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Archive for 28 junio 2010

Mag  mink:

Yo sé que mi relato les parecerá aterrador, pero es necesario que el pueblo zédico* conozca toda la verdad acerca del Planeta Azul. Mis últimos mags han sido terribles; he vivido saltando de un peligro a otro, sin apenas tiempo para cuidar  la integridad  de mi tentáculo superior. Espero que el mariscal Z*Yaiq pueda perdonar el estado de mi uniforme,  no ha sido culpa mía y tampoco lo del vehículo de superficie; yo hice todo lo posible para que el vehículo de superficie se mantuviera intacto, tendrán que creer que no miento,  que fue un accidente del cual no soy responsable.

Es que los Azules -que por lo demás son más bien rosados o tiraditos a café-   conducen como locos,  a velocidades tremendas, más apropiadas para  naves espaciales. Al interior de las franjas  negras nadie esquiva a nadie, sólo se arrojan a ellas presionando sin parar el acelerador y  el aparato productor de sonidos histéricos, de los cuales poseen una variedad increíble.

El Capitán Z*Quq  elaboraba mentalmente la retahíla de excusas y justificaciones que le presentaría al Mariscal Z*Yaiq. Todavía no estaba seguro de que fueran lo suficientemente creíbles.

-¿Cómo decirlo? A ver:  iba yo pendiente del camino,  esta es la estricta verdad,  cuando ese asesino me embistió rugiendo y me pasó por encima  sus  ocho o doce ruedas  con las que de milagro no me aplastó. Él tuvo la culpa de todo, yo estaba tan aterrado que perdí la dirección y me estrellé contra un aparato metálico  lleno de desperdicios.  También los desechos son un problema;  los  azules  los coleccionan por todas partes, tienen envases especiales para poder conservarlos por tiempo indefinido;  los azules más fanáticos, los riegan por el suelo para sentirse mejor. En cuanto al vehículo de superficie,  acepto  que  arruiné todo el capot, pero todavía funciona, eso puedo garantizarlo.  Lo escondí entre unos árboles del parque  -¡son verdes! ¿podrán  creerlo?- y lo protegí con el disimulador visual. Era el sitio más seguro, nadie se interesa en los jardines públicos y los jardineros, menos que nadie.

  Contar todo lo que me ha ocurrido sería superior a mis fuerzas, yo creo que ninguno de nuestros grandes poetas ha reunido tantas tragedias en un sólo volumen. Resumiendo, debo  decir que seguí mi camino a pie hasta que ya no podía dar un paso. Debí proseguir escondiéndome en cada resquicio  para no ser atrapado por los Azules (algunos son  especialmente peligrosos y no creo que sea conveniente entrar en contacto con ellos).  En dos mags, no había probado más que una ración de emergencia y moría de hambre.

Atraído por el olor de los alimentos llegué a un lugar que parecía ser un  almacén de  distribución; a pesar de mis esfuerzos, no pude ingresar, pero buscando la puerta trasera  me encontré   con una excelente colección de desperdicios a la que habían arrojado algunas cosas estupendas. Qué derroche.

Me  pregunto  cómo pueden los Azules comer todas esas cosas tan extrañas.  Deben comer mucho, porque los Azules son enormes, todo en ellos es grande, excepto los diminutos  tentáculos superiores  que  les crecen por miles sobre la cabeza y a veces incluso sobre los brazos y la cara.

Hay  Azules de varios tipos: de los que caminan en dos patas, lampiños, en cuatro, lampiños, en cuatro,  peludos,  que dicen guau, en cuatro que dicen miau, en dos con plumas (como los nefertiles, pero de diferentes colores y tamaños),  peludos con manchas y dibujitos en colores, dobles, con cuatro patas, un tentáculo trasero y otra parte superior que también tiene dos brazos, dos patas. Ésos son extraordinarios, desmontables, cada una de las partes puede funcionar por separado y los Azules simples les tienen mucho respeto, especialmente cuando conducen.

Lo peor que tengo que decirles, es que son caníbales. Sí, aunque cueste creerlo, los azules comen  todo tipo de Azules de dos y cuatro patas. Sus favoritos son los blancos de manchas negras y los de pellejo rosado lampiño. También les encantan los Azules emplumados, aunque les quitan las plumas antes de guisarlos. Según  mis observaciones,  los grandes de dos patas se dejan en paz entre ellos,  seguramente por razones de seguridad. Por lo demás, parece que hay Azules femeninos, masculinos e infantiles, exactamente igual que en Zdn, aunque, claro, la belleza y superioridad innata de nuestra  especie difícilmente podrán alcanzarla.

