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Archive for 28 diciembre 2009

Hoy, dice la abuela, vamos a dejar que Mignon nos de su opinión sobre lo que ha vivido. Algo me estuvo diciendo anoche.

Los niños no quieren creerle a la abuela, pero son demasiado educados para decírselo. ¿Cómo es eso de que la abuela habla con su broche de ámbar? Debe ser otro invento de la abuela, algo imposible…

 

 Nunca me cansaré de agradecer que la vida en la Tierra haya ido cambiando. Ya eran demasiadas las cosas que me tenían fatigada: los medios de transporte, tan primitivos, los caminos de tierra, la falta de luz eléctrica y agua potable, las dificultades para encender el fuego, la servidumbre, la esclavitud, etcétera, etcétera. Zzummm, zzummm.

¿Qué me gusta de ahora? Casi todo, menos la moda. Damas y caballeros cada día se visten peor. ¡Han perdido del todo el buen gusto que los caracterizó por milenios! Honradamente, mis favoritos fueron los griegos, esa gente tenía una clase…me encantaban esos peplos que daban tanta gracia al caminar de las mujeres. Ah, y también sus peinados. No  sé si les conté que estuve un tiempo en manos de una Vestal encantadora…

Los romanos, algo brutos para mi gusto; tenían un talento innato para todo; eran grandes arquitectos y mejores ingenieros, artistas, poetas,   ¡pero qué manía aquella de   andar conquistando y guerreando todo el tiempo!  Revolvieron tanto el gallinero europeo que cuando a los bárbaros les dio por convertirse en la primera horda de turistas que venían a tomar el sol ni siquiera fueron capaces de enfrentarlos. Otro imperio perdido.

La Edad Media ni la nombro, yo viví la Peste Negra, la Inquisición, la quema de brujas, el feudalismo y todo eso. No  volvería a hacerlo ni aunque me pagaran.

El Renacimiento, eso es otra cosa, gente encantadora la de esos años. Un poco alocada, por supuesto, pero esa era casi su mayor gracia, no hay nada más aburrido que la gente seria. Además, pintaban tan bien, eran tan buenos músicos, tan audaces navegantes. Repito: me encantan. Zzummm, zzummm.

            El Siglo de las Luces, lo confieso, no me pareció nada tan luminoso como lo ven los historiadores. Zzummm, zzummm. Yo estuve allí, contando cabezas al pie de la guillotina. ¡Y así hay algunos capaces de decir que las avispas somos malas porque picamos!      

La Revolución Industrial puso las cosas bastante más entretenidas. Hubo explotación, es cierto, en eso no se diferenciaban mucho del mundo de ayer y  hoy, pero me encantaba ver tanto hombre creativo. En un dos por tres inventaban la locomotora, el submarino o el globo aerostático. Las mujeres también se volvieron sumamente activas, les dio por encadenarse en lugares públicos, por querer votar, por mostrar el tobillo, por  hacer de todo. Mejoraron  increíblemente su papel en la sociedad. Ah, en todo caso, por mucho que pasen los años siguen siendo iguales en una cosa: ¡todas se mueren por mí!

            Yo continué, zzummm, zzummm,  haciendo mi rol de viajera eterna con la elegancia que todos admiran. Pasé por un par de  señoronas aburridas, me empeñaron, no tuvieron dinero para recuperarme, me pusieron otra vez a la venta y me llevaron a dónde el diablo perdió la peluca. Ni siquiera me quejé, lo estaba pasando mucho mejor que en aquellos  años que estuve en manos de Juan Lima (a esa la llamaría mi época negra, pocas veces me he aburrido a tal extremo)

 

En las postrimerías del siglo diecinueve continuaba viviendo como siempre lo había hecho, un poco por rutina, otro poco porque no me quedaba otra. Seguía  siendo la misma avispa inmadura que quedara atrapada en la resina de aquel árbol que la rabia me impedía olvidar, pero ocurrió algo muy extraño:  casi sin que me diera cuenta, llegué un día a la conclusión de que me encantaba la inmortalidad.

