muy mal estado, cubiertos de lodo y rasguños; el más alto cojeaba lastimosamente y utilizaba una lanza quebrada para apoyarse. El grupo era encabezado por un niño delgado y nervudo, que iba muy atento a lo que sucedía a su alrededor y no se despegaba de  su lanza. Junto a él, y eso sí que era raro, caminaba una cría de mastodonte que ya lo aventajaba por más de una cabeza.

Aunque los árboles son el lugar que Serak escoge para acechar a sus presas, el grupo  prefería caminar entre ellos, como tratando de pasar  inadvertidos, lo que no es nada de fácil cuando uno marcha en compañía de un mastodonte, por pequeño que sea.

El Valle Oscuro es mucho más grande que otros, sus pasturas son altas y están siempre frescas, gracias  a la laguna que le proporciona humedad.  La laguna es también la causa de que muchos bosques se levanten aquí y allá. Los árboles se empinan por las laderas de las montañas y cubren muy bien las cavernas donde se ocultan Serak y Mulkan; pero no hay ser vivo que lo olvide, porque  ellos son los amos del Valle Oscuro y se lo reparten sin pelear: Mulkan sale de día, hurga en los troncos por insectos y miel y pesca en las aguas  turbias de la laguna; cuando tiene mucha hambre, sale de caza. Serak afila sus grandes colmillos en las rocas, caza de noche y es raro que pierda una pieza. Durante el día, dormita en su cubil o se tiende al sol perezosamente.

Los demás habitantes del valle duermen con un ojo y velan con el  otro. Al menor chasquido entre los árboles, huyen lo más  lejos que pueden. Hay paleollamas y guanacos y en las marismas que se extienden más allá de la laguna pastan los ciervos de los pantanos. Todos ellos son grandes y robustos, aunque nunca tanto como los megaterios o milodones, que algún día serán tan pequeños que treparán a los mismos árboles que suelen derribar de tanto rascarse el lomo contra ellos.  En la primavera, el ciervo de los pantanos  se corona con una magnífica cornamenta e inicia su período de cortejo.

Lino condujo a Kiya hasta un riachuelo que se alimentaba de la laguna, donde el joven mastodonte  bebió hasta saciar su sed y jugó largo rato a arrojarse agua en el lomo. Después debió pensar que estaba demasiado limpio, de modo que se tumbó  en el lodo y se restregó con entusiasmo para deshacerse de los molestos insectos que pululaban sobre él. Lino, Tai y Tahuma siguieron su ejemplo y después de refrescar sus cuerpos fatigados, escarbaron en la orilla para sacar lodo amarillento y  se pintaron las caras y las extremidades. Los pantanos bullían de enormes mosquitos y tábanos.

Con un certero lanzazo,  Lino capturó un pato gordo y sabroso cuya sangre chuparon hasta la última gota. ¡Qué reconfortante era la sangre tibia del pato! Ahora se sentían mucho mejor y estaban más animados. Tai se quedó con las plumas suaves del vientre del pato y Tahuma buscó musgo y paja seca para hacer fuego. Con ayuda de unos maderos se sentó a hacerlo, pero al parecer hacía mucho tiempo que no tenía su propio fuego, porque la ansiada llamita se negaba a aparecer y ya se estaba haciendo tarde, tan tarde que allá arriba, en la montaña, Serak bramó fieramente  llenándolos  de temor.

-Te ayudaré con el fuego, viejo –dijo Lino.

Y sabedor de que Serak es enemigo de las llamas, buscó sus propios materiales; si querían regresar con el clan, muy pronto sería necesario tener un cordón de fuego a su alrededor. Tai recogió ramas y  las fue enlazando para construir un  intrincado círculo; al centro de esa empalizada  estaría el fuego.

Tahuma y Lino frotaban sus ramas con ansiedad no disimulada; pasó largo rato antes de que sobre el musgo de Lino bailotease una débil llamita; poco después, otra apareció sobre la pila del viejo.  ¡Al fin tenían fuego!

El viejo puso el pato sobre el fuego y el  acre olor de la pluma quemada  afloró. Tai y Tahuma se sentaron, pero Kiya se negaba a acercarse al fuego, peor aún, al parecer, quería marcharse. Lino acarició su cabezota para tranquilizarlo. Kiya se revolvía nervioso, el fuego le asustaba. Tai le trajo una brazada de hierba fresca y el mastodonte  se fue calmando poco a poco. A veces levantaba la cabeza, agitaba su trompa en el aire, sus orejas se movían  a uno y otro lado, como si tratase de identificar los sonidos del valle.

-¿Qué le sucede a Ranú, viejo? –preguntó Tai.

-Sólo los cazadores son amos del fuego, Tai; para la cría de  Ranú, el fuego es la muerte, su misma madre murió a causa de él. Si la cría de Ranú se marcha, Serak preferirá su carne a la de  Targa, el ciervo de los pantanos. Ranú tiene mucha carne, que  es tierna y jugosa,  un viejo como yo la comería gustoso.

Tai y Lino protestaron escandalizados, ¡cómo podía el viejo pensar en el pequeño Ranú como en comida!   

El pato sí que olía  a  comida. Las plumas habían desaparecido  y estaba todo ennegrecido y apetitoso. Tai podría asegurar que sabía muy bien. ¡El primer pato cazado por Lino!

Tahuma lo sacó del fuego y sin poder evitar quemarse, lo despedazó sobre la hierba. Cada uno escogió una presa. Es cierto que el primer pato de Lino no era para  nada tierno, sino algo viejo y correoso, pero tenía mucha carne y si pato no hubiese estado tan cerca de regresar a la tierra, difícil habría sido que un cazador novato, como Lino, lo hubiera atrapado.  Se chuparon los dedos, y arrancaron la carne del pato a mordiscos. Había que tironear fuerte para arrancarla, pero los niños tenían dientes jóvenes. No así Tahuma, que pugnaba por romperlo con sus encías desdentadas.

Después de comer, los niños se quedaron dormidos. Tahuma se sentó junto al fuego, velando. Las horas transcurrieron y el cansancio  vino hasta los ojos del viejo. Su cabeza flaqueaba y los brazos resbalaron: Tahuma cerró los ojos y se durmió. El fuego continuó crepitando  y las ramas que lo alimentaban se fueron consumiendo lentamente hasta convertirse en brasas y la luz que envolvía al grupo se fue apagando hasta que la oscuridad los envolvió.

 

Un barrito de Kiya despertó a los durmientes. El mastodonte se retorcía asustado, el fuego estaba casi apagado y al otro lado del círculo de ramas, un ronco gruñido y un aliento caliente y fétido iba de aquí para allá.

-¡Aviva el fuego, Lino, pon más ramas! –gritó  Tahuma.

Pero las ramas  verdes se negaban a encenderse, apenas producían un poco de humo y una  lucecilla  amarillenta. Tahuma  y los niños se habían puesto de espaldas al fuego y atisbaban a su alrededor tratando de descubrir al que los acechaba.