Me protegí   durante el día y por  la noche salía a buscar alimento. Los Azules que dicen guau y  miau no me dejaban en paz. Fuí  mordido, rasguñado, mojado y revolcado en un sinfín de ocasiones.  Al final, ya no daba más, me escondí entre unos desechos y me recosté a esperar la muerte, pero Z*Amustaq, nuestro Dios bienamado, no tuvo piedad de mí. Sigo con vida para cumplir con mi deber.

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El vehículo de superficie era una maravilla,  hacía  un buen rato que el Capitán  dejara atrás la nave y continuaba  avanzando hacia el  sur. Hasta el momento, no había trazas de vida. Este era, según los estudios de los sabios, uno de los continentes más desérticos del Planeta Azul, por eso había sido escogido: se evitaban así encuentros peligrosos o accidentes al posarse sobre vegetación  abundante. El Capitán se había detenido cada cierto trecho para recoger ejemplares rocosos y  efectuar algunas mediciones; por desgracia, los aparatos seguían malos,  no le resultaban confiables, según las lecturas debería estar  por encontrarse  con una multitud de seres vivos, pero nada, todo lo que tenía ante su vista era desierto, dunas, rocas, montañas, planicies.

Pero, un momento, ¿qué era eso? El Capitán Z*Quq  escudriñó el horizonte con sus doce ojos agotados por el sol. Sí, ahora lo veía perfectamente: una larga cinta negra atravesaba el desierto hasta perderse de vista. ¿Una brecha rocosa? Podía ser. Quizás era un sendero dejado por el paso de algunos animales, algo así ocurría en Zdn antes de que la Estrella Madre entrara en supernova. Las grandes manadas de esklemtiles se desplazaban una y otra vez por la superficie hasta dejar la roca viva. Al Capitán tampoco le gustaban mucho los sklemtiles, para los zoológicos estaban  bien, pero…

Ojalá no tuviera nada que lamentar de esa cinta negra.

 

El vehículo de superficie se aproximó poco a poco hasta la cinta negra. Nada a la vista; Z*Quq estacionó cuidadosamente el vehículo de superficie en medio de la franja. Después   abrió la escotilla, asomó la redonda cabeza anaranjada, volvió a meterla adentro, buscó en el interior y sacó una ración de emergencia y la bandera de Zdn. Había llegado el gran momento. La bandera se vería mucho mejor  clavada sobre la superficie negra. A él le gustaba hacer bien las cosas, por eso, antes de ser captado por las cámaras  se puso su  gorra de oficial, peinó el tentáculo superior con  su bufanda  de poflin (tenía que verse guapo en la grabación, todo Zdn lo vería) y se dirigió orgullosamente hasta el centro de la cinta negra. Ahora, viéndola de cerca, podía ver que era bastante ancha, por lo menos unos doce cartumelis, de más podrían caber ocho  vehículos de superficie a su ancho. Sólida, algo granulosa, uno que otro agujero por aquí y por allá. En todo caso, parecía excelente para desplazarse.

Con su mano derecha, el Capitán Z*Quq levantó el asta de la bandera, que flameó orgullosamente bajo el sol;  después, con voz tonante, exclamó:

-¡Reclamo este planeta en nombre del pueblo zédico* y lo llamo…

¡Brrrrrroooooooooooom!

¡Piiiiiiiiiip, piiiiiiip!

-¡Quítate de ahí, imbécil!

 

Si el Capitán hubiera entendido estas palabras podría haberse sentido muy ofendido, pero en ese momento estaba todavía dando tumbos por la carretera con su cabeza magullada y su tentáculo superior dolorido; medio sordo, además, con los bocinazos y los rugidos del inmenso vehículo que acababa de sobrepasarlo. Cuando pudo ponerse de pie corrió hacia el arenal. Un nuevo rugido le hizo volverse a mirar. ¡Otro,  y  dos más se acercaban! Lo peor era que había olvidado la bandera de Zdn en medio de la franja negra. ¿Cómo la recuperaría? ¡No podía volver sin la bandera, su familia quedaría deshonrada para siempre!

 

Dos kilómetros más allá, todavía indignado, el conductor del pequeño automóvil que casi atropellara al Capitán Z*Quq todavía no lograba reponerse del todo:

-¡Cómo se le ocurre, justo después de una curva, en medio del desierto, sabe Dios cómo no lo maté!

-¡Yo te dije que ibas muy rápido, te lo dije mil veces, Roberto!

