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Archive for 27 abril 2013

tortas

 

Este blog nació hace cuatro años, desde entonces, nuestros posteos han tenido 121.000 visitas. Nuestros lectores viven en diferentes países de América, especialmente en Argentina, México y Perú, y también en países europeos,  como España, Italia o el Reino Unido.  Especial mención para nuestros lectores chilenos, que crecen cada día.  Recibimos de ustedes gratos comentarios.  Considerando que esto no es farándula, comercio, noticias ni exhibición de lo peor que puede mostrar el ser humano, sino literatura para niños y jóvenes, los miembros de este blog, y yo personalmente, nos sentimos orgullosas y felices de contar con ustedes y nos esforzaremos por seguir entregándoles lo que les gusta. Gracias, amigos

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bebé

 

Dedicado a HIJO, pequeño sacrificado a los dos días de vida por un grupo de imbéciles asesinos. Ojalá hubieras sido hijo mío y de cada una de las madres que hoy día lloraron por ti.

HIJO

me llamó

y me tendió sus brazos cálidos, olía a rosas.

Las llamas mordían mi carne, la venda

que cubría mis labios callaba mi llanto.

Con sus manos de piel de durazno

calmó mi dolor.

HIJO,

repitió.

Que importa que no te hayan bautizado,

que nadie te llamara por tu nombre,

que intentaran ofenderte diciéndote Adefesio.

Tendí mis manitas,

aguardé sus besos ,

nadie sabrá de mí, pensé,

nadie sentirá mi miedo,

mi dolor, mi abandono.

HIJO,

volvió a decirme.

No temas,

aquí estoy yo, para ti, yo soy tu madre.

¿Ves? Ya no duele.

Ven aquí, acurrúcate en mis brazos.

Me cubrió con pétalos blancos, me besó la frente.

Ahora me explicó, eres mío para siempre.

Y mi alma inocente se acomodó en los brazos de María.

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tren 

Don Miguel había irrumpido en  nuestra rutina como un huracán y con la clara intención de quedarse en ella; toda la semana anterior a Halloween apareció  en los momentos más inesperados, con una sola condición: eran los momentos en que Penélope se encontraba en el local.

Don Miguel puso todo de cabeza y el terrible resultado fue que  Lisístrata y Penélope estuvieron sin hablarse por un día entero. Ustedes no pueden tener idea de lo que eso significa, las hermanas Pereira de Olivar nunca paran de conversar, salvo cuando duermen, creo yo, y escucharlas mandándose recaditos y acusaciones vía Gertrudis era una visión aterradora para cualquiera.

Lisístrata le reprochaba a su hermana que no le hubiera contado nada acerca de sus nuevas “amistades”, palabra que decía como si fuera altamente contaminante y Penélope, como si tuviera apenas quince años, se quejaba de que su hermana le quitaba libertad. Gertrudis no  se abanderizó por ninguna, pero su fría actitud con Don Miguel dejaba muy en claro lo que opinaba de su persona. La pobre debía estar agotada con el pimponeo al que la tenían sometida, de modo que no fue sorpresa para mí cuando se levantó de golpe y arrojando lejos su tejido lanzó unos quejidos desesperados:

-Ya basta, esto es insoportable, si quieren decirse cosas, háganlo solas, porque yo me voy.

Y dicho y hecho, no volvió en el resto del día. Al rato apareció Gertie lanzándoles miradas feas y con el lomo engrifado. Penélope y Lisístrata se abalanzaron sobre ella para regalonearla, pero se detuvieron a medio metro de distancia para no tener que dirigirse la palabra. Revoloteaban alrededor de la gata, le ofrecían bocadillos y la acariciaban cada vez que la otra se descuidaba. Gertie no les hacía el menor caso;  ronroneaba con expresión de disgusto en el sillón favorito de su ama y al rato se quedó dormida.

Para mí, todo esto, más que un drama,   era una soberana  lata. Por varias razones, Penélope ha sido siempre mi favorita: es más joven –si se puede decir eso de una persona de 77 años-, más simpática y divertida, está más al día con el mundo y se puede conversar de todo con ella. Son razones de peso. ¿No creen? Aunque si uno lo piensa bien, Lisístrata es lejos la razón de más peso en esta ecuación, fácilmente supera los ciento veinte.

Después de lo que había pasado todo el mundo estaba enojado con todo el mundo; las tres se escondían detrás de un libro para emerger de su refugio solamente cuando Don Miguel llegaba y se ponía a conversar en voz baja y a intercambiar risitas y sonrisitas con Penélope.  Y  mientras eso pasaba, la cara de Lisístrata, la pobre, se iba poniendo de un rojo subido y ya veía que iba a hacer explosión en el momento menos pensado.

