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Archive for 19 febrero 2013

AmericanPainting

Una semana después ocurrió algo totalmente inesperado. Mientras  Penélope y Gertrudis atendían a unos extranjeros interesados en porcelana antigua, Lisístrata entró sin aliento y dijo con voz entrecortada:

-¡Esto es terrible, miren lo que trae el diario de la tarde!

Y ahí, en una extensa y vistosa nota, leímos un titular que nos dejó con la boca abierta:

ROBAN PINACOTECA DE FALLECIDO

COLECCIONISTA AVELLANEDA

¡Los clientes quedaron momentáneamente olvidados! Las tres anticuarias estaban espantadas por la noticia y, como buenas comerciantes, indignadas porque acababan de perder un gran negocio que ya veían casi cerrado. Gertrudis debió hacer un gran esfuerzo para atenderlos sin perder palabra de lo que sus hermanas comentaban y apenas se fueron, guardó el dinero en la caja fuerte y se unió al grupo.

Era lamentable, durante gran parte de la semana Gertrudis y Lisístrata habían conversado con doña Eduvigis,  la sobrina y heredera de Avellaneda y estaban a un tris de cerrar el trato por algunas de las pinturas más valiosas y gran cantidad de libros, porcelana y la platería completa.

-Lo que más lamento –se quejaba Lisístrata- es la pérdida del Valenzuela Llanos y esa estupenda pintura de Camilo Mori.

-¡Y el Rebolledo, además, te olvidas de esas acuarelas de Toral!

-¡Qué pérdida, Avellaneda amaba tanto esas pinturas. Y el precio era justo, podríamos habérselas ofrecido a cualquier coleccionista o museo importante y las habríamos vendido de inmediato!

-Hay algo muy extraño en esto –murmuró Penélope-, la que más se oponía a la venta era la hija de doña Eduvigis aquí aparece diciendo que ya no hay nada que hacer, que será imposible recuperar lo robado. Es como si no quisiera recuperar nada.

-¿Te parece sospechoso? Es cierto que tú siempre has tenido olfato para estas cosas –comentó Lisístrata.

-Creo que este es un trabajo para Penny – intervino Gertrudis.

-¿Por qué le dice Penny a su hermana? –pregunté.

Lisístrata y Penélope tosieron incómodas, pero Getrudis casi se atoró antes de responderme.

-Ay, pero qué curiosa. Así le decía yo cuando era pequeña.

-Ah, ya entiendo –acepté. Yo no hubiera tenido el menor interés en que me dijeran  Penélope o Lisístrata, es más, creo que habría hecho todo lo posible porque nadie se enterara de que me llamaba así.

Al rato, Penélope desapareció y junto con ella también se esfumó Penny por casi tres días. El  saqueo de la pinacoteca de Avellaneda era la noticia top del momento y todos la comentaban en la galería. Hasta mis padres, que se sentían más involucrados ahora que yo me había convertido en amiga de las hermanas, estaban pendientes de lo que aparecía en la prensa.

Así que no constituyó sorpresa que la mañana del cuarto día mi padre fuera el primero en entrar con el diario en la mano y casi sin aliento a darnos la noticia.

-¡Pillaron a los ladrones, la hija de doña Eduvigis les pasó la llave y les pagó para efectuar el robo!

Todos corrimos a la televisión a la espera de novedades. Y ahí estaban; la desvergonzada hija de la sobrina de Avellaneda  no se había conformado con recibir su parte a la muerte de su propia madre, de manera que había planeado todo con ayuda de su novio. Los artículos robados fueron devueltos, la madre retiró la denuncia y a la policía no le quedó más remedio que dejarla ir, pero el delito fue frustrado.

Cuando llegamos al Galpón,  lo primero que hice fue ir a ver a mis amigas. Estaban orgullosísimas, porque según ellas todo se había resuelto gracias a las investigaciones de Penélope.

-No puedo adjudicarme todos los ases –intervino Penélope-, no habría podido hacer nada sin Penny. Le colgué un micrófono del collar y ella, tan lista, se subió al auto de la sobrina ladrona y grabó las conversaciones que sostuvo con sus cómplices. ¡Hasta les dijo el lugar donde tenían que llevarle los artículos robados!