-Nunca tanto, además, en todos estos años que viajamos a La Serena jamás nos había pasado algo así. Qué idiota.

-¿Y te fijaste el disfraz que tenía puesto, papá? Era como de extraterrestre.

 -Seguro que se trata de alguna tonta teleserie o de comerciales para bebidas cola. En cuanto sepa,  hago la denuncia, esto no debe repetirse.

Y la familia García se perdió en el horizonte  olvidando totalmente lo ocurrido.

 

El Capitán Z*Quq se acercó a la larga franja negra observando cuidadosamente hacia uno y otro lado. Temblaba. Se sentía, además, terriblemente apenado. ¿Cómo se iría a ver esa vergonzosa escena en las pantallas zédicas*? ¿Pensarían que era un cobarde? Se sobrepuso, estiró una vez más su tentáculo superior tratando de eliminar las arrugas dejadas por las volteretas y luego caminó lenta,  pero cautelosamente hacia la pobre bandera Zdn. Cuando llegó junto a ella la recogió en un micmiltar, saltó dentro del vehículo, encendió el fog  y después aceleró como un loco  hacia la orilla.

Muy buena idea, justo en ese momento un tremendo vehículo terrestre, más grande que un edificio,  cruzó rugiendo la cinta negra en medio de estruendosos bocinazos.

¡Tuuut, tuuut, tuuut!

Nuestro  héroe ya se encontraba a salvo. Oculto en el interior del vehículo estrujó su redonda  cabeza hasta que el tentáculo humeó sobre ella.

Debía tratarse de una vía, pensó. Algo así como los corredores aéreos que ocupaban las naves de Zdn, pero como en el Planeta Azul las cosas eran primitivas, todavía no lograban despegarse del suelo. Al Capitán le parecía recordar que unos gmil quárkums atrás, cuando recién se comenzaba a popularizar el cohete personal, se habían producido numerosos accidentes en los cielos de Zdn. ¿Dónde habría leído eso? Probablemente se lo había escuchado al Profesor Z*Asmuq.

 ¿Tendrían vida propia esos monstruoso vehículos o los pobladores del planeta viajarían dentro de ellos? Quizás sus residencias eran así, móviles. Porque claro, ya tenía algo importantísimo que contarle al Mariscal Z*Yaiq: el Planeta Azul estaba habitado por algo más que fieras salvajes. Los indicadores nunca habían estado locos, simplemente, habían comunicado la realidad.

Largos miltars permaneció tratando de llegar a una decisión. O más bien, de decidirse a ponerla en práctica. El Capitán sabía perfectamente que debía sumarse a los vehículos que transitaban por la franja negra, pero le aterraba meterse allí con su pequeño vehículo para toda superficie. De sólo pensar en circular junto a esas monstruosidades se le descamaba totalmente la redonda y anaranjada cabeza. Finalmente, el sentido del deber lo venció: encendió el fog, pisó el acelerador  y a la aterradora velocidad de tess micmlgans se introdujo  en la franja de terreno negro. ¡Qué bien se circulaba por ella! Cierto que había que esquivar los hoyos que aparecían regados por aquí y por allá, pero qué placer.  De alguna manera al Capitán le parecía que debía abrir la escotilla izquierda, apoyar en ella su brazo y izquierdo y mirar por un espejo lo que venía detrás. ¿Por qué no se les había ocurrido poner un espejito? ¡Hacía una falta! Además, tampoco le habría venido mal  un salumín que le permitiese escuchar su concierto favorito. Tomó nota mental  para los especialistas, después de todo, cuando se mudaran al Planeta Azul iban a necesitar miles de vehículos para toda superficie. Por lo menos,  uno por zédico*.

 

El Planeta Azul no parecía tan peligroso, era cosa de esquivar los vehículos y listo, qué tan grandes o feroces podían ser los Azules… qué tan horribles y pendencieros. Sudó frío. Eso era algo que mejor ni pensar. Lejos, muy lejos, apareció  una extraña silueta que lentamente fue creciendo en  la ventanilla  principal hasta que el Capitán  distinguió un gran rectángulo verde decorado con extrañas figuras blancas, clavado por dos largas varas de metal en el suelo. Interesante. ¿De qué se trataría? ¿Monumentos para honrar a los antepasados, cosechadores de viento solar, intercomunicadores estelares? Quizás los Azules no eran tan primitivos como los sabios pensaran originalmente.

 

El Capitán pasó zumbando junto al objeto  sin enterarse de que exactamente a ciento veinte  kilómetros de allí lo esperaba la ciudad de   La Serena.

