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Archive for 28 enero 2010

         …Mi prolongado viaje, querido Daniel,  apenas está comenzando. Desde mi larga gestación en las entrañas de la tierra  la sorprendente vida del planeta ha desfilado ante mis ocelos como  un colorido, vibrante carnaval en que se mezclan, como en un cóctel,  grandes saurios de afiladas garras, homo sapiens  que imprimen sus manos en las paredes de las cavernas, diluvios terroríficos, glaciaciones que congelan  los bosques, ríos de lava que desbordan los cráteres de los volcanes burbujeando como champaña, patriarcas que guian a sus pueblos,  caballeros andantes que acorralan dragones,  ballenas bufantes de los siete mares y narvales de colmillo enroscado, damiselas que piden socorro desde torreones de piedra, corsarios de parche en el ojo, músicos de larga cabellera,  escritores que inventan  mundos que no envejecen, rockeros de modales desenfadados y héroes que de tan desprendidos no se han enterado de que lo son.     Zzummm, zzummm. El planeta es una caja de sorpresas inagotables y en todas partes, allí donde se necesitaba que un hecho se imprimiese en la memoria de los hombres, allí estaba un escritor.

A mí las letras no se me dan muy bien, lo mío es el escenario. No soy ni tan frívola ni tan vanidosa como parezco. Finjo muy bien, tengo pasta de actriz,  y de las grandes. La  abuela solía decir que yo habría sido tan buena como la divina Sara o la trágica  Eleonora.  También he sido siempre una avispa curiosa. Yo hubiera querido estar con todos ellos…no te imaginas cómo me habría gustado  escuchar la tos cascada del hidalgo de La Mancha o sentir la caricia de las manos de Mona Lisa del Giocondo…(¡me muero de ganas de saber por qué sonreía con esa gracia atemporal!) ¡Daría mi engaste de oro por volver atrás  el tiempo y poder centellear en el jubón  de Leonardo, por embarcarme en la Santa María a descubrir  Indias que no son tales  o por  surcar el espacio en la Apolo XI para escuchar el silencio infinito de la noche universal!

           

En mi modesta opinión, lo mejor de todos esos hombres, aún de los peores, residió en la audacia, el desenfado y  la curiosidad que los empujó al otro lado del globo y la valentía que los sostuvo hasta que dieron el último suspiro. ¡Ojalá hubieras estado tú allí para documentar sus pasos, Daniel, lo habrías pasado de maravillas.

Al acompañarlos, yo puse un toque de belleza en sus periplos, ese no sé qué de elegancia que sólo una verdadera avispa de ámbar puede dar. Zzummm, zzummm. (Recuerden que hay muchos mosquitos que en vano han querido imitarme, qué frescura) 

Por el momento, me acarician las manos de esta dama encantadora que me cuida como hueso santo. Zzummm.  No está nada de mal, pero tampoco  pierdo las esperanzas de ser raptada por un extraterrestre que me lleve a conocer los anillos de Saturno. Hace mucho tiempo que me enteré de que las estrellas fugaces no están hechas de diamantes fundidos, de manera que me encantaría visitar esos anillos de hielos  más eternos que cualquiera que haya conocido la Antártida. Quizás me toque en suerte un ladrón internacional de joyas; por si acaso, siempre reluzco lo más posible para deslumbrarlos…pero esta es una ciudad demasiado tranquila.

Zzummm, zzummm. No importa, Daniel, la puerta del mañana siempre está abierta, ni siquiera mi prisión ha impedido que vuele de un lado a otro…quién sabe con qué cosas me encontraré a la vuelta de la próxima página.

            En todo caso, suceda lo que suceda. ..no sé cómo pedírtelo y por favor, no se lo digas a nadie, me da un poco de pudor, pero, cuando tú escribas, ¿crees tú que sería mucha frescura pedirte que yo sea uno de tus protagonistas?

Cariñosamente

Mignon

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Queridos amigos:

con un  pequeño atraso les entregamos el zoocuento de la semana, esta vez, Por qué los Zorrinos abandonaron su carrera de perfumistas.

Y considerando que no falta nada para mañana, les adelantamos el capítulo 17 de Hora del cuento en Aracataca: Triunfa el amor.

Que lo disfrutéis.

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La audiencia, expectante, no emite un suspiro. ¡Cómo se ha hecho de rogar la abuela  esta noche! Y esa pesada de la señora Márquez, que no se iba nunca.

