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Archive for the ‘zoo cuento’ Category

La vida de  Zorzalo cambió dramáticamente desde que la humana del N° 5 instaló el comedor para aves.  Es cierto que su situación económica y su fama  se han disparado desde entonces, pero él es más tímido que un  búho, así que poco provecho obtiene de ello.  Zorzalina  es la más feliz. Ahora tienen un nido de cuatro habitaciones y una cama matrimonial de hilos de seda que Golondrisa Petrucciani trajo uno por uno desde la milenaria China  y   los niños, que ya han emplumado  bastante, gozan de una popularidad envidiable. Diariamente, los López y sus amigos se reúnen a comer debajo del quitasol  y lo pasan estupendamente.

En invierno viene un gran  pajarerío  a comer. Gracias a la Bodega, como la llaman,  sobreviven muchos más polluelos que antes, de manera que  los pájaros del sector se sienten comprometidos con  Zorzalo. Aprecian mucho su opinión, le piden consejo, lo invitan a matrimonios y bautizos y envían altos de tarjetas de saludos el día de Navidad.

Lo único malo es que  Zorzalo se ha visto obligado a madrugar para seleccionar la comida temprano, llenar la despensa -ya tienen dos-  y comer tranquilo. Más tarde, cuando llega todo el mundo, el pobre pasea por ahí tratando de mantener el orden, esponja bien el plumaje para recibir los halagos de  pájaros  que ni conoce y comenta las noticias internacionales con Leotordo o Juanito Chincólez,  mientras  Zorzalina prepara la comida con la ayuda de Golondrisa y de Mari Loica Huenumán. El mejor día, lejos, es el domingo, cuando Mari Loica recoge las migas de marraqueta fresca y en un abrir y cerrar de ojos prepara unos panes amasados crujientes, que combinan a la perfección con los chorizos de lombriz  de doña Zorzalina.   Leotordo y su esposa siempre traen el vino,  el tinto es la  especialidad de la familia.

-¡Qué tintos más oscuros y aterciopelados! – Comentan los Chincólez.

Y Leotordo,  feliz, aclara que  proceden de la viña Santa Tordoliana  de Lontué, propiedad de su primo  Eustordo.  A  su familia, se jacta,  todo lo oscuro le resulta perfecto.

-¡Si viera usted, don Zorzalo, el  chocolate semiamargo que prepara mi primo Hanstord, de Suiza!

Doña Zorzalina, que es una golosa, casi tiene un ataque, simplemente, tiene que probarlo. No se queda tranquila hasta que Leotordo promete encargar  una remesa vía  bird-mail esa misma noche.

-Con suerte, el próximo domingo lo tenemos aquí. -Asegura.

A Golondrisa Petrucciani los birdólars le hacen tilín en el cerebro. Se lleva aparte a Leotordo y  no lo deja tranquilo hasta que consigue que sus primos se hagan  cargo del flete. Le ofrece tarifa rebajada, saca calculadora quién sabe de dónde, teclea precio por gramo, hace un descuento del veinte por ciento, le suma los impuestos, la tasa de embarque, el porcentaje de ganancia y el impuesto al valor agregado, se queja amargamente porque va a salir perdiendo plata y finalmente le cobra a Leotordo diez por ciento más de lo que hubiera costado traerlo  vía Gaviota. Leotordo paga encantado.

En cuanto Golondrisa  parte para la cocina  en busca del pastel de hormigas rojas recién horneado Leotordo vuelve con  Zorzalo y  Juanito Chincólez y comenta el buen negocio que acaba de hacer. Sus amigos  intercambian una mirada de comprensión. ¡Tan ingenuo este Leotordo! Pero a fin de cuentas, no vale la pena amargarle más de la cuenta el chocolate, de manera que  Zorzalo  saca a colación la fuerte alza que ha tenido el precio del trigo.

-No se dónde vamos a parar si seguimos así. -Don Juanito, muy serio.

-Y las propiedades que están por las nubes -acota  Zorzalo, que nunca es más feliz que cuando habla de su flamante nido de cuatro habitaciones-,  el otro día no más  fuí al Banco del Avestado  para poner al día mi situación financiera. ¿Me creerán que mi nido  cuesta ahora ciento cuarenta mil birdólars? Hoy día, no podría comprarla, no tendríamos más remedio, mi Zorzalina y yo, que tomarnos una rama de un arbolillo en una calle cualquiera. Jardines cómo éste ya no se encuentran.

Y da una mirada enternecida al hermoso rectángulo cubierto de césped y rosas. Al pobre Leotordo no le queda otra que admirarlo una vez más. Don Juanito Chincólez, que ya está aburrido de su discurso, se hace el leso.

Un piído desesperado los saca de su conversación. ¡Los Gorriontínez acaban de llegar y asaltaron  a Golondrisa Petrucciani  cuando venía bajando la escalera de hiedra!  Golondrisa defiende con garras y pico la torta de hormigas rojas, pero no hay caso, cuando los caballeros llegan a defenderla los Gorriontínez han largado el vuelo en dirección a la Bodega y de la torta  no queda una sola migaja. Golondrisa llora amargamente; Elisa Chincólez , furiosa,   persigue a los Gorriontínez con la escoba de hierbas, pero ellos no le hacen ni el menor caso porque están ocupadísimos comiendo y tirando cáscaras para todos lados.  Doña Zorzalina amenaza con sufrir un nuevo ataque, pero los demás están tan ocupados consolando a Golondrisa Petrucciani que  no le queda  otro recurso  que guardar sus ánimos para una ocasión más propicia.

