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Archive for 30 junio 2009

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Mi tatara tatarabuela

Horneaba pan en Italia,

Almidonaba camisas,

Perfumaba las toallas.

Mi tatarabuelo recogió el ancla

De su flamante balandra,

Dio la vuelta al Cabo de Hornos

Y se estableció en Pisagua.

Por otro lado, mi bisabuelo,

Vistió de huaso y segó trigo.

Montó a caballo, tuvo diez hijos

Y se murió sin pedir permiso.

Su mujer, mi bisabuela,

Hacía empanadas, tejía calcetas.

Tenía un chivo consentido

Que no hay cosa que no se haya comido.

Otro más vino en un barco

De grandes velas desplegadas

Al viento de los sietes mares

Que de su Inglaterra lo alejaban.

Otra lejana pariente

Del bisabuelo paterno

Vino desde el Ecuador

En un carguero a vapor.

De todos ellos yo guardo

Un detalle, algún recuerdo,

Pecas, ojos o el cabello,

O un poco de tinte negro.

Los hombres somos así,

Tan mezclados como el viento,

Cuando éste llega silbando

Sobre los techos del puerto

Yo me asomo a la ventana

Y todas sus voces siento.

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Mi abuelita guarda

sueños en conserva

y muchos secretos

en una despensa.

Va por la cocina

batiendo una torta

y dibuja nubes

de merengue y moca.

Prepara un jarabe

de menta y frambuesas

que todo el verano

perfuma la mesa.

En días de lluvia

endulza las penas

haciendo galletas

de miel y canela.

Tiene una cuchara

mágica y voladora

que avisa a los niños

¡ a comer ahora!

Abuelita linda

yo quiero saber

que secreto guardas

en tu pan de miel.

¿ Y qué historias lejanas

llegan hasta tu mesa

cuando sonríes tan dulce

mientras los años te dejan?

Bernardita Hurtado Low

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Cada vez estamos más  cerca del desenlace de  La Sociedad del Diamante Secreto, este lunes, un nuevo capítulo. No te lo pierdas.  Y disfruta también con un nuevo poema.  Ah, lo olvidaba, para el próximo viernes nuevo zoocuento:

“Por qué los cormoranes comen guijarros”  ¿Curioso, no? Pero cierto, los cormoranes comen guijarros y ya vas a saber por qué…y te vas a reír  cuando lo sepas.

Les cuento un detalle curioso: las estrellas de los zoocuentos han resultado ser, era que no, ¡los osos panda!

Todo el mundo quiere saber por qué sólo comen bambú. Algo tendrá, digo yo. 

Nos vemos.

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pangolinHace mucho, mucho tiempo, los pangolines  eran uno  de los animales más recientemente aceptados en el Club de los Mamíferos y, como la mayor parte de ellos, estaba cubierto de una  tupida pelambrera. Aunque no faltaban  los enemigos naturales que lo consideraban un exquisito bocado, su vida era tranquila y abundaban en bosques y llanuras,   porque nadie los consideraba  extraños ni los había declarado  como medicina exótica.

Por eso mismo, sus vidas eran largas y celebraban sus cumpleaños por todo lo alto.  Pang, nuestro protagonista, esperaba el suyo ansioso porque mamá Angie le había prometido  un banquete y  muchos regalos.

Y así ocurrió, sólo que esta vez, entre los regalos había uno que habría de trastornar su vida, se trataba de un libro bellamente ilustrado: El Amadís de Gaula.

Leerlo y amarlo, todo fue uno.  Pang  salió corriendo de la madriguera a contarle a la familia  de ese  gallardo caballero, el Amadís de Gaula, que salvaba damiselas en peligro, aporreaba malvados y vestía una  armadura de última generación, con cota de malla incluida,  espada, casco, escudo  y lanza.

Pang resultó un buen cuenta cuentos y su  entusiasmó  desató el fanatismo por los caballeros andantes, primero en su familia, luego en los clanes vecinos y finalmente en toda la pangolinada mundial. Desde Benin a Senegal, desde Gambia al Indostán, todos los pangolines  se desvivían por las aventuras de los caballeros y soñaban con  salir en busca del Santo Grial.

Pang y sus hermanos, primos y amigos cercanos eran los fanáticos más admirados  por sus congéneres.  Apenas abrían los ojos  perdían una mañana  poniéndose gel en el pelo hasta  que lucía como una armadura y salían a  pasearse con  sus lanzas y escudos  delante de las chicas bonitas, que  pestañeaban románticamente mientras dejaban caer sus pañuelos  perfumados.  