 

Al día siguiente, la noticia corrió como un reguero de pólvora: el señor López había pedido la mano de la señorita Soto y la que pudo haber sido su suegra le había dado con la puerta en las narices. Todo parecía incomprensible ¡no podían haber desaprovechado la ocasión!

 

-Eso es trampa, abuela, tú dijiste que triunfaba el amor y…

-¡No nos adelantemos a los hechos, Daniel, todavía tenemos paño para cortar. -Responde la anciana.

-¿Qué vamos a cortar qué?

-Es sólo una manera de decir, Daniel. Un futuro escritor, como tú, debiera ir familiarizándose con los dichos. Los viejos, los actuales, los que vienen. Pero, ahora,   volvamos con el cuento:

 

De inmediato, la  madre de la Señorita Soto dispuso algunas medidas draconianas:  Se suspendieron las clases y se prohibió para siempre el ingreso del señor López en la casa. La  tragedia fue mayúscula, la señorita Soto no paraba de llorar y  su  único  consuelo  era que Armida la fuese a visitar llevando con ella el broche de ámbar -sí, mi encantadora personita-  sobre la blusa.

            -Sólo la belleza logra consolarme. – gimoteaba la señorita Soto.

Yo la comprendía, para qué voy a negarlo, pero eso no quiere decir que estuviera contenta con mi exilio pasajero. Armida, para calmar su dolor, me prendía en su pecho y me dejaba allí hasta el otro día. Un martirio. No me sacaba de encima esas manos heladas de señorita a la que no se le mueve un pelo. Además, yo sabía muy bien que debajo de esa superficie de hielo se estaba incubando la erupción de un volcán. Yo era testigo de todo: de su desesperación, de las notitas secretas que le llegaban por mano de la vecina y de las muchas veces que casi cayó ventana abajo tratando de divisar al señor López, que la espiaba escondido a la vuelta  de la esquina.

            Si el rechazo del señor López fue la comidilla de la ciudad, lo que inevitablemente debía suceder a continuación equivale a la destrucción de Pompeya. Zzummm, zzummm. Yo caí de las nubes, Armida abandonó el piano para siempre y su madre pagó muy duro el no haberle dicho nunca por qué la había bautizado con ese nombre fatal. 

           

            Tuvo que ocurrir todo aquello para que mi madre llegase a confesarlo, principalmente, porque mi padre se lo arrojó a la cara en un momento de exaltación.

            -¡Cómo se te ocurre -gritó- cristianar a esta niñita con el nombre del vapor que naufragó frente a  la Poza de los Caballos!

            Esa era toda la madre del cordero. El alarido de mi padre resultó ser la manera de enterarme  de que llevaba yo un  nombre maldito por la fortuna, un nombre que acarreaba la desgracia. Pero también un nombre lleno de matices, que había desbocado la imaginación de mi madre desde el mismo día que el Armida , vapor de bandera alemana,  se hundió,  con toda su tripulación y el estandarte al tope, a tan sólo cien metros de la costa,  por causa del maremoto de 1887…Sólo a mi madre se le podía ocurrir  darle ese nombre a su primera hija;  a mí, lo que es más trágico. Sólo  a ella.

            Allí, por fin, me quedaba todo claro: la leche cortada,  los innumerables accidentes sufridos por nuestra familia,  el amor fallido de la señorita Soto y  la mala fama que he acarreado desde el día que nací. Yo no podía quedarme sin hacer nada al respecto; supe que debía hacer cuentas con lo que quedaba de mi infancia y prepararme para el futuro. Y  debo decir que fui muy positiva.

Evaluemos:  Lo mejor de lo ocurrido, fue terminar con las clases de piano, que a decir verdad, no me gustaban para nada.   Lo  peor, fue despedirme de mi querida avispa, al fin y al cabo, se suponía que yo estaba destinada a heredarla.   Lo más entretenido, los comentarios del pueblo, que se extendieron por meses.  Lo más sanador, fue liberarme de  la maldición del Armida. Me sentí, de pronto, como si naciera de nuevo, limpia e inocente,  porque después de todo, nunca había tenido yo la culpa de nada. Esa, por completo, le pertenecía a mamá.

Y, por último, siempre es mejor llamarse Armida que Hermelinda, ¿no creen?