En todo caso, detrás de los Gorriontínez habían aparecido los Palomérez,  de manera que los Escolibrí y los Cotorrínez, unas cotorras recién llegadas   de Argentina que rentaron los dos ciruelos de la otra cuadra,  abandonaron los damascos que ya empezaban a madurar al otro extremo del patio.  Los Palomérez se apropiaron inmediatamente del plato de semilla.  Palomingo, con todo descaro, picoteaba a las pobres tortolitas de la calle Petrel corriéndolas del plato como si el jardín hubiese sido suyo y cada cierto rato se iba de aletazos con la paloma de metal. Tal era el caos que  Zorzalo, desesperado, invitó a todo el mundo a pasar a su nido.

Ver el nido de  Zorzalo y caer en trance no les tomó a sus amigos más de un minuto. ¡Zorzalina había arreglado las habitaciones con tanto gusto! Golondrisa Petrucciani, que les había ido trayendo los textiles y los muebles de sus viajes por el mundo,  no podía desaprovechar la ocasión,   de modo que  sacó su cuaderno de pedidos e iba de una dama en otra anotando y sacando cuentas.

-¡Qué maravilla -decía Leotordina- estos sillones de plumón de gallineta!

-Tienes un gusto impecable, mia cara,   claro que lo buono  hay que pagarlo, ma io te cobro baratísimo, una ganga.

-Qué irá a decir Leotordo -se preocupaba su mujer-, pero no puedo resistirlo. Quiero uno igual para mi nido. ¿Y esas camitas de hilos de seda, saldrán muy caras?

-No, si te las traigo de la India, piccola mia. Mis primos de Benarés las traen rebajadas, cuarenta por ciento más baratas que en Nueva Delhi…¡y unos colores! Te mueres, Leotordina, te mueres.

Y Leotordina sellaba el negocio dejándole a Golondrisa una ganancia del sesenta por ciento.

-A Golondrisa hay que regatearle bastante, más que de Italia, parece que hubiera venido del Asia menor. – Intervino   Zorzalo.

La Petrucciani le dio una mirada que si hubiera podido hacía un agujero en el piso del nido, justo debajo de las patitas del dueño de casa.

Todo el pajarerío de la cuadra habría quedado endeudado si no hubiera aparecido doña Zorzalina con unas galletitas de pulgón de rosa simplemente deliciosas.       Martín Escolibrí -que se había colado últimamente como si fuera íntimo de don Zorzalo-  no paraba de alabárselas. Por último, prometió volver al día siguiente  con unos pasteles de hormiga roja que la consolarían  inmediatamente por la pérdida de la torta. Doña Zorzalina estaba feliz, cómo había sido tan desconsiderado Zorzalo de no haber invitado antes a los Escolibrí, que además eran tan buenos bailarines.

-¿Y usted, dónde vive señor Escolibrí?-  preguntó don Juanito Chincólez, tratando de dejar en evidencia la condición de afuerino del primero.

-Aquí a la vuelta no más, en el acacio número tres de la calle  Canberra, nido número quince, tercera rama a la derecha. Vaya cuando quiera, don Zorzalo, mi señora hace una miel de azahares perfecta para los pasteles de masa de hoja, recuérdeme traerle un frasco, vecinita.

-Qué nombre más raro tiene esa calle.- Volvía don Juanito a la carga, enojado porque Escolibrí había salido del paso con tanta elegancia y facilidad.

Golondrisa Petrucciani intervino inmediatamente.

-Pero si es el nombre de una ciudad tan linda, con árboles inmensos, yo tengo allá amici de tutta mia vitta,  Bert Kuka Burra y su familia. Hombre muy educado, políglota, y de tan buen humor que nos moríamos de la risa con sus chistes.

Qué  feliz estaba  Zorzalina; al fin, después de tanto tiempo, habían logrado integrarse al barrio. Y Zorzalo,  que tanto había temido relacionarse con los vecinos, siempre pensando que no les caía bien.  De pura alegría partió para la cocina y regresó con una  nueva bandeja de galleticas sobre las cuales los polluelos se arrojaron al más puro estilo bandada de gorriones.

 Empero,  pese a lo bien que lo estaban pasando, de vez en cuando  Zorzalo no podía evitar asomarse al balcón  para ver el deprimente espectáculo de los Palomérez  y los Gorriontínez peleando por las últimas semillas de sésamo para luego menear la cabeza con gesto de resignación. Si algo no podía entender era qué había pasado con los buenos modales del pasado, tan necesarios para vivir en paz.

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En los albores de América,   los primeros ejemplares de Oso  apenas comenzaban a desperdigarse en la zona andina. No eran tan grandes ni tan majestuosos como sus primos del hemisferio norte, pero ya se  mostraban como animales listos y  veloces y se sentían muy orgullosos de su pelaje,  oscuro como una noche en la Puna.

Como el oso es un animal solitario,  son las madres quiénes se encargan por sí solas de criar a la nueva generación. El  oso de los Andes no es una variedad  numerosa por lo que mucho sufrían las hembras, madres muy cariñosas y protectoras, cada vez que perdían  un cachorro. Siempre estaban pendientes del puma, el águila y las serpientes, pero los que más les dolía, era que el peor enemigo de sus  cachorros  era, por  lo general, otro macho de la misma especie, incapaz de aceptar  la existencia de  crías que él no había engendrado. Da un poco  para pensar el hecho de que  la violencia contra  las hembras y sus cachorros sea habitual entre tantas especies que pueblan la Tierra, incluída, para nuestra vergüenza, aquella tan soberbia a la que pertenecemos,  pero ese hecho nos hace compartir el dolor de las madres osas como si fuera nuestro.

Ocurría, como  os contaba, que  muchas crías  morían en su primera infancia y las osas, desesperadas, fueron trepando los Andes en busca de refugio para sus camadas sin pensar que donde quiera que fuesen, allí las seguirían los machos empujados por La Naturaleza, de manera que  el hecho se seguía repitiendo inevitablemente.

