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Archive for the ‘operación ti-rex’ Category

-Nacho, ayúdame a  cortar el pasto –dijo el bisabuelo Fernando asomándose por la  ventana.

-Claro, Tata –dijo el niño con una mueca de desagrado.

No había caso con el Tata, qué pesado era. ¿Por qué no le pedía ayuda al flojo de Javier?

Después de que Nacho  le había arreglado el pastel con mamá  echándose la culpa de lo sucedido  Javier no había cambiado su actitud; en cuanto le levantaron  el castigo se echó a volar otra vez y apenas si se le veía a la hora de cenar. Era,  lejos, el peor hermano del mundo.

Nacho se levantó  de mala gana,  apagó el televisor decimonónico y  salió  por la ventana hacia el patio.

Muy mala idea. Su abuelo ya estaba allí con la podadora  y las tijeras.

-Nacho, me vienes de perlas: allí tienes el rastrillo, recoge el pasto cortado y las hojas secas y lo echas en esa bolsa – ordenó don Fernando.

¡Oh no, no terminaría nunca de pagar las culpas de su escapada… qué injusta era la vida!

Resignado, hizo lo que le pidiera el tata Fernando.

Para ser tan anciano, el abuelo de  su madre todavía era una persona bastante fuerte, pensó Nacho.  Algo flaco, claro. Se veía divertido con camiseta. Pensándolo bien, era la primera vez que lo  veía sin  corbata. ¡Qué decir  sin  camisa,  don Fernando era un caballero muy formal! Sin embargo, ahora que se la había quitado, don Fernando trabajaba con habilidad,  podando los arbustos con  rapidez.

-¡Ay!

El anciano tropezó y cayó cuan largo era.

De un salto, Nacho estuvo junto a él.   El   bisabuelo no estaba tan bien como él había pensado. Nacho lo tomó del brazo izquierdo para ayudarlo y el anciano se  levantó con grandes dificultades. Nacho pensó que  el Tata  se veía muy divertido en camiseta. Tenía los delgados brazos  muy blancos,  cubiertos de pecas y manchas anaranjadas  y a lo largo del antebrazo… ¡Un momento! Nacho nunca  se había fijado en esto. A lo largo del antebrazo, el bisabuelo Fernando   ¡tenía una larga cicatriz blanca, borroneada por el tiempo!

-¡Tata!

– No te asustes, Nacho, sólo fue una caídita;  estoy bien.

Don Fernando terminó de incorporarse

– Sí, pero Tata, esa cicatriz, ¿cómo te la hiciste?

El anciano se miró el brazo. Sus dedos recorrieron la cicatriz  como haciendo memoria.

– Hace muchos años. Yo era un niño todavía.

-¿Y cómo fue?

– Me caí en un cementerio.

-¿En un cementerio, de veras?

– Claro,  por qué iba a mentir. Me caí en el cementerio  de Malpaso  y me corté con unas hojas de latón.

-¡Increíble! ¿Qué andabas haciendo ahí, Tata, te acuerdas todavía?

Don Fernando se sentó.  Se acarició la cicatriz con  expresión  pensativa.

– Cómo no me voy a acordar. Fue el mismo día que se murió mi hermanito menor. Nachito se llamaba. Igual que tú. Te pusieron así en su memoria. 

-¡Tata!

– Vivíamos en la Oficina Nebraska, donde mi padre era capataz.  Me fui a Pampa del Lagarto  con un amigo – continuó el abuelo con mirada distraída-, nos escondimos en la cachurreta  que llevaba la comida de los chanchos y  llegamos  a la  quebrada de Malpaso. Andábamos buscando algo con   mi amigo Ignacio. Mi amigo también se llamaba así…

Ignacio tenía la lengua pegada al paladar. El asombro le atenazaba  la barriga.

– Y qué andaban buscando, Tata, qué encontraron Nacho y tú –preguntó con voz temblorosa.

Don Fernando se volvió hacia él  bruscamente.  Los ojos del anciano lo  taladraron   lenta, minuciosamente, desconfiados. Luego, volvió la cabeza y volvió a acariciar su brazo  con la vista perdida en la nada.

– Nada. No encontramos nada.

Nacho se sentó junto al anciano, su pequeña  mano descansando en el antebrazo  arrugado como  el cogote de una tortuga.  En   el cerebro de Nacho, todas las piezas del rompecabezas caían en su lugar, encajando una con otra  hasta que no quedó espacio vacío.

– ¿Te acuerdas del otro día, Tata,  de esa noticia de los dinosaurios que salía en  la Estrella de Puerto Seguro?

– Sí, claro, cómo  lo iba a olvidar. 

-¿Nunca viste un dinosaurio, Tata, estás seguro?

Esta vez, la mirada de don Fernando se clavó en él  como la de un águila en su presa. Nacho se sintió pequeño,  pequeño,  asustado ante este señor tan alto  y serio y su cicatriz  casi borrada por los años.

–         ¿Un  verdadero dinosaurio? –Preguntó el anciano.

–         ¡Claro, uno real!

–         ¿Un Tiranosaurio Rex todo acorazado, con enormes colmillos y un terrible mal aliento que estaba parado en medio del camino? –especificó luego.

–         ¡Sí, Tata, ese mismo!

Nacho tenía la lengua seca y   la barriga hecha un nudo. La respuesta del tata vino como un balde de agua fría.

– Claro que nunca vi a un dinosaurio, chiquillo tonto. ¿Acaso tú viste alguno, cuando te perdiste en   Oficina  Nebraska, Nacho?

Esta vez, Nacho no supo qué responder. Tan sólo se quedó allí, en silencio, por primera vez en mucho tiempo, mudo.

Don Fernando, en cambio, lanzó una carcajada ronca y  larga. Parecía que nunca iba a parar de reír. Sus ojos brillaban por lágrimas de risa  reprimida y de pronto sin saber por qué a Nacho le dio también tanta risa que   no pudo aguantarse y los dos se quedaron allí apretándose la panza de tanto reír mientras gotas de sudor resbalaban por sus caras dibujando pequeños mapas en sendas  capas de tierra que el trabajo en el jardín había depositado  en sus mejillas.

