Feeds:
Entradas
Comentarios

Posts Tagged ‘fuego’

 

víctima

El pequeño pudú gime; sus cortas patitas están manchadas de sangre. El pequeño pudú, la lechuza de ojos asombrados, el zorrito de cola chamuscada y otros animales que esperan turno en sus jaulas acaban de ser rescatados de un incendio forestal.

Cada año, en verano, nuestros bosques estallan en llamas .  basta con un grupo de chicos que quiso hacer camping, una familia que salió de picnic cerca del río, peor, basta con un inconsciente que se entretiene jugando con fósforos. Hay gente cuyo placer, aunque a nosotros nos parezca mentira,  es causar daño.

Una chispa basta. el viento sopla sobre ella y la llamita va creciendo hasta que una columna de humo se eleva sobre el bosque. después ´solo hace falta que actúe la indolencia: que el fuego tarde en ser advertido, que la Conaf lo considere demasiado pequeño para actuar de inmediato, que no hayan helicópteros disponibles para arrojar agua sobre las llamas. En cosa de horas, el fuego crece y arrasa con todo a su paso, a veces, incluso las casas de los campesinos. los árboles crujen al ser consumidos, las ramas caen, el viento sigue soplando y arrastrando su fatídica carga roja por los aires. Para las noticias, se trata de cuántas hectáreas han sido arrasadas, para los animales que habitan el bosque, se trata de la vida y la muerte.

Otro verano, otros fuegos. ¿Hasta cuándo?

Anuncios

Read Full Post »

 

3222339989_3c20aeb7c0Ahora  la manada de Ranú  caminaba por  la cima de los cerros  y la maleza que tanto les retrasara prácticamente había desaparecido; la manada pisaba una espesa alfombra de hierba reseca. El terreno  se allanaba casi imperceptiblemente y se iba  convirtiendo en una  extensa meseta hasta la cual  el viento traía el olor de la hierba fresca y del agua, mucha agua. Pronto  llegarían a ella.

Repentinamente, Ranú se detuvo, olfateó el aire nerviosamente. Los demás mastodontes hicieron lo mismo. Algo estaba sucediendo, algo terrible estaba por desencadenarse sobre ellos. Ranú conocía esta sensación, la había vivido muchas veces y su cerebro trataba de identificarla. Pero ya era demasiado tarde.

Una espesa columna de humo se levantó de la hierba. ¡Peligro! Ranú no sabía qué hacer. ¿Para dónde debía huir con su manada? Sus negros ojos buscaban una salida con ansiedad, pero estaba casi paralizada.

Simultáneamente, dos, tres, seis columnas de humo se levantaron  hacia el cielo y pronto toda  la pradera había estallado en llamas. ¡Fuego! Eso sí que lo conocían todos los mastodontes;  la manada echó a correr  enceguecida     por el terror. El   fuego apenas se había desatado y ya  era más alto que las crías de mastodonte. Sólo  había un punto que no ardía y  hacia allá los guió Ranú.

En ese momento, el grupo de Sibán hizo su aparición. Venían sin aliento a causa de la carrera que iniciaran al ver  los pastos en llamas. No por eso se detuvieron, aullando como demonios, se enfrentaron a la manada. Ranú los vio venir y se detuvo en seco; sus grandes patas resbalaron en la tierra y su  corpachón  peludo quedó  envuelto en una nube de polvo. Rápida como el viento, Ranú giró sobre sus pasos y se lanzó a correr en dirección contraria con su hueste pisándole los talones.

La manada de Ranú corría ahora enloquecida al borde de un barranco. La mastodonte alfa lo había visto y los apartó de allí corriendo en línea recta hacia un estrecho desfiladero entre los cerros. Nanay empujaba a Kiya con su trompa para que el pequeño no se quedara atrás.

Cuando ya estaban por alcanzar el cañón, sobrevino la tragedia.

Gritando, aullando, agitando antorchas  y esgrimiendo sus temidas lanzas, más pequeños cayeron sobre  ellos como una pesadilla. Esta vez era Kuma  quien los encabezaba; el experimentado cazador había adelantado a sus hombres y a la manada para incendiar los pastos y  cerrarle el paso. Ranú giró en redondo, los mastodontes tropezaban, perdían pie. 