-La policía no podía creer que una anticuaria y su gata les estuvieran llevando esas pistas.

-Inmediatamente allanaron y recuperaron todo.

Pero Lisístrata estaba compungida por los resultados de la investigación de su hermana.

-Lo peor de todo es que a la pobre doña Eduvigis le dio un ataque que casi la instala en los obituarios del día de hoy, se ha salvado por un pelo.

-¡Y ella no tiene muchos! –se burló Penélope.

Todas reímos, en realidad doña Eduvigis aparenta tener más pelo del que posee gracias a una horrorosa peluca platinada. Gertrudis, orgullosa del éxito de su hermana continuó halagándola.

-Nada de esto habría sucedido si no fuera por nuestra pequeña. ¡No se le va una! La Policía se ha llevado todos los honores por resolver el caso, pero nada habrían hecho sin las grabaciones de Penélope.

-¡Siempre ha tenido olfato policial!-acotó Lisístrata. Penélope se esponjaba toda de pura satisfacción, mas bien por lo de pequeña que por lo del olfato policial. Que a uno le digan pequeña cuando frisa los ochenta es como demasiado para cualquiera, menos el afortunada(a)

Cierto que Penélope se la pasa leyendo novelas policiales, se muere por Agatha Christie y Conan Doyle, pero de ahí a haber resuelto el caso me parecía una exageración. En todo caso, mis amigas  están tan viejitas que pueden creer cualquier cosa.

Esa misma semana y apenas doña Gertrudis salió de la Clínica, se cerró el negocio entre la heredera de Avellaneda y Lisístrata. Don Raúl, el fletero que siempre ocupaban, descargó gran parte de las piezas en el local, pero no pude ver los cuadros, que habían sido guardados en una caja de seguridad. Me llamó la atención que don Raúl, que declaró haber estado muy enfermo, ya no conducía su camioneta. El chófer era su sobrino, un tipo flaco con cara de comadreja que andaba husmeando por todos lados. No me gustó para nada.

Toda la Galería supo de la participación de Penélope en la solución del caso, lo que la hizo repentinamente popular entre los locatarios y clientes. Muchos veían a preguntarle por los detalles y las ventas sufrieron un alza bastante notoria. Después de aquello, Penélope llegaba al Galpón envuelta en una nube de satisfacción.  Cuando no era sustituida por Penny, que parecía creerse tanto como su ama y era más consentida que nunca por las otras dos.

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gatos

Cierto que yo ayudaba  en tareas menores de la cafetería, pero eso no me quitó tiempo para ir estableciendo relaciones de amistad con las señoritas Pereira de Olivar. También allí me ganaba la simpatía de las propietarias sacudiendo el polvo de los muebles con un plumero alopécico o poniendo en orden las pilas de libros viejos que siempre estaban creciendo por los lugares más inesperados. Las señoritas no eran tacañas, me premiaban con barras de chocolate, bolsas de papas fritas y a menudo con alguna muñeca despeinada o un libro ilustrado. A mi me gustaba acompañarlas. Eran simpáticas, tranquilas hasta el bostezo y olían a perfumes antiguos, como violetas, rosas o jazmines. Aunque notoriamente anticuadas, las ancianas eran muy elegantes y llevaban trajes bien cortados, de terciopelo o seda, cuellos y puños  de encaje y coquetos prendedores  sobre el pecho. Yo  tenía claro que el ropero de las hermanas tenía más años que yo,  mi madre y mi abuela  juntas, pero estaba feliz de ver telas finas, joyas llenas de volutas y sombreros emplumados, tanto que le comenté a mamá que, cuando sea grande, me gustaría ser diseñadora de vestuario. ¡Amo la ropa y sueño con vestir elegante!

Gran parte del día las señoritas Pereira de Olivar lo pasaban peinando a sus gatas, a las que consentían  con los mejores bocados y  un espacio en los sillones más elegantes. Las gatas eran prácticamente reinas del local y disponían, incluso, de un viejo sillón de terciopelo raído donde afilar sus garras. Se paseaban ágilmente por arriba de los libreros y parecían tener poderes especiales; aparecían y desparecían cuando yo menos lo esperaba. Desde el primer día, me llamó la atención que, a pesar del evidente amor que se tenían,  nunca estuvieran todas juntas y un día le pregunté a Lisístrata:

-¿Y su gata, dónde está?

