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Archive for the ‘hora del cuento en aracataca’ Category

         …Mi prolongado viaje, querido Daniel,  apenas está comenzando. Desde mi larga gestación en las entrañas de la tierra  la sorprendente vida del planeta ha desfilado ante mis ocelos como  un colorido, vibrante carnaval en que se mezclan, como en un cóctel,  grandes saurios de afiladas garras, homo sapiens  que imprimen sus manos en las paredes de las cavernas, diluvios terroríficos, glaciaciones que congelan  los bosques, ríos de lava que desbordan los cráteres de los volcanes burbujeando como champaña, patriarcas que guian a sus pueblos,  caballeros andantes que acorralan dragones,  ballenas bufantes de los siete mares y narvales de colmillo enroscado, damiselas que piden socorro desde torreones de piedra, corsarios de parche en el ojo, músicos de larga cabellera,  escritores que inventan  mundos que no envejecen, rockeros de modales desenfadados y héroes que de tan desprendidos no se han enterado de que lo son.     Zzummm, zzummm. El planeta es una caja de sorpresas inagotables y en todas partes, allí donde se necesitaba que un hecho se imprimiese en la memoria de los hombres, allí estaba un escritor.

A mí las letras no se me dan muy bien, lo mío es el escenario. No soy ni tan frívola ni tan vanidosa como parezco. Finjo muy bien, tengo pasta de actriz,  y de las grandes. La  abuela solía decir que yo habría sido tan buena como la divina Sara o la trágica  Eleonora.  También he sido siempre una avispa curiosa. Yo hubiera querido estar con todos ellos…no te imaginas cómo me habría gustado  escuchar la tos cascada del hidalgo de La Mancha o sentir la caricia de las manos de Mona Lisa del Giocondo…(¡me muero de ganas de saber por qué sonreía con esa gracia atemporal!) ¡Daría mi engaste de oro por volver atrás  el tiempo y poder centellear en el jubón  de Leonardo, por embarcarme en la Santa María a descubrir  Indias que no son tales  o por  surcar el espacio en la Apolo XI para escuchar el silencio infinito de la noche universal!

           

En mi modesta opinión, lo mejor de todos esos hombres, aún de los peores, residió en la audacia, el desenfado y  la curiosidad que los empujó al otro lado del globo y la valentía que los sostuvo hasta que dieron el último suspiro. ¡Ojalá hubieras estado tú allí para documentar sus pasos, Daniel, lo habrías pasado de maravillas.

Al acompañarlos, yo puse un toque de belleza en sus periplos, ese no sé qué de elegancia que sólo una verdadera avispa de ámbar puede dar. Zzummm, zzummm. (Recuerden que hay muchos mosquitos que en vano han querido imitarme, qué frescura) 

Por el momento, me acarician las manos de esta dama encantadora que me cuida como hueso santo. Zzummm.  No está nada de mal, pero tampoco  pierdo las esperanzas de ser raptada por un extraterrestre que me lleve a conocer los anillos de Saturno. Hace mucho tiempo que me enteré de que las estrellas fugaces no están hechas de diamantes fundidos, de manera que me encantaría visitar esos anillos de hielos  más eternos que cualquiera que haya conocido la Antártida. Quizás me toque en suerte un ladrón internacional de joyas; por si acaso, siempre reluzco lo más posible para deslumbrarlos…pero esta es una ciudad demasiado tranquila.

Zzummm, zzummm. No importa, Daniel, la puerta del mañana siempre está abierta, ni siquiera mi prisión ha impedido que vuele de un lado a otro…quién sabe con qué cosas me encontraré a la vuelta de la próxima página.

            En todo caso, suceda lo que suceda. ..no sé cómo pedírtelo y por favor, no se lo digas a nadie, me da un poco de pudor, pero, cuando tú escribas, ¿crees tú que sería mucha frescura pedirte que yo sea uno de tus protagonistas?

Cariñosamente

Mignon

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La audiencia, expectante, no emite un suspiro. ¡Cómo se ha hecho de rogar la abuela  esta noche! Y esa pesada de la señora Márquez, que no se iba nunca.

 

Al día siguiente, la noticia corrió como un reguero de pólvora: el señor López había pedido la mano de la señorita Soto y la que pudo haber sido su suegra le había dado con la puerta en las narices. Todo parecía incomprensible ¡no podían haber desaprovechado la ocasión!

 

-Eso es trampa, abuela, tú dijiste que triunfaba el amor y…

-¡No nos adelantemos a los hechos, Daniel, todavía tenemos paño para cortar. -Responde la anciana.

-¿Qué vamos a cortar qué?

-Es sólo una manera de decir, Daniel. Un futuro escritor, como tú, debiera ir familiarizándose con los dichos. Los viejos, los actuales, los que vienen. Pero, ahora,   volvamos con el cuento:

 

De inmediato, la  madre de la Señorita Soto dispuso algunas medidas draconianas:  Se suspendieron las clases y se prohibió para siempre el ingreso del señor López en la casa. La  tragedia fue mayúscula, la señorita Soto no paraba de llorar y  su  único  consuelo  era que Armida la fuese a visitar llevando con ella el broche de ámbar -sí, mi encantadora personita-  sobre la blusa.

            -Sólo la belleza logra consolarme. – gimoteaba la señorita Soto.

Yo la comprendía, para qué voy a negarlo, pero eso no quiere decir que estuviera contenta con mi exilio pasajero. Armida, para calmar su dolor, me prendía en su pecho y me dejaba allí hasta el otro día. Un martirio. No me sacaba de encima esas manos heladas de señorita a la que no se le mueve un pelo. Además, yo sabía muy bien que debajo de esa superficie de hielo se estaba incubando la erupción de un volcán. Yo era testigo de todo: de su desesperación, de las notitas secretas que le llegaban por mano de la vecina y de las muchas veces que casi cayó ventana abajo tratando de divisar al señor López, que la espiaba escondido a la vuelta  de la esquina.

