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Archive for the ‘zoocuentos 2013’ Category

 olinguito

Estimados amigos, este es un mensaje ultra secreto que la Hermandad de la Fauna Terrestre envió al Olinguito, ese pequeño y encantador mamífero carnívoro que acaba de sufrir el infortunio de ser “descubierto” formalmente por el Hombre. Léelo cuidadosamente, porque en algún momento indeterminado se auto destruirá para seguridad de los abajo firmantes:

“Querido amigo Olinguito, te escribimos para decirte lo mucho que lamentamos que el secreto de tu existencia haya sido revelado. Tú lo sabes, hicimos lo imposible para que tu vida siguiera siendo ignorada por nuestro enemigo más peligroso, el Hombre, único animal de la Tierra que ha dedicado todos sus esfuerzos a arrebatarnos no sólo nuestros hábitats ancestrales sino también, la vida.

Para no ser tan pesimistas, nos gustaría, antes que nada,  felicitarte por haber mantenido tu anonimato por milenios, pocos pueden decir algo así y no seremos nosotros los que les traicionemos exponiéndoles ante los falsos dueños del planeta. Es cierto que te ayudaron tu pequeñez, tu carácter tranquilo y  la desconfianza natural de los carnívoros, pero no es menos cierto que esos mismos atributos los tenían el Tilacino y el Demonio de Tasmania y  el primero ni siquiera tuvo tiempo para desplegarlos antes de extinguirse mientras que el segundo da una dura pelea por evitar su desaparición.

Hasta el último momento, querido Olinguito, dudamos si darte o no la mala noticia. El Elefante,  el Tigre, el Cheetah y el Rinoceronte eran partidarios de mantenerte en un estado de inocente y feliz  ignorancia, pero otros de temperamento más meditativo, como el Panda, insistieron en que debías saberlo lo antes posible para que tomaras las medidas de protección necesaria. No  podemos seguir ocultándote la verdad: hoy, en todos los medios de prensa  del planeta,  los zoólogos  han comunicado que eres el mamífero carnívoro de más reciente descubrimiento. Para que negarlo, todos lloramos al saberlo.

En menos de veinticuatro horas dejamos de envidiarte, repentinamente estabas tan expuesto al peligro como todos nosotros. Te lo advertimos: nunca volverás a dormir tranquilo y es casi seguro que ya algunos asesinos más fanáticos ya deben haber salido a buscarte. Podemos imaginarlos cuando regresen con tu bella piel listada, jactándose de  ser los primeros en haberte cazado. Peor, no faltarán los que te estarán siguiendo la pista para ponerte a la venta en el mercado de mascotas exóticas, por desgracia, siempre hay alguien lo bastante malvado o estúpido y con el dinero suficiente para querer meterte en una jaula a esperar la muerte. A veces, casi parece preferible que nos maten de una vez…pero eso de morir de a poco, viendo un pedacito de cielo en un rectángulo enrejado es algo que no le deseamos a nadie.

Olinguito, amigo, mide tus pasos, corre a refugiarte en lo más profundo de la selva, protege a tus crías, reprodúcete con verdadera y real pasión, ni te imaginas lo que se te viene encima: los zoológicos japoneses, los pet shop norteamericanos, los gourmands de ojos rasgados, los amantes de los abrigos de piel, los buscadores de afrodisíacos,  los experimentadores de laboratorio. En fin, el Hombre, qué más podemos decir.

Porque, con esa sola palabra basta para que nuestras crías tiemblen en sus madrigueras, para que nuestras madres duerman con un ojo mientras vigilan con el otro, para que los más grandes y feroces animales se sientan indefensos como bebitos. El Hombre, si hubiéramos podido imaginar lo que se traía entre manos puedes estar seguro que nuestra actitud con él hubiese sido otra. ¡Cuántas veces les reprochamos a los grandes carnívoros que se ensañasen con ellos! ¡Mucho mejor hubiera sido haberles dicho “Buen provecho” y habernos ido a dormir tranquilos!

Tus amigos del Consejo de la Fauna Terrestre”

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Nunca faltan las voces malintencionadas que se esfuerzan por manchar la figura del Cóndor:

-¿Por qué llamarlo cóndor –cuestionan? Si no es otra cosa que un buitre, un carroñero más?