Una rama encendió al fin y  la luz que produjo les permitió ver lo que tanto temían: ¡la gigantesca cabeza de Mulkan y un par de enormes garras que se abatían sobre la enramada para derrumbarla!

Desesperado, Lino cogió la rama encendida y la blandió delante del hocico de Mulkan; el oso retrocedió  rugiendo airado. Ahora Tai y Tahuma soplaban sobre el fuego para avivarlo y encendían nuevas ramas para espantar al monstruoso animal. Tahuma arrojó una rama sobre la empalizada, que empezó a arder; lentamente al comienzo, con más brío luego. Pronto todo el enramado era un círculo de llamas, pero en cuanto este se consumiera, ya nada podría detener a Mulkan.

Cuando el fuego empezó a flaquear  todavía  el oso  rugía y rondaba   alrededor. Mulkan preparó sus  colmillos, agitó su cabezota. Kiya, aterrado, trompeteaba enloquecido. Ahora el sonido era distinto. Podían sentir que la misma tierra se estremecía y un ruido sordo llegó hasta sus oídos. El  fragor crecía por instantes, se levantaba una nube de polvo que los hizo toser. Ni  Tahuma ni los niños podían entender lo que estaba ocurriendo, Mulkan, en cambio, lo comprendió todo y con un  rugido de airada decepción, emprendió la retirada.

Cuando Mulkan se marchó, la  colosal figura de Ranú se recortó contra la oscuridad. Tahuma y los niños  se agazaparon aterrados. ¿Habían escapado de Mulkan para terminar ensartados en los colmillos de Ranú?

 Kiya, en cambio,  estaba contento. Barritaba alegremente y saludaba a Ranú  agitando la cabeza de arriba abajo.

El fuego de la empalizada estaba casi apagado. Ranú pisoteó  los restos y Kiya atravesó  el círculo de  brasas dando saltitos para no quemarse. Ranú lo empujó con su trompa para darle prisa. La mastodonte alfa y la última cría de la manada desaparecieron en la noche sin mirar atrás.

-Ranú nos ha salvado por ayudar al pequeño –dijo Lino.

-Así es Lino, aunque Tahuma diga estas palabras, nadie lo creerá.

-Si hubieras matado al pequeño Ranú, ahora todos nosotros estaríamos en la barriga de Mulkan, viejo – Tai, como siempre, hablaba poco, pero con sabiduría.

– Ranú es sabia y compasiva con los cazadores; pero no podemos confiar en Mulkan –reflexionó Tahuma-;  Mulkan sólo sabe del gruñido de su tripa vacía. Recojamos  más leña para rearmar la empalizada y alimentar el fuego.

Él mismo puso manos a la obra para dar el ejemplo.

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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3618937292_8108dac1f5Cuando  Lino, Tai y  Tahuma llegaron a la meseta, sólo el humo de los pastizales secos  recordaba la presencia de los cazadores del clan. Buscando un poco más por los alrededores, Tahuma dio con tres túmulos de piedra.

-Tres cazadores  volvieron a la Madre Tierra –dijo Tahuma sombrío.

Lino no quería poner en palabras sus pensamientos. ¿Quiénes serían los muertos? ¿Sería Kuma uno de ellos? Era muy posible, porque eran tres los túmulos funerarios. En caso de que Sibán hubiera logrado su cometido, allí estarían con él Melimo y Raki,  los dos cazadores que le eran a Kuma tan queridos como hermanos. La ansiedad se apoderó del niño.

-¿Cómo podemos saberlo, viejo? –preguntó Lino.

-No podemos, Lino. La muerte está  con ellos y si abres los túmulos, se apoderará de ti y  estarás maldito. Nunca podrías volver con el clan y vagarías para siempre..

-Si mi padre está allí, yo nunca podré volver con el clan, viejo. Sibán me ofrecerá a la Tierra y aplastará mi cabeza con su maza  antes de echarme a los emplumados de la muerte.

Tahuma pensó que Lino era un niño muy sabio. No había una  sola de sus palabras que no fuera verdadera. ¿Qué podían hacer ahora? Si los cazadores volvían al campamento con Sibán a la cabeza, la madre de Lino y sus hermanos ya estarían muertos cuando ellos regresaran. ¿Y para qué volver si la muerte aguardaba por  Lino en  la maza de piedra de Sibán?

Tai los sacó de sus  pensamientos.

-¡Mira, Lino, los emplumados de la muerte están bajando!

Tai tenía razón, los rapaces que habían acompañado su ruta estaban descendiendo  y se perdían al borde del barranco. Tahuma corrió hasta allí y se detuvo en la orilla a investigar,  desde allí les hizo señas para que se le unieran.

Cuando los niños llegaron junto a él, descubrieron inmediatamente la razón por la cual las aves de rapiña planeaban en esa dirección. Al pie del barranco yacían los restos de dos mastodontes y sobre ellos se afanaba como una siniestra nube negra  una gran cantidad de aves que se disputaban con graznidos y picotazos lo poco que  quedaba de los gigantes.

-¡Qué buena caza –exclamó el viejo-;  los cazadores deben haber regresado  aplastados por el peso de tanta carne y  el clan tendrá tanta comida que se cantará y bailará  en todos los fuegos!

¡Feliz expectativa para el clan! Lino no pudo evitar  que  sentimientos de envidia y nostalgia lo embargaran. ¿Podría Lino disfrutar los festejos de la caza con su clan o tendría que mantenerse oculto sufriendo por los seres amados perdidos para siempre a manos de Sibán? Al parecer, el viejo pensaba lo mismo que él, porque le dijo con voz tan sombría como el cielo, que hacia media tarde había comenzado a cubrirse de nubes aceradas:

-Debemos regresar por otro camino, Lino. La mitad del clan  llegó aquí por las alturas e inició el fuego  que atrapó a la manada; los demás vinieron siguiendo las huellas de Ranú. Lino debe tomar esa ruta, porque, debido a la pesada carga que llevaban,  los cazadores regresaron por los desfiladeros,  y no quiero pensar lo que ocurrirá si son guiados por Sibán y nos descubren. Mira – indicó- esas son las huellas de los mastodontes que huyeron  y por este otro  cañón se fue uno que estaba herido. Ranú, el mastodonte, es más peligroso aún cuando está herido, pero este pierde mucha sangre; pronto estará muerto y para seguir nuestro camino  necesitamos su carne.

Lino concordó con el viejo; incluso Tai estaba entusiasmado: ¡Al Hombre-Medicina le encantaría tener siquiera un ojo de Ranú para su magia! Tai, distraído como era, no había comprendido que difícilmente podría volver al campamento si no era acompañado por Lino y Tahuma y hacía toda clase de planes para cuando estuvieran de regreso. Lino fingía indiferencia y el viejo de las palabras le lanzaba miradas de enojo que Tai tampoco parecía notar.