-Debe andar dando un paseo por ahí -respondió la anciana.

-¿Y no le da miedo el gato techero?

A la señorita Lisístrata casi le da un ataque. Habló airadamente en defensa de la reputación de su querida Lisi y se mostró ofendidísima porque me había atrevido a lanzar un comentario tan  insensible. Trágame tierra, pensaba yo.

Pero lo cierto fue que Lisi no apareció el resto de la tarde y eso lo pude saber  porque después de arrancar de la indignación de la gorda anticuaria arranqué a mil por hora y me pasé la tarde espiando a mis nuevas viejas  amigas desde la cafetería. La señorita Lisístrata, por su parte, se arrebató de tanta furia y pasó la tarde dormida en el sillón favorito de su gata. A mí, desde lejos, me parecía que ronroneaba.

Para evitar nuevos enojos,  no volví a preguntar por las gatas ausentes, lo que no quitaba que estuviera pendiente de sus idas y venidas. A veces desaparecía Penny, otras Gertie y en ocasiones cualquiera de ellas se esfumaba en compañía de alguna de las damas. Lo cierto era que ya estaba segura de algo: nunca se las podía ver a las seis juntas.

A medida que avanzaba el verano, me convertí en la lectora principal de obituarios. Si alguno parecía especialmente interesante debía marcarlos con un scripto rojo. Todo era interesante y misterioso y yo me sentía muy importante colaborando en una misión tan delicada.

La lectura se suspendía de inmediato con el ingreso de un cliente, especialmente,  si se trataba de una persona mayor. Cierto que los clientes de las anticuarias eran como sus artículos, tan viejos que parecían arrancados directamente de una pirámide. Algunos parecían centenarios, como el Sr. Avellaneda o don José de las Mercedes, o la señora viuda de Larrazabal.   Noté  también que las señoritas Pereira de Olivar consideraban de la mayor inconveniencia que sus  clientes importantes las sorprendieran con la página de obituarios en las manos. Yo no lo creía así,  hasta que un día descubrí la razón.

-…Comunicamos –leí- el triste fallecimiento de nuestro querido tío, hermano, primo, tío abuelo, etc, etc,  don Casiano Alonso Avellaneda de Artiagabeitía…

-¡Se nos fue Avellaneda! –dijo Penélope saltando con la agilidad de un gato  en su sillón tapizado de rojo.

-Y tú que apenas la semana pasada lo fuiste a ver – prosiguió Gertrudis.

Lisístrata las taladró con su mirada azul haciendo que se sentaran muy serias y contritas.

-Hace tiempo que estaba mal, el pobre –comentó luego.

La Srta. Penélope agarró su bolso y se marchó precipitadamente mientras decía:

-Tengo que  estar presente en ese velorio.

Yo recordaba perfectamente que el señor Avellaneda las había visitado un día de la semana pasada, vestido de punta en blanco con un traje de lino  y una camisa de listas rosadas. Era imposible olvidarse de su corbata de mariposa y su clavel en la solapa. ¡En toda mi vida nunca había visto algo así! Además, recordaba perfectamente que él estaba muy animado y antes de marcharse con el mejor florero de cristal de Bohemia en una mano, había estirado la otra para agarrar y besar la mano de Lisístrata,  recordándole que la estaría esperando al día siguiente.  Visitar a las señoritas Pereira era como estar en una película histórica y siempre con un ligero aroma a naftalina de fondo.

-Es cierto que se veía muy bien –comenté.

Las ancianas, muy apenadas, permanecieron en silencio sepulcral, que al rato interrumpieron para entablar una encendida discusión sobre un tema de vital importancia: quién de ellas se encargaría de visitar a los herederos.

-¡Alguien ha visto el  abanico de marfil que le compré a la Tilita? –preguntó Penélope. Escarbaba en un cajón echando todo al suelo sin dar con lo que necesitaba.

-No me digas que se perdió también –dijo, enojada, Gertrudis.