¡Cómo si la delicada labor de un animal carroñero no fuese tan necesaria para nuestra Naturaleza maltratada! El Cóndor, siempre orgulloso y amante del silencio de los desfiladeros andinos, continúa sus evoluciones aéreas sin prestar atención a estos comentarios tan venenosos como insignificantes.

-Al menos –se dicen los cóndores mientras ejecutan su majestuoso vuelo-,  hubo alguno que reconoció el valor de nuestra presencia y nos coronó junto al Huemul!

-¿Qué suerte,  no? Muchos se oponían a que fuéramos el símbolo de esta tierra –retrucan otros.

Y a continuación, melancólicos, hacen memoria de aquellos buenos tiempos en que todavía era posible disfrutar la sabrosa carne de un huemul sin que nadie pusiese el grito en el cielo. ¡Cada día son más escasas las presas, no queda más remedio que conformarse con los duros conejos silvestres o la desabrida carne de una vaca o una oveja desbarrancada!

-¡Quién pudiera picotear un pudú jugoso, salpicado de aquellos deliciosos gusanos que tan bien lo sazonan! – razonan mientras observan los valles desde las alturas de su patrullaje diario.

Tristemente  reflexionan los cóndores sobre  el tiempo perdido. Se duelen de la presencia invasiva del hombre, que cada día trepa más arriba obligando a pumas, zorros, roedores y aves de rapiña a refugiarse en lo más alto de la Cordillera.

Porque antes, cuando la tierra era joven e inocente, los Cóndores, majestades de los aires, volaban sobre toda la franja que se asoma al Pacífico. La luz de cada amanecer los sorprendía en sus grandes nidos y  los empujaba de inmediato a surcar el cielo. Iban de norte a sur, de este a oeste, respirando el aire helado de Los Andes y disfrutando el frufrú de sus alas  henchidas por el viento. No dejaban de observar hasta que de algún lugar de la campiña llegaba el aroma penetrante de la carne descomponiéndose, sólo entonces, avisados ya todos los componentes de la bandada, se acercaban rasgando el viento con un silbido a llenarse la barriga hasta que, de tan pesados, no podían emprender el regreso. No les quedaba entonces sino dormitar con la cabeza oculta bajo sus grandes alas mientras hacían la digestión.

Pero, poco a poco, las  imágenes que se imprimían en sus agudos ojos fueron cambiando. Los hombres cultivaban la tierra y poblaban los campos con nuevas bestias ajenas al entorno. Los primeros caminos que se dibujaron sobre la tierra eran ásperos e intrincados y las carretas quedaban atrapadas en el barro después de las lluvias, las luces que se encendían eran débiles y titilaban delatando la presencia de las casas de adobe, pero, casi sin que ellos se dieran cuenta, el paisaje comenzó a cambiar.

Un día, un cóndor divisó una mancha que olía diferente: tenía la marca del hombre. Cuando bajaron a comer el extraño animal que yacía sobre la tierra lo hicieron desconfiados, temerosos. Sin embargo, aquello que los hombres llamaban “res” llenó la panza de muchos animales y después de que el Puma comiese hasta hartarse siguieron los culpeos y los cóndores y no pararon hasta dejar los huesos limpios. Todos los animales libres supieron entonces que el hombre tenía algo bueno: podía proporcionar comida, y no hay nada más importante que la comida para la vida de aquellos que están a la buena de Dios.

Muchos soles desaparecieron tras el horizonte hasta que un día el Cóndor vio a los hombres elevando torres a través de los campos. Los observó divertido, vaya qué trabajo se daban esos hombres. ¿Para qué construir torres si ya existían árboles tan altos por todo el valle?

Con el correr del tiempo las torres, que estaban unidas una a otra con pesados cables de cobre, abarcaron todo lo largo y ancho de la comarca y comenzaron a trepar por los taludes cordilleranos. Sin embargo, para ellos la presencia de las torres no tenía relación con el hecho de que las casas se iluminaran brillantemente y mucho menos con los nuevos caminos, que como cintas grises, eran recorridos velozmente por extraños vehículos.