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La Araña  estiró sus ocho patitas y alargó el cuello para no perder nada de lo que sucedía  a su alrededor. Hacía mucho, mucho tiempo que vivía en la casa de estas tres señoras tan estiradas, tan serias y tan silenciosas.  Ninguna araña  que hubiese vivido en esa casa los últimos dos milenios podría recordarlas manteniendo una conversación.  Eran muy calladas, las viejas damas…¡pero qué talento para manejar la rueca y el telar, que eficiencia en el manejo de la tijera!

Y  casualmente, porque así suceden las cosas, una de las ancianas dejó caer la bobina de hilo,  cuando se agachó para recogerlo,  quedó tiesa,  y un  quejido de dolor escapó de su  boca.

-¡Ay!

-¿Sucede algo, Cloto? – preguntó su vecina.

-Es que  tanto tiempo sin moverme me tiene las coyunturas rígidas, Laquesis – respondió la aludida.

-A mí, querida, me sucede lo mismo –respondió la tercera dama.

– ¿Tienes tú la tijera, Atropos? – preguntó Cloto.

-Claro, no soy yo, acaso, la encargada de cortar el hilo de la vida? –respondió esta pasándole la tijera y levantando luego su tejido contra la pálida luz que entraba por la ventana

¡Qué maravilla, qué delicadeza, qué arte! La Araña quedó muda de admiración. Cierto que ella hilaba su propia fibra, una casi  tan ligera y tan fuerte como la de las Moiras, pero claro, aparte de tender unas hilachas de cornisa a ventana, de una viga a la lámpara de aceite, eso era todo. Jamás, hasta entonces, a araña alguna se le había ocurrido la peregrina idea de tejer algo tan práctico  como una túnica y mucho menos algo tan bello y tan complejo como la vida de un hombre.  ¿Qué araña se habría atrevido a cortar con una tijera el hilo de la vida? A lo más, algunas daban su picotón fatal por aquí y por allá, algo que no se notase mucho.

Muchas  noches pasó la Araña meditando al respecto. Tenía que tejer tan bien como las Parcas. ¿Qué podía hacer para convertirse en una eximia tejedora? ¿Se dedicaría a espiar a las Parcas hasta conocer sus más íntimos secretos o se humillaría ante ellas rogándoles que la aceptaran como su aprendiz?

Lamentablemente, si bien  mucho  caviló al respecto no fue  suficiente, porque escogió la peor alternativa posible: desde su rincón del tejado, entre la paja y el barro que la apelmazaba, no perdió un instante del trabajo de las Parcas hasta que una noche,  cuando éstas se retiraron a descansar, bajó hasta el telar y se dedicó  a copiar el urdido y las puntadas de  las viejas señoras: primero tendió unas hebras formando  la base y después fue  formando sobre ella un  espiral  de rara elegancia;  cada vez que llegaba al punto donde había empezado ensanchaba  el tejido y así se fue  haciendo una bella tela concéntrica.

Todavía faltaba mucho para el alba cuando la Araña detuvo su tarea y se quedó admirándola con  íntima satisfacción.¡Qué bello trabajo, bien que podía estar orgullosa de  su obra!  Tantas horas le había tomado que se sentía exhausta, hubiera dado  cualquier cosa  por una hora de sueño. 

Tal era su cansancio, que se acurrucó en la esquina del tejado y antes de darse cuenta estaba profundamente dormida, tan profundamente,  que  pasó una hora sin que pudiera despertarse y luego pasó otra, y otra y finalmente, amaneció. Un tímido rayo de sol se escurrió por la ventana y la Araña dormía a pata suelta. Todavía estaba en ello cuando entraron las Parcas a retomar su trabajo del día anterior. Atropos  tenía prisa,  se había ido  a la cama sin acabar con tres agonizantes que ya no daban más a causa de tan larga espera.

Las Parcas no podían creer lo que estaba ante sus ojos: una bella tela, sutil y delicada,  se estiraba  sobre el telar, y  el hilado era tan fino que la luz  del sol lo difuminaba casi hasta la invisibilidad.

En eso despertó la Araña y bajó de prisa a compartir su momento de triunfo con las dueñas de casa.

–          ¿Qué os ha parecido mi tela,  queridas Parcas? Hace tanto tiempo que admiraba su trabajo que he encontrado mi verdadera vocación en el tejido. Mientras observaba, perfeccioné mi seda para que fuese más resistente que el hilo de acero y más dúctil y flexible que el mismo oro. No se disuelve ni con alcohol y además tiene propiedades antimicrobianas. Después pensé en ese bello dibujo en espiral, tan elegante.  ¿Qué les parece? No es  linda?

