Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for 31 agosto 2009

113427948_a9bdcddd18Agotado por los acontecimientos de la noche anterior, Lino dormía profundamente sobre una cómoda pila de ramas tiernas y hierbas junto a los otros niños del clan; tan profundamente que ni siquiera percibió la sombra oscura que se inclinó sobre él, sombra que alargó una mano en las tinieblas y la abatió rápida y poderosa sobre la boca del niño.

-Mmmm, mmmm.

Lino se debatió bajo la mano, pero no logró zafarse de ella. Tan veloz como antes,  la sombra  acercó sus labios hasta la oreja de Lino y susurró:

-¡Cállate, Lino, soy yo!

¿Yo?  Bruscamente sacado de su sueño, a Lino le costó relacionar la voz con un rostro, paulatinamente, la oscuridad se fue rasgando y le permitió reconocer  los rasgos marchitos del Viejo de las Palabras.

Sin despegar su mano de la boca de Lino, el viejo lo levantó, lo empujó por la espalda  y lo guió hasta los árboles más próximos. Iban en silencio, como si el viejo tuviera un secreto, un secreto tan urgente que no podía esperar hasta la luz del día.

Una vez en la foresta, el Viejo despegó su mano sucia de la boca del niño.

-No grites, Lino –pidió-, tengo que darte malas nuevas.

Lino  se limpió la saliva de la boca con el antebrazo adolorido por los tirones del viejo.

-¿Qué sucede? –preguntó.

El viejo tardó en responderle. Estaba sin aliento por el esfuerzo realizado.  Se sentó sobre la tierra y dijo.

-Esto es grave, Lino.  Hace un rato desperté y  escuché a tres cazadores que se escondían en la maleza.  Yo estaba un poco cansado, soy viejo y  mi sueño es tan pesado como la roca.

A Lino el viejo no tenía que explicarle mucho; todo estaba claro para él. El viejo había bebido demasiado alcohol de raíz y había caído tendido entre los arbustos. Muchas veces lo había visto así después de las ceremonias del Hombre-Medicina.

-¿Qué cazadores?

-Eran Sibán, Mere y Gola. Sibán dijo que también había hablado con otros dos rastreadores y que mañana, cuando tu padre los guíe hasta la manada de mastodontes, Sibán aprovechará el caos de la lucha,  matará a tu padre y se proclamará nuevo jefe del Clan.  

Lino estaba estupefacto.

-¿Pero por qué? –Exclamó,  mi padre es el jefe y Sibán,  un buen cazador; tienes que estar equivocado, Viejo.

-El Viejo de las Palabras sólo habla palabras verdaderas, niño. Anoche Sibán ofendió a tu padre en la ceremonia y todos esperan que Kuma sea retado dentro de pocos soles; especialmente si fracasa la cacería. Pero Sibán teme la fuerza de Kuma y no quiere esperar al resultado de la lucha. Matará  a tu padre en cuanto tenga oportunidad.

-Hay que avisarle a mi padre –decidió Lino. 

-Demasiado tarde, niño. Kuma adelantó la partida y se fue con todos los cazadores hace unas horas.

-¡Lo dejaste partir!

-¿Qué podía hacer? Sibán es fuerte y si yo hablase me habría matado por ofenderlo. Además, mis piernas no me respondían  bien. Estoy viejo y cansado, Lino.

El asunto era de extraordinaria gravedad. Si el traidor Sibán lograba su cometido, Kuma sería muerto, pero con él, también lo serían  la madre de Lino  y todos sus hijos. La ley del vencedor era implacable.

-Debo ir a avisarle.

-¿Y qué harás? ¿Irás solo? Es demasiado peligro para un niño como tú.

-Pronto seré un guerrero, viejo. Iré solo.

-Estás loco, niño y siempre lo supe; yo te avisé para que te ocultaras con tu madre y tu hermano, no para salir detrás de Kuma arriesgando el pellejo. Pero  ya que quieres salvar a tu padre y dado que  Kuma ha sido un jefe sabio y compasivo, que siempre ha protegido al Clan, yo te acompañaré.

Lino no supo si agradecerle o rogarle que no lo hiciera. ¿Qué clase de ayuda podía ser el Viejo de las Palabras?  Apenas caminaba  y hacía muchas lunas que no acompañaba a los cazadores. Si de capacidades se trataba, desde hacía mucho tiempo el viejo sólo se habría alimentado de raíces o lo habrían devorado las bestias. Pero a Kuma le gustaban sus historias y siempre  se preocupaba de que no le faltase comida.

-Está bien –accedió-, pero ya que vienes conmigo, llevaremos a Tai.

Porque, después de todo, si ya tenía un inútil como compañero, Tai no podía ser  demasiado perjudicial.  Y sobre todas las cosas, Lino estaba seguro de que no podía confiar en nadie más. Frente a un desafío, todo el Clan le daría la espalda; al menos, hasta que las cosas fueran resueltas por la Madre Tierra.

Luego  de ordenar al viejo que lo esperara, se deslizó de regreso hasta la empalizada  donde dormían los niños. Tenía que despertar a Tai, conseguir agua y unos bocados de carne seca. Y tenía que hacerlo de inmediato o no lograría alcanzar a Kuma antes de que fuera demasiado tarde.  

     Cuando el sol llegó al centro del cielo la manada de Ranú  se alejaba cada vez más del Valle Verde. La mastodonte alfa había empezado a trepar por los cerros que lo circundaban y los demás  gigantes  siguieron sus pasos con la calma y seguridad que les era propia. Se habían alejado bastante de los pequeños, pero Ranú seguía intranquila; no dejaba de olfatear el viento con su trompa velluda  y mantenía el tranco rápido, a pesar del cansancio de las hembras ancianas y de los tres críos, que a duras penas mantenían el paso de sus madres. Nanay no dejaba de fustigar a Kiya con golpes de su trompa en el redondo trasero del pequeño.

Las laderas de los cerros estaban cubiertos de matorrales tan tupidos que les dificultaban el ascenso. La ruta  se intrincaba cada vez más y Ranú se veía forzada a arrancar  y  pisotear la maleza para abrir camino a su manada.  Hacía mucho calor y los  mosquitos, grandes como tábanos, pululaban alrededor de los ojos y de los hocicos resecos por la falta de agua. Hacía ya mucho tiempo que habían dejado atrás el último abrevadero y el aire le decía claramente a Ranú que no habría otra poza de agua por mucho tiempo. Había una buena noticia, al menos: el aire tampoco traía el olor de los pequeños; con suerte se librarían de los feroces cazadores.