-Quién iba a imaginar que todavía le quedara un tren –comentó mamá mirando a Penélope y don Miguel, ensimismados en su charla de la tarde.

-¿Un tren, qué quieres decir con eso, mamá –pregunté intrigada.

Mamá me explicó que antes, cuando te quedabas solterona –así se les decía a las que no se casaban-, todos decían que te había dejado el tren. Qué tonto, imagínense que de cada mujer que no se casa, hoy, dijeran que la ha dejado el Metro, no tiene el menor sentido.

-Me alegro por ella -continuó diciendo-, alguien que le de ilusión a sus  últimos años.

¿Últimos años? Yo no sería tan pesimista; si conozco a mis  viejitas las tres van a pasar  el siglo, así que ojalá les queden trenes a todas, para que lo pasen chancho. Para que vayan  a bailar tango los viernes por la noche, para que lean muchas novelas románticas y policiales, para que escriban notas sobre gatos de todas las razas, incluidas aquellas que ni siquiera existen y  para que tomen un crucero por Europa todos los años, que es el sueño de cada una de ellas.

Ah, y se preguntarán qué era, a todo esto,  de las gatas. Bueno, ellas tampoco se lo estaban tomando mejor. Lisi y Penny se mostraban garras y dientes a cada momento y Gertie andaba como alma en pena por los rincones. Pero, en todo caso, todas, absolutamente todas, se morían por restregar sus colas contra los bien cortados pantalones de  Don Miguel.

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celacanto4

Hay que reconocerlo: al Creador lo tenían lleno los dinosaurios, no quería saber más acerca de estos tipos que no permitían prosperar a las restantes especies y dejaban tras de sí una estela  de  destrucción por el simple hecho de echar una carrerita detrás del almuerzo. Y como si eso fuera poco estaba el problema de las heces: ¿Se imaginan lo que es un planeta lleno de enormes dinosaurios  sin hábitos de aseo? Dar un paseo por ahí era simplemente terrorífico, pero por otra parte tampoco vamos a juzgar a los dinosaurios:  ¡Era imposible que aprendieran nada con esos cerebritos  de juguete!

El Creador  dejó el problema a la suerte. Tuvo un encuentro secreto con La Naturaleza del  cual jamás, en 80.000.000 de años ha trascendido una palabra. El Creador dejó el problema en sus manos, de paso, además de encargarla de un problema que parecía insoluble,  la exponía al peor de los fracasos; hay que reconocer que nunca se han llevado muy bien, especialmente desde que esta última quiere arrogarse todos los éxitos del programa.

Y todos sabemos cómo se las gasta la Naturaleza. El daño colateral, más que molestarla, parece divertirla.

– Bueno, ya, que pase lo que deba pasar –dijo el Todopoderoso.

Y lo que pasó fue la extinción masiva del cretácico, frente a la cual las víctimas de las dos últimas guerras mundiales serían una anécdota. Entre los escasos sobrevivientes que hoy podemos nombrar están las tortugas, los cocodrilos, algunos dinosaurios que optaron por convertirse en aves y abandonar sus viejos hábitos y …el celacanto.

Sólo que por sesenta y cinco millones de años, todo el planeta estuvo convencido de que el Celacanto se había extinguido junto con el resto, porque después del cretácico, nunca más se lo volvió a ver. Sus únicas apariciones estaban registradas en roca de trescientos millones de años.

Nadie va a pensar que El Creador o La Naturaleza ignoraban lo que había sido del excéntrico pez o que este es tan genial que se encargó de dejarlos en ridículo, no,  pero lo cierto es  que nunca más se preocuparon del Celacanto, ni siquiera para adjudicarle unas medidas, paliativas –la especialidad del Creador- o evolutivas –favoritas de la Naturaleza.

Para la comunidad científica y la nomenclatura universal el Celacanto dormía el sueño de los justos.

Eso hasta 1938, cuando una encantadora bióloga británica, la señora Latimer,  encargada del Museo de East London, Sudáfrica,  fue llamada al Mercado para ver un extraño pez azul, con cuatro aletas de lo más locas y una cara que llegaba a dar miedo; tal como los espías viejos,  el Celacanto había regresado del frío.

La señora Latimer buscó a su pez en cuánto libro estuvo al alcance de su mano, pero no, nada del pez azul. Entonces, aprovechando lo único que quedaba del ejemplar, su esqueleto,  hizo cuidadosos dibujos y los envió  a un  paleontólogo.  Gracias a todos sus esfuerzos, el Celacanto se llama hoy  latimeria chalumnae. Para qué vamos a negarlo, el celacanto odió la denominación, pero como en todo aquello de origen burocrático, su opinión no fue consultada.