¡Me encanta, es cierto! No hay día que no abra mis ocelos para disfrutar una nueva historia emocionante. Lo  he visto todo: las pirámides, la caída del Imperio Romano, las conquistas, las colonizaciones, las guerras y los armisticios, el románico, el gótico, el barroco, la Sagrada Familia y los horribles rascacielos en que les gusta enjaularse a los hombres de hoy. A veces me río hasta que me saltan lágrimas de las ingenuidades de algunos hombres que se creen predestinados a la inmortalidad…¡si supieran de cuántos de ellos no se  tiene hoy día la menor idea de que existieron! No me cabe duda de que en mil años más algunos presuntuosos de hoy no serán ni siquiera un mal recuerdo.

 

Cuando eso pasó, cuando empecé a tomarle el gusto al asunto, tomé la decisión de dejar un testimonio de mi paso por la Tierra. Buscaré un “negro”, me dije, y me puse en campaña para conseguir este biógrafo que pudiera poner mis aventuras en palabras. ¡No sabía en lo que me estaba metiendo, porque si no habría desechado inmediatamente el proyecto! Casi un siglo me tomó dar con uno que tuviera, por lo menos,  la percepción necesaria para comunicarse conmigo. Y eso no sería nada; si vamos a este paso, contarle todo lo que he visto me tomará casi tanto tiempo como el             que me  tomó vivirlo…

Hay que tener paciencia con los cuentistas, yo no le digo ni por casualidad lo que pienso de su persona…se arriesga uno a que escriban lo que se les viene en gana, y, a mi edad (es un decir, claro, me veo tan estupenda como el día que estiré mis alas por primera vez), ya no estoy para eso.

En todo caso, nos estamos adelantando a los acontecimientos, porque ese día que pasé de la casa de empeños a las manos de don Adalberto Montoya yo estaba lejos de imaginarme las locas situaciones que su mujer y su nieta me harían vivir.Cuando la abuela deja  el resto de la historia para la noche siguiente se arma un pequeño alboroto. Todos quieren saber qué ocurrirá con la hija y la nieta de ese señor, cómo era que se llamaba,  un nombre tan raro: Adalberto. A cualquiera que llame a su hijo de esa manera debieran darle un buen escarmiento. 