Ni siquiera durante la noche permitió Ranú que la manada se detuviera a ramonear. Los mastodontes mordisquearon hojas sobre la marcha para aplacar la sed  y el hambre. Desesperados, los críos trataban de detener a sus madres para alimentarse de su leche. Ranú sabía que con los cazadores las cosas eran así: si pierdes tiempo en comer, serás comido. Había que poner mucha distancia con ellos.

La luz empezó a dibujar otra vez los lomos de los cerros. Amanecía. Ranú  olfateó humedad y se tranquilizó. Se detuvo y permitió que los críos mamaran un poco. Reconfortada por el alimento, la manada de Ranú retomó su camino.

Los hombres de Kuma partieron antes de que la luz dibujara las cumbres de las montañas contra el cielo. Con las consecuencias del festejo aún  firmes en sus cuerpos, los cazadores   debían esforzarse mucho para mantener el tranco de su jefe. Sólo Sibán, Mere y Gola no parecían haber festejado  y pisaban fuerte sobre la tierra, como si tuvieran muy claro su destino o como si tuvieran prisa por  atrapar un mastodonte para regresar al campamento antes de que se les hiciera tarde. Kuma pensó que a Sibán ya se le había olvidado su enojo y se tranquilizó. Sibán era un buen cazador y él siempre había contado con su ayuda.

Cuando el sol estaba alto en el cielo, los cazadores ya habían recorrido largo trecho por el Valle Verde.  Kuma  detuvo la marcha e hizo señas a los cazadores para que se acercaran, luego dijo:

–                     Es  tiempo de separarnos; Kuma irá con algunos hombres por la montaña y los demás Cazadores seguirán el rastro de la manada a lo largo del Valle.

Los cazadores se miraron sorprendidos por sus palabras. ¿Para qué quería Kuma ir por la montaña si más adelante el valle trepaba lentamente y se encontraba con los cerros?  Era un esfuerzo inútil y además, cada grupo sería más débil y estaría más expuesto a las fieras.  Era cosa sabida que Serak, el tigre de los dientes como puñales, vivía en las montañas y que siempre estaba esperando que el cazador se aventurase en su territorio. Si eran pocos, mucho más fácil le sería a Serak atacarlos y matarlos.

No sólo eso, la montaña era también  el hogar de Mulkan, el Oso negro,  otro enemigo peligroso.

Pero no hubo manera de convencer a Kuma.  Escogió a la mitad de los hombres  y  antes de que separaran rutas con el Río que Brama  les hizo beber y llenar de agua las vejigas  de ciervo que llevaban colgadas de la cintura. Sibán quería ir con él, insistió varias veces sin darse por vencido.  Tanta insistencia no le pareció bien a  Kuma, pero sabiamente  le dio el mando del otro grupo y se llevó a Gola y otros seis hombres. Eso bastó para tranquilizar a Sibán. ¡Tenía la jefatura de más de la mitad de los cazadores!

El grupo de Kuma comenzó a trepar la ladera y los hombres de Sibán los vieron  hacerse cada vez más pequeños a medida que ponían camino entre ambos. Pronto, Kuma y sus hombres alcanzaron la cima y entonces ya ninguno de los grupos pudo ver al otro. Kuma estaba en el territorio del tigre y el oso y Sibán guió a  los demás,   no sin antes advertirles que debían aguzar la vista y el olfato.  Las huellas de la  manada de Ranú  no serían tan claras ahora que la mastodonte alfa guiaba a los suyos por la garganta de roca plana.

 

Anuncios

Read Full Post »

874044010_e7426c16e5No fue nada de raro que Ale resultase elegida presidenta por amplia mayoría de votos. Su campaña fue simple y directa: una presidenta representa a los que la eligieron, por lo tanto, su deber es sacar la cara por el curso cada vez que la inspectora general pida sus cabezas, ser intermediaria  entre la opinión pública y  los poderes superiores -léase, señorita Elizabeth-, tramitar las postergaciones de pruebas con buenos resultados, organizar las actividades extraordinarias del curso, en especial paseos, idas al teatro o a exposiciones o a cualquier cosa que permita  perder clases de vez en cuando,  y sobre todo, sobre todo, no aburrir a sus compañeras hablando por horas durante el consejo de curso.

El séptimo B tenía una amplia experiencia al respecto. Las niñas estaban más que aburridas de aquellas presidentas que se especializaban en convencer a la señorita Elizabeth de que era la doble chilena de la protagonista de “Titanic” o en preparar su futura carrera en el Centro de Alumnas; más que aburridas de toda esa cháchara sobre  ” el curso  no se está llevando bien últimamente, se ha deteriorado la  convivencia, hagamos una jornada para recuperarla”. No más palabras, ellas querían acción.

De manera que a nadie le resultó sorprendente su triunfo, excepto, claro está, a la lista perdedora. La lista de Ale era muy buena;  su secretaria era la revoltosa Panchi, su mejor amiga, y su tesorera,  Carolina, era capaz de cobrarle cuotas a un muerto, de hecho, era la única niña del colegio que le regateaba los precios al vendedor de dulces de la esquina…y lograba su cometido.

Así que Ale se convirtió en la presidenta y todo cambió;  las reuniones eran entretenidas, se hacían cosas  novedosas, los fondos del curso crecían  como la espuma  y aunque sólo se trataba de un séptimo año deslumbraron al Centro de Alumnas del colegio por su activa participación en las actividades  que se preparaban.

Sólo había un problema,  y Ale fue la primera en notarlo: ellas eran la primera directiva del año y les había sido imposible conseguir permiso para un paseo. Motivos no faltaban; era  la época más helada del invierno, los papás  vivían preocupados por los promedios de nota y la señorita Elizabeth -y eso era lo peor- odiaba los paseos de curso.

            ¿Problema? Sí tremendo problema, porque Ale, Panchi y Carolina querían dejar el mando con la grata sensación de haber sido la mejor directiva en la historia del curso; después de todo, ellas se habían quejado siempre de esos aburridos paseos de fin de año a la piscina,  con el clásico pollo asado con ensalada, una bebida y una paleta de helados, de manera que no podían irse sin superar esa pobre marca.

-Es nuestro deber, – explicó Ale a sus colaboradoras- ser un modelo  para las siguientes directivas.

Ale siempre había sido muy imaginativa. No demoró mucho en dar con aquello que las haría inolvidables: ¡Una fiesta, tenían que hacer una fiesta! Y como siempre, tenía razón,  todo el curso vivía soñando con la posibilidad de una fiesta. Nadie sabe lo importante que puede ser una fiesta para las niñas que estudian en colegios…de niñas.