Para entonces, la mayor parte de los animales se había replegado lejos de la presencia del hombre. Algunos, no pocos, fueron menguando hasta que no se les volvió a ver más. Ningún cóndor supo qué había pasado con ellos. Ahora a cualquiera le resultaba difícil encontrarse con los antiguos habitantes de la tierra y hasta al mismo cóndor le costaba divisarlos desde la privilegiada posición de sus patrullajes celestes.

Los cóndores podían ver claramente el cansancio de la tierra. Los hombres desviaban ríos, encerraban las aguas con altas murallas de concreto, abrían la tierra con enormes máquinas y arrancaban de ella todo lo que tuviera algún valor dejando tras sí un reguero de escoria y desechos y la tierra arrasada. Aquí y allá se levantaban las viviendas en que habitaban y no lejos de ellas se amontonaban los  basurales que producían sus moradores.

Una triste mañana de invierno, fría y gris, el cóndor despertó en su nido de la montaña. Estiró perezosamente las poderosas alas, revolvió la cabeza calva en su cuello de albo y suave plumaje y finalmente se incorporó sobre sus patas. Una ráfaga de viento lo azotó sin piedad, el cóndor pensó que era una mañana perfecta para alzar el vuelo y así pensando se arrojó en las corrientes de aire que se perdían en los desfiladeros de Los Andes. Primero planeó en círculos -¡cómo le gusta al cóndor planear en círculos! -, después enfiló hacia el valle de la gran ciudad.

La ruta estaba cruzada por largas columnas de humo tóxico que el cóndor evitó cuidadosamente y  aunque desde esas alturas el cóndor no podía escuchar el rugido proveniente de las carreteras estaba claro para él que todo allá abajo era agitación y prisas.

Pero ¿dónde estaba la ciudad? ¡Todo había desaparecido como borrado por una mano colosal! En el lugar donde se levantaba la ciudad había ahora una niebla oscura y sucia que no dejaba ver nada, ni siquiera a la poderosa vista de un cóndor. El cóndor  penetró en la nube y mientras respiraba sintió el cansancio que esa nube espesa y sucia producía en sus pulmones.  Aterrado, aleteó con fuerza  para arrancar de esa masa monstruosa. Se alejó sin mirar atrás hacia su nido en la montaña.

Esa tarde, mientras la luz se esfumaba lentamente, descansando en su nido, el cóndor supo que nunca más un cóndor querría volver a las tierras bajas. ¡Ya no había allí nada digno de verse ni de ser  disfrutado por un cóndor, hasta el aire mismo lo habían cambiado por esa mezcla extraña,  sucia y desagradable!

Por un momento, antes de cerrar los ojos, el cóndor pensó que le gustaría haber sido capaz de soñar para recordar en sueños la tierra tal como había sido, pensamiento que fue descartado por la razón de que los cóndores nunca podrán soñar.

Pero antes de dormir recordó al hombre que vivía en esas casas apiñadas, respirando ese aire sucio, atrapado entre el estruendo de las carreteras y la urgencia de la vida diaria y por un instante apenas se compadeció de él. Arrepentido, desechó ese pensamiento que lo traicionaba.  ¡El hombre, por ningún motivo, merecía la compasión, después de todo, la culpa del desastre era toda suya!

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El Huemul sacudió sus orejas, se plantó firme y orgulloso sobre sus patas y fijó la vista en el horizonte. Sin duda alguna, hacía una estupenda figura recortado contra el imponente cerco gris de Los Andes.

-Cada día me veo mejor – se dijo -, es una pena que no haya nadie que pueda advertirlo.

Esperanzado, oteó el cielo translúcido para ver si al menos los cóndores que planeaban aburridos sobre los contrafuertes cordilleranos se habían dado cuenta de su presencia.

Pero los cóndores habrían estado mucho más interesados si Huemul fuera ya una pieza de carroña. Así, vivito, coleando y presto para dar una de sus afamadas carreras el Huemul les servía de bien poco. Decepcionado por la ausencia de público, Huemul bajó de la colina y ramoneó la hierba dulce y fresca sin gran entusiasmo.