Se pusieron en marcha rastreando las huellas del mastodonte herido. Nanay había dejado  un reguero de sangre oscura que ya había sido absorbida por la tierra en su mayor parte. Nanay caminaba sobre las pisadas de Kiya  para protegerlo. Eso, sumado a que arrastraba con dificultad las patas traseras, impedía al viejo  darse cuenta de la presencia de su cría.

No habían caminado mucho cuando el cielo se oscureció más todavía y los nubarrones descargaron  un espeso aguacero  sobre sus cabezas. Pronto la lluvia borró todo rastro de Nanay y a duras penas podían ver por donde iban. El agua les corría por las cabelleras desgreñadas y se deslizaba bajo las pieles de ciervo que los cubrían. Sin embargo, eso les infundía más esperanza. ¡Hacía tanto tiempo que no caía agua del cielo! El invierno  había sido el más seco que  los ancianos del clan recordaran y, sin ir más lejos, cuando  llegaron al Valle Verde los rastreadores casi no lo habían reconocido de tan amarillento que estaba a causa de las heladas y la sequedad. La sequía y el frío habían ahuyentado a los cérvidos de aparatosa cornamenta con los que el clan solía alimentarse y habían  puesto al clan en una situación  crítica.

El desfiladero se estrechaba y se retorcía cada vez más. Los pies se hundían en el lodo y la persecución propuesta por el viejo se hacía cada vez más difícil. Tai casi no podía caminar sin ayuda.

-Viejo, debemos regresar, la montaña terminará por devorarnos –dijo Lino.

-No podemos darnos por vencidos, Lino. Ranú también está sufriendo el agua del cielo y no podrá avanzar mucho más.

-Está bien, seguiremos, pero si encontramos otra dificultad, volveremos sobre nuestros pasos.

Continuaron en silencio, de pronto, el viejo lo rompió atropelladamente:

-¡Mira, Lino, ahí, mira, mira!

Lino no podía ver nada. El cañón estaba oscurecido por la lluvia y más adelante sólo se divisaba un montículo que lo obstruía; el niño pensó  que les daría más de un problema para continuar y así se lo hizo saber:

-Será muy difícil pasar al otro lado, viejo.

-Estás equivocado, niño, mira bien.

Lino vio con asombro que una parte del montículo se movía y se separaba del resto.

¡El montículo era Ranú  tumbada en medio del cañón y aquello que se movía, era su cría!

 

Kiya estaba desesperado. Hacía mucho rato que Nanay  había caído y ya no podía  moverse. Nanay sólo atinaba a fijar en él un ojo grande y triste, por más que Kiya la presionaba con su pequeña trompa.

Cuando los pequeños llegaron junto a ellos, Kiya estaba aterrado. ¡Nunca había estado tan cerca de los mortíferos cazadores y estos eran más pequeños que ninguno!  Moribunda, Nanay ni siquiera intentó levantarse.

Lino y Tai nunca habían estado tan cerca de Ranú y menos aún de una cría. La ferocidad de  Ranú para aquellos que se acercaban a su cría  era cosa más que sabida. El mismo Tahuma no pudo recordar haber visto una cría tan de cerca en toda su vida.

-No es Ranú, es una hembra joven-dijo Tahuma.

Ahora que estaban junto a ella, todos los propósitos del trío se esfumaban. ¿Cómo carnear a  la mastodonte en presencia de su cría? La Madre Tierra nunca perdonaría algo así. Tahuma  fue más allá e hizo  una cruel proposición. 

-Matemos a la cría, Lino. Si no lo hacemos, lo harán Serak o Mulkan.

Tahuma no contaba con un detalle;  Kiya, aterrado por la inminente muerte de Nanay, se había acercado a los niños, les olfateaba con su trompa lanuda,  daba saltitos. Llegó hasta  restregarse contra Lino y el  peso de  su cuerpo  lo empujó al suelo. Lino, embarrado como estaba, quedó aún peor, pero los niños no podian dejar de reírse de las graciosas maniobras del pequeño mastodonte.

      -No podemos matarlo, Tahuma, es sólo un niño que ha perdido a su madre.

-El hijo de la mastodonte no se moverá de aquí hasta que ella termine de morir y luego vendrán los emplumados de la muerte. El agua que cae del cielo no les permite saberlo todavía, pero en cuanto sientan el olor de la muerte, estarán aquí. En cuanto lo vean, lo  matarán –Tahuma gritaba para hacerse oír sobre la estruendosa lluvia.

Todo eso era cierto. ¿Qué podían hacer? Tai, extenuado, se sentó en una piedra a recuperar el aliento; Tahuma rodeó la mole inerte de Nanay  mientras Lino trataba de alejar al crío del cuerpo de su madre.

Repentinamente, a lo lejos, un gruñido sordo vino desde lo profundo  de la montaña. Tahuma puso atención y trató de determinar su origen. ¿Podía tratarse de los demás mastodontes que venían hacia ellos?

-¡Algo sucede, Lino!

El sonido se iba  haciendo cada vez más fuerte. Tahuma presentía que algo estaba por desencadenarse, pero no podía saber qué. Aterrados, los niños se le acercaron en busca de protección. Kiya también  era presa del temor y cuando el ruido se convirtió en un estruendo, Nanay movió débilmente la cabeza. Kiya se le acercó y su madre lo empujó con la trompa como si quisiera alejarlo.

El estruendo se aproximaba, Tahuma reconoció  repentinamente el sonido y agarrando a Tai de un brazo, gritó:

-¡El agua del cielo viene arrastrando la montaña, Lino, huyamos!

Tahuma y Tai corrieron  hacia la ladera y treparon en busca de la seguridad, pero Lino, en vez de seguirlos, corrió hacia Kiya y lo jaló de la trompa azuzándolo a gritos para que se pusiera a salvo.

-¡Ea, vamos, ea,  hijo de Ranú!

Nanay golpeó a Kiya con la trompa y, agotada,  dejó caer la gran cabeza sobre el fango.

Kiya comprendió que era el adiós de su madre. Liberó su trompa de la mano de Lino, la acarició suavemente y trotó detrás del niño hacia la ladera.

Por entre la espesa lluvia, una masa oscura apareció en el recodo más próximo. Era tan alta como un mastodonte y  tan bulliciosa como una enorme manada desbocada. Lino y Kiya trepaban a duras penas, pero el aluvión bajaba tan rápidamente que parecía que no podrían escapar a tiempo.

-¡Corre, Lino, corre!

Los gritos de Tai  eran apagados por el fragor de las aguas. La mano de Tahuma agarró a Lino y mientras éste tiraba la trompa de  Kiya, los tres se abalanzaron hacia delante en busca de la salvación.