            Si el rechazo del señor López fue la comidilla de la ciudad, lo que inevitablemente debía suceder a continuación equivale a la destrucción de Pompeya. Zzummm, zzummm. Yo caí de las nubes, Armida abandonó el piano para siempre y su madre pagó muy duro el no haberle dicho nunca por qué la había bautizado con ese nombre fatal. 

           

            Tuvo que ocurrir todo aquello para que mi madre llegase a confesarlo, principalmente, porque mi padre se lo arrojó a la cara en un momento de exaltación.

            -¡Cómo se te ocurre -gritó- cristianar a esta niñita con el nombre del vapor que naufragó frente a  la Poza de los Caballos!

            Esa era toda la madre del cordero. El alarido de mi padre resultó ser la manera de enterarme  de que llevaba yo un  nombre maldito por la fortuna, un nombre que acarreaba la desgracia. Pero también un nombre lleno de matices, que había desbocado la imaginación de mi madre desde el mismo día que el Armida , vapor de bandera alemana,  se hundió,  con toda su tripulación y el estandarte al tope, a tan sólo cien metros de la costa,  por causa del maremoto de 1887…Sólo a mi madre se le podía ocurrir  darle ese nombre a su primera hija;  a mí, lo que es más trágico. Sólo  a ella.

            Allí, por fin, me quedaba todo claro: la leche cortada,  los innumerables accidentes sufridos por nuestra familia,  el amor fallido de la señorita Soto y  la mala fama que he acarreado desde el día que nací. Yo no podía quedarme sin hacer nada al respecto; supe que debía hacer cuentas con lo que quedaba de mi infancia y prepararme para el futuro. Y  debo decir que fui muy positiva.

Evaluemos:  Lo mejor de lo ocurrido, fue terminar con las clases de piano, que a decir verdad, no me gustaban para nada.   Lo  peor, fue despedirme de mi querida avispa, al fin y al cabo, se suponía que yo estaba destinada a heredarla.   Lo más entretenido, los comentarios del pueblo, que se extendieron por meses.  Lo más sanador, fue liberarme de  la maldición del Armida. Me sentí, de pronto, como si naciera de nuevo, limpia e inocente,  porque después de todo, nunca había tenido yo la culpa de nada. Esa, por completo, le pertenecía a mamá.

Y, por último, siempre es mejor llamarse Armida que Hermelinda, ¿no creen?

 

            ¡Confío que nadie creerá su discursito de cordero sacrificial! Yo fui  la verdadera y única víctima. Yo fui la infortunada que pagué por todo,  yo, que no tuve arte ni parte… Zzummm, pero claro, esta niñita es tan egoísta que será incapaz de reconocerlo. Yo fui la sorprendida esa madrugada, cuando la señorita Soto me prendió en su abrigo y se fugó por la puerta falsa, donde la estaba aguardando, muerto de miedo, su adorado afinador;  yo fui quien sirvió de testigo cuando se juraron amor eterno delante del padre Gordillo,  yo fuí la que casi muere triturada cuando el tren que nos llevaba hacia el sur se  descarriló en el kilómetro  mil trescientos veinte   y yo fui también la que perdió pan y pedazo cuando los rescatadores se llevaron a la señorita Soto y  su flamante marido al hospital más cercano,  dejándome abandonada sobre los restos destrozados del vagón. Yo, y sólo yo, supe lo que significaba ser recogida por un vagabundo, vendida a precio vil en un mercado, ir de aquí para allá como maleta vieja  y terminar  mi calvario en las manos de un joyero bogotano,  aburriéndome como ostra por treinta años más   gracias a cincuenta relojes de mediocre calidad y un despertador descompuesto. Yo,  Yo,  yo, siempre se trató de mí; si la maldición fue traspasada a la señorita Soto, yo lo causé; si triunfó el amor, a mí me deben las gracias,  aunque esa niñita vanidosa insista en decir que ella lo sufrió todo, que ella  fue la víctima de extrañas circunstancias. ¿De qué, digo yo?

 

-Y bien,niños,  hemos llegado al final de nuestras reuniones nocturnas. La de Armida fue la última historia.

La abuela, piensa Daniel, se ve un poquito triste  al decir que se terminó su cuento. Es extraño lo que sucede, también a él le ha puesto un poco triste  llegar a la palabra fin;  por más largas que fuesen,  las historias le han dejado un sabor a poco, a algo que falta.

Todos los niños se han despedido ya de la abuela. Ella les besa la frente y les regala un delicioso confite de chocolate y coco.    Cuando llega el turno de Daniel, el niño se acerca hasta la anciana y se empina para abrazarla y recibir el beso.

-Para tí tengo otro regalo, Daniel.

La anciana va hasta el escritorio y saca del cajón unas hojas enrolladas con una cinta azul.

-Esto lo escribió Mignon especialmente para tí.- Dice.

Daniel  parte a dormir apretando contra su pecho el rollito de páginas manuscritas. Esta misma noche lo leo, se promete, aunque me muera de sueño.  