En ese preciso  momento, un Zorro chilla asomó su hocico curioso por entre unos arbustos; el Huemul, esperanzado, preguntó:

-¿Vienes a verme, Culpeo? Precisamente estaba por adoptar una postura más estatuaria…

-¿A verte? ¡Claro que no, Huemul, yo soy un Zorro respetuoso de la privacidad ajena, pero, dime ¿no habrás visto pasar un Cururo por aquí? Justo acabo de perderlo de vista.

¿Cururo? ¡Qué se había creído el Culpeo, bien podía darse por satisfecho de haber sido visto él mismo! ¡Cururos, dónde se ha visto un Huemul interesado en las evoluciones de un ratón!

Sumamente ofendido, el Huemul continuó bajando hacia el valle;  a cada paso, la hierba se veía más jugosa y su bello color verde pintaba gloriosamente la tierra. Con la barriga llena, Huemul sintió que su ánimo mejoraba.

– Ejem – tosió alguien a sus pies- ¿No habrás visto al pesado del Culpeo de casualidad?

Y claro, allí estaba el Cururo, bien agazapado debajo de unas piedras. Indignado, el Huemul intentó ignorarlo, pero el Cururo se adelantó un poco y, mientras observaba nervioso de un lado a otro,  continuó:

-Es que no nos deja almorzar tranquilos, últimamente el barrio se ha llenado de ellos, así como vamos, la plus valía del sector se va a ir al diablo. ¡Ya ningún cururo quiere vivir por aquí!

Ya Huemul había dejado de escucharlo y continuaba bajando hacia el poniente. Lo último que escuchó fue el sonido de las ramas y el “tump” producido por las cuatro patas del Culpeo golpeando violentamente el suelo. Bueno, de seguro ese cururo ya no le daría la lata a nadie.

Fue casi al llegar a los primeros árboles que Huemul descubrió al primer observador de su vida. ¡Esta vez, estaba claro, el observador estaba pendiente de él, no perdía de vista el menor de sus movimientos y se le veía claramente deslumbrado por su apostura!

Haciéndose el desentendido, el Huemul se fue acercando lentamente a su admirador. Ya de cerca pudo ver que se trataba de un personaje bastante extraño. ¡Dos patas, a quién se le había ocurrido algo tan feo! Cierto que además tenía un par de manos, bastante raras, por cierto, terminadas en un largo palo con punta…no, no, un momento, el palo no formaba parte de las manos, aunque se notaba que el observador lo manejaba con soltura.

Demostrando mucha práctica en el uso del palo aguzado, el observador se irguió lentamente. ¡Listo, ahora lo tenía justo en el blanco! El observador se levantó de un salto y con un solo movimiento de su brazo echó a volar el palo aguzado por el aire. ¡Swish! El palo aguzado tardó sólo segundos en dar con su objetivo.

Huemul todavía boqueaba cuando el cazador llegó hasta él. Sin ninguna consideración, recuperó la lanza. Un chorro de sangre roja y humeante resbaló por el lomo del Huemul. ¡Magnífico animal! Daría carne para varios días. ¡Qué apostura, lástima que el clan  llevaba varios días sin comer, le habría gustado que lo vieran de pie antes de cazarlo! Ese animal de seguro llegaría lejos, era cosa de imaginárselo de pie sobre sus patas traseras, apoyado en, bueno, en cualquier cosa. Hasta habría merecido usar una corona.

Y así pensando, el hombre se cargó el huemul al hombro y emprendió el regreso a casa.

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La ranita de Darwin del norte era una de las regalonas de La Naturaleza. ¡Qué bien se las había arreglado, siendo tan pequeña como era,  para poblar ese extraño país alargado de América, Chile, a través de una extensa zona que llegaba hasta los primeros enclaves patagónicos!

Porque, si alguien ha visto una ranita más pequeña que esta, una que a duras penas supere los 30 milímetros de largo, por favor, que se lo haga saber a La Naturaleza, que desde su desaparición está pasando por una severa depresión. Depresión justificada, la ranita de Darwin del sur, la variedad que aún sobrevive,  sólo tiene unas treinta y seis poblaciones registradas  y sus integrantes están disminuyendo con  una frecuencia pavorosa.