La vida  transcurría pacíficamente  hasta que  se  corrió el rumor de que los pangolines se estaban convirtiendo en una presa fácil, lenta y empaquetada, a la que no era difícil atrapar,  pero a la que costaba un mundo  hincarle el diente a causa de tanto gel  que usaban para peinarse, pero sabían muy bien.

En la selva, un rumor basta para acabar con la tranquilidad de una especie.  Pronto, casi todos los predadores andaban a la caza de esos pangolines peinados, que  prácticamente no podían correr y  tenían tan buen sabor.

La pangolinada estaba en pánico. ¿Cómo era posible que no tuvieran ningún respeto por los pangolines andantes? ¿Es que nadie estaba enterado de la cantidad de bellas damiselas  pangolinas que debian su  vida a tan gentiles caballeros?

Los pangolines no se darían por vencidos tan fácilmente, mientras los mayores  meditaban en la mejor manera de  darle flexibilidad  al gel  endurecedor, los jóvenes se dedicaron a practicar con sus lanzas y espadas. Aunque algunos perderían su vida, nadie les arrebataría  su calidad de caballeros.

Casualmente, en mitad del debate atinó a pasar por allí un ángel de la guarda que regresaba de sus vacaciones en  el  Senegal y se puso a escucharlos.   Se    trataba de un ángel muy comprensivo de manera que, conmovido por la situación, interrumpió al orador,  para proponer  lo siguiente:

-Queridos amigos pangolines, el entusiasmo que sienten por la literatura es  cosa admirable, pero deben saber que los amadises ya causaron mucho daño entre sus lectores y  se ha sabido de alguno que anduvo  a la caza de molinos de viento creyéndolos gigantes…

Cuando los pangolines lo escucharon montaron en cólera y no lo dejaron  terminar. ¡Qué se creía este desconocido, con qué derecho  atacaba sus libros favoritos y principal motivo de inspiración!

Sin  escuchar sus explicaciones lo echaron fuera y  continuaron  la discusión a puertas cerradas.

Preocupado, el ángel de la guarda regresó al cielo y apenas se encontró con  El Creador, le puso al tanto del problema. Para su sorpresa, al Creador no le pareció preocupante, es más, estaba encantado de que esos pequeños mamíferos trepadores, que vivían en  madrigueras,  fueran  el último sostén del romanticismo y la caballería.

Inmediatamente, tomó las medidas pertinentes para que  el pelo de los pangolines se convirtiera en una armadura a base de escamas coriáceas. Junto con el decreto de Autorización de Cambio Físico, les  envió sus ejemplares favoritos  de la Gran Biblioteca del Caballero Andante.

Ambos regalos fueron recibidos en éxtasis por los pangolines de todo el mundo. Desde entonces, han abandonado espadas y  lanzas, pero es casi seguro que si te invitan a su madriguera encontrarás allí  una linda colección de aventuras de los pangolines andantes,  en papel couché y con ilustraciones a todo color.

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Pese a formar una hermosa armadura, las escamas del Pangolin han contribuido directamente a la caza de este bello animal, ya que el hombre las utiliza en la elaboración de medicinas para curar hechizos y conjuros según la creencia popular.  Para mayor información acerca del Pangolin, visita los siguientes sitios:

African Wildlife Foundation

Wikipedia

 

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Recuerden, mañana mismo ya llega  un nuevo zoo cuento para reír el fin de semana. 

 Por qué los pangolines tienen escamas

A ver si ustedes lo saben, y la próxima semana, para que vayan pensándolo

Por qué los cormoranes comen guijarros

y quién sabe que otras novedades de este curioso mundo animal. Nos vemos

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Una aventura a la medida de Rena

3065774685_d8946652d3_oRena es la regalona de Ani y Pepe. Ellos la quieren, la visten y cuidan; la acuestan cuando tiene sueño y la sientan en el sillón recién retapizado cuando quiere tomar un poco de sol y mirar por la ventana.

Rena también quiere a Ani y Pepe, por eso se pone un poco triste cada mañana que ellos salen de casa para ir a trabajar. Ella se queda tranquila, durmiendo sobre la cama, bien tapadita, con su cabeza apoyada sobre su cojín favorito, el verde con dibujos, y sus suaves cornamentas bien peinadas y estiradas por las manos de Ani.

Cada vez que se cierra la puerta del departamento, Rena escucha el “pórtate bien” de Pepe y sonríe pensando en lo feliz que es con el hogar que los tres comparten.

Sin embargo, pasar parte del día sola no la emociona. En las mañanas intenta ver televisión, pero los programas no están pensados en una pequeña Rena, ella poco entiende de los comentarios de la prensa y las copuchas. Preferiría saber qué sucede con los otros renos que habitan el mundo o ver qué están haciendo Ani y Pepe fuera de casa en eso que ellos llaman trabajo.

