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Archive for the ‘zoocuentos míticos’ Category

prometeo

Contra todo lo que uno pueda suponer,  la vida en el Olimpo poco y nada tenía de olímpica y mucho menos,  de fair play.  Zeus era un dueño de casa  de carácter tiránico y, pese a su origen divino, como cualquier presidente de hoy, se sentía con derecho ilimitado a la reelección en el cargo de Dios de  dioses, padre de los mismos y de los hombres y dios del cielo y los truenos. Y así, con todos sus títulos, era como gustaba de ser llamado.

Llevado por sus ideas, hizo fama por sacarse hijas de la cabeza o engendrar héroes en mujeres despistadas. Tirano sin remedio, no perdía detalle de lo que ocurría en sus dominios y asestaba rayos castigadores por un quítame allá estas pajas.

Sin embargo, no debe haber sido tan brillante Zeus si Prometeo fue capaz de engañarlo tan fácilmente con el asunto de la carne de res. ¿Qué asunto, dirán ustedes?  Bueno, ocurre que, Prometeo, hijo de Jápeto y Asia, tenía manifiesta simpatía por los hombres y, cansado de ver los abusos que los dioses cometían con estos, mató una res e hizo con ella dos bultos: el primero con la carne, pero envuelto en el cuero, y el segundo con los huesos, pero muy disfrazados por una buena capa de grasa. Se presentó ante Zeus con ambos bultos y le pidió que escogiera uno y Zeus, a quién se le hacía agua la boca de sólo pensar en el asado, escogió el segundo. Ni tan genial.

Prometeo le llevó luego la carne a los hombres y Zeus,  enloquecido de  furia, fulminó los huesos con un rayo hasta reducirlos a cenizas.

Zeus tenía estilo y clase, no iba a rebajarse arrebatándole una mísera res a los hombres ni mucho menos acabaría con Prometeo por hacerle tan fea, pero inteligente jugada. No, él se quedó rumiando su ira y planeando cómo y cuándo cobraría venganza del atrevido que había osado burlarse de  su grandeza. El hecho de que posteriormente corriera el rumor de que  los hombres habían hecho un hábito del comer la carne y quemar los huesos en honor de los dioses, no hizo sino avivar su rencor.

Esperó pacientemente, eso es fácil para aquellos que disfrutan de la vida eterna.

Pero Prometeo, creyéndose más listo que Zeus, no halló mejor plan que robar el fuego de la forja del Olimpo y llevárselo a los hombres. Nadie esperaba tamaña insolencia, no había guardias privados ni seguridad alguna, los dioses griegos estaban demasiado ocupados en sus tropelías, de modo que Prometeo acudió junto a la fragua de Hefesto y sin que éste se percatara, encendió una caña que guardaba el fuego en su interior. Tan fácil como quitarle un dulce a un niño.

¡Ya os imaginaréis los festejos de los hombres cuando supieron que se acababan las oscuridades, el frío y la carne cruda! Tal fue el jolgorio que hasta en el Olimpo se escucharon los ecos.

Zeus comprendió que ya no podía tomarse más tiempo pensando en la mejor venganza. Es más, de pura y simple rabia se le ocurrió inmediatamente el plan genial, ya sabía cómo castigar a Prometeo.

Al primero que llamó fue a Hefesto, el despistado, que no tuvo más remedio que secundarlo para pagar su error. Dios  del fuego, hombrecillo contrahecho de quien se decía que de tan feo que era lo había arrojado su madre, Hera, desde la cima del monte Olimpo, lisiándolo para siempre. A pedido del jefe, Hefesto fabricó una bella figura de mujer en arcilla, de perfectas proporciones, magnífico rostro y tentadoras curvas.

Atenea, hija predilecta, reina del estilo de la época,  la vistió con sus mejores galas. Sedas, oro, perlas, tisúes, nada era suficiente para realzar la perfección de la estatua.

Hermes, que ya estaba cansado de usar su inteligencia en engañar a  comerciantes, trapisondistas y mensajeros, empleó todas sus artes para concederle el poder de la seducción y la capacidad de manipular al más frío y duro de los hombres.

Y no, no es que estos mitos sean algo machistas; cierto que siempre, aún en la Biblia, somos las mujeres las tramposas y las arteras. No, no pensemos mal de Zeus, en el fondo, solo estaba reconociendo que no existiría hombre alguno capaz de actuar ese papel con la perfección de Pandora. Sí, casi lo olvidaba, así la llamó Zeus cuando estuvo lista y después, suavemente, sopló sobre ella el hálito de la vida.