Sucedió  que un día,  una camada de tres oseznos  jugueteaba en el bosque mientras la madre  buscaba alimento para su sustento. Se trataba de tres ositos muy listos y alegres, que  jugaban con tantas ganas que no alcanzaron a darse cuenta a tiempo de la  aparición de un macho cruel y desagradable, que se les echó encima rugiendo  de furia,  decidido a acabar con sus vidas.

El primero de los oseznos, que se sentía responsable de sus hermanitos, vio  con desesperación que la muerte les caía encima y, recordando que poseía cuatro patas bien rematadas en fuertes garras, corrió hacia el árbol más próximo gritando a sus hermanos que lo siguieran. En cosa de segundos, los oseznos estaban trepados en las ramas más altas, perdido el aliento y con el corazoncito  batiendo aterrorizado en el pecho.

Más terror  experimentaron al ver que el macho malvado comenzaba a trepar tras ellos, pero el peso de la enorme bestia no le permitió  seguir, se dio por vencido, y se marchó refunfuñando.  Al rato, y ya tranquilizados, los oseznos pensaron en bajar de su refugio, pero como temían que el oso regresara, permanecieron allí y se pusieron a  mirar a su alrededor.

Descubrieron entonces la magnífica belleza de los Andes: las altas cumbres nevadas, los hilillos de plata que bajaban a alimentar los cursos de agua y  los cóndores que planeaban  en el aire helado de la mañana. 

-Un día –dijo el más listo-, alguien inventará una manera de volar como los cóndores tan sólo por el placer de ver la tierra desde allí arriba.

-Tú estás loco –intervino uno de sus hermanos-, está escrito que los que carecemos de alas nunca podremos volar.

-Alguien puede cambiar lo que está escrito -reflexionó el osezno-, así como tres simples cachorros como nosotros hemos descubierto que podíamos salvar la vida trepando hasta aquí.

–Pero si  hubiéramos volado –acotó el tercer osito-, el viento nos habría cerrado los ojos y chocaríamos con los árboles o nos estrellaríamos con las montañas.

-Cuando  llegue el día que  aquel que no tiene alas vuele –prometió el listillo-, usará unos lindos anteojos  para proteger sus ojos y nada de eso sucederá.  Yo se bien lo que se debe hacer.

Y tomando un poco de resina, se dibujó un par de gafas sobre la piel y subido en la copa del árbol,  soñó que era un aviador capaz de llegar hasta el cielo y más allá.

Apenas regresó la madre, los oseznos le contaron lo sucedido y juntos celebraron la inteligente maniobra que los había puesto a  salvo.  Pronto, todos los osos de los Andes conocían la historia y las más felices eran las madres, que ya no sufrían tanto la muerte de sus  crías.  Además, ahora que todos los oseznos soñaban con ser aviadores y se entretenían jugando en las ramas más altas,   las madres vieron que sus  hijos se habían pintado gafas y como  las encontraron muy bonitas, se las pintaron también.

Menos contentos estaban los machos, pero la razón era tan vergonzosa que no tuvieron más remedio que guardarla  en secreto.  Se  consolaron pensando que podían pintarse anteojos y  verse tan bien como las hembras y sus crías.

La Naturaleza, que de todas maneras no es tan cruel como la pintan, encontró  que todo el asunto era muy divertido y en los Planes de Evolución correspondientes a los osos, escribió a escondidas un breve acápite  concediéndoles  unos bellos  anteojos de pelo blanco en forma definitiva. Desde entonces, y para envidia de todos los demás osos del planeta,  al Oso de los Andes se le conoce  como el Oso de Anteojos.

Y  los oseznos, cuando juegan al avión  encaramados en las copas de los árboles, se sienten muy orgullosos de haber  sido los causantes de todo.

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  Mucho, mucho tiempo atrás, los primeros cazadores que habitaron las tierras nórdicas descubrieron en el Reno un animal, además de bello,  inteligente, sociable y fácil de domesticar. Dejaron pues de cazarlo y  conservaron algunos de los ejemplares que cazaban  con vida para, de esa manera, formar una manada que les proporcionase carne, leche y animales de tiro al mismo tiempo. Hasta el día de hoy, por ejemplo, los lapones  cuidan sus  rebaños.

 Al principio, los renos estaban desesperados, ellos se sentían nacidos para correr por las estepas, para escarbar su alimentos bajo la nieve con las patas o ramonear los brotes  frescos de los arbustos, no para ser ordeñados y carneados cuando al pastor le viniera en gana, sin embargo, ya eran prisioneros y no les quedó más remedio que adaptarse a su nueva vida. Los más fuertes y valientes huyeron y observaban la situación desde los bosques sin poder hacer nada.

– Si los ayudamos, el Hombre nos arrebatará  la libertad – dijeron-, y  correr  sobre la tierra es lo que más amamos.

Y los renos domésticos se conformaron pensando:

– Cuando las tormentas azoten la tierra y las agujas de hielo  cierren los ojos de los renos montaraces, nosotros estaremos abrigados y  felices comiendo el forraje que nos da el Hombre.

De esa manera,  retomaron sus vidas separadas hasta el día de hoy.

El Hombre hacía trabajar mucho a sus renos, pero apenas se cansaban se tendían en la nieve y no había nadie que los hiciera levantarse hasta el día siguiente. El Hombre se daba por vencido y los  encerraba en el corral  para que descansaran y se alimentaran. Los hombres, por otra parte,  comían, tocaban música, bebían y se sentaban en un corro en torno al fuego. Allí pasaban toda la noche y parecían muy entretenidos.