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El sol ya estaba alto cuando el camión  hizo  su entrada en la Oficina Salitrera  Nebraska.  Se detuvo  delante de la casa del administrador.  Los niños se habían dormido y a don Dámaso  no le quedó  más  que remecerlos para que despertaran.  Era casi mediodía y  ya había  bastante movimiento. Los obreros iban camino de las obras y algunos clientes  hacían cola  pacientemente  delante de  la pulpería.    Una jauría de  perros   adormilados se rascaba entusiasta  bajo el alero de la calle Comercio. 

La  casa de  miss Rachel  estaba llena de gente que entraba  y salía cargada de velas y ramilletes de flores de papel  que el viento hacía crujir meláncolicamente.  Fernando  se despabiló violentamente:

-¡Nachito, cómo amaneció Nachito! -dijo.

            Mientras lo decía, Fernando supo que ya conocía la respuesta.   Pasó sobre Nacho y se bajó de un salto, corrió hacia la puerta trasera de la casa,  se estrelló contra las polleras de una anciana que le acarició la cabeza  rapada al cepillo,   irrumpió en la habitación  y se detuvo de  improviso. Ahí, en medio del cuarto, en un  pequeño ataúd de madera blanca, pequeño, delgado, pálido,  bello y vestido con su mejor trajecito tejido, el pequeño Ignacio se había  quedado dormido para  siempre.  

Nacho, que venía tras su amigo, quedó  paralizado en el  vano de la puerta.  El olor de las velas lo mareaba;   Fernando lloraba desconsolado  abrazado de su madre. Los ojos de  Nacho también se llenaron de lágrimas;   unas manos lo apartaron con suavidad.  Era  miss Rachel, que  hacía su entrada  con frufrú de sedas y encajes importados. De reojo,  Nacho vio un gran ramo de flores  blancas de papel de seda  y una corona de rosas de porcelana y  latón.

Esto ya era demasiado. Nacho salió corriendo  por el patio en busca de la puerta principal. Estaba cerrada. Desesperado, el niño  fue empujando una a una las ventanas hasta que al fin una de ellas cedió ante su mano. Nacho miró a  todos lados. No había moros en la costa.  Se  encaramó en el marco, la ventana se abrió para darle  paso, las cortinas  lo acariciaron con su  elegante suavidad de felpa. Estaba   en el salón principal otra vez.

Tropezó con un sillón, su rodilla le reclamó  airada los maltratos de las últimas horas. La gruesa alfombra que cubría el piso ahogaba  sus pasos.  Se detuvo casi en el centro esperando  el desmayo. Nada. ¿Es que no podría regresar nunca a casa? ¿Qué iba a pasar con mamá, con Javier, con el Tata,  el papá, el colegio y  su  viejo y querido computador?

Lloraba a moco tendido y sin asomo de vergüenza.

Un momento… éste era casi el centro de la  habitación.  A diferencia del día de su llegada, el centro mismo estaba ahora  ocupado por una mesa ovalada de madera tallada.  Un  jarrón  coronado por  grandes rosas de seda amarilla descansaba sobre un paño de hilo  tejido. Se apoyó en ella y empujó suavemente.

La mesa ni se movió. Desesperado, Nacho empujó más fuerte. La pesada mesa se desplazó  con exasperante  lentitud. Con nuevo esfuerzo, Nacho volvió a empujarla;  la mesa se deslizó chirriando sobre el piso;  el corazón le dio un salto en el pecho. Otra vez, volvió a apoyar el hombro contra la mesa, empujó, la mesa pareció ceder con un gemido  y de pronto,  todo se movió hacia delante y el niño cayó en la más absoluta oscuridad.

A su alrededor, todo temblaba, las garras del  dinosaurio  se habían clavado en su hombro y lo sacudían   violentamente.  La bestia abría su  inmenso hocico y el aliento mefítico de sus colmillos lo mareaba. El dinosaurio  ahora rugía,  feroz y sanguinario.

– Nacho, Nacho, despierta!

Nacho abrió los ojos.

El dinosaurio había desaparecido. En su lugar, la cara preocupada de  Javier  apareció ante él. Más atrás, los pelmazos gemelos Rojas y  el más pelmazo aún  de Luis Astudillo le observaban con  el mismo interés  que si estuvieran  estudiando una rata de laboratorio.

-¡Despertó!

-¿Estará loco? Mírale los ojos –ese era  Rodrigo Rojas, tan sutil como siempre.

-¿Qué onda con la polera? ¡Hasta le falta un pedazo!

– Nacho, ¿cómo te sientes? – Volvió a preguntar Javier.

– No te va a contestar,  Jota, está en  shock, mírale los ojos de loco que tiene –ese era claramente Gonzalo Rojas, tan genial como su hermano gemelo.

-¡Cállate, idiota! 

¿Cómo,  era Javier el que lo acababa de retar?

Claro que era Javier. El dinosaurio  se había marchado para siempre y ahora era Javier el que  mojaba un pañuelo con agua mineral y se lo ponía cariñosamente en  la frente.  Esto era demasiado, qué sueños más locos.

–  Yo estoy bien Javier, no te preocupes, ya desperté.

–  Puchas, Nacho, sustito que me diste. ¿Qué te pasó? Tienes toda la ropa rota y sucia. Hasta tu polera de Harry Potter está  arruinada.

– No importa Javier,  ya pasó. Salí a explorar, me caí, después entré aquí y me quedé dormido.

– Mi mamá me va a matar cuando te vea.

– No te preocupes, Javier, yo le explico – lo tranquilizó Nacho. 

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Operación T RexNo  me malinterpreten, no estoy hablando de velocidad, estoy hablando de distancias.  Para ser más precisos, de la distancia  entre Nebraska y la Quebrada de Malpaso. Por suerte  no era más, porque  con los veinte kilómetros por hora que rendía el Chevrolet, Nacho y Fernando habrían sido ancianos antes de  encontrarse con cualquier dinosaurio.

El camión de don Dámaso subía y bajaba con gran empeño  las lomas peladas del desierto y cada cierto tiempo, su propietario, muy orgulloso, hacía  un aporte para  que la máquina no se  quedara dormida  nuevamente  apretando la vieja bocina de goma.

