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Archive for the ‘Autores invitados’ Category

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De improviso una fuerte corriente perturbó las dóciles aguas del río en donde se bañaba Ignacio. Su grito de pánico se confundió con ellas. Sus amigos, que estaban un poco lejos, no lo escucharon. En seguida fue arrastrado unos cuantos metros sin que pudiera asirse a nada. Casualmente, las lianas de un árbol, se mecieron por el viento y estuvieron al alcance de sus manos. Con agilidad asombrosa se aferró a ellas y, haciendo esfuerzos enormes, pudo alcanzar la orilla.

Ignacio miró con espanto las aguas furiosas y se dijo que había tenido suerte de haber podido agarrarse a las lianas. Subió lentamente por la orilla, pero, a veces miraba espantado hacia el río. Pensó que debía haber llovido mucho en la parte alta para que las aguas se deslizaran tan enfangadas y violentas. Advirtió cómo a su alrededor los rayos del sol bañaban las plantas y estaba el ambiente tan normal, que, asombrado, le pareció todo lo sucedido muy incomprensible. Siguió caminando y pensó que sus amigos estarían inquietos buscándolo. Al fin los escuchó echándoles voces.

—Aquí estoy —les respondió y caminó en dirección a ellos.

— ¡Ignacio, cómo te hemos buscado; pensábamos que te habías ahogado! —dijo casi llorando Alberto, y Noel lo abrazó con tanta fuerza que creyó que lo ahogaría.

—Nosotros estábamos entretenidos mirando un nido de zorzal —dijo Ignacio y se quedó pensativo, luego añadió— las aguas estaban tan tranquilas que no pudimos imaginar que…

—Fue todo tan inesperado, la naturaleza es tan…

—Impredecible, como dice mi mamá —completó Noel.

Y los tres se quedaron mirando asustados las frenéticas aguas, sin saber la manera de pasar a la otra orilla.

Un pez saltó en el agua, no era como otro cualquiera: en vez de aletas tenía alas, ¡pero qué alas tan preciosas! Y el pez les habló.

—Los llevaré a la otra margen del río. Súbanse en mi lomo. No se entretengan revisando mis ale… digo, mis alas, pues podrían caerse.

Los niños se miraron perplejos. Sin embargo, un aguacero espontáneo los hizo decidirse a trepar al pez, el cual los trasladó en seguida a la orilla opuesta. En cuanto se bajaron de este, una nube lo alzó y, cuando estuvo a cierta altura, desplegó completamente sus alas y los múltiples colores reflejados en ellas le dieron la semejanza de un arcoíris gigante que, según se iba empinando, parecía esparcir sus matices por el firmamento.

Los niños se quedaron extasiados mirándolo hasta verlo desaparecer. Al mirar otra vez al río, vieron sorprendidos, cómo las que fueron unas ruidosas y enturbiadas aguas, se habían tornado nuevamente transparentes y mansas. Aseguraron que solo el pez con alas lo pudo haber hecho posible. Entonces regresaron a sus casas y esa noche no se durmieron fácilmente porque tenían en su memoria aquellas alas bellas.

 

Gisela de la Torre  Montoya, escritora de literatura infantil de de Stgo de Cuba, Cuba

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1716477380_93b86e6584   Un caracol gustaba burlarse de las moscas cuando las veía huir de las lagartijas para que no se las comieran y les gritaba que eran unas cobardes. —Te burlas de nosotras porque puedes esconderte en tu concha y resguardar tu cuerpo de tus depredadores, mientras que nosotras no tenemos esa opción, sin embargo, muchas veces escapamos de ellas porque somos ágiles —le dijo indignada una de ellas. —No solo me burlo de ustedes por eso, sino también porque tienen colores feos ¡Mira los míos que lindos son! —y comenzó a retirarse. No había andado mucho cuando una bruja lo vio y dijo: —Este es el caracol que andaba buscado desde hace tiempo. Por sus bonitos colores será más efectivo para mis pócimas —y lo agarró sin que este le diera tiempo a escapar. Entonces las moscas le gritaron al caracol: —Nos favoreció ser cobardes,  aunque no lo somos, y feas, como nos llamaste, porque sí tenemos otros encantos —le gritaron las moscas al vanidoso caracol—. Sin embargo, tú por lento y atractivo caíste en manos de quien te hará lo mismo que las lagartijas pretendieron hacer con nosotras —y lanzando carcajadas fueron detrás de la bruja

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Rana 1

Recordaba la imagen  que había visto tantas veces reflejada  en el agua, enamorado de ella,  pasaba las  noches lanzando suspiros. Desde su escondite, al verla pasar, le obsequiaba piropos cada vez más tiernos.

Cuca se preguntaba quién le prodigaba palabras tan bellas y atraída por las galanterías comenzó a sentir curiosidad.

— ¿Acaso no tienes valor para decirme de frente lo que sientes? —preguntó un día,  pero el silencio la  hizo alejarse. Hasta que en la siguiente ocasión él se hinchó y saltó.