Un día, curioso, Reno se acercó a observarlos. Los hombres tenían  algo que llamaban Juego. Cada uno de ellos ponía un poco de plata sobre la tierra y mientras algunos se iban quedando con los montoncitos de plata entre risotadas, otros  debían irse muy tristes y con las manos vacías.

– ¿Qué es lo que hace el hombre? –le preguntó el Reno al Lobo.

– Sea lo que sea que el Hombre haga, te aseguro, Reno, que no será bueno para nosotros –respondió el Lobo.

Y se fue corriendo a aullar en el borde de los riscos cubiertos de nieve.

El Reno continuaba intrigado de manera que buscó a la Liebre para preguntarle:

– ¿Qué crees tú, Liebre, que entretiene tanto al Hombre?

– Si del Hombre se trata, no quiero saberlo –contestó la Liebre y corrió a esconderse en su madriguera.

El Reno no daba más de curiosidad, apenas el Hombre  formó el círculo alrededor del fuego, invitó a sus hermanos y se pudieron a observarlo.

– ¿Qué hacen ustedes a nuestras espaldas, Reno? –demandó el hombre con desconfianza.

– Queremos saber qué cosa hacen que les da tanto gusto –respondieron los Renos.

– ¿Eso era todo? Tan  sólo jugamos la plata que hemos ganado con nuestro trabajo –dijo el Hombre- ¿Quieren participar?

– Pero  los Renos no  ganamos plata con nuestro trabajo –dijeron los Renos.

– No importa –concedió el Hombre-,  pueden apostar horas de trabajo. Si ganan, serán menos, si pierden, serán más.

Así, los Renos ingresaron al círculo. Bebían agua y comían pasto en grandes cantidades, pero no se dieron cuenta de que cada día iban perdiendo más horas de su descanso en manos de sus amos. Llegó el momento en que caían reventados de cansancio y entonces se negaron a seguir jugando.

– Si no juegan, páguennos –dijeron los pastores.

– No podemos ponernos de pie –se quejaron los Renos.

– Entonces, que trabajen las hembras y las crías y si no lo hacen, serán nuestra comida –amenazaron los Hombres.

Tanta fue la desesperación de los Renos, que en la noche de navidad Santa Claus, que andaba por allí repartiendo los regalos de Navidad, sintió sus gemidos y vino a conocer la causa de tanto dolor. Santa Claus los escuchó con atención, a  veces meneaba la cabeza como si  estuviera disgustado y otras abría mucho los ojos, como si no pudiera creer lo que oía.

– El Hombre, una vez más, se ha pasado de la raya, pero no teman, yo solucionaré todo.

Y se fue donde los Hombres  muy enojado.

– Lo qué hacéis a los Renos es una crueldad y me indigna –espetó-, pero tanto como conozco al Hombre, se que no le daréis la libertad, de manera que yo pagaré sus deudas de juego, todas ellas, para que el Hombre no pueda robarles sus horas de descanso.

Y el hombre, que había visto  con sus ojos que los Renos no podían durar mucho más trabajando de esa manera, aceptó, se metió la plata en el bolsillo y se fue muy contento.

Santa Claus volvió donde los renos.

– He gastado hasta la última onza de plata de mi bolsa –explicó Santa Claus- de modo que no podré  pagar a los duendes que me ayudan a repartir los regalos. ¡Este será un año muy triste para los niños que se quedarán  sin sus  regalos de Navidad!

Pero entonces, los Renos montaraces salieron del bosque y fueron  hacia él:

– Los niños no pueden perder sus regalos por culpa de los padres, Santa, trae tu trineo y nosotros tiraremos de él.

– Pero ya no tengo plata para pagarles – se lamentó Santa Claus.

– ¿Pagarnos? Tú has salvado las vidas de nuestros hermanos domésticos. Hasta el fin de los tiempos, los Renos tiraremos de tu trineo en señal de gratitud.

Emocionado, Santa Claus unció los renos al carro, les espolvoreó con polvo de estrellas y restalló su látigo en el aire. Antes de darse cuenta de lo que sucedía, los Renos iban volando  sobre las copas de los árboles y aunque tiraron del trineo toda la larga noche, no supieron lo que era el cansancio.

Y así sucede que, cada año, los Renos montaraces postulan para formar parte del tiro de Santa Claus y cuando van volando con su pesada carga no sienten  ni el peso de la carga  ni el paso del tiempo y se sienten orgullosos de su noble tarea  asumida por gratitud. 

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Los lémures ocupan el territorio de Madagascar desde mucho antes de que esta  gran isla quedara separada del continente africano, mucho antes de que el territorio llevase ese nombre e incluso  mucho antes de que el Hombre  caminara por sus  costas.

Era entonces conocida como una criatura tímida, tanto que era muy difícil encontrarse con uno de ellos. Los lémures  vivían muy bien escondidos en  el follaje de los enormes baobabs que crecen en sus selvas y, tal como le sucede hoy  al Aye-Aye, el lémur fantasma, tenían terror de ser sorprendidos por un extraño.

Un día, un Lémur, aburrido de tanta monotonía,  tuvo una idea novedosa y fue  saltando a compartirla con los demás.

-¿Por qué no celebramos nuestro día de nacimiento? –lanzó.

-¿Celebrar? ¿Qué es eso? –preguntaron  los demás miembros de la manada.

Entonces, Lémur explicó que, dado el hecho de que cada uno de ellos había nacido en un día diferente, podrían celebrarlo para que sus vidas fueran más activas. Lémur había meditado  mucho sobre ello y había llegado a la conclusión de que  dichas fiestas, además de  proporcionarles unas horas felices, podían y debían ser llamadas Cumpleaños.

-Qué ridículo –dijeron las lémures mayores -, qué idea más tonta, todos sabrían cuantos años tenemos.