Cada cierto tiempo aparece un ejemplar por aquí, otro, por allá, siempre muertos. Los japoneses, expertos en arrasar con la fauna marina, sueñan con sumar un ejemplar vivo al cadáver que tienen en su principal acuario. Por el momento se consuelan mirando las escasas filmaciones que se han obtenido. Lo único bueno del asunto es que el Celacanto ni siquiera es comestible, su carne es demasiado grasa para ser consumida por el hombre, incluso por los chinos o los japoneses.

Los estudios de sus restos mortales  han dejado algunas cosas claras: en la base de sus aletas hay tres huesos que indican la formación de una pata:, húmero, cúbito y radio,  y en sus lugares más íntimos descansan los restos de un proyecto de pulmón. ¿Qué fue lo que ocurrió? ¿Alcanzó  el celacanto a probar las delicias de las vidas de los anfibios para luego, inteligentemente, descartarlas, o solamente se preparó para el gran suceso arrepintiéndose después?

Y ahí está el pobre, indignado por la situación. Todavía no entiende que el uso de redes de profundidad o dinamita por sus desagradables vecinos humanos le son letales. Se pasea por los mares de África e Indonesia y más de alguien espera ubicarlo en otras zonas. Se esconde,  y lo hace bien, ya tenía bien aprendido cómo ocultarse de los importunos, pero lo cierto es que el actual locatario de la Tierra ha resultado un hueso duro de roer. Es vox populi que la fauna completa ha enviado solicitudes para que el Creador ponga las peras a cuatro  a estos nuevos dinosaurios, pero ya saben cómo es Él; para todo se toma su tiempo.

Tampoco vamos a criticar a la Naturaleza. A ella no le queda más que esperar una orden, una simple  llamada. Nosotros la conocemos, es más que seguro que ya tiene varios planes de extinción y catástrofes anexas, no por viejo pierde sus rayas el tigre, y una de sus debilidades ha sido siempre los grandes espectáculos. Tarde o temprano, la próxima extinción masiva hará su debut.

Y  vaya si le ha costado aguantarse, en comparación con el Hombre, los dinosaurios eran niñitos de pecho.

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lapsang souchong

La tarde que Don Miguel hizo su primera aparición en el local sólo Lisístrata y yo estábamos allí. Yo revisaba el inventario y descontaba los artículos vendidos, ella se dedicaba a revisar altos de boletas y facturas.

Como todos los clientes, el señor que llegó se puso a observar en silencio  los muebles, los títulos de los libros, las mesas cubiertas de cachureos de todo tipo. Lisístrata lo dejó hacer, la mayor parte de las personas sólo están mirando y uno atiende a los que preguntan por algo. Para nosotras, el caballero recién llegado no superaba la categoría de mirón. Sólo dejó de serlo cuando, señalando una vitrina, preguntó por el precio de las fichas salitreras. Lisístrata dejó su tarea en la que parecía tan absorta, sin embargo, estoy segura de que, como a todos los que llegan, le observaba por el rabillo del ojo sin perder el menor detalle de sus actividades.

Fue hacia él,  abrió la vitrina y comenzaron a ver las fichas. Lisístrata es una experta y le informaba de todo. Le recomendó algunas de las más escasas y más caras, claro, negocios son negocios. Él escogió algunas y se las pasó  para que sacara la cuenta, y en ese momento, cuando lo enfrentó por primera vez,  debió ser cuando Lisístrata se quedó atrapada en los ojos azules de su nuevo cliente.

Ya sé que hablo de un señor muuuuy mayor, pero  qué duda cabe, don Miguel, además de  elegante y caballero,  debió ser muy guapo cuando joven; todavía se mueve con cierta agilidad, sabe perfectamente que la ropa debe ser actualizada a medida que pasa el tiempo y distribuye sonrisas seductoras con la soltura de un  actor de teleseries. Fisícamente no está nada mal, para su edad; su piel tostada es como un delgado pergamino, pero sus rasgos siguen siendo tan perfectos como debieron serlo unos cincuenta años atrás, cuando sin duda alguna rompía todos los corazones femeninos que tenían la mala suerte de cruzarse en su camino.

¡Yo no podía creer lo que estaba viendo! Lisístrata estaba como una adolescente, su enorme corpachón parecía flotar en el aire, derrochaba sonrisas, hacía comentarios graciosos, mostraba aquí, mostraba allá, hacía gala de sus conocimientos de antigüedades e historia. Y bueno, estamos hablando de Lisístrata Pereira, al mismo tiempo, le hacía víctima del más despiadado interrogatorio del que yo tenga memoria.

