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Archive for 17 agosto 2013

 olinguito

Estimados amigos, este es un mensaje ultra secreto que la Hermandad de la Fauna Terrestre envió al Olinguito, ese pequeño y encantador mamífero carnívoro que acaba de sufrir el infortunio de ser “descubierto” formalmente por el Hombre. Léelo cuidadosamente, porque en algún momento indeterminado se auto destruirá para seguridad de los abajo firmantes:

“Querido amigo Olinguito, te escribimos para decirte lo mucho que lamentamos que el secreto de tu existencia haya sido revelado. Tú lo sabes, hicimos lo imposible para que tu vida siguiera siendo ignorada por nuestro enemigo más peligroso, el Hombre, único animal de la Tierra que ha dedicado todos sus esfuerzos a arrebatarnos no sólo nuestros hábitats ancestrales sino también, la vida.

Para no ser tan pesimistas, nos gustaría, antes que nada,  felicitarte por haber mantenido tu anonimato por milenios, pocos pueden decir algo así y no seremos nosotros los que les traicionemos exponiéndoles ante los falsos dueños del planeta. Es cierto que te ayudaron tu pequeñez, tu carácter tranquilo y  la desconfianza natural de los carnívoros, pero no es menos cierto que esos mismos atributos los tenían el Tilacino y el Demonio de Tasmania y  el primero ni siquiera tuvo tiempo para desplegarlos antes de extinguirse mientras que el segundo da una dura pelea por evitar su desaparición.

Hasta el último momento, querido Olinguito, dudamos si darte o no la mala noticia. El Elefante,  el Tigre, el Cheetah y el Rinoceronte eran partidarios de mantenerte en un estado de inocente y feliz  ignorancia, pero otros de temperamento más meditativo, como el Panda, insistieron en que debías saberlo lo antes posible para que tomaras las medidas de protección necesaria. No  podemos seguir ocultándote la verdad: hoy, en todos los medios de prensa  del planeta,  los zoólogos  han comunicado que eres el mamífero carnívoro de más reciente descubrimiento. Para que negarlo, todos lloramos al saberlo.

En menos de veinticuatro horas dejamos de envidiarte, repentinamente estabas tan expuesto al peligro como todos nosotros. Te lo advertimos: nunca volverás a dormir tranquilo y es casi seguro que ya algunos asesinos más fanáticos ya deben haber salido a buscarte. Podemos imaginarlos cuando regresen con tu bella piel listada, jactándose de  ser los primeros en haberte cazado. Peor, no faltarán los que te estarán siguiendo la pista para ponerte a la venta en el mercado de mascotas exóticas, por desgracia, siempre hay alguien lo bastante malvado o estúpido y con el dinero suficiente para querer meterte en una jaula a esperar la muerte. A veces, casi parece preferible que nos maten de una vez…pero eso de morir de a poco, viendo un pedacito de cielo en un rectángulo enrejado es algo que no le deseamos a nadie.

Olinguito, amigo, mide tus pasos, corre a refugiarte en lo más profundo de la selva, protege a tus crías, reprodúcete con verdadera y real pasión, ni te imaginas lo que se te viene encima: los zoológicos japoneses, los pet shop norteamericanos, los gourmands de ojos rasgados, los amantes de los abrigos de piel, los buscadores de afrodisíacos,  los experimentadores de laboratorio. En fin, el Hombre, qué más podemos decir.

Porque, con esa sola palabra basta para que nuestras crías tiemblen en sus madrigueras, para que nuestras madres duerman con un ojo mientras vigilan con el otro, para que los más grandes y feroces animales se sientan indefensos como bebitos. El Hombre, si hubiéramos podido imaginar lo que se traía entre manos puedes estar seguro que nuestra actitud con él hubiese sido otra. ¡Cuántas veces les reprochamos a los grandes carnívoros que se ensañasen con ellos! ¡Mucho mejor hubiera sido haberles dicho “Buen provecho” y habernos ido a dormir tranquilos!

Tus amigos del Consejo de la Fauna Terrestre”

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 el-condor-pasa

 

Nunca faltan las voces malintencionadas que se esfuerzan por manchar la figura del Cóndor:

-¿Por qué llamarlo cóndor –cuestionan? Si no es otra cosa que un buitre, un carroñero más?

¡Cómo si la delicada labor de un animal carroñero no fuese tan necesaria para nuestra Naturaleza maltratada! El Cóndor, siempre orgulloso y amante del silencio de los desfiladeros andinos, continúa sus evoluciones aéreas sin prestar atención a estos comentarios tan venenosos como insignificantes.

-Al menos –se dicen los cóndores mientras ejecutan su majestuoso vuelo-,  hubo alguno que reconoció el valor de nuestra presencia y nos coronó junto al Huemul!

-¿Qué suerte,  no? Muchos se oponían a que fuéramos el símbolo de esta tierra –retrucan otros.

Y a continuación, melancólicos, hacen memoria de aquellos buenos tiempos en que todavía era posible disfrutar la sabrosa carne de un huemul sin que nadie pusiese el grito en el cielo. ¡Cada día son más escasas las presas, no queda más remedio que conformarse con los duros conejos silvestres o la desabrida carne de una vaca o una oveja desbarrancada!

-¡Quién pudiera picotear un pudú jugoso, salpicado de aquellos deliciosos gusanos que tan bien lo sazonan! – razonan mientras observan los valles desde las alturas de su patrullaje diario.

Tristemente  reflexionan los cóndores sobre  el tiempo perdido. Se duelen de la presencia invasiva del hombre, que cada día trepa más arriba obligando a pumas, zorros, roedores y aves de rapiña a refugiarse en lo más alto de la Cordillera.