-Incluso podríamos hacernos regalos –acotó Lémur.

Y las lémures más jóvenes estuvieron encantadas con la idea. Hasta escribieron una lista de opciones en una hoja de baobab, pero entonces, los lémures mayores cortaron por lo sano.  

-Qué derroche más tonto – expresaron. Es la idea más peregrina que hayamos escuchado jamás.

Pero las crías de lémur, que ya contaban con los regalitos que recibirían una vez al año, largaron el llanto.

-¡A nosotros nos encantaría tener regalos de cumpleaños! – se quejaban amargamente.

Y tantos días y tantas noches lloraron los pequeños lémures, que sus madres  comenzaron a ver las cosas de manera muy diferente.

-¡Celebrar los cumpleaños de los pequeños es una excelente idea, organicémoslos ahora mismo! – decidieron.

Apenas los pequeñuelos las escucharon comenzaron a saltar de gusto. ¡Sí tendrían cumpleaños!

-¿Y qué hay de los regalitos’ –deslizaron como por casualidad.

Las madres lémures estaban a punto de decir  no, cuando  unos pucheros  comenzaron a dibujarse en los hociquillos de sus hijos.

-¡Por supuesto que tendremos regalos de cumpleaños! –prometieron.

Viendo la exitosa lucha dada por los lémures pequeños, los más crecidos también hicieron  su propia escena dramática consiguiendo fiestas de cumpleaños y, finalmente, para que los mayores no quedaran como los únicos perdedores, el Consejo de  Lémures Sabios y Ancianos tomó una decisión final: todos los cumpleaños serían celebrados, cualquiera fuese la edad del festejado

Comenzó así una  larga serie de fiestas. Los lémures se peinaban muy bien,  se cepillaban el pelo para que quedase brillante, se maquillaban los anillos de la cola  para que lucieran mejor y compartían deliciosos bocaditos; pero eso no bastó para que sus cumpleaños fueran un éxito. Los lémures comprendieron que eran  invitados aburridos y lo peor era que se habían convertido en el comidillo de toda la jungla.

-¿Has visto los cumpleaños de los lémures? –comentaban los demás animales- ¡Nada puede ser más latoso!

Era algo terrible, y además, era cierto. Tan tímidos eran los lémures que nadie bailaba, nadie reía, nadie jugaba en las fiestas de cumpleaños.  Tan sólo se sentaban muy serios y abrían sus regalos con  cara de circunstancias; sus fiestas eran un fracaso.

Hasta que un día, otro  Lémur tomó una  seria decisión:

-No quiero más  fiesta de cumpleaños, es una pérdida de tiempo.

¡Cómo lloraban  los pequeñuelos!  A los pocos días, la familia lemúrida estaba ahogada en tantas lágrimas que la sal de ellas había puesto mustia la vegetación. Las madres se vieron obligadas a  reanudar los cumpleaños infantiles.

La vegatación recuperó su verdor, pero a los baobabs les estaba ocurriendo algo muy extraño, estaban muy diferentes, sus ramas se habían cubierto de botones que parecían a punto de estallar. Los lémures no daban más de curiosidad  y se paseaban todo el día por las altísimas copas de los baobabs  en espera de que eso tan extraño  se mostrase finalmente.

Y un amanecer, cuando los demás lémures dormían profundamente, el Lémur Madrugador abrió los ojos y quedó con la boca abierta. ¡Los baobabs estaban  cubiertos de flores  de magnífica belleza y delicioso aroma!

-¡Despierten, despierten! –llamó.

 Y todos los lémures despertaron para descubrir que ahora los baobabs  florecían con grandes  manojos de bellas flores. El perfume del néctar los tenía vueltos locos de lo delicioso que era, hasta que  uno de ellos mojó su dedito peludo en  el néctar de la flor, se lo chupó y dijo:

-¡Es exquisito, pruébenlo!

Y los lémures todos, cualquiera fuese su sexo, edad o especie, probaron…y volvieron  a probar y siguieron  probando hasta que todos estuvieron absolutamente  embriagados por el delicioso néctar de las flores.

Y por supuesto, perdieron todo atisbo de timidez y armaron una fiesta de padre y señor mío haciendo  toda clase de locuras. Toda la jungla quería ser invitada y se moría de envidia viéndolos festejar, pero  no podían. Los baobabs eran demasiado altos y sólo los lémures podían trepar hasta las flores a beber el apreciado licor.

Con el tiempo, los demás animales se conformaron y olvidaron el asunto, aunque es cierto que cuando los lémures festejan  sus Fiestas Floridas tirando la casa por la ventana y embriagándose como locos, no pueden dejar de mirarlos con envidia y  decir:

-¡Ya están esos pesados  de fiesta otra vez!    

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207861606_81a5ca83edEn el principio de los tiempos, todo Murciélago que se respetase dormía  confortablemente en una camita de ramas y hojas verdes. Diariamente, mamá Murciélago  recogía  todo lo necesario y,  apenas asomaba el sol, se acomodaban a dormir hasta que el gruñido de la barriga vacía los invitase nuevamente a unirse a reino de la oscuridad en busca de alimento.

Porque, claro, ellos siempre fueron de hábitos nocturnos, a tal punto que para orientarse en  sus incursiones noctámbulas prefirieron usar sus oídos y, de paso, se vieron obligados a cultivar un chillido ultrasónico para terminar con las quejas de los  animales que dormían de noche,  que ya no aguantaban un día más insomnes a causa de lo muy revoltosos que eran sus vecinos.

Todo iba viento en popa hasta que , un día, un Murciélago más avispado que el resto tuvo edad suficiente para  abandonar  el nido de mamá, y al llegar la hora de ir a dormir descubrió, sorprendido, que  debía hacer su cama personalmente.

