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De improviso una fuerte corriente perturbó las dóciles aguas del río en donde se bañaba Ignacio. Su grito de pánico se confundió con ellas. Sus amigos, que estaban un poco lejos, no lo escucharon. En seguida fue arrastrado unos cuantos metros sin que pudiera asirse a nada. Casualmente, las lianas de un árbol, se mecieron por el viento y estuvieron al alcance de sus manos. Con agilidad asombrosa se aferró a ellas y, haciendo esfuerzos enormes, pudo alcanzar la orilla.

Ignacio miró con espanto las aguas furiosas y se dijo que había tenido suerte de haber podido agarrarse a las lianas. Subió lentamente por la orilla, pero, a veces miraba espantado hacia el río. Pensó que debía haber llovido mucho en la parte alta para que las aguas se deslizaran tan enfangadas y violentas. Advirtió cómo a su alrededor los rayos del sol bañaban las plantas y estaba el ambiente tan normal, que, asombrado, le pareció todo lo sucedido muy incomprensible. Siguió caminando y pensó que sus amigos estarían inquietos buscándolo. Al fin los escuchó echándoles voces.

—Aquí estoy —les respondió y caminó en dirección a ellos.

— ¡Ignacio, cómo te hemos buscado; pensábamos que te habías ahogado! —dijo casi llorando Alberto, y Noel lo abrazó con tanta fuerza que creyó que lo ahogaría.

—Nosotros estábamos entretenidos mirando un nido de zorzal —dijo Ignacio y se quedó pensativo, luego añadió— las aguas estaban tan tranquilas que no pudimos imaginar que…

—Fue todo tan inesperado, la naturaleza es tan…

—Impredecible, como dice mi mamá —completó Noel.

Y los tres se quedaron mirando asustados las frenéticas aguas, sin saber la manera de pasar a la otra orilla.

Un pez saltó en el agua, no era como otro cualquiera: en vez de aletas tenía alas, ¡pero qué alas tan preciosas! Y el pez les habló.

—Los llevaré a la otra margen del río. Súbanse en mi lomo. No se entretengan revisando mis ale… digo, mis alas, pues podrían caerse.

Los niños se miraron perplejos. Sin embargo, un aguacero espontáneo los hizo decidirse a trepar al pez, el cual los trasladó en seguida a la orilla opuesta. En cuanto se bajaron de este, una nube lo alzó y, cuando estuvo a cierta altura, desplegó completamente sus alas y los múltiples colores reflejados en ellas le dieron la semejanza de un arcoíris gigante que, según se iba empinando, parecía esparcir sus matices por el firmamento.

Los niños se quedaron extasiados mirándolo hasta verlo desaparecer. Al mirar otra vez al río, vieron sorprendidos, cómo las que fueron unas ruidosas y enturbiadas aguas, se habían tornado nuevamente transparentes y mansas. Aseguraron que solo el pez con alas lo pudo haber hecho posible. Entonces regresaron a sus casas y esa noche no se durmieron fácilmente porque tenían en su memoria aquellas alas bellas.

 

Gisela de la Torre  Montoya, escritora de literatura infantil de de Stgo de Cuba, Cuba

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1716477380_93b86e6584   Un caracol gustaba burlarse de las moscas cuando las veía huir de las lagartijas para que no se las comieran y les gritaba que eran unas cobardes. —Te burlas de nosotras porque puedes esconderte en tu concha y resguardar tu cuerpo de tus depredadores, mientras que nosotras no tenemos esa opción, sin embargo, muchas veces escapamos de ellas porque somos ágiles —le dijo indignada una de ellas. —No solo me burlo de ustedes por eso, sino también porque tienen colores feos ¡Mira los míos que lindos son! —y comenzó a retirarse. No había andado mucho cuando una bruja lo vio y dijo: —Este es el caracol que andaba buscado desde hace tiempo. Por sus bonitos colores será más efectivo para mis pócimas —y lo agarró sin que este le diera tiempo a escapar. Entonces las moscas le gritaron al caracol: —Nos favoreció ser cobardes,  aunque no lo somos, y feas, como nos llamaste, porque sí tenemos otros encantos —le gritaron las moscas al vanidoso caracol—. Sin embargo, tú por lento y atractivo caíste en manos de quien te hará lo mismo que las lagartijas pretendieron hacer con nosotras —y lanzando carcajadas fueron detrás de la bruja

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zombie

Existen dos historias en torno a los zombies y ambas tienen su origen en Haití. La primera,  engancha  los límites la  fantasía y la realidad y nos deja un sentimiento de horror ante la maldad humana. La  segunda, la historia literaria, es quizás más repulsiva, pero también más fácil de aceptar.