Pandora sacudió sus largas pestañas, se alisó el cabello con la mano, se estiró la seda de la túnica no sin antes exhibir la maravilla de sus tobillos. Algo aburrida, bostezó un poco, no había mucho que hacer en el Olimpo.

¡Pero, no, nada de siestas a esta hora! –exclamó Zeus. Te tengo un plan maravilloso para esta noche.

Y así diciendo la envió, a casa de…Epimeteo, hermano de Prometeo. Zeus no iba a cometer el error de la obviedad. De paso, le encargó encarecidamente que cuidara, hasta que él se dignase recuperarla, de un ánfora donde guardaba algunas cosillas de nada, pero que para él resultaban muy importantes. ¡Ni se te ocurra abrirla, mujer! – advirtió antes de que Pandora se marchara.

Apenas llegada a su destino, las dotes de Pandora no bastaron solo para abrirle la casa de Epimeteo. De inmediato, éste insistió en desposarla, llenarla de lujos y darle una vida de placeres. Hecho esto, se sintió tranquilo y satisfecho y se dedicó a echar panza como un burgués cualquiera.

Y la pobre Pandora, luego de recorrer todos los rincones de su casa, espiar por todas las ventanas y revisar hasta el último de los armarios, se moría de lata. Ya casi había olvidado el ánfora de Zeus y la hubiese pasado por alto de no ser porque el dios de dioses  había dotado su artilugio con un cuchicheo sutil, apenas perceptible, en caso de que, como cualquier trasto, el ánfora quedase abandonada en un rincón.

Por más oído que puso, imposible fue para Pandora comprender los sonidos que se escapaban del ánfora. Hasta llegó a comerse las uñas recién pintadas de tanto pensar en cómo enterarse de lo que había en el interior del adminículo sin que Zeus se enterase de su falta.

Pero claro, tal y cómo Zeus había supuesto, Pandora no era más que una débil heroína de teleserie olímpica, de modo que abrió el ánfora, un poquito apenas, lo suficiente, pensó,  para saber sin que se supiera.

Y entonces, como rayos del Olimpo, la tapa saltó lejos y el contenido del ánfora saltó y se desparramó  en todas direcciones lanzando toda clase de sonidos, chisporroteando  en todos los colores conocidos y por conocer. Pandora, aterrada, apenas alcanzó a poner la tapa en su lugar  para evitar que escapase el último de los regalos de Zeus: la esperanza.

Y vaya si iba a hacer falta, porque del regalo que el  dios de los dioses había enviado a los hombres ya la gran parte se había esparcido por la tierra: los males que iban a aquejar a los hombres para toda la eternidad. Enfermedades, malas artes, guerras, codicia, avaricia, crueldad, locura…faltan palabras para darnos una idea del contenido.

Prometeo se indignó con su hermano, puesto que ya le había advertido que no debía aceptar regalo alguno, porque Zeus trataría de engañarlo. Y conste que la indignación no le sirvió de mucho. Zeus aún tenía una carta bajo su túnica: poco después llegó Hefesto en busca de Prometeo y sin la menor consideración lo llevó hasta la cima de un monte sobrevolado por una poderosa águila. Allí lo encadenó y regresó al Olimpo no sin sentir un poco de piedad por Prometeo. A lo lejos pudo ver como el águila se arrojaba sobre el desdichado y comenzaba a devorarle el hígado.

Durante el día, el águila pasaba de lo más entretenida en su tarea, por la noche, el pobre Prometeo, se recriminaba por su inmortalidad mientras el hígado volvía a crecerle, jugoso y apetitoso para cualquier águila que se precie de tal. De haber podido morir no tendría que seguir soportando la tortura para la eternidad.

Pero…siempre hay un pero. Zeus propone, pero el héroe dispone. El héroe en este caso sería Heracles, pero ése, ese será tema para otra historia.

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Todo niño del norte de Chile que se respete debe vivir, al menos, dos experiencias terroríficas, a saber: Ir al cementerio en una noche de luna y llamar a la lola en las quebradas.