El primer día, desesperado, decidió que pasaría el día en vela. Terrible decisión: la luz solar  hería sus ojos y lo enceguecía de tal manera que  se cayó del árbol. De no haberlo detenido violentamente una rama pinchuda, habría muerto al tocar tierra.

Debería haberse sentido satisfecho, de no  mediar el hecho de que estaba pinchado y arañado por todas partes.   Incluso se había hecho un siete en un ala, de la cual costó mucho que sanara. Además, forzado  a pasar el día en vela, descubrió una verdad  espantosa. Los  Búhos, Lechuzas y otras rapaces nocturnos se aprovechaban de los pobres Murciélagos dormidos, cazándolos en grandes cantidades. Aterrorizado, comprendió cuál era la razón de que tantos amigos desapareciesesn de la mañana a la noche y decidió contarlo a la Asamblea del Pueblo Murciélago apenas pudiera.

No hubo tiempo para ello. Su  madre llegó volando apenas  se encendió la primera estrella, escandalizada porque había sabido que su hijo pasaba el día despierto.

-¡Cómo es eso de que no quieres hacer la cama! –lo regañó.

-¡Odio hacer la cama! –se quejó Murciélago.- ¿Por qué no me la haces tú, mamá?

-¡Qué descaro, ya estás demasiado crecido para aprovecharte de mamá! –respondió ella indignada-  Pero eres mi hijo, y te ayudaré. Cuando amanezca, en vez de recoger ramas y hojas, vuela hasta  los trigales y trae paja seca. Tendrás un lecho tan confortable como el de un rey.

Cuando llegó el alba, corría un vientecillo, Murciélago no lograba mantener armada su cama de paja y nuevamente tomó la decisión de permanecer despierto.

Por la noche, su madre ya había sido enterada de las excentricidades de su hijo y traía la solución  bien pescada entre sus dientes. Se trataba de unos bellos cuadraditos blancos de orillas bordadas.

-Los robé del tendedero del Hombre –anunció-, no se te ocurra mostrarlos.

Murciélago llevaba dos días sin dormir, picoteó una fruta,  atrapó un par de insectos, acomodó  sus pañuelos en una rama y se quedó profundamente dormido. Roncó toda lanoche y  cuando empezaba a amanecer, fue despertado por los Murciélagos Ancianos.

–   Hemos tenido consideración por tu madre, esa buena Murciélago –comenzó el más anciano-, pero la situación es intolerable. Todos los Murciélagos comentan tu rebeldía y esta noche has roncado tan fuerte, que ponías sobre aviso a  los insectos y por tu culpa, esta es la primera vez que tantos Murciélagos se irán a dormir con la barriga vacía.

–         Por lo tanto –dijo el segundo Anciano – estás expulsado del bosque, nunca más queremos saber de ti.

   -Pero, ¿qué puedo hacer, adónde iré? –preguntó Murciélago.

-Eso es cosa tuya –respondió el tercer anciano-, pero en lo más profundo del bosque hay una caverna deshabitada, quizás allí puedas acomodarte.

Triste y desconsolado, Murciélago partió de inmediato a buscar la caverna hasta que finalmente dio con ella. El techo de la caverna estaba lleno de raíces de los árboles, algunas bastante gruesas. Era, además, húmeda y muy oscura. Murciélago descubrió que eso era muy grato para sus ojos; revoloteó  por su nuevo domicilio  hasta conocer todos sus rincones y luego buscó donde acostarse.

Pero no encontró un sólo lugar donde acomodarse. Finalmente, agotado, se colgó de una raíz, pero tan agotado estaba que se dio media vuelta sobre sus  garras y quedó colgando  cabeza abajo. Después, no tuvo fuerzas para  pararse y se durmió en tan incómoda posición.

Cuando despertó, la caverna estaba más oscura aún, si eso era posible. Buscando la razón, Murciélago salió de ella y supo que ya había caído la noche;  las tinieblas del bosque hacían aún más tenebroso su nuevo domicilio.

Y no fue su único descubrimiento. Murciélago se sentía más descansado y  tranquilo que nunca antes. ¡Esto debían saberlo los demás Murciélagos!

Voló por el bosque hasta que encontró a sus congéneres. Estaban  muy tristes porque los Ancianos habían desaparecido durante el día y no tenían quién los guiara.

-Se los deben haber comida las aves rapaces –dijo Murciélago.

Y, con pelos y señales, contó a su familia lo que había visto mientras pasaba el día despierto.

Los Murciélagos estaban desesperados. ¿Qué harían para conservar su vida ahora que sabían que  los devoraban mientras dormían?

Una vez más, Murciélago tenía la respuesta.

-Nunca, en toda mi vida,  dormí tan bien como en la caverna –contó-, es segura, no hay luz que nos moleste mientras dormimos y ningún animal se meterá allí para cazarnos.

Por supuesto que cuando llegaron allí no todos estaban tan entusiasmados.

-¿Dónde tenderemos nuestras camas? –preguntaban las madres.

-¡Ya no son necesarias! –explicó Murciélago-,  es mucho más cómodo dormir colgados de cabeza y lo mejor de todo es que nunca más hay que hacer la cama.

Con eso, convenció a todos los machos, que rápidamente se acomodaron a pasar la noche colgando de raíces y salientes. Las hembras reclamaron un poco, pero no tardaron en comprender que dormir allí salvaría las vidas de sus crías. En una semana, todos se habían  acostumbrado a su nueva vida.

Y lo mejor fue que, al no volver a ser vistos de día por el bosque, los Murciélagos se hicieron famosos como seres de la noche y, como aterrorizaban a todos,  nunca más supieron lo que era dormir con miedo.   