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Abuela está muy bien vestida esta tarde. Lleva puesto su traje de seda de la China  con estampado de rosas, una puntilla de hilo tejida a crochet y su broche de oro y ámbar. Se ve hermosa la abuela. Quizás sean los mágicos ocelos de Mignon los que le dan  a los de la anciana un especial brillo mientras  relata con acento misterioso: 

 

-La culpa de todo, la tiene mi madre. Mire que dejarme ir por la vida sin una advertencia siquiera, sin un  ¡cuidado!  Qué va, me ha dejado ir de fiestas, de pic nic, de playas y de excursiones sin decir agua va. Me levanta temprano, me da el desayuno en la cocina, me peina las trenzas y me envía al colegio con un bolsoncito de cuero del que estoy  muy orgullosa. Mi uniforme es una maravilla, usamos unos hermosos uniformes azules con cuello marinero y una gorrita de tripulante que todos los otros colegios nos envidian. A medida que uno crece puede ganar méritos y eso significa tener hermosos cordones dorados o jinetas de seda que se ven la mar de bien. Mi colegio es siempre el que mejor luce en los desfiles patrióticos.

Cada tarde, después de almuerzo y todavía con el uniforme del colegio puesto, parto yo a casa de la señorita Soto   a lidiar con el piano. No es que me guste mucho, pero mi madre siempre dice que una señorita no es tal si no puede acompañarse al piano cuando canta y yo soy una hija obediente, aunque corra por allí el ingrato rumor de que  atraigo las calamidades.

            Sea como sea, ya lo dije, no es mi culpa. Yo sólo hago lo que me dicen  y si mamá me hubiera aclarado el origen de mi nombre no tendríamos nada que lamentar. ¡Armida! Llama mamá,  y yo cruzo toda la casa para satisfacer sus deseos. Todo el día mamá siempre está  llamándome, hasta que terminé dándome cuenta de que lo que más le gusta de mí a mamá es el sonido de mi nombre: ¡Armida, Armida!

            Siempre fuí, como ya dije, una niña  buena y complaciente. No es culpa mía que las figuras de porcelana se tiren de bruces a mi paso o que las copas de Baccarat se suiciden lanzándose desde el último piso del buffet. ¡Ni siquiera las toco, apenas paso por allí!  Yo no hago nada para que las sillas del comedor se desbaraten cuando papá se sienta en ellas  y me declaro absolutamente inocente de que las polillas hayan devorado el tapiz de Bayona que la abuela heredó de su tía Beatriz.

 

            Es un azote esta niñita, el apocalipsis en persona. Zzummm, zzummmm. Por lo menos una vez a la semana se sala la sopa o se queman los bizcochos. De doce huevos que ponen las gallinas, tres al menos están hueros. La leche se corta día por medio y apenas recién comprada,  la harina ya está llena de gorgojos. Por su culpa, en esta casa nada sale bien.

Momentito, no estoy exagerando, díganme si en alguna otra casa han caído los niños enfermos de paperas, alfombrilla y tos ferina todos los años. Si acaso hay otra familia a cuya abuela se le suelten los tornillos una vez a la semana y le dé por practicar la cuerda floja en el tendedero, especialmente cuando esta abuela ya cumplió los ochenta y dos. Zzummm, zzummm. Díganme, a ver.

           

            La señorita Soto siempre me recibe de mala cara. No es lo que se llama una persona sutil. Desde mi segunda clase tiene todos los muebles cubiertos con sábanas blancas y vaya uno a saber dónde guarda esos bibelots y copas de plata  que divisé la primera vez. ¡Cómo si fuera culpa mía que el gato hubiera tenido su cola en mi camino y que en cuanto se la pisé haya salido saltando y maullando como si le hubiera dado el mal de San Vito!

¡Gato loco! Se  paseó dando brincos enloquecidos  por los estantes, las sillas tapizadas de felpa y  la mesa de comedor. Las  pastorcillas y los flautistas de porcelana volaban de aquí para allá.   Cuando  el  minino llegó al piano, a la señorita Soto ya le había dado un soponcio y estaba desmayada en el piso, así que por suerte no vio la poza que la bestezuela dejó sobre la cubierta. Su madre, muy diligente, ya la había secado cuando ella se recuperó del  desmayo, pero quedó para siempre una aureola ligeramente más clara. No hay clase en que la señorita Soto no pase su mano por allí con aire de melancolía. Después me da una mirada fea y me regaña:

            -¡Cuidado con esos arpegios, Armida!

-¡Cómo si yo hubiera tenido la culpa de algo!

            Mi vida no es cosa de risa. ¡Un mundo le costó a mi madre que la señorita Soto accediera a continuar con las lecciones!  Mi padre zanjó el asunto con una bonificación generosa. Vale la pena pagar por unas horas de calma, dijo el traidor. Cómo si yo hubiera sido responsable, como si no fuera mamá la que…

            Mis relaciones con la señorita Soto mejoraron en forma radical a partir  del día que el piano terminó por desafinarse  del todo. Las clases se suspendieron por dos semanas y entonces mi padre, desesperado, anduvo la ciudad de arriba abajo hasta que dio con un afinador. El día que el señor López  logró por fin dejar el piano perfectamente afinado, cosa que le tomó  una semana más,  la señorita Soto se olvidó totalmente de nuestras dificultades.

            ¡Es que era una locura! ¡Fortissimo, Armida, me ordenaba, fortissimo! Y yo,  que apenas podía hacerlo con mis manos tan pequeñas,  le atizaba a las teclas hasta que me dolían las puntas de los dedos. Cada dos por tres el piano que se desafinaba otra vez y vuelta a llamar al señor López.   Parecía ser  lo que papá llama un círculo vicioso. Fortissimo, señor López, clases, y así una y otra vez. 

Con el tiempo casi era como que el señor López se hubiera mudado allí. Yo me afanaba tocando mis escalas y ellos aprovechaban de intercambiar   miradas de carnero degollado a mis espaldas. No puedo decir que no comprendía a la señorita Soto, el señor López era bastante guapo. Para  ser un afinador de pianos, claro.