La primera realmente asusta. A pesar de la luz de la luna, difícil es ver dónde pone uno el pie  en dichos lugares. Los cementerios  del norte, especialmente si han sido abandonados, suelen estar llenos de fosas al descubierto, de rejas derrumbadas y materiales de construcción regados en total desorden. Además, las coronas de flores suelen ser de porcelana y latón o papel. ¿Saben a qué se parece el clac-clac   de las coronas de hojalata? ¡Al golpear de los huesos de un esqueleto! ¿Les gustaría sentir que un esqueleto pisa tras sus pasos? No a mí.

Las flores de papel desteñidas por el sol tampoco lo hacen mal con su frufrú, parece que en cualquier momento va a aparecer por allí un fantasma envuelto en sus harapos susurrantes. Los niños van de una tumba en otra sabiéndose intrusos y temiendo, a cada paso, la aparición de los habitantes legítimos del lugar.

Sin embargo, es a la lola, la bella Dolores a la que más debieran temer y de seguro lo harían si no fuera porque los chicos no van por las quebradas entre las tinieblas de la noche, y en el día, cuando sus llamados rebotan  por los muros de andesita de las quebradas, repitiendo una y otra vez “lola, lola, lola”, a esa hora, por fortuna, la lola duerme el sueño de…¿los justos?…No  precisamente.

Tan bella era Dolores que su padre la cuidaba como hueso santo de los galanes que la rondaban como moscas a un pastel; no fuera a ser cosa que su respirar empañase el espejo de  la virtud impoluta de su hija adorada.

Claro que eso no impidió que uno de aquellos se robase el corazón de su hija y las  condiciones que el padre impuso, una tras otra,  para que mereciera la mano de Dolores,  cayeron todas juntas cuando el aspirante a novio se topó con un filón de oro que lo convirtió, de un día para otro, en un minero rico y un postulante apetecible.

Así, la bella Dolores, Lola, entró a la iglesia  vestida de encaje blanco y salió de ella del brazo del que hasta entonces fuera el más enamorado de los hombres.

Y digo “fuera”, porque desde ese mismo día, obtenido ya lo ambicionado y con el bolsillo bien abastecido por el oro de su mina, el marido de Lola fue deseando y obteniendo, una y otra vez los dones de otras mujeres, que poseían una cualidad irresistible: no estaban casadas con él.

Nada dura para siempre y mucho menos la inocencia de una esposa engañada. El día llegó que Lola, empujada por las maledicentes  voces de sus amigos y vecinos, vistiendo los encajes de su día de bodas, espió a su marido hasta descubrirlo en compañía de una más de sus amantes y, con el mismo cuchillo que trinchaba el asado de los domingos,  pinchó el corazón de su amado, que se desplomó sin un suspiro.

Desesperada al ver lo que había hecho, Lola corrió al desierto; sin querer aceptar la verdad de su crimen se repetía que su amado había sido asesinado por otro, un rival, un envidioso. Corrió, corrió y corrió,  hasta que, perdida la razón y hechos jirones sus encajes,  cayó sobre la tierra ardiente, agonizante a causa de la sed, y allí se fue apagando hasta que la última luz de sus ojos murió también. Y en ese momento, al morir la bella Dolores, nació la lola.

-“Lola, lola, lola” –gritan los niños por las quebradas, y el eco les devuelve cien veces su aullido: “Lola, lola, lola”.

La lola no responde, es que duerme de día el sueño eterno y sólo se levanta de su improvisada tumba cuando la noche se abate sobre la tierra. Entonces agarra la  pesada carga de su crimen y va por el desierto llorando tristemente, buscando, en cada rincón, al asesino maldito que acabó con el hombre de su vida.

La primera vez que se encontró con él, por poco no lo ve. La lola iba pasando de largo cuando, al descorrerse un poco las nubes que ocultaban la luna, un pirquinero que se aprestaba a dormir vio pasar lloriqueando tristemente a una bella mujer vestida de blanco, apenas una sombra más en la oscuridad.

El pirquinero fue tras ella casi sin creer lo que veían sus ojos. ¡Tan bella, tan blanca, tan frágil,  tan sola, tan triste, tan cansada de cargar el gran bulto que arrastraba y que parecía chocar contra cada piedra. La siguió acercándose  cada vez más y le pareció más bella aún. ¿De dónde podía venir esta hermosa  mujer que interrumpía su soledad tan intempestivamente?

–       ¡Señorita! – Llamó-

La lola se detuvo bruscamente, pero no se volvió.

–       ¿Qué le sucede, señorita, puedo ayudarla?