–  ¡Pero cómo, qué insolencia! –alcanzaron a rezongar las Parcas.

Después, en un ataque de auténtica furia, expulsaron a la Araña de su casa en el fin del mundo, prohibiéndole para siempre que se acercara doquiera ellas estuviesen y, en un gesto de infinita maldad, la maldijeron dos veces. Una, para que su vida y la de toda su especie fuera mucho más breve que la de los hombres que ellas hilaban,  y la segunda, para que el hilado de todos los arácnidos fuese para siempre viscoso y difícil de quitar.

Tanta saña  causó  infinitos sufrimientos a las Arañas. Ahora que las Parcas las consideraban sus enemigas, nadie quería relacionarse con ellas y se fueron poniendo cada vez más solitarias. Además, todos  se molestaban con sus bellas telas que solo podían notar cuando estaban enredados y pegoteados en sus hilos. Sólo el descubrimiento de que los insectos se adherían a la tela facilitándoles la cacería  les sirvió de consuelo. No es que los insectos sean un gran almuerzo, después de todo, nadie ha visto una araña gorda, pero los insectos caen en sus telas con tal asiduidad  que tampoco es fácil encontrar una araña hambrienta.

Aquello del tejido, claro, nunca se les quitó del todo. Las Arañas continuaron tejiendo sus telas y envidiando a las demás tejedoras. Algo se ha dicho por ahí de un feo episodio con una tal Penélope, casada con un marino llamado Ulises, pero no ha trascendido lo que realmente sucedió. Lo que sí esta  claro  es que desde  aquel incidente con las Parcas ninguna Araña  teje a plena vista de cualquiera. Prefieren los rincones, a más oscuros, mejor.       

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Mag sud:

            Me avergüenza un poco tener que reconocer el susto que pasé en ese terrible túnel interestelar Smm. ¡Nadie puede imaginarse lo que es caer vertiginosamente por un agujero oscuro azotado por  rayos y  saturado de curvas y rincones inesperados! Yo creía que sería un poco como el Agujero Negro del Parque de Diversiones Wulquliq, algo esponjoso y tibio como la panza de un kamuk, pero largo y curvilíneo como el grácil cuerpo de una serpiente zadora. No, es mucho peor, es único e irrepetible y no quiero ni pensar en mi pobre madre, con sus sombreritos elegantes y sus zapatillas de cristal de skama,  cuando tenga que embarcarse para el Planeta Azul. Los tres mags que caí en el espacio  fueron una pesadilla

¿A propósito, ¿cómo  llamaremos al Planeta Azul?  ¿Será correcto que sea yo quien  le dé nombre o deberé esperar al Consejo de Ciudadanos Mayores, Experimentados y Respetables de Zdn?

Decidido: le daré un nombre provisorio y después me someteré a la decisión del Consejo. Pero primero quiero verlo, saber qué provoca en mí ese  misterioso planeta. Brrr, no quiero ni pensar qué clase de bestias feroces lo habitan ni qué problemas climáticos deberé enfrentar. Esta galaxia, la Galaxia del Largo Camino Blanco de Estrellas,  es tan extraña, tan diferente a la nuestra. Ninguno de sus planetas se parece entre sí y menos aún sus satélites,  que sólo tienen en común el hecho de estar muertos. Nuestros sabios nos describieron planetas gigantescos (el Planeta Azul es uno de los más pequeños), helados o ardientes, con vientos que arrasan sus superficies y  ríos de lava que bajan rugiendo por laderas de montañas  interminables. En algunos, la atmósfera es irrespirable, en otros tan delgada que se flota; ningún zédico* podría vivir allí.

En el Planeta Azul hay vida primitiva; existen lo sólido y lo  líquido y hay una  atmósfera algo pesada, a la cual nos costará acostumbrarnos, pero podremos respirarla si utilizamos nuestro tercer sistema respiratorio, que actualmente tenemos dormido por falta de necesidad. También tiene algo llamado Fuerza de Gravedad, totalmente desconocido para los planetas de nuestra galaxia. ¡Qué ganas de  saber cómo es!