            Infortunadamente, las cosas no podían seguir así. En  una familia normal habrían estado felices de que la señorita Soto hubiera encontrado novio (según Norita, que es bastante chismosa, ella casi estaba como para decir que la dejaba el tren),  es cierto, si bien esta familia no era tan normal como parecía. Cualquier  familia habría celebrado  la aparición del señor López,  pero la  maestra de piano tenía madre, madre de las que dicen hay una sola, pero es que la de la señorita Soto, ésa, valía por diez.

            Comenzó por sentarse en el comedor, desde donde les arrojaba a los tortolitos  unas miradas que eran como dardos envenenados. Hay que reconocer que ellos resistían imperturbables, actitud que fue poniendo cada vez más nerviosa a la madre de la señorita López.

Poco a poco se fue acercando y al final estaba en medio de ellos como una estaca. El señor López, que era un cobarde, se comía las uñas y tiritaba entero. Antes de marcharse, le daba a la señorita Soto una mirada febril que le incendiaba hasta las horquillas del moño. Y ella, la pobrecita, ¿cómo explicarlo? Si  los suspiros fueran música, la señorita Soto habría sido Adelina Patti.

 

            Es una pena tener que contar estas intimidades, pero la señorita Soto no era tan angelical como la muestra Armida. Yo diría, más bien, que la procesión la llevaba por dentro. Zzummm, zzummm.  Tan sensible como soy, lo supe en el primer instante que nos conocimos, ese día de la presentación anual en el salón de la parroquia. Armidita, tan llena de mañas como de costumbre, si no más,  insistió en llevarme consigo:  que me trae buena suerte, que es tan linda (para qué lo vamos a discutir),  que todas van a ir elegantes, que si no me lo prestas, mamá, yo no me atrevo a  presentarme.

Ante esas amenazas,  ¿qué podía decir doña Hermelinda? Partí a la presentación sobre la blusa de muselina de Armida y debo reconocer que me veía más bella que en otras ocasiones, lo que no es poco decir. Verme la señorita Soto y caer en trance por mí, fue todo uno.

            Con la función ocurrió lo que era de esperar, todo salió mal, excepto Armida. El chiquitín de los Rodríguez  se puso a llorar en medio del proscenio, a la vecinita de enfrente se le cortó el elástico de la enagua justo cuando agradecía al público y el florero con rosas se volcó sobre las partituras, cosa que quedó  de manifiesto cuando  nadie entendía qué era lo que estaba tocando la pequeña Emita  Rosales.

Armida estuvo muy bien, el piano casi no llegó a desafinarse, aunque el señor López estaba allí mismo, lanzándose miradas incandescentes con la maestra por detrás del decorado.    Zzummm, zzummm.

 

Esta vez no nos puedes dejar a medias, abuela, tienes que contarnos el final o muchos se quedarán sin saberlo.

Daniel está determinado a lograr su objetivo. ¡No será él quien se quede sin el final de la loca historia de Hermelinda y Armida!

-Lo sé, Daniel, no te preocupes, esta noche nos quedaremos un rato más, porque a todos nos gusta que  cuando dos personas se amen ocurra una cosa. ¿Qué será?

            -¿Que se casen? – Pregunta la prima Rosita.

            -Sí, el matrimonio es parte de ello, pero lo que nos gusta es algo  que tiene muchas aristas, lo que todos queremos es que triunfe…

            -¡El amor!

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-Cosas inesperadas ocurren a menudo cuando los progenitores  bautizan a sus hijos sin tomar en cuenta que éstos deberán ir cargando esos nombres por todo lo largo y ancho de sus vidas. A Hermelinda yo no  la conozco muy bien, -dijo la abuela- pero la comprendo. Piensen ustedes que a la abuela paterna la pobre Hermelinda no la conoció jamás, peor, sepan ustedes que la anterior Hermelinda murió mucho antes que don Adalberto pensase siquiera en casarse con doña Isabel, y, lo que es realmente imperdonable: la abuela paterna de Hermelinda siempre detestó su nombre y no creo que hubiese tenido el menor interés en que se lo plantasen a su nieta así como así.

Por eso,  cuando terminó el terremoto, se hizo el recuento de víctimas y el inventario de pérdidas navales y terrestres y se inició la  reconstrucción de  la ciudad,  no resultó nada extraño que la desdichada Hermelinda se enamorase de los restos del Armida que se iban desguazando lentamente sobre los arrecifes en que encallaran.

-Armida, Armida.- musitaba la muchacha  con los ojos fijos en la decena de ojos de buey que todavía  quedaban pegados al  casco.

Desde su observatorio en las rocas, Hermelinda soñaba despierta: Mi nombre es Armida, algún día, un hombre maravilloso llegará a buscarme desde el otro lado del oceáno navegando en un gran vapor, y en cuanto me conozca, se enamorará de mí, nos casaremos y seremos felices para siempre.

 

Porque han de saber ustedes que ese es  el típico sueño de las muchachas algo tontas, especialmente los de aquellas pobres que tienen que cargar  con  alguna cosa que detestan en sus vidas. Y si alguien tiene derecho a estar cansada de cargar con algo, esa es Hermelinda Montoya, la hija de mi señora. Zzummm.