¡Tuut, tuuut!

El bocinazo parecía  inyectar  gasolina de alto octanaje en los conductos del  motor. El Chevrolet rugía y agarraba  una bajada; la velocidad subía   peligrosamernte. Veintiuno, veintidós, veinticuatro, hasta llegar a la escalofriante velocidad de veinticinco kilómetros por hora.

Por desgracia, todo lo que baja tiene que subir alguna vez. Poco más allá,  el camino comenzaba a empinarse por  una  colina y aunque los niños  sólo podían conjeturarlo, el glorioso  Chevrolet,  que ya era viejo cuando don Dámaso lo comprara de quinta mano, cambiaba el rugido en tos e invertía las cifras.

Veinte kilómetros, diecinueve, diecisiete, quince.

La  colina, totalmente carente de consideración,  parecía decidida a convertirse en cerro.

Once kilómetros por hora.

Soplando, resoplando,  burlándose de todo, el Chevrolet sacaba fuerzas de flaqueza y remontaba la colina. El motor  humeaba con entusiasmo y el radiador parecía  haberse convertido en una tetera, echando  vapor  por sus cuatro costados.

Pero allí, delante del capó despintado, se desplegaba una larga recta totalmente plana.

Don Dámaso, de puro contento, se puso a cantar, desafinando con entusiasmo:

-¡De la  Sierra Morena, cielito lindo viene bajando…!

El Chevrolet, eufórico,  bramaba sus treinta kilómetros por hora.

-¡…un par de ojitos negros, cielito lindo, de contrabando…!

Se acercaba el mediodía. Todos los estómagos comenzaban a ponerse nostálgicos.  Lamentablemente, un pequeño error de  planificación en la Operación Ti-Rex, había  hecho que:

Continuación del Plan Secreto

8- La comida debe esconderse  en otro sector de la carrocería para que no se contamine.

¡Esto era terrible, la comida estaba escondida entre los ejes del Chevrolet, no había cómo llegar a ella sin detener el vehículo!

-¡Ayayayay….canta y no llores…!

Mientras más ayayeaba don Dámaso, más hambre tenían los pobres niños. Era un hecho que  el chófer no estaba colaborando, sus alaridos agudizaban el sufrimiento de los niños.

La cosa estaba peluda: peligrosamente, la comida de los chanchos comenzaba a olerles menos mal  que antes a nuestros jóvenes aventureros. Los amigos tenían que pellizcarse para no seguir sintiendo deseos de atacar el tambor más próximo.

Nacho estaba seguro que los berridos de don Dámaso terminarían por trastornarlos; el efecto traumático  que ejercían en sus cerebros era superior a su resistencia.  ¿Por cuánto tiempo  más podrían nuestros héroes resistir esta situación?

Ahora don Dámaso, más entusiasmado que nunca,  las emprendía con la siguiente estrofa:

-¡ Ese lunar que tienes, cielito lindo, junto a la boca…!

¿Cómo, más todavía?  La crueldad de Don Dámaso no parecía tener límites.  Mientras  peor se sentían los niños, más fuerte parecía berrea… perdón, cantar.  Tranquilicémonos,  la heroica gesta de  Nacho y Fernando no acabaría  convirtiéndose en tragedia. Los niños lo ignoraban, pero Don Dámaso, hombre de rutinas,  siempre entonaba estas estrofas cuando  se aproximaba a la quebrada de Malpaso. El aroma de  los chiqueros, acarreado por el ventarrón de la tarde, era su inspiración.

-…no se lo des a nadie, cielito lindo, que a mí me toca…

Ahora, el Chevrolet  rugía como tigre cuesta abajo y los niños  comenzaban también a percibir el aroma.  El tufo de la carga era nada en comparación.  Don Dámaso, por su parte,  parecía  haber recargado baterías ahora que las siluetas de una casa y algunos corrales  estaban ya a la vista.

-¡Ayayayay…!

Alertados por  los alaridos del camionero, tres enormes perros  aparecieron haciéndole coro  por el camino.  Las baterías del Chevrolet se sacudían frenéticas,  como si fuera a desarmarse en mil pedazos. Don Dámaso avanzó unos últimos metros por la quebrada  y apretó los frenos.

Con un suspiro de alivio, el camión se estacionó delante de  una choza  tan  estropajosa como él y el motor, ipso facto, se detuvo como si ya no pudiera más.

La portezuela se abrió con un quejido. Los perros ladraban, saltaban y husmeaban por aquí y por allá,  percibiendo los huevos duros y los sandwiches de mortadela ocultos entre los ejes.  Nacho cruzó los dedos. ¡Si llegaban a descubrir la comida, toda la Operación estaba al borde del fracaso!

Afortunadamente, el olor de la carga  despistaba a cualquiera y los perros de Don Dámaso distaban mucho de lo que se considera un sabueso.  Por la misma razón, a los pobres caninos les  resultaba casi imposible detectar a dos niños que,  siguiendo las buenas costumbres de la época, hacía apenas un  mes no más que  habían tomado su último baño.

¡Más puntos del Plan Secreto, esto es Eterno!

9-Recuperar implementos y  emprender camino a las Presencias Tutelares.

Casi hecho.

En cuanto don Dámaso se bajó, los perros olvidaron el sutil aroma de la mortadela y partieron tras él. Nacho y Fernando tenían  el terreno despejado; doloridos, entumecidos y semi asfixiados, los niños bajaron del camión, rescataron las bolsas con comida y salieron de estampida  envueltos en una tenue  nube de olor a bazofia.

El décimo paso de la Operación Ti-Rex había comenzado:

Penúltimo y final (¡Qué alivio!)

10- Salir en  busca de los dinosaurios.

Y claro, aunque no venía al caso, Fernando se acordó al tiro del undécimo:

11- Y de las granjas de avestruces.

O.K!!!!

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Demostrando muy poca originalidad en sus procedimientos para arrancarse de casa, Nacho hizo exactamente lo mismo que la vez anterior, pero  consideró  indispensable llevar un  registro de cada cosa. El encargado de eso sería el sub-comandante Fernando, a Nacho, creo que ya lo dije,  siempre le ha cargado  la redacción.  

