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Archive for 31 marzo 2013

prometeo

Contra todo lo que uno pueda suponer,  la vida en el Olimpo poco y nada tenía de olímpica y mucho menos,  de fair play.  Zeus era un dueño de casa  de carácter tiránico y, pese a su origen divino, como cualquier presidente de hoy, se sentía con derecho ilimitado a la reelección en el cargo de Dios de  dioses, padre de los mismos y de los hombres y dios del cielo y los truenos. Y así, con todos sus títulos, era como gustaba de ser llamado.

Llevado por sus ideas, hizo fama por sacarse hijas de la cabeza o engendrar héroes en mujeres despistadas. Tirano sin remedio, no perdía detalle de lo que ocurría en sus dominios y asestaba rayos castigadores por un quítame allá estas pajas.

Sin embargo, no debe haber sido tan brillante Zeus si Prometeo fue capaz de engañarlo tan fácilmente con el asunto de la carne de res. ¿Qué asunto, dirán ustedes?  Bueno, ocurre que, Prometeo, hijo de Jápeto y Asia, tenía manifiesta simpatía por los hombres y, cansado de ver los abusos que los dioses cometían con estos, mató una res e hizo con ella dos bultos: el primero con la carne, pero envuelto en el cuero, y el segundo con los huesos, pero muy disfrazados por una buena capa de grasa. Se presentó ante Zeus con ambos bultos y le pidió que escogiera uno y Zeus, a quién se le hacía agua la boca de sólo pensar en el asado, escogió el segundo. Ni tan genial.

Prometeo le llevó luego la carne a los hombres y Zeus,  enloquecido de  furia, fulminó los huesos con un rayo hasta reducirlos a cenizas.

Zeus tenía estilo y clase, no iba a rebajarse arrebatándole una mísera res a los hombres ni mucho menos acabaría con Prometeo por hacerle tan fea, pero inteligente jugada. No, él se quedó rumiando su ira y planeando cómo y cuándo cobraría venganza del atrevido que había osado burlarse de  su grandeza. El hecho de que posteriormente corriera el rumor de que  los hombres habían hecho un hábito del comer la carne y quemar los huesos en honor de los dioses, no hizo sino avivar su rencor.

Esperó pacientemente, eso es fácil para aquellos que disfrutan de la vida eterna.

Pero Prometeo, creyéndose más listo que Zeus, no halló mejor plan que robar el fuego de la forja del Olimpo y llevárselo a los hombres. Nadie esperaba tamaña insolencia, no había guardias privados ni seguridad alguna, los dioses griegos estaban demasiado ocupados en sus tropelías, de modo que Prometeo acudió junto a la fragua de Hefesto y sin que éste se percatara, encendió una caña que guardaba el fuego en su interior. Tan fácil como quitarle un dulce a un niño.

¡Ya os imaginaréis los festejos de los hombres cuando supieron que se acababan las oscuridades, el frío y la carne cruda! Tal fue el jolgorio que hasta en el Olimpo se escucharon los ecos.

Zeus comprendió que ya no podía tomarse más tiempo pensando en la mejor venganza. Es más, de pura y simple rabia se le ocurrió inmediatamente el plan genial, ya sabía cómo castigar a Prometeo.

Al primero que llamó fue a Hefesto, el despistado, que no tuvo más remedio que secundarlo para pagar su error. Dios  del fuego, hombrecillo contrahecho de quien se decía que de tan feo que era lo había arrojado su madre, Hera, desde la cima del monte Olimpo, lisiándolo para siempre. A pedido del jefe, Hefesto fabricó una bella figura de mujer en arcilla, de perfectas proporciones, magnífico rostro y tentadoras curvas.

Atenea, hija predilecta, reina del estilo de la época,  la vistió con sus mejores galas. Sedas, oro, perlas, tisúes, nada era suficiente para realzar la perfección de la estatua.

Hermes, que ya estaba cansado de usar su inteligencia en engañar a  comerciantes, trapisondistas y mensajeros, empleó todas sus artes para concederle el poder de la seducción y la capacidad de manipular al más frío y duro de los hombres.

Y no, no es que estos mitos sean algo machistas; cierto que siempre, aún en la Biblia, somos las mujeres las tramposas y las arteras. No, no pensemos mal de Zeus, en el fondo, solo estaba reconociendo que no existiría hombre alguno capaz de actuar ese papel con la perfección de Pandora. Sí, casi lo olvidaba, así la llamó Zeus cuando estuvo lista y después, suavemente, sopló sobre ella el hálito de la vida.