 

Mag dreiw:

Mi nave está escondida detrás de la cara oscura del satélite del Planeta Azul, pero ya lo vi: ¡Es hermoso, es mucho más azul de lo que imaginaba, casi tan azul como la piel de los gulidreiks! Flota en un halo de luz azul y su estrella lo baña con el calor de sus rayos. Querido Planeta Azul, recién te diviso y ya te amo, qué felices vamos a ser los Zédicos* allí. He revisado mis niveles de  tesofelium helado, todo bien. Gracias  al túnel interestelar Smm apenas gasté  un ztin por ciento del total. Los mags, aquí, son mucho más cortos. Mañana  el Planeta Azul habrá rotado una vez más sobre su eje y la luz de  su estrella bañará el otro hemisferio,  entonces yo encenderé los fogs y descenderé  suavemente sobre su superficie envuelto en las tinieblas.

Tengo lista  la bandera de Zdn, es preciosa y se verá deslumbrante en la luz de nuestro nuevo hogar. Preparé  el equipo de exploración. Tengo comida y bebida para siete mags, creo que es suficiente para un primer  vistazo.

Intercomuniqué  con Zdn, conversé con el Mariscal Z*Yaiq, di mi primer informe, envié saludos para mis seres queridos.   Posteriormente, consideré que era  hora de celebrar mi llegada, revisé la despensa y entre todas esas típicas comidas deshidratadas  para vuelos interestelares encontré una pastilla de lúgulas en salsa y otra de helados de kalomfin. Acabo  de sacar la comida del convertidor y se ve suculenta;  con vuestro permiso.

Las lúgulas deshidratadas no son exactamente lo que uno come en casa.

No importa, haber llegado al Planeta Azul hace que todo valga la pena. De todas maneras, traeremos semillas de lúgulas, de kalomfins, de malgrudis, de amundengus y de todas esas maravillosas cosas que ahora debemos cultivar en cámaras subterráneas. Nunca más comeré productos convertidos,  después de haber vivido trescientos quárqums bajo la superficie me tienen  hasta el tentáculo.

En todo caso, no sé qué tan buena puede ser la idea del profesor Z*Asmuq de traer ejemplares de nefertiles. Ni siquiera son tan bonitos y además  son terriblemente peligrosos cuando vuelan sobre uno. Yo creo que después de trescientos quárqums bajo tierra nuestros sabios han olvidado lo que era tenerlos ensuciando los techos y los sombreros. ¡Es cosa de ver cómo dejaron la ventanilla panorámica de la nave! Es del peor gusto que le hayan puesto su nombre. Cómo se les ocurre llamarla  Nefertil.

Creo que le enviaré una  imagen polidimensional de la ventanilla al profesor.

 

Mag wolf:

Estoy listo para  comenzar el descenso. Enciendo los fogs, la nave vibra mucho menos en el espacio interestelar, fijo las coordenadas del Planeta Azul. Descenderé  al sur de  su hemisferio inferior, en un gran espacio desértico en la masa continental  que en estos momentos pasa más cerca de la Estrella Principal; eso  me permitirá evitar  el encuentro con bestias feroces  y me proporcionará un blanco lo bastante grande para no errar. Los indicadores no muestran existencia de líquidos, pero mi vehículo de superficie cuenta con su propio sintetizador de  emergencia para comidas y líquidos.

Esto también es histórico, por primera vez  en mink gmil quárqums  un zédico* se desplazará en un vehículo de superficie;  desde la invención del cohete familiar, todos los zédicos* han volado. Me pregunto cómo será eso.

Por otra parte, ¿qué tan difícil puede ser  circular por la superficie de un planeta vacío? En caso de que aparezca una fiera,  cierro las escotillas y listo, no pueden entrar. Lo más probable es que en cuanto vean  mi vehículo se mueran de miedo.

 

-Capitán Z*Quq a Base Zdn. Comienzo el descenso hacia el Planeta Azul; en cuanto toque la superficie haré mi  reporte  de rutina. Corto.

-Entendido, Capitán Z*Quq, el corazón de Zdn le acompaña. Corto.

 

La nave desciende veloz  y ligera. Me rodea la oscuridad y el espacio está regado de puntos brillantes, las estrellas lejanas. ¿Alguna de esas lucecitas pertenecerá a los confines de la galaxia de Zdn? No creo, estamos demasiado lejos. El Planeta Azul es ahora el planeta negro, no se ve nada… No, miento, allá, hacia la izquierda se ven algunas áreas salpicadas de luces. ¿Serán zonas cristalizadas, lavas ardientes? A medida que me acerco se ven muchas más de esas superficies, qué desconcertante. Las luces parpadean en la noche.