— Soy yo, mi reina   —contestó en un arrullo, y haciendo reverencia, repitió las palabras que tantas veces había dicho.

— ¿Por qué no me hablaste de frente? ¡Me has cautivado!

La miró con los ojos desorbitados  en los que se reflejaba el correr de las aguas.

— ¿Acaso no te das cuenta por qué?

—No.

—Por mi rostro.

—No me importa el rostro, sino los sentimientos.

Torpemente la ciega rana se acercó al sapo. El croar inundó el río hasta levantar a los pájaros del bosque, que en su aletear desgranaron la noche. Solo un instante bastó, para escuchar el sonido de un beso.

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…….Hace muchos años, en un lugar lejano, al final de la tierra, en un país llamado Chile, había una Villa llamada Mac-Iver, era un lugar tranquilo, corría  aire tibio,  olía siempre a cardenales, con muchas casas de un solo piso pintadas de diferentes colores: verde, rosa y amarillo, allí vivían varias familias con sus hijos, cada una tenía entre 6 a 12 hijos. Al centro de la villa, existía una plaza con frondosos árboles, tres columpios de madera;  balancines de metal  pintados de color celeste; columpios y dos altos resbalines; al terminar la plaza de juegos, a un costado, existía una gran piscina donde los niños solían bañarse por las tardes, luego del colegio, para escapar del calor. Era el lugar preferido de todos los niños que habitaban la Villa, conversaban, saltaban, jugaban con una pelota a “las naciones”, al “corre el anillo”, se reían, eran felices, les gustaba mucho estar juntos; ellos añoraban la hora para encontrarse  con sus amigos y jugar hasta el anochecer.

Entre todos aquellos niños, había una que sobresalía de todos, era más alta, delgada, de tez blanca, pelo castaño y profundos y vivaces ojos color miel, se llamaba Nalvia. La  energía de su risa era contagiosa, ella era feliz….pero quería más, ella quería que todos los niños del mundo pudiesen tener una linda plaza donde jugar y siempre decía, “cuando sea grande pediré a los presidentes de la tierra que todos los niños tengan un lugar hermoso para jugar, una plaza hermosa como esta, con flores y colores, un lugar donde saltar y reir; todos los niños de la tierra merecen ser felices y jugar en paz. Cuando sea grande decía…….”

Pasaron los años y Nalvia creció, se transformó en una hermosa mujer, que seguía asistiendo a la plaza junto a todos aquellos niños que se transformaron en jóvenes, pero –aunque ella tenía de todo- sentía que necesitaba más, veía que muy cerca de su villa habían más niños que vivían sin plazas, ella sentía que le faltaba algo…….quería hacer más, quería hacer algo por esos niños pobres, quería ayudarlos a tener sus propias plazas……sus lugares donde jugar, entonces se le ocurrió invitar a sus jóvenes amigos a trabajar, a hacer otras plazas, para otros niños… ella ahora se subía al alto resbalín para invitar a aquellos jóvenes amigos a construir más plazas, para los niños pobres que vivían en casas muy muy pequeñas y que no tenían un espacio donde jugar.  Nalvia solicitaba palas, madera, árboles, flores, para llevarlos a lugares cercanos donde vivían niños en casas con mucha tierra, casas grises, sin colores.

Cuando se sintieron  preparados, partieron con sus implementos a hacer  otra plaza, los niños de allí los recibían felices… pero,  al  terminar su obra, vieron que  tres cuadras más allá, había más niños que no tenían plaza.

Nalvia una vez más dijo, “vamos a trabajar, somos jóvenes podemos hacerlo, juntemos mas madera, más árboles, más flores y vamos a hacer otra plaza. Los  jóvenes la siguieron, se sentían contentos cuando terminaban una plaza…y veían la felicidad de los niños.

Así  pasaba el tiempo y un día,  cuando estaba haciendo su tercera plaza, mientras sacaba  tierra con su pala, de repente Nalvia escuchó una voz que preguntaba:

–      ¿Quién es la líder?, ¿quíen ordena hacer esta plaza?, ¿quienes son ustedes?

Nalvia levantó la vista y vio a un  joven delgado de largos cabellos negros, de tez mate, que  vestía  jeans y camisa de color amaranto. El muchacho  tenía unos prominentes bigotes, unos profundos  ojos café, …Nalvia se sintió paralizada por él, y apenas con su cuerpo temblando de emoción pudo responder:

-Pues yo” – respondió.

– Bien -dijo él, con voz profunda y segura-, yo tengo un sueño y es que todos los niños del mundo puedan jugar libres y en paz en las plazas, con muchas flores.

-Ese también es mi sueño – explicó Nalvia.

 Entonces  el, tímidamente, preguntó:

–      ¿Puedo ayudarte? – Ella sonrió y asintió.

Desde aquel día nació un gran y profundo amor entre ambos, se enamoraron para toda la vida y juraron no separarse jamás, se prometieron que juntos harían  plazas para todos  los niños que las necesitaran.