 

            ¡Confío que nadie creerá su discursito de cordero sacrificial! Yo fui  la verdadera y única víctima. Yo fui la infortunada que pagué por todo,  yo, que no tuve arte ni parte… Zzummm, pero claro, esta niñita es tan egoísta que será incapaz de reconocerlo. Yo fui la sorprendida esa madrugada, cuando la señorita Soto me prendió en su abrigo y se fugó por la puerta falsa, donde la estaba aguardando, muerto de miedo, su adorado afinador;  yo fui quien sirvió de testigo cuando se juraron amor eterno delante del padre Gordillo,  yo fuí la que casi muere triturada cuando el tren que nos llevaba hacia el sur se  descarriló en el kilómetro  mil trescientos veinte   y yo fui también la que perdió pan y pedazo cuando los rescatadores se llevaron a la señorita Soto y  su flamante marido al hospital más cercano,  dejándome abandonada sobre los restos destrozados del vagón. Yo, y sólo yo, supe lo que significaba ser recogida por un vagabundo, vendida a precio vil en un mercado, ir de aquí para allá como maleta vieja  y terminar  mi calvario en las manos de un joyero bogotano,  aburriéndome como ostra por treinta años más   gracias a cincuenta relojes de mediocre calidad y un despertador descompuesto. Yo,  Yo,  yo, siempre se trató de mí; si la maldición fue traspasada a la señorita Soto, yo lo causé; si triunfó el amor, a mí me deben las gracias,  aunque esa niñita vanidosa insista en decir que ella lo sufrió todo, que ella  fue la víctima de extrañas circunstancias. ¿De qué, digo yo?

 

-Y bien,niños,  hemos llegado al final de nuestras reuniones nocturnas. La de Armida fue la última historia.

La abuela, piensa Daniel, se ve un poquito triste  al decir que se terminó su cuento. Es extraño lo que sucede, también a él le ha puesto un poco triste  llegar a la palabra fin;  por más largas que fuesen,  las historias le han dejado un sabor a poco, a algo que falta.

Todos los niños se han despedido ya de la abuela. Ella les besa la frente y les regala un delicioso confite de chocolate y coco.    Cuando llega el turno de Daniel, el niño se acerca hasta la anciana y se empina para abrazarla y recibir el beso.

-Para tí tengo otro regalo, Daniel.

La anciana va hasta el escritorio y saca del cajón unas hojas enrolladas con una cinta azul.

-Esto lo escribió Mignon especialmente para tí.- Dice.

Daniel  parte a dormir apretando contra su pecho el rollito de páginas manuscritas. Esta misma noche lo leo, se promete, aunque me muera de sueño.  

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Abuela está muy bien vestida esta tarde. Lleva puesto su traje de seda de la China  con estampado de rosas, una puntilla de hilo tejida a crochet y su broche de oro y ámbar. Se ve hermosa la abuela. Quizás sean los mágicos ocelos de Mignon los que le dan  a los de la anciana un especial brillo mientras  relata con acento misterioso: 

 

-La culpa de todo, la tiene mi madre. Mire que dejarme ir por la vida sin una advertencia siquiera, sin un  ¡cuidado!  Qué va, me ha dejado ir de fiestas, de pic nic, de playas y de excursiones sin decir agua va. Me levanta temprano, me da el desayuno en la cocina, me peina las trenzas y me envía al colegio con un bolsoncito de cuero del que estoy  muy orgullosa. Mi uniforme es una maravilla, usamos unos hermosos uniformes azules con cuello marinero y una gorrita de tripulante que todos los otros colegios nos envidian. A medida que uno crece puede ganar méritos y eso significa tener hermosos cordones dorados o jinetas de seda que se ven la mar de bien. Mi colegio es siempre el que mejor luce en los desfiles patrióticos.

Cada tarde, después de almuerzo y todavía con el uniforme del colegio puesto, parto yo a casa de la señorita Soto   a lidiar con el piano. No es que me guste mucho, pero mi madre siempre dice que una señorita no es tal si no puede acompañarse al piano cuando canta y yo soy una hija obediente, aunque corra por allí el ingrato rumor de que  atraigo las calamidades.

            Sea como sea, ya lo dije, no es mi culpa. Yo sólo hago lo que me dicen  y si mamá me hubiera aclarado el origen de mi nombre no tendríamos nada que lamentar. ¡Armida! Llama mamá,  y yo cruzo toda la casa para satisfacer sus deseos. Todo el día mamá siempre está  llamándome, hasta que terminé dándome cuenta de que lo que más le gusta de mí a mamá es el sonido de mi nombre: ¡Armida, Armida!