No se trata de que la ranita de Darwin del norte no se haya esforzado por seguir siendo uno de los más  pequeños y encantadores  habitantes del planeta, no. Cuando  Darwin anduvo de paseo por esas tierras tan alejadas de la mano del Creador, la consideró una de las especies más abundantes. Y era cierto, no necesitabas levantar una piedra para dar con una, por lo general, la ranita ya estaba tendida  sobre ella, oteando su microscópico horizonte de ranita y tomando el sol, cuando casualmente no llueve por allí.

Además, la ranita de Darwin del norte hizo  esfuerzos realmente heroicos por sobrevivir. Consciente de que la pequeñez de sus crías las hacía tan vulnerables, el padre, heroicamente, se encargó de conservar las larvas en su cavidad bucal durante la fase de la metamorfosis. Y no bromeo, así como lo dijo, lo hizo. Admirable, estoy seguro de que mi padre no habría sido capaz de hacer ese sacrificio por mí y que, muy probablemente,  el padre de ustedes tampoco.

Y es que la ranita de Darwin del norte no había pedido mucho cuando se la incluyó en la lista de  futuros habitantes del planeta. Aceptó ser pequeñísima, aceptó el frío, aceptó la lluvia, aceptó todo y, finalmente, cometió un error fatal: aceptó convivir con el hombre.

Con los hombres originarios no tuvo problemas. Vivían y dejaban vivir. Cuidaban la tierra como a su propia madre y la dejaron tranquila; era demasiado pequeña como para interesar a sus sistemas alimentarios.

Tampoco los que vinieron después, a pesar de todos sus esfuerzos, lograron complicarle la existencia. Eran agricultores y  ganaderos y con esa excusa comenzaron a quemar o talar las primeras zonas boscosas…pero dejaron intacto gran parte del bosque nativo. La ranita de Darwin del norte tomó sus escasos bártulos, acomodó bien sus larvas en la boca, y se adentró un poco más en la espesura. Lejos del hombre, respiró tranquila y se reacomodó.

Los años siguieron pasando, en teoría, el hombre tenía un par de siglos más de evolución y podía suponerse que era todavía más inteligente que sus ancestros. Incluso solía jactarse de sus pequeños avances: construía mejores viviendas, habían dejado de ser analfabetos, progresaban cada día más.

Lo que la ranita de Darwin del norte ignoraba era que la llegada de la civilización no es sinónimo de hombre de mejor calidad. Hagamos memoria. ¡Los romanos, esos agresivos turistas de la Antigüedad,  fueron uno de los puntos altos del hombre, la Belle Epoque remató su seguidilla de fiestas en una de las guerras más sanguinarias de la historia, peor, nos fuimos de paseo a la luna mientras dejábamos morir millones de biafranos de hambre!

Entre tanto, inocente de todo, la ranita de Darwin del norte – ¡y, oh, qué susto, la del sur sigue creyendo lo mismo!- continuaba su camino por la historia del planeta,  feliz de formar parte del gran proyecto del Creador: La Tierra.

Y entonces, algunos hombres civilizados consideraron que aún no eran lo suficientemente ricos como para sentirse satisfechos y felices y decidieron incrementar su riqueza con la explotación de los bosques nativos. Lo hicieron como a ellos les gusta: convirtieron buena madera sólida en madera aglomerada de aquella que se deshace con facilidad y se vende con mayor facilidad aún. Para evitar que su riqueza se limitara no les quedó más remedio que aceptar una condición: si iban a  hacer astillas esos bosques debían replantar nuevos árboles en la misma tierra que acababan de dejar desnuda. El hombre, que para todo tiene un nombre, lo llamó reforestación y se sintió muy orgulloso de haber tenido esa genial idea.

Claro, respondieron, somos hombres modernos, inteligentes, responsables, incluso vamos a hacerles un regalo: en vez de estos árboles nativos e insignificantes vamos a plantar pino insigne. ¡Es mucho más comercial,más grande, crece más rápido y lo podemos cortar antes,  no sabemos cómo al Creador se le pasó este detalle, qué poco sentido práctico!

