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Archive for 25 agosto 2010

Devorado por la desesperación, el capitán Z*Quq tenía un aspecto deplorable. Iba de un lado a otro de la nave tratando de arrancarse el tentáculo superior  sin parar de gemir:

-Mi amada X*Klimi, mis adorados padres, mis maestros queridos…

Tanto dolor no podía quedar sin respuesta. Pancho se le acercó, le tocó el hombro derecho y le dijo con voz temblorosa.

-Bueno, no todo está perdido, Capitán…podrían venirse a vivir acá.

La idea era descabellada, pero la situación era tan desesperada que el Capitán se agarró de ella como un náufrago de un salvavidas.

-¿Tú crees que el Mariscal de Tierra aceptará, terrestre Pancho?

No fue sencillo explicarle al Capitán y al Mariscal Z*Yaiq que la Tierra carecía de un Mariscal único. La idea de algunos centenares de mandatarios, de los cuales sólo unos pocos tenían verdadera importancia en las decisiones que involucraban al planeta, les era difícil de asumir.

En todo caso, más sabe un Mariscal por viejo que por otra cosa. Como todo político avezado, el Mariscal resolvió el asunto designando a Pancho como  Embajador Plenipotenciario de Zdn ante las Naciones Unidas. Pancho, por su parte, decidió que ocultaría esos honores cuidadosamente por razones de seguridad personal  y  enseguida elaboró un plan perfecto para que la colonización de los zédicos* pasase inadvertida.

El Mariscal, bien aleccionado por algunos reportes secretos del Capitán Z*Quq, estuvo de acuerdo. Casi simultáneamente, los zédicos* comenzaron a embarcarse. Las naves que aguardaban en las plataformas de lanzamiento se llenaban,  cerraban sus escotillas y emprendían el vuelo. El Mariscal Z*Yaiq estaba contento: la evacuación de Zdn se efectuaba con precisión y calma, tal como fuera planificada.

En las últimas naves se embarcó toda la fauna de Zdn. Los últimos en subir fueron los nefertiles, que habían sido a su vez los últimos en buscar refugio bajo la superficie.  Tenían tal bullicio dentro de sus jaulas que casi enloquecían a los pilotos de sus naves. Incluso, se corrió la voz de que unos esklemtiles, que son unos animales bastante tímidos,  habían intentado suicidarse arrojándose desde lo alto de la torre. Los nefertiles provocan pasiones encontradas.

-O se les ama o se les odia -decía de ellos el profesor Z*Asmuq.

Los últimos en subir fueron doscientos ejemplares de canfini spola (que han sido llevados al borde  de la extinción a causa de sus bellas plumas nacaradas) y cincuenta y dos parejas de tamuks  con los que se esperaba iniciar crianza tan pronto como fuera  posible.

 

Mantener la seguridad fue la razón de que los primeros zédicos* que pisaron la Tierra lo hicieran fingiendo ser juguetes de plástico. Poco tiempo después, cuando los zédicos  vieron el tamaño de los terrestres y apreciaron algunas de  sus más famosas  seriales de televisión, estuvieron totalmente de acuerdo con los sacrificios que les había impuesto la llegada secreta. ¡Quién habría dicho que los Azules eran tan peligrosos!

Las últimas instrucciones que recibió el Capitán Z*Quq se referían al terrestre  llamado Pancho. Amablemente, el Mariscal Z*Yaiq  deploraba tener que ordenarle que la memoria del niño memoria debía ser borrada en cuanto terminara el desembarco de los zédicos*.

 

Los extraterrestres de plástico anaranjado coparon el mercado con extraordinaria rapidez. Después de que un comerciante declaró que tenían  tan buen sistema de animación que parecían vivos, se convirtieron en la sensación de la temporada. Todo el mundo quería llevarlos a sus casas y era de pésimo gusto no contar con uno de ellos, por lo menos, entre los adornos de la casa. Algunas personas tenían familias completas de las que no podían explicar cómo  habían llegado a poseer. Parecía que se reproducían solos.