Lo primero fue conseguir la casa de Panchi. La casa de Panchi era perfecta, más grande que la casa de Ale y que prácticamente todas las otras casas del curso. La tarea de convencer a la mamá de Panchi fue titánica, pero finalmente lo consiguieron apelando directamente al corazón de la señora Angélica.

– Nuestra  reputación de ser la mejor  directiva en la historia del curso está  en peligro, – suplicaron  las niñas- cuando lleguemos  a fin de año nadie se va a acordar de   las cosas  buenas que  hemos hecho.

            Era necesario un golpe magistral y eso, sólo una fiesta podía lograrlo.

La señora Angélica aceptó resignada, viendo las cosas de esa manera, no quedaba más remedio que decir que sí. Total, las niñas  todavía eran chiquitas, ella se las arreglaría perfectamente para mantener las cosas dentro de la ley y el orden familiar.

Lo segundo, fue conseguir el permiso de la mamá de Ale. Eso  sí que era difícil, allí había un problema de fondo; a diferencia de la señora Angélica ella sí conocía muy bien a Ale, demasiado bien. A la señora Rosa costaba convencerla de que Ale no necesitaba obligatoriamente diez horas de sueño diarias y todavía mucho más difícil era convencerla de que Ale no provocaría la segunda caída del imperio romano con sus brillantes ideas. Dos semanas le costó a la pobre Ale conseguir el permiso para la fiesta inolvidable que ella misma había planeado y organizado.   

Pero finalmente todo empezó a resultar. Se invitó a un curso completo de un colegio de muchachos y a todos los hermanos, amigos  o primos disponibles; las niñas prometían, además,   acarrear con todos los amigos del mundo. La que menos, vendría con seis primos, la que más, con una docena de amigos del barrio. Como la fiesta prometía ser en grande, se contrataron los servicios de un auténtico diyéi -el hermano mayor de Pamela Rojas, que ya estaba  por salir de cuarto medio-, se compraron suficientes adornos como para  llenar un estadio y Carolina, experta como era en manejo de dinero, se consiguió a un precio de ganga, casi increíble,  la mejor comida para fiestas que uno hubiera podido imaginarse.

-Esta Caro es fantástica.-Dijo Panchi.- Con esta fiesta nos vamos a hacer famosas.

Las niñas estaban tan ocupadas con su fiesta que las mamás tenían que andar escondiendo el teléfono para evitar que ellas se pasasen todo el día colgadas de él,  comentando los mil detalles que todavía faltaba por afinar.

Una semana antes de la fiesta, el telefono repiqueteó furiosamente en casa de Panchi. Cuando la mamá contestó se encontró con dos sorpresas: una, no eran  ni Ale ni Carolina. ¡Milagro!  Dos, la que llamaba era su hermana Alicia, que llegaba el viernes para su  reunión semestral de bibliotecarias.

-Qué mala suerte, Alicia, -le explicó la señora Angélica- te vas a encontrar con todo el bullicio de una fiesta.

-¡No te preocupes, hermanita, a mí no me despierta ni un tren! -Replicó ella alegremente desde su casa en Arica.- ¿No es emocionante que ya tenga la Panchita su primera fiesta de grandes?

Porque es bueno recordar que la tía Alicia todavía seguía convencida de que Panchi tomaba la leche en biberón.

-¡Yo le voy a llevar un regalito que le va a encantar! -Prometió.

Y ese día viernes, cuando Panchi llegó de clases se encontró  con tía Alicia sentada a la mesa y recibió con asombro su regalo sorpresa. ¡Tía Alicia le había traído de regalo un lindo vestido de fiesta color rosa, lleno de vuelitos y casi tan largo como la barba de Matusalén!

-Pero mami, -suplicó más tarde la pobre Panchi- ¡nadie se pone vestido para las fiestas! Van a pensar que soy tonta.

-¡Pero qué va a decir tu tía, ella que te lo trajo con tanto cariño!

Y la señora Angélica armó tal jaleo que a Panchi no le quedó más remedio que decir que sí, que se pondría el vestido de la tía Alicia, que era el vestido más  lindo que había visto, que le gustaba tanto y que sin duda alguna sería la niña más feliz del mundo usándolo en la fiesta.

Así llegó el gran día. La comisión encargada de la fiesta  vino a primera hora de la mañana, puso de punta en blanco la casa de Panchi y después se fue rápidamente a prepararse para estar a la altura de las circunstancias. Después de todo, las chicas  nunca habían ido a una verdadera fiesta y jamás, ni en el mejor de los sueños, habían tenido tantos muchachos invitados como para que nadie se quedara sin salir a bailar.

La pobre Panchi, en cambio, se encerró en su  dormitorio muriéndose de vergüenza por anticipado de sólo pensar en lo mucho que se iban a reír todos del vestido rosa lleno de vuelitos de la tía Alicia. A las cinco de la tarde  la idea de fugarse de la casa pasó por su cabeza y gracias a Dios no se detuvo allí por mucho tiempo, eso porque su idea siguiente fue un poco menos radical: se enfermaría. Prefería quedarse en cama antes que convertirse en la gansa del curso.

-¡No te preocupes, Panchi, yo lo voy a solucionar! -Le prometió Ale  por teléfono cuando la puso al tanto de su grave problema.

Panchi respiró aliviada. Al menos, no se perdería su primera fiesta. ¿Hay algo peor que perderse una fiesta en la misma casa de una? Sí, usar el vestido de la tía Alicia.

A las nueve de la noche, cuando comenzaron a llegar las primeras niñas, Panchi se asomó por el descanso de la escalera  vestida de jeans y  polerón, para encontrarse con la noticia de que  a su mamá le había dado tal ataque de furia que estaba por perder el pelo de un golpe. ¡Hasta esa hora no se tenían noticias de su papá! Panchi no tenía un pelo de tonta, se acordó de su pena y se encerró de nuevo hasta que se le pasase el mal genio a su mamá.

Ale llegó poco rato después y subió a su habitación para contarle las últimas novedades y ponerla al tanto de su plan para librarse del vestido de la tía Alicia.

-No te preocupes, Panchi, apagaremos las luces y usaremos sólo las luces estroboscópicas que instaló el diyéi. Ni tu mamá se va a dar cuenta de que andas por ahí.

-Tú no conoces a mi mamá.

-Pero yo tomé un curso avanzado de madres con la mía, Panchi. Si te pillan, les decimos que se manchó.

-¿Y si  descubren que no es verdad?

-Ah, ya, termina. -Dijo Ale , y tomando un frasco de témpera azul, lo vacío íntegro sobre la pechera del vestido dejando a Panchi con la boca abierta.

-Ahora es verdad, dile a tu mamá que fuí yo.