Me aproximo con tanta rapidez que  las pierdo de vista, la más próxima quedó tapada por las montañas.  Bajo flops para descenso, activo lunkies.  Los indicadores están locos. ¿Podrían estar indicando presencia de vida o se  habrán magnetizado? En todo caso, no saldré a explorar de noche, por si me encuentro con algún animal peligroso. La superficie se acerca, bajo velocidad a dreiw  mlgans. Qué miedo, no sé  sobre qué me estoy posando.

-Capitán Z*Quq a Base Zdn. ¡Nefertil se ha posado, Nefertil se ha posado!

-Aquí Base Zdn, active pantalla bloqueadora de imagen y revise niveles, capitán Z*Quq.

-Todo listo, Base Zdn, ahora apago fogs. 

-¡Felicitaciones, Capitán Z*Quq! Estamos en directo con las pantallas de Zdn, permítame preguntarle cuál será su primera actividad en el Planeta Azul.

-Revisaré los indicadores, parecen estar siendo afectados por la radiación del planeta y se han vuelto locos. Muestran ráfagas de  movimiento en lugares cercanos, probablemente algunos animales salvajes. No hay señal de líquido, sí de alguna vegetación, pero pobre. Estamos a gran distancia del océano, me temo. Tengo todo preparado para la primera salida, falta poco para que amanezca y en cuanto  haya  luz, abandonaré la nave. Cuando lo haga,  radiaré mi próxima comunicación, no së cuánto tiempo estaré explorando,  pero estoy preparado para sobrevivir siete mags lejos de la nave Nefertil. El vehículo de superficie funciona a la perfección, anoche probé el  motor.

-Perfecto, Capitán, ahora  descanse. Necesitará todas sus fuerzas para esta misión.

-Así lo haré, señor, gracias.

 

 

No he podido cerrar un ojo. El silencio del Planeta Azul es casi cósmico. Desde hace algunos miltars se divisa una línea de claridad sobre las cumbres de las montañas. He comido algo, poco, no tengo hambre. Un par de perdues y una taza de  gom caliente que me reconfortó. En cuanto aclare haré abandono de la nave, antes, hago mi última llamada,  para la cual no espero respuesta.

 

-Capitán Z*Quq a Base Zdn, la estrella del Planeta Azul ha aparecido al oriente, enciendo motor del vehículo de superficie, abro escotillas. Esta es mi última comunicación hasta que termine la exploración. ¡Por Zdn y los zédicos*! ¡Este es un pequeño paso para el zédico*, pero un gran paso para la zedicidad*!

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Hola amigos,  esta semana comenzamos un nuevo libro y esta vez vamos por el sendero de la ciencia ficción. conoceremos  de primera fuente las aventuras del heroico Capitán Z*Quq, primer zédico  que toca suelo en nuestro planeta.  los invito a pasar un rato divertido en su compañía, porque si algo tiene el Capitán es muy mala suerte.

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Mag goom:

Estoy viviendo el momento que he esperado  con ansiedad y no puedo evitar sentirme algo incómodo. Debe ser el casco, me aprieta un poco y el respiradero para el tentáculo superior me queda justo, por un pelito no resultó estrecho.

Lo peor de esperar el despegue es la posición: uno está tieso, sin poder moverse, atado con correas al asiento y con la vista fija en la ventanilla de proa.   A  causa de  la inmovilidad  sólo tengo acceso a un estrecho rectángulo de firmamento color ciclamen, por el que apenas se ve cruzar  volando un nefertil desubicado, que  casi con seguridad resultará con las plumas de sus tres colas chamuscadas en cuanto se enciendan los fogs de la nave. Los nefertiles son uno de los pocos animales que han sobrevivido en las condiciones actuales del planeta, pero su resistencia  física es muy superior a su inteligencia.

A pesar de mi nerviosismo, cumplo al pie de la letra con las instrucciones para el despegue: reviso los niveles de tesofelium helado, todos bien; bajo los flops, funcionan; activo la palanca que  cierra herméticamente las escotillas, perfecto.

Conecto el intercomunicador y entrecierro seis de mis doce ojos. Estoy un poco tenso; intento soñar que estoy de vacaciones en una de las maravillosas islas del Mar de Cumburkal y casi puedo oler el aroma de los amundengus floridos. De pronto, la voz del  mariscal Z* Yaiq me trae de un porrazo a la realidad:

– Base Zdn a  Nefertil I. ¡Listo para el despegue, Capitán Z*Quq,  en dos miltars comenzamos cuenta regresiva!

-¡A la orden mariscal Z*Yaiq!