En el desfiladero, el agua, lodosa y oscura,  llegaba rugiendo como un millón de tigres gigantes; arbustos y rocas se despeñaban arrastrados por su fuerza. Kiya hizo un esfuerzo, se subió a la roca donde estaban los pequeños, se apegó a ellos   temblando de miedo y dolor.

Abajo, el agua alcanzó el corpachón inerte de Nanay y la volteó una y otra vez, amasándola en su carga de muerte y destrucción. Veloz como el rayo, el aluvión pasó quebrada abajo dejando una huella de devastación.

 Nanay  formaba  ahora parte de las entrañas de la Madre Tierra.    

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3222339989_3c20aeb7c0Ahora  la manada de Ranú  caminaba por  la cima de los cerros  y la maleza que tanto les retrasara prácticamente había desaparecido; la manada pisaba una espesa alfombra de hierba reseca. El terreno  se allanaba casi imperceptiblemente y se iba  convirtiendo en una  extensa meseta hasta la cual  el viento traía el olor de la hierba fresca y del agua, mucha agua. Pronto  llegarían a ella.

Repentinamente, Ranú se detuvo, olfateó el aire nerviosamente. Los demás mastodontes hicieron lo mismo. Algo estaba sucediendo, algo terrible estaba por desencadenarse sobre ellos. Ranú conocía esta sensación, la había vivido muchas veces y su cerebro trataba de identificarla. Pero ya era demasiado tarde.

Una espesa columna de humo se levantó de la hierba. ¡Peligro! Ranú no sabía qué hacer. ¿Para dónde debía huir con su manada? Sus negros ojos buscaban una salida con ansiedad, pero estaba casi paralizada.

Simultáneamente, dos, tres, seis columnas de humo se levantaron  hacia el cielo y pronto toda  la pradera había estallado en llamas. ¡Fuego! Eso sí que lo conocían todos los mastodontes;  la manada echó a correr  enceguecida     por el terror. El   fuego apenas se había desatado y ya  era más alto que las crías de mastodonte. Sólo  había un punto que no ardía y  hacia allá los guió Ranú.

En ese momento, el grupo de Sibán hizo su aparición. Venían sin aliento a causa de la carrera que iniciaran al ver  los pastos en llamas. No por eso se detuvieron, aullando como demonios, se enfrentaron a la manada. Ranú los vio venir y se detuvo en seco; sus grandes patas resbalaron en la tierra y su  corpachón  peludo quedó  envuelto en una nube de polvo. Rápida como el viento, Ranú giró sobre sus pasos y se lanzó a correr en dirección contraria con su hueste pisándole los talones.

La manada de Ranú corría ahora enloquecida al borde de un barranco. La mastodonte alfa lo había visto y los apartó de allí corriendo en línea recta hacia un estrecho desfiladero entre los cerros. Nanay empujaba a Kiya con su trompa para que el pequeño no se quedara atrás.

Cuando ya estaban por alcanzar el cañón, sobrevino la tragedia.

Gritando, aullando, agitando antorchas  y esgrimiendo sus temidas lanzas, más pequeños cayeron sobre  ellos como una pesadilla. Esta vez era Kuma  quien los encabezaba; el experimentado cazador había adelantado a sus hombres y a la manada para incendiar los pastos y  cerrarle el paso. Ranú giró en redondo, los mastodontes tropezaban, perdían pie. 

Los pequeños  aparecían de todos lados y donde ellos no estaban, allí estaban las llamas. El  fuego crepitaba devorando la hierba, quemando las patas, chamuscando la piel. Los mastodontes habían entrado en un remolino de muerte y bramaban desesperados. La ola de los pequeños se les echó encima ululando y sus lanzas volaron por los aires para estrellarse en  patas y lomos. La gruesa piel de los mastodontes era su única protección y los  gigantes, perdidos en el caos, cegados por el humo y el polvo, sólo podían aguantar a pie firme la tragedia que se les abatía encima. Los cazadores, por otra parte, no esperaban otra cosa; sabían que sus lanzas eran demasiado débiles para  dañar a los gigantes, por eso la encerrona.  Sin  necesidad de  órdenes, tal como siempre lo hicieran y sus padres antes que ellos, la horda empujó a los mastodontes hacia la muerte.

En medio de la barahúnda, Kuma vio aparecer frente a él, el rostro de Sibán desencajado por la ira.  A sus espaldas, Ranú enfurecida se alzó sobre las patas traseras.

-¡Atrás, atrás! –gritó Kuma.

Pero Sibán no le hizo caso. Es más, siguió avanzando directo hacia Kuma, con la lanza en ristre y una mueca de odio desfigurándole la cara. ¿Estaba loco acaso? ¿Qué quería Sibán?  Una  luz de comprensión atravesó el cerebro de Kuma: ¡A él, Sibán lo quería a él!

Cegado por la ambición, Sibán lo olvidó todo. Al fin tenía a Kuma al alcance de su lanza. El jefe del clan parecía no haber entendido aún quién era la presa. Sibán alzó su arma y el odio puso fuego en su brazo. Con un aullido de ira, Sibán atacó.

Entonces, las poderosas patas de Ranú  se desplomaron sobre el pequeño. Sibán aulló de dolor y Ranú sintió cómo los huesos del pequeño se quebraban bajo su envión. Un último grito de dolor  se escapó de la garganta de Sibán. Kuma quiso salvarlo, pero ya era tarde.  Arrojó  su lanza hacia la enorme cabeza de Ranú, pero el arma resbaló sobre la piel y se perdió en el caos del combate. Kuma retrocedió en busca de otra arma mientras Ranú  pisoteaba con furia los restos del pequeño que acababa de matar. Ahora Sibán no era otra cosa que un guiñapo sangriento e irreconocible.

El fuego y los cazadores eran demasiado para la manada. Los mastodontes se volvieron hacia el barranco. Ranú, horrorizada, comprendió lo que sucedería casi al mismo tiempo que las dos hembras jóvenes  se desplomaran  cerro abajo con un barrito de espanto. Los pequeños gritaron de alegría.

Con un fuerte trompetazo, Ranú reunió los restos de  su manada y agachando la cabeza, embistió a los cazadores. Dos pequeños volaron por los aires. Ranú corría ahora impulsada por la  furia. Sus pesadas patas reventaron  el cuerpo de otro pequeño, pero esta vez Ranú no se detuvo a rematarlo. Siguió corriendo por el desfiladero y dos sobrevivientes fueron tras ella.

 Nanay fue la última en romper el cerco. Kiya la retrasaba y debía protegerlo. Nanay comprendió que había sido demasiado lenta. Un fuerte dolor le atenazaba el costado y cada paso era una tortura. Había perdido de vista a la manada y el humo le bloqueaba los olores  familiares. Por primera vez en su vida, Nanay no sabía a dónde ir. Bajó por la ladera del cerro y Kiya fue tras ella. Pronto, todo desapareció: el fuego y  los pequeños  quedaron atrás.