No es lo único que carga Hermelinda; desde la trágica noche del terremoto y maremoto de 1887, mi señora, doña Isabel, ha ido perdiendo lentamente la razón.  A veces quiere ser malabarista, otras, dedicarse al trapecio. No falta la ocasión en que se dedica a ser domadora de los gatos de la casa. Un poquito más trastornada cada día y algo más que de costumbre en el mes de mayo. Algunas crisis especialmente fuertes han tenido lugar a las ocho y media de la noche, después de cenar. Es lamentable, pero ¿quién podría lanzar la primera piedra sobre la pobre doña Isabel? Nadie sabe lo que es pasar por algo así. Zzummm, zzummm.

En todo caso, Hermelinda resultó ser una muchacha afortunada por muchas razones: primera, su madre, en uno de sus raptos de locura, le regaló su broche de oro y ámbar dándole la  más grata sorpresa de su vida. Segunda, el año de 1895 un barco de la Armada fondeó en la ciudad y se organizó en la gobernación un gran baile donde Hermelinda conoció al que sería su amante esposo. Y tercera, zzummm, zzummm, cinco años después, dio a luz a una hija a la que llamó con el maravilloso nombre que siempre había querido tener: Armida.

Hay una cuarta razón, pero sería muy raro que ella pudiera conocerla; la cuarta razón es que yo llegué a sus manos en plena madurez, sintiéndome  feliz de disfrutar este espectáculo espléndido que resulta ser la vida; si eso no es maravilloso, francamente, me resulta difícil pensar qué puede serlo. Zzummm, zzummm.

-Esa avispa tuya es una presuntuosa, abuela -Daniel, lapidario.

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-Don Adalberto Montoya abandonó el Monte de Piedad con una sonrisa en los labios. ¡Qué linda sorpresa le daría a su mujer esa tarde! Le gustaban tanto las cosas lindas a su querida Isabel, daba gusto como tenía la casa,  hacía olvidar  a cualquiera de que se vivía allí tan lejos de la capital, careciendo hasta del agua necesaria para  las cosas mínimas de la vida.

-¿Qué es el Monte de Piedad, abuela?

-Una casa de empeños, las personas llevan allí sus objetos de valor y les prestan dinero por ellas. Para recuperarlas deben pagar ese dinero y un poco más.

-Pero él la compró, ¿no?. -Es Daniel quien pregunta.

-Sí, cuando las personas no pueden recuperar sus objetos de valor se ponen a la venta y cualquiera puede hacerlo.

-¿Y los pierdes?

-Sí. Es una pena, pero así ocurre, bien, continuemos.

-Don Adalberto no tenía por qué saberlo, pero a esa misma hora el vapor Allegra se acercaba a toda marcha hacia el puerto. Zzummm, zzummm. La mar estaba demasiado pacífica esa tarde, al capitán le extrañaba en especial la ausencia de aves marinas. ¿Qué había ocurrido con las gaviotas, los petreles y los pelícanos?

Al  capitán del Allegra la cercanía del puerto de Iquique le da nuevas energías. La rueda de gobierno se siente tan liviana como un volantín. El capitán deja el puente a cargo del primer oficial y sale a cubierta. El sol ya comienza a  bajar en el horizonte pintando el confín  de rojo y amarillo. Para tratarse del mes de mayo, la tarde está sorprendentemente cálida, quizás sean estos calores los que se han llevado a las aves marinas. En estos mares refrescados por la corriente de Humboldt, recuerda el capitán,   la más mínima alza de la temperatura corre a parejas con la desaparición de la pesca y de las aves que se alimentan de ella.

 En fin,  el capitán puede creer lo que le parezca mejor,  lamentablemente, el futuro inmediato se encargará de sacarlo de su error. Zzummm, zzummm

 

Don Adalberto no dijo ni una palabra sobre su obsequio cuando doña Isabel le salió a recibir con la efusividad que le era propia.

-¡Le tengo un vinito recién llegado del sur, Adalberto, – ofreció doña Isabel.- y  la cocinera preparó un pescado que está de chuparse los bigotes!

-¿Y de postre, que, Isabelita? -Preguntó él (porque han de saber ustedes que don Adalberto era un goloso de primera)

-¡Guayabas en almíbar, una delicia! -y luego llamó alegremente-  ¡Hermelinda, hijita, venga a comer que ya está aquí el papá!

Hermelinda, única hija,  llegó al comedor con la misma cara larga que ponía cada vez que su madre pronunciaba su nombre.  Nunca podría entender por qué la madre de don Adalberto, su inestimable abuela,  había tenido que llamarse Hermelinda  y jamás, ni en el mejor de los mundos, perdonaría a su madre por permitir que la misma carga se le trasmitiese a ella. ¡Qué injusta puede ser la vida con una jovencita, mire que  condenarla a llevar de por vida apelativo tan ridículo como ése!

-Mamá, cuándo será el día que se acuerde de llamarme Linda, sólo eso,  Linda.- Reclamó.

-Tan bromista esta niña -continuó doña Isabel como quién oye llover- tome, pásele la ensalada a su padre. 

Para la desdichada Hermelinda, la cena transcurrió como de costumbre, entre los inagotables arrullos con que los  Montoya se expresaban su afecto.  Ya estaban en los postres y don Adalberto, goloso,  exigía  su repetición acostumbrada cuando de pronto recordó la sorpresa que tenía para su esposa. Con modales ampulosos, el dueño de casa sacó de su bolsillo una cajita  forrada en seda, que  puso en la mano de doña Isabel con  amplia sonrisa.

-¡Qué es esto, un regalo! -doña Isabel dio un gritito de alegría.

Bastó que abriera la caja para que quedara embelesada en la contemplación de su nuevo broche. ¡Qué encantador gesto el de su Adalberto, qué  preciosura! Con sus manos regordetas,  doña Isabel puso el broche  en su blusa de seda blanca y cometió entonces el terrible error de pronunciar las palabras más premonitorias de su vida:

-¡Nunca voy a olvidar este momento, Adalberto querido!