Nunca hubiera imaginado que dos miltars pudieran hacerse eternos. Toda mi vida desfila ante mis ojos en esos dos miserables miltars. Recuerdo  a mi padre, emocionado, intentando disimular una lágrima cuando se me nombró Explorador Oficial para la Supervivencia de la Raza Zédica*.  A   mi madre,  con su sombrero de plumas de canfini spola, del que está tan orgullosa. A  mi querido profesor Z* Laml, exultante  porque uno de sus muchachos ha llegado tan lejos.  Y  a mi adorada X*K-Limi enjugándose su naricita anaranjada con un pañuelito de poflin mientras me  promete solemnemente que  aguardará mi regreso  por largo que sea el viaje.

– Ztin, gnon, tok, tess, zik, mink, wolf, dreiw, sud, goom…. ¡zelu!

La cuenta es tan breve como larga la espera. Los fogs se encienden, una gran nube de llamas verdes y negras forma una corona a los pies de la nave. El fuego asciende tan veloz que su resplandor se imprime en la ventanilla de proa. Los motores rugen con tanta  violencia que ni siquiera el intercomunicador Xxcc logra su cometido. Por  tres miltars,  soy el zédico* más aislado del planeta. La nave vibra hasta que parece que fuera a romperse en mil pedazos.

Repentinamente, noto que  la vibración ha cambiado. ¡He despegado, la nave está más liviana, diferente, asciendo rápidamente y el firmamento  vuelve a ostentar su color ciclamen, estoy volando, he dejado mi planeta natal!

Desde este mismo miltar, todos y cada uno de mis actos y palabras quedarán registrados en la Bitácora de Vuelo. Elevo mis  ojos superiores y sorprendo la cámara que sigue con atención mis movimientos. Mis ojos laterales derechos captan el registro de emociones y pensamientos,  que se imprime con celeridad sobre una cinta virgen de color negro. No puedo evitar un ligero sentimiento de pánico: ¡Desde hoy,  yo, Z*Quq soy parte de la historia!

 

Mi viaje -X*K-Limi y yo lo sabemos-  no puede ser muy largo. Y tampoco puedo fallar. Ahora que la nave ha llegado a la  décima segunda atmósfera de Zdn, la evidencia salta ante mis ojos. Nuestra estrella, nuestra querida y vieja Estrella Madre, ha entrado en la primera fase  para convertirse en supernova.

El proceso fue lento, gracias a eso pudimos acostumbrarnos a vivir bajo la superficie, a usar trajes protectores, a racionar la comida y la bebida y a sintetizarla de diferentes productos. Zdn ha vivido los últimos seiscientos quárkums en estas duras condiciones, pero  no podemos seguir esperando, porque si lo hacemos, ya no habrá raza zédica*.

            Por eso estoy aquí. Por todos y cada uno de los  habitantes de Zdn, por  la historia de un planeta que con razón me enorgullece, porque ha sabido vivir en paz con el resto del Universo; por mi amada X*K-Limi, con quien  algún mag deseo casarme  y tener  hijos que lleven con dignidad el nombre de mi padre, de mi abuelo y de  incontables generaciones de Quqs que supieron ser leales y esforzados; por mis maestros, por mis oficiales y por nuestro respetado gobernante, el Mariscal Z*Yaiq.

            Mi destino es el Planeta Azul, tercer planeta de la más desconocida de las galaxias y único capaz de entregarnos las condiciones necesarias para la supervivencia. Dentro de  dos mags, mi nave alcanzará  la entrada del túnel  interestelar  Smm y cuando me introduzca allí sólo tendré que  caer  durante otros tres mags  hasta que finalmente aparezcan ante mí  los volcanes muertos del satélite del Planeta Azul. Desde allí en adelante, todo es especulación, nuestros sabios suponen la existencia de vida primitiva, de una atmósfera apropiada y de condiciones favorables para el desarrollo de la raza zédica*, pero nada de eso ha sido comprobado. Yo, Z*Quq,  seré el primer zédico* en pisar la superficie del Planeta Azul y después plantaré allí nuestra bandera  reclamándolo para mi pueblo. Posteriormente,  desembarcaré mi vehículo para toda superficie y  exploraré  el lugar hasta que encuentre el sitio apropiado para levantar nuestra primera colonia. Después me comunicaré con  la base de Zdn y se iniciará el desembarco de nuestro pueblo. No creo que tardemos mucho más de un quárqum para  tener los campamentos suficientes para instalar a nuestras familias. Establecernos allí  nos tomará otros dos quárqums. No podemos demorar más, porque  después de eso, en apenas treinta mags,  se acelerará el proceso de nuestra Estrella Madre, y toda la superficie de Zdn será arrasada. 

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