-Ya van siendo  demasiadas las cosas que se pierden, los duendes nos tienen de caseras –retrucó Lisístrata.

-Pues vamos a tener que hacer algo. Ese abanico lo compré hace  siglos, es mi regalón y no lo voy a dar por perdido –rabió Penélope, que ahora echaba todo dentro del cajón en el más perfecto desorden. Tenemos que arreglar esto, ya no podemos seguir con este problema.

Yo podría hacerles un inventario si tuvieran un computador –propuse-, usados salen baratos.

Hace tiempo que tomo clases en el cole y me encanta la computación. Además, si ellas tuvieran un PC yo podría practicar mientras les ayudo.

-Esos aparatos son como las armas, Toni querida –dijo Lisístrata, los carga el diablo.

-Nada de eso, todo es mucho más fácil con uno de ellos, mi profe de computación dice que son la mejor herramienta del mundo moderno – defendí mi idea lo mejor que pude, pero me sabía derrotada antes de empezar.

-No para nosotras, Antonia, lo importante es ordenar y buscar lo que se ha extraviado en el caos –dijo Penélope. No voy  a parar hasta que aparezca mi abanico.

Y se puso a dar vuelta el contenido del ropero con la luna cuarteada. Casi de inmediato se tocó la cabeza con las manos y se puso de pie saliendo a toda prisa del local.

La Srta Lisístrata intervino para  volver atrás la conversación. ¿Acaso nadie se acordaba del pobre Avellaneda? El pobre, todavía no lo habían sepultado y ya estaban olvidándolo por un computador. Lisístrata decía computador como si escupiera la palabra, parecía que hablaba de un monstruo mitológico o una serpiente venenosa. Debían recordar, añadió, que Avellaneda sólo había dejado una heredera: su ya anciana sobrina, Eduvigis.

Entretanto, la gata Penny había llegado y se subió al sofá. Gertrudis  cloqueó como gallina vieja de puro placer, sería estupendo hacer negocios con una dama.

-…Una dama viuda, con hijos codiciosos –especificó Gertrudis-. Avellaneda no podía soportarlos porque siempre le estaban enviando a su sobrina con intención de conseguir piezas de la   herencia por adelantado.

-¡Imperdonable, qué fea es la avaricia! –Comentó Lisístrata acariciando el lomo erizado de Penny, que había aparecido sin que yo me diera cuenta cómo. . Indignada por alguna razón que yo no podía entender, Penny  lanzó unos maullidos tan agudos que herían los oídos.

Y entonces, para mi sorpresa, la Srta. Gertrudis le palmeó el lomo afectuosamente y dijo.

-Claro, por supuesto, tienes toda la razón, querida.

Yo debo haberla mirado como quién se topa con un extraterrestre.

-¿Está hablando con Penny, Srta. Getrudis? -pregunté

La anciana me miró como si me viera por primera vez y luego, con expresión de disgusto, respondió:

-¿Acaso tú no hablas con tu perro, Antonia?

Había algo frío y metálico en su voz, de manera que yo, que estaba a punto de decir que no, por supuesto, preferí quedarme callada; sin duda fue lo mejor que pude haber hecho, porque se había hecho un silencio tan espeso como para ser cortado con cuchillo. Incluso Penny, como si hubiera entendido el punto, saltó al suelo y se puso a buscar un rincón para dormir la siesta en el ropero. Las cosas se relajaron al rato y media hora después, terminada la lectura de obituarios, la Srta. Gertrudis se marchó sin despedirse.

-Creo que es mejor que vayas a ver a tu madre, querida –recomendó Lisístrata.- parece que tiene mucho trabajo.

No era cierto, pero opté por obedecerla, era evidente que estaba sentida conmigo aunque yo no podía entender por qué. Ya en la cafetería, me instalé frente a la caja mientras mamá leía el diario. De pronto, sentí un roce sedoso en las piernas. ¡Era Penny, que se restregaba suavemente junto a mi!   La  acaricié y la subí sobre mis rodillas. Penny me miró con sus ojos amarillos, muy seria, como si también estuviese enojada conmigo, maullaba suavemente con los ojos clavados en los míos, después saltó al piso y se marchó.