Y ese fue el punto de quiebre en la existencia de la ranita de Darwin del norte. Su hábitat desaparecía, el alimento escaseaba, cada día, nuevas hordas de hombres civilizados contribuían un poco más a su desaparición.

Por eso, perdónenme un poco si me siento algo molesto. Disculpen si el tono de mi voz, además de quebrarse ligeramente, está pintado por la ira. Yo no quería que la ranita de Darwin del norte se marchara así, sin un adiós, sin una lágrima. Me gustaba saber que vivía allí, que era tranquila, pacífica, pequeña y bella. Después de todo, le bastaba con eso para ser feliz.

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images gato andino

En el amanecer de América, los Andes, asomados apenas unos millones de años antes, mostraban sus  dientes azul violáceos, agudos, retadores, a la capa azul del cielo más límpido de que se tenga memoria. Los ojos brillantes de las vegas reflejaban algunas nubes tímidas deslizándose por su vastedad.  La mañana era helada y seca y de haber habido  hombres respirando sin duda alguna les habría resultado agotador.

Mucho más arriba y siempre insomne en su fortaleza celeste, El Creador daba los últimos ajustes a la reducida gama de la fauna que se atrevería a dar la lucha diaria contra la puna, el frío y la sequedad.

-“Veamos”- pensó El Creador, y estremecido por la sola  idea del frío enumeró con los dedos y de mayor a menor: “Oso, puma, llama, alpaca, guanaco…”

Y fue así hilando el panorama andino con imaginación y destreza. Primero los mamíferos, después las aves y los reptiles para terminar. Cuando terminó, satisfecho, restregó sus manos generosas una contra otra; los habitantes de los Andes estaban listos para hacer su aparición en la historia.

-¿Y yo? –Se escuchó decir a una débil vocecilla.

El Altísimo buscó la voz, pero no podía descubrir de dónde venía. La Naturaleza misma fue llamada para colaborar en la búsqueda, pero no había caso: aunque la vocecilla continuaba reclamando atención, no podían descubrir su procedencia.

Esto, de ninguna manera era posible. Tanto El Creador como la Naturaleza estaban seguros de haber planificado todo hasta el último detalle. ¡No podía haber errores, hilos sueltos a pocos amaneceres del debut!

Intentaron ignorarla, pero la voz seguía allí, casi un gemido, casi  un … Un momento. ¿Acaso no era eso un maullido? Ah, eso ellos lo sabían bien, a los gatos les encanta esconderse, sólo era cosa de atisbar bajo la mesa, y  sí, cuando se inclinaron para ver bajo la mesa de trabajo del Creador, allí estaba: un gato ni tan pequeño ni tan grande, más bien enjuto de carnes, algo rayado, algo moteado, de cabello hirsuto, mechones de lince en las orejas, cola de  timón, aspecto decididamente modesto, menos pariente del puma que del ocelote. ¡Ambos habían ignorado su presencia, pero allí estaba, terco e insistente, valiente y osado, el gato Andino!

Fue de esta manera accidental que el Gato Andino se encontró encaramado en la cima de las grandes cumbres, correteando roedores y lagartos de poca monta que apenas alcanzaban a satisfacer su apetito, hecho que lo tenía siempre al borde de la hambruna.

Pero el Gato Andino ya había mostrado su temple y así como había reclamado su derecho antes los dos poderes se empeñó en sobrevivir a la evolución, la falta de comida y las exigencias de la vida por las alturas. Vivió, se aclimató, se sintió dueño de su destino y un día que se estiraba satisfecho bajo los tímidos rayos de un sol de invierno, se descubrió pensando en lo buena que era la vida y lo muy feliz que se sentía de ser quién era y de vivir donde vivía.

¡Y justo en ese momento, un cazador con menos sueño y más hambre que él  lo atrapó, mató y desolló y cuando llegó a su aldea, después de asar y comer su carne y pensando que no le había parecido ni tan buena, rellenó su pellejo con paja seca, le incrustó un par de ojos de obsidiana y lo encontró de lo más apropiado para ofrendarlo a los dioses, que sin duda alguna, agradecidos, le proporcionarían mejor presa la próxima vez.