El pirquinero ya casi había llegado junto a la lola. Extendía su mano, buscaba sus ojos. Sólo  entonces, cuando la lola se volvió, él pudo ver que lo que arrastraba era un ataúd  de negra madera desteñida. Lo siguiente, fue mirar su cara.

Un alarido de terror quebró la quietud de la noche. En el rostro reseco por el sol y el viento hasta parecer un delicado pergamino apenas pegado a los huesos, resplandecían como brasas las cuencas de los ojos vacías, fuego eterno que  quemó, primero su cerebro, y luego su corazón. El pirquinero se desplomó sin vida convirtiéndose así en el primer eslabón de una larga cadena de muertes.

¿Y la lola? La lola recogió la cuerda que tira del ataúd de su amado y siguió su camino en las tinieblas; tal como le ocurriera la primera vez,  acababa de olvidar que ya había dado muerte al supuesto asesino de su marido y otra vez sentía la urgencia de encontrarlo. ¡Ya vería, el maldito, cuando se encontrase con ella, de qué era capaz la bella Dolores! La lola.

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En el principio de los tiempos, Medusa era tan bella que la misma Aurora de rosáceos dedos  tenía vergüenza de competir  con la luz de sus mejillas. Tan grande era su dulzura que solía ser puesta de ejemplo para que las doncellas buscasen el ideal de perfección.

Medusa  era dichosa e iba por la vida perfumando su camino, repartiendo y generando sonrisas, admirada por todos, envidiada por no  pocos, que aun a su pesar debían reconocer que tanta maravilla era prácticamente imposible de reproducir y, a pesar de todo, que  Medusa se las ingeniaba para ser encantadora, buena y digna de todo afecto y admiración.

Su fama llegó a los confines de la Tierra y de los cuatro rincones habitados acudieron aquellos que querían comprobar lo oído con sus propios ojos.  Medusa siempre logró satisfacer las expectativas y, como si eso fuera poco, encendió en los corazones más salvajes y reacios  un sentimiento de  amor puro que la rodeó como una coraza protectora.

   Cuando todos en la Tierra conocida ya habían comprobado que Medusa era un regalo de los dioses a los hombres, un tritón que tomaba el sol  no muy lejos del Coloso de Rodas la vio venir  cogiendo flores y quedó deslumbrado por su encanto; apenas recuperado del hechizo, saltó en las aguas y repartió la nueva por los mares y océanos. Pronto se supo de cardúmenes de peces que pasaban el día saltando fuera del agua con la loca esperanza de verla pasar y de que  cien narvales  habían formado una guardia de honor a la espera de que Medusa, la bella,  mojase sus tobillos en el Tirreno.

Y entonces llegó el turno de Poseidón, que, sin que se enteraran  sus súbditos para no parecer ridículo, aguardó oculto entre los sargazos hasta que al fin una mañana  la vio asomar camino de la playa.

Medusa caminaba sonriente, rodeada de avecillas y mariposas blancas.  Sus delicados pies dibujaban rosas de sombra sobre la arena y el cimbrar de sus caderas parecía envuelto en una melodía mágica desplegada más allá de los oídos terrestres. Poseidón la vio y la deseó, pero  su negro corazón  oscurecido por la noche de los océanos más profundos fue incapaz de cobijar un sentimiento puro de amor.

Y lo que Poseidón quiso,  Poseidón obtuvo,  y para tenerlo debió arrebatarle a Medusa hasta el último aliento de felicidad y gracia. Avergonzado, el cielo se abrigó de nubes tormentosas, las corolas de las flores se cerraron y las aves  se taparon los ojos con las alas. Nadie quería ver el dolor de Medusa, nadie quería sentir la humillación de Medusa, nadie quería empaparse en las lágrimas de Medusa. La dulce, la bella, la adorable, la encantadora, ya no lo era más. Medusa, clamando a Zeus para que acabara con su vida, se metió en un agujero de la tierra y aulló de dolor.

El día que Medusa regresó mejor hubiera sido que no hubiera llegado nunca. Ahora, Medusa era la Gorgona.  Medusa era tan ágil o más que antes y se escurría veloz por los senderos sedienta de sangre y sed de venganza. A pesar de la nueva dureza de su boca conservaba los mismos rasgos que antes la hicieran tan famosa. Sólo que ahora los ojos destellaban fuego, los labios de rosa se contraían en un rictus de odio, las caderas
remataban en la cola de una serpiente, las uñas nacaradas eran garras de fiera, los pechos virginales eran escudo de acero y en su cabeza, oh Zeus, en aquella cabeza de cabellos dorados como el trigo, miles de serpientes  se retorcían amenazantes, con los venenosos colmillos listos para morder al que osara aproximarse.