Y se marchó a atender los detalles de la fiesta, a la que iban llegando cada vez más niños.

O mejor dicho, más niñas. Ya se encontraba allí casi todo el curso y las primas de por lo menos diez compañeras. ¡Que barbaridad, a quién se le había ocurrido invitar a tantas mujeres! En cambio, los montones de primos y  amigos, los hermanos mayores y los muchachos del séptimo A del Colegio Carlomagno brillaban por su ausencia. Y eso no era nada,  lo peor era que no faltaban todos los chicos. Por desgracia habían venido el insoportable hermano de Connie Martínez, el gordísimo primo de Vivi y media docena de hermanos menores que correteaban por todos lados convencidos de que estaban en un cumpleaños infantil. La pobre Ale sintió que su corazón se le iba a los pies.

-¡Santa Gemita, no permitas que fracase mi fiesta! -Rogó con auténtica desesperación.

Y como si Santa Gemita la hubiera estado escuchando, en ese mismo momento hizo su entrada Nicolás Gómez, el alma de la fiesta de los chicos  del séptimo A. En cosa de cinco segundos, la mitad del curso rondaba a su alrededor con la esperanza de ser la primera en salir a bailar con él.

Pero ésa, obviamente, no era la noche de Nicolás. Se veía triste, deprimido, como si se le hubiera muerto su perro regalón o se le hubiera fundido el nintendo. No quería bebidas, no quería bocadillos y ni por casualidad se le ocurría bailar. Ni siquiera hablaba.  Para  mayor amargura de Ale, las cosas siguieron cada vez peor. Piero Raggio, el chico guapo, llegó escondiéndose por los rincones más oscuros; posteriormente, alguien comentó que tenía un ataque de alergia que lo había enronchado de pies a cabeza y no quería ser visto.

-Bueno, de repente aprovecha de conversar con Panchi.-Pensó Ale.

Porque Panchi también andaba escondiéndose por los rincones para que su mamá no la viese usando jeans en vez del famoso vestido de la tía Alicia.   

            O Santa Gemita se había quedado dormida o estaba de vacaciones esa noche, porque las cosas iban de mal en peor. Por más  mandas que Ale  le ofrecía  a Santa Gemita (o a cualquier otra santa que se le venía a la cabeza)  todo salía como si lo hubiese planeado la lista perdedora.  Por suerte, una hora después llegaron los chicos  latosos  y los más bien creídos. El colmo de la noche fue que el único chico guapo que faltaba llegó de la mano de su flamante polola -¡una de las pesadas del séptimo A! -y la gordísima prima de Daniela Vázquez  arrasaba con los bocadillos y para más remate bailaba con todos los chicos disponibles.

            Con Panchi desaparecida en acción, a Ale no le quedaba más remedio que correr de un lado a otro convertida en el puntal de la fiesta. Estaba furiosa con Panchi, pero no pudo sino encontrarle razón cuando la mamá de su amiga apareció con una máquina fotográfica que encañonaba agresivamente frente a sus caras.

            -¡Digan güiski, chiquillos! – Decía alegremente y después -¡Click!- los fotografiaba con las expresiones más gansas posibles. Como  al parecer eso no le bastó, se dedicó a  empujar a  los chicos hacia el grupo de las niñas  exigiéndoles descaradamente que  las sacaran a bailar.

            ¡Qué vergüenza, qué ganas de correr a esconderse en los rincones también! Cualquier otra lo hubiera hecho, pero no Ale. La pobre sacó fuerzas de flaqueza y sonrió esperanzada cuando la robusta tía Alicia dio las buenas noches  en medio de grandes bostezos, al menos ya se habían librado de ella.

            A todo eso, el papá de Panchi fue sorprendido por su esposa mientras hacía una sigilosa entrada por la puerta de la cocina. Todos los presentes pudieron escuchar claramente los indignados reproches de la señora Angélica y los tímidos descargos del culpable.

            -Es que como iba a haber tanto lío me fui a la casa de Poncho Araneda a ver el partido. – Explicaba humildemente el pobre papá de Panchi.  

Ale dio una vuelta por la sala explicándole  a medio mundo que esa no era su casa ni ellos sus papás, pero tuvo la ingrata sensación de que nadie le había creído. Tampoco la señora Angélica le había creído a su esposo, de manera que lo condenó a lavar los platos y  sacar a pasear  a los dos labradores. El reo se marchó contrito a cumplir la segunda parte de su castigo, sus zapatos echaban chispas mientras trataba de frenar a los desbocados guardianes.

            Poco después de su partida,  llegó el momento en que todo el mundo se dio cuenta de que efectivamente la tía Alicia se había ido a dormir, es más, probablemente  lo supo todo el vecindario porque sus ronquidos traspasaban la barrera del sonido y se dispersaban alegremente por encima de los tejados. Escondida en su rincón, Panchi se alegró de no haberle contado a Piero Raggio que era la dueña de casa y pensó que aún con ese montón de manchas rojas encima él se veía bastante bien.

            Coincidiendo con el ataque de ronquidos, una extraña epidemia de idas al baño se había desatado. La primera en caer había sido la prima gorda de  Daniela, que de tantas carrerillas había terminado en la cocina bebiendo un agua de hierbas preparada por la mamá de Panchi. Preocupada por el curso de los acontecimientos, la buena señora revisó los envases de los bocadillos y fue desesperada a hablar con Ale.

            -¡Ale, hay que cambiar los bocadillos, las fechas de vencimiento son de hace un mes!- Explicó.

¡Típico de Carolina! ¡Sólo a ella podía habérsele ocurrido intoxicarlos con alimentos vencidos para ahorrarse un par de pesos!  La pobre Ale ya estaba a punto de tirarse por la borda y dejar que el barco se hundiera definitivamente, pero afortunadamente la señora Angélica tenía en su despensa gran cantidad de bocadillos que reemplazaron las fatídicas gangas de la cocinera.

 Lamentablemente, eso no terminó con la cola que había frente al baño del primer piso, pero todavía  quedaban  muchos ánimos;  la fiesta estaba poniéndose buenísima y nadie quería marcharse.

            Santa Gemita debía haber regresado de sus vacaciones o se había despertado de puro solidaria que era. Ale pensó que se iba a pasar el resto de su vida cumpliendo las mandas que le había hecho en medio de su desesperación.

Desde ahí hasta las doce todo marchó sobre ruedas. El papá de Panchi trabajaba como esclavo así que había sido perdonado con un beso de su señora, todo el mundo bailaba y la música a un volumen más adecuado casi lograba opacar los ronquidos de tía Alicia. 