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Era un caluroso 23 de diciembre, tan sofocante como suelen ser las vísperas navideñas en esta parte del globo y tan ajetreadas como siempre. Miguel se encontraba recostado en el césped de la plaza cercana a su hogar como solía hacerlo en espera de su mejor amigo. Caminó desde su casa por la vereda norte y cruzó el paso de cebra dando la vuelta a un farol para llegar ahí, y como de costumbre escogió tenderse junto al mismo árbol que le daba sombra a todas sus tardes de verano. Cómo pueden ver, no era sino otra tarde como cualquiera, sin sorpresas ni sobresaltos. Pero a diferencia de otros 23 de diciembre, este en particular guardaba una preocupación muy grande para Miguel, por mucho que al parecer de otros no fueran más que niñerías. Toda su preocupación claro, partió algunos días antes, para ser exactos el 12 de Diciembre: Miguel se encontraba haciendo las compras navideñas con su madre, como ya era una tradición, todos los segundos sábados de diciembre por la mañana. Desde que el podía recordar; la familia de Miguel era muy estricta cuando de costumbres y hábitos de trataba, sus rutinas eran seguidas al pie de la letra, semana tras semana y los detalles de último minuto ni siquiera existían para ellos, todo tenía su tiempo y lugar. En fin, como iba diciendo, pasaban por la sección de perfumería a eso de las 11.30, para que Josefa, la madre de Miguel, hiciera su ronda habitual para ver los perfumes que tanto le gustaban, todo en orden, todo como cualquier segundo sábado previo a navidad, sin embargo, fue entonces que los más inesperado pasó, Josefa emocionada encontró su perfume favorito en oferta, nunca en la vida habían visto aquel perfume en oferta, más en ese día en particular y sucedía que debido a la terrible bancarrota de la marca del perfume en cuestión, la tienda estaba rematando los últimos ejemplares de la fragancia. En un frenesí femenino, muy poco común en Josefa, decidió en aquel momento salirse del exacto presupuesto mensual – debía comprar este perfume en mes y medio más – y comprarlo en ese mismo instante, Miguel se sintió extrañísimo, como si la música de la orquesta desafinara o si la película se saltara una escena. Lo siguiente pasó muy rápido: Josefa tomó el perfume y quiso ir a la caja donde siempre compraba, pero cómo no, no era el día en que ella siempre compraba su perfume, la caja no estaba ni siquiera abierta a esa hora, una vendedora le indicó que bajara un piso, así que a trompicones tomó de la mano a Miguel y lo guió a las escaleras. Cómo nunca pasaba, se devolverían un piso para realizar la compra, y entre anaqueles y góndolas, Josefa logró divisar una cajera libre. Corrieron a su encuentro y en un descuido de un minuto, Miguel se soltó de su mano y siguió caminando por el pasillo. Rumas de cajas se elevaban a ambos lados del pasillo y al final de este una luz rojo cegaba a Miguel, quién pese a darse cuenta de que se alejaba más y más de su madre, siguió caminando hasta el final. Era hermosa, no, era sublime, era la bicicleta más perfecta que podría haber imaginado Miguel. Un raro espécimen en rojo metalizado con el manubrio en cuero blanco y una palanca de cambio cromada con la bandera de Francia grabada en la superficie, una edición limitada que celebraba el aniversario de no sé qué, aunque para Miguel ese detalle no tenía ni la más mínima importancia, porque era simplemente una belleza. Miguel ya levitaba hipnotizado por aquella sirena de dos ruedas cuando Josefa lo bajó de un tirón dándole una palmada en la cabeza. – ¿Y tú donde te habías metido?, ya, vámonos, que las compras están listas y debemos regresar a casa. – Es que… ella… Francia… – Por Dios niño, ¿Qué estás balbuceando?… Aaaaah, ya entiendo. Miguel sabes perfectamente que con tu padre ya tenemos tus regalos, no podríamos hacer tal desarreglo a estas alturas. – Pero mamá, ¿no podrías consultarle?, a fin de cuentas, la fiesta es por dos. – Está bien, pero no te prometo nada. El camino a casa fue sin duda silencioso, Josefa recorrió las calles de siempre y Miguel observaba las ya conocidas vistas del viaje, mas su cabeza esa mañana estaba en otro planeta. Para todos nosotros la navidad es una fecha especial sin duda, sin embargo para Miguel, tenía otro significado paralelo que vale la pena considerar para entender su predicamento: Otros padres podrían considerar dejar el obsequio ya comprado para su cumpleaños y colar la bicicleta en navidad, pero el asunto es que para Miguel su cumpleaños y navidad, bueno, es que son el mismo día. Josefa y Carlos – padres de Miguel- se escapaban cada año durante la hora de colación de Carlos, el primer miércoles de diciembre del año, y compran un regalo grande y otro pequeño para celebrar ambas festividades, luego Miguel acompaña a su madre a ver los regalos de los demás. Dos regalos, eso era todo los que repetía en su cabeza, dos regalos que desde hace días se encontraban acomodados bajo el árbol de navidad en su casa, y dos regalos que sin lugar a dudas no parecían un bicicleta por ningún ángulo visible. ¿Era todo?, ¿Había conocido el amor en aquella belleza demasiado tarde?, ¿Es que acaso este cuento iba a ser así de amargo? – Pero Miguel, tú tienes suerte, mis padres todos los años me dan un regalo para navidad y la mayoría de las veces apesta, ¡corrección!, apesta todas las veces. – Es que no entiendes Pablo, el asunto que no hay otra oportunidad, tus padres tienen tiempo de resarcirse entre festividades, lo mío es lo que hay ese día y nada más. – Cómo digas, pero creo que exageras, ¿Y si tus papás te dan algo aún mejor? – Ya veremos. Al llegar el 23 de Diciembre los nervios de Miguel ya llegaban a estado crítico, seguía sin aparecer señal de la