Pandora sacudió sus largas pestañas, se alisó el cabello con la mano, se estiró la seda de la túnica no sin antes exhibir la maravilla de sus tobillos. Algo aburrida, bostezó un poco, no había mucho que hacer en el Olimpo.

¡Pero, no, nada de siestas a esta hora! –exclamó Zeus. Te tengo un plan maravilloso para esta noche.

Y así diciendo la envió, a casa de…Epimeteo, hermano de Prometeo. Zeus no iba a cometer el error de la obviedad. De paso, le encargó encarecidamente que cuidara, hasta que él se dignase recuperarla, de un ánfora donde guardaba algunas cosillas de nada, pero que para él resultaban muy importantes. ¡Ni se te ocurra abrirla, mujer! – advirtió antes de que Pandora se marchara.

Apenas llegada a su destino, las dotes de Pandora no bastaron solo para abrirle la casa de Epimeteo. De inmediato, éste insistió en desposarla, llenarla de lujos y darle una vida de placeres. Hecho esto, se sintió tranquilo y satisfecho y se dedicó a echar panza como un burgués cualquiera.

Y la pobre Pandora, luego de recorrer todos los rincones de su casa, espiar por todas las ventanas y revisar hasta el último de los armarios, se moría de lata. Ya casi había olvidado el ánfora de Zeus y la hubiese pasado por alto de no ser porque el dios de dioses  había dotado su artilugio con un cuchicheo sutil, apenas perceptible, en caso de que, como cualquier trasto, el ánfora quedase abandonada en un rincón.

Por más oído que puso, imposible fue para Pandora comprender los sonidos que se escapaban del ánfora. Hasta llegó a comerse las uñas recién pintadas de tanto pensar en cómo enterarse de lo que había en el interior del adminículo sin que Zeus se enterase de su falta.

Pero claro, tal y cómo Zeus había supuesto, Pandora no era más que una débil heroína de teleserie olímpica, de modo que abrió el ánfora, un poquito apenas, lo suficiente, pensó,  para saber sin que se supiera.

Y entonces, como rayos del Olimpo, la tapa saltó lejos y el contenido del ánfora saltó y se desparramó  en todas direcciones lanzando toda clase de sonidos, chisporroteando  en todos los colores conocidos y por conocer. Pandora, aterrada, apenas alcanzó a poner la tapa en su lugar  para evitar que escapase el último de los regalos de Zeus: la esperanza.

Y vaya si iba a hacer falta, porque del regalo que el  dios de los dioses había enviado a los hombres ya la gran parte se había esparcido por la tierra: los males que iban a aquejar a los hombres para toda la eternidad. Enfermedades, malas artes, guerras, codicia, avaricia, crueldad, locura…faltan palabras para darnos una idea del contenido.

Prometeo se indignó con su hermano, puesto que ya le había advertido que no debía aceptar regalo alguno, porque Zeus trataría de engañarlo. Y conste que la indignación no le sirvió de mucho. Zeus aún tenía una carta bajo su túnica: poco después llegó Hefesto en busca de Prometeo y sin la menor consideración lo llevó hasta la cima de un monte sobrevolado por una poderosa águila. Allí lo encadenó y regresó al Olimpo no sin sentir un poco de piedad por Prometeo. A lo lejos pudo ver como el águila se arrojaba sobre el desdichado y comenzaba a devorarle el hígado.

Durante el día, el águila pasaba de lo más entretenida en su tarea, por la noche, el pobre Prometeo, se recriminaba por su inmortalidad mientras el hígado volvía a crecerle, jugoso y apetitoso para cualquier águila que se precie de tal. De haber podido morir no tendría que seguir soportando la tortura para la eternidad.

Pero…siempre hay un pero. Zeus propone, pero el héroe dispone. El héroe en este caso sería Heracles, pero ése, ese será tema para otra historia.

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alice 

Como era de suponer, las ancianas estaban equivocadas y el notebook  resultó de gran utilidad para el negocio. En dos semanas ya estaba todo bien organizado y cuando yo las visitaba, actualizaba en el notebook  la información de la mercadería vendida. Otro que fue favorecido fue mi padre, que ahora acarreaba en el utilitario las antigüedades de las Pereira de Olivar y pronto se encontró con nuevos clientes interesados en sus servicios; incluso comentó que, de seguir las cosas en ese ritmo, pronto se vería obligado a cambiar el utilitario por una camioneta. ¡Obligado, si le brillaban los ojos cuando lo dijo!