Coup de poudre se llama a los polvos que serían administrados a los que van a tener la desdicha de ser convertidos en zombies.  Hay siempre un motivo para ello: la venganza. En  Haití hay que tener mucho cuidado con herir los sentimientos de las personas porque eso puede significar que  el ofendido decida que tu vida acabó, porque vas a ser convertido en zombie.

Otro motivo puede ser el eterno afán de explotación que algunos individuos llevan en su ser más íntimo. Hay amas de casa que explotan a sus sirvientes, hay comerciantes que explotan a sus empleados, hay empresarios que explotan a sus trabajadores. Ninguno de ellos se siente mayormente culpable por hacerlo y bueno, la verdad, los campesinos que fabrican un zombie para que trabaje por ellos hasta morir realmente tampoco se sienten culpables. Estoy cansado, se dicen, necesito ayuda, no puedo pagar por ella. A ver, qué podría hacer para solucionar mi problema…por ejemplo, ¿y si me consigo un zombie?

Y en cuanto te ponen los ojos encima, estás perdido. Empezarán a rondarte, harán un estudio de las ocasiones en que estás solo y por último, comenzarán a administrarte los polvos malditos. El coup de foudre.  Entonces comenzarás a debilitarte, perderás el apetito, los colores, la salud. Tu familia hará todo lo posible, pero no hay caso. Un día, sin saber cómo llegaste a eso, serás un cadáver.

Es posible que tu futuro amo, el houngan, esté presente en tu funeral, hasta puede que se muestre dolido, que no pueda creer que alguien tan joven haya pasado a mejor vida. Hay gente descarada en esta vida.

 Tus parientes te llorarán, cargarán tu ataúd al cementerio y te dirán el último adiós con ojos húmedos. Lo único que ignoramos  de este proceso es lo que tú, el zombie, siente. Estás inmóvil, yerto, no respiras, tus ojos están cerrados, pero…¿puedes escuchar, tienes algún nivel de consciencia encerrado en tu mísero ataúd?

Espero que no. ¿Quién querría vivir los entretelones de su propia muerte?

El houngan no te recuperará de inmediato. Los parientes pueden querer visitarte y sería de muy mal gusto que lo sorprendieran escarbando tu tumba, pero cuando finalmente lo haga te llevará a su granja y te administrará los otros polvos, los que te revivirán, pero nunca tan vivo como para que tengas de regreso tu inteligencia y tu voluntad. Desde ese momento en adelante, eres un esclavo, un esclavo muerto. Qué más podría querer tu amo, mano de obra gratis. La mayor parte de los empleadores que conozco serían perfectamente capaces de tener un esclavo zombie, nada les duele más que pagar un sueldo decente.

Y, dime. ¿Acaso no es horrible la historia del origen del zombie, no sientes piedad por esos pobres seres esclavizados por la maldad humana?

EL Zombie literario y cinematográfico

Lo primero que hay que reconocer es que los zombies cinematográficos son REALMENTE horribles. Su carne está descompuesta, podrida hasta el punto de verse  violácea y negruzca, sus cabellos, desgreñados y sucios les cuelgan como serpientes de la cabeza, tienen heridas por aquí y por allá y la sangre coagulada los mancha. Caminan apenas, lentos e inseguros, como si hubieran perdido todo sentido de lo que hacen.

A pesar del  proceso de corrupción de su cuerpo y nadie sabe cómo, los zombies cinematográficos pueden ver, sus ojos parecen inmunes al deterioro de sus tejidos. Gracias a esto pueden encaminar sus pasos tras de los humanos vivos más cercanos, en especial, los protagonistas de la película o  el cuento. Despacio, muy despacio, lo suficiente para que el o los protagonistas tengan tiempo para salvarse, pero nunca tan despacio como para que se salven los personajes secundarios. Ya se sabe, nada peor que un papel de relleno en una película de miedo.

Y todo ese esfuerzo  a causa de una palabrita desagradable que nos expone crudamente la verdadera naturaleza de un zombie: NECRÓFAGO. Los zombies tienen la pésima costumbre de alimentarse de otros seres humanos, que a su vez, después de ser mordidos, pasarán a integrar la multitud de cadáveres hambrientos que se arraciman delante de las puertas y ventanas de la casa donde se refugió nuestro protagonista.

Ahora, de los zombies esclavos y su sistema alimenticio es poco lo que se conoce. ¿Serán también adictos a la carne humana o se conformarán con los poco atractivos restos de la comida de su amo?

No tengo gran interés en enterarme. Es más, por mí que los zombies se mantengan lo más lejos posible de mi persona. Se ven horribles, se comportan horriblemente y, a pesar de que nadie se ha molestado en explicitarlo, estoy seguro de un pequeño detalle: es un hecho que los zombies deben oler horrible.