Los extraterrestres terminaron  por saturar casas, jugueterías y supermercados. Aunque nunca llegó a saberse quiénes fueron los fabricantes  originales, después  aparecieron en circulación las típicas copias hechas en Taiwan, que distaban mucho de tener la misma calidad de las primeras.  Los  primeros extraterrestres animados sólo tenían un defecto:  tarde o temprano, desaparecían y no había  manera de  recuperarlos.

 

Después, quién sabe de dónde,  surgió el mito urbano de los invasores extraterrestres,  que explicaba  la existencia de los juguetes anaranjados como una invasión pacífica que tarde o temprano se apoderaría de la Tierra. Al desaparecer, se decía, los extraterrestres se marchaban a unas colonias submarinas que habían construido frente a las costas del norte de Chile.

No faltó quien los buscó con ayuda de un submarino y el verano siguiente la mitad de los adolescentes de La Serena  perdió el tiempo mirando debajo del agua para encontrar alguna evidencia. Lógicamente, no se encontró nada.

Al año siguiente nadie hablaba de ellos. Habían pasado de moda. 

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Bebé tenía serias intenciones

de armar un escándalo

de proporciones.

No quiere almorzar,

le carga la sopa,

quiere que mamá

le dé compota.

Con unos gajitos

de mandarina

aquieta las aguas

la tía Ernestina.

Bebé come sopa y postre

y el resultado, claro,

es un desastre.

Cuando terminó,

todo se lavó,

aún la silla alta

donde merendó.

Ahora Bebé quiere jugar

y no se cansa de reclamar:

Quiere la pelota,

quiere su  abanico,

y la caja de cartón

que trajo Federico.

A Bebé los ojos

se le están cerrando

tiene mucho sueño

y sigue reclamando.

Bebé quiere pasear

o  ver televisión.

Bebé no pierde la ocasión

de acelerar mi corazón.

Duérmete mi niño,

duérmete Gugú,

que estás más    irritado

que un pobre emú

al que le han hecho

la permanente

y vio los resultados

reflejados en la fuente.

Bebé está casi, casi dormido

toda la casa ha estremecido

con sus quejas y sus llantos.

Este Gugú, está de espanto.

Cierra los ojitos,

gimotea un poco

y en sólo un segundo

se olvida del mundo.

Ahora que Bebé se durmió

una buena siesta tomaré yo.

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Tres días después,  antes de que los integrantes de su familia abrieran los ojos, Pancho se levantó, se colgó las zapatillas al cuello y  salió sigiloso en dirección a la cabaña de las herramientas. Aún estaba oscuro, era sábado, por lo que estaba seguro de que sus padres no se  despertarían  antes de las nueve de la mañana.  Despejó la superficie de la caja y ante él, soñoliento, apareció el Capitán Z*Quq con el tentáculo superior levemente maltrecho por las incómodas noches pasadas.

Con el extraterrestre acomodado en una mochila,  Pancho llevó su bici hasta llegar a la esquina;  recién ahí se montó en ella y partió velozmente hacia los suburbios. Junto a su oreja derecha asomaba  la cabezota anaranjada de Z*Quq, que trataba de  descubrir el camino dándole las instrucciones más contradictorias que fuera posible.  Eso, hasta que Pancho se detuvo abruptamente.

-Mira, tú me dijiste que llegaste por la carretera.

-Sí.

-Y que entraste por el acceso norte.

-Sí.

-Bueno, quédate callado y yo te llevo allá.

-¡Pero tengo que encontrar el vehículo de superficie!

-¿Y dónde lo dejaste?

-En  el parque, junto a unas estatuas.

-Esta bien, vamos allá.

Media hora después, luego de afanosa búsqueda, el Capitán Z*Quq  logró dar con elvehículo de superficie, que estaba  medio sepultado por los matojos y la tierra. El vehículo de superficie tenía el capot feamente averiado y  tan mal aspecto que el Capitán dio el contacto con preocupación, pero el motor ronroneó suavemente. ¡Funcionaba!