A veces pasa un rato en el notebook de Ani, jugando solitario o viendo las fotos digitales que sus padres adoptivos han acumulado y que los muestran de vacaciones, en fiestas familiares y tardes de picnic. Esa sí que es diversión y no los días que Rena debe esperar a que Ani y Pepe regresen del trabajo.

Por eso un día martes simplemente Rena se aburrió de esperar. Ani y Pepe no lo saben, pero los renos no suelen esperar eternamente, no son de esos animalitos de peluche que se quedan de brazos cruzados. Tarde o temprano –y más temprano en el caso de Rena- la aventura los llama.

En este caso la aventura era descubrir qué cosa tan importante era lo que mantenía a Ani y Pepe fuera de casa. El plan original de Rena era esconderse en el bolso de Ani, pero los planes no siempre resultan como uno espera. Esa mañana Ani llevaba dos bolsos, una cartera más pequeña que había usado toda la semana anterior y un bolso grande y lleno de ropa y fue en ese bolso que Rena prefirió meterse, porque iba a estar más cómoda y sus cornamentas no se saldrían por los lados de la cartera.

Ani tomó los dos bolsos y los metió al auto. El viaje fue relativamente corto, lo que sorprendió a Rena. Siempre pensó que si salían de casa, viajaban muy lejos. El problema fue que Ani se bajó con el bolso grande, entró en una tienda y dejó el bolso ahí luego de hablar con la encargada. Rena no entendía mucho, unos calcetines se le habían colgado de sus orejas, lo que le dificultaba escuchar. Le costó trabajo abrirse paso a través de la ropa, pero cuando lo hizo y deslizó el cierre, se dio cuenta de que Ani no estaba y que en su lugar había una mujer mayor que nunca había visto. Rena pensó que Ani había regalado toda esa ropa a la señora mayor, lo que era un poco extraño, porque le parecía haber visto el pantalón favorito de Pepe. No quiso perder más tiempo, ya que temía que no podría ver hacia dónde iba Ani, así que saltó del bolso y corrió hacia la puerta del local, la empujó con fuerza y salió a la calle justo para ver el auto de Ani perderse en la esquina.

Si Rena hubiera escuchado en vez de adornar sus orejas con calcetines usados, se habría dado cuenta de que estaba en una lavandería y sabría que Ani volvería esa misma tarde a buscar la ropa para llevarla a casa. Le habría bastado esperar junto al bolso, incluso podría haber ayudado a doblar la ropa. En vez de eso, llegó corriendo a la esquina y no vio por ningún lado el auto de Ani.

Qué puede hacer una Rena sola en la calle, sin conocer a nadie. Eso era lo mismo que se preguntaba Rena con sus cornamentas caídas, por la tristeza de haberse separado de Ani. Si tan solo se hubiera quedado calientita en casa, durmiendo hasta tarde y sin pasar ningún peligro… Rena estaba dado rienda suelta a sus pensamientos, cuando pasó junto a ella Pepe en su bicicleta. Pepe se detuvo al verla ahí en la calle. Al principio no entendía nada. Luego de pensarlo un poco, siguió sin entender qué hacía Rena en la esquina de la lavandería. La tomó, la puso dentro de su chaqueta y se la llevó con él al trabajo.

Rena no podía creer su buena suerte. Le gustó eso de andar en bicicleta. Asomaba su nariz redonda por la abertura de la chaqueta de Pepe y dejaba que el viento moviera sus cornamentas. Esto del trabajo le parecía de lo más divertido. Aunque pronto descubrió que se trataba solo de una parte de la historia. Pepe llegó a la oficina al poco rato y escondió bien a Rena para que ninguno de sus compañeros se diera cuenta de que estaba llevando a su monito de peluche al trabajo.

Cuando llegó a su escritorio, se quitó la chaqueta y puso a Rena sobre la mesa, junto a la pantalla del computador y le pidió que se quedara tranquila mientras él trabajaba en sus diseños y llamaba a Ani para ponerla al corriente de las novedades. Pero Rena había estado tranquila por mucho tiempo, y al ver lo bien que había resultado su excursión matutina, ya no sentía deseos de detenerse. Además ahora que sabía a dónde iba Pepe cada mañana, quería familiarizarse bien con el lugar. Así que apenas Pepe le sacó los ojos de encima –solo por un par de segundos para servirse un café-, Rena había bajado de un salto del escritorio y comenzado a recorrer la vieja casona en la que trabajaba Pepe junto a otro grupo de diseñadores, que tomaban café en el escritorio, escuchaban música y reían contándose historias unos a otros. ¿Y esto es trabajar?, se preguntaba Rena. Porque eso era exactamente lo que Pepe hacía en casa, pero con ella y Ani, que ciertamente eran más queridas por Pepe que sus amigos del trabajo.