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La infancia de David estaba marcada por dos hechos dolorosos: el primero era la desaparición de su verdadera madre, suceso del que ni siquiera guardaba memoria. Simplemente, su madre nunca había estado allí. A  David le gustaba pensar que su madre había preferido la fama y se había marchado para convertirse de una estrella. ¿Estrella de qué? Cualquier cosa bastaba, pero David tenía sus preferencias secretas y por eso siempre leía sobre las vidas de las estrellas del rock y el cine buscando en ellas un hilo conductor que iluminase su pasado. Por la misma razón las paredes de su habitación estaban cubiertas por fotos de artistas famosas de cuyo pasado no se tenía mayor conocimiento.

El otro hecho era más doloroso para él. Uno, pensaba, puede vivir sin una madre, se acostumbra, no recuerda lo que nunca conoció, pero vivir con su madrastra era demasiado para cualquiera y David habría dado cualquier cosa porque la esposa de su padre desapareciera para siempre.

David tenía apenas cuatro años cuando Roxana entró en sus vidas y desde entonces se encontraba inmerso en un proceso de capacitación perpetuo. Roxana había comenzado aquello con unas palabras dichas al pasar.

-¿No sabe hacer su cama todavía? Querido, esto no es bueno para David.  Los  niños necesitan independencia desde el primer día de sus vidas. ¡Nadie sabe cuándo pueden quedar solos!

David era el único niño, que él supiese, que a los cuatro años de edad había aprendido a hacer su cama. De la misma manera, era también el niño  que más precozmente había aprendido a pasar la aspiradora, lavar los platos, sacar el polvo de los muebles, limpiar los vidrios, cortar el césped, regar el jardín, cocinar el almuerzo, hacer las compras y etc, etc. Roxana se lo recordaba constantemente a su padre constantemente mientras tomaba baños de espuma o pasaba sus largas sesiones de  belleza frente al espejo de su tocador.

-Ser autovalente es lo mejor para un niño, querido.  Así siempre darán gusto en cualquier parte.

David no era particularmente inteligente, aprender todo lo que Roxana consideraba necesario en la formación de un niño no había sido fácil para él, pero Roxana podía ser muy convincente con el uso del palo y la zanahoria, solo que la zanahoria estaba fuera de todo el asunto. El racionamiento de comida, por ejemplo, era una buena razón para cualquiera que tenga hambre y a partir de la llegada de Roxana a su vida David siempre había sido un niño delgado. El racionamiento de comida lo mantenía perpetuamente hambriento.

Otra buena razón para hacer el trabajo que, en buena medida, le habría correspondido a Roxana, era el racionamiento de sus pertenencias. Roxana administraba todo, sí, TODO, lo que poseía David: sus libros, sus pantalones, sus calcetas, sus suéters, su única parka. Un niño hace con entusiasmo un trabajo desagradable con tal de poder usar un par de pantalones decentes en vez de unos que le quedan ridículamente cortos o por la necesidad de usar ropa de abrigo cuando la temperatura apenas alcanza los dos grados Celsius.

Y en cuanto a los libros, nadie puede imaginar lo importantes que son los libros para un niño de diez años  que no tiene tevé, ni computador ni nada que se aproxime remotamente al término entretención.

Roxana podía decir que nunca le habría puesto un dedo encima a David y estaría en lo cierto. No era necesario. Su sistema bastaba.

Y en cuanto a su padre, David no sabía si su padre era realmente el hombre  menos observador en la historia de la humanidad o si en realidad el bienestar de su hijo le importaba un comino. A David le gustaba pensar lo primero, nadie quiere un padre que no te quiere y la versión “despistado” le parecía mucho más aceptable. Además, estaba claro que los tratamientos de belleza de Roxana eran sumamente efectivos, al menos en lo que se refería a mantener embobado a su padre.

Por esas y muchas otras razones, David se despertó esa víspera de Halloween casi de madrugada. Si quería salir a pedir dulces debía poner la casa de punta en blanco, preparar la cena y sacar a pasear al perro de Roxana. No había tiempo que perder, el año anterior Roxana había inventado un par de tareas de última hora que lo habían mantenido ocupado hasta tan tarde que solo pudo mirar desde su ventana a los niños que pasaban luciendo sus disfraces flamantes por las veredas.

En cuanto a él, no necesitaba disfraz, bastaría con ponerse sus peores harapos y cubrirse la cara con su viejo antifaz, rotoso de tantos años guardado en el clóset. Era indudable que harían un buen disfraz de mendigo.