Porque antes, cuando la tierra era joven e inocente, los Cóndores, majestades de los aires, volaban sobre toda la franja que se asoma al Pacífico. La luz de cada amanecer los sorprendía en sus grandes nidos y  los empujaba de inmediato a surcar el cielo. Iban de norte a sur, de este a oeste, respirando el aire helado de Los Andes y disfrutando el frufrú de sus alas  henchidas por el viento. No dejaban de observar hasta que de algún lugar de la campiña llegaba el aroma penetrante de la carne descomponiéndose, sólo entonces, avisados ya todos los componentes de la bandada, se acercaban rasgando el viento con un silbido a llenarse la barriga hasta que, de tan pesados, no podían emprender el regreso. No les quedaba entonces sino dormitar con la cabeza oculta bajo sus grandes alas mientras hacían la digestión.

Pero, poco a poco, las  imágenes que se imprimían en sus agudos ojos fueron cambiando. Los hombres cultivaban la tierra y poblaban los campos con nuevas bestias ajenas al entorno. Los primeros caminos que se dibujaron sobre la tierra eran ásperos e intrincados y las carretas quedaban atrapadas en el barro después de las lluvias, las luces que se encendían eran débiles y titilaban delatando la presencia de las casas de adobe, pero, casi sin que ellos se dieran cuenta, el paisaje comenzó a cambiar.

Un día, un cóndor divisó una mancha que olía diferente: tenía la marca del hombre. Cuando bajaron a comer el extraño animal que yacía sobre la tierra lo hicieron desconfiados, temerosos. Sin embargo, aquello que los hombres llamaban “res” llenó la panza de muchos animales y después de que el Puma comiese hasta hartarse siguieron los culpeos y los cóndores y no pararon hasta dejar los huesos limpios. Todos los animales libres supieron entonces que el hombre tenía algo bueno: podía proporcionar comida, y no hay nada más importante que la comida para la vida de aquellos que están a la buena de Dios.

Muchos soles desaparecieron tras el horizonte hasta que un día el Cóndor vio a los hombres elevando torres a través de los campos. Los observó divertido, vaya qué trabajo se daban esos hombres. ¿Para qué construir torres si ya existían árboles tan altos por todo el valle?

Con el correr del tiempo las torres, que estaban unidas una a otra con pesados cables de cobre, abarcaron todo lo largo y ancho de la comarca y comenzaron a trepar por los taludes cordilleranos. Sin embargo, para ellos la presencia de las torres no tenía relación con el hecho de que las casas se iluminaran brillantemente y mucho menos con los nuevos caminos, que como cintas grises, eran recorridos velozmente por extraños vehículos.

Para entonces, la mayor parte de los animales se había replegado lejos de la presencia del hombre. Algunos, no pocos, fueron menguando hasta que no se les volvió a ver más. Ningún cóndor supo qué había pasado con ellos. Ahora a cualquiera le resultaba difícil encontrarse con los antiguos habitantes de la tierra y hasta al mismo cóndor le costaba divisarlos desde la privilegiada posición de sus patrullajes celestes.

Los cóndores podían ver claramente el cansancio de la tierra. Los hombres desviaban ríos, encerraban las aguas con altas murallas de concreto, abrían la tierra con enormes máquinas y arrancaban de ella todo lo que tuviera algún valor dejando tras sí un reguero de escoria y desechos y la tierra arrasada. Aquí y allá se levantaban las viviendas en que habitaban y no lejos de ellas se amontonaban los  basurales que producían sus moradores.

Una triste mañana de invierno, fría y gris, el cóndor despertó en su nido de la montaña. Estiró perezosamente las poderosas alas, revolvió la cabeza calva en su cuello de albo y suave plumaje y finalmente se incorporó sobre sus patas. Una ráfaga de viento lo azotó sin piedad, el cóndor pensó que era una mañana perfecta para alzar el vuelo y así pensando se arrojó en las corrientes de aire que se perdían en los desfiladeros de Los Andes. Primero planeó en círculos -¡cómo le gusta al cóndor planear en círculos! -, después enfiló hacia el valle de la gran ciudad.

La ruta estaba cruzada por largas columnas de humo tóxico que el cóndor evitó cuidadosamente y  aunque desde esas alturas el cóndor no podía escuchar el rugido proveniente de las carreteras estaba claro para él que todo allá abajo era agitación y prisas.

Pero ¿dónde estaba la ciudad? ¡Todo había desaparecido como borrado por una mano colosal! En el lugar donde se levantaba la ciudad había ahora una niebla oscura y sucia que no dejaba ver nada, ni siquiera a la poderosa vista de un cóndor. El cóndor  penetró en la nube y mientras respiraba sintió el cansancio que esa nube espesa y sucia producía en sus pulmones.  Aterrado, aleteó con fuerza  para arrancar de esa masa monstruosa. Se alejó sin mirar atrás hacia su nido en la montaña.

Esa tarde, mientras la luz se esfumaba lentamente, descansando en su nido, el cóndor supo que nunca más un cóndor querría volver a las tierras bajas. ¡Ya no había allí nada digno de verse ni de ser  disfrutado por un cóndor, hasta el aire mismo lo habían cambiado por esa mezcla extraña,  sucia y desagradable!

Por un momento, antes de cerrar los ojos, el cóndor pensó que le gustaría haber sido capaz de soñar para recordar en sueños la tierra tal como había sido, pensamiento que fue descartado por la razón de que los cóndores nunca podrán soñar.

Pero antes de dormir recordó al hombre que vivía en esas casas apiñadas, respirando ese aire sucio, atrapado entre el estruendo de las carreteras y la urgencia de la vida diaria y por un instante apenas se compadeció de él. Arrepentido, desechó ese pensamiento que lo traicionaba.  ¡El hombre, por ningún motivo, merecía la compasión, después de todo, la culpa del desastre era toda suya!

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