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Supongo que todos tienen uno, un vecino raro quiero decir, ¿no lo crees? Es que cuando llegas a un lugar nuevo siempre puedes esperar de todo, desde la vieja copuchenta, de esas que empiezan el día temprano y lo terminan últimas para no perderse de nada.  El tipo huraño, ese es particularmente complicado cuando eres niño, porque lo molesta todo, los juegos, las risas, los gritos, siempre está a punto de explotar.

Verás yo se mucho de estos personajes, porque solía ser siempre el chico nuevo.  Mi papá era vendedor: el encontraba cosas en los lugares más extraños para venderlas a tiendas de antigüedades, siempre fue mejor en eso, a veces yo iba con él a casas de personas que habían muerto repentinamente y sus parientes realizaban ventas de garaje para separarse de sus pertenencias. Yo personalmente encontraba que la mayoría eran baratijas, pero el veía en algunos objetos cosas que la mayoría de nosotros no ve, veía lo bello que podía ser para alguien más, y eso les diré, si que es un talento.

Era debido al empleo de mi padre que debíamos viajar mucho, a mamá y papá no les gustaba la idea de que estuviéramos separados, por lo que cada cierto tiempo, partíamos a una nueva localidad buscando nuevos tesoros y por ende, una nueva vida.

Íbamos camino al norte ese verano, mamá cumplía 8 meses de embarazo y las molestias aumentaban, por lo que papá decidió parar en alguna ciudad hasta que mi hermano naciera.  Así llegamos a un balneario pequeño que mi papá encontró adecuado.  Era como diría mamá: Encantador.

No era una gran cuidad, pero según mamá era un buen lugar para que bebé comenzara su vida.  Aunque ella no lo dijera, la vida de nómades no era precisamente lo suyo, nuevas casas todos los años, nuevos colegios, nuevos recorridos, nuevo todo. Y para ella la idea de sentar cabeza en una pequeña ciudad como esa era simplemente un sueño, y por lo menos si un hijo suyo nacía ahí, un pedacito de nosotros siempre pertenecería a ese lugar.

¿Y yo dices?, a mi en realidad me gustaba esa vida. Había algo mágico en poder empezar de nuevo una y otra vez, no era fácil claro, pero me gustaba muchísimo.

Esa mañana mamá se encontraba desempacando junto a papá, se habían despertado tarde esa mañana y siendo que yo ya había ordenado todas mis cosas, decidí salir a caminar y conocer el lugar.  Parecía como si nadie viviera allí, nadie de mi edad por lo menos, toda persona que me encontraba en la calle parecía de la edad de mis padres o incluso mayor.  Es como que hubiéramos varado en una isla de retiro para parejas, ¿A qué lugar me habían traído.  Deambule por algunas horas hasta que por fin encontré un grupo de chicos que lucían de mi edad, así que me acerque a ellos para presentarme, cuando pasas tan poco en un lugar como nosotros lo hacíamos tenías que ser rápido haciendo amigos.

–          Hola me llamo Gonzalo, llegamos recién con mi familia.

–          Siiiii… mamá andaba parloteando de una carcacha que estaba estacionada en la casa del final de la calle, ¿supongo que esa es tuya?

–          La verdad ese es un error de apreciación.  Esa “carcacha” de la que hablas es en verdad un clásico.

–          Lo que sea. Hablas raro tú. Así como viejo.

Todos rieron a carcajadas.

–          Bueno como decía llegamos anoche y estaba dando un paseo para encontrar alguien con quién poder conversar.

–          Bueno, aquí no lo encontrarás, nosotros no hablamos con “clásicos”.

Las risas explotaron nuevamente, los chicos se pusieron de pie y se alejaron.

–          Pierdes tu tiempo.

–          ¿Cómo?, disculpa no te había visto ahí.

–          No te preocupes, nadie lo hace.  Te decía que pierdes tu tiempo con ellos, les gusta lo “exclusivo”.  Esta parte del balneario está llena de gente rica que pasa sus veranos en la playa, y se podría decir que no es del tipo de gente a la que le gusta lo diferente.

–          Así veo, pero tú pareces distinto. Un gusto, yo soy Gonzalo.

–          Pablo… mi nombre es Pablo.

Pablo fue un verdadero descubrimiento, de esos que hacía mi padre.  Por primera vez era yo el que veía eso tan especial que mi papá buscaba por todo el país.

Pasamos toda esa mañana caminando por el bosque.  Pablo me mostró unos lugares geniales.  Aún recuerdo el crujido de las ramas bajo nuestros pies, y el fresco en mi frente debido al sudor por la larga caminata.

Llegué a la hora de almuerzo a casa. Mis padres bailaban en la cocina, parecía que habían tenido una mañana tan buena como la mía.  Les conté sobre mi nuevo amigo y los lugares que había conocido y ellos parecían contentos de ver lo en casa que me sentía.  Con Pablo habíamos quedado de vernos esa tarde, ya que me llevaría a un lugar donde se podían ver peces espectaculares, así que devoré mi almuerzo y partí corriendo a su encuentro, fue cuando estaba en el umbral de la puerta que me detuve por algo que aún ahora no entiendo que fue.  ¿Un presentimiento tal vez?, pero no pude irme sin antes preguntarle a mamá que haría esa tarde:

–          Estaré aquí supongo, tu padre irá a revisar una feria en una pueblo cercano, no irás con el por lo visto, que lástima, adora que lo acompañes.

