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Archive for 31 julio 2009

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Niños, -dice la maestra-

Vamos todos a sacar

Los cuadernos, los colores

Y la goma de borrar.

Sobre estas páginas frescas

Empezaremos a armar

Satélites,  nebulosas,

Todo  el sistema solar.

¿Cómo haremos con la Tierra

que se me quiere escapar

por un agujero negro

a los confines de la eternidad?

¡Pronto, tomen sus tijeras

y la goma de pegar;

la cortamos, la encolamos

y nadie la moverá.

Con estos hilos de seda

A   Saturno le quedarán

Los anillos más brillantes

Que una corona real.

¿Y del sol su cabellera

cómo vamos a pintar

para recrear el fuego

que tanta vida nos da?

Rojo, blanco y amarillo

Y anaranjado quedará

Tanto que la luna llena

Más que nunca brillará.

Yo supe -dice Juanito-

Que un astrónomo encontró

Nuevos mundos tan lejanos

Que nadie jamás  conoció.

No lo creo -dice Alfonso-

Si es así ¿cómo los vio?

No hay telescopios tan grandes

Ni en Atacama ni en Ecuador.

Si de Alfonso se tratase,

-salta José- pienso yo

que  todavía la Tierra

sería plana como un tambor.

Si en vez de pelear ponemos

La cabeza en la labor

Nuestro Universo de cartulina

Funcionará como un reloj.

Nuestro Sol está en el centro

Latiendo como un corazón

Y nosotros orbitamos

Todo un año  alrededor.

Esta nube tan etérea

Que parece una ilusión

La  bautizó Vía Láctea

Un hombre que la admiró.

¡Es casi como un camino

para llegar hasta Dios,

cada estrella, un ladrillito,

cada grupo, un escalón!

Este es Marte, misterioso,

Planeta Rojo se le llamó.

Dicen ahora los científicos

Que un día la vida conoció.

¿Será cierto que solo hielos

existen allá en Plutón,

que de tan grande y lejano

hasta su atmósfera se congeló?

Algún día, en el futuro,

El hombre podrá viajar

Comprimiendo mucho el espacio

Y expandiéndolo hacia atrás.

¡En una de esas grandes naves

quisiera ser capitán

y recorrer las galaxias

y el Universo sin parar!

Por mucho que recorrieran

No podrían terminar

Un viaje hacia el infinito

Todos los miembros de la humanidad.

Te volverías viejito

Te tendrían que cambiar

Por tus hijos, por tus nietos

Y a ellos, por muchos más.

Eso creían, es cierto,

Nada  más osábamos pensar

Pero un hoyo de gusano

Promete ser la puerta para viajar

A Marte, Venus, Mercurio,

Urano, Júpiter y muchos más

Que de tan desconocidos

El hombre aún no llega a bautizar.

Así la clase ha terminado,

Nuestros planetas orbitarán

En su cielo de cartón piedra

Y en los sueños que todos tendrán.

 

 

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3081691679_315ef9425dLa verdad de este caso  se encuentra  tan atrás en el tiempo que ya casi ha quedado en el olvido y, si no fuera por  el íntimo deseo de los pingüinos de  sacarla de allí, no podríamos relatárosla.

Lo cierto es que los pingüinos  fueron  figuras importantísimas de la Corte de los Hielos,  y durante  milenios,  fieles y amados servidores de Su Majestad,  el Oso Polar.   En sus  siempre elegantes personitas descansaban todos los secretos de la diplomacia y el protocolo. Más aún,  ostentaban estas aves los principales cargos  de la Corte: Pingüinos eran el Chambelán, los  más importantes  Caballeros  de la Mesa Nevada, el Médico Real y  los Consejeros de Su Majestad. Nada sucedía en el Palacio de los Hielos  si no pasaba por las  alas de estas  ceremoniosas aves que no pueden volar y, como si fuera poco, los pingüinos  tenían fama de estar siempre vestidos para la ocasión.