Ahí fue cuando el diablo metió la cola, porque apenas había terminado doña Isabel esas palabras cuando el vientre de la tierra gruñó sordamente.

-Temblor-  don Adalberto  siempre se preocupaba por los temblores, a los que su mujer les tenía verdadero pánico.

 

El mar se encrespó violentamente cuando el Armida tenía Cavancha a la vista; a lo lejos, como pintadas  sobre las primeras sombras de la noche, fulguraban las luces de la ciudad. Desde el pecho de doña Isabel, yo percibí el embate de las olas y temblé ligeramente. Algo se traía la noche, algo terrible que no  éramos capaces de imaginar. 

 

El  fuerte remezón hizo saltar a los Montoya de sus sillas, el temblor venía in crescendo; la cristalería y la loza tintinearon fuertemente en el aparador, algunas piezas se quebraron aparatosamente,  las sillas se balancearon y cayeron, doña Isabel chilló con  pulmones que hubiera envidiado una prima donna y los gritos del vecindario  que huía despavorido le pusieron un trágico coro de fondo. Todo el litoral se estremeció  y grandes aludes de rocas y tierra se desmoronaron por las laderas de los cerros. Las casas, casi todas ellas de madera, bailotearon en sus cimientos y crujieron estruendosamente.

Los Montoya salieron corriendo a la calle seguidos por la cocinera y la criada que daban alaridos de espanto. Sorprendentemente, un violento ventarrón se había largado a soplar sobre la costa levantando nubes de polvo que impedían la visión y avivando el fuego de los incendios.

-¡Terremoto, terremoto!

La ciudad entera  se volcaba en las calles  forzada por la vocación sísmica de la tierra chilena, pero aunque ellos no lo supieran, lo peor todavía estaba por venir.

Casi inmediatamente  el mar  comenzó a recogerse descubriendo los negros roqueríos  tapizados de verduras y moluscos; al faltarles el agua, los altos matorrales de algas pardas se desplomaron sobre el lecho abisal desnudo; en  el fondo de la bahía, oscura boca salpicada de botes y barcos encallados, centellearon los peces  que boqueaban en agonía.

El mar continuó su retroceso inexorable; cada vez más atrás, como una fiera lista para atacar, la marea gruñía en sordina preparándose para saltar sobre su presa.

-¡La mar, la mar se sale!

La gente corrió  a los cerros enloquecida de pavor, llevando apenas lo puesto, tropezando y cayendo, casi sin resuello, con el corazón galopando en los pechos, perdiendo el equilibrio una y otra vez por los corcoveos brutales de la tierra.

-¡Se sale la mar, se sale la mar!

 

En esa trágica noche del nueve de mayo de 1887 el Armida se vino volando sobre las olas gigantescas en busca de la costa que había parecido tan tentadora en las largas horas de navegación. Si el capitán hubiera atracado alguna vez en  Hawai habría podido reconocer en la figura rampante de su barco la frágil prestancia de una tabla de surf.

Saltando, rebotando, la cubierta barrida una y otra vez por las olas , el Armida voló sobre las aguas  dejando atrás un reguero de cadáveres  y objetos  inútiles  hasta reventarse estruendosamente en los arrecifes de la costa. Cuando el maremoto pasó, todavía no eran las diez de la noche. La tierra y el mar se calmaron  y la ciudad se dio un respiro para lamerse las heridas.

 

 (Es una pena que sea yo quien deba decirlo, pero ningún tripulante del Armida sobrevivió a la tragedia. Zzummm, zzummm) 

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Hoy, dice la abuela, vamos a dejar que Mignon nos de su opinión sobre lo que ha vivido. Algo me estuvo diciendo anoche.

Los niños no quieren creerle a la abuela, pero son demasiado educados para decírselo. ¿Cómo es eso de que la abuela habla con su broche de ámbar? Debe ser otro invento de la abuela, algo imposible…

 

 Nunca me cansaré de agradecer que la vida en la Tierra haya ido cambiando. Ya eran demasiadas las cosas que me tenían fatigada: los medios de transporte, tan primitivos, los caminos de tierra, la falta de luz eléctrica y agua potable, las dificultades para encender el fuego, la servidumbre, la esclavitud, etcétera, etcétera. Zzummm, zzummm.

¿Qué me gusta de ahora? Casi todo, menos la moda. Damas y caballeros cada día se visten peor. ¡Han perdido del todo el buen gusto que los caracterizó por milenios! Honradamente, mis favoritos fueron los griegos, esa gente tenía una clase…me encantaban esos peplos que daban tanta gracia al caminar de las mujeres. Ah, y también sus peinados. No  sé si les conté que estuve un tiempo en manos de una Vestal encantadora…

Los romanos, algo brutos para mi gusto; tenían un talento innato para todo; eran grandes arquitectos y mejores ingenieros, artistas, poetas,   ¡pero qué manía aquella de   andar conquistando y guerreando todo el tiempo!  Revolvieron tanto el gallinero europeo que cuando a los bárbaros les dio por convertirse en la primera horda de turistas que venían a tomar el sol ni siquiera fueron capaces de enfrentarlos. Otro imperio perdido.

La Edad Media ni la nombro, yo viví la Peste Negra, la Inquisición, la quema de brujas, el feudalismo y todo eso. No  volvería a hacerlo ni aunque me pagaran.

El Renacimiento, eso es otra cosa, gente encantadora la de esos años. Un poco alocada, por supuesto, pero esa era casi su mayor gracia, no hay nada más aburrido que la gente seria. Además, pintaban tan bien, eran tan buenos músicos, tan audaces navegantes. Repito: me encantan. Zzummm, zzummm.