Cuando llegué al camino Pablo ya se encontraba ahí sentado junto a un árbol tomando el fresco.  El no era como los demás niños, y eso lo digo sabiendo que yo no era precisamente el chico más normal de la calle, de ninguna calle en verdad. Pablo era cómo decirlo, sereno, sí, esa es la palabra, no se agitaba con nada, incluso cuando se reía a carcajadas lo hacía con calma.  Hay algo acerca de los niños, como que siempre están ansiosos, no se cansan nunca de ver cosas nuevas y están expectantes todo el tiempo, sin embargo Pablo no era así, como si el ya no tuviera esas ansias, como si ya lo hubiera visto todo..

Luego de encontrarnos el me llevó a la costa, más lejos del pueblo de lo que esperaba.  La bajada de tierra y rocas era empinada y el sol golpeaba en nuestras espaldas como que estuviera enojado por algo aquel día, pero Pablo conocía todos los pasos y los trucos para bajar, se notaba que los habían hecho cientos de veces.  Ya se sentía humedad y debido a los roqueríos gozábamos de un poco de sombra.

–          Ese es el lugar Gonzalo, mira esos colores.

En verdad era impresionante, aquellos peces parecían frutas tropicales de tantos colores que lucían.  Pablo conocía todos sus nombres, hablaba del mar como si lo estudiara por años, esos contenidos ciertamente a mi no me los habían pasado en la escuela.  Luego nos sacamos los zapatos y nos remangamos los pantalones para adentrarnos en el mar.  El agua estaba heladísima, pero Pablo no parecía verse afectado, en cuanto a mí, los labios me tiritaban.  El simplemente se reía, debe haber pensado que era un citadino tonto, traté luego de contener el frío.  Paso el rato y decidimos tirarnos en la arena y Pablo tomo una actitud distante, se incorporo y mirando el mar apoyó sus brazos en sus rodillas flectadas.

–          ¿Pasa algo?

–          Lo he pasado muy bien esta tarde Gonzalo.  Hace mucho que no tenía tan buena compañía.

–          Si lo se… deberíamos continuar por la costa hacia el norte a ver que encontramos.

–          Creo que ya es hora de que vuelvas a casa.

–          Pero si es muy temprano, mi madre sabe que estoy aquí y no me espera hasta tarde.

–          Por eso mismo deberías volver, puede que necesite algo.

–          Mmmm… bueno si, podría ser. Podrías ir a casa mañana en la tarde, ¿Qué te parece?

–          Allí estaré.

–          ¡Genial!, te espero entonces.

Corrí a casa como nunca, me sentía lleno de vida, como si nada ni nadie pudiera contra mí.  Pero al llegar a la calle de mi casa un dolor invadió mi pecho y un sudor frío se caló por mi espalda. No se como recorrí los últimos metro, sentía como si algo me llevara a la casa.  Todo pasó tan rápido: mamá estaba tendida en el piso, cuando me acerque me estrechó la mano y con lágrimas en los ojos agradeció a Dios de verme.  Salí de la casa gritando y toqué la puerta de la casa del al lado, salió un hombre junto a su hija y al ver el estado en que estaba me siguieron a la casa.  El hombre asustado fue a hacer partir el auto mientras su hija y yo nos quedamos junto a mamá.

–          ¿Cuántos meses tiene?

–          Esta finalizando el 7° mes.

El hombre nos condujo hasta el hospital y su hija llamo a alguien para que trajera una camilla, ella junto con un doctor se llevaron a mi madre.

–          Chico, ¿dónde está tu padre?

–          En una feria en otro pueblo.  ¿Y si llega a casa y no nos encuentra?

–          No te preocupes, yo volveré y esperaré a tu padre.

Cuando papá llegó al hospital parecía estar fuera de si, me estrechó entre sus brazos y corrió a la recepción para saber de mamá.  Pasaron un par de horas antes de tener noticias.  Entonces salió a nuestro encuentro la hija del hombre de al lado, resultó ser que ella era enfermera en el hospital.

–          Su esposa está bien, debimos adelantar el parto debido a unas complicaciones, pero no se preocupe, todo salió bien.

Tomó a papá del brazo y nos guío hasta un ventanal que daba a una sala, allí dentro de una incubadora se encontraba un pequeño bebé, el más pequeño que hubiera visto nunca. Por fin mi papá soltó un suspiro largo y me tomo con fuerza de la mano.

–          Ahí esta tu hermano, Gonzalo.

Paso una semana antes de que mamá y mi hermano pudieran volver a casa.  Papá estaba muy ansioso y cuando la vio bajar del auto del vecino estalló en risa.  Ambos corrimos a su encuentro y la abrazamos fuerte al llegar a ella; Se veía hermosa, brillaba como nunca esa mañana y el pequeñito en sus brazos dormitaba con calma al ritmo de su respiración.