Lamentablemente, los  pingüinos  fueron adquiriendo tanta importancia  que terminaron por creerse indispensables. Para  ejecutar la más mínima tarea tardaban horas acicalándose y luego se hacían  de rogar  para cualquier cosa en que se requiriese de ellos. Poco a poco   fueron obligando a los súbditos del Oso Polar a  entregarles  regalos por llevar a cabo lo que era su deber. Todo tenía su precio: un trámite, un pez, un título, un cardumen.  Como era de suponer, tantos regalos terminaron por corromperlos, nada les bastaba, y tuvieron la peregrina ocurrencia de que la Corte de los Hielos    debía cobrar impuestos a  todos los  habitantes del Ártico  para  demostrar su poder.

Su Majestad, cansado de tantas cacerías, lo consideró  muy razonable, e inmediatamente lo promulgó como ley.  Era digno de admiración  asomarse a ver las largas filas de zorros,  renos, focas, liebres árticas, morsas  y leones marinos,  que llegaban  arrastrando  grandes peces plateados que, de tan frescos,  todavía  boqueaban.

Si los pingüinos no hubieran  sido, además de elegantes,  tan presuntuosos,  es probable que hubieran puesto un poco de atención a los  gruñidos y silbidos de los siervos de Su Majestad. Nadie estaba contento. Nunca antes los  animales del Ártico habían trabajado tanto para comer tan poco, y les irritaba sobremanera ver a la pingüinada, gorda y  satisfecha, que  se paseaba de punta en blanco por los salones,  instándoles a darse prisa para no  interrumpir la siesta de Su Majestad.

Tan enojados estaban los animales que fueron a reunirse a la orilla del mar y debatieron largamente la situación. Ninguno de ellos quería malquistarse con el Oso Polar,  cuyo poderío y fortaleza eran más que legendarias, pero soportar a los pingúinos estaba más allá de toda consideración: debían ser defenestrados.

-Déjenmelos a mí –dijo repentinamente el narval sacudiéndose   el agua  bajo el escuálido sol boreal-; yo hablaré con el rey.  Los pingüinos no son malas  aves, debemos hacerlos entrar en razón.

Y se fue  a pedir audiencia  a toda prisa.

Apenas reclamó su derecho a ser recibido por Su Majestad,  Narval fue informado de que  el trámite le costaría  cinco peces de buen tamaño.  Sus  protestas indignadas no dieron resultados y  no le quedó más remedio que salir de pesca y regresar con lo solicitado.

–                      ¿Soborno? Estúpidos pingüinos, con este gesto  han llegado demasiado lejos– se dijo el narval.

 Ya en  presencia del Oso Polar,  Narval  expuso  claramente  la larga lista de quejas  que los animales del Ártico habían preparado con esmero.  Sin embargo, la respuesta de Su Majestad fue decepcionante:

-Los pingüinos no han hecho más que actuar en mi nombre –rugió fieramente el Oso Polar. Ya su chambelán le había advertido  que  lo mejor para mantener la paz en el reino, era manifestar claramente su poder.

Narval se quedó de una pieza. ¿Qué  hacer si Su Majestad  apoyaba a los pinguinos? Eso era algo que no se les había pasado por la cabeza. Repentinamente, una idea cruzó su mente.

-Decidme, Su Alteza –preguntó en un hilo de voz: ¿Existe un registro de todo lo que se cobra en impuestos y gabelas?

-¡Por supuesto,  insolente narval! –se apresuró a intervenir  el pingüino Chambelán.

-Si es así, no tendrás  reparos  a que le sea mostrado a Su Majestad –dijo  Narval. Estaba tan nervioso que su  colmillo temblaba.

– No creo que sea necesa…-empezó a decir  uno de los caballeros de la Mesa Nevada.

-¡Mostradlo de inmediato! –rugió el Oso Polar, recordando que los pingüinos, como súbditos que eran,  también debían ser incluídos en el grupo de los Posibles Revoltosos que Deben ser Mantenidos a Distancia.

– Su Majestad el Oso Polar revisó el registro y llegó a la conclusión de que todo estaba en orden, pero  Narval insistió:

-¿Constan allí los cinco peces que pagué por esta audiencia, mi Señor?