            Todo iba tan bien que Santa Gemita bostezó de puro cansancio y se quedó dormida como un tronco. En mala hora: cinco segundos más tarde, la luz y el sonido murieron en medio del estupor de los presentes. ¡Se  había cortado la luz! Todo el barrio estaba sumergido en una capa negra y silenciosa. La señora Angélica buscaba con desesperación los paquetes de velas que sobraran del año de la sequía, ése en que a cada rato se apagaban las luces. Cinco largos minutos pasaron en los cuales sólo se escuchaba el murmullo aburrido de los  que no podían bailar  y el crunch crunch de los comilones que no se apartaban de la mesa. Cinco minutos que se tomaron la mamá de Panchi y Ale para distribuir velas por los lugares más seguros y el papá en  recuperar la radio a pilas que había guardado en el fondo del clóset.

            Cuando la música volvió a escucharse el baile recomenzó; las velas habían dado un aspecto muy atractivo a la desordenada sala y  lentamente la fiesta fue volviendo a la normalidad. Ale estaba tan contenta que dio un vistazo al compacto grupo de bailarines en la esperanza de que a uno se le ocurriera sacarla a bailar. Todo habría sido perfecto si tanto silencio no hubiera despertado a tía Alicia, porque sin duda era ella la enorme figura vestida de camisón largo que apareció en el umbral,  con una linterna temblorosa en la mano derecha y una espantosa máscara verde cubriéndole la cara.

            Los gritos de la concurrencia  podrían haberse escuchado en la Antártida sin dificultad. La  consentida de Javiera Aguilar se desmayó de susto y  la mitad del séptimo B arrancó al jardín  creyendo que los atacaba un monstruo extraterrestre mientras los muchachos del Carlomagno se escondían debajo de la mesa.  Y entonces, tía Alicia preguntó como si nada hubiera pasado.

-¿Dónde está el baño? No puedo ver nada en esta oscuridad.

 

A las una de la madrugada empezaron a despedirse los invitados para gran placer de los dueños de casa. Ale no quería más guerra, estaba tan agotada que casi se alegraba de que pronto terminaría todo. Se echó en un sillón esperando que todos se fueran para que la comisión de aseo pusiese la casa en condiciones de volver a ser habitada. Estaba tan deprimida que  no escuchó a Nicolás Gómez hasta que él se sentó a su lado y le dirigió las primeras palabras que salían de su boca en toda esa larga noche.

– Eres increíble ¿sabes? Yo pensaba que mi vida no podía ser peor, pero ahora que te he visto enfrentando todo,  solucionando lo que parecía imposible, me avergüenzo de ser tan derrotista. Además,  después de haber visto a tu familia la mía  no me parece tan anormal como antes.

-¡Pero si no es mi familia, esta es la casa de Panchi, con los papás de Panchi y la tía de Panchi, pero la fresca se hizo humo y  hace horas que no sé de ella!

-¿De veras? Yo creí que lo habías dicho porque te daba vergüenza.

– Igual que todo el mundo, supongo. Mi reputación está deshecha para siempre. Estoy tan cansada que dormiría una semana, tengo que limpiar todo porque ya se arrancaron dos niñas de la comisión de aseo y no he bailado en toda la noche.

-Yo tampoco, no tenía ganas, pero esta canción me encanta. Vamos.

Y salieron a bailar en la sala casi vacía. A Ale también le encantaba esa canción, es más, desde ahora en adelante sería su favorita, estaba segura.

-Ah, y no te preocupes, – ofreció Nicolás- yo les ayudo a limpiar.

Más tarde, cuando su papá llegó a buscarla, Ale se despidió de los papás de su amiga, de Nicolás y de Panchi, que había hecho su aparición finalmente.

-Muchas gracias por todo, tía, y perdone las molestias que le dimos.

-No te preocupes, Ale, todo salió bien gracias a tu ayuda. Ah, y tú no te vayas a acostar todavía, Panchi. Tenemos que hablar respecto a cierta mancha azul.

¡Chispas! Ale comprendió que lo mejor que podía hacer era desaparecer de inmediato; en dos segundos estaba en la calle seguida por Nicolás.

– Yo puedo llevarte. -Ofreció su papá a Nicolás.-  ¿Y qué tal estuvo la fiesta?

Y para  la felicidad de Ale, cuando Nicolás se sentó en el asiento trasero respondió:

-¡Bacán! Fue la fiesta más increíble y entretenida a la que haya ido.

  

 

 

Read Full Post »

 3100432975_1c740691d5 

–          ¡Lino, Lino!

                  Tai llegó corriendo a buscarlo, Tai siempre estaba apurado, siempre quería algo, pero no era capaz de conseguirlo solo y buscaba a Lino para que lo ayudase. Tai es pequeño y  esmirriado porque su madre  murió en su  primer verano y no pudo amamantarlo. 

                  -¿Qué quieres Tai?

–          ¡Ví un  lagarto en la Roca Pelada, Lino, vamos por él!

Eso es otra cosa, Tai tiene mucha suerte con los lagartos y las ratas, no hay que  subestimarlo. Lino y Tai  corrieron hacia la roca y se echaron de bruces a espiar hasta que el lagarto asomó su hocico verdoso otra vez. Estaba grande, sabroso. La madre de   Lino estaría orgullosa de él y  Kuma, su padre,  reiría un poco, como diciendo, estos niños que sólo pueden  cazar lagartos, pero comería con ganas el bocado de carne  que ha traído su hijo. Será bueno para Kuma que su hijo lleve un lagarto  para comer, especialmente ahora que la manada de mastodontes se ha marchado y los cazadores han vuelto con las manos vacías y el gesto torvo. Algún día, es casi seguro,  Lino  será un gran Cazador y quizás el jefe del Clan y Tai, con su suerte y  sus dotes de observador,  es casi seguro que se convertirá en Hombre-Medicina  y seguirá compartiendo la caza de Lino. Ambos serán importantes dentro del Clan.

Lagarto, por otra parte,  se confía demasiado. El tibio sol le parece delicioso y lagarto lo busca con ansiedad.  Tiene  medio cuerpo fuera de la madriguera y poco a poco va asomando el resto.

                  Lino  despegó apenas el torso de la tierra, levantó su mano  derecha,  la punta de la lanza que talló su padre no alcanzó a brillar al sol cuando volaba ya en dirección al lagarto.  La lanza le dio  de lleno en el cuerpo y lo clavó a la tierra. El lagarto pataleó y continuaba haciéndolo cuando Lino desclavó su lanza y la blandió orgulloso en lo alto. Lagarto pataleaba desesperado sintiendo que la vida se le escurría por ese gran agujero que la lanza de  Lino le había abierto en  la panza.