Entramos a casa acompañados del vecino y su hija que habían traído a mamá desde el hospital.  Todos hablaban y reían, nos sentamos a comer y la alegría nos siguió a la mesa.

–          Es afortunada, si Gonzalo no hubiera llegado a esa hora,  no estaríamos celebrando ahora.

–          Fue mi amigo… o no lo creo, lo olvidé por completo, el vino y no estuve aquí, todos esos días en el hospital.

–          Gonzalo,  hijo, qué es lo que murmuras.

–          Que yo estaba con Pablo abajo en los roqueríos donde termina el camino, lo pasábamos tan bien y el de repente me dijo que volviera a casa, que mamá podía necesitar algo, sólo por eso volví antes.

–          ¿Disculpa, Pablo dijiste?

–          Si mi amigo.

Pasaron los días y Pablo no aparecía por ningún lado, así que decidí bajar a los roqueríos para ver si lo encontraba allí, ya que no sabía donde vivía. Caminé el largo trecho y baje la empinada bajada hasta el lugar donde mi amigo me había mostrado su pequeño mundo marino.  Fue una sorpresa cuando en vez de encontrar a mi amigo, encontré sentada en la orilla, a la hija del vecino, la enfermera.

–          Gonzalo, que alegría verte.

–          Si, no esperaba… es que creí que encontraría a alguien aquí

–          Si, yo también pensé que podría encontrar a alguien aquí.  Ese amigo tuyo, Pablo era su nombre ¿no?

–          ¡Si!, a él esperaba, es que le dije que lo vería al día siguiente de lo ocurrido a mamá, pero lo olvidé, creo que está enojado.

–          Es extraño, pero yo tenía un hermano que se llamaba Pablo. Era un chico como de tu edad cuando solía venir para acá, nunca creímos… no sé, hay cosas que uno no se espera.

–          ¿En serio?, y donde está el ahora, no lo hemos conocido desde que llegamos.

–          Bueno, paso que… el murió cuando niño. Era un niño tan bueno, así como tú.  El se resbalo en unas rocas un poco más allá.  Se suponía que yo vendría con el ese día, pero decidí salir con unas amigas

–          Lo siento tanto.  Pero estuviste ahí cuando mamá te necesitó.

–          Si, tienes razón

Creo que la niñez no me dejó ver entonces, puede que haya sido nada más que una coincidencia, pero gracias a mi amigo, es que aquella chica estuvo ahí para salvar a mi hermanito y es gracias a él que yo estuve ahí para encontrarla.

Paso el verano de forma agitada, el bebé, una nueva mudanza, todo paso tan rápido.

Nunca más supe de mi amigo, pero lo recuerdo todos los días cuando veo a mi hermano menor, Pablo.