“¿Del norte, qué bien, dónde? ¡Me encanta Iquique, linda época, y su señora…ah, viudo. Lo siento mucho. Ah, pero tanto tiempo, ya estará acostumbrado!  Lisístrata Pereira de Olivar, don Miguel, encantada, pase por acá, tengo los mejores libros en este sector. Mire, aquí tengo este escritorio inglés, típico de ese tiempo, una joya. ¿Viene a menudo por acá? ¡Primera vez, no puedo creerlo, aunque sí, de haber venido antes, yo lo recordaría. ¿Una tacita de te? ¿No, claro que no es molestia”.

La vieja dama estaba irreconocible. Se las arregló perfectamente para averiguar que don Miguel descendía de ingleses, que había vivido largo tiempo en el norte y casi diez años en el extranjero, que no tenía hijos y que por supuesto estaría encantado de tomar una taza de te con ella, lapsang souchong, le encantaba el té fuerte, gracias.

Ese es un horrible té que a Lisístrata le encanta usar para que espante el olor a viejo de la mercadería, lo malo es que después de abrir la lata que lo mantiene fresco nada arranca del local el olor del lapsang souchong.

Tomaron asiento en la mesa reina Ana, la silla de Lisístrata desapareció prácticamente debajo de ella;  sin dejar de conversar, bebieron té en tanto yo  me refrescaba con una soda y los tres comimos los deliciosos bizcochos que hornea Gertrudis. Se veían  como dos viejos amigos que vuelven a encontrarse después de tanto tiempo que no se reconocen hasta que empiezan a conversar, pero no. Era la primera vez que se veían.

Y entonces,   parloteando como dos cotorras, llegaron Gertrudis  y Penélope. Habían ido al supermercado por la comida del fin de semana y estaban muy contentas. Los bebedores de   té se volvieron a verlas y de pronto, ante nuestros ojos asombrados, don Miguel se levantó y, poniendo cara de sorpresa,  fue hacia Penélope  con los brazos abiertos y una sonrisa llena de dientes –que vaya uno a saber si todavía eran suyos, mis abuelos los perdieron hace como mil años- iluminando su cara.

-¡PenélopeO32@gmail.com!

 Las mejillas de Penélope enrojecieron como las de una adolescente.

-Sí, claro. Don Miguel, no?

-MiguelJessop@gmail.com – respondió él dando cuenta de una siutiquería ilimitada. Al fin sabía yo con quién intercambiaba e-mails la señorita Penélope, vale decir, nos enterábamos las tres al mismo tiempo, pero los efectos eran muy diferentes en cada una de nosotras. A mi me divertía enterarme del secretillo de Penélope, pero la revelación había dejado con la boca abierta a Lisístrata y Gertrudis.

Me dio pena por Lisístrata, tantos esfuerzos dedicados al caballero de los ojos azules, tantas sonrisas, todo para nada, resultaba evidente que don Miguel había venido con el propósito de conocer  a Penélope. Sus ojos, los de Lisístrata, azules también, recuerdan, estaban fríos como el mármol.

-¿Se conocían entonces? –preguntó secamente mientras recogía tetera, y tazas de porcelana inglesa. Con  un golpe seco de su palma cerró la latita de te y  luego de guardar los implementos, dijo permiso y se retiró.

No era fácil que don Miguel perdiera una jugada, le sonrió cálidamente y la despidió moviendo la mano  mientras  le contaba a Gertrudis que había conocido a Penélope por internet, sí, claro, en el blog de los amantes de los gatos, se podía contactar gente estupenda ahí, qué sabía de lo que hablaba y realmente amaba a los gatos; su Terry, un persa legítimo,  era el mejor compañero de su vida. Sorprendentemente, la había reconocido de inmediato por la fotografía que  Penélope había subido a la página -¡hay qué ver cómo mi alumna  ha aprendido a navegar!-  y  nunca se habría imaginado que ellas se conocieran. ¿Hermanas? ¿Increíble! Debió haberse imaginado, después de todo, eran las tres encantadoras.

A todo esto, Penélope estaba en éxtasis. Gertrudis  era la única que conservaba todavía sus cinco sentidos y no mostró señales de haber escuchado el halago.

Y en ese preciso instante me di cuenta de que mamá estaba haciéndome señas como loca para llamarme de regreso a la cafetería. No me quedó más remedio que despedirme y salir corriendo. ¡Me iba a perder todo el resto de la teleserie! La vida de las señoritas Pereira de Olivar se estaba poniendo muy interesante de un tiempo a esta parte, quizás, demasiado interesante, a juzgar por la cara de Lisístrata, con quién me tropecé en el pasillo. Para tratarse de una amante de los gatos era lo más similar a un bulldog furioso que yo hubiera visto en mis doce años de existencia.

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