A Pancho le costó bastante introducirse en el vehículo de superficie, es más, nunca habría imaginado que se pudieran  hacer autos tan chicos. Pero a fin de cuentas, su tío Luis era dueño de un Austin Mini del año de la  pera, así que ya tenía un poco de práctica en esas lides.  Para hacerle más espacio, el Capitán se deshizo de las raciones de emergencia,  que Pancho escondió junto a su bici y la mochila vacía.

  Pocos minutos después, enfilaban por la Carretera Panamericana Norte en busca de la Nefertil I.

 

-¡Aquí, aquí fue! Mi nave debe estar hacia el este.

¿Cómo podía estar tan seguro el Capitán? A Pancho todo el desierto le parecía igual.

-De ninguna manera -explicó el Capitán Z*Quq-, toda la información del aterrizaje quedó  registrada en Nefertil I y los instrumentos del vehículo de superficie están conectados directamente con el cerebro de la nave.

Y obedeciendo las instrucciones de su pantalla,  se encaminó directamente hacia las montañas.

Contra todo lo que Pancho pudiera pensar, el vehículo de superficie era bastante eficiente. Sin ningún problema superaba dunas, colinas, pedregales y  bajadas. El niño iba totalmente doblado y encogido, pero el todo terreno del Capitán Z*Quq no se achicaba con el peso extra. Cuando las cuestas se hacían muy pesadas, el Capitán presionaba un nuevo botón de marcha, entonces el ronquido del motor se hacía más profundo y en pocos minutos superaba la subida.

 La  incómoda posición, sumada a la poca costumbre de madrugar,  terminaron por cansar al niño. Sus ojos se fueron cerrando hasta que finalmente se durmió del todo.

 

-Ahí está, hemos llegado!

            El grito del Capitán Z*Quq despertó al niño. Con las extremidades adormecidas y el cuello maltrecho, Pancho trató de ver la nave en  la ventanilla del todo terreno, pero delante de él sólo se divisaba una gran extensión de desierto bañada por el sol.

            -Yo no veo nada -se quejó.

-No te preocupes, terrestre -repuso el zédico*-, ya podrás verla.

Reduciendo la velocidad al mínimo, el Capitán Z*Quq se adelantó con decisión  hacia una pila de rocas, Pancho abrió la boca para gritar ¡Cuidado!, pero no alcanzó a hacerlo. Todo lo que los rodeaba desapareció y repentinamente, las rocas se convirtieron en una gran pasarela plateada por la que el vehículo de superficie trepó sin dificultades hasta llegar al corazón de la nave interplanetaria.

-¡Guau! ¿Cómo hiciste eso?

-Dejé la nave protegida con un camuflador de imagen, aunque estábamos delante de ella, no podías verla. -Explicó Z*Quq.

El Capitán  saltó ágilmente hacia el interior de la nave. Pancho hubiera querido hacer lo mismo, pero sus piernas entumecidas no se lo permitieron. No pudo  evitar un par de ayes de dolor a medida que entre cabezazos y  estirones lograba salir del pequeño   vehículo.

-Bienvenido a mi nave,  terrestre.

Pancho estaba maravillado. La Nefertil I  era bastante grande si se consideraban las dimensiones de los zédicos*. Todo relucía brillante e impecable a bordo; después de todo, uno de los motivos por el que se le asignara la misión a Z*Quq habían sido sus  excelentes calificaciones en la Escuela Interplanetaria de Vuelo y Exploración.  Asombrado, el niño iba de un lado a otro revisando los aparatos, el tablero de vuelo, la ventanilla salpicada  de desechos de nefertil  de brillante color rojo y el vistoso traje de astronauta  con  el que Z*Quq se apresuró a reemplazar el vestido de la  muñeca de  Mari.

Inmediatamente después, el Capitán se instaló en el asiento de mando y  encendió el intercomunicador.

-Nefertil I a Base Zdn, Nefertil I a Base Zdn, este es el Capitán Z*Quq, Nefertil I llamando…

La respuesta vino emocionada desde el otro lado del universo:

-¡Base Zdn a  nave Nefertil, creímos que habría muerto, Capitán! ¡Este es un gran día para Zdn!