-Sabes mamá. Creo que Penny quería decirme algo, estaba muy extraña –dije

-Creo que tienes que ver menos a esas viejitas, Antonia, si no, vas a terminar más rara que ellas, lo que es mucho – rió mamá.

-Qué pesada eres, mamá- yo estaba indignada, cómo se le ocurre decirme algo así.

Y  luego salí a dar una vuelta por la galería. No quería ver a  mamá burlándose de mis amigas viejas, pero tampoco quería pasar por el local de las ancianas. Necesitaba pensar en lo que había sucedido con Penny. ¿Qué era la que quería la minina? Estaba preocupada, eso era evidente, por algo había ido a buscarme. Algo muy serio debía estar sucediendo a las tres hermanas. Y tarde o temprano, yo iba a saberlo, porque desde ese día en adelante,  estaba decidida a comenzar una nueva etapa en mi relación con las hermanas Pereira de Olivar. Una etapa en la que todos los secretos deberían ser revelados. Porque la amistad es sinceridad ¿o no?

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persa

1

Les quiero  contar una historia muy rara

 

Este año que acaba de terminar debe haber sido el más raro de mi vida. No es que yo haya tenido muchos años raros, ni siquiera he tenido muchos años, acabo de cumplir doce, me llamo Antonia Gutiérrez, me gustan las cosas lindas, ir de paseo al San Cristóbal y tomar helados. Mi  actor favorito es Daniel Radcliffe  y mi película favorita,  todas las de Harry Potter. También me gusta la computación y sin duda me gustaría más si tuviera ocasión de practicarla, pero no tenemos PC en casa y aunque me encantan las clases que tomo en el colegio, es muy poco el tiempo que puedo dedicarle. Somos más de quince alumnos  para cinco monitores, así que ya pueden imaginarse cómo es eso.

Lo peor de mi vida no es que no tengamos muy buena situación económica, de ninguna manera. Mis padres son un siete y entiendo perfectamente que no todos en la vida pueden tener todo lo que quieren. No.  Lo peor es que soy hija única, lo que significa que mamá me cuida como si fuera su pasaporte al cielo y no me deja salir ni a la esquina si no estoy acompañada de tres guardias armados, media docena de escapularios y una procesión  de beatas que rueguen por mí. Lo peor de mi vida es que mi colegio no es mixto –ah, no lo sabían, todavía existen y mamá debe tener el listado completo de ellos en algún lugar conocido sólo por ella-, lo que significa que sólo voy a conocer chicos cuando vaya a la universidad; lo peor es que no estoy autorizada para salir sola, ni para abrir la puerta de casa cuando alguien se cuelga del timbre y que apenas suena el teléfono,  levanto el auricular y digo “Aló”, mamá levanta el otro y  dice:

-¿Es para mí?

Y bueno, por lo general sí es para ella o papá; las chicas de mi curso  deben encontrarme aburridísima porque no tengo permiso para ir a ninguna parte, de manera que sólo me llaman cuando necesitan ayuda con las tareas. Porque sí, debo reconocerlo, soy la mejor alumna del curso.

No importa, ya cumplí doce años. Al paso que voy, en apenas seis estaré entrando a la universidad –tengo muy buenas notas y espero mantenerlas en media- y allí, cuando sea mayor de ed

2

La galería de los anticuarios

-Ese la galería de los Anticuarios –dijo mamá.

¡Qué decepción, era una bodega vieja, que se levantaba gris y deslustrada en una esquina poco concurrida del sector antiguo de la ciudad. Mamá se estacionó  cerca, bajamos,  y, abriendo la puerta trasera  comenzábamos a bajar del utilitario las bolsas con alimentos que había preparado desde  que abriera el día.

Moría de curiosidad de manera que me puse a examinar todo el lugar. Hacía unos meses que mamá se había hecho cargo de la cafetería del lugar y  desde entonces se levantaba  antes de que saliera el sol, y partía a la Vega a comprar  mercadería en cantidades cada vez mayores. Al parecer el negocio marchaba, lo que tenía a mamá cada vez más satisfecha.  El nuevo proyecto económico de la familia nos estaba sacando de aprietos económicos y pequeñas comodidades nos sorprenden cada día. Mamá había comprado algunas prendas de vestir nuevas para todos –por suerte, todo me estaba quedando chico y me veía ridícula-, un gran refrigerador flamante atiborrado de carne para los hambrientos clientes de la cafetería,  un LCD en el que papá puede  ver los partidos de su equipo favorito –  y el utilitario, por supuesto. Un furgoncito chino salpicado de rayas y  una que otra abolladura que mamá cargaba hasta que apenas podía moverse.