Fernando, por el contrario, quería ser escritor y lo hizo bastante bien. El plan   comenzaba por un importante detalle:

Plan  de la Operación Ti-Rex

1- Portarse muy bien y acostarse temprano, sin rezongar, para no despertar sospechas.

Hecho.

2-Dejar la ropa lista debajo de la cama.

Hecho también.

3-Simular  que dormimos  profundamente.

Hechísimo.

4-Acumular comida y esconderla detrás de la despensa.

OK.

Todo salió a pedir de boca. Apenas  se escucharon los ronquidos  de misiá Panchita y don José,  Nacho y Fernando se deslizaron fuera de sus camas, agarraron los ataditos con sus ropas, se arrastraron como pieles rojas hasta la despensa, recogieron las bolsas con comida y agua y tan silenciosos como serpientes, salieron a la oscuridad de la plaza.

Aún no amanecía cuando  ambos niños treparon en el  viejo camión a manivela, otra vez escondidos entre la carga.  Esta vez, claro, con una pequeña variante en el plan: Nacho estaba decidido a bajarse de allí antes de que lo pillaran y lo dejaran botado  donde el diablo perdió el poncho, detalle importantísimo que olvidara planificar  cuando subió a la 4X4 de los gorilones. 

Continuación del Plan

5-Esconderse entre la carga del Chevrolet.

Hecho con gran sufrimiento.

Los pobres niños estaban casi asfixiados por el olor. ¿Qué llevaría don Dámaso allí atrás? Nacho se tapó la nariz con  la camisa, pero el olor se metía de cualquier forma, hasta por las orejas y el ombligo. Fernando, habitante de épocas más arcaicas, parecía llevárselo mejor.

Más puntos del Plan

6- ¡No dormirse en ningún momento!

Dificilísimo. Hecho.

(El olor de la carga fue de gran ayuda, era casi imposible dormirse soportándolo)

Al poco rato de estar allí, don Dámaso apareció en la plaza comiendo un pan con arrollado.  Le dio algunas vueltas a la manivela, pero surgió una complicación que no había sido considerada en ningún punto de la Operación Ti-Rex:  el Chevrolet no parecía muy decidido a  moverse.

Una y otra vez, don Dámaso daba vueltas la manivela. El Chevrolet gruñía su desagrado  por dos segundos y volvía a dormirse otra vez.

¡Qué lata, los chicos ya estaban que se bajaban a empujar! Finalmente, después de una sarta de maldiciones muy poco académicas, don Dámaso logró encender el motor.   El Chevrolet no ronroneaba, más bien,  jadeaba como gato asmático.  Don Dámaso  instaló no sin esfuerzo sus cien kilos de peso frente al volante y metió primera. La caja de cambios chirrió  tristemente y luego, lento, muy lento,  el camión se movió hacia la esquina; desde allí podía verse, a cuatro cuadras, el final de la calle principal  y el comienzo de la Pampa.

La Oficina Salitrera Nebraska no era un lugar muy grande que digamos, pero qué importaba, después de esta aventura, quedaría para siempre en los anales de la Humanidad. Fernando mojó el lápiz con la punta de la lengua y retomó el registro:

Lo mismo que lo anterior, pero diferente

7- ¡Tres, dos, uno, cero… partieron!

Parecía mentira.  

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Después de ser acogido como el nuevo integrante, Nacho descubrió que la familia de Fernando  vivía en  tres  pequeñas habitaciones  que daban a la cocina  de miss Rachel, lugar que misiá Panchita mantenía inmaculadamente limpio. En una de ellas dormían  los niños, Raquel de seis, carente de toda importancia para él por su dedicación total a las muñecas y a  la ronda,   y Fernando. El pequeño Ignacio, de dos, dormía con sus padres porque estaba enfermo y pasaba gran parte de la noche tosiendo.  Misiá Panchita estaba muy preocupada por él, pero ¿qué podía hacer? El pequeño Ignacio ya había sido visto por el médico de la compañía y ella seguía todas sus indicaciones al pie de la letra. Más no se podía hacer; la ciudad más próxima –Puerto Seguro-  quedaba a más de cincuenta kilómetros por el desierto y  allí tenían el único hospital de la provincia.  

Fernando, su nuevo gran amigo,  tenía diez años,  casi dos menos que Nacho,  y era el amigo perfecto, o lo sería si pudiera entender el sentido de  las palabras agujero de gusano o si al menos hubiera escuchado hablar de  La Estrella de Puerto Seguro.  Eso sí, era un hecho que Fernando había  leído bastante más que Nacho.  Lo primero que hizo al despuntar el día, fue mostrarle a Nacho la pequeña montaña de libros que atesoraba junto a su cama. Tal como le había dicho, sus favoritos eran La máquina del tiempo y El Mundo Perdido, de ese tal Señor Wells.  A Fernando le costó mucho aceptar que Nacho había llegado sin necesidad de una máquina del tiempo hasta Oficina Nebraska y muy en secreto,  estaba convencido de que esa tal 4X4  era el medio que había utilizado su amigo. 

– Por eso fueron a buscar a los dinosaurios en ella, Nacho, no sé cómo no te diste cuenta.

¿Cómo explicarle a Fernando que en 2006 las 4X4 eran tan cotidianas como el pan con mantequilla y el Play Station? Nacho ni siquiera lo intentó. No había manera, Fernando ni siquiera podía aceptar que existía algo llamado Internet donde todo el planeta estaba comunicado.

En eso, Nacho tuvo una idea genial:

– En las últimas elecciones presidenciales, se eligió a la primera Presidenta de Chile –dijo.

Fernando se indignó.

-¡Eres demasiado mentiroso!- gritó.

Lo dejó más botado que bolsón escolar en vacaciones.

Estuvieron todo el día enojados el uno con el otro. Nacho, porque lo habían ofendido y Fernando, porque lo habían tomado por tonto.

Se reconciliaron al día siguiente, pero, para no recaer, prometieron no hablar nunca más del tema.  Lo más extraño de todo, era que a Fernando no le costaba nada creer en las granjas de avestruces, después de todo, habían aparecido en la Estrella de Puerto Seguro, pero eso de que Ignacio inventara una presidenta estaba fuera de todo límite.