            Siempre fuí, como ya dije, una niña  buena y complaciente. No es culpa mía que las figuras de porcelana se tiren de bruces a mi paso o que las copas de Baccarat se suiciden lanzándose desde el último piso del buffet. ¡Ni siquiera las toco, apenas paso por allí!  Yo no hago nada para que las sillas del comedor se desbaraten cuando papá se sienta en ellas  y me declaro absolutamente inocente de que las polillas hayan devorado el tapiz de Bayona que la abuela heredó de su tía Beatriz.

 

            Es un azote esta niñita, el apocalipsis en persona. Zzummm, zzummmm. Por lo menos una vez a la semana se sala la sopa o se queman los bizcochos. De doce huevos que ponen las gallinas, tres al menos están hueros. La leche se corta día por medio y apenas recién comprada,  la harina ya está llena de gorgojos. Por su culpa, en esta casa nada sale bien.

Momentito, no estoy exagerando, díganme si en alguna otra casa han caído los niños enfermos de paperas, alfombrilla y tos ferina todos los años. Si acaso hay otra familia a cuya abuela se le suelten los tornillos una vez a la semana y le dé por practicar la cuerda floja en el tendedero, especialmente cuando esta abuela ya cumplió los ochenta y dos. Zzummm, zzummm. Díganme, a ver.

           

            La señorita Soto siempre me recibe de mala cara. No es lo que se llama una persona sutil. Desde mi segunda clase tiene todos los muebles cubiertos con sábanas blancas y vaya uno a saber dónde guarda esos bibelots y copas de plata  que divisé la primera vez. ¡Cómo si fuera culpa mía que el gato hubiera tenido su cola en mi camino y que en cuanto se la pisé haya salido saltando y maullando como si le hubiera dado el mal de San Vito!

¡Gato loco! Se  paseó dando brincos enloquecidos  por los estantes, las sillas tapizadas de felpa y  la mesa de comedor. Las  pastorcillas y los flautistas de porcelana volaban de aquí para allá.   Cuando  el  minino llegó al piano, a la señorita Soto ya le había dado un soponcio y estaba desmayada en el piso, así que por suerte no vio la poza que la bestezuela dejó sobre la cubierta. Su madre, muy diligente, ya la había secado cuando ella se recuperó del  desmayo, pero quedó para siempre una aureola ligeramente más clara. No hay clase en que la señorita Soto no pase su mano por allí con aire de melancolía. Después me da una mirada fea y me regaña:

            -¡Cuidado con esos arpegios, Armida!

-¡Cómo si yo hubiera tenido la culpa de algo!

            Mi vida no es cosa de risa. ¡Un mundo le costó a mi madre que la señorita Soto accediera a continuar con las lecciones!  Mi padre zanjó el asunto con una bonificación generosa. Vale la pena pagar por unas horas de calma, dijo el traidor. Cómo si yo hubiera sido responsable, como si no fuera mamá la que…

            Mis relaciones con la señorita Soto mejoraron en forma radical a partir  del día que el piano terminó por desafinarse  del todo. Las clases se suspendieron por dos semanas y entonces mi padre, desesperado, anduvo la ciudad de arriba abajo hasta que dio con un afinador. El día que el señor López  logró por fin dejar el piano perfectamente afinado, cosa que le tomó  una semana más,  la señorita Soto se olvidó totalmente de nuestras dificultades.

            ¡Es que era una locura! ¡Fortissimo, Armida, me ordenaba, fortissimo! Y yo,  que apenas podía hacerlo con mis manos tan pequeñas,  le atizaba a las teclas hasta que me dolían las puntas de los dedos. Cada dos por tres el piano que se desafinaba otra vez y vuelta a llamar al señor López.   Parecía ser  lo que papá llama un círculo vicioso. Fortissimo, señor López, clases, y así una y otra vez. 

Con el tiempo casi era como que el señor López se hubiera mudado allí. Yo me afanaba tocando mis escalas y ellos aprovechaban de intercambiar   miradas de carnero degollado a mis espaldas. No puedo decir que no comprendía a la señorita Soto, el señor López era bastante guapo. Para  ser un afinador de pianos, claro.

            Infortunadamente, las cosas no podían seguir así. En  una familia normal habrían estado felices de que la señorita Soto hubiera encontrado novio (según Norita, que es bastante chismosa, ella casi estaba como para decir que la dejaba el tren),  es cierto, si bien esta familia no era tan normal como parecía. Cualquier  familia habría celebrado  la aparición del señor López,  pero la  maestra de piano tenía madre, madre de las que dicen hay una sola, pero es que la de la señorita Soto, ésa, valía por diez.

