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Archive for 28 marzo 2012

La vida de  Zorzalo cambió dramáticamente desde que la humana del N° 5 instaló el comedor para aves.  Es cierto que su situación económica y su fama  se han disparado desde entonces, pero él es más tímido que un  búho, así que poco provecho obtiene de ello.  Zorzalina  es la más feliz. Ahora tienen un nido de cuatro habitaciones y una cama matrimonial de hilos de seda que Golondrisa Petrucciani trajo uno por uno desde la milenaria China  y   los niños, que ya han emplumado  bastante, gozan de una popularidad envidiable. Diariamente, los López y sus amigos se reúnen a comer debajo del quitasol  y lo pasan estupendamente.

En invierno viene un gran  pajarerío  a comer. Gracias a la Bodega, como la llaman,  sobreviven muchos más polluelos que antes, de manera que  los pájaros del sector se sienten comprometidos con  Zorzalo. Aprecian mucho su opinión, le piden consejo, lo invitan a matrimonios y bautizos y envían altos de tarjetas de saludos el día de Navidad.

Lo único malo es que  Zorzalo se ha visto obligado a madrugar para seleccionar la comida temprano, llenar la despensa -ya tienen dos-  y comer tranquilo. Más tarde, cuando llega todo el mundo, el pobre pasea por ahí tratando de mantener el orden, esponja bien el plumaje para recibir los halagos de  pájaros  que ni conoce y comenta las noticias internacionales con Leotordo o Juanito Chincólez,  mientras  Zorzalina prepara la comida con la ayuda de Golondrisa y de Mari Loica Huenumán. El mejor día, lejos, es el domingo, cuando Mari Loica recoge las migas de marraqueta fresca y en un abrir y cerrar de ojos prepara unos panes amasados crujientes, que combinan a la perfección con los chorizos de lombriz  de doña Zorzalina.   Leotordo y su esposa siempre traen el vino,  el tinto es la  especialidad de la familia.

-¡Qué tintos más oscuros y aterciopelados! – Comentan los Chincólez.

Y Leotordo,  feliz, aclara que  proceden de la viña Santa Tordoliana  de Lontué, propiedad de su primo  Eustordo.  A  su familia, se jacta,  todo lo oscuro le resulta perfecto.

-¡Si viera usted, don Zorzalo, el  chocolate semiamargo que prepara mi primo Hanstord, de Suiza!

Doña Zorzalina, que es una golosa, casi tiene un ataque, simplemente, tiene que probarlo. No se queda tranquila hasta que Leotordo promete encargar  una remesa vía  bird-mail esa misma noche.

-Con suerte, el próximo domingo lo tenemos aquí. -Asegura.

A Golondrisa Petrucciani los birdólars le hacen tilín en el cerebro. Se lleva aparte a Leotordo y  no lo deja tranquilo hasta que consigue que sus primos se hagan  cargo del flete. Le ofrece tarifa rebajada, saca calculadora quién sabe de dónde, teclea precio por gramo, hace un descuento del veinte por ciento, le suma los impuestos, la tasa de embarque, el porcentaje de ganancia y el impuesto al valor agregado, se queja amargamente porque va a salir perdiendo plata y finalmente le cobra a Leotordo diez por ciento más de lo que hubiera costado traerlo  vía Gaviota. Leotordo paga encantado.

En cuanto Golondrisa  parte para la cocina  en busca del pastel de hormigas rojas recién horneado Leotordo vuelve con  Zorzalo y  Juanito Chincólez y comenta el buen negocio que acaba de hacer. Sus amigos  intercambian una mirada de comprensión. ¡Tan ingenuo este Leotordo! Pero a fin de cuentas, no vale la pena amargarle más de la cuenta el chocolate, de manera que  Zorzalo  saca a colación la fuerte alza que ha tenido el precio del trigo.

-No se dónde vamos a parar si seguimos así. -Don Juanito, muy serio.