 

Oficina Nebraska era un lugar tranquilo,  tanto que llegaba a ser aburrido.  Sus habitantes trabajaban de sol a sol y al parecer jamás habían oído hablar de la jornada de ocho horas.  Al anochecer, después de cenar y contar  historias de terror junto al fuego de la cocina,  estaban tan cansados que apagaban las velas y  se dormían profundamente hasta  que amanecía otra vez. ¡Qué madrugadoras eran estas personas, a las cinco de la mañana ya estaban tomando desayuno y partiendo a trabajar!

Nacho  no dejaba de sorprenderse con su sistema de vida. ¡Era todo tan diferente!  Recordó que el Tata  solía contar historias de su infancia en la pampa y lamentó no haberle puesto atención. Siempre le había parecido tan  latoso, el Tata, que cuando se ponía a hablar de sus viejos tiempos todo el mundo se escabullía.

Para Fernando, en cambio, Nacho era  el niño más interesante del mundo. Venía del futuro, había viajado al pasado en una 4X4 y  le había  ratificado todo lo que siempre creyera a pie juntillas: el hombre llegaría a la luna, viajaría veinte mil leguas bajo el mar en algo llamado submarino atómico y  todas las familias tendrían automóvil y teléfono. ¡Qué maravilla de futuro, lástima que faltaba tanto tiempo para que se hiciera realidad, tanto que él difícilmente podría llegar a verlo!

A  Nacho también le gustaba Fernando.  Lo  mejor de Fernando era que  estaba  completamente decidido a acompañarle a buscar  a esos dinosaurios  que con toda seguridad debían vivir en una de las quebradas próximas.  En cuanto Fernando, por otra parte,  se dio cuenta de que Nacho no tenía  idea de donde estaba parado, le contó que el desierto era enorme, casi inexplorado,  y que los mineros del salitre contaban cada historia que la de los dinosaurios quedaba pequeñita al lado de ellas.

–         Podemos ir en bus  y nos bajamos en las Presencias Tutelares – propuso Nacho.

-¿Qué es eso?

– No sé, salía en la Estrella, pero es un nombre súper, ¿no crees?

Los niños averiguaron entre los adultos, pero ni siquiera don Pedro, que todo lo sabía, supo decirles qué eran las Presencias tutelares. Por complicado, el tema se archivó temporalmente.  Mientras seguían planificando su aventura, Fernando  advirtió  que Nacho andaba un poco despistado. A   toda costa,  quería tomar un bus para ir a Pampa del Lagarto. A Fernando le  costó un mundo convencerlo de que no existían.  Mucho menos  un tren.

Muy deprimidos, los niños evaluaron la posibilidad de una caminata, pero eso era casi suicidio. Fernando lo expuso claramente. ¿De dónde sacarían agua? ¿Cómo   encontrarían el camino?  Ni siquiera un adulto podría caminar tanto.  Los niños  pasaron los  tres próximos días tratando de descubrir una manera de llegar a la  Pampa del Lagarto.

            El cuarto día, desesperados,  prepararon lo que  Fernando llamó un cocaví y partieron rumbo al norte. A mediodía ya habían acabado con la mitad del agua y el total de los huevos duros. A las cuatro de la tarde, no tenían idea de dónde estaban parados y a las seis,  ya imaginaban el próximo  titular de La Estrella:

“DOS NIÑOS DESAPARECEN EN LA PAMPA”

Entonces el destino les  puso justo frente a la solución.

-¡Tuuut, tuuut!

El bocinazo fue lo primero, después, rugiendo y rezongando, subiendo y bajando por las lomas resecas, un camión cacharriento  y  oxidado apareció frente a ellos.

-¡Don Dámaso, cómo no se me había ocurrido!- dijo Fernando.

El camión avanzó hasta llegar junto a ellos y se detuvo  con rechinar de frenos y un solo de batería,  producto del millón de latas sueltas  que lo integraban.

            Una vaharada de olor a podrido estremeció a Nacho, el camión olía apestosamente.  Para rematar, un hombre gordo y sudoroso sacó la cabeza por la ventanilla carente de vidrios y preguntó:

-¿Para dónde van niños?

-¡Vamos para Oficina Nebraska!- respondieron simultáneamente.

-¡Suban, los llevo!

Los niños treparon  al camión. Ya allí, el olor era todavía peor, pero Nacho terminó acostumbrándose, tanto que se le pasaron las ganas de vomitar. El cacharro  resultó ser un  Chevrolet  y el conductor un hombre parlanchín,  divertido y muy curioso,  que los interrogó a fondo:

Aquí debería escucharse grabación N°3, resumida

¿Qué andaban haciendo por allí, acaso no era Fernando el hijo de don José, el capataz,  por casualidad, a alguien se le había ocurrido pedir permiso?

 

Eran demasiadas preguntas. Con mucha cautela, Fernando respondió todas sus consultas sin informarle en absoluto.   Al rato, el tiempo parecía haberse detenido, satisfecha su curiosidad inicial,  Don Dámaso hablaba y hablaba y su tema favorito era él mismo.

– Todos los días vengo desde la Quebrada de Malpaso, –explicó- allá tengo mi criadero de chanchos, cerquita de la Pampa del Lagarto.  Vengo a recoger los restos de comida que me guardan en Nebraska y se los llevo a mis animalitos. Cuando mato un chancho,  traigo carne y les vendo  barato.

Bueno, eso sin duda que explicaba lo del olor.  Lástima que el Chevrolet, si es que lo era, no andaba mucho más veloz que ellos,  porque lo tendrían que soportar más tiempo;  tan lento era que, gracias a eso, ya casi eran las nueve cuando los viajeros hicieron su entrada en  Nebraska, pero a Nacho no le quedó otra que reconocer que, al menos, no estaban cansados,  salvo de tanto zangolotear por esos pedregales de la pampa que allá por 1935 se llamaban caminos.