-Tengo tantas cosas que contarle, Mariscal Z*Yaiq, que no sé por dónde empezar, pero, antes que nada, debo decirle lo peor: el Planeta Azul no está deshabitado. No podremos instalarnos aquí.

Un largo silencio se alzó a través del cosmos. El Capitán Z*Quq pensó que había pasado una eternidad  cuando la voz del Mariscal Z*Yaiq volvió a escucharse  por el intercomunicador.

– También nosotros tenemos algo que decirle, capitán. El proceso de supernova de nuestra  vieja y querida Estrella Madre se ha salido de los márgenes normales. Sólo contamos con treinta mags para evacuar a nuestro pueblo hacia algún punto de la galaxia  donde no nos alcance su poder destructivo. 

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Lo primero que hizo Pancho fue devolverle el triciclo a Matías e interrogarlo minuciosamente sobre lo sucedido el día del robo. El proceso de obtener información se produjo sin dificultades, pero para su sorpresa, cuando intentó dejar el triciclo el niño se negó a recibirlo.

-No do quiedo, ahoda teno una biciqueta.-

Matías estaba aterrado. ¿Qué tal si a papá se le ocurría devolver su preciosa bicicleta nueva ahora que el triciclo estaba de vuelta?

En todo caso, Pancho  insistió tanto que  todos los demás aparecieron -así son las cosas en la  familia de Matías, todo es asunto de estado-, se enteraron del asunto  y quedaron convencidos de que  el pequeño había escondido el triciclo para que le compraran una bicicleta.

Mamá pensó que su bebé era muy listo y lo había planeado todo, pero que habría que reforzar su honradez. Matías no podía ir por la vida mintiendo con esa soltura.

Tere pensó que su hermanito era un fresco, pero ¡qué bacán!

Matías lloró con auténtica desesperación porque nadie le creía y perdería su bicicleta nueva.

Y  papá, conmovido,  prometió que no devolvería la bicicleta, pero le hizo prometer a su pequeñín que nunca más inventaría cosas. El niño aceptó entre sollozos, Mamá consideró la posibilidad de una visita al sicólogo, el triciclo fue asignado al primito Benjamín y  Matías conservó para siempre  la desagradable  reputación de un niño mentiroso, que le acarrearía serios problemas en su adolescencia.  

Las cosas parecían haber quedado claras para todos, menos para Pancho. Su febril imaginación de niño era perfectamente capaz de todo. En otras palabras, Pancho  creía  la más fantástica de las versiones del asunto: el extraterrestre de su hermana era en realidad un invasor, había robado el triciclo y quién sabe qué otras cosas  y estaba esperando el mejor momento para llenar la Tierra de otros invasores enanos y anaranjados que se harían pasar por juguetes hasta apoderarse del mundo.

Sólo necesitaba una cosa: pruebas.

Porque una cosa es suponer una verdad  y otra muy distinta es probarlo ante el mundo. Para  eso, Pancho necesitaba un detalle muy importante: el juguete de su hermana.

En todo caso, Pancho ya tiene diez años  y conoce bien el mundo exterior. Temiendo que le ocurriera lo mismo que a Matías, se guardó muy bien de contar a su familia lo que había descubierto. En vez de eso, fingió absoluta inocencia, se desentendió totalmente del dormitorio de su hermana y tres días después se robó la llave del armario.  Para que Mari  se mudara de ropas, Mamá debió llamar un maestro  que rompiera la cerradura  e instalara una nueva. La  niña recibió un buen reto por  las molestias que había provocado y Pancho disfrutó la oportunidad de ver como la hermana perfecta cometía un error.

Ahora que ni siquiera necesitaba la llave, Pancho, que ha visto bastantes series policiales,  se deshizo de las evidencias incriminatorias arrojando la llave a la basura y esperó pacientemente  que llegara el sábado. Ese día, mientras la familia hacía preparativos para el cine, sufrió repentinamente un dolor de estómago  que estuvo a punto de hacer que  Mamá llamara al médico. Notando que sobreactuaba, Pancho moderó sus gemidos, concedió que se sentía mejor, pero que prefería quedarse acostado y cuando todos salieron, se dio un margen de seguridad de cinco minutos y luego saltó como un resorte en dirección al closet de su hermana.