-Y las propiedades que están por las nubes -acota  Zorzalo, que nunca es más feliz que cuando habla de su flamante nido de cuatro habitaciones-,  el otro día no más  fuí al Banco del Avestado  para poner al día mi situación financiera. ¿Me creerán que mi nido  cuesta ahora ciento cuarenta mil birdólars? Hoy día, no podría comprarla, no tendríamos más remedio, mi Zorzalina y yo, que tomarnos una rama de un arbolillo en una calle cualquiera. Jardines cómo éste ya no se encuentran.

Y da una mirada enternecida al hermoso rectángulo cubierto de césped y rosas. Al pobre Leotordo no le queda otra que admirarlo una vez más. Don Juanito Chincólez, que ya está aburrido de su discurso, se hace el leso.

Un piído desesperado los saca de su conversación. ¡Los Gorriontínez acaban de llegar y asaltaron  a Golondrisa Petrucciani  cuando venía bajando la escalera de hiedra!  Golondrisa defiende con garras y pico la torta de hormigas rojas, pero no hay caso, cuando los caballeros llegan a defenderla los Gorriontínez han largado el vuelo en dirección a la Bodega y de la torta  no queda una sola migaja. Golondrisa llora amargamente; Elisa Chincólez , furiosa,   persigue a los Gorriontínez con la escoba de hierbas, pero ellos no le hacen ni el menor caso porque están ocupadísimos comiendo y tirando cáscaras para todos lados.  Doña Zorzalina amenaza con sufrir un nuevo ataque, pero los demás están tan ocupados consolando a Golondrisa Petrucciani que  no le queda  otro recurso  que guardar sus ánimos para una ocasión más propicia.

En todo caso, detrás de los Gorriontínez habían aparecido los Palomérez,  de manera que los Escolibrí y los Cotorrínez, unas cotorras recién llegadas   de Argentina que rentaron los dos ciruelos de la otra cuadra,  abandonaron los damascos que ya empezaban a madurar al otro extremo del patio.  Los Palomérez se apropiaron inmediatamente del plato de semilla.  Palomingo, con todo descaro, picoteaba a las pobres tortolitas de la calle Petrel corriéndolas del plato como si el jardín hubiese sido suyo y cada cierto rato se iba de aletazos con la paloma de metal. Tal era el caos que  Zorzalo, desesperado, invitó a todo el mundo a pasar a su nido.

Ver el nido de  Zorzalo y caer en trance no les tomó a sus amigos más de un minuto. ¡Zorzalina había arreglado las habitaciones con tanto gusto! Golondrisa Petrucciani, que les había ido trayendo los textiles y los muebles de sus viajes por el mundo,  no podía desaprovechar la ocasión,   de modo que  sacó su cuaderno de pedidos e iba de una dama en otra anotando y sacando cuentas.

-¡Qué maravilla -decía Leotordina- estos sillones de plumón de gallineta!

-Tienes un gusto impecable, mia cara,   claro que lo buono  hay que pagarlo, ma io te cobro baratísimo, una ganga.

-Qué irá a decir Leotordo -se preocupaba su mujer-, pero no puedo resistirlo. Quiero uno igual para mi nido. ¿Y esas camitas de hilos de seda, saldrán muy caras?

-No, si te las traigo de la India, piccola mia. Mis primos de Benarés las traen rebajadas, cuarenta por ciento más baratas que en Nueva Delhi…¡y unos colores! Te mueres, Leotordina, te mueres.

Y Leotordina sellaba el negocio dejándole a Golondrisa una ganancia del sesenta por ciento.

-A Golondrisa hay que regatearle bastante, más que de Italia, parece que hubiera venido del Asia menor. – Intervino   Zorzalo.

La Petrucciani le dio una mirada que si hubiera podido hacía un agujero en el piso del nido, justo debajo de las patitas del dueño de casa.

Todo el pajarerío de la cuadra habría quedado endeudado si no hubiera aparecido doña Zorzalina con unas galletitas de pulgón de rosa simplemente deliciosas.       Martín Escolibrí -que se había colado últimamente como si fuera íntimo de don Zorzalo-  no paraba de alabárselas. Por último, prometió volver al día siguiente  con unos pasteles de hormiga roja que la consolarían  inmediatamente por la pérdida de la torta. Doña Zorzalina estaba feliz, cómo había sido tan desconsiderado Zorzalo de no haber invitado antes a los Escolibrí, que además eran tan buenos bailarines.