Ayudadas por un carrito que se adivinaba apenas bajo una torre de lechugas, tomates, pan y frutas diversas, madre e hija se internaron por los pasillos dla galería.

Yo, que iba por primera vez, estaba asombrada, me sentía empequeñecida entre esos locales atiborrados de mesas deslucidas, roperos con la luna del espejo desteñida, cómodas desportilladas, sillas con el tapiz sucio e hilachento, sillones con los resortes asomando a la superficie, teteras saltadas, floreros trizados,  cajitas diversas, muñecas de ojos muertos y rulos despeinados, pinturas  enmarcadas en molduras que alguna vez fueron doradas y ahora estaban oscurecidas por el tiempo y la suciedad.

La mañana se fue en un soplo. Mientras mama cocinaba y atendía a la numerosa clientela, yo iba de un lado a otro acarreando bebidas y vasos, servilletas y sándwiches que chorreaban mayonesa y palta. ¡Cómo trabajaba mamá! Ahora podía entender porque llegaba a casa tan cansada y se quedaba a veces dormida sobre el sofá. Sin embargo,  no se quejaba  y a todos los hambrientos comensales les entregaba además una linda sonrisa que se veía recompensada por el sonido de las monedas que caían en un cajoncillo destinado a las propinas. Toda la mañana personas  de todos los tipos imaginables se sentaron a las mesas y se marcharon satisfechas dejando atrás una pirámide de platos sucios que mamá apenas si tenía tiempo de lavar antes de que llegaran nuevos clientes. Yo  secaba y guardaba el servicio en su lugar y lavaba los vasos.

A la una, mamá me sirvió  el almuerzo, que  devoré con el mismo entusiasmo que los parroquianos, al parecer, tanto trabajo me había abierto el apetito y además estaba riquísimo. Eran casi las tres de la tarde cuando el movimiento  comenzó a disminuir. mamá se sentó delante de un plato de cazuela humeante y apenas si lo terminó antes de correr a atender a una gorda dama que ordenó el almuerzo completo, postre y una agüita caliente –para no engordar- cuando ya no quedaban sino las migas de tres marraquetas crujientes con las que había empujado todo.  Mamá  cobró satisfecha y sin mirarme, preguntó:

-¿Te gustaría ir a conocer la galería?

Y por supuesto, antes que ella respondiera me enumeró todas las precauciones que debía adoptar: nada de conversar con extraños, no alejarse de los lugares abiertos y ser educada con los mayores, además de una larga retahíla de  consejos que  ya tengo bien conocido, he sido su hija por doce años.

Fui  por los pasillos dla galería observándolo todo. En general, la mayor parte de los anticuarios vendía muebles, pero estaba claro que algunos eran más finos, procedentes de antiguas y lujosas mansiones. Unos  se especializaban en cosas pequeñas, como porcelana y cristales, otros estaban saturados de libros amarillentos que los clientes hojeaban y revisaban por todos lados. Otros, de medios más restringidos, arrumbaban muebles desportillados en torres de precario equilibrio y los había también especializados en estampillas, trenes eléctricos, mekanos y juguetes a cuerda que tamborileaban monótonos sobre las mesas. Lo que más me asombró que todo, absolutamente todo estaba cubierto de una espesa capa de polvo, fino y gris, que le daba al lugar un aspecto velado, misterioso, como sacado de una película de miedo. No me hubiera atrevido a tocar nada.

-¿Qué busca la nueva ayudante de la cafetería?