-¿Audiencia, pagaste por la audiencia? –rugió el Oso Polar, tan enojado esta vez que las paredes de hielo se fracturaron en  numerosos sitios.

Los pingüinos fueron llevados a juicio y se les condenó a pagar  una compensación a Su Majestad por cada pez indebidamente cobrado; bien sabido es que  hasta el día de hoy pagan su deuda. Perdieron  absolutamente todos sus privilegios y una triste mañana de invierno fueron expulsados de la Corte de los Hielos para  nunca más  regresar. Narval fue nombrado nuevo Chambelán y su primera medida en el cargo fue terminar con el pago de impuestos.  Desde entonces,  los animales del Ártico le tienen en la más alta estima. 

Para entonces, el Oso Polar  se encontraba  hibernando, de manera que no fue sino hasta la siguiente primavera que se enteró de que, si quería alimentarse, no le quedaría más remedio que salir de caza diariamente.

Los pingüinos, desolados, se habían repartido por las costas de todo el planeta, y vivían recordando sus pasadas glorias.  Nunca más volvieron por sus fueros, pero, para no olvidar,   conservaron sus tenidas de etiqueta y les encanta pasearse  solemnemente por las playas barridas por el viento norte. Los demás  animales suelen considerarlos unos  lateros.

Nota:

El pingüino es  la única ave no voladora adaptada al buceo con sus alas. Su capacidad de retener la mayor parte del calor de su cuerpo les permite vivir en las zonas más frías del planeta. Existen actualmente  alrededor de diecinueve variedades de pingüinos

El narval es un cetáceo odontoceto  perteneciente a la misma familia de las ballenas beluga. Se caracterizan por su largo colmillo en forma de sacacorchos que puede llegar a los dos metros de longitud. El colmillo del narval  fue usado para  probar  la existencia del unicornio.

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Queridos lectores,  continuamos en la búsqueda de la historia secreta de los animales. Todos aquellos secretos inconfesables  que siempre quisieron conocer irán apareciendo en estas páginas. Ya hemos hurgado en la intimidad de osos pandas, rinocerontes, cormoranes, pangolines, cirrípedos, ñandúes,  demonios de Tasmania,  suricates.  Ha llegado el momento de entrar al mundo de los pingüinos. Este viernes,  están invitados a  saber la verdad. 

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Esta historia está llegando a su fin. mMana, Diego se despide de tí hasta nuevo aviso. pero no  te quedarás con las manos vacías,  próxima semana, el primer capítulo de Lino y Tai, cazadores.

Así que te invito, vamos al neolítico a conocer a estos dos nuevos amigos. Y de paso,  una nueva poesía para  aprender a  rimar con los chicos.

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Hace mucho, mucho tiempo, los koalas eran  una de las especies más cariñosas y  seguras de sí misma que poblaban  la Tierra, y,  por esa razón, todos los marsupiales de Oceanía les tenían envidia.  Vivían  todos juntos y revueltos y sin embargo, cada vez que dos koalas se encontraban en un sendero del bosque, no podían evitar abrazarse y recordarse el uno al otro  el largo tiempo que llevaban sin verse y lo mucho  que se habían echado de menos la última media hora.

Si al cálido clima de Australia le sumamos lo muy dormilones que son los koalas,  para qué les cuento  lo corto que se les hacía el día. Entre saludos, abrazos y zalemas varias,  la vida de los koalas se iba  volando. Como si fuera poco, su  proverbial  amabilidad comenzó a extenderse hacia los demás marsupiales y cada vez que se encontraban con un wallaby o una rata canguro corrían a abrazarlos y les decían  cariñosamente:

-¡Tanto tiempo sin verlo, querido vecino!

Los aludidos quedaban un  tanto sorprendidos y  no faltaban quiénes salían comentando que los koalas tenían un tornillo flojo.

Pero los koalas vivían felices  ignorando que eran el comidillo de los demás. La felicidad duró  hasta un día que uno de ellos,  que paseaba por el bosque, escuchó a un kukaburra  gritándole a  otro que pasaba volando:

-¡Anda al claro del bosque a ver a esos tontos koalas!

-¡No me lo perdería por nada del mundo! –respondió el otro.