Arriba, en la meseta, comenzaba la fiesta.

Agotados y maltrechos, los hombres de Kuma celebraban la victoria al borde del barranco. Abajo, todavía  con vida, las hembras jóvenes  intentaban en vano pararse sobre sus pobres  cuerpos quebrados.

Kuma  se ocupó de su gente. Algunos heridos y  tres muertos, Sibán y Gola entre ellos. Kuma  llamó a tres  cazadores más viejos y les ordenó sepultarlos, al resto, se los llevó con él.

 Saltando y gritando, los cazadores comenzaron a bajar el cerro. ¡Dos mastodontes! ¡Habría tanta comida que podrían dejar incluso alguna carne enterrada para que los estuviera esperando  cuando todo el clan llegara hasta aquí! Con sus cuchillas de sílex en la mano, los cazadores cayeron sobre los mastodontes como una plaga de langosta.

 

 

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2495524054_991f28c438Lino nunca se habría imaginado lo difícil que sería alcanzar a Kuma. Por más que tratase de apurar el tranco,  sus dos compañeros siempre estaban retrasándole. Tai se distraía de cualquier cosa y no paraba de quejarse  a causa de  la sed y el calor;  y en cuanto al Viejo de las Palabras, Lino no podía explicarse por qué había insistido en acompañarle. ¡Apenas si levantaba los pies del suelo y su rostro estaba rojo y parecía que iba a  reventar en cualquier momento!

El  Viejo de las Palabras, por fortuna, estaba imposibilitado de ver su propia cara, de manera que se sentía muy orgulloso del esfuerzo que estaba haciendo por ayudar a Kuma. Es cierto que Lino  se veía muy asustado, después de todo, todavía era un niño y  por su aspecto flacuchento era  claro que le faltaba mucho para convertirse en cazador. El otro niño era casi deforme y  no lo sería ni en sueños y el viejo no podía explicarse por qué Lino había  querido traerlo, sobre todo porque no paraba de regañarlo cada vez que Tai se detenía a recoger una hierba diferente, lo que sucedía a cada rato.

Cuando Tai arrancó la vigésima  mata de hierba, Lino  ya no tenía paciencia.

-¡Tai, si vuelves a detenerte será mejor que te vuelvas al campamento!

– Hombre-Medicina  necesita estas hierbas, Lino.

-Pues entonces vuelve atrás y llévaselas –respondió el niño secamente.

El viejo supo que tenía que intervenir. Si seguían así no llegarían a ninguna parte.

-Tai,  Hombre-Medicina no puede necesitar algo que no sabe que existe y si  no dejas de detenernos, será demasiado tarde para alcanzar a Kuma. Guarda esas  hierbas y no busques más. Podrás hacerlo cuando nuestros pasos se devuelvan  y no intentes regresar solo, porque ya tenemos a Serak sobre nuestras huellas.

Los dos niños miraron asustados a su alrededor.

-¿Cómo lo sabes? –preguntó Lino.

-Porque  hace mucho que los emplumados de la muerte vuelan sobre nuestras cabezas, niño.

El viejo señaló al cielo y los niños pudieron ver las grandes figuras negras de las aves de rapiña volando en círculos.  Tai tembló y Lino se esforzó en ocultar su miedo; él estaba a cargo de la partida y no podía sentir miedo, o ya que no podía evitar sentirlo, no lo demostraría.

Retomaron el camino azuzados por la presencia de los rapaces.

-Viejo de las Palabras, cuéntanos la historia del cazador Tumbalsar –pidió Tai.

El viejo no se hizo de rogar, pero el camino era tan largo que las historias se fueron sucediendo casi sin que se dieran cuenta cómo y también sin saber cómo, Lino se fue interesando cada vez más en ellas. Requería detalles, le hacía repetir algunas partes particularmente difíciles. El viejo notó que el interés del  niño era especial y dijo.

-Serías un buen Hombre de las Palabras, Lino.

Para Lino no podría haber dicho palabras más ofensivas.

-¿Qué dices, Viejo?  Lino  será un cazador, como mi padre y el padre de mi padre y todos sabrán mi nombre.

Ahora fue el turno del  Viejo de las Palabras para sentirse insultado. No tener un nombre dentro del Clan era casi como no existir, y  el suyo había sido olvidado por todos hacía tanto tiempo que ni él lo  recordaba. Hurgó en su memoria y allí, muy en el fondo, encontró su nombre, una vida, una historia.

-Cuando  el Viejo de las Palabras tenía  nombre ni siquiera tu padre se hubiera atrevido a decirle lo que tú le has dicho, Lino. Hace muchas lunas fui un gran cazador y traje mucha carne y pieles para el Clan. Si Mulkan no hubiera devorado a mis hijos y a su madre, no me habría faltado  nunca  quien recordara mi nombre y me recibiese en su fuego.

Lino estaba avergonzado. No había querido ofender al viejo. A él le gustaban sus historias quizás más que a ningún otro miembro del Clan.

-Hace muchas lunas,  cuando Tai y Lino no habían aparecido sobre la tierra,  también fui un niño,  y mi padre y el padre de mi padre eran Hombres de las Palabras y yo estaba predestinado a serlo cuando la muerte cerrara sus ojos. La Madre Tierra tenía otra cosa para mí; cuando Mulkan devoró a mis hijos le arrebató a mi vejez el fuego en el que yo siempre  acogí a mi padre con orgullo.

La  triste dignidad del viejo  sobrecogió a los niños. ¿Quién habría imaginado que el anciano había sido un cazador? Ellos no podían recordarlo como otra cosa que el Viejo de las Palabras.

-¿A quién le dejarás tus palabras? –preguntó Tai.

El viejo miró hacia lo lejos y esperó un largo rato antes de responder.

-No lo sé, Tai. Quizás la Madre Tierra encontrará uno cuando la muerte  cierre mis ojos.

Continuaron en silencio por largo rato. El camino se hacía cada vez más duro y Lino sentía el aire tan pesado como si estuviese hecho de piedras. De pronto, se volvió hacia el viejo y dijo.

-Lino no quiso ofenderte, Viejo de las Palabras, no te detengas y sigue enseñándonos las historias. Cuando regresemos al campamento quizás debieras buscar al hombre de las palabras que la Madre Tierra ha dispuesto para que repita las tuyas.

-Tahuma dirá las palabras y ustedes escucharán; quién puede saber si el destino de las palabras  está en  las lenguas cortas de dos  que aún no han echado pelo en sus mejillas –sentenció el viejo orgullosamente.

-¿Tahuma, quién es Tahuma?

-Tahuma es mi nombre, Lino. Ya puedes ir repitiéndolo, porque así no lo olvidarán; ni tú, ni Tai, ni nadie.