–          ¡Comida, comida! –gritó Lino.

–          ¡Lagarto, lagarto! – le hizo eco Tai.

Los niños corrieron  colina abajo, aullando y festejando su presa. No era pequeño, lagarto. Era tan largo como la pierna de un niño y  tenía suficiente carne para que  todo el clan disfrutara un bocado. Lagarto todavía  se estremecía cuando  Lino se lo entregó a su madre.

–          Tai lo encontró –dijo.

–          ¿Y quién lo atrapó?-preguntó  su madre.

–          ¡Yo!- exclamó Lino temblando de orgullo y emoción de cazador.

Cuando el clan se reunió para comer estaba revolucionado. ¡Qué buen augurio! Los  lagartos estaban regresando de las profundidades, pronto acabarían los hielos y habría mucha comida sobre la tierra. 

La madre  agarró el animal,  lo atravesó con una estaca y lo puso a patalear al fuego. Pronto, Lagarto dejó de moverse y su piel se encrespó y achicharró hasta que lagarto fue comida y  todos lo disfrutaron chupando huesos y dedos en una sola mezcolanza.  

-Tai es muy bueno para encontrar lagartos – dijo  Lino.  El niño siempre le ha dado crédito a la sabiduría de su enclenque amigo.

-Y hierbas –añadió el viejo de las palabras- Tai siempre trae buenas hierbas y raíces.

–          Tai será un buen aprendiz – aseguró el Hombre-Medicina.

Tai no cabía en su pellejo de  tan orgulloso que estaba, se sentía como si él mismo hubiera capturado el  sabroso lagarto.

-Tai buscará otro mañana para que Lino lo atrape –  prometió.

 Los cazadores   no pusieron  interés;  el lagarto estaba bueno, pero no era para exagerar, siquiera lo hubiese   capturado Tai en persona  para que se alegrara tanto. Las mujeres, en cambio,  mordisquearon los restos y asintieron  meneando la cabeza. Un buen lagarto, grande, sabroso. Tai estaba feliz, eso ya era mucho pedir. No eran muy parlanchines estos Cazadores, su vocabulario era escaso,  su carácter,  reservado.

Por la noche, el Hombre-Medicina  se encargó de la ceremonia de la caza. Esta vez, Kuma quería que todo se hiciera como los dioses  lo deseaban. Se bailó y se chilló bajo una luna sanguinolenta, buen augurio para la caza,  que casi  parecía  hecha de carne cruda. Lino y Tai se escondieron entre las ramas a espiar la ceremonia porque todavía eran niños y no podían  participar de ella.  El  Hombre-Medicina llevaba una máscara de ciervo y la cornamenta  era tan alta  como para rascar el cielo. Presidiendo la ceremonia desde su sitio de honor, Kuma se pavoneaba ante el Clan. Estaba  muy elegante, llevaba su capa de oso y un tocado  hecho con el cráneo de un inmenso tigre  dientes de sable que cazó  cuando se convirtió en jefe. Todos los colmillos del tigre brillaban  como puñales y una garra de oso le colgaba sobre el pecho para que nadie olvidara lo muy poderoso que Kuma  podía ser.    

Sin embargo, Kuma no estaba del todo tranquilo. Alejados de la fogata, los tres rebeldes, Sibán, Mere y Gola,  rumiaban su descontento mirando con desprecio las escasas piezas de carne seca dispuestas por las mujeres y bebiendo a destajo el  alcohol de   raíz, que como todos saben, pone siempre malos espíritus en el corazón de los hombres.

Ya estaba alta la luna cuando los guerreros detuvieron su baile; sólo entonces el Viejo de las Palabras se puso de pie, cuando los cazadores estaban cansados llegaba su hora. Se cubría con una  piel de ciervo  raída, que mostraba peladuras por todas partes. ¿Cuánto tiempo hacía que el viejo había cazado su última presa? Los cazadores del clan se fueron sentando alrededor de la fogata e hicieron silencio.

–  Cuando  la luna todavía era joven -comenzó el viejo-  había en el clan un guerrero tan fuerte y sabio como nuestro jefe, Kuma.

Para Sibán, las palabras del viejo parecieron ser una lanza clavada en el pecho. Se puso de pie de un salto, escupió el licor que tenía en la boca y gruñó:

-Creí que hablarías de un verdadero guerrero, viejo –dijo-, de uno grande,  como Tumbalsar.

Tumbalsar era la historia favorita del clan.

-No esta vez, aclaró el viejo.

-Entonces, qué harás, viejo, contarás mentiras.

La voz de Sibán destilaba odio. Pequeñas gotas de saliva saltaron de su boca haciéndoles recordar a todos el hocico de un lobo rabioso. El Viejo de las Palabras tembló, quizás sin saberlo se había hecho de un enemigo  importante.

-Las palabras no mienten –continuó el Viejo-. Mi padre me las enseñó como su padre a él,  y este las aprendió del suyo,  y así desde que la luna y el sol están separados en el cielo.

Porque todos saben que el hombre sólo puede vivir desde que la luna y el sol separaron su reino en el cielo y que dejarán de hacerlo cuando estos se junten de nuevo en una sola luz. Ese día, la tierra arderá y  todos los cazadores y sus presas  se quemarán con ella.

Sibán calló. Las palabras se atropellaban en su boca y Sibán prefirió dejarlas atrapadas; apretó los dientes amarillos y la espuma del alcohol de raíz  se alborotó entre ellos.  

-Un guerrero tan fuerte y tan sabio –prosiguió el Viejo-, que la Tierra no tenía secretos para él, tanto que  no había  ciervo, ni pez, ni emplumado que pudiera esconderse de sus ojos…

Una risa  burlona recorrió la fogata. Los guerreros se miraron uno a otro buscando a su dueño y finalmente  las miradas  se detuvieron en Sibán.   

Sibán ya había logrado su propósito;  todos lo miraban. El mismo Kuma clavó en él su mirada furiosa y helada.

-Si los ojos fueran lanzas  -pensó el Viejo de las Palabras-, los de Kuma  estarían clavados en el pecho de Sibán.

El viejo ignoraba lo sucedido en la mañana, pero  sus años habían visto lo suficiente como para saber que Sibán estaba comenzando a desafiar a Kuma. Kuma era un buen jefe, mejor rastreador  y un cazador de corazón limpio; muy diferente al  vanidoso e impaciente Sibán. El viejo  retomó la historia de prisa, antes de que una palabra mal dicha quebrara la paz.  Si de él se trataba, no sería esta noche la ocasión  para que Sibán retara a Kuma por el mando del Clan.  