bicicleta soñada y su madre no parecía tener ningún interés en salir a comprar algún regalo de último minuto. Pero claro que Miguel no dejó las cosas al azar, no podía esperar que su futuro quedara en las manos de sus padres, en especial con lo poco sorpresivos que solían ser Carlos y Josefa. Las señales no fueron para nada sutiles, folletos marcados en rojo en el baño, fotos de bicicletas pegados al espejo retrovisor del automóvil de su padre y qué decir de la repentina obsesión de Miguel por Francia, había banderas por todos lados e incluso, en un ataque lingüístico, Miguel comenzó a saludar a todos en casa por “madame” y “monsieur”, únicas dos palabras en francés que conocía. La mañana del 24, Carlos, el padre de Miguel, no trabajaba así que la familia completa se sentó junta a la mesa para tener un desayuno de víspera de navidad. El desayuno iba viento en popa, la hermana mayor de Miguel estaba relatando una divertida anécdota de la universidad y todos escuchaban atentos, todos excepto Miguel que había decidido hacer una ridícula huelga justamente en nochebuena, no hablaba, no comía y peor aún, miraba con desdén la mesa como si tuviera algo mejor que hacer y su familia lo estuviera reteniendo a la fuerza. Su padre, cansado de aquella actitud, posó su tasa en el platillo con cierta fuerza y lo miró directamente. – Miguel, ya deja esa actitud que no te llevará a ninguna parte. Con tu madre nos esforzamos muchos para comprarte los regalos que están bajo el árbol y este comportamiento nos hace sentir cómo que eso no te importa. – ¡Pues claro que no me importa, yo quería la bici! Miguel soltó aquella bomba y salió corriendo fuera de casa y calle abajo, su padre lo siguió la primera cuadra y media, pero siendo un hombre grueso, no pudo seguirle el paso. Corrió y corrió, corrió más que nunca antes lo había hecho y por calles que no sabía que existían en la cuidad, eso hasta llegar a un barrio que no conocía en absoluto, un lugar gris y sucio, lleno de casas pequeñas que parecían estar a un segundo de colapsar. Miguel se detuvo exhausto en una tranquila esquina donde un niño jugaba con una pelota. Por algunos minutos Miguel se le quedó mirando; Parecía un niño como cualquiera, pero vestía diferente, su ropa le quedaba grande y parecía que no era lavada hace días. Al poco rato el chico se sentó junto a Miguel y lo observó con mirada inquisidora. – Parece que estás lejos de casa. – Eso creo, corrí mucho, creo que nunca había estado por aquí. ¿Vives cerca? – Aquí junto. El chico señaló una casa pequeñísima, aún en comparación a las demás de la calle. Continuó preguntando: – ¿Y tú, por qué corrías? – Quería alejarme de casa. Discutí con mi padre, tenía tanta rabia que no aguanté más. – ¿Rabia?, ¿Por qué? – Es que hay una bicicleta fabulosa, es la mejor del planeta, pero mis padres ya me compraron mis regalos de este año así que no quieren comprármela. – ¿Y por eso te enojaste? El chico parecía no entender la razón que le daba Miguel. – ¡Claro que sí!, obvio, no entiendo porque son tan injustos, si mis otros regalos pueden servir para otra ocasión. – Sabes que no te entiendo, estás enojado cuando deberías celebrar. – ¿Ah? – Claro que sí, tus papás te tienen regalos hechos con todo su cariño y tú reclamas por una tonta bici. Mi mamá no tiene para hacernos regalos a mí y a mis hermanos, ni siquiera pasará la navidad con nosotros, porque debe trabajar. – ¿Cómo, pero entonces quién hará la cena de navidad? – No tenemos cena, mañana mamá llega con la comida que sobre en el restorán y comeremos juntos. – No sabía que te la llevabas tan pesada. – Así es para algunos, no todos tenemos la suerte que tú tienes y más encima ni te das cuenta de ello. El muchacho se levantó de golpe y entró rápido a su casa, al abrir la puerta Miguel vio a 3 niños más en una pequeña salita sentados en un colchón tirado en el piso. La puerta se cerró y Miguel quedó solo. Un gusto amargo subía por su garganta, que parecía apretarse en un grito inaudible. Miguel se puso de pie y corrió en dirección a casa. Ya era de noche cuando se detuvo frente a su puerta, la luz de la sala estaba prendida y se escuchaba alboroto a dentro y la voz de su madre que discutía con alguien por teléfono. Cuando se abría la puerta, toda la familia se dio la vuelta de inmediato y Josefa corrió donde Miguel que la abrazó con todas sus fuerzas. Su madre lloraba mientras le besaba la cara y sus hermanos y padre se abrazaban al ver que Miguel había vuelto sano a casa. – Mamá, papá, lo siento tanto… fui un tonto… estuve con un niño… todo era tan triste… no quise… – Más lento mi niño, no te preocupes, lo único que importa es que estas aquí, nos tenías tan preocupados. Miguel pasó los siguientes minutos contando lo que había ocurrido, mientras toda su familia escuchaba expectante. Les dijo que había conocido a un niño, les habló de su casa y de su madre. Al terminar el relato, guardó silencio, su madre extendió su mano y acarició la frente de Miguel. – No debí actuar como lo hice, ustedes son geniales y yo fui muy egoísta. Lo siento, yo no necesito esa bicicleta, no necesito ningún regalo y el berrinche de esta tarde, bueno… fue eso, una tontería. Lo único que quiero esta Navidad es estar con mi familia. – Hijo, estoy orgulloso de ti. – ¿Cómo es eso papá? – Es que a tu madre y a mí nos has dado el mejor regalo de navidad. Todos hacemos tonterías y actuamos egoístas de vez en cuando, pero esta nochebuena entendiste lo que significa la Navidad. No son los regalos, ni la comida, es disfrutar en familia y dar amor sin querer nada a cambio. Esa noche de navidad, Miguel y su familia se sentaron en la sala y contaron historias y rieron toda la noche. Miguel nunca olvidaría esa Navidad, la mejor de todas.