Y ese día, por suerte, todo salió bien y no porque Roxana no tuviera dispuesto un arsenal de pedidos de último momento sino porque su padre, tan despistado como siempre, no recordó hasta muy tarde que estaban invitados a una fiesta de Halloween. Roxana pasó la última hora produciéndose frente al espejo y lo dejó tranquilo. Con un suspiro de alivio, David corrió a vestirse apenas la puerta se cerró tras sus espaldas. Cinco minutos después ya estaba en la calle con una vieja bolsa del pan en su mano.

Para su felicidad, la gente estaba más generosa que el año antepasado y su bolsa se iba llenando de delicias que ya escondería en sus rincones secretos para evitar que Roxana se apoderara de ellos. David fue de un lado a otro de su barrio y finalmente, con su bolsa casi llena, atacó las casas de su propia calle.

Solo entonces notó que la casa que llevaba tantos años desocupada en frente de la plaza tenía nuevos ocupantes. No era gente que gastara mucho en electricidad, eso lo supo porque solo una ventana estaba iluminada, pero era seguro que sí gastaban en dulces, porque unos seis pequeñuelos se arremolinaban en torno a una mujer delgada y morena que, además, estaba vestida de bruja. La mujer repartió todos sus dulces quedando con las manos vacías.

Cuando se marcharon, David se acercó tímidamente. Había algo extraño en la mujer que se disponía a entrar en la casa, era como si la conociese de algún lugar, pero no podía recordar dónde.

. Mucho más extraño fue que a pesar de que le daba la espalda y de que David se había aproximado en completo silencio, ella se dirigió a él como si le estuviera viendo.

-Tengo muchos más adentro, ven conmigo- y entró en la casa que estaba iluminada con una mortecina luz roja.

No sin temor, David la siguió. Al echar una mirada a su alrededor descubrió que la casa estaba pobremente amueblada. Un sofá aquí, un par de sillas por allá, nada de adornos ni cuadros ni mucho menos toda la colección de figurillas de porcelana que Roxana repartía por su sala. Había  una mesa, claro, y sobre ella, la más completa colección de delicias que David hubiera visto jamás.

– ¿Comiste algo? –Preguntó la mujer- Yo todavía no así que puedes sentarte conmigo.

Corrió una silla para él y ambos se sentaron a disfrutar el banquete. David nunca había comido tan bien en su corta vida y descubrió que su barriga estaba realmente vacía y no parecía llenarse nunca con los pasteles, sándwiches y helados que la mujer vestida de bruja no dejaba de servirle. Cuando finalmente no pudo comer una migaja más, se estiró en la silla sintiendo que su estómago iba a reventar.

Entonces se dedicaron a conversar. La dama era simpática, sabía escuchar y  no necesitaba hacer preguntas porque David parecía haber bebida la droga de la verdad en vez de los deliciosos jugos que todavía llenaban los jarros. David hablaba, hablaba y hablaba hasta por los codos y pronto se encontró contando la triste historia de su vida a la única y primera  persona que  había manifestado interés en él.

Cuando terminó, tuvo miedo. ¿Y si la mujer vestida de bruja hablara con Roxana? ¿Por qué había tenido tantos deseos de hablar, le habría puesto algo en la comida?

Repentinamente recordó uno de sus libros favoritos, Hansel y Gretel. ¡Cuántas veces no había soñado él con comerse parte de la casa de pastel! Solo que la propietaria era una bruja y cebaba niños para comerlos después.

¡Y él, en ese momento, se sentía como un cerdito bien cebado! Y lo peor era que comenzaba a sentirse soñoliento, soñoliento. Sus ojos pesaban como si fueran de plomo y no podía controlar piernas y brazos.

Lo último que sintió fue que la mujer vestida de bruja le tomaba suavemente en sus brazos para evitar que cayera dormido sobre la mesa. Después solo hubo oscuridad a su alrededor.

Cuando despertó, lo primero que supo fue que estaba en su propia cama, solo que alguien había puesto una cobija más gruesa en ella y ahora era mucho más abrigada que antes. Se estaba muy bien en esta nueva cama abrigada.

Una  tímida luz otoñal entraba por la ventana y desde la cocina llegaba hasta él el delicioso aroma de una masa dulce en el horno. David miró el reloj y palideció: ¡Era tardísimo, Roxana le dejaría sin comida por una semana a lo menos por haberse quedado dormido!

Bajó la escalera corriendo. Su padre, sentado a la mesa, terminaba el desayuno que David había omitido hacer. Roxana le daba la espalda mientras lavaba los trastos y canturreaba una canción.

Buenos días, David, te quedaste dormido –sentenció su padre poniéndose de pie- querida, ha estado delicioso, hace mucho tiempo que no comía algo tan rico..

Roxana se dio vuelta lentamente, tan lentamente que David pudo ahogar el grito de sorpresa y terror que pugnaba por escapar de su garganta.