También en mi casa  las cosas mejoraban y mamá no necesitaba sacrificarse tanto como antes.

-Cuando recupere la inversión puedo pedirle a tu tía Lucy que me ayude –dijo-, hace tiempo que quiere trabajar.

Yo estuve de acuerdo, mamá ha trabajado demasiado duro, apenas pone la cabeza en la almohada se queda dormida y me da pena verla  toda acalorada  cocinando y friendo para atender a la clientela sin demoras.

Pero lo más sorprendente de todo lo que sucedió, fue que Penélope empezó a observar mis actividades de  en el computador y a hacerme toda clase de preguntas. Qué cómo se hace esto, qué apretaste ahí, y dónde haces tal cosa. Estaba intrigada por el compu y me contó que siempre había querido escribir, poesía, por supuesto, aunque  jamás se había entendido con las máquinas de escribir.

-Nunca me quedaban los márgenes iguales y además a cada rato cometía errores de tecleo. No podía soportarlo, las cosas enmendadas y parchadas me cargan.

Eso lo entendía perfectamente. A Penélope y a sus hermanas no se les mueve un pelo fuera de su lugar y jamás he visto una hilacha asomando de sus vestidos, por supuesto que una página llena de erratas le iba a causar un soponcio. . Ya me parecía raro a mí  que siempre comprara tantas máquinas de escribir  para el negocio, pero sin ocupar ninguna.

-Yo te enseñaré a usar el notebook –decidí-, no es difícil aprender lo básico.

Aparentemente, Penélope se había sorprendido, pero algo en el fondo de su mirada me dijo que eso era lo que había estado esperando oír.

Estaba decidida a que Penélope no podía seguir sin aprender algo de computación y durante un tiempo nos sentamos juntas, cabeza con cabeza, para que la anciana fuera descubriendo este nuevo mundo que se abría ante sus ojos. Debo  decir que no fue tan duro como me temía. De repente le daba terror apretar algunas teclas, como si fuera a echar a perder todo con un dedo, pero lentamente empezó a usar el procesador de texto. Y estaba feliz, el mundo de la lírica le abría sus puertas.

-¡Siempre quise seguir los pasos de Gabriela Mistral y Delia Domínguez! –me confesó.

Al poco tiempo, la señorita Penélope escribía poesías en el procesador de texto, revisaba la prensa y hasta se hizo de un e-mail con el que nos comunicábamos.  Por desgracia, yo era su único link, la  única persona con conocimientos de computación que conocía. La verdad, hasta el momento, ninguno de los clientes del local de antigüedades había manifestado interés por la comunicación virtual. Lo de ellos eran el teléfono y las visitas personales con tacita de te incluida.

Penélope estaba tan entusiasmada que todos los días me enviaba largos correos con novedades tan poco novedosas que, debo ser sincera, por un tiempo  estuve arrepentidísima de haberla  ayudado a ingresar en el mundo virtual, hasta que un día tuve la idea de buscar algunos blogs de personas mayores para que Penélope visitara sus páginas. Encantada, Penélope se convirtió rápidamente en activa comentadora e incluso contactó a algunos por correo, con quiénes intercambiaba recetas de cocina, noticias de medicinas naturales y testimonios de amor por los gatos. ¡Parecía que la mitad de los ancianos de la web se morían por los gatos, qué onda!

Lo bueno fue que gané un buen poco de libertad, pero resultaba difícil sacar a Penélope del computador.  La veía siempre en el mail, escribiéndose quién sabe con quién. Por suerte yo me llevaba el notebook a casa después y ahí no tenía competencia, pero tenía que andarla persiguiendo para trabajar el inventario. Cierto día le pregunté a boca de jarro:

-¿Por qué no se compra un notebook para usted? Le hace una falta.

-¡Ay no, m’hijita, cómo se te ocurre, esto no es para viejas!

-Yo creo que usted lo hace muy bien –insistí, sospechando que ella habría preferido que le dijera que no estaba vieja.

Sin darme yo cuenta, Lisístrata debe habernos escuchado, porque una semana más tarde Penélope llegó feliz a contarme que sus hermanas le habían regalado también a ella un notebook. Ahora, al fin, se podía dedicar a la poesía.

Eran excelentes noticias para ella y para mí, que ya no tendría que estarla esperando mientras se comunicaba con sus contactos ultra secretos. Lisístrata también estaba satisfecha ahora que veía a su hermana menor tan animada, sólo Gertrudis se mostraba incómoda.  Todos los horrores del mundo posmoderno estaban colgando como espada de Damocles sobre el cuello de su pequeña –como solía decirle-;  Gertrudis era puntillosa lectora de la prensa escrita, revisaba todos los diarios de pe a pa, y estaba al tanto del lado oscuro de la web.