            El Siglo de las Luces, lo confieso, no me pareció nada tan luminoso como lo ven los historiadores. Zzummm, zzummm. Yo estuve allí, contando cabezas al pie de la guillotina. ¡Y así hay algunos capaces de decir que las avispas somos malas porque picamos!      

La Revolución Industrial puso las cosas bastante más entretenidas. Hubo explotación, es cierto, en eso no se diferenciaban mucho del mundo de ayer y  hoy, pero me encantaba ver tanto hombre creativo. En un dos por tres inventaban la locomotora, el submarino o el globo aerostático. Las mujeres también se volvieron sumamente activas, les dio por encadenarse en lugares públicos, por querer votar, por mostrar el tobillo, por  hacer de todo. Mejoraron  increíblemente su papel en la sociedad. Ah, en todo caso, por mucho que pasen los años siguen siendo iguales en una cosa: ¡todas se mueren por mí!

            Yo continué, zzummm, zzummm,  haciendo mi rol de viajera eterna con la elegancia que todos admiran. Pasé por un par de  señoronas aburridas, me empeñaron, no tuvieron dinero para recuperarme, me pusieron otra vez a la venta y me llevaron a dónde el diablo perdió la peluca. Ni siquiera me quejé, lo estaba pasando mucho mejor que en aquellos  años que estuve en manos de Juan Lima (a esa la llamaría mi época negra, pocas veces me he aburrido a tal extremo)

 

En las postrimerías del siglo diecinueve continuaba viviendo como siempre lo había hecho, un poco por rutina, otro poco porque no me quedaba otra. Seguía  siendo la misma avispa inmadura que quedara atrapada en la resina de aquel árbol que la rabia me impedía olvidar, pero ocurrió algo muy extraño:  casi sin que me diera cuenta, llegué un día a la conclusión de que me encantaba la inmortalidad.

¡Me encanta, es cierto! No hay día que no abra mis ocelos para disfrutar una nueva historia emocionante. Lo  he visto todo: las pirámides, la caída del Imperio Romano, las conquistas, las colonizaciones, las guerras y los armisticios, el románico, el gótico, el barroco, la Sagrada Familia y los horribles rascacielos en que les gusta enjaularse a los hombres de hoy. A veces me río hasta que me saltan lágrimas de las ingenuidades de algunos hombres que se creen predestinados a la inmortalidad…¡si supieran de cuántos de ellos no se  tiene hoy día la menor idea de que existieron! No me cabe duda de que en mil años más algunos presuntuosos de hoy no serán ni siquiera un mal recuerdo.

 

Cuando eso pasó, cuando empecé a tomarle el gusto al asunto, tomé la decisión de dejar un testimonio de mi paso por la Tierra. Buscaré un “negro”, me dije, y me puse en campaña para conseguir este biógrafo que pudiera poner mis aventuras en palabras. ¡No sabía en lo que me estaba metiendo, porque si no habría desechado inmediatamente el proyecto! Casi un siglo me tomó dar con uno que tuviera, por lo menos,  la percepción necesaria para comunicarse conmigo. Y eso no sería nada; si vamos a este paso, contarle todo lo que he visto me tomará casi tanto tiempo como el             que me  tomó vivirlo…

Hay que tener paciencia con los cuentistas, yo no le digo ni por casualidad lo que pienso de su persona…se arriesga uno a que escriban lo que se les viene en gana, y, a mi edad (es un decir, claro, me veo tan estupenda como el día que estiré mis alas por primera vez), ya no estoy para eso.

En todo caso, nos estamos adelantando a los acontecimientos, porque ese día que pasé de la casa de empeños a las manos de don Adalberto Montoya yo estaba lejos de imaginarme las locas situaciones que su mujer y su nieta me harían vivir.Cuando la abuela deja  el resto de la historia para la noche siguiente se arma un pequeño alboroto. Todos quieren saber qué ocurrirá con la hija y la nieta de ese señor, cómo era que se llamaba,  un nombre tan raro: Adalberto. A cualquiera que llame a su hijo de esa manera debieran darle un buen escarmiento. 

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-Seis años largos  se han ido marcando en la piel oscura de Juan Lima desde que su antiguo amo fuera asesinado por los bandoleros. Hace ya seis años que el sobrino del amo se hizo cargo de Millancura, trajo al amanuense para hacer el inventario y remató todos los bienes al mejor postor. Juan Lima era un esclavo bien considerado; servicial, limpio, discreto.  Su venta le  aportó a su nuevo amo una  buena cifra que esa misma noche triplicó  sobre la mesa de juego. ¡La coronación de una racha de fortuna!

-¿Quieres decir que no lo liberó, abuela?

-Así es. El amo murió antes de dejar en su testamento la libertad de Juan Lima.

-¡Qué feo!

-Bueno, quizás no pensó que moriría tan de repente.

-Aún así, alguien debió cumplir en su nombre.

-Sí, es cierto. Bueno, no todo es tan malo para Juan Lima, veamos…

 

El nuevo amo no es mejor ni peor que otros. Juan Lima se levanta  antes de que cante el gallo, enciende los braseros y la cocina de leña, trae la leche del establo, lustra las botas y los arreos del caballo, pule los repujados de plata, sacude el polvo de las casacas, empolva la peluca hasta que albea como la luna, mete prisa a las cocineras, trae las bandejas con el desayuno y mordisquea disimuladamente algunos bocadillos que ha levantado en la cocina. Cuando el amo sale a recorrer su hacienda, Juan Lima da un suspiro de alivio y se toma media hora de reposo  a la sombra de los gallineros, no sea cosa que lo vayan a sorprender.