Porque la mujer que ahora devolvía el beso a su padre no era Roxana sino la mujer vestida de bruja. Llevaba, claro está, la ropa de Roxana, lucía su mismo labial y barniz encarnado en las uñas, tenía ahora el pelo teñido con el mismo rubio dorado número 77 que usaba su madrastra, pero claramente, y aunque su padre no parecía haberse dado cuenta de ello, sus ojos eran los de la mujer vestida de bruja, su sonrisa era la de la mujer vestida de bruja y algo indefinible en ella declaraba a los cuatro vientos que Roxana no estaba allí y que la mujer del traje de bruja había tomado su lugar.

Ella se sentó a su lado y ambos escucharon cerrarse la puerta tras su padre. Afuera, el motor del Toyota se puso en marcha y ronroneó suavemente alejándose. Estaban totalmente solos.

-Debes comer, David. Un niño de tu edad necesita alimentarse bien –dijo ella.

Y aunque se moría de miedo y le costaba tragar bocado, David la obedeció sin decir palabra. Gracias a su larga experiencia con Roxana, él ya sabía bien cómo se las llevaban las mujeres con los niños y no pensaba darle a la extraña que ahora ocupaba su lugar  la menor razón para disgustarse con él.

-No tienes por qué temer, querido –siguió diciendo la mujer-, no soy de esas que se entretienen maltratando niños indefensos. Creo que nos llevaremos bien tú y yo. Ya es tarde, prepárate para irte al colegio, pero antes de que te vayas quiero que hagas dos cosas.

-¿Qqqué cosas? –preguntó el niño con voz temblorosa.

-Primero, cambiarte esas ropas, qué feas están, totalmente pasadas de moda. Parece que no viste las que dejé sobre la silla en tu dormitorio. Lo otro lo vemos después.

David iba a lavar los platos del desayuno, pero ella se lo impidió empujándolo suavemente hacia la escalera. El niño corrió de regreso a su habitación y sí, tal como ella dijera, una completa tenida flamante y a la última moda lo esperaba en la silla. En el piso estaba el complemento: un par de zapatillas que de seguro habían costado más que todas las que David usara hasta ese momento juntas.

Cuando bajó, ella estaba esperándolo al pie de la escalera.

-Te ves muy bien, hijo –aprobó.

David la siguió hasta la vitrina de la sala. Allí ella se detuvo y le mostró la colección de figurillas de porcelana.

-Mira –dijo-, agregué una nueva a mi colección.

Y David, asombrado, fijó sus ojos en la nueva porcelana que integraba el grupo. Allí, vestida de bruja y con una mueca de terror pintada en su rostro estaba la que algún día había sido la temible Roxana. David quedó sin palabras.

-Y así hay gente que dice que nosotras, las brujas, somos malvadas –continuó la mujer-, estoy segura de que tú no vas a pensar eso y sin duda alguna, nos vamos a llevar muy bien.

Y David, ya camino de la escuela, sintió  que podía creerle a su nueva madrastra. Si las brujas trataban así a los niños y cocinaban tan bien, bienvenidas las brujas. A decir verdad, ahora que el recuerdo de Roxana comenzaba a difuminarse en su memoria casi no habría podido decir cuál de ellas era la verdadera bruja.

El autobús estaba llegando, de un salto, David plantó sus nuevas zapatillas en la pisadera. Definitivamente, se sentía vestido para matar. Cuando pasaron frente a la plaza el niño pudo ver claramente la casa donde había cenado el día anterior. La pintura descascarada, las hierbas que crecían en el jardín y el letrero que antes   no había podido ver:

SE VENDE.

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El caso de Travis Walton  es un desmentido de todas las teorías respecto a los extraterrestres amigables. En todas partes del mundo actualmente hay un creyente en la hermandad interestelar. De acuerdo a ellos, los extraterrestres son nuestros amigos y solo quieren nuestro bien, nuestra amistad y si se esconden de nosotros es más por temor a nuestra agresividad con el resto de los seres vivos. Tan creyentes son a veces estos grupos que llegan a ser capaces de envenenarse en forma masiva  para que sus almas –ya que al parecer sus cuerpos no serían aceptados por los amigos extraterrestres- puedan ser embarcadas sin mayores problemas rumbo a quién sabe qué sistema solar.

Pero Travis Walton tiene otra versión del “amigo” extraterrestre, una terrorífica.  Un día de noviembre Travis se encontraba trabajando con cinco amigos leñadores cuando vieron unas luces que creyeron eran causadas por un incendio.

Sin embargo, al llegar al lugar iluminado, vieron una nave posada sobre un claro del bosque. Travis se bajó del vehículo y se acercó para ver la nave y para su terror, la nave comenzó a moverse hacia él. Cuando trató de huir, fue alcanzado por un rayo luminoso que  bajó directamente desde la nave. Según Travis, recibió una fuerte descarga eléctrica y perdió el conocimiento por lo que él creyó era un breve período. Mientras se encontraba en ese estado, fue abducido al interior de la nave.