 El Capitán Z*Quq ya había acabado con los diarios de vida y atacaba ahora la colección de  fotografías de los astros favoritos  de Mari  cuando la puerta se abrió bruscamente y Azul Pancho lo atrapó en el proceso de engullir al teniente Horacio Hornblower con tricornio y todo.

-¡Te tengo!

Pancho levantó al Capitán, que se atragantó de terror, y le apretó la panza anaranjada hasta que los restos del uniforme de Hornblower saltaron  por el aire. Z*Quq habría preferido desmayarse, pero  no tuvo más remedio que fingir que era un juguete. Por supuesto, a esas alturas era bien difícil que Pancho le creyera;  simplemente lo pescó del tentáculo superior y se lo llevó a  rastras hacia su laboratorio secreto, es decir, lo metió debajo de la mesa de su computador,  donde  le ató las extremidades a las patas del  mueble para  tenerlo asegurado mientras encontraba las herramientas adecuadas.

 ¡El Capitán Z*Quq estaba en manos del peor de sus enemigos! Aterrado, el valiente explorador  empalideció hasta  un enfermizo tono amarillo mayonesa. Azul Pancho no dejaba de observarle y cada cierto rato arrojaba a su alrededor toda clase de herramientas de apariencia diabólica: alicates, cortaplumas, agujas de coser  lana,  tornillos, pinzas. Cuando finalmente apareció esgrimiendo  un gran cuchillo cartonero en la mano derecha, el Capitán  no necesitó seguir actuando y se desmayó de veras.

Al volver  en sí, una luz cegadora  bloqueó sus ojos  y   lo dejó  a un tris de desvanecerse otra vez: ¡un horrible ojo gigantesco lo observaba! El Capitán Z*Quq estaba a punto de conocer la peor cara de los Azules.

-¡Z*Amustaq  -rogó al Dios de Zdn-, apiádate de mí!

Contra su voluntad, el Capitán  no pudo evitar preguntarse si el poder de Z*Amustaq  llegaría hasta el otro lado del Universo o sólo alcanzaría para el planeta Zdn.  Tembló como poseído.

-¡Ah, yo sabía que estabas vivo, invasor! -Rugió Pancho apartando la lupa de Papá de su ojo derecho – ¡Confiesa cuáles son tus planes!

-¡Soy inocente! -Gimió Z*Quq tal y cómo había visto que decían los prisioneros en la pantalla oscura.

El Capitán no podía entender qué  le estaba sucediendo. ¡Estaba echando líquido por los ojos, igual que Azul Mamá y Azul Matías! Por si acaso, repitió todas las frases que había escuchado al prisionero  de “El regreso de los Mutantes III”

– ¡Está bien, te daré todo el dinero!

-¡Confesaré todo, pero no me hagas daño, Azul Pancho!

– ¡ Yo no fuí, soy inocente!

Como era de esperar y tal cual ocurría en la película, Azul Pancho sólo se interesó en el dinero.

-¡Lo tengo escondido en una caja debajo de los zapatos de Azul Mari! -confesó el Capitán.

Pancho fue a buscarlo y regresó con una caja repleta de desodorantes, lápices labiales, esquelas arrugadas, pilas y velas decorativas a medio comer.

-Aquí sólo hay basura -dijo-,  o  confiesas todo, o….

Azul Pancho se inclinó sobre  la barriga  anaranjada con el cuchillo cartonero en  ristre. La punta brilló peligrosamente en la oscuridad acercándose hacia la piel del Capitán, que a estas alturas se veía amarillo pato.

– ¡Yo sólo quería volver a casa, junté ese dinero para comer  hasta que encuentre mi nave! – explicó el extraterrestre mientras derramaba  lágrimas en cantidades que a él mismo le habrían parecido asombrosas si hubiera estado en condiciones de pensarlo.

-Eso no es dinero -dijo Pancho-,  no  me interesa, lo único que yo quiero es que confieses la verdad.