Una anciana alta y maciza era la que me hablaba. Su enorme corpachón estaba envuelto en un vestido de terciopelo floreado que le llegaba hasta los tobillos y sus dos pies rechonchos se embutían en un par de tacones de charol rematados en una roseta aparatosa de la que parecía que iban a rebalsar en cualquier momento. Sin darme cuenta, yo había regresado hasta el pasillo que remataba en la cafetería, desde allí había podido ver este local, pero no le había prestado atención. Ahora me daba cuenta de que las propietarias eran dos ancianas, una de ellas, la que acababa de hablarme, la otra, que vestía de negro riguroso, era,  por el contrario, flaca y apergaminada, un poquitín jorobada y con la cabeza cubierta por un moño plateado. Las dos tenían sus ojillos  azules, acuosos y cegatones, fijos en mí.

¿Y, qué te ha parecido la galería de los anticuarios? –volvió a preguntar la dama gorda.

-Es muy grande – respondí.

-¿Y eso es todo lo que has percibido? –preguntó la viejecilla flaca con voz cascada.

Iba a decir que no,  pero una serpentina suave y peluda se cruzó delante de mi nariz haciéndome estornudar. Se trataba de una gata gris, tan gorda y vieja como la dama del vestido de terciopelo, que se había plantado delante de ella encima de una mesa. Encantado con mi visita, el gato se restregó contra mi pidiendo caricias que  entregué de inmediato, nunca he podido resistirme a un animalito regalón.

-¡Qué bonita! ¿Cómo se llama?

-Esa es Penélope, porque pertenece a nuestra hermana menor que lleva ese mismo nombre. Cierto que es muy bonita. ¿Te gustan los gatos?

-Me encantan, mi abuela tiene uno que se llama Jacinto y es como el rey de la casa.

-Tu abuela es con seguridad una dama inteligente.  A los gatos hay que tratarlos muy bien y ella lo sabe.

-Yo tengo un perro… –comencé a decir.

Apenas escuchó eso,  a la anciana flaca casi le da un ataque. Se atoró, se tuvo que echar aire  con un  elegante abanico que sacó de entre sus ropas y luego se largó en una larga perorata anti perruna. Según ella, los perros eran peligrosos, sucios, tragones, pulguientos, sobreestimados, falsos, vulgares y feroces. Es más, tan sólo hacía una semana uno de ellos había tratado de morder a Gertie, su pobre gatita, una dulzura, tan delicada y viejecita que apenas había logrado esconderse en un velador antes de ser rescatada por el guardia.

Cierto que mi perro  era tragón, pero yo no concordé para nada con el discurso de la anciana, aunque me lo guardé muy calladita. A mi me gustan mucho los perros y si bien también quiero a los gatos –Jacinto se había encargado de que yo los apreciara- no es menos cierto que me causan  alergia y me hacen lagrimear, cosa que la bonita Penélope ya estaba logrando, pues mis ojos estaban comenzando a arder.

-¿Usted también tiene un gato? –pregunté diplomáticamente a la  anciana gorda.

-Claro, mi adorada Lisi –respondió ella.

-¿Y usted  también se llama así? –quise saber.

-Por supuesto, esa soy yo, Lisístrata Pereira de Olivar – comenzó la señora gorda- y esta es mi hermana Gertrudis. Pronto conocerás a Penélope, tuvo que visitar a unos clientes.

Por el momento, la gata Penélope estaba muy presente. Ahora se había parado en sus patas traseras y me rasguñaba el pecho suavemente o me restregaba el fino hociquillo sonrosado contra la barriga. Era realmente tierna y encantadora.

-Es muy amorosa –comenté.

-Sí, se parece a  Penélope. ¿Sabías tú que los animales adquieren poco a poco características del carácter de sus amos?

Pensándolo bien, yo no compartía esa afirmación. Cierto que Tito, mi perro, era remolón como yo, pero también lo son   todos los otros perros y jamás he  visto en él, por fortuna, ninguna similitud entre mi y mi mascota. ¡Me moriría de vergüenza si me hubieran encontrado parecida a ese chascón con aliento a bacalao podrido! Otra vez, sin embargo, me quedó callada y no rebatí a la anciana. Mamá siempre me dijo que a los mayores hay que respetarlos y además, la experiencia con mi abuela me ha enseñado que no es fácil hacerles cambiar de opinión.

-Esta es una jovencita muy educada –dijo Gertrudis-, no lograrás meterla en una polémica.

