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Archive for 24 julio 2013

pavo_real

 

Tal como se lo había dicho a mamá, el lunes siguiente fui a disculparme con las señoritas Pereira de Olivar. Sebastián se ofreció a acompañarme, pero le dije que no, muchas gracias, esto es algo que tengo que hacer sola. Quedamos de vernos más tarde para estudiar juntos, él vendrá a casa,  aún prepara el famoso examen de ingreso al Instituto Nacional.

Sabía  que no iba a ser fácil, pero uno no puede traicionar a sus amigas imaginando de ellas las cosas horrorosas que yo pensé  durante el último par de semanas y hacer como que aquí no ha pasado nada. Tampoco era cosa de llegar al local y decir “bueno, ya, me equivoqué y les pido disculpas”, de manera que averigüé qué bus me servía y fui hasta la parcela de La Reina. La verdad, de día era mucho más linda y había que ser idiota para asustarse. Sí, yo fui esa idiota, qué horror. Llamé por el micrófono y apenas dije mi nombre, la voz de  Penélope saludó y sonó el botón del portero eléctrico que no vimos la noche de la fiesta. Tampoco están tan anticuadas como para no tenerlo.

Fui caminando por unos senderos preciosos, rodeados de rosales floridos, hortensias azules y dalias multicolores. El jardín emanaba mil aromas a cuál más delicioso y los árboles que tanto me aterrorizaran en la fiesta de Halloween estaban llenos de zorzales, tordos, cotorras, chincoles y otros pájaros que ni conozco, todos ellos banquetéandose con los damascos maduros. Ploch, se escuchaba por acá, ploch, por allá y ése era otro damasco que había mordido el polvo. A cada momento me sentía más tonta. ¡Me había portado como una niñita miedosa, qué manera de hacer el ridículo!

Penélope estaba esperándome junto a la piscina.

-¿Trajiste traje de baño? –preguntó.

¡Claro que no, ni se me había pasado por la mente que ellas todavía quisieran invitarme a pasarlo bien en la piscin!.

-No, en realidad, Penélope, yo he venido a pedirles perdón por lo mal que actué hablando todas esas barbaridades de ustedes.

-Querida, no te lo tomes tan a pecho. Nosotras debimos  darnos cuenta que una fiesta de Halloween podía ser terrorífica para una niña de tu edad, además, estuvo lo de las gatitas, que se portaron tan mal. Todo  eso debe haberte causado una impresión tremenda. Si lo miras bien, es culpa nuestra.

Sus grandes ojos amarillos estaban fijos en mí, dulces y apenados a la vez. ¡Era como si fuese a maullar en cualquier instante, triste y coqueta, como Penny!

-Lo que hice fue vergonzoso, Penélope, pero fue sin mala intención. Nunca pensé que Sebastián hablaría con su papá y él, a propósito, también se siente muy mal. La actitud de su papá fue muy decepcionante para él.

-No te preocupes, Toni, entiendo perfectamente; además, durante el fin de semana recibimos algunas noticias de la Galería. Supe que anduviste recorriendo los locales para  poner a esos chismosos en su lugar.

-Mamá dijo que era el colmo del machismo.

-Siempre he sostenido que tu mamá es toda una dama, Toni.

No pude evitarlo y me eché encima de ella, me daba mucha vergüenza y tenía deseos de llorar. Nos quedamos abrazadas largo rato.

-Ya está bien, Toni, vamos a la terraza a ver a las chiquillas –invitó.

Así son mis viejitas Pereira de Olivar, tienen como mil años, pero siguen llamándose entre ellas como si aún tuvieran quince. Me tomó de la mano y rodeamos la casa, junto a la piscina estaban esperándonos Lisístrata y Gertrudis.

-¡Hola, Toni querida, qué bueno qué viniste! –Lisístrata se veía feliz de verme.

-Tanto tiempo sin verte –me reprochó, suavemente, Gertrudis al tiempo que me servía un jugo de frutas- , te habíamos echado de menos.