Sólo una cosa parecía aliviar tanto horror. Ahora, si Medusa te clavaba los ojos, no importaban las garras, el acero, las serpientes. Mucho antes de que estos te rozaran siquiera, el fuego de sus ojos enloquecidos de rabia te habrían convertido en piedra para siempre jamás.

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De hombres lobo se ha hablado casi desde que el homo sapiens pisó la tierra. En las frías estepas del hemisferio norte, en los oscuros bosques, en las ásperas montañas, el hombre compartía territorio con grandes manadas de lobo y cuando el hielo se apoderaba de la tierra, cuando escaseaban las pequeñas presas que lo alimentan, era del hombre de quien el lobo se nutría.

Tanto creció el temor del lobo que en torno a la fogata, débil como una chispa, nació el mito. La imaginación, el temor y el hambre soplaron sobre esta llamita y el fuego incendió Europa entera. Existía una maldición y podías  caer bajo ella si pisabas la huella o bebías dónde el hombre lobo había bebido. Peor, podías ser mordido por el lobo y la tenías de inbmediato. Decíase que tenía la piel para adentro y de esta manera le era fácil transformarse. Era antropófago y dejaba el ganado, pero comía al pastor. Se transformaba al influjo de la luna llena y cuando se  oían sus aullidos se trancaban puertas y ventanas mientras  temblorosos los campesinos rezaban por su salvación.

¡Era tan útil la idea, justificaba tantas cosas! Si el hombre era cobarde, si se espantaba de las manadas que aullaban en las proximidades de su hogar, estaba justificado, un hombre lobo era mucho más peligroso y fuerte que un lobo cualquiera. Peor  aún, si el hombre sin escrúpulos, el campesino o cazador todavía salvaje, no tenía un mendrugo para llenar la barriga. ¿Por qué no echar los restos de un viajero en la cazuela? Nadie lo conocía y podíamos decirnos que no éramos bestias. Se trataba del demonio que nos había poseído y cargábamos con la maldición del hombre lobo en nuestra sangre.

Hasta que en Gevaudan un frío invierno de 1764, la leyenda pareció hacerse realidad repentinamente.   Uno tras otros, los restos de desdichados pastorcillos o campesinas fueron apareciendo en la campiña. Destrozados, semidevorados  por su  asesino y las alimañas, a veces partidos en dos, otras, mostrando claramente haber sido víctima de malditos que usaban la bestia para cargar con sus culpas. Más de cien personas murieron en las fauces de la bestia de Gevaudan y los campesinos, aterrorizados y furiosos, tomaron sus antorchas y salieron a protestar ante las autoridades.   Se  enviaron partidas de cazadores y muchos más lobos que hombres se convirtieron en cadáveres, pero las muertes continuaron.

Las quejas llegaron hasta el mismo rey, quien envió sus mejores tropas para  devolver la paz a la región. Todo fue en vano, mientras más lobos eran cazados, más campesinos seguían muriendo. Los oficiales del rey enfrentaron una gran bestia de espantosa catadura, pero esta parecía inmune a las balas de sus mosquetes y escapó una vez más.los campesinos  aseguraron haberla visto otra vez aullándole a la luna llena.

Finalmente, en 1767, un cazador acabó con la terrible bestia. Utilizó para ello una bala de plata, fundida a partir de una medalla de la Virgen María. Desde entonces, cada vez que se da caza a un hombre lobo, habrá de usarse una bala o arma de plata.

La bestia era inmensa, con rayas en su lomo. Sus colmillos monstruosos y la hirsuta barba aún estaban manchados con la sangre de su última víctima. Por tres largos días, los campesinos velaron sus restos esperando que la bestia retomase su naturaleza humana, hasta que finalmente debieron aceptar que eso no ocurriría.

 Largo tiempo le tomó al cazador llegar con ella hasta la sala del trono. El hedor de putrefacción era tan terrible que algunas damas se desmayaron y debieron ser reanimadas con sales. Su Majestad en persona se cubrió nariz y boca con un pañuelo perfumado para observar sobre el piso de mármol los restos pútridos, hirviendo en gusanos, de la bestia de Gevaudan.