 

¿Quién lo va entender como yo lo hago? Pobre Juan Lima, ninguno tuvo, como él, razones tan valederas para llorar la muerte de su amo.  ¡Cómo se tragó las lágrimas a la espera de la mañana en que volvió al mercado de esclavos…zzummm, zzummm, yo lo viví con él, a mí, nadie me cuenta cuentos!

Este amo no es ni tan malo ni tan bueno, es sólo uno más entre los amos del mundo. Por lo pronto, no hace promesas que no tiene intención de cumplir, de modo que Juan Lima sabe que morirá como esclavo.

 En esta hacienda no se pasa más hambre que el de la libertad ni se pasa más frío que el de la desesperanza. Entretanto, allá en Santiago, la capital, nuevos hechos se suceden que parecieran no  alterar para nada la vida de la gente que, como Juan Lima, es tan mínima que a nadie le importa si viven o mueren.zzummm, zzummm.

Si mi dueño, (en realidad no se si  llamarlo así, Juan Lima es más bien mi compás de espera), en fin, si él tuviera la sensibilidad para darse cuenta de lo que tiene entre sus mano (esto es más bien un decir, en realidad me tiene enterrada bajo  su camastro), si él pudiera, cada vez que me mira daría gracias a Dios por encontrarme. ¡A mí, que he vivido cinco millones de años para venir a quedar bajo su pie!

¡Qué no podría decirle yo a Juan Lima! Explicarle, por ejemplo, que en mi trompa duerme, tan fresco como aquella mañana que lo libé,  polen de plantas que hace milenios dejaron de existir, que en mi aguijón guardo una gota de sangre  -no se extrañen, soy una criatura sorprendente- de una  bestia ya extinta…A que no me creen a quién piqué una vez ¡a un dientes de sable, sí señor, yo, tan delicada, tan frágil, tan refinada!

No es necesario que lo digan, lo reconozco; soy una criatura heroica,  cuando me enfrenté a esa fiera, lo hice sin experimentar temor.

 

En los últimos doce años los vientos de fronda se han paseado por esta tierra. Los criollos se han rebelado contra el rey de España, han luchado entre ellos por el poder, han peleado  y ganado batallas memorables, han llorado derrotas desastrosas  y, en aras del americanismo, han enviado para liberar el virreinato del Perú  cuatro tablas que orgullosamente bautizaron como Escuadra Nacional.

El Director Supremo   tiene treinta y cinco años de edad, es un hombre honrado que de política sabe poco, en realidad, pocos son los que saben algo de ella en estos tiempos, es muy probable que prefiriese seguir dedicado a sus labores de general.

Encerrado como está en la hacienda de su amo, Juan Lima sabe mucho menos. Ignora  que el Director Supremo ha dejado las leyes a cargo de sus hombres de confianza y que éstos se debaten entre la moderación y las ideas liberales. Los liberales han ido ganando terreno, la actual constitución está a punto de ser reemplazada por otra que tampoco durará mucho, pero que tiene entre sus acápites uno que ha de cambiar la vida de Juan Lima y de los casi cuatro mil esclavos que existen en el país.

 

¡Gloria al cielo, gloria a Dios, a mi dueño el pellejo se le hace poco para contener la alegría! ¡Libertad para los esclavos, libertad para los esclavos,  nadie lo puede creer, nadie se lo esperaba! Toda la noche cantaron los esclavos junto al fuego que encendieron debajo del nogal más grande. Zzummm, zzummm.

No se trata de que sus vidas vayan a cambiar mucho, ni pensarlo, todos se quedarán al servicio de los que fueron sus amos, sólo que ahora los llamarán patrones y serán libres de tomar el polvo del camino en busca de otros destinos. Zzummm, zzummm, me sorprendería mucho que todos lo hicieran, el hambre, caballeros, es poderoso consejero.

Juan Lima es diferente, él tiene un tesoro enterrado bajo su camastro y ahora que el sueño imposible se le ha hecho realidad cuenta los minutos que faltan para que pueda convertirlo en una pequeña tierra. Zzummm, zzummm. Es un hecho, muy pronto nos separaremos y es lo mejor que me podría ocurrir. ¡Se me han hecho tan largos estos años de esclavitud y pobreza!

Decir que me he aburrido sería poco…para Mayube yo era el infinito envuelto en hojas de banano, para qué les cuento lo bien que me hacía sentir con eso. A veces hasta me daba vergüenza no poder sacarlo de su error. Para  Juan Lima, en cambio, soy apenas un montoncito de dinero enterrado.  Para mí, estos fueron años oscuros, húmedos  y solitarios. Y mentiría si dijese que lo echaré de menos.  En  todo caso, magnánima como soy,  no puedo desearle nada menos que  lo mejor. Buena  suerte, Juan Lima, que la tierra te sea productiva, que tus brazos sean fuertes, que construyas una larga familia y, sobre todo, que el techo de tu casa no tenga agujeros. ¡Cómo nos han hecho sufrir las goteras estos últimos años! Zzummm, zzummm.

 

Apenas llega al primer altozano del camino, Juan Lima se detiene,  se vuelve para mirar por última vez la hacienda del que fuera su amo y se llena los pulmones de aire fresco. Por una vez en su vida se siente tan liviano que podría volar como los cóndores que planean sobre las cumbres  lejanas. Tiene mucho camino por delante,  sin embargo,  la perspectiva no le parece cansadora. En algún lugar de la ruta se encuentra la capital, en algún lugar de la capital hay algún joyero que comprará el broche de ámbar y  en otro sitio, esperándolo, hay una pequeña tierra que necesita ser cultivada. 

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