Para darle fuerza a sus palabras, el viejo se arrojó al suelo  imitando a  una foca gorda que repta por la playa y los cazadores rieron y tras ellos, las mujeres. El viejo-foca rogó por su pobre vida al gran guerrero cazador y su rostro se arrugó como el de una foca  para ladrar su desventura. Se echó de espaldas y ofreció su vientre  y se movió como un perro que ruega por  atención y, como si no se  diera cuenta, valientemente, arrastró con su espalda  brasas ardientes de la hoguera que se incrustaron en su piel y chilló de dolor.

¡Eso sí que era divertido! Los guerreros, las mujeres, Kuma y el mismo Sibán se apretaban la barriga de tanto reír. Ahora, el Viejo de las Palabras se había puesto de pie y saltaba en una pata aullando como una foca moribunda.  El  Clan estaba tan  contento con ese hilarante espectáculo que todos los malos espíritus se habían olvidado.

Cuando todo terminó, Hombre-Medicina invocó la ayuda de la Madre-Tierra y los guerreros se fueron adormilando aquí y allá, entre pieles y ramas, en la arena tibia, agarrando un jirón de carne seca o un viejo cráneo amarillento que usaran para beber alcohol de raíz.

El Viejo de las Palabras se sobó la espalda adolorida con un poco de sebo de oso negro. Estaba satisfecho. Las  cosas habían terminado bien para todos, especialmente para Kuma.

-Toma, anciano.

El viejo se volvió. Kuma estaba a su lado y le ofrecía un gran trozo de carne seca. Lo agarró de un zarpazo y  antes de que Kuma se diera cuenta ya lo tenía   en su boca desdentada, dándolo vueltas de aquí para allá para extraerle sus sabores, ablandarlo y despedazarlo con placer.

El viejo se atragantó provocándole a Kuma un nuevo ataque de risa. El Viejo de las Palabras era tan divertido y  además, muy oportuno. Siempre se podía contar con él. 

 

 

Read Full Post »

Estimado lector, mañana  nos internaremos en  los secretos de la vida del Cheetah, ese bello  felino que habita la sabana africana y sabremos Por qué los cheetah corren como el viento.  No te pierdas este nuevo capítulo

de  La vida secreta de la fauna salvaje   y pronto, muy pronto, hurgaremos en las intimidades de los pudúes.

Read Full Post »

Hombres primitivos IIEl sol todavía no despuntaba sobre los cerros cuando Kuma  lanzó a su gente sobre las huellas de la manada. Los cazadores caminaban rápidos, sigilosos, tratando de no espantar los pájaros, de no alertar el fino oído de los mastodontes. Tenían hambre, pero no les importaba ¡Ya comerían cuando regresaran cargados de carne fresca! ¡Ya beberían sangre del mismo cuello de sus presas!

Todo estaba envuelto en sombras y detrás de cada árbol  se escondía  el temor. Los cazadores no alcanzaban a darse cuenta cómo el miedo salía de su escondrijo, les saltaba encima  y se les instalaba en la boca del estómago o  en pleno corazón. A cada paso les parecía ver la sombra de Serak, el tigre, lanzándose sobre ellos. Los cazadores apretaron los dientes y  siguieron adelante como había sido siempre y siempre será.

Cuando llegaron a los bordes del Valle Verde,  Kuma se  arrojó cuerpo a tierra y siguió adelante arrastrándose. Sólo una colina   los separaba de la manada y no había arbustos  para  esconderse. Los hombres imitaron a su guía y reptaron como serpientes  hasta  arriba. Kuma, como siempre, llegó el primero, se asomó para mirar hacia el valle y la decepción se pintó en su rostro  barbudo y oscuro.

La manada de Ranú había desaparecido.

Largo rato buscaron los hombres a los mastodontes, pero todo fue en vano. La manada se había marchado al despuntar el alba y al cruzar el pantano no habían dejado huellas suficientes  como para determinar su rumbo. Kuma rodeó el pantano completo hasta dar con las pisadas de los gigantescos animales, pero poco más allá, se  perdían otra vez sobre terreno rocoso.  Son hábiles los mastodontes.

Todas las esperanzas de la partida se esfumaron.  No había ciervos, no había mastodontes,  el valle estaba vacío. Poco más allá, los huesos del viejo megaterio esparcían en el aire su fúnebre hedor. Los Cazadores se lamentaron aparatosamente  porque, una vez más, deberían regresar a comer raíces y hierbas recogidas por las mujeres.   Hambre y vergüenza, todo a la vez.

-Kuma no seguirá comiendo raíces –dice  el rastreador-,  con la nueva luna  Kuma encontrará las huellas de la manada y los perseguirá hasta atrapar uno.    Dos lunas más y llenaremos la barriga con  la carne del mastodonte.

-Mika vio las huellas de dos crías en la manada, podemos  cazarlos fácilmente.

-Kuma no necesita  que las crías de mastodonte lleguen hasta sus pies a entregarle la vida. Kuma puede cazar a la gran hembra que los guía y dar carne a todo el clan por muchas lunas – replicó  el rastreador.

Kuma no lo reconocía, pero estaba furioso. Los mastodontes  se habían escapado en sus narices y debería volver  con  las manos vacías al campamento.

Kuma había sido jefe  del clan por  mucho tiempo, desde que murió su padre, el jefe anterior. Los rezongos de sus hombres lo tenían sin cuidado… en apariencia. Kuma los dejaba gruñir su descontento, pero  no olvidaría las caras ni los nombres de los  rebeldes. Se trataba, como siempre,  de Sibán, Mere y  Gola.

Emprendieron el camino de regreso. Kuma les  ordenó recoger todo lo que se moviera sobre la  superficie y los cazadores, humillados, recogieron   escarabajos y  gusanos, escarbaron en las raíces de los árboles y acumularon una buena porción de larvas jugosas. Los hombres estaban furiosos, esa era tarea de mujeres y niños,  una vergüenza más que les imponía Kuma.

-Coman mucho -dijo Kuma-, mañana necesitaremos fuerzas para seguir la manada.

Los hombres estaban tan hambrientos que sorbieron algunas larvas con deleite, algo que el cazador nunca haría en condiciones normales. Todo debe ser llevado intacto de regreso  para que se reparta junto a la hoguera.  Kuma los dejó hacer, porque el cazador con la barriga vacía no es buena compañía. Hasta él aceptó  una larva gorda y cremosa que le ofreció Melimo.  Kuma hizo grandes aspavientos para que Melimo supiera  lo contento que estaba de comer una larva tan gorda y sabrosa. A ver si los rebeldes se daban cuenta de lo mal que se habían portado. Melimo, en cambio,  era un buen cazador, un hombre leal. Para  estar seguros de que todos  lo entendieran, Kuma  lo olfateó,  le dio un abrazo de oso y los dos rieron juntos.  