            Comenzó por sentarse en el comedor, desde donde les arrojaba a los tortolitos  unas miradas que eran como dardos envenenados. Hay que reconocer que ellos resistían imperturbables, actitud que fue poniendo cada vez más nerviosa a la madre de la señorita López.

Poco a poco se fue acercando y al final estaba en medio de ellos como una estaca. El señor López, que era un cobarde, se comía las uñas y tiritaba entero. Antes de marcharse, le daba a la señorita Soto una mirada febril que le incendiaba hasta las horquillas del moño. Y ella, la pobrecita, ¿cómo explicarlo? Si  los suspiros fueran música, la señorita Soto habría sido Adelina Patti.

 

            Es una pena tener que contar estas intimidades, pero la señorita Soto no era tan angelical como la muestra Armida. Yo diría, más bien, que la procesión la llevaba por dentro. Zzummm, zzummm.  Tan sensible como soy, lo supe en el primer instante que nos conocimos, ese día de la presentación anual en el salón de la parroquia. Armidita, tan llena de mañas como de costumbre, si no más,  insistió en llevarme consigo:  que me trae buena suerte, que es tan linda (para qué lo vamos a discutir),  que todas van a ir elegantes, que si no me lo prestas, mamá, yo no me atrevo a  presentarme.

Ante esas amenazas,  ¿qué podía decir doña Hermelinda? Partí a la presentación sobre la blusa de muselina de Armida y debo reconocer que me veía más bella que en otras ocasiones, lo que no es poco decir. Verme la señorita Soto y caer en trance por mí, fue todo uno.

            Con la función ocurrió lo que era de esperar, todo salió mal, excepto Armida. El chiquitín de los Rodríguez  se puso a llorar en medio del proscenio, a la vecinita de enfrente se le cortó el elástico de la enagua justo cuando agradecía al público y el florero con rosas se volcó sobre las partituras, cosa que quedó  de manifiesto cuando  nadie entendía qué era lo que estaba tocando la pequeña Emita  Rosales.

Armida estuvo muy bien, el piano casi no llegó a desafinarse, aunque el señor López estaba allí mismo, lanzándose miradas incandescentes con la maestra por detrás del decorado.    Zzummm, zzummm.

 

Esta vez no nos puedes dejar a medias, abuela, tienes que contarnos el final o muchos se quedarán sin saberlo.

Daniel está determinado a lograr su objetivo. ¡No será él quien se quede sin el final de la loca historia de Hermelinda y Armida!

-Lo sé, Daniel, no te preocupes, esta noche nos quedaremos un rato más, porque a todos nos gusta que  cuando dos personas se amen ocurra una cosa. ¿Qué será?

            -¿Que se casen? – Pregunta la prima Rosita.

            -Sí, el matrimonio es parte de ello, pero lo que nos gusta es algo  que tiene muchas aristas, lo que todos queremos es que triunfe…

            -¡El amor!

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Mucho antes de que el hombre plantara su pie en las praderas de América del Norte, ya vivían allí, en gran número y muy confortablemente; bisontes, lobos, hurones, coyotes y …perritos de la pradera. Claro que en ese tiempo ninguno de ellos habría aceptado los nombres que posteriormente le endilgó el invasor que se paraba en dos patas.  Es más, sus relaciones con él nunca fueron fluidas, si bien los primeros hombres,  miembros de las innumerables tribus de  pieles rojas,  sentían por ellos mucho respeto y  jamás intentaron, como el hombre blanco, erradicarlos de una vez y para siempre. 

Pero la Historia es una dama  muy vieja y por lo tanto, llevada de sus ideas. Cuando decide que algo ha de suceder no hay quien la haga cambiar de opinión. Así, cuando el hombre de piel blanca desembarcó del Mayflower  no tardó muchó en expandirse por las nuevas tierras  e  implantar a continuación su cultura, sus medios de vida, sus cultivos y sus animales de cría. El ganado vacuno sería el desencadenante de la tragedia de los animales originarios.

Al hombre, gran comedor de carne y no menor como bebedor de leche, no le gustaba compartir sus placeres con los animales autóctonos, de manera que puso precio a la cabeza de lobos, coyotes y hurones, ningún hombre estaba dispuesto a alimentar gratuitamente a los legítimos herederos de la tierra.

-Nosotros somos herbívoros –informaron los bisontes, convencidos de que se les dejaría en paz por tal motivo.

El Hombre no se iba a molestar en responderle a una bestia cuadrúpeda, pero  se dijo para sus adentros:

–          Hmm, eso quiere decir que están robándole el alimento al ganado que hará mi riqueza.