Para qué voy a pasar una vez más por la humillación de contarles, con lujo de detalle, el lamentable episodio de mi solicitud de perdón. Creo que ellas se sentían tan mal como yo, de manera que hicieron todos los esfuerzos posibles por impedirme hablar, pero no me amilané y les pedí disculpas en todos los tonos posibles.  Después nos pusimos a comer  toda clase de alfajorcitos, tartaletas, mazapanes,  bombones y demases que ellas preparan para esperar la Navidad. Debo haber subido como cien kilos de tanto comer. A cada rato aparecían nuevas exquisiteces y jugos de fruta frescos. Ya estaba empezando a entender como fue que Lisístrata llegó a ganar ese sobrepeso y si no me detenía a tiempo, sí, la idea pasó por mi mente encendiendo todas las alarmas, la próxima obesa mórbida del grupo iba a ser yo, Antonia Gutiérrez.

-No, gracias, no puedo comer una migaja más –rechacé con pesar el helado de pistacho que Gertrudis  me ofrecía.

Me pregunté dónde estarían las mininas. No habían aparecido en todo ese rato. De veras deseaba ver a Penny, sentir su colita serpenteando alrededor de mis piernas.

-¿Y Penny? –pregunté.

-Cuando estamos acá nunca quieren bajarse de los árboles –respondió Penélope. Es una lástima, porque te quieren tanto y después, cuando olfateen que estuviste aquí, estarán apenadas.

-Son las gatitas más adorables del mundo –dije con toda sinceridad. No porque sufrieron un ataque de celos las voy a borrar de mi lista de afectos.

Las tres me devolvieron una sonrisa esplendorosa. Aman tanto a sus gatas que se toman los cumplidos para ellas en forma casi personal.

-Hay algo que necesito saber –les dije-, y es muy importante.

-Pues habla, querida –dijo Penélope mirando a sus hermanas. Gertrudis me lanzó una mirada recelosa.

-¿Van a abrir el local de nuevo o es verdad que han pensado en venderlo?

Se miraron una a otra y se acomodaron en las sillas antes de responder.

-Hubo un momento en que pensamos seriamente en vender –comenzó Lisístrata.

-Pero nos daba mucha rabia que alguien se aprovechara de un mal rato  nuestro para sacarnos del negocio-continuó Gertrudis.

– Y después vino eso de la publicidad –remató Penélope.

-¿Qué publicidad? –pregunté.

-Es que no sabes, Toni, ahora que creen que somos brujas y nos convertimos en gatas, todo el mundo quiere comprar nuestras antigüedades.

-¡Hasta nos ofrecieron ir a un programa de televisión!

-¡Y nos pagarían!

Estaban locas de felicidad. Al fin había llegado su momento. Lisístrata ha pensado en  que necesitan un ropero nuevo y Penélope ha mirado telas finas por internet. Gertrudis no dice nada, pero resulta evidente que no le gusta nada eso de hacerse tan conocida. Desconfía hasta de su sombra, igual que Gertie.

Lo que quedaba de mi visita se nos fue haciendo planes para el verano. Lisístrata insistía en que yo debía ir todas las semanas a bañarme en la piscina, que se gastaba tanto en mantenerla para que nadie se metiera en ella, salvo, claro, en la Fiesta de Halloween.

Todas reímos, qué divertido parecía ahora, a pleno sol, con los pajarillos cantando y un pavo real…sí, no estaba viendo visiones, había un pavo real asomando entre los arriates de flores.

-¡Es un pavo real! –no pude quedarme callada. Estaba asombrada.

-Claro querida, es Mike. Anda ve a verlo, es lo más mansito que hay.

Me puse en pie de un salto y fui hasta él, que no mostró temor alguno. De cerca era aún más lindo, con todos esos maravillosos colores brillantes. Arrastraba su maravillosa cola como si fuera el manto de un rey.

 Penélope vino detrás trayendo migas para él y me las iba pasando para que yo lo alimentara. Se veía de lo más acostumbrado a comer tartaleta de manzana y no perdía nada.

-¿Hace mucho que lo tienen? –pregunté.

-Un par de años, no lo viste el otro día porque a esa hora está durmiendo. Queremos comprar otro, nos parece que se siente un poco solito- aseguró Penélope.

-¿No es extraño que se llame Mike?-pregunté.

-¿Extraño, por qué?

-Es parecido a Miguel –dije.

-Parecido no, es que  a los Migueles se les dice Mike en inglés.

-Eso pensé.

Al menos este Miguel no nos va abandonar –murmuró Penélope con pena.

-Oh, no, no tenga pena, estoy segura de que volverá a buscarla – dije tomándola de la mano.

-¿De veras lo crees, Toni?

-Estoy segura.