Entre tanto, valientemente, sus amigos huyeron a toda  velocidad en busca de ayuda policial dejándole abandonado. Así comenzaba la desaparición de Travis Walton: cinco días en que nadie lo vio ni supo qué era de él.

Durante esos cinco días, sus amigos debieron enfrentar las acusaciones de haber dado muerte a Travis. Nadie les creyó su versión acerca de la abducción de su amigo y fueron considerados sospechosos de homicidio.

Cinco días después, un hombre llamó a los padres de Travis para pedir ayuda. “Soy yo”, dijo. Cuando sus padres lo recogieron les costó creerle. Travis estaba física y sicológicamente deteriorado, parecía otro. Cuando le recordaron que hacía cinco días que se encontraba desaparecido, no podía creerlo. Travis estaba convencido de que su desaparición había sido de pocas horas.

Y cuando comenzó a contar su experiencia lo último que podía pensarse era que los extraterrestres eran amistosos y fraternales.  Travis recordaba haber sido observado por unos hombrecillos pequeños y calvos que, al ser rechazados físicamente por él, optaron por llamar a un humanoide más alto y de mayor fuerza física, muy similar a él, que lo introdujo en otra parte de la nave.

En ese sector, Travis descubriría un verdadero zoológico de seres vivos diferentes.  Seres vivos prisioneros de los extraterrestres amigable, que a veces eran algo desmemoriados porque no pocos de dichos prisioneros ya no eran más que unos restos descompuestos. Pobres seres enloquecidos que surcaban el universo en las mazmorras de una nave espacial.

Al parecer, algo de la personalidad o el físico  de Travis no les gustó a sus nuevos amigos. Debe ser porque los terrícolas somos demasiado violentos y no logramos congeniar con seres diferentes. Gracias a esto, Travis fue abandonado poco después en las cercanías del lugar donde fuera abducido. A duras penas, Travis logró llegar a un local comercial desde donde llamó a su casa. Solo entonces supo que su breve desaparición había tomado realmente cinco días de su vida.

Así pues, si tú eres parte de aquellos que creen firmemente que todos los seres vivos son iguales, encantadores y amistosos, llenos de sentimientos fraternales hacia los demás, piénsalo un poco antes de acercarte a la primera nave voladora con que te tropieces. Recuerda a Travis Walton y observa antes de actuar. Ni siquiera se trata de que los extraterrestres sean capaces de actos crueles, aquí mismo, en casa digamos, el capitán Cook fue convertido en asado por amistosos isleños que lo invitaron a almorzar sin aclarar antes que la comida la ponía él.  Y no es el único caso, no puedes olvidar que aborígenes de diferentes lugares del mundo fueron encerrados en zoológicos humanos de las principales capitales europeas hace apenas  unos ciento cincuenta años.

Personalmente tengo tantas ganas de encontrarme con un ET como de entablar relaciones con el matrimonio vecino que rayó mi auto y dejó bolsas de basura en mi puerta: para encuentros con  monstruos, basta y sobra con la mitología.

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Recordaba la imagen  que había visto tantas veces reflejada  en el agua, enamorado de ella,  pasaba las  noches lanzando suspiros. Desde su escondite, al verla pasar, le obsequiaba piropos cada vez más tiernos.

Cuca se preguntaba quién le prodigaba palabras tan bellas y atraída por las galanterías comenzó a sentir curiosidad.

— ¿Acaso no tienes valor para decirme de frente lo que sientes? —preguntó un día,  pero el silencio la  hizo alejarse. Hasta que en la siguiente ocasión él se hinchó y saltó.

— Soy yo, mi reina   —contestó en un arrullo, y haciendo reverencia, repitió las palabras que tantas veces había dicho.

— ¿Por qué no me hablaste de frente? ¡Me has cautivado!

La miró con los ojos desorbitados  en los que se reflejaba el correr de las aguas.

— ¿Acaso no te das cuenta por qué?

—No.

—Por mi rostro.

—No me importa el rostro, sino los sentimientos.

Torpemente la ciega rana se acercó al sapo. El croar inundó el río hasta levantar a los pájaros del bosque, que en su aletear desgranaron la noche. Solo un instante bastó, para escuchar el sonido de un beso.

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A Carlos le llamó la atención lo que parecía un gran lagarto que le pasó por delante con rapidez asombrosa. Fue tras él y lo encontró asechando a otro lagarto más pequeño, al que le mostró amenazadoramente los dientes, después brincó sobre este de una manera increíble y lo mordió, a continuación lanzó un chillido, se sacudió varias veces, dio unos cuantos saltos y nuevamente se puso en guardia.