-Esta bien -concedió el Capitán-, te diré todo.

 Para un zédico*, la palabra todo significa exactamente éso: todo.  El Capitán Z*Quq contó  con pelos y señales los motivos que lo habían hecho atravesar el Universo, el triste futuro que aguardaba a  Zdn y los pormenores de la misión que se le había encomendado.  Recordando lo ocurrido al protagonista de “Prisionero de guerra, la película”,  entregó  los nombres de toda su familia, sus superiores, maestros y  amigos más próximos y estaba listo para  dar una visión somera de todos los animales del planeta Zdn cuando Pancho no soportó más tanta cháchara y lo hizo callar.

-Bueno, ya está bien. Basta con eso.

A continuación, para sorpresa del Capitán, cortó sus ligaduras con el cuchillo cartonero y le ayudó a ponerse de pie. Z*Quq le llegaba exactamente a la cintura.

-¿En verdad se va a acabar tu planeta? -preguntó.

Una  nueva andanada de explicaciones científicas fue interrumpida con rapidez.

-No te preocupes, te creo.

E inmediatamente atacó con otra pregunta.

-¿Y qué era lo que pensabas hacer ahora?

El Capitán Z*Quq se tomó media hora para contar las  aventuras vividas al llegar y explicarle a Pancho que debía llegar hasta su nave para contactarse con el Mariscal Z*Yaiq y abortar  el despegue de las naves zédicas* hacia el Planeta Azul.

-Tierra -explicó Pancho-, se llama Tierra.

 A Z*Quq todavía le quedaba una pregunta que hacer.

 -¿Por qué me vas a ayudar, Azul Pancho?

Pancho no supo qué responder. Él no lo tenía muy claro del todo; los ojos de Z*Quq, por algún motivo,  le recordaban los de Tomás, uno de sus mejores amigos. La familia de Tomás ocupaba la casa de la esquina hasta que un día el padre  se quedó sin trabajo. Habían vivido con dificultades varios meses, pero   finalmente no les había quedado más remedio que vender la casa y mudarse. Pancho tenía grabados los ojos de Tomás el día que se despidieron: grandes, sin brillo, con una llama de tristeza parpadeando en el fondo, exactamente como los del  extraterrestre anaranjado.

En todo caso, admitir una debilidad como ésa delante de un invasor extraterrestre o de cualquier chico del barrio era algo que ni siquiera se podía plantear.

-Por nada -dijo-, quiero que  vuelvas a tu planeta y nos dejen tranquilos. Y no me digas Azul.  Pancho, sólo Pancho.

 Finalmente, llegaron a un acuerdo. Pancho le ayudaba a recobrar su vehículo y el Capitán prometía que  los zédicos* nunca invadirían la Tierra. Z*Quq no pudo evitar un suspiro  melancólico  al pensar en los desodorantes con mermelada de frambuesa. ¡Qué pérdida! Pancho, por su parte, paladeó mentalmente las delicias de verse en la televisión como “el heroico niño que libró a la Tierra de una invasión extraterrestre”. De paso, recordó que tendría que tomar muchas fotografías para que le creyeran.

El Capitán Z*Quq se tranquilizaba. Después de todo, Pancho no era tan monstruoso como había pensado, hasta podría pensarse que los Azules, perdón, los humanos,  eran buenas personas. Algo brutos no más. El resto de la tarde  lo pasaron compartiendo  información sobre Zdn y la Tierra. Al zédico* le costó convencerse de que la información trasmitida por la pantalla oscura era mayormente ficción para entretener a esa desconcertante especie de vida que eran los Hombres.  A Pancho le encantaron los planos de la Nefertil I y  los mapas interestelares del Capitán, que copió lo mejor que pudo con la loca idea de un viaje interespacial  germinando allá en el fondo de su cerebro.

Antes de que la familia regresara del cine todo estaba programado: en tres días partirían a buscar la nave en la bicicleta de Pancho. Por el momento, el niño consideraba que era mejor que el Capitán se escondiera; podría ocurrir que la actitud de  Mari no fuese tan tolerante con los invasores extraterrestres, por más  pacíficos que fuesen.

