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De improviso una fuerte corriente perturbó las dóciles aguas del río en donde se bañaba Ignacio. Su grito de pánico se confundió con ellas. Sus amigos, que estaban un poco lejos, no lo escucharon. En seguida fue arrastrado unos cuantos metros sin que pudiera asirse a nada. Casualmente, las lianas de un árbol, se mecieron por el viento y estuvieron al alcance de sus manos. Con agilidad asombrosa se aferró a ellas y, haciendo esfuerzos enormes, pudo alcanzar la orilla.

Ignacio miró con espanto las aguas furiosas y se dijo que había tenido suerte de haber podido agarrarse a las lianas. Subió lentamente por la orilla, pero, a veces miraba espantado hacia el río. Pensó que debía haber llovido mucho en la parte alta para que las aguas se deslizaran tan enfangadas y violentas. Advirtió cómo a su alrededor los rayos del sol bañaban las plantas y estaba el ambiente tan normal, que, asombrado, le pareció todo lo sucedido muy incomprensible. Siguió caminando y pensó que sus amigos estarían inquietos buscándolo. Al fin los escuchó echándoles voces.

—Aquí estoy —les respondió y caminó en dirección a ellos.

— ¡Ignacio, cómo te hemos buscado; pensábamos que te habías ahogado! —dijo casi llorando Alberto, y Noel lo abrazó con tanta fuerza que creyó que lo ahogaría.

—Nosotros estábamos entretenidos mirando un nido de zorzal —dijo Ignacio y se quedó pensativo, luego añadió— las aguas estaban tan tranquilas que no pudimos imaginar que…

—Fue todo tan inesperado, la naturaleza es tan…

—Impredecible, como dice mi mamá —completó Noel.

Y los tres se quedaron mirando asustados las frenéticas aguas, sin saber la manera de pasar a la otra orilla.

Un pez saltó en el agua, no era como otro cualquiera: en vez de aletas tenía alas, ¡pero qué alas tan preciosas! Y el pez les habló.

—Los llevaré a la otra margen del río. Súbanse en mi lomo. No se entretengan revisando mis ale… digo, mis alas, pues podrían caerse.

Los niños se miraron perplejos. Sin embargo, un aguacero espontáneo los hizo decidirse a trepar al pez, el cual los trasladó en seguida a la orilla opuesta. En cuanto se bajaron de este, una nube lo alzó y, cuando estuvo a cierta altura, desplegó completamente sus alas y los múltiples colores reflejados en ellas le dieron la semejanza de un arcoíris gigante que, según se iba empinando, parecía esparcir sus matices por el firmamento.

Los niños se quedaron extasiados mirándolo hasta verlo desaparecer. Al mirar otra vez al río, vieron sorprendidos, cómo las que fueron unas ruidosas y enturbiadas aguas, se habían tornado nuevamente transparentes y mansas. Aseguraron que solo el pez con alas lo pudo haber hecho posible. Entonces regresaron a sus casas y esa noche no se durmieron fácilmente porque tenían en su memoria aquellas alas bellas.

 

Gisela de la Torre  Montoya, escritora de literatura infantil de de Stgo de Cuba, Cuba

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