Su próxima víctima fue una lagartija, pero esta vez, cuando finalizó la pelea, no chilló ni se zarandeó, solo se estiró en el suelo y al rato quedó dormido. Al despertarse caminó torpe y lentamente, se encaramó en un árbol y miró al descuido un nido de pájaro. Trató de coger un huevo, sin embargo, cambió de intención al interponerse otra lagartija a la que se comió al instante. Bajó a la tierra y volvió a dormitar.

—¡Qué dormilón es! —dijo Carlos—. Parece que solo hace comer y…

—Dormir, pues te equivocas, también sé hacer juegos de habilidad.

El niño dio un salto parecido al que daba el animal y ya se iba a echar a correr cuando este se le plantó delante y con una destreza increíble hizo todo tipo de cabriolas dejándolo boquiabierto. Una especie de sonrisa afloró a los labios de Carlos, aunque despareció al momento cuando lo vio lanzar por la boca un chorro de agua. El niño trató de correr, pero tenía paralizadas las piernas, como si algo se las estuviera sujetando. Una risa socarrona se oyó y el animal habló:

—Son tan pequeñas las lagartijas que no saciaron mi apetito —y miró con picardía a Carlos que, perplejo, abrió los ojos temiendo que fuera a embestirlo. No obstante, el lagarto con mimo lo invitó a jugar haciendo piruetas como para que también las hiciera.

Aterrado, Carlos intentó de nuevo echarse a correr, pero tampoco lo consiguió y no le quedó más alternativa que quedarse a mirar las contorsiones del lagarto y, al rato, reírse de ellas.

—Ríe, cantaré para ti —y cantó canciones tan lindas que Carlos se distrajo, después quiso que el niño se montara en su lomo espinoso.

—Me pincharía —dijo con desconfianza.

—No. Tócalas, son suaves como cabellos.

Carlos, con manos temblorosas, lo hizo y se percató que era cierto.

—Móntate en mi lomo, te llevaré a pasear.

El niño titubeó, pero impulsado no sabe por qué, se subió y al animal le brotaron unas alas enormes. Salió volando y lo llevó a una pradera donde había un río.

—Báñate en sus aguas, son apacibles, sé que te gusta nadar, te espero aquí —dijo el lagarto y se acomodó en la hierba.

Carlos no vaciló y se arrojó al agua. Nadó un rato hasta que el fantástico animal le dijo que era hora de ir a otro lado y lo transportó hasta la cima de una montaña en la que había pájaros de plumajes hermosos.

—Puedes llevarte el que más te guste, con la condición de que lo cuides siempre.

—¿De verdad?

—Sí, para alimentarlo, tienes que llevarte esas semillas que hay en ese árbol, solo comen de ellas.

—Por mucho que recoja no me alcanzarán.

—Cuando llegues al patio de tu casa, sembrarás algunas de ellas y nacerán árboles que crecerán enseguida.

Carlos recolectó algunas y se las echó al bolsillo, miró a los pájaros y escogió al de llamativo color verde en el cuello, amarillo intenso en el pecho, de cola y alas, azul intenso. Trató de asirlo, pero el pájaro se apartó y lanzó un estridente trino.

—No. Espera que le hable —dijo el lagarto, se le acercó y le susurró algo. El pájaro vino apresuradamente hasta donde estaba el niño y se le posó en el hombro.

—Ahora vamos al río de la risa —y fueron a la ladera de la montaña donde un río reía a carcajadas y Carlos, contagiado por ella, lo hizo también.

—¿Te atreverías a lanzarte en sus aguas y coger un pez color pardusco con una raya azulada en el lomo y algunas verdosas brillantes en las aletas y traérmelo? ¡Necesito tenerlo!

—¿Para qué? ¿Es grande el pez? ¿No me lastimará?

—No hagas preguntas, ya me he convertido en tu amigo, nada malo querré que te suceda. Es pequeño y nada te hará si lo agarras cuando esté distraído; espera un descuido de él. Solo tienes que decir tres palabras para que puedas cogerlo —dijo y se las musitó.

El niño las repitió varias veces pues eran muy enredadas, después se lanzó al agua. Regresó con el pez y se lo entregó, este lo acarició y dijo las mismas tres palabras que le había dicho a Carlos y el pez se esfumó. El lagarto se transformó en un niño de estatura pero con la cara arrugada. Luego le dijo a Carlos:

—Me quitaste el hechizo que ese pez precioso me hizo hace mucho tiempo por haber querido atraparlo. Me dijo que me permitiría poder hablar y que solo si alguien lo cogía diciendo las mismas tres palabras con que me hechizó y lo traía donde yo estaba y también yo las decía, se rompería el encantamiento.