Y se puso a buscar entre los muebles algo que no aparecía por ninguna pare.

-¿Dónde metiste el diario, Lisístrata?  Todavía no he podido revisar los obituarios.

-Ya lo hice yo, querida. Dejé una lista en mi cuaderno azul.

-Debo leerlos personalmente, a ti siempre se te saltan los casos más interesantes.

-Está en el cajón del escritorio inglés, no, no ese, el de cortina.-explicó Lisístrata.

Finalmente, la ancianilla encontró el diario, se acomodó en un sillón y se puso a revisar lo que tanto le interesaba.

-¿Qué son los obituarios? – le pregunté a doña Lisístrata.

-¿Cómo, no lo sabes? Son los avisos de defunción, querida. En ellos los deudos comunican el fallecimiento de sus familiares.

¿Y por eso ustedes los leen? –quise saber.

-Querida, los obituarios son muy importantes. Nuestros mejores proveedores terminan algún día nombrados en un breve aviso de defunción. Ahí es cuando nos hacemos de las cosas que no  han querido vender cuando todavía estaban vivos. Mira…-invitó. Este caballero, por ejemplo, nos vendió algunas cosas muy buenas a precios excelentes, pero  tenía en gran estima su biblioteca, y nunca la quiso desarmar. Ahora es el momento, estoy segura de que a sus hijos no les interesan para nada sus libros. Mañana mismo nuestra Penélope deberá hacerles una visita. Ella se especializa en bibliotecas.

-¿Ah no, esos pesados, por qué debiera ser yo la que se encargue de ellos? Esta vez te toca a ti, Lisístrata.

La mujer que hablaba había aparecido silenciosamente detrás de mí. Me  di vuelta a mirarla y con sorpresa para ella no pudo sino darle la razón a doña Lisístrata: la señorita Penélope y su gata del mismo nombre eran casi idénticas: cabello gris, ojos amarillentos, piel blanca y delicadamente arrugada. Se deslizaba por el local con la misma gracia y ligereza de la  gata que…a propósito…¿Dónde estaba la gata Penelópe?

-¿Y mi Penny? –preguntó doña Penélope como si pudiera leer su mente.

-Debe andar por allí coqueteando con ese gato del librero –respondió hosca Lisístrata.

-Debo irme, señora –comencé a decir.

¡Señorita, querida! Mis hermanas y yo  somos señoritas y también lo son nuestras gatas –esta vez era Penélope quién hablaba – y por supuesto que mi Penny no  coquetea con ese gato techero. Faltaba más.

-Mi mamá me está llamando –dije, porque la había visto volverse loca haciéndome señas desde la cafetería. También quería arrancar, no me gusta que casi me coman por la palabra señorita

-Muy bien, pero no te pierdas querida.  No soporto a los niños, que andan jugando a la pelota  hasta por encima del piano, pero tú eres una niña muy bien educada. A nuestras gatas les gustan mucho las niñas como tú.

-Veré si mamá me da permiso para volver –contesté halagada-. Hasta pronto.

Mientras  caminaba de regreso a la cafetería,  supe que volvería a verlas apenas pudiera. Qué locas ancianas, nunca antes había conocido alguien así. ¡Y aunque parecía una locura, me encantaban!

-¿Qué te decían las viejitas? –Preguntó mamá apenas me metí detrás del mostrador.

-Un montón de cosas, mamá. De gatos y  de obituarios. Me invitaron a visitarlas porque soy muy educada.

-Ah, eso está muy bien, pero no te pongas a intrusear en  sus cosas, podrían molestarse. ¿Obituarios? A quién se le ocurre hablar de obituarios con una niña- comentó mientras secaba los vasos- . Y tú Antonia –agregó-, encárgate del servicio.  No he tenido un minuto para descansar.

ad, podré tomar el mando de mi vida sin que mamá sufra un soponcio fatal. Al menos, eso espero, no creo que vaya a ser tan exagerada como para querer seguir  sobreprotegiéndome a esas alturas.

Este fue el año más extraño de mi vida. Más extraño que yo misma: el año en que intervinieron mi vida, para volcarla de cabeza,  tres gatas viejas.

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