            Esa misma noche, después de lavar los platos y fregar el piso de la cocina en castigo por irse sin permiso,  Nacho y Fernando se fueron a la cama sin cenar por la misma razón y en cuanto pusieron la cabeza en la almohada comenzó el   aluvión de secreteos con que los conspiradores planificaron paso a paso la escapada del día siguiente. Elaboraron un plan detallado que comenzaba por el punto más importante:

            Nacho sería el comandante de la operación secreta.

Resuelto este punto, lo demás era  papaya.

– Tiene que tener un nombre – sentenció el  comandante-, todas las operaciones secretas tienen nombre.

A Nacho le encantaban las películas de ciencia-ficción y agentes secretos.

-¿Qué te parece Operación  Héroes de la Pampa? – preguntó Fernando, fanático de los Episodios Nacionales.

Nacho lo quedó mirando como si fuera extraterrestre. Qué nerd y pasado de moda  podía  ser Fernando. Mucho más de lo que cualquiera se habría imaginado.

-¡Jamás! –respondió lapidario-, para que salga en los diarios tiene que tener un nombre bacán,  con onda, como de película.

Las proposiciones iban y venían:

Operación  Ciberespacio

Operación  Norte Grande

Operación  Amigos en el Tiempo

Operación Oficina Nebraska

Operación Nacho y Fernando

(Esa casi estuvo a punto de satisfacer el ego de ambos exploradores, pero fue rechazada por ser  demasiado larga)

            De  pronto Nacho tuvo una ocurrencia genial:

-¡Ya sé, se llamará Operación Ti-Rex!

Explicarle el nombre a Fernando resultó casi tan largo y complicado como planear la operación completa. Nacho casi se había dado por vencido cuando Fernando entendió lo que había querido decir  con el nombre. El hecho de saber que en esas fantásticas historias llamadas Parque Jurásico el Tiranosaurio Rex era llamado así,  terminó por convencerlo. 

            Ahora que lo más difícil había sido resuelto, lo demás era pan comido.   Esta vez se irían en el camión de don Dámaso y no tendrían ningún problema.

El día D sería el jueves. Regresarían al día siguiente,  lo que les daría  tiempo suficiente  para encontrar los dinosaurios.  A Fernando le pareció  que incluso sobraría,  de modo que quería aprovechar la ocasión para conocer  las granjas de  avestruces.  Después  de todo, si se viajaba al pasado ¿por qué no se podía también ir al futuro?   A Nacho su razonamiento le pareció  de lo más lógico, si viajaban al futuro él   podría volver a su casa a enfrentar el castigo que su propia madre le impondría por llevar perdido más de una semana.

-¿Tú crees que   si voy contigo me castigará también? – preguntó  Fernando.

Nacho  lo dio por  descontado, su madre no iba a perder esa ocasión por nada del mundo.  Además, le parecía totalmente justo. ¿Acaso no había lavado él, bajo pena de azotes,  los platos de misiá Panchita y, además,  fregado el piso,  a pesar de venir del futuro? Lo menos que podía hacer Fernando, si era tan buen amigo como decía, era compartir la pena.

            En fin, también en esa materia hubo acuerdo y los niños se durmieron  tan compinches como el primer día.

Toda la noche soñaron con dinosaurios. Con pequeñas diferencias, claro. Nacho los perseguía en una nave espacial y Fernando,  en una cuatro por cuatro.  

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Persiguiendo al niño que llamaban Fernando, Nacho salió al exterior y dos  cosas sorprendentes   lo dejaron pasmado.

La primera era el sol, un sol fuerte y  brillante que lo golpeó como una cachetada y que parecía iba a devorarse todo.

La segunda  fue  una plaza  reseca y polvorienta salpicada por frondosos árboles de pimiento,  por la cual,    una gran cantidad  de obreros y señoras de vestidos largos  circulaban  lentamente de un lado a otro. En las veredas  se sentaban otras señoras, diferentes.  Señoras con amplias faldas multicolores y sombreros de fieltro;   rodeadas por  sacos de  naranjas olorosas, especias, charqui y cereales inflados que ofrecían a grito pelado.

-¡De Bolivia son, de Bolivia son!

Y en la esquina, ¡oh prodigio!,  sus ojos descubrieron un letrero azul algo desteñido, en que, escrito con grandes letras blancas,  decía:

OFICINA SALITRERA NEBRASKA

POBLACIÓN : 1203  HABITANTES

Todo esto lo vio Nacho mientras corría detrás del  hijo de misiá Panchita.  Recién muchos metros más allá,  cuando Nacho ya estaba sin aliento y lo perseguía a duras penas, Fernando se detuvo bruscamente, esperó que el recién llegado lo alcanzara  y apuntando con su mano derecha, dijo:

– Bienvenido a oficina Nebraska.

– ¿Nebraska?  ¿Estás seguro? – Preguntó Nacho.

– ¡Cómo no voy a estarlo, nací aquí!

Nacho lo miró con toda la compasión que esa triste confesión justificaba. ¡Era increíble que algunas personas pudieran nacer en la punta del cerro y, peor aún, fueran capaces de reconocerlo públicamente.  Luego  lo pensó mejor y recordó un pequeño detalle que le estaba molestando desde que abriera los ojos en el salón de miss Rachel.

– Oye, esta Nebraska, ¿es la misma que queda cerca de Pozo Empinado?

-Claro, qué otra va a ser. No  es el estado de Nebraska, capital Omaha.

¿Y eso qué quería decir? ¡Qué niño más loco!

(No queda más que reconocerlo: Nacho es pésimo en geografía y otras cosas  que considera sin importancia como la matemática, el inglés y el lenguaje)

– Es que no puede ser, yo estuve allí esta mañana y eran puras ruinas.

Esta vez, el turno de ser compasivo correspondía a Fernando. Ya está, al pobre afuerino, de tanto asolearse en la Pampa, se le habían secado los sesos.

– Bueno, ¿y ahora cómo  ves  a Nebraska,  muy ruinosa?

– No, pero…

– Pero qué, mi papá pintó la casa de miss Rachel el mes pasado y  hace sólo  unas semanas terminaron de  reparar los bancos de la plaza.

¡Quién lo hubiera dicho! De creerle a Fernando, la Oficina Nebraska estaba casi recién inaugurada. De pronto, Nacho tuvo una magnífica idea.