El Gato Andino no estaba enterado, hasta ese momento, de la aparición de un nuevo habitante en Los Andes: el Hombre.

Así, de la misma triste manera y totalmente en contra de su voluntad, muchos gatos andinos fueron convirtiéndose en adorno de mal gusto en ceremonias religiosas de peor gusto aún. Vivían los pobres, a salto de mata, escondiéndose por aquí y por allá para escapar de la crueldad de sus asesinos.

Espantados, los Gatos Andinos decidieron elevar una solicitud de cambio de residencia ante El Creador, pero la respuesta fue lapidaria: no había espacio para cambios de ningún tipo y no sólo se trataba de espacio, había otra razón más importante: la incredulidad reciente y creciente de los hombres no estaba dejando espacio a la capacidad de maniobra del Creador, vale decir, que los decretos habían caído en un absoluto desprestigio y ya nadie los respetaba. Tratando de salvar sus vidas, las especies, incluida la humana, iban de aquí para allá asentándose como pudieran y  provocando el caos en el planeta

Tampoco la Naturaleza fue capaz de ofrecerles una solución. Aunque ella era la última en querer reconocerlo, lo cierto es que a los hombres la naturaleza les importaba un comino y no pasaba un día sin que se la pisotease y destruyese sin razón.  “Mejor, sugirió, traten de arreglárselas solos, a lo mejor si se ponen de acuerdo y se desplazan algo más arriba..”

¿MÁS arriba? El Gato Andino estaba indignado, si subían un poco más por los vericuetos de los Andes iban a terminar viviendo en el espacio sideral, y todavía no se había especificado nada al respecto. ¡Ni siquiera el hombre se había aventurado por el cosmos!

-¡Ya verán como sobrevivimos sin su ayuda! – maullaron antes de desaparecer entre los macizos de granito.

Y en eso están,  cada vez más escondidos, cada vez más lejos, cada día menos. No quieren ni aparecerse en las cercanías de los hombres. No sin sorpresa, han descubierto algún apoyo inesperado en los defensores de la fauna silvestre, aunque preferirían no tenerlo, porque odian los collares de rastreo y los dardos somníferos le ponen el pelo, ya de por sí tieso, parado como aguja. Pero nadie sabe cómo se las han arreglado para iniciar una campaña contra la superstición y cuentan para ello con el apoyo decidido de rinocerontes, tigres de Bengala, elefantes y ballenas. No falta un día en que una nueva especie los apoye decididamente y hasta se sabe de una carta enviada por el fantasma del Dodó, tildada de mito por los escépticos.

Los Gatos Andinos no se amilanan; de alguna manera, dicen, hemos llegado hasta aquí, y el hombre, este inquilino con pésimas costumbres, probablemente ni siquiera dure lo que Neanderthal. Ese, al menos, respetaba la naturaleza.

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Hay que reconocerlo: al Creador lo tenían lleno los dinosaurios, no quería saber más acerca de estos tipos que no permitían prosperar a las restantes especies y dejaban tras de sí una estela  de  destrucción por el simple hecho de echar una carrerita detrás del almuerzo. Y como si eso fuera poco estaba el problema de las heces: ¿Se imaginan lo que es un planeta lleno de enormes dinosaurios  sin hábitos de aseo? Dar un paseo por ahí era simplemente terrorífico, pero por otra parte tampoco vamos a juzgar a los dinosaurios:  ¡Era imposible que aprendieran nada con esos cerebritos  de juguete!

El Creador  dejó el problema a la suerte. Tuvo un encuentro secreto con La Naturaleza del  cual jamás, en 80.000.000 de años ha trascendido una palabra. El Creador dejó el problema en sus manos, de paso, además de encargarla de un problema que parecía insoluble,  la exponía al peor de los fracasos; hay que reconocer que nunca se han llevado muy bien, especialmente desde que esta última quiere arrogarse todos los éxitos del programa.

Y todos sabemos cómo se las gasta la Naturaleza. El daño colateral, más que molestarla, parece divertirla.