El Capitán estuvo de acuerdo y se  metió sin titubear en el cajón de las herramientas del jardín, acompañado de una buena cantidad de  tubos de pasta dental,  textos de historia y biología, un frasco de miel de abejas y una  botella  del  lavalozas favorito de   Mamá.

– Esto está un poco oscuro -se quejó Z*Quq cuando la tapa se cerraba sobre su cabeza-.  ¿Me  vas a venir a ver, terrestre Pancho?  

 -¿Se te ocurre? Se ve que no conoces a mi hermana; cuando descubra que  no estás  en el clóset me voy a ver en aprietos -explicó Pancho antes de tapar  la caja y cubrirla con toda clase de  cosas en desuso.

Por si acaso, añadió una ligera capita de polvo, así parecería que nada se había movido por allí en mucho, mucho tiempo. 

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Para quiénes han preguntado por El niño, el perro y el platillo volador, les cuento que está a la venta en Librerías Antártica y Ferias del Libro, en sus distintos locales  en todo el país. Gracias por leerme.

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A unos cien kilómetros de Iquique se encuentra el poblado de La Tirana. Lo que antes fuera un caserío de barro y paja se expande con empeño por los terrenos salitrosos de la Pampa del Tamarugal usando cualquier material disponible. El sol reverbera sobre las cabezas trescientos sesenta y cinco días al año y uno más en los bisiestos, el agua es escasa, tanto como la sombra de los sarmentosos tamarugos. La mayor parte del tiempo el movimiento es escaso y se reduce a los pasajeros en tránsito hacia el oasis de Pica y Matilla, pero una semana al año, justo en mitad del  invierno, La Tirana estalla en una gran fiesta de luz, color y sonido. Ha llegado la hora de festejar a La Carmelita, La Mamita, La Reina: La Virgen del Carmen de La Tirana.

Decenas de bailes se han trasladado hasta allí por años a rendirle homenaje y aún aquellos años que movida por los pánicos oficiales se prohibe el ingreso a la zona, los más leales llegan de todas maneras. A veces arrastrándose sobre sus pechos desnudos, otras destrozando las rodillas sobre los guijarros, siempre, orando, cantando, bailando.  Por sobre sus cabezas, un estruendo de tambores, cajas, matracas y bronces resuena en los oídos ensordeciéndolos y apagando cualquier otro sonido.

En la plaza, delante de la Iglesia, y por las callejuelas que llegan a ella, aparecen los bailes. Algunos  creados por allá por la primera mitad del siglo pasado. Todos lucen sus mejores trajes en rasos, sedas y terciopelos multicolores, capas bordadas en lentejuelas,  cristales e hilos de oro y de plata. La mayor parte lleva sombrero, algunos, grandes máscaras de diablos, cóndores, armadillos y osos. La fauna andina se ha vestido de gala y se ha volcado a la calle para bailarle a La Carmelita. Hilos de sudor cubren sus mejillas morenas, el polvo opaca sus botas y zapatos. Hoy es dieciséis de Julio,  sus rostros muestran el agotamiento de una larga semana de esfuerzo, pero también sonrisas y orgullo, el orgullo de haber cumplido una vez más con La Mamita.

La Fiesta de La Virgen del Carmen de La Tirana partió como una actividad  de los salitreros en el primer cuarto del siglo XX, se apoderó de Iquique -el puerto más próximo- y ahora extiende sus raíces hasta la segunda, tercera y cuarta región. De todos lados llegan los promeseros y a partir del día siguiente comenzarán a subir sus bártulos en los mismos buses que los han traído hasta aquí. Plegarán los trajes, guardarán los arreos, recogerán los víveres sobrantes, las cocinillas, los termos. Probablemente, se echarán al coleto  los últimos sorbos de pisco o se refrescarán  el gaznate polvoriento con los restos de la bebida  de soda. Mañana el encanto estará roto y  cientos de cenicientas volverán a la vida real.

No hay palabras para describir La Tirana, apenas algunas imágenes,  pálido testimonio de la realidad.