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113427948_a9bdcddd18Agotado por los acontecimientos de la noche anterior, Lino dormía profundamente sobre una cómoda pila de ramas tiernas y hierbas junto a los otros niños del clan; tan profundamente que ni siquiera percibió la sombra oscura que se inclinó sobre él, sombra que alargó una mano en las tinieblas y la abatió rápida y poderosa sobre la boca del niño.

-Mmmm, mmmm.

Lino se debatió bajo la mano, pero no logró zafarse de ella. Tan veloz como antes,  la sombra  acercó sus labios hasta la oreja de Lino y susurró:

-¡Cállate, Lino, soy yo!

¿Yo?  Bruscamente sacado de su sueño, a Lino le costó relacionar la voz con un rostro, paulatinamente, la oscuridad se fue rasgando y le permitió reconocer  los rasgos marchitos del Viejo de las Palabras.

Sin despegar su mano de la boca de Lino, el viejo lo levantó, lo empujó por la espalda  y lo guió hasta los árboles más próximos. Iban en silencio, como si el viejo tuviera un secreto, un secreto tan urgente que no podía esperar hasta la luz del día.

Una vez en la foresta, el Viejo despegó su mano sucia de la boca del niño.

-No grites, Lino –pidió-, tengo que darte malas nuevas.

Lino  se limpió la saliva de la boca con el antebrazo adolorido por los tirones del viejo.

-¿Qué sucede? –preguntó.

El viejo tardó en responderle. Estaba sin aliento por el esfuerzo realizado.  Se sentó sobre la tierra y dijo.

-Esto es grave, Lino.  Hace un rato desperté y  escuché a tres cazadores que se escondían en la maleza.  Yo estaba un poco cansado, soy viejo y  mi sueño es tan pesado como la roca.

A Lino el viejo no tenía que explicarle mucho; todo estaba claro para él. El viejo había bebido demasiado alcohol de raíz y había caído tendido entre los arbustos. Muchas veces lo había visto así después de las ceremonias del Hombre-Medicina.

-¿Qué cazadores?

-Eran Sibán, Mere y Gola. Sibán dijo que también había hablado con otros dos rastreadores y que mañana, cuando tu padre los guíe hasta la manada de mastodontes, Sibán aprovechará el caos de la lucha,  matará a tu padre y se proclamará nuevo jefe del Clan.  

Lino estaba estupefacto.

-¿Pero por qué? –Exclamó,  mi padre es el jefe y Sibán,  un buen cazador; tienes que estar equivocado, Viejo.

-El Viejo de las Palabras sólo habla palabras verdaderas, niño. Anoche Sibán ofendió a tu padre en la ceremonia y todos esperan que Kuma sea retado dentro de pocos soles; especialmente si fracasa la cacería. Pero Sibán teme la fuerza de Kuma y no quiere esperar al resultado de la lucha. Matará  a tu padre en cuanto tenga oportunidad.

-Hay que avisarle a mi padre –decidió Lino. 

-Demasiado tarde, niño. Kuma adelantó la partida y se fue con todos los cazadores hace unas horas.

-¡Lo dejaste partir!

-¿Qué podía hacer? Sibán es fuerte y si yo hablase me habría matado por ofenderlo. Además, mis piernas no me respondían  bien. Estoy viejo y cansado, Lino.

El asunto era de extraordinaria gravedad. Si el traidor Sibán lograba su cometido, Kuma sería muerto, pero con él, también lo serían  la madre de Lino  y todos sus hijos. La ley del vencedor era implacable.

-Debo ir a avisarle.

-¿Y qué harás? ¿Irás solo? Es demasiado peligro para un niño como tú.

-Pronto seré un guerrero, viejo. Iré solo.

-Estás loco, niño y siempre lo supe; yo te avisé para que te ocultaras con tu madre y tu hermano, no para salir detrás de Kuma arriesgando el pellejo. Pero  ya que quieres salvar a tu padre y dado que  Kuma ha sido un jefe sabio y compasivo, que siempre ha protegido al Clan, yo te acompañaré.

Lino no supo si agradecerle o rogarle que no lo hiciera. ¿Qué clase de ayuda podía ser el Viejo de las Palabras?  Apenas caminaba  y hacía muchas lunas que no acompañaba a los cazadores. Si de capacidades se trataba, desde hacía mucho tiempo el viejo sólo se habría alimentado de raíces o lo habrían devorado las bestias. Pero a Kuma le gustaban sus historias y siempre  se preocupaba de que no le faltase comida.

-Está bien –accedió-, pero ya que vienes conmigo, llevaremos a Tai.

Porque, después de todo, si ya tenía un inútil como compañero, Tai no podía ser  demasiado perjudicial.  Y sobre todas las cosas, Lino estaba seguro de que no podía confiar en nadie más. Frente a un desafío, todo el Clan le daría la espalda; al menos, hasta que las cosas fueran resueltas por la Madre Tierra.

Luego  de ordenar al viejo que lo esperara, se deslizó de regreso hasta la empalizada  donde dormían los niños. Tenía que despertar a Tai, conseguir agua y unos bocados de carne seca. Y tenía que hacerlo de inmediato o no lograría alcanzar a Kuma antes de que fuera demasiado tarde.  

     Cuando el sol llegó al centro del cielo la manada de Ranú  se alejaba cada vez más del Valle Verde. La mastodonte alfa había empezado a trepar por los cerros que lo circundaban y los demás  gigantes  siguieron sus pasos con la calma y seguridad que les era propia. Se habían alejado bastante de los pequeños, pero Ranú seguía intranquila; no dejaba de olfatear el viento con su trompa velluda  y mantenía el tranco rápido, a pesar del cansancio de las hembras ancianas y de los tres críos, que a duras penas mantenían el paso de sus madres. Nanay no dejaba de fustigar a Kiya con golpes de su trompa en el redondo trasero del pequeño.

Las laderas de los cerros estaban cubiertos de matorrales tan tupidos que les dificultaban el ascenso. La ruta  se intrincaba cada vez más y Ranú se veía forzada a arrancar  y  pisotear la maleza para abrir camino a su manada.  Hacía mucho calor y los  mosquitos, grandes como tábanos, pululaban alrededor de los ojos y de los hocicos resecos por la falta de agua. Hacía ya mucho tiempo que habían dejado atrás el último abrevadero y el aire le decía claramente a Ranú que no habría otra poza de agua por mucho tiempo. Había una buena noticia, al menos: el aire tampoco traía el olor de los pequeños; con suerte se librarían de los feroces cazadores.

Ni siquiera durante la noche permitió Ranú que la manada se detuviera a ramonear. Los mastodontes mordisquearon hojas sobre la marcha para aplacar la sed  y el hambre. Desesperados, los críos trataban de detener a sus madres para alimentarse de su leche. Ranú sabía que con los cazadores las cosas eran así: si pierdes tiempo en comer, serás comido. Había que poner mucha distancia con ellos.