Por Miranda Mayne-Nicholls V.

Diciembre 2009

¡Feliz Navidad!

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Tiempo de cocción: la víspera de Navidad

Ingredientes:

–         1 familia (no importa el tamaño o el número de integrantes, pero recuerden, mientras más son, más difícil manejar la preparación)

–         1 árbol de Navidad con luces

–         1 pizca de música

–         1 pesebre

–         Galletas, dulces y comida por montones

–         Abrazos y besos a gusto

–         Buena conversación

Instrucciones:

Para comenzar debe reunir a la familia en la sala de estar, mézclela con una pizca de música y galletas navideñas. La familia requiere un fuego lento para alcanzar su punto, esto se consigue con uno o dos abrazos cada 2 horas por integrante.

Una vez en su punto, nos preocupamos por el adobo. El pesebre debe estar iluminado por las brillantes luces del árbol de Navidad, mientras tanto se espolvorea a la familia con conversaciones sobre los bellos tiempos de niñez y unos besos a gusto.

Y para finalizar, la guinda de la torta, una taza… no, un tazón lleno de amor que se esparza hasta el final de la noche.

Recibe un abrazo de Allegra Mayne-Nicholls

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Hasta la agente Marla sabe que en la Navidad hay que desacelerar el ritmo y centrarse en la familia y los amigos. Tenía todavía algunos casos en los que trabajar, como el misterio del virus de los zapallitos italianos o la desaparición de la trompeta del gallo mayor de la granja. Pero, aunque reconocía la importancia de todo caso, hasta del más pequeño y simple en apariencia, había hecho un alto en el camino. Así que puso los expedientes en el cajón de “En espera hasta después de Navidad” y se dispuso a celebrar las fiestas como correspondía.

 

Lamentablemente la agente Marla no se imaginaba hasta dónde podía llegar el comportamiento de alguien inescrupuloso. La mañana de Nochebuena, se fue caminando hasta el gallinero de las ponederas más expertas donde vivía su madre, para ayudarla a preparar la cena de Navidad. Estaba de tan buen humor y el día estaba tan hermoso, que decidió dar la vuelta larga desde su gallinero de agentes hasta el de las ponedoras. Ese camino le permitiría detenerse un momento a contemplar el árbol de Navidad y el Nacimiento que la familia de la casa grande ponía en el jardín cada año.