-¿Y usted, dónde vive señor Escolibrí?-  preguntó don Juanito Chincólez, tratando de dejar en evidencia la condición de afuerino del primero.

-Aquí a la vuelta no más, en el acacio número tres de la calle  Canberra, nido número quince, tercera rama a la derecha. Vaya cuando quiera, don Zorzalo, mi señora hace una miel de azahares perfecta para los pasteles de masa de hoja, recuérdeme traerle un frasco, vecinita.

-Qué nombre más raro tiene esa calle.- Volvía don Juanito a la carga, enojado porque Escolibrí había salido del paso con tanta elegancia y facilidad.

Golondrisa Petrucciani intervino inmediatamente.

-Pero si es el nombre de una ciudad tan linda, con árboles inmensos, yo tengo allá amici de tutta mia vitta,  Bert Kuka Burra y su familia. Hombre muy educado, políglota, y de tan buen humor que nos moríamos de la risa con sus chistes.

Qué  feliz estaba  Zorzalina; al fin, después de tanto tiempo, habían logrado integrarse al barrio. Y Zorzalo,  que tanto había temido relacionarse con los vecinos, siempre pensando que no les caía bien.  De pura alegría partió para la cocina y regresó con una  nueva bandeja de galleticas sobre las cuales los polluelos se arrojaron al más puro estilo bandada de gorriones.

 Empero,  pese a lo bien que lo estaban pasando, de vez en cuando  Zorzalo no podía evitar asomarse al balcón  para ver el deprimente espectáculo de los Palomérez  y los Gorriontínez peleando por las últimas semillas de sésamo para luego menear la cabeza con gesto de resignación. Si algo no podía entender era qué había pasado con los buenos modales del pasado, tan necesarios para vivir en paz.

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Estimado lector:

Este libro es el resultado de una operación secreta de inteligencia que se originó a partir de la instalación de un comedor para pájaros en un lugar del mundo que llamaremos Terrandina. Los nombres de los protagonistas han sido cambiados para proteger a los inocentes, sin embargo, como medida de seguridad ante posibles complicaciones internacionales, se  entrega a continuación  una breve lista de información  que podrán utilizar si deciden repetir la experiencia.

Sea cuidadoso, nos enfrentamos a seres de extraordinaria inteligencia que harán cualquier cosa por revertir los índices de despoblamiento a los que han sido expuesto por sus enemigos naturales: los hombres.

El autor

Desventuras ocasionadas por un plato de semillas  surtidas

Sumamente molesto,  Zorzalo López se pasea debajo del limonero con sus alas  cruzadas a la espalda y la cabeza baja. Sus chirridos se pueden escuchar en todo el jardín. Doña Zorzalina, que considera de buen criterio desaparecer del mapa cuando su marido está con ese geniecito, se mete en la maraña de la hiedra y agarrando la pequeña escoba de pasto seco desempolva cuidadosamente el  nido familiar. Una vez más, los polluelos dejaron regados sus juguetes y buena parte del alpiste que a  Zorzalo le tomó tanto tiempo recoger.

            -No hay derecho,  -alega  Zorzalo a uno de sus amigos- he vivido en este jardín desde mi primer aleteo,  ni siquiera había emplumado cuando me asomé al balcón por primera vez, mi padre fue el primer colono del sector,  y mire usted, tener que soportar la desconsideración de estos recién llegados,  advenedizos con mucha pluma y poca educación…

 El joven Leotordo Trillo mueve la cabeza para expresar su simpatía y acompaña a su amigo en sus paseos. Leotordo tiene alma de dandy, viste de negro riguroso y se comporta  siempre como si estuviese en camino -de ida o regreso- de  una fiesta de gala. Leotordo  es tan renegrido que sus plumas se ven azules e imita tan bien el tranco de su amigo que casi parece la sombra de  Zorzalo. A veces Leotordo  ve un chanchito que asoma  debajo de una piedra y  se lo zampa en un santiamén.  Zorzalo no se alcanza a dar ni cuenta.