La luz empezó a dibujar otra vez los lomos de los cerros. Amanecía. Ranú  olfateó humedad y se tranquilizó. Se detuvo y permitió que los críos mamaran un poco. Reconfortada por el alimento, la manada de Ranú retomó su camino.

Los hombres de Kuma partieron antes de que la luz dibujara las cumbres de las montañas contra el cielo. Con las consecuencias del festejo aún  firmes en sus cuerpos, los cazadores   debían esforzarse mucho para mantener el tranco de su jefe. Sólo Sibán, Mere y Gola no parecían haber festejado  y pisaban fuerte sobre la tierra, como si tuvieran muy claro su destino o como si tuvieran prisa por  atrapar un mastodonte para regresar al campamento antes de que se les hiciera tarde. Kuma pensó que a Sibán ya se le había olvidado su enojo y se tranquilizó. Sibán era un buen cazador y él siempre había contado con su ayuda.

Cuando el sol estaba alto en el cielo, los cazadores ya habían recorrido largo trecho por el Valle Verde.  Kuma  detuvo la marcha e hizo señas a los cazadores para que se acercaran, luego dijo:

–                     Es  tiempo de separarnos; Kuma irá con algunos hombres por la montaña y los demás Cazadores seguirán el rastro de la manada a lo largo del Valle.

Los cazadores se miraron sorprendidos por sus palabras. ¿Para qué quería Kuma ir por la montaña si más adelante el valle trepaba lentamente y se encontraba con los cerros?  Era un esfuerzo inútil y además, cada grupo sería más débil y estaría más expuesto a las fieras.  Era cosa sabida que Serak, el tigre de los dientes como puñales, vivía en las montañas y que siempre estaba esperando que el cazador se aventurase en su territorio. Si eran pocos, mucho más fácil le sería a Serak atacarlos y matarlos.

No sólo eso, la montaña era también  el hogar de Mulkan, el Oso negro,  otro enemigo peligroso.

Pero no hubo manera de convencer a Kuma.  Escogió a la mitad de los hombres  y  antes de que separaran rutas con el Río que Brama  les hizo beber y llenar de agua las vejigas  de ciervo que llevaban colgadas de la cintura. Sibán quería ir con él, insistió varias veces sin darse por vencido.  Tanta insistencia no le pareció bien a  Kuma, pero sabiamente  le dio el mando del otro grupo y se llevó a Gola y otros seis hombres. Eso bastó para tranquilizar a Sibán. ¡Tenía la jefatura de más de la mitad de los cazadores!

El grupo de Kuma comenzó a trepar la ladera y los hombres de Sibán los vieron  hacerse cada vez más pequeños a medida que ponían camino entre ambos. Pronto, Kuma y sus hombres alcanzaron la cima y entonces ya ninguno de los grupos pudo ver al otro. Kuma estaba en el territorio del tigre y el oso y Sibán guió a  los demás,   no sin antes advertirles que debían aguzar la vista y el olfato.  Las huellas de la  manada de Ranú  no serían tan claras ahora que la mastodonte alfa guiaba a los suyos por la garganta de roca plana.

 

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–          ¡Lino, Lino!

                  Tai llegó corriendo a buscarlo, Tai siempre estaba apurado, siempre quería algo, pero no era capaz de conseguirlo solo y buscaba a Lino para que lo ayudase. Tai es pequeño y  esmirriado porque su madre  murió en su  primer verano y no pudo amamantarlo. 

                  -¿Qué quieres Tai?

–          ¡Ví un  lagarto en la Roca Pelada, Lino, vamos por él!

Eso es otra cosa, Tai tiene mucha suerte con los lagartos y las ratas, no hay que  subestimarlo. Lino y Tai  corrieron hacia la roca y se echaron de bruces a espiar hasta que el lagarto asomó su hocico verdoso otra vez. Estaba grande, sabroso. La madre de   Lino estaría orgullosa de él y  Kuma, su padre,  reiría un poco, como diciendo, estos niños que sólo pueden  cazar lagartos, pero comería con ganas el bocado de carne  que ha traído su hijo. Será bueno para Kuma que su hijo lleve un lagarto  para comer, especialmente ahora que la manada de mastodontes se ha marchado y los cazadores han vuelto con las manos vacías y el gesto torvo. Algún día, es casi seguro,  Lino  será un gran Cazador y quizás el jefe del Clan y Tai, con su suerte y  sus dotes de observador,  es casi seguro que se convertirá en Hombre-Medicina  y seguirá compartiendo la caza de Lino. Ambos serán importantes dentro del Clan.

Lagarto, por otra parte,  se confía demasiado. El tibio sol le parece delicioso y lagarto lo busca con ansiedad.  Tiene  medio cuerpo fuera de la madriguera y poco a poco va asomando el resto.

                  Lino  despegó apenas el torso de la tierra, levantó su mano  derecha,  la punta de la lanza que talló su padre no alcanzó a brillar al sol cuando volaba ya en dirección al lagarto.  La lanza le dio  de lleno en el cuerpo y lo clavó a la tierra. El lagarto pataleó y continuaba haciéndolo cuando Lino desclavó su lanza y la blandió orgulloso en lo alto. Lagarto pataleaba desesperado sintiendo que la vida se le escurría por ese gran agujero que la lanza de  Lino le había abierto en  la panza.

–          ¡Comida, comida! –gritó Lino.

–          ¡Lagarto, lagarto! – le hizo eco Tai.

Los niños corrieron  colina abajo, aullando y festejando su presa. No era pequeño, lagarto. Era tan largo como la pierna de un niño y  tenía suficiente carne para que  todo el clan disfrutara un bocado. Lagarto todavía  se estremecía cuando  Lino se lo entregó a su madre.

–          Tai lo encontró –dijo.

–          ¿Y quién lo atrapó?-preguntó  su madre.

–          ¡Yo!- exclamó Lino temblando de orgullo y emoción de cazador.

Cuando el clan se reunió para comer estaba revolucionado. ¡Qué buen augurio! Los  lagartos estaban regresando de las profundidades, pronto acabarían los hielos y habría mucha comida sobre la tierra. 

La madre  agarró el animal,  lo atravesó con una estaca y lo puso a patalear al fuego. Pronto, Lagarto dejó de moverse y su piel se encrespó y achicharró hasta que lagarto fue comida y  todos lo disfrutaron chupando huesos y dedos en una sola mezcolanza.  

-Tai es muy bueno para encontrar lagartos – dijo  Lino.  El niño siempre le ha dado crédito a la sabiduría de su enclenque amigo.

-Y hierbas –añadió el viejo de las palabras- Tai siempre trae buenas hierbas y raíces.

–          Tai será un buen aprendiz – aseguró el Hombre-Medicina.

Tai no cabía en su pellejo de  tan orgulloso que estaba, se sentía como si él mismo hubiera capturado el  sabroso lagarto.

-Tai buscará otro mañana para que Lino lo atrape –  prometió.