Y lo cierto es que de pronto tenía la certeza de que lo que le decía era así. Don Miguel regresaría junto a ella, no precisamente con una capa de plumas de pavo real, pero volvería. Si  lo pienso bien,  sería  mucho mejor  que regrese vestido con algo menos absurdo que la chaqueta de su disfraz de Halloween.

El ave movió su cabeza como dándome la razón. Era realmente encantador. Hasta me dio la misma impresión que a veces me hace sentir Penny: era como si el ave tuviera ganas de decirme algo tan importante que no podía esperar.

Me despedí de las señoritas Pereira de Olivar a medio camino de la puerta de entrada. El sol pegaba fuerte y las pobres hacían esfuerzos para soportarlo entrecerrando los ojos y haciendo visera con la mano para protegerlos. Las  tres se quedaron bajo una  enorme palmera, Penélope con su mano derecha apoyada en el añoso tronco para descansar, disfrutando de la sombra,  cuando di vuelta el recodo del caminillo empedrado.

Ya  había caminado unos cinco metros cuando  recordé el pañuelo de Penélope, lo había tenido desde la fiesta y mamá lo había lavado para que se lo devolviera. Regresé corriendo a buscarlas mientras lo sacaba de mi cartera y  volvía a tomar la curva en sentido inverso.

Y entonces pareció que el mundo había girado en ciento ochenta grados de un solo golpe.

Las señoritas Pereira de Olivar habían desaparecido. O al menos, eso creí. En su lugar, las tres gatas viejas tomaban sombra bajo la palmera, con excepción de Penny, que con las dos patas delanteras apoyadas en el tronco, parecía lista para  subir hasta la copa.

Las gatas maullaron suavemente y se me acercaron coquetas restregándose  junto a mí. Tres segundos, habrían sido unos tres segundos…era imposible que tres viejecillas casi nonagenarias hubieran desaparecido tan rápidamente y las gatas, de dónde habían llegado las gatas. Lisi, gorda floja, se tumbó en el pasto a lavarse con una lengua sonrosada como jamón y Gertie se sentó muy tiesa; de tan flacuchenta parecía figura de porcelana.

-Miaau- era Penny con sus ojos amarillos dedicados a su actividad favorita: hacerme sentir que tiene algo muy importante que decirme. Su colita peluda serpenteó en mis piernas haciéndome cosquillas.

-Hola, preciosa –la acaricié-, por favor, entrégale su pañuelo a Penélope y dile que muchas gracias – acomodé el pañuelo en el collar con unas vueltas para que no se fuera a caer.

Y después, qué vergüenza confesarlo,  me fui corriendo a mil por hora. Hacía  un calor de mil demonios, no corría la más leve brisa, pero a mí un escalofrío me recorría las costillas y llegué hasta la puerta temblando y apenas la traspasé la cerré dando un portazo que debe haber hecho historia en la tranquila calle  reinina.

Sólo entonces se me pasó el miedo, mis rodillas dejaron de temblequear  y pude partir a la carrera hacia el paradero.

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libros

 Leí mi primera Jane Eyre entre los 9 o 10 años y a partir de ese momento  la releí innumerables veces, sin embargo, recién ahora, más de medio siglo después, leo, al fin, la versión completa,  libre de los desperejilamientos a los que  someten los libros algunos editores canallescos. Qué maravilla este alegato sobre la pasión y el amor. Qué generosa Charlotte Brönte mostrándonos además las dificultades de la vida en su época y esa visión tan femenina y feminista a la vez.

Cuando era niña la gente era muy inteligente, en vez de chatarra plástica, regalaba libros, así fui formando mi pequeña biblioteca personal: Salgari, Verne, May Alcott, Karl May, Ruskin, la colección completa de Las travesuras de Naricita, de Monteiro Lobato y siempre allí, presente, el Tesoro de la Juventud. En ese tiempo teníamos en Chile una excelente educación pública, de la cual me reconozco agradecida deudora. Usábamos libros de Lectura como El niño chileno, Los episodios Nacionales. Todavía guardo en mi memoria los poemas que aparecían en ellos. “ Ten un poco de amor para las cosas” , decía Villaespesa, “este era un rey que tenía un rebaño de elefantes” , continuaba Darío. Por las mañanas, mi padre nos sacaba del sueño recitando a voz en cuello “qué linda y fresca la mañanita, me agarra el aire por la nariz…” Darío otra vez.  En la puerta de su casa estaba la niña negra y “ ciudadanos, quién nos une en este instante, quién nos llama? Víctor Dgo. Silva, quién otro.