-¡Todos esos estafadores buscando incautos y además esos malvados pedófilos!

De acuerdo, los embaucadores puede que sí, pero no entendía de qué manera podía Penélope ser amenazada por pedófilos. Más peligrosa podía resultar ella para éstos, porque los odia y es un azote con un paraguas en la mano.

Las cosas en el negocio iban cada día mejor, en los negocios, debiera decir. Mamá me regaló una impresora y tanto ella como papá estaban mucho más tranquilos ahora que lo laboral estaba resultando. Ella y las ancianas se habían hecho amigas –nunca como yo, claro- y  les mandaba fuentes con almuerzo de la cafetería que las viejitas encontraban riquísimo.

Todo iba a la perfección hasta que un día ocurrió lo más inesperado del mundo:

-Antonia –dijo Lisístrata-, no se si sabes que el primero de noviembre es día de todos los santos.

¡Quién no iba a saberlo! Todas mis compañeras salen a pedir dulces ese día, pero mamá jamás me ha dado permiso. Halloween es mi más total frustración.

-Nosotras lo festejamos todos los años en la parcela. ¿Te gustaría venir?

¡Sí, si, si, lo único que quería en el mundo era ir a una fiesta de Halloween, aunque fuera de la tercera edad! Es una lata mirar todo desde la ventana, sabiendo que allá afuera todo el mundo lo pasa súper mientras yo veo películas de miedo en el televisor.

Pero ahora se me presentaba lo más difícil de todo: convencer a mamá. Corrí a contarle y lo único que  conseguí fue que se quedara mirándome como si yo fuera un extraterrestre.

-¿Fiesta de Halloween, con las señoras?

-Señoritas, mamá, acuérdate, o se pueden enojar.

-Ya, señoritas, pero qué clase de fiesta es ésa, con invitados de más de ochenta años que quieren compartir con una niñita de doce. No, y estoy segura de que tu papá tampoco estará de acuerdo.

Yo no podía estar más en desacuerdo con eso. Apenas papá apareció por la cafetería, corrí a pedirle permiso antes de que mamá se opusiera y le mostrara todos los puntos malos del tema.

-¿Con las viejitas? Bueno, ¿pero no te irás a aburrir?

Rogué y rogué en vano, porque mamá estaba decidida a mantenerme lo más alejada posible de cualquier celebración. Ella opina que estas son cosas inventadas en el hemisferio norte y no tienen nada que ver con nuestra cultura.

Y entonces ocurrió algo inesperado. De alguna manera, las hermanas se habían enterado de mis dificultades.

-Buenas tardes –saludó alguien  desde el mesón-, ¿puedo pasar?

¡Era la propia Lisístrata! Habló y habló  hasta que convenció a papá –que no estaba tan en contra como yo creía- y luego atacó con mamá,  pidió y consiguió el permiso, contó maravillas de las tradiciones europeas, de lo que ella y sus hermanas solían hacer cuando eran jóvenes y al parecer vivían en Madrid.

De  pronto vi a mis papás interesados en el tema; Lisístrata continuaba explicando qué clase de gente asistiría –en general viejitas locas que se disfrazaban con sus mejores galas-, lo que se serviría -¡delicias, créanme!- y haría –algo de jugar al fantasma.

Luego  dijo que papá y mamá  podían ir a dejarme para que ambos vieran de qué se trataba y recogerme al día siguiente para no tener que salir tarde. Lo único que evitó, cuidadosamente, fue extender la invitación a mis padres. ¡Suerte para mi, ya veía que estaban muertos de ganas de ir!

Ahora sólo restaba un problema: ¿Qué ponerme? Tengo dos disfraces, uno lo usé para bailar cueca el año pasado. El otro es un traje de hada que me hicieron para una obra hace tres años, imposible ponérmelo. Cierto que voy a estar con unas ancianitas, pero ni así quiero ir con mi vestido de china, no se cómo puede habérsele ocurrido a mamá.

-Te queda precioso –me insiste.