Algún tiempo después, una hembra de la misma especie fue muerta en la región de Gevaudan, lo que trajo tranquilidad a los habitantes, pero a partir de entonces y cada cierto tiempo, los restos destrozados, piltrafas sanguinolentas  de algún viandante, son hallados por allí para espanto de los locales. Entonces, las ancianas se reúnen a orar para que se le atrape y  por la noche los armeros funden balas de plata con la esperanza de que una de ellas acabe para siempre con el monstruo aterrador.   

  

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En el amanecer del mundo fueron creadas las bestias esenciales, por ese motivo, el Dragón ya estaba allí cuando la tierra se pobló de dinosaurios y seguía allí cuando los enormes mamíferos  primitivos se apoderaron de valles y tierras altas. El Dragón  es grandioso, inteligente, astuto y poderoso, pero es también un coloso de espíritu calmo; mientras no sea molestado, el Dragón vivirá su vida sin alterar las ajenas…pero ¡ay de aquel que ose perturbar su sueño!

Se han dicho muchas falsedades de los Dragones, se les ha tildado de devoradores de hombres, de monstruos hambrientos de cuerpos vírgenes, de bestias sedientas de sangre que arrasan  ciudades a su paso.

Cierto es que si el dragón hubiese caminado por nuestras calles difícilmente habríamos podido olvidar el hecho. ¡Cómo borrar las huellas de ese paso cataclísmico! Tan terrible habría sido que su recuerdo quedó grabado para siempre en la memoria colectiva del Hombre y así es como existe recuerdo del Dragón en África, en China, en América, Asia y por supuesto, Europa.  Con ligeras diferencias, más atribuibles a su variedad  que a errores de los testimonios, el Dragón siempre resulta reconocible, siempre se parece a un gran saurio aunque el número de sus cabezas pueda  oscilar entre uno y siete, a veces vuela, otras se arrastra borrando la vegetación con su enorme cuerpo,  las más,  camina pesadamente,  generalmente arroja fuego  por sus mefíticas fauces.

Pero nadie ha dicho jamás lo único realmente cierto: es del fuego de las entrañas de la tierra   que el Dragón se alimenta. De no ser así ¿cómo habría sobrevivido  milenios escondido en las tinieblas de las cavernas más profundas?

La segunda cosa que se ignora del Dragón es simple: por qué se refugió en los abismos de la tierra.

Apenas los primeros hombres asomaron por su territorio, el Dragón supo que nunca hallaría modo de entenderse con el nuevo animal. Aparentemente débil y manejable, el  Hombre insistía en alterar el curso de las vidas ajenas. Nunca podía hacer las cosas con sencillez e inteligencia y en vez de eso, optaba por la fuerza y la brutalidad.  Acosaba a los mamuts hasta desbarrancarlos y los dejaba podrir al sol  porque sólo podía aprovechar unas pocas víctimas, acorralaba a los grandes  herbívoros para alimentar a sus crías, pero dejaba la planicie cubierta de cadáveres que no necesitaba. Por último, parecía tan indefenso ante el Oso o el Dientes de Sable, pero de todas maneras acababa con ellos para abrigarse con sus pieles. El animalito aquel, del que tan orgulloso se sentía el Creador, no le gustaba al Dragón, en absoluto .

Una solicitud urgente fue enviada al Creador: al Hombre debían ponérsele límites, aquello del libre albedrío estaba yendo muy lejos y  ponía en peligro la supervivencia del planeta. El Creador contestó  a la brevedad, no quería indisponerse con los Dragones, uno de sus proyectos estrella, pero insistía en preservar la libertad del Hombre. ¿Cómo, si no, podría obtenerse un resultado exacto de tan audaz experimento?

Y como no hubo forma de llegar a un acuerdo, una mañana gris la tierra se estremeció con  apocalíptico estruendo: Los Dragones abrían la Tierra con sus garras para esconderse en lo más profundo del planeta. Nunca más podría verse  la imagen de un Dragón bebiendo en los conos cáusticos de los volcanes.  El Creador vio con pena su partida, pero los demás seres vivos respiraron tranquilos pensando que al fin se habían librado de tan temible vecino.

Cada cierto número de años, muchos años, algún dragón se estremece en su refugio y la tierra se alborota, su superficie se resquebraja,  todo tiembla, cae, se destruye, las aguas salen de su cauce arrasándolo todo, son los grandes sismos, los terremotos, los tsunamis que su movimiento provoca.