Continuos traslados de residencia en solitario, vale decir, sin mi familia, me hicieron ir perdiendo una y otra vez mis escasas pertenencias, pero yo tenía una excelente memoria donde mucho de ello quedó refugiado.

El día llegó en que no fue suficiente seguir leyendo, no, la lectura invita a entablar un diálogo con aquellos que tan generosamente nos regalan el producto de su pensamiento. Tomó tiempo, lo reconozco, pero Saramago empezó más tarde aún.

¡Qué puedo decirles? Lean, lean, lean. No podemos pasar por la vida perdiendo ese tesoro inagotable. Allí está la literatura británica completa, una colección de joyas: Dickens, Wilde, Waugh,  Austen, Christie, Barnes, McEwan,  todo Philip Pullman, Jk Rawlins, Susannah Clarke, Tolkien, Lewis. No hay dónde perderse.

Gogol, Chejov,  Dostoyesky, Dumas, Hesse;  me faltaría espacio para recordar  lo que no se pueden perder, y conste que el tiempo vuela. Lean clásicos, son más baratos y no hay dónde perderse. Sólo desconfíen de la prensa, cuando se lee, hay que hacerlo entre líneas, buscando el mensaje subliminal.  Por  mi vida lectora ha pasado de todo, incluso cosas que me prohibieron en su momento sin que  nunca haya  sufrido daño o menoscabo por eso, no hay mejor juez que uno mismo. Yo jamás les prohibí nada a mis 4 hijos, pero puse libros a su alcance.

 Lean de todo: historietas, revistas, novelas, poesía, historia. Homero es una larga sucesión de hechos gloriosos para los antiguos griegos, pero ¡qué prosa arrolladora, cómo envidio esa fuerza vital, esas magníficas construcciones de palabras!

En cuanto a la partitura, eso, del Hombre, es lo que más me hace creer en la existencia de un soplo divino. Si bien fue uno de esos monos desnudo el que empezó haciendo un tam tam en un tronco caído, el que sopló en una caña hueca, lo cierto es que Vivaldi, Haendel, Debussy, Saint Säens, Chopin, Brhams, Beethoven y todos ellos  me hacen pensar seriamente en que la música es lo más parecido a un regalo de Dios. En Chile  todavía sobrevive Radio Beethoven, 96.5 FM. Aprovéchenla,  y también está en internet. Lamento no haber aprendido a tocar un instrumento, cualquiera que no se soplara, no soy persona de soplidos. Mi instrumento era la voz, pero el asma acabó prematuramente con mi registro de soprano. De sólo pensar que hay tanta buena música que no alcanzaré a conocer tengo una sensación de pérdida irreparable.

Mi marido, lector por demás agudo, ha dedicado sus últimos años pre retiro a comprar libros, que en Chile son muy caros y no creo que sea sólo por el IVA. Se acumulan por todas partes, haciendo torrecitas por aquí y por allá, cada vez que acomodo uno dejo otro dando vueltas por allí. Se prepara para cuando la pensión no permita esos lujos de la misma manera que algunos tontos gastan su dinero en construirse  un búnker antiatómico. ¡Quién querría sobrevivir en un mundo arrasado por las bombas! Mejor leer y escuchar buena música. De cualquier tipo, folklore, selecta, progresiva. De todo, pero bueno, en estos asuntos hay que ser algo menos tolerante de lo que estamos siendo.

Unos días atrás tomábamos el té en compañía de nuestras hijas y mi nieto. Tony había estado canturreando “cucú le llamó, cucú le llamó” durante la tarde. Tuve, de pronto, una idea: cantémosle a Tony el Cucú a cuatro voces. Listos, comenzamos. Tony me escuchó empezar, luego se unió su mamá, Alida, sorprendiéndolo;  siguieron Miranda y Allegra, mi marido, Anthony. Sonaba magnífico, pero de pronto a Tony le brillaron los ojos y escondió la cabeza en el pecho de su tía. La emoción había sido demasiada.

Lo dije: la música es lo más cercano a Dios que muestra el Hombre. Y no confundir con la música que se canta en nuestras parroquias, no, please.

Por último, tanto amo los libros que mis hijas menores llevan, lo han visto, nombres relacionados con Shakespeare y Byron. Al haber cometido el error de cargarle mi nombre a la mayor no me quedó más remedio que construir posteriormente ese lazo. Oscura y sudaca, yo también soy literatura.