   Los rebeldes  gruñeron por lo bajo y  persiguieron saltamontes entre los pastizales resecos.  Kuma no era un buen jefe para ellos, el clan pasaba  hambre y  las crías se morían, pero ellos eran responsables y llevarían comida para sus mujeres.  Aunque  tuvieran que doblar la espalda en busca de  escarabajos.

Los Cazadores del Clan regresaron al campamento con las miradas torvas. Este no había sido un buen día.

 

 

Read Full Post »

Querido lector, esta es la sorpresa que te teníamos para el viernes: Por qué las hienas ríen sin motivo. Muchas teorías se han esbozado al respecto, pero si tú querías saber la verdad,  sólo  tienes una oportunidad. Y está en nuestras páginas.

Nos vemos.

Read Full Post »

3372750376_0616e3257fKiya, el  pequeño mastodonte, no lo sabe, pero la era de las grandes bestias del pleistoceno está muy cercana a su fin. Tan sólo en  dos mil años más, no quedará ninguno de sus hermanos en la  cuenca  verde  que algún  día  albergará una gran  ciudad. Para ellos es la eternidad, no podrían medirla, pero ¿qué son dos mil años para una dama tan  altiva como la Tierra?

 Kiya es el miembro más joven de la manada de Ranú, pero no el más insignificante; su madre, Nanay, y todos los adultos, velan por él. Es casi el fin del invierno. La vegetación todavía está marchita y nubes de mosquitos sobrevuelan las tierras húmedas, pantanosas.  La manada se alimenta en los llanos. Allí,  junto a  megaterios y perezosos gigantes, pastan los pequeños caballos llamados eohippos, las manadas de cérvidos de exuberante cornamenta y uno que otro armadillo gigante, milodones y celidodones.  La fauna es abundante y los predadores se alimentan bien. La vida  no es pacífica. El que pasta hoy es la cena mañana y los herbívoros  quisieran tener ojos en la nuca para no ser sorprendidos. Hace  algunas lunas  un grupo errante de pequeños acorraló  cerca de allí al viejo  megaterio del Bosque Sombrío. Los pequeños fueron empujando al megaterio hacia los pantanos próximos  y allí, cuando ya no podía moverse, lo hirieron de muerte, lo arrastraron hacia la orilla y comieron de él hasta saciarse antes de seguir su viaje.  El viejo megaterio no hacía daño a ningún animal; pelaba sus árboles, los desarraigaba, pastaba  tranquilo y los pequeños arrebataron su vida cruelmente. Los huesos del megaterio ya casi no tienen carne,  pero las aves de presa  siguen alimentándose de los gusanos que se criaron en ellos. Huele mal.  La manada de Ranú  percibe  la muerte y esquiva sus restos cuidadosamente.

Ranú olfatea con su larga trompa velluda. No hay señales de los pequeños, ya se han marchado con la carne del viejo megaterio en sus espaldas. Quizás la manada podrá descansar un tiempo en este verde valle cubierto de dulce y sabrosa hierba.

            Los mastodontes caminan en un pequeño pelotón. Ranú a la cabeza, luego las hembras jóvenes y sus crías. Kiya va tras la manada siguiendo el olor de su madre, Nanay. Kiya todavía es demasiado joven  como para entender que el grupo es cada día más pequeño y que él, tan lento e infante, es uno de los que corre peligro. A veces  Kiya se siente cansado; la manada ha recorrido una larga ruta desde las márgenes del Río que Brama y aunque Kiya sólo llegó al mundo cuando pastaban cerca del Valle Verde,  sus patas, que todavía no están lo bastante fuertes, le susurran con rebeldía que ha llegado la hora de detenerse. El pequeño mastodonte  se retrasa  para ramonear en los arbustos o restregarse el lomo en los pozos de arena.

Nanay, enojada, barrita estruendosamente su llamada de alerta. ¿Es Kiya incapaz de percibir el peligro? ¿Acaso no sabe que los pequeños se ocultan entre los arbustos y aparecen de pronto,  aullando y vociferando como demonios, arrojando con sus manos morenas  sus lanzas y flechas ávidas de sangre? Nanay teme por la vida de su cría. Cada día son más los pequeños que habitan los valles. La manada de Ranú ha venido de lejos,  cruzando los cauces de tres ríos tormentosos, una reseca meseta pedregosa y un cordón de cerros.   Todos esos lugares han hollado los mastodontes guiados por  la  poderosa  Ranú, avanzando a marchas forzadas, todo ese largo camino para huir de los pequeños, de sus armas, de su hambre inagotable, de su ferocidad.  La temporada no es buena.  A pesar de las espesas nubes que lo cruzan, no ha querido caer el agua del cielo;  muchos de los pantanos se han secado, sus habitantes emigraron y los pastos  son   pobres   briznas de hierba seca.  La  manada ha sufrido de sed y de hambre al superar los cordones montañosos. Qué bueno es encontrarse ahora en el Valle Verde y arrancar largas brazadas de hierba jugosa con la trompa.

Es cierto, la temporada ha sido muy dura.  A lo largo de su camino,  Nanay ha visto sobre la tierra los restos de muchos eohippos y cérvidos que no lograron alcanzar su objetivo. Los carniceros han dejado sus huesos mondos y ahora blanquean al sol.   Nanay  presiente que ella o su cría podrían unírseles fácilmente en la muerte, y no quiere eso. Nanay quiere caminar sobre los pasos de Ranú, la guía,  mordisquear los dulces retoños de los árboles, lamer la sal que se deposita en el borde de los pozones de agua amarillenta, llenar su trompa de  líquido  y arrojarla  sobre el lomo de Kiya para espantar así los grandes insectos que  lo atormentan. Nanay quiere trompetear  hacia la espesura y ver cómo las bandadas de aves alzan el vuelo chirriando y piando. Nanay quiere vivir y también quiere que  Kiya viva.

Vivir es también el deseo de Ranú. Eso y llegar con su manada hasta  una laguna rodeada de  pasturas  abundantes y frescas, tan escondida que los pequeños nunca podrán dar con ella. Una laguna  donde  pataguas y maitenes  entreguen su sombra y la deliciosa dulzura de sus hojas.  Toda la manada  ama la tierra, la comida, el ardiente sol, el agua fresca y la paz.  Por eso, Ranú decide que no se detendrán en el Valle Verde; no  aquí donde todavía está fresco el olor del viejo megaterio muerto. La mastodonte guía se pone en marcha hacia el sur y la manada va tras ella.

Read Full Post »

Older Posts »