Por: Miranda Mayne-Nicholls Verdi

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Era un caluroso 23 de diciembre, tan sofocante como suelen ser las vísperas navideñas en esta parte del globo y tan ajetreadas como siempre. Miguel se encontraba recostado en el césped de la plaza cercana a su hogar como solía hacerlo en espera de su mejor amigo. Caminó desde su casa por la vereda norte y cruzó el paso de cebra dando la vuelta a un farol para llegar ahí, y como de costumbre escogió tenderse junto al mismo árbol que le daba sombra a todas sus tardes de verano. Cómo pueden ver, no era sino otra tarde como cualquiera, sin sorpresas ni sobresaltos. Pero a diferencia de otros 23 de diciembre, este en particular guardaba una preocupación muy grande para Miguel, por mucho que al parecer de otros no fueran más que niñerías. Toda su preocupación claro, partió algunos días antes, para ser exactos el 12 de Diciembre: Miguel se encontraba haciendo las compras navideñas con su madre, como ya era una tradición, todos los segundos sábados de diciembre por la mañana. Desde que el podía recordar; la familia de Miguel era muy estricta cuando de costumbres y hábitos de trataba, sus rutinas eran seguidas al pie de la letra, semana tras semana y los detalles de último minuto ni siquiera existían para ellos, todo tenía su tiempo y lugar. En fin, como iba diciendo, pasaban por la sección de perfumería a eso de las 11.30, para que Josefa, la madre de Miguel, hiciera su ronda habitual para ver los perfumes que tanto le gustaban, todo en orden, todo como cualquier segundo sábado previo a navidad, sin embargo, fue entonces que los más inesperado pasó, Josefa emocionada encontró su perfume favorito en oferta, nunca en la vida habían visto aquel perfume en oferta, más en ese día en particular y sucedía que debido a la terrible bancarrota de la marca del perfume en cuestión, la tienda estaba rematando los últimos ejemplares de la fragancia. En un frenesí femenino, muy poco común en Josefa, decidió en aquel momento salirse del exacto presupuesto mensual – debía comprar este perfume en mes y medio más – y comprarlo en ese mismo instante, Miguel se sintió extrañísimo, como si la música de la orquesta desafinara o si la película se saltara una escena. Lo siguiente pasó muy rápido: Josefa tomó el perfume y quiso ir a la caja donde siempre compraba, pero cómo no, no era el día en que ella siempre compraba su perfume, la caja no estaba ni siquiera abierta a esa hora, una vendedora le indicó que bajara un piso, así que a trompicones tomó de la mano a Miguel y lo guió a las escaleras. Cómo nunca pasaba, se devolverían un piso para realizar la compra, y entre anaqueles y góndolas, Josefa logró divisar una cajera libre. Corrieron a su encuentro y en un descuido de un minuto, Miguel se soltó de su mano y siguió caminando por el pasillo. Rumas de cajas se elevaban a ambos lados del pasillo y al final de este una luz rojo cegaba a Miguel, quién pese a darse cuenta de que se alejaba más y más de su madre, siguió caminando hasta el final. Era hermosa, no, era sublime, era la bicicleta más perfecta que podría haber imaginado Miguel. Un raro espécimen en rojo metalizado con el manubrio en cuero blanco y una palanca de cambio cromada con la bandera de Francia grabada en la superficie, una edición limitada que celebraba el aniversario de no sé qué, aunque para Miguel ese detalle no tenía ni la más mínima importancia, porque era simplemente una belleza. Miguel ya levitaba hipnotizado por aquella sirena de dos ruedas cuando Josefa lo bajó de un tirón dándole una palmada en la cabeza. – ¿Y tú donde te habías metido?, ya, vámonos, que las compras están listas y debemos regresar a casa. – Es que… ella… Francia… – Por Dios niño, ¿Qué estás balbuceando?… Aaaaah, ya entiendo. Miguel sabes perfectamente que con tu padre ya tenemos tus regalos, no podríamos hacer tal desarreglo a estas alturas. – Pero mamá, ¿no podrías consultarle?, a fin de cuentas, la fiesta es por dos. – Está bien, pero no te prometo nada. El camino a casa fue sin duda silencioso, Josefa recorrió las calles de siempre y Miguel observaba las ya conocidas vistas del viaje, mas su cabeza esa mañana estaba en otro planeta. Para todos nosotros la navidad es una fecha especial sin duda, sin embargo para Miguel, tenía otro significado paralelo que vale la pena considerar para entender su predicamento: Otros padres podrían considerar dejar el obsequio ya comprado para su cumpleaños y colar la bicicleta en navidad, pero el asunto es que para Miguel su cumpleaños y navidad, bueno, es que son el mismo día. Josefa y Carlos – padres de Miguel- se escapaban cada año durante la hora de colación de Carlos, el primer miércoles de diciembre del año, y compran un regalo grande y otro pequeño para celebrar ambas festividades, luego Miguel acompaña a su madre a ver los regalos de los demás. Dos regalos, eso era todo los que repetía en su cabeza, dos regalos que desde hace días se encontraban acomodados bajo el árbol de navidad en su casa, y dos regalos que sin lugar a dudas no parecían un bicicleta por ningún ángulo visible. ¿Era todo?, ¿Había conocido el amor en aquella belleza demasiado tarde?, ¿Es que acaso este cuento iba a ser así de amargo? – Pero Miguel, tú tienes suerte, mis padres todos los años me dan un regalo para navidad y la mayoría de las veces apesta, ¡corrección!, apesta todas las veces. – Es que no entiendes Pablo, el asunto que no hay otra oportunidad, tus padres tienen tiempo de resarcirse entre festividades, lo mío es lo que hay ese día y nada más. – Cómo digas, pero creo que exageras, ¿Y si tus papás te dan algo aún mejor? – Ya veremos. Al llegar el 23 de Diciembre los nervios de Miguel ya llegaban a estado crítico, seguía sin