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galpón

Lo primero que hice al llegar el jueves fue salir corriendo a ver a mis viejitas, pero la realidad me tenía preparada una de esas sorpresas que le encanta darnos cuando hemos metido la pata. ¡El local estaba cerrado en pleno día laboral!

Un letrero garrapateado a mano anunciaba que, por razones de fuerza mayor, permanecería así hasta fecha próxima.

-Las brujas andan de paseo en sus escobas –me gritó el dueño del local vecino-, aprovecha y enciérrate para que no te pase nada.

-Muy gracioso –le enrostré-, debiera ser respetuoso con sus vecinas, que siempre  son tan buenas personas con usted.

-Yo no soy el que anda diciendo que se transforman en gatas –respondió-, pero siempre lo había pensado.

-Porque son unos tontos y unos peladores, no se de dónde puede haber sacado esas tonteras.

-Anda a preguntarle a tu amigo, el hijo del librero –gruñó- de alguna parte tiene que haber sacado todo eso ¿no?

Estaba furiosa con él, estaba enojada con Seba, pero más que nada estaba absolutamente indignada conmigo. ¿Cómo había podido ser tan estúpida? Por  primera vez, no sabía qué hacer. Me fui caminando a lo largo de la Galería hasta que llegué a Antigüedades Leonora Latorre. Sebastián estaba solo, dedicado a ordenar y desempolvar las vitrinas plumero en mano. Ni siquiera lo saludé.

-¿Cómo pudiste hacerme eso? –Pregunté.

No hacía falta que fuera adivino para saber a qué me estaba refiriendo.

-Antonia, perdona, yo sólo estaba preocupado por lo que podía pasarte y le pedí ayuda a mi papá y tú sabes cómo es él, siempre anda molestando conque las viejitas son brujas y se puso a comentarlo con todo el mundo.

-No se cómo es tu papá, pero lo que hizo es muy feo. Yo sólo te conté  cómo lo había pasado y nunca pensé que te lo tomaras en serio. Es más, después de que te lo dije me di cuenta de que eran puras ideas locas mías, soy chica todavía, era la primera vez que pasaba la noche fuera de mi casa y me asusté, eso fue todo.

-Lo siento, sé que metí la pata, me di cuenta al tiro, porque entre todos esos tontos que comentaban y señalaban a las viejitas no faltó el que se hizo el amable y corrió a contarles lo que había pasado. Cerraron temprano, pusieron el letrero y no hablaron con nadie, dicen que van a vender el local y hasta surgieron algunos interesados.

¡Cómo, ya estaban haciendo trizas el mejor negocio de la Galería! Y lo peor de todo es que la culpa era mía y sólo mía, las viejitas me habían dado su amistad y yo la había hecho mil pedazos antes de arrojarla al viento. Una pena negra me invadió y  me di cuenta de que lo único que quería era llorar, pero no podía dejar que Seba me viera y trataba de aguantarme.

-Lo siento –volvió a decir.

Y entonces no pude aguantarme más y me lancé a llorar como si fuera una niñita de cinco años; la vergüenza que sentí fue tan grande que salí corriendo hasta la cafetería.

-Antonia, estás llorando ¿Qué te pasa? –me recibió mamá.

Y entonces le conté lo que no había querido contar la noche anterior. De cómo me había asustado con los acontecimientos de la noche de Halloween y a la vez de como la conversación con Seba me había ayudado a entender que no eran más que niñerías.

-Yo nunca me imaginé que él se lo diría a su papá y que él armaría ese tremendo escándalo –gimoteé.

Lo más sorprendente de todo fue que mamá estuvo totalmente de acuerdo conmigo.

-Bien poca cosa, el caballero. Aprovecharse de unos niños para  correr a las señoritas del local.

-¿Entonces tú me crees, mamá?

-Por supuesto, hija. Nadie podría creer esas cosas de unas damas tan cariñosas y amables como tus amigas. Lo que pasa aquí, disculpa que te lo diga, es que el papá de Seba hizo muy mal, se mostró como un copuchento y un machista. Hace tiempo que se sabía que él quería el local de las viejitas, que es mucho mejor que el suyo y está en una ubicación estupenda.

-¿Tú crees que Seba lo hizo adrede, mamá?