 

Cuando llegó al jardín, no podía creerlo: ¡la estrella del árbol no estaba! Es más, ¡había desaparecido! Todos los animales lo comentaban. La familia de la casa grande se paseaba desconsolada y repetía: “No puede ser, si anoche estaba en el árbol”. Claramente alguien había tomado la estrella, ¡la habían robado! El hecho no podía archivarse en el cajón de “espera”, sino que debía enfrentarse inmediatamente, porque no se podía llegar a la Navidad sin la estrella. Se devolvió corriendo a su oficina, tomó sus implementos y firmó el expediente del caso 1525, lo que quería decir que ella se haría cargo de la investigación.

 

Como no había tiempo que perder, formó un equipo para el cual convocó a las más destacadas agentes, con diversas especialidades. La agente Carly, experta en recolección de pistas; la agente Remedios, especialista en ADN; y la agente Sol, un as de los interrogatorios. Ella misma participaría en cada aspecto de la investigación, puesto que  era especialista en todo.

 

Debían apurarse, porque la desaparición de la estrella había causado desazón en la granja. El gallo mayor no quería entonar su quiquiriquí. Las ovejas se negaban a que su lana siguiera creciendo, y las vacas no hacían muuu ni se encontraban en condiciones de producir leche. Incluso su madre, aquella gallina ponedora tan optimista y alegre, se había dejado abatir y no era capaz de iniciar los preparativos para la cena de la noche.

 

Marla dio a las otras agentes exactamente una hora para trabajar. Concluido el tiempo en cuestión se reunieron, compararon pistas y se largaron a discutir sus teorías. En principio no parecía haber solución, ya que nadie había visto algo sospechoso, no había más huellas que las de la madre de la casa, quien había montado y decorado el árbol de Navidad. Las pruebas de ADN eran inconclusas; los interrogatorios, banales y las pistas insuficientes.

 

Marla estaba muy preocupada. Dijo a las demás: “No podemos dejar esto así. Sin la estrella, los Reyes Magos y los pastores no habrían encontrado el pesebre en que nació el pequeño Niño. Debemos esforzarnos”. Se dio cuenta de que debía interrogarse a los humanos, ¿pero cómo hacerlo? Aprovechó que se encontraban apesadumbrados para colarse a la casa grande sin ser vista. Estaban todos tomando desayuno y hablando de la desaparición de la estrella. Marla se escondió entre las frondosas hojas de una planta ubicada en un rinconcito, sacó su libreta y anotó cada palabra que era pronunciada en la mesa. De pronto, se dio cuenta. No le importaba ya ser muy sigilosa, así que salió corriendo del macetero en dirección al jardín, provocándoles un gran susto a los humanos sentados a la mesa. Los humanos salieron tras la gallina sin comprender cómo había entrado a la casa ni menos por qué había salido tan deprisa que había perdido una plumita.

 

Marla se fue aleteando y corriendo hasta el árbol que este año contaba con una decoración que simulaba un manto de nieve. Buscó bien en la nieve falsa y descubrió que ¡la estrella desaparecida estaba ahí! No había sido robada, sino que se había caído.

 

Cuando escuchó que los humanos comentaban el fuerte viento que se había levantado la noche anterior, supuso que, si la estrella había sido mal ajustada, podría haberse caído y estar escondida entre la nieve. Los humanos, que habían seguido a Marla, tomaron la estrella y la aseguraron a la punta del árbol. Todos estaban felices, de nuevo había espíritu navideño. Marla estaba extasiada, no solo porque había encontrado la estrella, sino porque nadie había robado un ícono tan importante. Contenta por haber cumplido con su deber, se fue con su madre al gallinero a preparar la celebración de Navidad.

Un abrazo de Alida Mayne-Nicholls

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Las tradiciones de Navidad

El pesebre:

La única y verdadera tradición cristiana es el pesebre, que en millones de hogares simboliza y recuerda el nacimiento de Nuestro señor Jesucrito en el pesebre de Belén. Como sabemos, María, que estaba por dar a luz,  y José debieron viajar a Belén  a causa del censo –ellos vivían en Nazareth, el mismo lugar donde luego crecería Jesús-, que los obligaba a inscribirse en la ciudad donde había nacido José.