 Hasta  que finalmente  regresa la tranquilidad, los seres vivos  se recuperan, los hombres vuelven a levantar sus hogares  y son otra vez felices.

Últimamente, para nuestra desgracia, el Hombre ha ocupado  la totalidad del planeta, dondequiera que vaya levanta sus ciudades, rugen sus motores y el humo de sus industrias ensucia la atmósfera. Los Dragones, inquietos,  aguzan el oído y continúan esperando. Siempre han sabido que algún día, tarde o temprano, el Hombre los obligará a salir de su refugio.

Y no quieren hacerlo, harían cualquier cosa por evitar el encuentro y por tal razón desde hace dos años  remecen la tierra con más fuerza que nucna, más seguido que nunca.

-A ése –dicen-, hay que mantenerlo ocupado enterrando sus muertos, reconstruyendo sus ciudades. Va siendo la única manera de vivir tranquilos en este planeta.

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Soy muy crítico de  El Creador y La Naturaleza, lo cierto es que ambos se portaron  muy mal conmigo. No bastó con mi aspecto salvaje, mi pelambrera enmarañada, mis rasgos simiescos y estos malditos pies que sólo han servido para que el Hombre me cubra de ridículos apodos. Un día cualquiera, cuando era aún un infante, vi mi imagen reflejada en una pared de hielo y me sorprendió ingratamente, hasta entonces, siempre me había creído igual a cualquiera de esos niños pastores que corretean cabras en las laderas de la montaña.

-Madre –pregunté-, ¿Quién es ése?

-Eres tú, pequeño. ¿No ves acaso lo mucho que te pareces a tu padre?

Creo que fue entonces cuando los vi por primera vez, antes sólo los había mirado. Cierto, ahí estaba papá, ligeramente gibado de espaldas, algo excedido de peso, más velludo que nunca, chupando el tuétano de un hueso de cabra con evidente placer. ¡Y yo era su viva imagen, qué castigo, qué pena, qué vergüenza! Toda la mañana recorrí los senderos de la montaña tratando de dar paz a mis alocados sentimientos. Muy tarde, cuando la luz empezaba a borrarse, escondido entre los pinos espié a los Hombres que juntaban leña para la fogata que les daría protección cuando cayera la noche. Razón tenían para  sentirse orgullosos. El Creador les había concedido todo para prosperar y la Naturaleza, tan inflexible con nosotros y las demás especies, no había dudado en darles el puntapié inicial para comenzar su exitoso camino por la vida.

Me hice adulto sabiendo de nuestro trágico destino: estábamos condenados a ser nuestros propios carceleros. Nunca conoceríamos el mar, nunca  espiaríamos desde más allá de las nubes. Ni siquiera podríamos desplazarnos más allá de las altas cordilleras. Éramos demasiado tímidos y, por añadidura, demasiado simiescos. Si osábamos bajar a las planicies del Hombre no pasaría mucho tiempo antes de que fuéramos exterminados a causa de nuestra diferencia. ¿Acaso no le había sucedido lo mismo a nuestro primo de Neanderthal? ¿Y el dodó, el lobo de Tasmania, los alacalufes y tantos más?

Soy un individuo informado. Entre sus muchos defectos el hombre carga con el del descuido. ¡Si supiérais vosotros cuantos periódicos ha traído el viento hasta la boca de nuestras cavernas! No  me costó nada aprender a leer, mucho más me costó aprender a entenderos! ¿Por qué no sois capaces de vivir en paz, de respetar al otro, de vivir y dejar vivir?

Hay tantos peces en el mar, tanto ganado en las sabanas, el Hombre no necesitaba del poder y las armas. Le bastaba con seguir su vida y dejar a los demás tranquilos, pero ni entre ellos respetan esta mínima exigencia. Siempre quiere más: su tierra y la del vecino, su mujer y la ajena, su oro y el de todos, su persona y un batallón de serviles para aplastar al que pisa su  ruta. Quizás se deba a que fue el último en unirse a la fiesta de la creación que aún no logra aprender el término absoluto: compartir.