-No, hija, de ninguna manera, fue su padre quién se aprovechó de la amistad que ustedes se tienen, lo que es muy feo. Pero ahora tenemos que solucionar esto y me temo que vas a tener que ser responsable y enfrentar las cosas como una niña grande. En todo caso, no te voy a dejar sola. Yo te acompañaré, porque vamos a ir a ver al papá de Sebastián y después a todos esos chismosos de la Galería, empezando con el vecino de las viejitas, qué hombre más falso. Yo creí que era realmente su amigo.

Mamá es súper. Primero me acompañó a poner en su lugar al papá de Sebastián; muy diplomáticamente para no dañar nuestra amistad, y después me llevó local por local para que los locatarios escucharan de mis propios labios la verdad del asunto. Al último que vimos fue al vecino de mis amigas, quién terminó disculpándose en todos los tonos posibles y rogando que no le fuera a contar a ellas que había sido capaz de creer en esas tonterías.

-No se lo merece –le dije-, pero no les contaré para que no tengan la pena de saber que uno de sus amigos queridos es más falso que Judas.

Ya estábamos por cerrar la cafetería cuando llegó Sebastián.

-Supe todo –me dijo-, mi papá está enojado conmigo, pero en el fondo yo creo que se arrepintió de lo que hizo. Y yo quería pedirte otra vez que me perdones, fui un tonto, pero te prometo, Antonia, lo hice porque estaba preocupado por ti, de veras. Nunca me imaginé que mi papá fuera a hacer ese escándalo.

-¿Por qué no van a dar una vuelta y conversan  con calma? –Ofreció mamá- Yo los invito un helado.

Caminamos largo rato, llegamos hasta una plaza cercana y nos sentamos tomando un helado doble; ya saben, a mí me encantan el pistacho y los berries. Seba me contó que en dos semanas da el examen para el  Instituto Nacional y que está tranquilo, se siente bien preparado.

-De todas maneras voy a seguir repasando. Creo que tengo posibilidades de quedar, pero ahí tendré que seguir siendo el mejor del curso, o al menos uno de ellos, cuando termine necesitaré postular a una beca para ir a la Facultad de Medicina y no es fácil ganarlas. Mi  padre nunca podría pagarme la universidad.

Lo entiendo perfectamente, porque lo mismo me sucederá algún día a mí. Y yo quiero sí o sí llegar a la Universidad. Aunque ahora ya las cosas no son tan urgentes, no creo que vaya a ser necesario cumplir dieciocho para que mamá me deje salir sola alguna vez,  mamá ha ido cambiando y tiene más confianza en mí; se ha dado cuenta de que necesito tener amigos y la verdad ahora que conocí a Seba me gustaría también tener otras amigas, no sólo mis viejitas.

¡Mis viejitas, me había olvidado totalmente de ellas! Ahora que hice lo que debía en la Galería falta lo principal: ir con ellas, contarles y pedirles perdón por los malos ratos que les he causado. Y, como dice mamá, eso va a tener que ser hecho con la responsabilidad de una chica grande: solita y ¡ya!

Pero llegó el viernes, pasó el sábado y el local de mis amigas continuaba cerrado. El teléfono de la parcela no respondía mis llamadas y cada vez iba sintiendo más pesado el propósito que me había hecho. Debe ser porque todavía soy un poco chica, espero. No quiero fracasar en esto, no puedo fracasar en esto. Tendrá que ser el tiempo el  que se encargue de separarme de mis amigas, nunca, jamás, mi tontería. Una vez más marqué su número y el teléfono respondió como siempre.

Pipipipipipipipipi….

-Vas a tener que ir allá, Antonia –era mamá-, papá te puede llevar el domingo.

-Es que quiero ir sola, mamá.

-Pero si tú nunca has andado en bus sola, hija.

-Bien, ¿no crees que ya va siendo hora de hacerlo, mamá? Si no, nunca voy a poder irme al colegio sola,  y el día de mañana, cuando tenga que ir a la universidad, no me va a gustar para nada que tú me acompañes para que no me pierda. ¡Imagínate el tremendo ridículo que iba a hacer, sería el hazmerreír de todos!  Hay momentos en que uno debe hacer cosas por su cuenta y ese momento ha llegado para mí.

Me miró muy seria, como si me viera por primera vez.

-Sabes, Antonia, estoy muy orgullosa de ti.

-Gracias mamá. Eso es lo que quiero, y te agradezco que me lo hayas dicho.

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