 Los cazadores   no pusieron  interés;  el lagarto estaba bueno, pero no era para exagerar, siquiera lo hubiese   capturado Tai en persona  para que se alegrara tanto. Las mujeres, en cambio,  mordisquearon los restos y asintieron  meneando la cabeza. Un buen lagarto, grande, sabroso. Tai estaba feliz, eso ya era mucho pedir. No eran muy parlanchines estos Cazadores, su vocabulario era escaso,  su carácter,  reservado.

Por la noche, el Hombre-Medicina  se encargó de la ceremonia de la caza. Esta vez, Kuma quería que todo se hiciera como los dioses  lo deseaban. Se bailó y se chilló bajo una luna sanguinolenta, buen augurio para la caza,  que casi  parecía  hecha de carne cruda. Lino y Tai se escondieron entre las ramas a espiar la ceremonia porque todavía eran niños y no podían  participar de ella.  El  Hombre-Medicina llevaba una máscara de ciervo y la cornamenta  era tan alta  como para rascar el cielo. Presidiendo la ceremonia desde su sitio de honor, Kuma se pavoneaba ante el Clan. Estaba  muy elegante, llevaba su capa de oso y un tocado  hecho con el cráneo de un inmenso tigre  dientes de sable que cazó  cuando se convirtió en jefe. Todos los colmillos del tigre brillaban  como puñales y una garra de oso le colgaba sobre el pecho para que nadie olvidara lo muy poderoso que Kuma  podía ser.    

Sin embargo, Kuma no estaba del todo tranquilo. Alejados de la fogata, los tres rebeldes, Sibán, Mere y Gola,  rumiaban su descontento mirando con desprecio las escasas piezas de carne seca dispuestas por las mujeres y bebiendo a destajo el  alcohol de   raíz, que como todos saben, pone siempre malos espíritus en el corazón de los hombres.

Ya estaba alta la luna cuando los guerreros detuvieron su baile; sólo entonces el Viejo de las Palabras se puso de pie, cuando los cazadores estaban cansados llegaba su hora. Se cubría con una  piel de ciervo  raída, que mostraba peladuras por todas partes. ¿Cuánto tiempo hacía que el viejo había cazado su última presa? Los cazadores del clan se fueron sentando alrededor de la fogata e hicieron silencio.

–  Cuando  la luna todavía era joven -comenzó el viejo-  había en el clan un guerrero tan fuerte y sabio como nuestro jefe, Kuma.

Para Sibán, las palabras del viejo parecieron ser una lanza clavada en el pecho. Se puso de pie de un salto, escupió el licor que tenía en la boca y gruñó:

-Creí que hablarías de un verdadero guerrero, viejo –dijo-, de uno grande,  como Tumbalsar.

Tumbalsar era la historia favorita del clan.

-No esta vez, aclaró el viejo.

-Entonces, qué harás, viejo, contarás mentiras.

La voz de Sibán destilaba odio. Pequeñas gotas de saliva saltaron de su boca haciéndoles recordar a todos el hocico de un lobo rabioso. El Viejo de las Palabras tembló, quizás sin saberlo se había hecho de un enemigo  importante.

-Las palabras no mienten –continuó el Viejo-. Mi padre me las enseñó como su padre a él,  y este las aprendió del suyo,  y así desde que la luna y el sol están separados en el cielo.

Porque todos saben que el hombre sólo puede vivir desde que la luna y el sol separaron su reino en el cielo y que dejarán de hacerlo cuando estos se junten de nuevo en una sola luz. Ese día, la tierra arderá y  todos los cazadores y sus presas  se quemarán con ella.

Sibán calló. Las palabras se atropellaban en su boca y Sibán prefirió dejarlas atrapadas; apretó los dientes amarillos y la espuma del alcohol de raíz  se alborotó entre ellos.  

-Un guerrero tan fuerte y tan sabio –prosiguió el Viejo-, que la Tierra no tenía secretos para él, tanto que  no había  ciervo, ni pez, ni emplumado que pudiera esconderse de sus ojos…

Una risa  burlona recorrió la fogata. Los guerreros se miraron uno a otro buscando a su dueño y finalmente  las miradas  se detuvieron en Sibán.   

Sibán ya había logrado su propósito;  todos lo miraban. El mismo Kuma clavó en él su mirada furiosa y helada.

-Si los ojos fueran lanzas  -pensó el Viejo de las Palabras-, los de Kuma  estarían clavados en el pecho de Sibán.

El viejo ignoraba lo sucedido en la mañana, pero  sus años habían visto lo suficiente como para saber que Sibán estaba comenzando a desafiar a Kuma. Kuma era un buen jefe, mejor rastreador  y un cazador de corazón limpio; muy diferente al  vanidoso e impaciente Sibán. El viejo  retomó la historia de prisa, antes de que una palabra mal dicha quebrara la paz.  Si de él se trataba, no sería esta noche la ocasión  para que Sibán retara a Kuma por el mando del Clan.  

Para darle fuerza a sus palabras, el viejo se arrojó al suelo  imitando a  una foca gorda que repta por la playa y los cazadores rieron y tras ellos, las mujeres. El viejo-foca rogó por su pobre vida al gran guerrero cazador y su rostro se arrugó como el de una foca  para ladrar su desventura. Se echó de espaldas y ofreció su vientre  y se movió como un perro que ruega por  atención y, como si no se  diera cuenta, valientemente, arrastró con su espalda  brasas ardientes de la hoguera que se incrustaron en su piel y chilló de dolor.

¡Eso sí que era divertido! Los guerreros, las mujeres, Kuma y el mismo Sibán se apretaban la barriga de tanto reír. Ahora, el Viejo de las Palabras se había puesto de pie y saltaba en una pata aullando como una foca moribunda.  El  Clan estaba tan  contento con ese hilarante espectáculo que todos los malos espíritus se habían olvidado.

Cuando todo terminó, Hombre-Medicina invocó la ayuda de la Madre-Tierra y los guerreros se fueron adormilando aquí y allá, entre pieles y ramas, en la arena tibia, agarrando un jirón de carne seca o un viejo cráneo amarillento que usaran para beber alcohol de raíz.

El Viejo de las Palabras se sobó la espalda adolorida con un poco de sebo de oso negro. Estaba satisfecho. Las  cosas habían terminado bien para todos, especialmente para Kuma.

-Toma, anciano.

El viejo se volvió. Kuma estaba a su lado y le ofrecía un gran trozo de carne seca. Lo agarró de un zarpazo y  antes de que Kuma se diera cuenta ya lo tenía   en su boca desdentada, dándolo vueltas de aquí para allá para extraerle sus sabores, ablandarlo y despedazarlo con placer.

El viejo se atragantó provocándole a Kuma un nuevo ataque de risa. El Viejo de las Palabras era tan divertido y  además, muy oportuno. Siempre se podía contar con él. 

 

 

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