Carlos, sorprendido, retrocedió e intentó huir; el otro niño le dijo que cómo iba a hacerlo si no sabía el camino de regreso. Además, si se había atrevido a ir de paseo en un animal espantoso, cómo era posible que ahora que era una persona como él, le temiera.

Carlos razonó y se quedó quieto, luego dijo:

—Es que han pasado cosas tan increíbles y en tan poco tiempo que me asusté. ¿Cómo te llamas? ¿Cuántos años tienes?

—Arnaldo. Ya he perdido la cuenta de los años que tengo, debe ser más de cien.

—Tienes estatura de niño, aunque por la edad, y el rostro ya eres un anciano. En todo ese tiempo, ¿permaneciste en silencio? ¿Dónde vives?

—Los viejos nos vamos encogiendo. ¿Acaso no lo sabes? Antes conversaba con una persona, se hizo anciano y dejó de venir por aquí —aclaró y caminó torpemente—. Ahora que me hiciste esa pregunta, recuerdo lo que me dijo la última vez que lo vi, habló de unos parientes, a lo mejor se fue a vivir con ellos y por eso no volvió. Vivo muy lejos, para poder regresar con los míos debes zambullirte en el agua nuevamente y atrapar otro pez pardo con unas manchas amarillas, se diferencia de los demás de ese mismo color porque tiene una mancha más grande que los otros en la cabeza, dile que Arnaldo te mandó a buscarlo, después suéltalo.

— ¿Y cómo regreso yo para mi casa?

—Luego te lo diré, ahora anda por el pez.

Carlos se zambulló en el agua y vio al pez y cuando le dijo que Arnaldo lo había mandado a buscar, titubeó, pero luego salió a la superficie.

—Arnaldo, ¿quién te ayudó a quitarte el hechizo?

—Luego te cuento. Donde está Carlos…

— ¿Quién es Carlos?

—Con quien te mandé a buscar.

—Lo dejé allí mirando a otros peces…

—Ve a buscarlo no vaya a ser…

—Es cierto, puede que le hagan daño —y enseguida se marchó. Al rato regresó con el niño.

—Arnaldo, ¿quieres que te lleve a casa? —le preguntó el pez.

—Sí, pero primero llevarás a mi amigo Carlos —se acercó al niño y le agradeció su valentía. Luego le dijo que cuando quisiera encontrarlo, solo tenía que pedírselo al pájaro que había escogido y él lo llevaría hasta él pues podía aumentar de tamaño. Le contó de su amigo, el pez, que a veces se convertía en pájaro y que fue quien le había enseñado esos lugares y dado el don de hablar con los pájaros y a adiestrarlos.

El pez lanzó una carcajada, pero luego les dijo que debían irse antes de que el otro pez hechicero, que también a veces se convertía en pájaro, llegara, y le pidió a Carlos que se subiera encima de él con el otro pájaro. Así lo hizo el niño y el pez se convirtió en un hermoso pájaro, alzó el vuelo y en el trayecto le fue contando a Carlos cómo conoció a Arnaldo y del otro pez que gustaba de hacer maldades a los niños.

Cuando Carlos llegó cerca de su casa, el pez-pájaro le pidió que sembrara enseguida las semillas, que cuidara del pájaro, que este lo ayudaría si se encontraba en aprietos y se marchó. El niño con el pájaro a cuestas llegó al patio de su casa y sembró las semillas. Al momento, vio cómo surgían retoños que poco a poco fueron creciendo. El pájaro le pidió al niño que no lo enjaulara, pues nunca se iría de su lado.

Sorprendido una vez más, lo acarició y lo dejó libre. Entró a su casa, les mostró a sus padres el pájaro y señaló a las plantas y les relató. Estos no se asombraron, dijeron que ya un anciano les había contado que conocía a un lagarto que estaba embrujado desde hacía tiempo y que conocía el lenguaje de los pájaros.

—Se llama Arnaldo y ya no es un lagarto, es un anciano, por eso su andar es lento —dijo Carlos.

—Sí, un anciano con porte de niño. ¡Fue embrujado hace tanto tiempo! —dijo la madre y lo acarició.

Carlos pensó:

“Y yo que pensé que no me iban a creer”.

Luego el niño corrió al patio a jugar con su pájaro y se maravilló al oírlo hablar con tanta fluidez. Miró a los árboles que ya comenzaban a brotarles las vainas de las semillas. Abrió la boca y los ojos tan grandes que el pájaro entre risas le dijo:

— ¡Cuidado, que por la boca puede entrarte el pez hechicero!

Carlos cerró la boca y hasta los ojos, lanzó una carcajada y sus padres vinieron a ver de qué se reía. Cuando lo supieron, también rieron del chiste del pájaro

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