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Archive for 24 abril 2012

 

 

Cinco patatas, tres zanahorias

Un tomate y media achicoria,

 Hay que ver que imaginación

Para hacer de la sopa un horror.

El zapallo lo permito

Y también el dulce choclito,

Pero por nada meterás

Coliflor en este berenjenal.

Brum, brum, brum, mira quién viene

En el avioncito de la tía Cleme:

Arroz graneado y un filete

De pollo asado que es un siete.

Abre la boquita, no seas mañoso

Todos fuimos niños y sufrimos un poco.

Pero mañana serás tan grande

Como el orgulloso Mariscal de Flandes.

Qué tramposa resulta ser  esta abuela,

Siempre echando albahaca en la cazuela,

Apenas me volteo y lista está

Para sazonar patatas con azafrán.

¡No quiero comer, llévame a pasear,

Cómprame un helado y un mazapán!

Prometo que mañana no dejaré  migaja

Comeré la acelga y el topinambur

Antes de que tú digas ¡Salud!

Quiero leche asada para terminar,

Dulce y suave como fresca crema

 Empapada toda en dulce  caramelo.

Comeré solito, prometo, y con el baño,

Me quitas los restos que olvidé en mi pelo.

¿Último bocado? ¡Quién lo diría!

Es que un rico postre mejora cualquier día.

A dormir la siesta un bostezo llama

Y abuela un descanso urgente reclama.

Me voy, más recuerda, sólo es una tregua

Que suspenderemos a hora de la cena.

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Diez días después, mientras leía el diario,  Zorzalo escuchó la campanilla de su nido, dejó el Correo Alado  sobre su poltrona y fue a abrir la puerta. Allí, con una caja forrada en papel de estraza bajo el ala derecha se encontraba Leotordo Trillo.

-Dónde está doña Zorzalina.-Preguntó.

Y cuando ella vino a saludarlo le entregó con toda clase de ceremonias y zalemas la caja, que estaba timbrada por  Golondrina Courier.

-¡Mis chocolates, Leotordo, es usted tan encantador! -pió doña Zorzalina.

Todos estaban felices, abrieron la caja y se dieron un banquete de chocolates suizos sin dejar de agradecerle a Leotordo su última gentileza. Éste, que era un genuino caballero, estaba más que acholado con tanto halago.  Cuando a doña Zorzalina le pareció que ya había comido suficiente, guardó la caja bajo siete llaves y trajo jugo de rosamiel y   galletas de semilla de amapolas.  ¡No fuera a ser cosa que se devoraran sus bienamados chocolates suizos del primo Hanstord!

Al día siguiente, cuando terminaron el almuerzo, Mari Loica Huenumán se llevó a   Zorzalina con todo secreto hacia el lado de las azucenas y le susurró:

-Mira qué cosa más deliciosa tengo para que comamos.

Y le ofreció una barra de chocolate suizo marca Hanstord.

-¿Cómo lo conseguiste? -preguntó doña Zorzalina.

-Una ganga, niña, ayer pasó  Golondrisa por mi nido y se lo compré. Seguramente también va a venir a ofrecerte.

Zorzalina terminó por enterarse de que todo el vecindario estaba comiendo chocolates Hanstord y que Golondrisa Petrucciani había conseguido la representación de la marca para toda Terrandina.

-En seis meses recupero la inversión y de ahí en adelante, puras ganancias.- Le explicó la Petrucciani con todo descaro.

Zorzalina consideró una ventaja poder comprar los chocolates, pero cuando le preguntó a la Petrucciani el precio de la barra estuvo a un tris de atacarse nuevamente. Decidió entonces que los conseguiría más baratos por intermedio de Leotordo; él era tan amable que seguramente le daría la dirección de su primo para encargarlos.

Leotordo le explicó que el primo Hanstord le había cedido los derechos de venta a Golondrisa de manera que ya no podía traerlos por su cuenta. Al parecer su primo Hanstord estaba muy contento de haber podido abrir este nuevo mercado.

-Pero para qué se molesta, querida Zorzalina, llame a Golondrisa, que está haciendo reparto gratis  a domicilio. ¡Ah, también me pidió la dirección del primo Eustordo, parece que quiere la representación de la viña Santa Tordoliana de Lontué.

Estamos fritos -dijo  Zorzalo cuando su mujer le explicó lo sucedido-, nunca más vamos a tomar esos tintos tan buenos.

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