-¿Cuándo?

– Hace  tres semanas.

– Sí, pero cuándo, dime la fecha.

Esas eran palabras mayores, Fernando no tenía muy claro aquello de las fechas.  Trató de contar con los dedos, pero no le eran suficientes.

– No me acuerdo.

-¿Y qué fecha es hoy?

– Martes 7 de  enero.

-¡Sí, pero de qué año! – gritó Nacho, perdida ya la paciencia.

Y Fernando, con toda tranquilidad, lanzó la bomba que trastornaría todo:

-¡De 1935, de cuál otro!

Su respuesta golpeó a Nacho como un rayo.  Todavía aturdido, el niño se sentó en una piedra y se tomó la cabeza a dos manos.

-¡No puede ser!

– Claro que puede ser, qué es lo que te pasa.

Nacho guardó silencio.  Pensó largo rato mascullando para sí.

Escúchese Grabación N° 3

-¿Y si le digo? ¡Jamás me… pensará que estoy… claro, yo también lo creo, es imposible… pero si es verdad, ¿cómo voy a regresar? ¡Mi mamá va a matarme si tardo demasiado!  Además, imposible… no puede ser cierto,  son cómo setenta años, eso sí que es demasiado demorarse… a menos que, claro, un agujero de gusano, un portal en el tiempo,  estaba en la casa, de ahí mismo salieron, claro… ¡DE AHÍ MISMO SALIERON LOS DINOSAURIOS!

Cuando Nacho gritó esa barbaridad, a Fernando casi se le cayó el pelo. El niño raro  estaba más loco  de lo que había creído. Nacho se dio cuenta y entonces le tomó la mano y lo hizo sentarse a su lado.

– No te asustes, no estoy loco, pero tengo algo que mostrarte.

Se metió la mano en el bolsillo y sacó de allí un  atado  de papeles que empezó a estirar con mucho cuidado.

– Mira;  tienes que leer esto.

Fernando  tomó uno y las palabras saltaron  ante su vista

EXTRAÑOS SERES SERIAN AVESTRUCES FUGITIVOS

Fernando  devoró todos y cada uno de los recortes; cuando terminó, estaba casi sin aliento.

-¡Fantástico, ¿de dónde sacaste esto? ¿Es de H.G Wells?

– No  creo, ahí dice que el reportero se llama  Fructuoso Barrera.

– Es un escritor buenísimo, a mí me encanta leer libros de misterio. Miss Rachel me regala uno todos los años. Tengo “Viaje al Centro de la Tierra”, “De la Tierra a la Luna” y  “La Guerra de los Mundos, ése es de H.G. Wells.

– Esto no es de un libro, salió en el diario, en la Estrella de Puerto Seguro- dijo Nacho con toda la seriedad que la prensa portosegurana merecía-, y  salió después de que yo llegué ahí, mira, hay uno que tiene fecha.

Este era su momento,  puso el recorte casi en la nariz de Fernando y el niño, asombrado, leyó “Puerto Seguro, martes 7 de enero de 2006”

-¡Imposible!

-¡Claro que es posible, yo lo leí allí esta mañana!

 

Es muy difícil que dos niños de diez años se pongan de acuerdo  en  lo que quieren hacer para no aburrirse, así que ya se pueden imaginar ustedes  cuán difícil resultó que Nacho y Fernando se pusieran de acuerdo en el hecho increíble de que ambos  habían nacido con  setenta años de diferencia, pero,  pequeño detalle, estaban juntos  conversando como si nada.

También ocurre que las cosas más increíbles son las que un niño cree con más facilidad. Cuando Nacho terminó de explicarse,  por supuesto, todo marchó sobre ruedas.  Fernando estaba feliz  viviendo su propia novela de Julio Verne y  Nacho se sentía el protagonista de la próxima  película de  Steven Spielberg.  Y si consideramos lo entretenido que resultaba todo eso, el compartir  tan  tremendo secreto terminó por hermanarlos. 

 

            De tan sencilla que era,  Fernando  le contó a  Nacho  en muy pocas palabras la historia de su vida,  pero como   Nacho le puso  al día  sobre los sorprendentes cambios que había sufrido el planeta,  el resto del día se fue volando.  Los niños regresaron a la casa, cenaron y  se fueron a la cama sin ver televisión, porque ni siquiera había sido inventada.  Nacho no podía creerlo;  trató de explicarle a Fernando todo lo que se estaba perdiendo con la ausencia del televisor, pero su nuevo amigo   apenas tenía una vaga idea de  lo que era el cinematógrafo.

– El año próximo, cuando  bajemos a Puerto Seguro, mi papá me llevará a  conocer el Biógrafo- aseguró.

Nacho quedó  marcando ocupado, no tenía idea de qué había querido decir su nuevo amigo, pero como a este le ocurría lo mismo con lo de la televisión, quedaron empatados.

Los niños parecían no tener tiempo suficiente para contarse las maravillas de sus respectivos mundos.  Hablaron hasta que fue hora de acostarse y en cuanto misiá Panchita apagó la vela del dormitorio, se  quedaron con los ojos muy abiertos en la negrura de la noche y siguieron conversando hasta que el papá de Fernando les llamó la atención.

-¡Hora de dormirse!

Tan  obedientes como todos los niños, Nacho y Fernando  continuaron la charla informativa en susurros, pero algo de soporífico había en esas tres palabras; pronto los ojos les pesaban como piedras y finalmente, casi al mismo tiempo, se quedaron dormidos. 

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– Despierta, niño, despierta.

Nacho abrió los ojos.  Estaba  en una  habitación grande, muy bonita y arreglada.   Lugar un poco oscuro, pero elegante. Las cortinas eran gruesas y lujosas y  casi no hacía calor. Había un piano, unas sillas de lo más ridículas y un sillón de tapiz floreado  con los brazos cubiertos con pañitos tejidos. Era como una casa de película. Y eso no era nada,   lo más increíble era la gente. Un montón de cabezas inclinadas sobre él, lo que no era raro, porque Nacho, vaya uno a saber por qué,  estaba tirado en el piso.    El   círculo  de gente le rodeaba  con cara de  preocupados. Gente  extraña, vestida  y peinada de formas más extrañas aún.  Las señoras con faldas negras y blusas blancas llenas de vuelos y los hombres de corbata  y pantalón a rayas. Caballeros serios que  usaban unos    bigotones de lo más ridículos. 