También la cabeza del bisonte tuvo precio y montañas de cadáveres se elevaron en la pradera.

 Pronto, la mayor parte de los desdichados animales de la pradera pasaron a integrar  la larga lista de especies en peligro de extinción.  El perrillo de la pradera temía por su vida, pero  algo había escuchado de la larga relación del Hombre con el Perro, de modo que redobló esfuerzos en perfeccionar su ladrido y se escondió bien al fondo de sus laberínticas madrigueras.

-Por milenios –se dijeron-, hemos alimentado al lobo, el coyote, el hurón y el águila, bueno  sería que Manitú  nos libre de la antipatía de este nuevo habitante.

Pero el Hombre veía con preocupación que sus cornilargos  podían quebrarse la pata en los agujeros cavados por los perrillos de la pradera  y, aviesamente, decidió que tampoco  ellos eran dignos de  habitar la tierra que el Gran Manitú les concediera  originalmente.

-Además- se preguntó- , ¿qué valor tiene este Gran Manitú? Nuestro Creador es el único auténtico y genuino.

El Creador, que espiaba refugiado en las estrellas,  movió la cabeza con  pena y disgusto. ¿Es que ignoraba el Hombre que suyos eran todos los nombres  con que alguna vez uno de ellos  lo llamó?  Pero, ya que había cometido el error de garantizar su libre albedrío, guardó silencio y lloró por sus  víctimas silvestres.

El hombre, en tanto, se entretuvo  cazando. Nada le parecía más divertido que pasar sus tardes haciendo puntería sobre los delgados cuerpecillos de los perritos y la población de estos pobres  animales decreció peligrosamente.  Ahora, cuando miraban la pradera, los sobrevivientes sólo divisaban  los rebaños del ganado del hombre y apenas  retumbaban en la tierra  los cascos de sus caballos,  huían a perderse.

Lo único que consolaba a los perritos de las praderas era que un hombre los había encontrado tan lindos que hasta había creado una historieta  protagonizada por uno de ellos, al que llamaron Perry. La historia de Perry era muy popular y exaltaba su simpatía y unión familiar.

– Como nosotros somos una variedad de perro, el hombre terminará reconociendo que nos ama  –se consolaron.

Pero, por si acaso, construyeron sus madrigueras más intrincadas todavía, para que ningún hombre pudiera llegar a ellos.

Pobre consuelo, algunos zoólogos habían estado investigando  las magras poblaciones  de la pradera y llegaron a una triste conclusión:

-Estos animalitos no pueden ser llamado “perrito” de ninguna manera, porque lo que son, verdaderamente, es una variedad de ardillas.

Y los rebautizaron como Ardillas de la Pradera. ¡Qué decepción,   ya nunca podrían ser mascotas, ni vivir junto  al hombre. Su destino sería dormir con un ojo  y velar con el otro.

Casi estaba  la pradera desierta de sus habitantes originarios, apenas  el ganado paseaba de aquí para allá  ramoneando la hierba.  Por fortuna,  algunos hombres recordaron lo muy distinta que había sido cuando apenas se elevaban unos palmos del suelo y comenzaron a preocuparse. ¿Qué había sido de  todos esos bellos animales que solían verse  en las llanuras? ¿Dónde estaban los bisontes, los hurones, los lobos, los coyotes…qué había sucedido con el familión de los perritos…, perdón, las ardillas de la pradera?

Poco tardaron en comprender que el mismo hombre estaba acabando con la vida silvestre y sus corazones se crisparon de pena. ¡Esto no podía continuar!  ¿Habría alguna manera de revertir la situación?

Lentamente, hombres de buena voluntad fueron uniendo sus fuerzas. Protegieron a los bisontes y pelearon para garantizar su espacio en la pradera.   Se  cuidaron de los lobos, al constatar que no eran  los asesinos que todos temían. Recogieron  los escasos hurones, que padecían una peste fatal,  y los curaron para reintroducirlos. Defendieron las águilas protegiendo sus nidos  y treparon las montañas para cuidar de los osos, los muflones,  el puma y el gato montés

El Creador,  que  apenas ayer estuviera tan decepcionado de los hombres, meneó su bella cabeza con aprobación. Este sí era el hombre que había creído digno de conducir los destinos de la Tierra.