– Bueno, ya, que pase lo que deba pasar –dijo el Todopoderoso.

Y lo que pasó fue la extinción masiva del cretácico, frente a la cual las víctimas de las dos últimas guerras mundiales serían una anécdota. Entre los escasos sobrevivientes que hoy podemos nombrar están las tortugas, los cocodrilos, algunos dinosaurios que optaron por convertirse en aves y abandonar sus viejos hábitos y …el celacanto.

Sólo que por sesenta y cinco millones de años, todo el planeta estuvo convencido de que el Celacanto se había extinguido junto con el resto, porque después del cretácico, nunca más se lo volvió a ver. Sus únicas apariciones estaban registradas en roca de trescientos millones de años.

Nadie va a pensar que El Creador o La Naturaleza ignoraban lo que había sido del excéntrico pez o que este es tan genial que se encargó de dejarlos en ridículo, no,  pero lo cierto es  que nunca más se preocuparon del Celacanto, ni siquiera para adjudicarle unas medidas, paliativas –la especialidad del Creador- o evolutivas –favoritas de la Naturaleza.

Para la comunidad científica y la nomenclatura universal el Celacanto dormía el sueño de los justos.

Eso hasta 1938, cuando una encantadora bióloga británica, la señora Latimer,  encargada del Museo de East London, Sudáfrica,  fue llamada al Mercado para ver un extraño pez azul, con cuatro aletas de lo más locas y una cara que llegaba a dar miedo; tal como los espías viejos,  el Celacanto había regresado del frío.

La señora Latimer buscó a su pez en cuánto libro estuvo al alcance de su mano, pero no, nada del pez azul. Entonces, aprovechando lo único que quedaba del ejemplar, su esqueleto,  hizo cuidadosos dibujos y los envió  a un  paleontólogo.  Gracias a todos sus esfuerzos, el Celacanto se llama hoy  latimeria chalumnae. Para qué vamos a negarlo, el celacanto odió la denominación, pero como en todo aquello de origen burocrático, su opinión no fue consultada.

Cada cierto tiempo aparece un ejemplar por aquí, otro, por allá, siempre muertos. Los japoneses, expertos en arrasar con la fauna marina, sueñan con sumar un ejemplar vivo al cadáver que tienen en su principal acuario. Por el momento se consuelan mirando las escasas filmaciones que se han obtenido. Lo único bueno del asunto es que el Celacanto ni siquiera es comestible, su carne es demasiado grasa para ser consumida por el hombre, incluso por los chinos o los japoneses.

Los estudios de sus restos mortales  han dejado algunas cosas claras: en la base de sus aletas hay tres huesos que indican la formación de una pata:, húmero, cúbito y radio,  y en sus lugares más íntimos descansan los restos de un proyecto de pulmón. ¿Qué fue lo que ocurrió? ¿Alcanzó  el celacanto a probar las delicias de las vidas de los anfibios para luego, inteligentemente, descartarlas, o solamente se preparó para el gran suceso arrepintiéndose después?

Y ahí está el pobre, indignado por la situación. Todavía no entiende que el uso de redes de profundidad o dinamita por sus desagradables vecinos humanos le son letales. Se pasea por los mares de África e Indonesia y más de alguien espera ubicarlo en otras zonas. Se esconde,  y lo hace bien, ya tenía bien aprendido cómo ocultarse de los importunos, pero lo cierto es que el actual locatario de la Tierra ha resultado un hueso duro de roer. Es vox populi que la fauna completa ha enviado solicitudes para que el Creador ponga las peras a cuatro  a estos nuevos dinosaurios, pero ya saben cómo es Él; para todo se toma su tiempo.

Tampoco vamos a criticar a la Naturaleza. A ella no le queda más que esperar una orden, una simple  llamada. Nosotros la conocemos, es más que seguro que ya tiene varios planes de extinción y catástrofes anexas, no por viejo pierde sus rayas el tigre, y una de sus debilidades ha sido siempre los grandes espectáculos. Tarde o temprano, la próxima extinción masiva hará su debut.

Y  vaya si le ha costado aguantarse, en comparación con el Hombre, los dinosaurios eran niñitos de pecho.

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