Aunque la visita había descolocado a Rena, no había sido lo suficiente como para desanimarla. Todo lo contrario. Trabajar le encantó. Aunque no le permitieron probar ni siquiera un sorbo de café –“no es para las pequeñas Renas”, le dijeron-, bailó y tarareó sobre los escritorios y escuchó historias sobre lugares de los que Pepe y Ani jamás le habían hablado y a los cuales tampoco la habían llevado, como el metro, la nieve y el Parque Forestal. Ahora quería ir a todos y ese mismo día si era posible.

A la hora de almuerzo, Pepe llevó a Rena a almorzar con Ani. Se juntaron en un pequeño restorán a medio camino entre sus respectivos trabajos. No fue un largo almuerzo, pero Rena nunca se había sentado en una silla de madera como esa ni visto meseras y meseros llevar comida en bandejas ni llevar cuentas a la mesa. Cuando terminaron, Rena se fue con Ani a su oficina. El lugar no se parecía en nada a la vieja y divertida casona de los diseñadores. Era una oficina grande y moderna, con poco colorido. La pobre Rena no sabía si podía tocar las blancas y pulcras superficies, temía dejar las marcas de sus manos por todas partes y meter a Ani en problemas. Mientras Ani trabajaba muy tranquila en su escritorio –ordenado en vez de sobrecargado como el de Pepe-, dejó que Rena recorriera el piso. Aquí no había música ni historias sobre lugares desconocidos y atractivos. Los compañeros de Ani trabajaban calladitos y descubrió que en la oficina más grande y que siempre tuvo la puerta cerrada, se encontraba el jefe, pero no le vio ni la punta de la nariz.

A Rena le dio pena que Ani tuviera que pasar su día en ese trabajo y pensaba que sería mejor que Ani aprendiera un poco de diseño y se fuera a trabajar con Pepe. Así ella podría ir también y ya no se separarían en las mañanas.

Rena estaba apoyada contra el notebook de Ani, y los ojos se le cerraban solos, cuando Ani comenzó a apagarlo. “Vamos, Rena, es hora de volver a casa”, le dijo. Se levantó y se metió dentro de la cartera de Ani. El día no había tenido tantas aventuras como ella pensaba y no todo lo que conoció le había gustado, pero estaba feliz. Feliz y con un sueño tan grande como el que no había sentido jamás. Eso de las aventuras estaba bien, pero tal vez no todos los días.

Alida Mayne-Nicholls

Periodista y Licenciada en Estética de la Pontificia U. Católica, la autora es miembro de la tripulación del Platillo Volador.

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Bajo la luna de agosto,

Siempre en puntitas de pie,

Es que los ratones bailan

El primer domingo del mes.

Vienen corriendo del campo,

La paja del trigo adherida al chaqué,

Para girar como trompos

De fina madera y acerado pie.

No hay ser vivo en el bosque

Que no quiera ver quinientos ratones

Saltando a la vez.

¡Qué enredo de colas,

Qué felices se ven.

Aunque por la mañana

Del granjero huyendo estén!

Trompetas, fanfarrias, tachún, rataplán,

La Reina Ratona ya está por llegar.

Ya abre camino la Guardia Real,

La ruta, de rosas, van a tapizar.

Miles de luciérnagas van a iluminar

Todos los rincones del gran robledal

Y si tanto baile llegara a sofocar

Otras tantas libélulas sus alas batirán.

Ratones de campo, de bosque, de ciudad,

Vestidos de lana, tafeta o percal.

Ratonas coquetas, matronas obesas

Que buscan las crías bajo de las mesas.

Los grillos arrancan de sus mil violines

Acordes dulcísimos para los querubines

Y sobre las ramas de la gran encina

La orgullosa alondra su garganta afina.

Ya de madrugada todo está despierto

Con tanto redoble, con tanto minueto

Y en cada corola asoma curioso

Su pequeño rostro un nomo enojoso.

Un bostezo disimula la Señora Luna

Ocultando su boca con boa de plumas.

-¡Cómo, ya es tan tarde,

Si aún esta fiesta parece que arde!

Levantando enaguas corren las ratonas

Y ellos sus sombreros de copa abandonan

Sobre las hojillas de la zarzamora,

Las piedras, los hongos y la guaripola.

Y al salir el sol el claro ha  quedado

Como si los hunos hubiesen hollado

La grama y la hierba, la vertiente y el vado.

Y en  la gran encina muy sola han dejado

La áurea corona de Su Majestad

Que cuando la ha visto Zorzal al pasar

Ha dicho riendo:

-¡En el pellejo de esos guardias,  no quisiera estar!

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