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181486931_b360f7dc3fOficialmente, ningún funcionario del Creador o La Naturaleza ha reconocido  su responsabilidad en el asunto; además, los Babuinos son sumamente desmemoriados, de manera que nadie recuerda  quién fue el desconsiderado que les hizo probar la goma de mascar de fresa por  primera vez.

-Esto es algo que el Hombre ideará por allá por el siglo XX –dijo el culpable-,  me parece muy rica…¿Quieren probarla?

Nada más probarla los Babuinos, una terrible adicción a la goma de mascar de fresa  corrió entre ellos como un reguero de pólvora. Donde uno mirase, allí había un babuino comiendo goma de mascar de fresa. Para  qué contarles las proezas que hacían para conseguirla, considerando que todavía no se había inventado.

Al principio fue divertido.  Nadie que masque goma de mascar  podrá evitar verse un poco ridículo y si  uno tiene los colmillos del tamaño de los de  un Babuino,  ya pueden imaginar la escena. Hilarante, eso dijeron  de ellos los Leones y en menos que canta un gallo,  eran la comidilla de toda la fauna africana.

Los Babuinos son animales muy sociables, pero su vida social se reduce estrictamente a…los demás Babuinos. Por esa razón, tardaron bastante en hacerse cargo de  que los demás animales los consideraban ridículos y aún después de que todos se reían de ellos,  a decir verdad, les importó bien poco. ¡Es que las gomas de mascar de fresa  compensaban  cualquier mal rato, tan deliciosas como eran!

De modo que iban por allí  haciendo  globos color rosa y encontrando muy divertido cuando estos se reventaban y quedaban adheridos a su nariz, sus orejas, el árbol más cercano o algún desdichado animal que tuviese la mala suerte de ir pasando en ese mismo momento.  No había quien no estuviese  furioso con ellos, pero los Babuinos arrojaban su  goma de mascar ya sin sabor al suelo y sacaban otra que empezaban a masticar de inmediato. 

Cuando adquirieron esta pésima costumbre (porque antes tenían otra igual de mala, pegarlos a las rocas o los troncos de los árboles) el malestar  de la fauna salvaje alcanzó ribetes insospechados: ¿Cómo podía  León  conservar su majestuosidad con la  melena  pegoteada? ¿Qué gracia  tenía el caminar de la Jirafa cuando  una  pata  pegajosa la forzaba a cojear? ¿Cómo podía una Gacela conservar su vida cuando, apenas  ponía patas en polvorosa,  pisaba una goma de mascar y se iba de bruces  delante de las Hienas o los Licaones?

Y ya saben como es la burocracia: tanto El Creador como La Naturaleza estaban conscientes del problema, pero  ninguno quería resolverlo para no ser acusado de ser el causante del problema.

Lo peor es que, en esos tiempos primigenios, los Babuinos vivían en los mejores terrenos de la sabana y ocupaban los mejores bosques de acacias.  La contaminación por goma de mascar de fresa amenazaba con la destrucción del hábitat y ponía en jaque la industria turística. ¿Quién querría pasear  por  el Ngorongoro a riesgo de pisar, o peor aún, sentarse, en una goma blanducha y ennegrecida por el sol?

Toda clase de quejas se presentaron en las respectivas oficinas de partes, sin embargo,conscientes de lo  demorosas que suelen ser estas apelaciones,  los animales salvajes prefirieron esperar con calma. Ya llegaría tiempo, en un par de millones de años, de recibir la anhelada solución.

Entretanto, la vida en la selva seguía su curso normal. Aparecían nuevas especies, los antepasados del Hombre se paseaban por las canteras de Olduvai y a las sequías les sobrevenían  copiosas lluvias.  Los Babuinos incluso tenían ahora  nuevos sistemas para conseguir su bocado favorito, de manera que la mitad de África estaba cubierta de  goma de mascar pegajosa a la espera de nuevas víctimas.

Por desgracia, ese año los aguaceros que sucedieron a la sequía fueron tan abundantes que numerosos animales murieron ahogados. Consciente del error y preocupado por  los estragos, El Creador  decidió ver la situación con sus propios ojos. 

Todo un día recorrió la zona, llegando a la conclusión de que los reportes eran un tanto exagerados,  las aguas estaban alcanzando niveles normales y todos estaban felices porque las nuevas pasturas proporcionaban  comida a todas las especies,  engordando a la vez las presas de los carnívoros.

Sucedió  que, cansado de tanta caminata, El Creador tuvo la  mala idea de sentarse a descansar bajo la sombra de unos árboles; corría una deliciosa brisa y aprovechó de  descabezar una siesta.

 Cuando fue a levantarse,  descubrió sorprendido que estaba pegado  al suelo. ¡Se había  dormido sobre un botadero de goma de mascar!

Tratando de quitársela de su mejor  túnica, terminó por esparcirla en sus sandalias y su báculo y, como si fuera poco,  en  la larga cabellera de la que siempre ha  estado tan orgulloso (si no me creen, vean la Capilla Sixtina)

  Para qué les digo el trabajo que tuvieron allá arriba tratando de dejarlo presentable otra vez. Lástima que parte de su pelo debió ser cortado, porque no hubo manera de quitar la goma de mascar. Ya de regreso en sus funciones, El Creador ni siquiera alcanzó a redactar un decreto, estaba tan furioso que lanzó su condena  con un vozarrón que se escuchó en todas las esquinas del universo conocido:

-¡PARA QUE NUNCA OLVIDEN LAS CONSECUENCIAS DE SU DESACATO Y FALTA DE CONSIDERACION, LOS CONDENO A LLEVAR  LA GOMA DE MASCAR EN SUS TRASEROS HASTA EL FIN DE LOS DIAS! – explotó.