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 Nadie que perciba un atisbo de reacción al dolor en  lo que parece un feo juguete de plástico se va a quedar tranquilo,  menos Pancho. Pacientemente, el niño  esperó que Mari se descuidara para poner sus manos sobre el Capitán.

Mari parecía  darse cuenta de sus intenciones. Cada vez que su hermano se  escurría dentro de su dormitorio llegaba a él en menos de  un segundo, lo justo para pillarlo con las manos en la masa, es decir, sobre  Klik.  Preocupada por su insistencia, optó por guardarla  bajo llave en el clóset y para quedarse tranquila, andaba con la llave en el bolsillo de sus jeans.

El capitán estuvo esa semana aburrido como ostra en el clóset. Aprovechó de darle el bajo a la colección de diarios de vida de Mari, previamente untados en una deliciosa crema bloqueadora solar.

Pancho, que tiene memoria de corto plazo,  podría haber olvidado el asunto sin dificultad. Pero el sábado por la mañana  su padre tuvo la mala idea de descubrir  los restos del suplemento deportivo en un estado tan ilegible que después de buscar inútilmente a Bobby para demostrarle  lo que pensaba de él,  sufrió un ataque de actividad.  Echó mano entonces, de  la podadora de césped y las herramientas para arreglar la luz del jardín, que llevaba seis meses sin encender. Finalmente,  atrapó  a   su hijo en el preciso momento que  ejecutaba una acción evasiva, vale decir, haciéndose  humo en compañía de su patineta. A Pancho no le gustan para nada las mañanas hiperactivas de los sábados.

-¡Momento, jovencito!

Pancho le tiene terror a estas palabras, sabe muy bien lo que viene detrás.

-Hace dos semanas que le ordené que llevara diarios y botellas al supermercado. Y adivine que es lo que acabo de ver en el patio…

Porque  el padre de Pancho tiene la manía del reciclaje. Diarios, botellas, envases de leche, metales. Cada cosa  en receptáculos separados. Todo ello estaría muy bien  de no mediar el hecho de que Pancho es el encargado de completar el proceso y acarrear todo a los envases de reciclaje del supermercado. Papá queda feliz sabiendo que ha cumplido con su deber, pero Pancho todavía no tiene muy claras sus responsabilidades como habitante del planeta. Es que él se ha quedado en la primera fase del proceso de  tratamiento de los desperdicios, o sea, en la de la producción.

Pancho se metió  de cabeza entre diarios y botellas con el entusiasmo que era de suponer. Llenaba su carrito de diarios, partía al supermercado y se tardaba una hora en regresar. Volvía  a llenar el carrito, esta vez con botellas, y allá vamos, media hora.

El niño estaba aburridísimo y  sopesaba ya la posibilidad de solicitarle a su mamá algo para el dolor de cabeza entre gimoteos y  suspiros de hijo sacrificado por el padre,  cuando,  al levantar una pila de periódicos, apareció algo que lo hizo cambiar totalmente de actitud.

Se trataba, por supuesto, del triciclo de Matías.

Lleno de curiosidad, Pancho terminó su tarea en menos  de lo que tarda Bobby en comer su almuerzo.  Fue,  incluso, lo bastante inconsciente como para decirle a su padre que todo estaba listo sin aplicarle anestesia antes. Por fortuna, la vida ha preparado a Papá  para toda clase de golpes bajos, de manera que se repuso de la sorpresa, le  premió con dinero para el cine  y lo liberó de todo trabajo posterior. Estaba tan emocionado que no pudo evitar comentar a su esposa lo mucho que había cambiado Pancho.

-Yo estaba seguro de que iba a inventar otra vez aquello del dolor de cabeza- remató.

Y  la buena señora, que se especializa en creer las mentiras de su nene, se sintió de lo más ofendida.

-Pancho es un niño delicado, siempre ha sufrido con el sol de mediodía. Lo que ocurre es que tú  le exiges demasiado.

-No creo, porque pudo hacer todo sin problemas -repuso él.

Y se quedó con la absoluta convicción de que a los niños no había que mimarlos tanto, y no me van a decir que no tenía razón.

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