Y yo, cómo le digo que sería ridículo, es Halloween, no es Fiestas Patrias. Ya sé que no podemos gastar en algo así, pero no puedo ir de china a una fiesta en casa de las viejitas más estilosas que existen. Es que ustedes no pueden imaginárselas siquiera. Con sus moños altos, sus peinetas de carey legítimo –eso es caparazón auténtica de tortugas marinas, algo muy poco o nada ecológico, pero ellas son tan antiguas como sus peines y no se han enterado de eso-, sus abanicos de marfil –oh no, eso también es un pecado porque incluye matar elefantes- sus trajes de seda natural que hacen frú frú cuando caminan por los pasillos polvorientos de la galería y sus mantones de Manila de esplendoroso colorido.  ¡Cómo será haber vivido en una época tan elegante? Seguramente Lisístrata  fue muy guapa antes de engordar tanto.

Estábamos en eso cuando apareció Penélope  a la carrera y casi sin aliento.

-¡Antonia, Antonia, Lisístrata se olvidó de un detalle. No te preocupes por tu disfraz, porque nosotras tenemos un montón para que elijas. Ah –y bajito, en secreto- y yo guardo uno precioso de  Alicia en el País de las maravillas, igual a los dibujos de la edición original. Te va a encantar.

¡Bacán! Mi problema había desaparecido. Tan rápida como llegó, Penélope se marchó y me dejó en la caja de la cafetería soñando despierta con el vestido que iba a usar. Si ella dice que es precioso es porque es mucho más que eso. Penélope es la más elegante de las tres. ¡No iba a estar tranquila hasta no verlo!

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3 bed graves

El singular  episodio de Penélope marcó una nueva relación entre  las ancianas y yo. Después de lo que yo consideraba el pedido de socorro de Penny,   estaba decidida a derribar todas las barreras y misterios que me separaban de las ancianas. Poco a poco, me fui haciendo parte de las principales actividades. Siempre  estaba cerca para ayudarlas, les daba ideas para simplificar las cosas, cada  cierto tiempo volvía a la carga con la idea del computador y me ofrecía  para hacerse cargo de él como quién no quiere la cosa. Lisístrata casi sufría un infarto cuando se volvía sobre el tema: “¡Esas cosas tan raras,  nunca estaría ella tan loca como para eso!”

No me di por vencida y fui haciéndome cargo de nuevas tareas. Ahora era yo quién se encargaba de leer y seleccionar los obituarios e incluso recomendaba quién debía hacerse cargo de la visita funeraria de rigor. No era difícil, siempre he sido observadora y me gusta aplicar lo que veo y me parece mejor. Yo atendía el teléfono, yo anotaba los recados de los clientes, yo concertaba visitas y también era yo la que contrataba la camioneta que se encargaba de acarrear las compras. Si tenía tiempo, registraba algunos ingresos. Es que mis viejecillas eran demasiado desordenadas, uno podría extraviar cualquier cosa en su local, y por cualquier cosa léase un elefante o tres osos pandas…y atados por una cadena.

Pronto me había convertido en una persona indispensable para la vida de las Pereira de Olivar.  Mamá, como es lógico,  no dejaba de quejarse de lo abandonada que la tenía y yo corría entre el secado de la loza y los recados de la clientela de las Pereira de Olivar todo el día. No vamos a comparar entre los dos trabajos, a quién  no le carga lavar platos, pero no podía dejar botada a mamá. En todo caso, tener tantas cosas que hacer, me encantaba. ¡Nunca antes me había entretenido tanto! El día se me iba en un  abrir y cerrar de ojos.

Hasta que una tarde, encontré a las hermanas esperándome, muy serias.

-Tenemos que hablar, Antonia –anunció Lisístrata sentándose en su sillón  favorito. Su corpachón, envuelto en metros y metros de seda floreada, se desparramó sobre el mueble haciéndolo crujir dolorosamente. Yo, secretamente, estaba esperando el día que el pobre sillón de Lisístrata se derrumbara vencido para siempre por la media tonelada  que debía pesar  su dueña, pero el  mueble se negaba a darme esa satisfacción. Parezco muy mala, pero ¿no habría sido divertido acaso?

Detrás de ella, Gertrudis y Penélope se deslizaron silenciosas hasta sus sitiales. Las gatas, como noté de inmediato, brillaban por su ausencia. ¿Dónde se habrían metido?

-¿Recuerdas que nos ofreciste ayuda para hacer un inventario en computador? – preguntó Lisístrata.

-Claro. ¿Al fin se decidieron?

-Bueno, decidirnos, así como decidirnos –comenzó  Penélope.

-No. En realidad, es muy difícil aprender todas esas cosas –dijo Gertrudis.

-Pero yo podría ayudarlas –ofrecí una vez más.