Un momento, la habitación le parecía conocida… claro, si ésa era la puerta… la puerta de la habitación abandonada donde él había entrado recién.    Se veía muy diferente ahora.  La habitación se había  llenado de muebles, hasta había un jarrón con flores sobre la  mesa.  ¿De dónde había salido todo esto?

De pronto, a Nacho  le dio un susto terrible. Sudaba frío. Le  aterraban todas esas señoras  con   vestidos largos, mangas y cuellos  de encaje, criadas con moño y delantal hasta las rodillas, si es que las tenían  debajo de  esos  largos pollerones. 

Los extraños, además, estaban tan intrigados como él y no tenían ni la más mínima consideración por su presencia,  hablaban de Nacho como si se hubiera muerto:

 
Escúchese Grabación N°2

-¿Quién es este niño?

-¿Qué hace  tirado en medio del salón?

-¿Estará  perdido, entró a robar,  alguien lo conoce?

(Las preguntas quedaban sin respuestas y lo que es peor, aparecían otras)

-¿Por qué  no habla?

-¿Será necesario que llamemos  al médico?

-Yo que usted, miss Rachel,  llamaría  a la policía de la ciudad más cercana o  al sacerdote  de  Malpaso.  Esto no puede ser normal, mírele la ropa, qué clase de zapatos son ésos.

 

La mujer llamada miss Rachel   era la más elegante de todas y estaba  inclinada sobre Nacho. Era una señora bastante bonita,  era rubia, crespa y tenía los ojos azules como bolitas de vidrio.

– No poder hacer nada con niño en este estadou –dijo la señora-, misiá Panchita, llevelou a  coucina y dar  algo de comer, please.  Don Pedrou ayudar you.

Don Pedro salió de la nada y  tomó a Nacho en sus brazos como si fuera una pluma.   Le llevó por la casa  detrás de misiá Panchita hasta que llegaron a la cocina, lugar también oscuro, tibio y perfumado. El olor era delicioso  y sobre la mesa   estaba la fuente de emisión, como dice su padre:  una gran fuente de galletas.

 Misiá Panchita  puso unas en un plato y sacó un  tazón  de lata,  un paquete de algo café y  el azucarero. Puso tres cucharadas  de polvo en el   tazón,  luego tres de azúcar y después le volcó agua caliente de la tetera, que estaba puesta sobre el fuego de la cocina.  Para qué decirlo, pero claro,  la cocina era extrañísima, salía fuego de adentro y producía un calor de los mil demonios.

 

Pronto,  el lugar ya no le parecía tibio sino terriblemente caluroso.  Nacho lo comprendió todo cuando misiá Panchita echó unos trozos de carbón en  donde debió estar el horno.

-Tómate el ulpo calientito,  m’hijito – dijo misiá Panchita.

Nacho tenía tanto hambre que hubiera podido comerse  media docena de hamburguesas, pero tomarse el ulpo no era nada fácil. No  era malo, en realidad;  era dulce,  una papilla espesa y caliente que  quizás le hubiera encantado cuando aún no le aparecían los dientes. También comió galletas, que estaban de primera, pero no tenía ningún interés en la papilla y la apartó a un lado.

-¡A ver niñito,  primero el ulpo, después las galletas!

Misiá Panchita estaba frente a él con las manos en las caderas y  cara seria. Se veía realmente  poderosa y ningún niño se  avergonzaría  de decir que le hizo  caso al tiro, Nacho no tenía por qué ser diferente, no fuera cosa que se enojara con él. Después de todo, el ulpo no era tan malo y  cuando lo hubo acabado, se sintió mucho mejor.    

Seguramente la señora Panchita no estaba al tanto de que Nacho no solía ser tan obediente, porque su actitud le pareció de lo más natural. Puso otras galletas en el plato y  con un vozarrón digno de relator deportivo, llamó:

-¡Fernandooo!

Fernando debió estar con el  grupo que espiaba por la ventana porque apareció  al segundo.

-Diga, mamita.

Se trataba de un niño delgado y moreno, vestido con pantalones cortos y camisa blanca.

-Llévate al niño a jugar un rato y a ver si te cuenta de dónde viene, su madre lo debe andar buscando –ordenó su madre.

Don Pedro rompió su silencio:

-Este niño, misiá Panchita, debe haber andado con los gitanos que pasaron el otro día, yo no lo he visto por aquí antes.

Sus palabras detuvieron la acción momentáneamente. Fernando se puso a comer galletas,  misiá Panchita se puso a  amasar el pan y la gente que espiaba por la ventana se aburrió y se marchó. 

-¿Usté cree, Don Pedro?

-Claro, pues, no ve que se fueron  de un día para otro.

Misiá Panchita volvió sus ojos hacia Nacho.

-¿Cómo te llamas, niño?

– Ignacio –respondió  nuestro héroe con un hilo de voz.

-¡Ignacio, igual que mi niño! ¿Sabes que mi hijo menor está enfermito?

– No,  señora.

La señora pareció querer decirle algo, pero luego lo olvidó totalmente y continuó:

– Tiene razón, don Pedro, como siempre. Este pobre niño está un poco lelo, mejor le armamos un lugar donde dormir, le voy a poner un  catre en la pieza de Fernandito.

– Yo que usté, misiá Panchita, lo mandaba a la escuela con la señorita  Eduvige.

-¡Qué buena idea, don Pedro! Mañana mismito, pero por ahora, anda, llévalo  para que conozca la oficina,  Fernando.

Nacho y Fernando se miraron. Eran casi de la misma estatura y aunque Fernando estaba  quemado por el sol de la pampa, se podría decir que eran muy parecidos. Quizás tenían la misma edad.

-¿Vamos? – Preguntó el niño.

Y Nacho ni siquiera alcanzó a contestar, porque cuando Fernando salió corriendo no le quedó otra que hacer lo mismo. 

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