La tradición  manda que la figura del niño no debe ponerse hasta las doce de la noche del día 24 de diciembre y es el más joven  de la familia el encargado de hacerlo. Junto a la Sagrada Familia suelen estar los pastorcillos que les llevaron regalos, los reyes magos que  venían desde lejanas tierras a adorar al Mesías y los animales del pesebre: la vaca,el burro y algunas ovejas.

Y siempre lo más importante de la Navidad, es el mensaje de Jesús:

-“Amaos los unos a los otros como yo os he amado”

 

Los Reyes Magos

Habrían venido desde muy lejos los tres –Gaspar, Melchor y Baltasar-, para celebrar la llegada del niño, trayendo oro, mirra y especias. Fueron guiados por  una estrella al lugar donde  Jesús habría de nacer  en medio de la soledad y la pobreza.

En muchos países, todavía se entregan regalos a los niños en su recuerdo y eso siempre ocurre el día 6 de Enero.

 

El árbol de Navidad

Por muy bonito que nos parezca, el árbol se origina en una tradición pagana, muy antigua. Los primeros pueblos germanos creían que la Tierra estaba colgada de las ramas de un árbol  colosal, y que de otras ramas pendían  la luna, el sol y las estrellas.

Tras la llegada del cristianismo, este símbolo de vida –no olviden que los pinos son de hoja perenne, nunca pierden sus agujas- comenzó a decorarse con frutas, velas y adornos brillantes. Se cuenta que un misionero cristiano, no pudiendo arrancar esta costumbre de los pueblos germanos, la adoptó dándole sentido cristiano.

Los primeros registros históricos lo sitúan en Alsacia alrededor del  siglo XVII.

 

La Corona de Navidad

Simboliza el período de Adviento, o sea, las cuatro semanas en espera del Nacimiento de Jesús. Originalmente era de ramas de pino o ciprés. Siempre debe llevar cuatro velas, una por cada semana. Este sí  nació como símbolo cristiano.

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  Mucho, mucho tiempo atrás, los primeros cazadores que habitaron las tierras nórdicas descubrieron en el Reno un animal, además de bello,  inteligente, sociable y fácil de domesticar. Dejaron pues de cazarlo y  conservaron algunos de los ejemplares que cazaban  con vida para, de esa manera, formar una manada que les proporcionase carne, leche y animales de tiro al mismo tiempo. Hasta el día de hoy, por ejemplo, los lapones  cuidan sus  rebaños.

 Al principio, los renos estaban desesperados, ellos se sentían nacidos para correr por las estepas, para escarbar su alimentos bajo la nieve con las patas o ramonear los brotes  frescos de los arbustos, no para ser ordeñados y carneados cuando al pastor le viniera en gana, sin embargo, ya eran prisioneros y no les quedó más remedio que adaptarse a su nueva vida. Los más fuertes y valientes huyeron y observaban la situación desde los bosques sin poder hacer nada.

– Si los ayudamos, el Hombre nos arrebatará  la libertad – dijeron-, y  correr  sobre la tierra es lo que más amamos.

Y los renos domésticos se conformaron pensando:

– Cuando las tormentas azoten la tierra y las agujas de hielo  cierren los ojos de los renos montaraces, nosotros estaremos abrigados y  felices comiendo el forraje que nos da el Hombre.

De esa manera,  retomaron sus vidas separadas hasta el día de hoy.

El Hombre hacía trabajar mucho a sus renos, pero apenas se cansaban se tendían en la nieve y no había nadie que los hiciera levantarse hasta el día siguiente. El Hombre se daba por vencido y los  encerraba en el corral  para que descansaran y se alimentaran. Los hombres, por otra parte,  comían, tocaban música, bebían y se sentaban en un corro en torno al fuego. Allí pasaban toda la noche y parecían muy entretenidos.

Un día, curioso, Reno se acercó a observarlos. Los hombres tenían  algo que llamaban Juego. Cada uno de ellos ponía un poco de plata sobre la tierra y mientras algunos se iban quedando con los montoncitos de plata entre risotadas, otros  debían irse muy tristes y con las manos vacías.