Es cierto que  Zorzalo tiene buenas razones para estar tan indignado.  Es que los Palomérez le han causado ya tantas, incontables molestias. Jamás, por ejemplo, se les pasó por la cabeza pedirle permiso para alimentarse en su territorio. Nunca, ni en el mejor de los casos, esperaron a ser invitados. Simplemente, un día cualquiera, los Palomérez y los Gorriontínez se dieron cuenta de que la vecina de la calle  Queltehues N° 5 ponía diariamente un plato lleno de migas selectas y semillas surtidas en el jardín de los López y entonces se dejaron caer como vulgares paracaidistas, se llenaron la panza, armaron un barullo de padre y señor mío, tiraron sobras por donde pillaron y luego se echaron a volar sin tomarse siquiera la molestia de dar las gracias al dueño de nido.

Ambas familias son de temer. Los Gorriontínez son más numerosos que un banco de sardinas, tragan como si se fuera a acabar el mundo y tienen  todas las características del antisocial típico. Es  cosa sabida que los grotescos rayados que afean los nidos del barrio  los hicieron los muchachitos Gorriontínez con sus propias alas (y algo de ayuda de esos desagradables envases en spray). Y en cuanto a los Palomérez, si bien nunca tan numerosos, constituyen la familia más belicosa de toda la comuna. No les basta con venir a comer, sino que se la pasan peleando todo el día, dan vuelta  el plato, se lavan las patitas sucias en la fuente y  engullen los mejores bocados.

-¡Ya no los soporto! -reclama don Zorzalo.

Y Leotordo, tan caballero siempre, se agarra las alas color azabache y menea la cabeza comprensivo mientras ejecuta con su vecino el paseíto bajo el limonero que de tanto repetirse ya ha dejado una delgada huella de patitas.

Zorzalo estima mucho al joven Leotordo, después de todo, él fue de los primeros en tener la gentileza de solicitar su permiso para  comer en el jardín. “Tan caballero este Leotordo, piensa don Zorzalo, con pájaros  como él,  da gusto compartir  la bodega”.

Leotordo, Golondrisa Petrucciani, doña Mari Loica Huenumán y la familia Chincólez  siempre han sido muy correctos. En cuanto corrió el rumor de que la vecina del número cinco había instalado un almacén para aves justo en el jardín de don Zorzalo, se atusaron las plumas, se lavaron la cara en la manguera del número dieciséis y fueron pasando, uno tras otro por  el balcón del dueño de nido.

-Cómo le va, don Zorzalo, tanto tiempo que no lo veíamos. Saludaban los Chincólez.

Y  le pasaban un escarabajito verde, cosecha del ’99, que doña Elisa   había guardado para una ocasión especial.

-Pero qué delicadeza, -Zorzalo, todo cocoroco- ¿se quedarían a picotear con nosotros?

-¿No será molestia? –  Juanito Chincólez, haciéndose de rogar.

-Faltaba más, don Juanito, si hay para todos,  la bodega se renueva a diario, a  menudo, dos o tres veces al día.

-¡No le puedo creer!

Y  entre cáñamo y alpiste comentaban con el pico lleno la suerte de don Zorzalo;  quién no  quisiera vivir al lado de un humano desprendido, rara especie.

-¿No estará loca? – se preguntaba doña Elisa refiriéndose a la humana del N° 5.

-No seas pájara de mal agüero, mujer.- Su marido, algo molesto.

En eso estaban cuando Leotordo y su señora esposa aparecieron volando, con una lombriz fresquita colgada del pico.

-Cómo le va, don Zorzalo, doña Zorzalina, les traíamos un engañito.

-Pasen, pasen, que las migas están tiernas, recién llegadas de la cocina.  Qué lombriz más bonita, muchas gracias,  mañana mismo  la meto al horno. – Feliz doña Zorzalina porque ya tenía resuelto el almuerzo del sábado.