Los pequeños  aparecían de todos lados y donde ellos no estaban, allí estaban las llamas. El  fuego crepitaba devorando la hierba, quemando las patas, chamuscando la piel. Los mastodontes habían entrado en un remolino de muerte y bramaban desesperados. La ola de los pequeños se les echó encima ululando y sus lanzas volaron por los aires para estrellarse en  patas y lomos. La gruesa piel de los mastodontes era su única protección y los  gigantes, perdidos en el caos, cegados por el humo y el polvo, sólo podían aguantar a pie firme la tragedia que se les abatía encima. Los cazadores, por otra parte, no esperaban otra cosa; sabían que sus lanzas eran demasiado débiles para  dañar a los gigantes, por eso la encerrona.  Sin  necesidad de  órdenes, tal como siempre lo hicieran y sus padres antes que ellos, la horda empujó a los mastodontes hacia la muerte.

En medio de la barahúnda, Kuma vio aparecer frente a él, el rostro de Sibán desencajado por la ira.  A sus espaldas, Ranú enfurecida se alzó sobre las patas traseras.

-¡Atrás, atrás! –gritó Kuma.

Pero Sibán no le hizo caso. Es más, siguió avanzando directo hacia Kuma, con la lanza en ristre y una mueca de odio desfigurándole la cara. ¿Estaba loco acaso? ¿Qué quería Sibán?  Una  luz de comprensión atravesó el cerebro de Kuma: ¡A él, Sibán lo quería a él!

Cegado por la ambición, Sibán lo olvidó todo. Al fin tenía a Kuma al alcance de su lanza. El jefe del clan parecía no haber entendido aún quién era la presa. Sibán alzó su arma y el odio puso fuego en su brazo. Con un aullido de ira, Sibán atacó.

Entonces, las poderosas patas de Ranú  se desplomaron sobre el pequeño. Sibán aulló de dolor y Ranú sintió cómo los huesos del pequeño se quebraban bajo su envión. Un último grito de dolor  se escapó de la garganta de Sibán. Kuma quiso salvarlo, pero ya era tarde.  Arrojó  su lanza hacia la enorme cabeza de Ranú, pero el arma resbaló sobre la piel y se perdió en el caos del combate. Kuma retrocedió en busca de otra arma mientras Ranú  pisoteaba con furia los restos del pequeño que acababa de matar. Ahora Sibán no era otra cosa que un guiñapo sangriento e irreconocible.

El fuego y los cazadores eran demasiado para la manada. Los mastodontes se volvieron hacia el barranco. Ranú, horrorizada, comprendió lo que sucedería casi al mismo tiempo que las dos hembras jóvenes  se desplomaran  cerro abajo con un barrito de espanto. Los pequeños gritaron de alegría.

Con un fuerte trompetazo, Ranú reunió los restos de  su manada y agachando la cabeza, embistió a los cazadores. Dos pequeños volaron por los aires. Ranú corría ahora impulsada por la  furia. Sus pesadas patas reventaron  el cuerpo de otro pequeño, pero esta vez Ranú no se detuvo a rematarlo. Siguió corriendo por el desfiladero y dos sobrevivientes fueron tras ella.

 Nanay fue la última en romper el cerco. Kiya la retrasaba y debía protegerlo. Nanay comprendió que había sido demasiado lenta. Un fuerte dolor le atenazaba el costado y cada paso era una tortura. Había perdido de vista a la manada y el humo le bloqueaba los olores  familiares. Por primera vez en su vida, Nanay no sabía a dónde ir. Bajó por la ladera del cerro y Kiya fue tras ella. Pronto, todo desapareció: el fuego y  los pequeños  quedaron atrás.

Arriba, en la meseta, comenzaba la fiesta.

Agotados y maltrechos, los hombres de Kuma celebraban la victoria al borde del barranco. Abajo, todavía  con vida, las hembras jóvenes  intentaban en vano pararse sobre sus pobres  cuerpos quebrados.

Kuma  se ocupó de su gente. Algunos heridos y  tres muertos, Sibán y Gola entre ellos. Kuma  llamó a tres  cazadores más viejos y les ordenó sepultarlos, al resto, se los llevó con él.

 Saltando y gritando, los cazadores comenzaron a bajar el cerro. ¡Dos mastodontes! ¡Habría tanta comida que podrían dejar incluso alguna carne enterrada para que los estuviera esperando  cuando todo el clan llegara hasta aquí! Con sus cuchillas de sílex en la mano, los cazadores cayeron sobre los mastodontes como una plaga de langosta.

 

 

Read Full Post »