– ¿Qué es lo que hace el hombre? –le preguntó el Reno al Lobo.

– Sea lo que sea que el Hombre haga, te aseguro, Reno, que no será bueno para nosotros –respondió el Lobo.

Y se fue corriendo a aullar en el borde de los riscos cubiertos de nieve.

El Reno continuaba intrigado de manera que buscó a la Liebre para preguntarle:

– ¿Qué crees tú, Liebre, que entretiene tanto al Hombre?

– Si del Hombre se trata, no quiero saberlo –contestó la Liebre y corrió a esconderse en su madriguera.

El Reno no daba más de curiosidad, apenas el Hombre  formó el círculo alrededor del fuego, invitó a sus hermanos y se pudieron a observarlo.

– ¿Qué hacen ustedes a nuestras espaldas, Reno? –demandó el hombre con desconfianza.

– Queremos saber qué cosa hacen que les da tanto gusto –respondieron los Renos.

– ¿Eso era todo? Tan  sólo jugamos la plata que hemos ganado con nuestro trabajo –dijo el Hombre- ¿Quieren participar?

– Pero  los Renos no  ganamos plata con nuestro trabajo –dijeron los Renos.

– No importa –concedió el Hombre-,  pueden apostar horas de trabajo. Si ganan, serán menos, si pierden, serán más.

Así, los Renos ingresaron al círculo. Bebían agua y comían pasto en grandes cantidades, pero no se dieron cuenta de que cada día iban perdiendo más horas de su descanso en manos de sus amos. Llegó el momento en que caían reventados de cansancio y entonces se negaron a seguir jugando.

– Si no juegan, páguennos –dijeron los pastores.

– No podemos ponernos de pie –se quejaron los Renos.

– Entonces, que trabajen las hembras y las crías y si no lo hacen, serán nuestra comida –amenazaron los Hombres.

Tanta fue la desesperación de los Renos, que en la noche de navidad Santa Claus, que andaba por allí repartiendo los regalos de Navidad, sintió sus gemidos y vino a conocer la causa de tanto dolor. Santa Claus los escuchó con atención, a  veces meneaba la cabeza como si  estuviera disgustado y otras abría mucho los ojos, como si no pudiera creer lo que oía.

– El Hombre, una vez más, se ha pasado de la raya, pero no teman, yo solucionaré todo.

Y se fue donde los Hombres  muy enojado.

– Lo qué hacéis a los Renos es una crueldad y me indigna –espetó-, pero tanto como conozco al Hombre, se que no le daréis la libertad, de manera que yo pagaré sus deudas de juego, todas ellas, para que el Hombre no pueda robarles sus horas de descanso.

Y el hombre, que había visto  con sus ojos que los Renos no podían durar mucho más trabajando de esa manera, aceptó, se metió la plata en el bolsillo y se fue muy contento.

Santa Claus volvió donde los renos.

– He gastado hasta la última onza de plata de mi bolsa –explicó Santa Claus- de modo que no podré  pagar a los duendes que me ayudan a repartir los regalos. ¡Este será un año muy triste para los niños que se quedarán  sin sus  regalos de Navidad!

Pero entonces, los Renos montaraces salieron del bosque y fueron  hacia él:

– Los niños no pueden perder sus regalos por culpa de los padres, Santa, trae tu trineo y nosotros tiraremos de él.

– Pero ya no tengo plata para pagarles – se lamentó Santa Claus.

– ¿Pagarnos? Tú has salvado las vidas de nuestros hermanos domésticos. Hasta el fin de los tiempos, los Renos tiraremos de tu trineo en señal de gratitud.

Emocionado, Santa Claus unció los renos al carro, les espolvoreó con polvo de estrellas y restalló su látigo en el aire. Antes de darse cuenta de lo que sucedía, los Renos iban volando  sobre las copas de los árboles y aunque tiraron del trineo toda la larga noche, no supieron lo que era el cansancio.

Y así sucede que, cada año, los Renos montaraces postulan para formar parte del tiro de Santa Claus y cuando van volando con su pesada carga no sienten  ni el peso de la carga  ni el paso del tiempo y se sienten orgullosos de su noble tarea  asumida por gratitud. 

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