Así fueron llegando los conocidos del barrio.  Golondrisa Petrucciani, con un paquete de hormigas acarameladas que volvió locos a los niños, Mari Loica con una docena de empanaditas de pulgón que estaban de chuparse las plumas.  Después de almuerzo se sentaron a descansar en las ramas del limonero y  Golondrisa, que se cree diva de la lírica desde su viaje a Italia,  les cantó algunas de sus arias favoritas.

-La viola e mobileeee, qual piuma al ventooooo…

Algo terrible, Golondrisa Petrucciani no tiene el menor sentido de la armonía, pero todos eran muy bien educados y la escucharon sufriendo en silencio. Cuando al fin terminó aplaudieron de felicidad porque se había acabado el suplicio y  Golondrisa  quedó feliz porque creyó que sus aplausos  eran sinceros. Estaba a punto de seguir con otra cuando  Mari Loica Huenumán, inspirada por  la desesperación, propuso que don Juanito Chincólez entonase su conocido tema “Han visto a mi tío Agustín”, que fuera  tan popular hace unos años. Todos quedaron felices, don Juanito porque relucía sus viejos oropeles y los demás porque se había callado Golondrisa.

La tarde se iba tan grata como el almuerzo. Todos con la pancita a reventar  y el plato todavía lleno de comida seleccionada. Doña Zorzalina aprovechó de guardar algo en la despensa e invitó a sus amigas a que hicieran lo mismo.

Pero repentinamente, ante la sorpresa de todos, aparecieron volando los  Palomérez y los Gorriontínez, que sin decir agua va se dejaron caer encima de la comida, metieron las patas en el plato, tiraron semillas por todos lados y se apropiaron del jardín de don Zorzalo, ensuciándolo todo y armando tremendo barullo con la seria intención de no dejar un grano de alpiste de recuerdo.

En medio de todo,  Palomingo Palomérez iba de un lado a otro asestándole picotazos por la cola al resto de la familia, porque es bien sabido que es un palomista terrible, al que no le gusta que nadie coma antes que él. Claro que de poco le servía su agresividad, puesto que mientras él armaba camorra a sus familiares, los Gorriontínez comían apresurados para ganarle el quién vive.  Muy pronto dejaron el plato vacío y después se echaron a volar muertos de la risa.

El consuelo de don Zorzalo, poca cosa, por cierto, era ver que en cada una de sus pasadas Palomingo  asestaba gran picotazo a una paloma de hierro oxidado que dormitaba su vejez  al pie del quitasol. ¡Tan tonto era Palomérez que no atinaba a darse cuenta de que se estaba metiendo con una paloma de utilería!

Cuando todo terminó, los dueños de casa y sus amigos quedaron estupefactos. Parecía que Aguilatila, rey de los aguilunos, había pasado por allí. El plato estaba volcado, la fuente inmunda, las cáscaras de las semillas volaban por el piso y en la muralla trasera del nido de los López algún grosero chico Gorriontínez había escrito una barbaridad que mejor ni les cuento. A  Zorzalina le dio un ataque y se tuvo que ir a recostar en su camita de hojas de menta.   Zorzalo estaba terriblemente deprimido.

Entonces fue cuando Golondrisa Petrucciani mostró su lado práctico de europea. En menos de cinco minutos organizó el trabajo, asignó responsabilidades y mientras cada uno hacía su parte, fabricó con sus propias alas una escoba de hierba con la que dejó flamante el jardín.   Zorzalo estaba tan agradecido que ahí mismo decidió que compartirían el almuerzo diariamente y por último, sugirió que un día que el vecino le cortase el césped del jardín los iba a invitar a una parrillada de lombrices.

-Pican como locas cuando el pasto está corto y recién regado, – contó- nos podemos dar un banquetazo.

Doña Zorzalina, que lo escuchaba desde su camita casi tuvo otro ataque, cómo se le ocurría a Zorzalo andar contando lo  de las lombrices a medio mundo. Ya vería ese irresponsable cuando se fueran las visitas y ella se levantara. ¡Si no hubiera sido por el tremendo dolor de cabeza que tenía!

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