aparecer señal de la bicicleta soñada y su madre no parecía tener ningún interés en salir a comprar algún regalo de último minuto. Pero claro que Miguel no dejó las cosas al azar, no podía esperar que su futuro quedara en las manos de sus padres, en especial con lo poco sorpresivos que solían ser Carlos y Josefa. Las señales no fueron para nada sutiles, folletos marcados en rojo en el baño, fotos de bicicletas pegados al espejo retrovisor del automóvil de su padre y qué decir de la repentina obsesión de Miguel por Francia, había banderas por todos lados e incluso, en un ataque lingüístico, Miguel comenzó a saludar a todos en casa por “madame” y “monsieur”, únicas dos palabras en francés que conocía. La mañana del 24, Carlos, el padre de Miguel, no trabajaba así que la familia completa se sentó junta a la mesa para tener un desayuno de víspera de navidad. El desayuno iba viento en popa, la hermana mayor de Miguel estaba relatando una divertida anécdota de la universidad y todos escuchaban atentos, todos excepto Miguel que había decidido hacer una ridícula huelga justamente en nochebuena, no hablaba, no comía y peor aún, miraba con desdén la mesa como si tuviera algo mejor que hacer y su familia lo estuviera reteniendo a la fuerza. Su padre, cansado de aquella actitud, posó su tasa en el platillo con cierta fuerza y lo miró directamente. – Miguel, ya deja esa actitud que no te llevará a ninguna parte. Con tu madre nos esforzamos muchos para comprarte los regalos que están bajo el árbol y este comportamiento nos hace sentir cómo que eso no te importa. – ¡Pues claro que no me importa, yo quería la bici! Miguel soltó aquella bomba y salió corriendo fuera de casa y calle abajo, su padre lo siguió la primera cuadra y media, pero siendo un hombre grueso, no pudo seguirle el paso. Corrió y corrió, corrió más que nunca antes lo había hecho y por calles que no sabía que existían en la cuidad, eso hasta llegar a un barrio que no conocía en absoluto, un lugar gris y sucio, lleno de casas pequeñas que parecían estar a un segundo de colapsar. Miguel se detuvo exhausto en una tranquila esquina donde un niño jugaba con una pelota. Por algunos minutos Miguel se le quedó mirando; Parecía un niño como cualquiera, pero vestía diferente, su ropa le quedaba grande y parecía que no era lavada hace días. Al poco rato el chico se sentó junto a Miguel y lo observó con mirada inquisidora. – Parece que estás lejos de casa. – Eso creo, corrí mucho, creo que nunca había estado por aquí. ¿Vives cerca? – Aquí junto. El chico señaló una casa pequeñísima, aún en comparación a las demás de la calle. Continuó preguntando: – ¿Y tú, por qué corrías? – Quería alejarme de casa. Discutí con mi padre, tenía tanta rabia que no aguanté más. – ¿Rabia?, ¿Por qué? – Es que hay una bicicleta fabulosa, es la mejor del planeta, pero mis padres ya me compraron mis regalos de este año así que no quieren comprármela. – ¿Y por eso te enojaste? El chico parecía no entender la razón que le daba Miguel. – ¡Claro que sí!, obvio, no entiendo porque son tan injustos, si mis otros regalos pueden servir para otra ocasión. – Sabes que no te entiendo, estás enojado cuando deberías celebrar. – ¿Ah? – Claro que sí, tus papás te tienen regalos hechos con todo su cariño y tú reclamas por una tonta bici. Mi mamá no tiene para hacernos regalos a mí y a mis hermanos, ni siquiera pasará la navidad con nosotros, porque debe trabajar. – ¿Cómo, pero entonces quién hará la cena de navidad? – No tenemos cena, mañana mamá llega con la comida que sobre en el restorán y comeremos juntos. – No sabía que te la llevabas tan pesada. – Así es para algunos, no todos tenemos la suerte que tú tienes y más encima ni te das cuenta de ello. El muchacho se levantó de golpe y entró rápido a su casa, al abrir la puerta Miguel vio a 3 niños más en una pequeña salita sentados en un colchón tirado en el piso. La puerta se cerró y Miguel quedó solo. Un gusto amargo subía por su garganta, que parecía apretarse en un grito inaudible. Miguel se puso de pie y corrió en dirección a casa. Ya era de noche cuando se detuvo frente a su puerta, la luz de la sala estaba prendida y se escuchaba alboroto a dentro y la voz de su madre que discutía con alguien por teléfono. Cuando se abría la puerta, toda la familia se dio la vuelta de inmediato y Josefa corrió donde Miguel que la abrazó con todas sus fuerzas. Su madre lloraba mientras le besaba la cara y sus hermanos y padre se abrazaban al ver que Miguel había vuelto sano a casa. – Mamá, papá, lo siento tanto… fui un tonto… estuve con un niño… todo era tan triste… no quise… – Más lento mi niño, no te preocupes, lo único que importa es que estas aquí, nos tenías tan preocupados. Miguel pasó los siguientes minutos contando lo que había ocurrido, mientras toda su familia escuchaba expectante. Les dijo que había conocido a un niño, les habló de su casa y de su madre. Al terminar el relato, guardó silencio, su madre extendió su mano y acarició la frente de Miguel. – No debí actuar como lo hice, ustedes son geniales y yo fui muy egoísta. Lo siento, yo no necesito esa bicicleta, no necesito ningún regalo y el berrinche de esta tarde, bueno… fue eso, una tontería. Lo único que quiero esta Navidad es estar con mi familia. – Hijo, estoy orgulloso de ti. – ¿Cómo es eso papá? – Es que a tu madre y a mí nos has dado el mejor regalo de navidad. Todos hacemos tonterías y actuamos egoístas de vez en cuando, pero esta nochebuena entendiste lo que significa la Navidad. No son los regalos, ni la comida, es disfrutar en familia y dar amor sin querer nada a cambio. Esa noche de navidad, Miguel y su familia se sentaron en la sala y contaron historias y rieron toda la noche. Miguel nunca olvidaría esa Navidad, la mejor de todas.