Y las Ardillas de la Pradera, que por si acaso habían presentado una solicitud para  asignarse legalmente los atributos caninos, decidieron  aguardar la respuesta  con paciencia. Total, ellos saben que allá arriba siempre se toman su tiempo para todo,  y si las cosas mejoran un poquito…hasta podrían aceptar  este nuevo nombre. Claro, que por si acaso, ladran un  poquito más fuerte y piensan:

– ¿Ven que somos igualitos a sus perros?

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-Cosas inesperadas ocurren a menudo cuando los progenitores  bautizan a sus hijos sin tomar en cuenta que éstos deberán ir cargando esos nombres por todo lo largo y ancho de sus vidas. A Hermelinda yo no  la conozco muy bien, -dijo la abuela- pero la comprendo. Piensen ustedes que a la abuela paterna la pobre Hermelinda no la conoció jamás, peor, sepan ustedes que la anterior Hermelinda murió mucho antes que don Adalberto pensase siquiera en casarse con doña Isabel, y, lo que es realmente imperdonable: la abuela paterna de Hermelinda siempre detestó su nombre y no creo que hubiese tenido el menor interés en que se lo plantasen a su nieta así como así.

Por eso,  cuando terminó el terremoto, se hizo el recuento de víctimas y el inventario de pérdidas navales y terrestres y se inició la  reconstrucción de  la ciudad,  no resultó nada extraño que la desdichada Hermelinda se enamorase de los restos del Armida que se iban desguazando lentamente sobre los arrecifes en que encallaran.

-Armida, Armida.- musitaba la muchacha  con los ojos fijos en la decena de ojos de buey que todavía  quedaban pegados al  casco.

Desde su observatorio en las rocas, Hermelinda soñaba despierta: Mi nombre es Armida, algún día, un hombre maravilloso llegará a buscarme desde el otro lado del oceáno navegando en un gran vapor, y en cuanto me conozca, se enamorará de mí, nos casaremos y seremos felices para siempre.

 

Porque han de saber ustedes que ese es  el típico sueño de las muchachas algo tontas, especialmente los de aquellas pobres que tienen que cargar  con  alguna cosa que detestan en sus vidas. Y si alguien tiene derecho a estar cansada de cargar con algo, esa es Hermelinda Montoya, la hija de mi señora. Zzummm.

No es lo único que carga Hermelinda; desde la trágica noche del terremoto y maremoto de 1887, mi señora, doña Isabel, ha ido perdiendo lentamente la razón.  A veces quiere ser malabarista, otras, dedicarse al trapecio. No falta la ocasión en que se dedica a ser domadora de los gatos de la casa. Un poquito más trastornada cada día y algo más que de costumbre en el mes de mayo. Algunas crisis especialmente fuertes han tenido lugar a las ocho y media de la noche, después de cenar. Es lamentable, pero ¿quién podría lanzar la primera piedra sobre la pobre doña Isabel? Nadie sabe lo que es pasar por algo así. Zzummm, zzummm.

En todo caso, Hermelinda resultó ser una muchacha afortunada por muchas razones: primera, su madre, en uno de sus raptos de locura, le regaló su broche de oro y ámbar dándole la  más grata sorpresa de su vida. Segunda, el año de 1895 un barco de la Armada fondeó en la ciudad y se organizó en la gobernación un gran baile donde Hermelinda conoció al que sería su amante esposo. Y tercera, zzummm, zzummm, cinco años después, dio a luz a una hija a la que llamó con el maravilloso nombre que siempre había querido tener: Armida.

Hay una cuarta razón, pero sería muy raro que ella pudiera conocerla; la cuarta razón es que yo llegué a sus manos en plena madurez, sintiéndome  feliz de disfrutar este espectáculo espléndido que resulta ser la vida; si eso no es maravilloso, francamente, me resulta difícil pensar qué puede serlo. Zzummm, zzummm.

-Esa avispa tuya es una presuntuosa, abuela -Daniel, lapidario.

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En los albores de América,   los primeros ejemplares de Oso  apenas comenzaban a desperdigarse en la zona andina. No eran tan grandes ni tan majestuosos como sus primos del hemisferio norte, pero ya se  mostraban como animales listos y  veloces y se sentían muy orgullosos de su pelaje,  oscuro como una noche en la Puna.