Aún así, lo envidio. Así como a la Luna, alcanzará las estrellas. Navegará el espacio con la misma audacia que se lanzó a los siete mares a riesgo de su vida. ¡Quién sabe qué cosas le quedan por descubrir! Y yo seguiré estando aquí, escondido en los Himalayas, en los Andes, en los Apalaches, en la tundra. Podéis llamarme como queráis: Yeti, Sasquatch, Chuchuna, Pie Grande, somos los mismos que fuimos aunque también somos los restos. Los restos de una especie grande, alta, garbosa, que se encaró con el mamut y el lobo marino, que anduvo descalza cuando vos debisteis calzar botas, que se abrigó con su piel cuando vos nos asesinasteis para abrigaros del viento. Somos –como dijera uno de los nuestro, un patagón- todo cara. Le hemos hecho cara al hielo y al sol, al dolor y la alegría.

Podéis seguir  buscándonos,  escribir lo que se os antoje en vuestras páginas intrusas, que no daréis con nosotros. Milenios llevamos escondiéndonos de vuestro salvajismo. Pobre Hombre, tanto que hubiera podido aprender de nosotros, la Vida Salvaje.

Nota: por considerarlo merecido, se ha optado porque  nuestro personaje contara su  propia historia.

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El Chupacabras  supo que era feo la primera vez que se acercó a un pozo de agua; espantadas, las aguas,  hasta entonces calmas como un espejo,  se rizaron violentamente para impedir que su imagen se reflejara  en ellas. El Chupacabras olfateó el aire  y constató que no corría la más delicada brisa.; temiendo lo que vería, se acercó y se inclinó  hasta que su imagen fracturada se fue armando en la superficie. Las aguas se habían congelado de espanto y allí,  con lujo de detalles, pudo  descubrir la horrible imagen con que la Naturaleza lo había  castigado  para la eternidad. Si bien el reconocimiento de su fealdad fue un duro golpe, el Chupacabras  aguantó con entereza. Si de fealdad se trataba, él sería el más feo de todos.

Desde entonces, el Chupacabras vivió ocultándose de los demás seres vivos.  Aprendió de inmediato que de noche todos los gatos son pardos y que si un chupacabras pasa casualmente por un lugar es mucho más difícil que se le vea cuando lo hace rápidamente.  En cuestión de semanas ya era un avezado corredor de larga distancia. Además, siendo, como es,  un perfeccionista,  se despeinó  la  opaca, hirsuta  pelambrera que lo cubre, y se la arrojó, un poco al desgaire, sobre aquel rostro que, como el de Medusa, amenazaba con volver de piedra a la humanidad.

En esa forma inexplicable que la Tierra dispone, la noticia de su aparición trascendió y, peor aún, se esparció como una marea. Al principio, temerosamente susurrada, luego, como tópico general. El Chupacabras supo que estaba perdido cuando la prensa lo puso en letras de molde y saturó páginas web con los detalles de su horrorosa apariencia e ilimitada crueldad.

Era cosa, entonces, de mantener la reputación tan duramente ganada. El Chupacabras continuó escondiéndose entre las matas, se arrastró por madrigueras y cavernas, zigzagueó entre las rocas, se olvidó de la luz solar. Cuando quería alimentarse las cosas se le hacían fáciles: tan sólo asomaba su esperpéntica figura y la víctima moría de pánico ipso facto.

Para consentir a la prensa y demostrando así lo muy consciente que estaba de la red de fantasías que se había tejido sobre su persona, recurrió a complicados sistemas para desangrar los cadáveres de sus presas. Vivió noches de furia aniquilando gallineros completos. Un reguero de ovejas, cabras y reses jalonó su ruta a través de América y los campesinos, aterrados, trancaron sus puertas y pasaron la noche en vela a la luz de una mísera candela.

El Chupacabras se enteraba sin mayor problema de todo cuanto se especulaba sobre él, después de todo, su cabeza es una especie de parabólica que recoge cada pensamiento, cada idea, cada chispazo que ser vivo alguno imprima en su cerebro.  Así supo que se le creía extraterrestre fugitivo, creación de los laboratorios de la CIA, monstruo ancestral, engendro diabólico. Ligeramente avergonzado de que su  aspecto diera para tanto, el Chupacabras sintió que un hálito de orgullo lo esponjaba entero: ¡Quién iba a decir que un humilde recién llegado alcanzara esas cumbres de la fama!

Y allí está, agotado por el  esfuerzo requerido por tarea de tal envergadura, pero con el espíritu incólume: nadie podrá decir jamás que el Chupacabras hace las cosas a medias.

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