Por Miranda Mayne-Nicholls V.

Diciembre 2009

¡Feliz Navidad!

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Por Alida Mayne-Nicholls

La agente Marla se había enfrentado a casos muy difíciles desde que se había graduado de investigadora. Ese evento le había cambiado la vida, como ella siempre había querido. Ahora se encontraba a pocos días de celebrar su primer aniversario como agente, pero estaba tan ocupada con un nuevo caso que no había tenido tiempo siquiera de pensar en cómo iba a conmemorarlo.

“Ya habrá tiempo de pensar en aniversarios”, se había dicho a sí misma durante algunas mañanas, con tanto convencimiento que prácticamente lo había olvidado. Su madre, que seguía siendo una gallina ponedora de gran renombre en la granja, había realizado esfuerzos infructuosos por conseguir la atención de Marla. Y no necesitaba mucho: un listado de sus amigos y la confirmación del día y hora de la fiesta. Ella se encargaría de todo lo demás, desde las decoraciones a la comida. Pero cada vez que trataba de hablar con Marla, ella andaba recorriendo la granja con su lupa, o revisando pistas en el microscopio, o metiendo en bolsitas de plástico las evidencias que encontraba.

Ni siquiera cuando Marla atrapó al ladrón de los guisantes las cosas cambiaron. Estaba demasiado ocupada en revisar por tercera vez la evidencia, para que en el juicio no se cometiera ningún error que pudiera dejar libre al ladrón.

Cuando terminó el juicio –en el cual hubo una inapelable sentencia de “culpable”-, la agente Marla tampoco se dio el tiempo de atender los llamados cluecos de su madre. Ya el mayor Tricho le había hecho llegar una nueva asignación. El caso se veía complicado, de hecho, le parecía que podía tratarse de varios misterios condensados en uno solo, debido a que había habido robos de las más diversas especies, algunos tomados de la mismísima despensa de la casa grande: harina, aceite, papeles de colores, frutillas… Y la lista seguía ampliándose con el correr ¡de las horas!

La agente Marla comprendió rápidamente que no podía perder tiempo en esta asignación, porque el ladrón –aunque posiblemente se trataba de toda una pandilla- actuaba a cualquier hora del día. En algunas ocasiones se denunciaban robos apenas minutos después de que la agente Marla hubiera abandonado la escena del crimen. No podía entender cómo un grupo tan sigiloso de seres la estaba sacando de sus casillas, a ella, que siempre se dejaba guiar por su intelecto.

El principal inconveniente era que el o los ladrones eran muy cuidadosos. La mayor parte de las veces no conseguía ninguna pista, nada, ni siquiera la huella parcial de una pata de gallo. Al principio le había sorprendido la sagacidad de los ladrones, luego la sorpresa se había convertido en desazón. Había llegado a tal extremo su pesar, que temía que no podría resolver el caso. ¿Y qué pasaría entonces con su reputación? Después de todo, la agente Marla tenía un registro impecable y en su hoja de vida sólo había reconocimientos y felicitaciones. No podía manchar eso con un “caso no resuelto”.

Tenía ya una gran colección de robos relacionados con el caso y tan poca evidencia, que pensó que lo apropiado sería no seguir dejando sus propias patas marcadas en el suelo de tanto andar, y encerrarse en su cuarto a pensar. Si el ladrón era tan inteligente, entonces necesitaría pensar con más claridad que nunca para descubrirlo. Aunque no tenía muchas pistas, tal vez podría llegar a pensar como él y si lo pillaba con las manos en la masa, eso contaría para cualquier jurado.

La agente Marla cerró con llave su cuarto y se sentó en un pequeño taburete, mirando hacia la pared. Era como si su madre la hubiera castigado, pero lo cierto es que no quería interrupción ni distracción alguna. Se apoyó en sus rodillitas y se puso a pensar, pensar y pensar. Su mente no se detuvo y, de pronto, se dio cuenta. Se llegó a caer de espaldas de la impresión, dejando que algunas de sus plumitas se desprendieran y volaran por los aires. Muy compuesta se levantó, arregló su plumaje y abrió la puerta.

Claro que había una pista. En todas las escenas del crimen había visto lo mismo. No le había dado importancia, no lo había relacionado con el ladrón, porque la marca aparecía antes del robo. ¡Los lugares que iban a ser asaltados eran marcados antes! Y ella había visto esa marca aparecer en un nuevo lugar. Si se apuraba llegaría antes que los ladrones hubieran partido y los esposaría en el acto.

Se acercó hasta el gallinero, y notó más movimiento del que ya tenía un gallinero lleno de gallinas ponedoras. Pensó que los ladrones ya estaban adentro, así que corrió, derribó la puerta y ¡los sorprendió en el acto! O más bien, la sorprendieron a ella en el acto. Porque al echar abajo la puerta, se dio cuenta de que no había ladrones, sino una fiesta para celebrar su primer año como agente. Su madre lo había planeado todo con el mayor Tricho, sabiendo que lo único que podría llamar la atención de Marla era un caso de difícil resolución. Así que la agente Marla olvidó el caso –“aunque de todas maneras lo resolví”, pensaba ella- y se dedicó a celebrar con sus amigos.

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