Como el oso es un animal solitario,  son las madres quiénes se encargan por sí solas de criar a la nueva generación. El  oso de los Andes no es una variedad  numerosa por lo que mucho sufrían las hembras, madres muy cariñosas y protectoras, cada vez que perdían  un cachorro. Siempre estaban pendientes del puma, el águila y las serpientes, pero los que más les dolía, era que el peor enemigo de sus  cachorros  era, por  lo general, otro macho de la misma especie, incapaz de aceptar  la existencia de  crías que él no había engendrado. Da un poco  para pensar el hecho de que  la violencia contra  las hembras y sus cachorros sea habitual entre tantas especies que pueblan la Tierra, incluída, para nuestra vergüenza, aquella tan soberbia a la que pertenecemos,  pero ese hecho nos hace compartir el dolor de las madres osas como si fuera nuestro.

Ocurría, como  os contaba, que  muchas crías  morían en su primera infancia y las osas, desesperadas, fueron trepando los Andes en busca de refugio para sus camadas sin pensar que donde quiera que fuesen, allí las seguirían los machos empujados por La Naturaleza, de manera que  el hecho se seguía repitiendo inevitablemente.

Sucedió  que un día,  una camada de tres oseznos  jugueteaba en el bosque mientras la madre  buscaba alimento para su sustento. Se trataba de tres ositos muy listos y alegres, que  jugaban con tantas ganas que no alcanzaron a darse cuenta a tiempo de la  aparición de un macho cruel y desagradable, que se les echó encima rugiendo  de furia,  decidido a acabar con sus vidas.

El primero de los oseznos, que se sentía responsable de sus hermanitos, vio  con desesperación que la muerte les caía encima y, recordando que poseía cuatro patas bien rematadas en fuertes garras, corrió hacia el árbol más próximo gritando a sus hermanos que lo siguieran. En cosa de segundos, los oseznos estaban trepados en las ramas más altas, perdido el aliento y con el corazoncito  batiendo aterrorizado en el pecho.

Más terror  experimentaron al ver que el macho malvado comenzaba a trepar tras ellos, pero el peso de la enorme bestia no le permitió  seguir, se dio por vencido, y se marchó refunfuñando.  Al rato, y ya tranquilizados, los oseznos pensaron en bajar de su refugio, pero como temían que el oso regresara, permanecieron allí y se pusieron a  mirar a su alrededor.

Descubrieron entonces la magnífica belleza de los Andes: las altas cumbres nevadas, los hilillos de plata que bajaban a alimentar los cursos de agua y  los cóndores que planeaban  en el aire helado de la mañana. 

-Un día –dijo el más listo-, alguien inventará una manera de volar como los cóndores tan sólo por el placer de ver la tierra desde allí arriba.

-Tú estás loco –intervino uno de sus hermanos-, está escrito que los que carecemos de alas nunca podremos volar.

-Alguien puede cambiar lo que está escrito -reflexionó el osezno-, así como tres simples cachorros como nosotros hemos descubierto que podíamos salvar la vida trepando hasta aquí.

–Pero si  hubiéramos volado –acotó el tercer osito-, el viento nos habría cerrado los ojos y chocaríamos con los árboles o nos estrellaríamos con las montañas.

-Cuando  llegue el día que  aquel que no tiene alas vuele –prometió el listillo-, usará unos lindos anteojos  para proteger sus ojos y nada de eso sucederá.  Yo se bien lo que se debe hacer.

Y tomando un poco de resina, se dibujó un par de gafas sobre la piel y subido en la copa del árbol,  soñó que era un aviador capaz de llegar hasta el cielo y más allá.

Apenas regresó la madre, los oseznos le contaron lo sucedido y juntos celebraron la inteligente maniobra que los había puesto a  salvo.  Pronto, todos los osos de los Andes conocían la historia y las más felices eran las madres, que ya no sufrían tanto la muerte de sus  crías.  Además, ahora que todos los oseznos soñaban con ser aviadores y se entretenían jugando en las ramas más altas,   las madres vieron que sus  hijos se habían pintado gafas y como  las encontraron muy bonitas, se las pintaron también.

Menos contentos estaban los machos, pero la razón era tan vergonzosa que no tuvieron más remedio que guardarla  en secreto.  Se  consolaron pensando que podían pintarse anteojos y  verse tan bien como las hembras y sus crías.

La Naturaleza, que de todas maneras no es tan cruel como la pintan, encontró  que todo el asunto era muy divertido y en los Planes de Evolución correspondientes a los osos, escribió a escondidas un breve acápite  concediéndoles  unos bellos  anteojos de pelo blanco en forma definitiva. Desde entonces, y para envidia de todos los demás osos del planeta,  al Oso de los Andes se le conoce  como el Oso de Anteojos.

Y  los oseznos, cuando juegan al avión  encaramados en las copas de los árboles, se sienten muy orgullosos de haber  sido los causantes de todo.

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