Inmediatamente, los traseros de los Babuinos comenzaron a crecer y a tomar un  vistoso color fucsia, adquiriendo la apariencia de una gran goma de mascar húmeda,  pegoteada e inflada.

Lo que al principio fue una tragedia, se vio aminorado por el hecho de que las hembras  lo consideraron muy atractivo y comenzaron a elegir a sus parejas  en razón de lo muy rosada y vistosa que tenía su zona posterior.  Eso les sirvió de consuelo a los machos, pero  tanto rieron los animales salvajes a costa de ellos, que terminaron por mudarse a los más empinados roqueríos y allí, lejos de los demás, se olvidaron totalmente de la goma de mascar de fresa. Ni siquiera  quieren oír hablar de ella.

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2778316030_4a6c9ba594Apenas instalados en las llanuras de África, los avestruces exhibieron claras  señales de dimorfirsmo sexual:  los avestruces machos, de lujoso plumaje negro ribeteado de blanco en las colas,  se  mostraron también como excelentes padres. Pasaban  todo el día pendientes de los huevos y apenas    los polluelos salían de ellos, los machos corrían de aquí para allá, preocupados de que ninguno se extraviase y de vigilar  la zona para impedir que los chiquitines se convirtieran en la cena de algún predador de gran tamaño.

Las hembras, cuyo plumaje era gris y carecía de las  elegantes plumas de la cola, eran muy diferentes. Era fácil pensar que habían tenido suficiente con la postura de los huevos; eran madres  indolentes, más preocupadas por su embellecimiento personal y la conquista de machos guapos que por el bienestar de sus pequeñuelos. Sin  embargo, insistían en  mantener una imagen de madres solícitas y no dejaban que los padres  participaran de la crianza.

A causa de este descuido, era muy común que las crías sufrieran caídas o  se expusieran a situaciones peligrosas y  ahí si que las avestruces hembras ponían el grito en el cielo para  lograr que los  desesperados padres solucionaran el problema.

Así, saltando de crisis en desastre, los padres no tenían un momento de tranquilidad.  Ya casi no se alimentaban, apenas si tenían tiempo para  descansar  antes de que el grito desesperado de una madre  interrumpiera su sueño  pidiendo que alguien, por favor, rescatara a su  chiquitín. Tanta era la presión, que  sufrían  ataques de pánico y ahogos que no sabían cómo superar.

Tratando de dar un corte a la situación, los avestruces machos  enviaron una solicitud a las Oficinas Centrales de la Naturaleza, que, en resumen, decía lo siguiente:

“…solicitamos a La Naturaleza que resuelva  acerca del comportamiento indolente de las madres avestruces,  aplique las sanciones correspondientes y exija firmemente que se  comporten como madres responsables.”

La  respuesta no tardó en llegar, pero fue tan decepcionante que, cuando fue leída, algunos avestruces derramaron lágrimas mientras otros sufrían  principios de desmayo:

“Considerando los principios básicos de no intervención y las leyes irrevocables de la evolución,  La Naturaleza ha decidido  que el conflicto entre los avestruces debe ser resuelto  de mutuo acuerdo entre las partes y les propone, para ello, participar en el  curso –taller  “Evolución, una nueva mirada…”

Los avestruces machos dejaron de leer y se  miraron desconsolados. ¿Qué podían hacer? Todo favorecía a las madres avestruces y los grandes perjudicados resultaban ser los  polluelos

Asistieron al curso y fueron estudiando con ahínco  los nuevos principios de la evolución, que se preparaban  para ser descubiertos por un tal Darwin dentro de varios millones de años. A las avestruces madres ni  se les vio por allí, pero ellos aprobaron con distinciones.

Poco tiempo después,  al primer grito de socorro  por un polluelo perdido, las  madres avestruces  fueron sorprendidas al ver que los machos que venían en su rescate estaban acompañados por un oficial de La Naturaleza.

-¿Qué hace este oficial aquí? – Preguntaron.

-Ha venido a ser testigo de vuestro comportamiento irresponsable con nuestros hijos – expresaron con firmeza los avestruces padres.

-¡Sois unos acusetes! – gritaron las hembras.

Y los machos respondieron a coro:

– ¡Sólo somos  admiradores de las teorías de la evolución, que quieren pasar de la palabra a la acción!

Y el oficial, desenrollando un gran  rollo de papel, leyó:

-Se faculta a los avestruces padres a ser los encargados de la crianza de los polluelos y se despoja de la tutela a las madres por su desidia e irresponsabilidad con las nuevas generaciones de la especie…

Y siguió leyendo tanto rato que las avestruces  hembras se aburrieron y se fueron a peinar mirándose  en las aguas del estanque más próximo.  La tardanza dio tiempo para que pensaran en que se habían librado de una buena tarea  y, felicísimas, se fueron a  conquistar nuevos galanes.

Sólo para molestar, interpusieron un recurso que pedía se les restituyera la custodia de los polluelos en caso de que los padres  omitieran una sola causal de la resolución de La Naturaleza.

Los padres estaban felices. Cada uno de ellos se  hizo cargo de una gran parvada y  adquirieron la costumbre de pasearse  con ella por la llanura. Todavía se les puede ver haciéndolo.

Pero, por si acaso, siempre están revisando todos los rincones para ver si un polluelo se ha quedado atrás y cuando alguno desaparece por un breve lapso de tiempo, sufren sus conocidos ataque de pánico, y para solucionarlo, esconden la cabeza en el agujero más cercano y respiran allí hasta que se recuperan del sofocón.

 

Nota: efectivamente, los avestruces machos se encargan del cuidado de los polluelos y suelen estar a cargo de una gran cantidad de ellos.

El dimorfismo sexual son las diferentes características que entre machos y hembras muestran las especies,por ejemplo, tamaño, color, canto, etc..

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