-Pero nosotras no podemos aceptar eso, Toni querida. Sería un aprovechamiento terrible de nuestra parte.

Por supuesto, se me vino el alma a los pies. yo que había soñado tanto con tener un compu en el local, aunque fuera uno chiquito, para ayudar a las hermanas y de paso practicar las clases de computación. Pero claro, debía haberme dado cuenta de que era demasiado para unas damas tan viejas que parecen haber nacido antes de la invención de la rueda.

-No es tan difícil -suspiré decepcionada mientras me recostaba en una chaise longue desteñida,  que me encanta por lo cómoda y elegante.

-Claro que si tú aceptas un notebook de regalo nuestro, nosotras, a cambio, podríamos aceptar que te encargaras del inventario. Así como si fuera un proyecto estudiantil –continuó Penélope.

Me  senté de un salto. ¿Había escuchado lo que yo creía?

-¿Un notebook? ¿Para mí?

-Siempre que tú pudieras hacer lo del inventario – remató Gertrudis.

-¡Claro que sí, tendrán el mejor inventario del mundo! ¡Gracias, son maravillosas!

Me tiré encima de ellas a darles besos y abrazos, mis viejitas podían ser maravillosas a veces.

-No querida, somos unas viejas frescas, que nos hemos aprovechado de tu ayuda y seguiremos haciéndolo –dijo Lisístrata- , y somos tan viejas que de puro miedo a la palabra computador no habríamos hecho nada de no habernos dado cuenta de una serie de pérdidas de mercadería que hemos tenido últimamente.

-¿Pérdidas? Pero yo  puedo asegurarles que no tengo nada que ver con eso -empecé a decir, toda atolondrada ante la fea sospecha que podía caer sobre mi.

-¡Por supuesto que no, Antonia, fue ese sinvergüenza  de la camioneta, don Raúl, que se aprovechó de nuestra mala memoria y de que cada día estamos más despistadas.

Resultó que Penélope, sin que el dueño de la camioneta se diera cuenta, lo había seguido y espiado, descubriendo que el sobrino cara de comadreja era quien robaba  la mayor parte de las piezas pequeñas en tanto el sinvergüenza de don Raúl hacía desaparecer los muebles en el trayecto al galpón. ¡Bien les había dicho que debían llevar un inventario de compras y ventas! A pesar de todo,  casi no podía creerlo. ¡Era el colmo que don Raúl, después de tanto tiempo trabajando para las viejitas, saliera con algo tan feo!

-Fuimos las tres a enfrentarlo y pudimos recuperar lo que todavía no había vendido –dijo muy enojada Penélope mientras se abanicaba furiosamente con lo que yo pude ver era su maravilloso y bienamado abanico de marfil.

-¡Apareció el abanico! –exclamé.

-¿Me vas a creer que se lo iba a regalar a su polola? –saltó Penélope indignada.

-¡Qué bueno que lo recuperó!

-No fui yo, fue Penny, me lo trajo de regreso en su propio hociquito, es tan linda e inteligente mi gatita.

-Tendrán que buscar otra persona  para el transporte–dije- pero antes que nada haremos el inventario. Nadie más se aprovechará de ustedes mientras yo esté para ayudarlas. En todo caso, yo puedo ofrecerles la ayuda de papá, es cierto que el utilitario es pequeño, pero puede hacer dos viajes en vez de uno.

-¡Excelente idea, Toni –saltó Penélope-, tienes que hab lar ahora mismo con él!

-En realidad ya lo habíamos pensado cuando don Raúl apareció con ese sobrino tan mal encarado –acotó Lisístrata-, pero nos daba un poco de vergüenza pedirle el favor.

-¡Para nada, papá estará feliz por tener algo más de trabajo!

Las hermanas me miraron  emocionadas. Sin darse cuenta ellas mismas estaban cada día más encariñadas conmigo. Seguramente, pensando  que merecía el notebook y comprarían el mejor y más caro que encontraran. Aunque no les sirviera de nada, total a mí me gustaba. Pero ya era un comienzo

Esa misma tarde le conté a mamá, ella llamó a papá y él vino para conversar con Lisístrata. Esa noche festejamos su nuevo trabajo con hamburguesas y papas fritas, estaban deliciosas y lo pasamos muy bien.

-Las cosas están mejorando poco a poco –reflexionó mamá-, en buena hora me hice cargo de la cafetería.

-Tú también has sido parte importante, Antonia –dijo papá-, has hecho buena amistad con las señoritas Pereira y ellas lo valoraron.

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