Koala quedó estupefacto. ¿Por qué querrían espiarlos? ¡Qué extraño era eso! Consciente de que tenía que saber la verdad, Koala se deslizó silencioso hasta el corazón del bosque para saber qué juego se traían entre sus alas los kukaburras. A medida que se acercaba, Koala  iba descubriendo grupitos de wallabies o canguros rojos escondidos entre los arbustos, que se reían para callados tratando de no ser descubiertos.

Cuando nuestro héroe se asomó para ver el motivo de tanta hilaridad,  sólo pudo ver  a sus congéneres yendo de un árbol a otro en busca de sus amigos y vecinos, a quiénes saludaban con grandes muestras de afecto como si no se hubiesen visto en mucho tiempo.

¡Conque de eso se trataba! ¡Qué envidiosos podían ser los animales! ¿En que podía afectarlos que los koalas fueran cariñosos y  expresivos? Apenas oscureció, Koala fue de uno a otro lado poniendo al tanto a la koalada de que se habían convertido en el hazmerreír de toda Oceanía  por  el simple hecho de ser buenos amigos y mejores vecinos. Para los koalas, fue como si les hubieran asestado una puñalada en su tierno corazón.

-¡Nunca más seremos payaso de nadie! –se juramentaron.

Así fue como, al día siguiente, todos fueron testigos de que los koalas habían sufrido un cambio radical. Ahora, al pasear por el bosque, se ignoraban unos a otros y si  llegaban a cruzarse con un amigo, daban vuelta la cara como si estuvieran muy interesados en algo que sucedía muy lejos de allí.

Lo malo fue que, antes de tomar tan drástica decisión, los koalas  no pensaron cuánto tiempo se extendería la medida y  los días, meses, años, decenios y siglos fueron  pasando hasta que se les olvidó totalmente  por qué razón habían cambiado, de manera que ya no necesitaron volver a ser como eran nunca más.

Sin embargo, un resorte secreto se había roto para siempre en sus corazoncitos y  no podían dejar de añorar  los buenos viejos tiempos en que todos se abrazaban  cien o más veces cada día.

Por eso, para no sentir esa pena, los koalas se abrazan de los eucaliptus con una energía y decisión que les impide pensar siquiera en mudarse de árbol, porque cuando estrechan sus bracitos cortos al tronco, en el fondo siempre están pensando:

-¡Ése de allá es mi amigo al que no veo desde esta mañana, qué ganas de darle un abrazo y decirle lo mucho que lo echo de menos!

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Los koalas son un bello animal,  de apariencia tierna y simpática. Uno siempre los ve posando  (tienen que posar, nadie puede ser tan bello  sin intención)  sobre las ramas de los eucaliptus o aferrado a su tronco. ¿Habrán sido siempre así, por qué lo hacen?

Entérate mañana.

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Querido lector; nos queda sólo un capítulo y el epílogo de nuestra historia, pronto, la  nueva aventura de Diego  habrá llegado a su fin. No olvides,  este lunes, enterarte de los últimos detalles previos a su regreso a casa. ¿Qué sucederá después,  existirá ya una nueva aventura de Diego Herreros?

Es probable, pero por el momento  nosotros nos iremos a la edad de piedra junto a dos jóvenes cazadores: Lino y Tai. 

Junto a ellos trataremos de conocer lo difícil que era la vida de nuestros ancestros y quizás un sentimiento de admiración nos invada. Gracias a ellos estamos aquí. Porque ellos no se dieron por vencidos, el hombre medró en el planeta. Hoy, con electricidad, vehículos,  agua caliente, teléfonos  e internet  hemos olvidado totalmente lo  dura que fue la vida de nuestros antepasados  prehistóricos.

Ya saben,  a enterarse de las novedades y a  sumirse en esta nueva aventura que nos llevara muy lejos en el tiempo.

Nos vemos.

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2500483634_bdc284e173Hace tanto tiempo que los demonios de Tasmania eran animales encantadores que ya casi nadie se acuerda de ello. En esa época no compartían  su bella isla con los humanos y tenían muy buena relación con La Naturaleza. Tenían mucha comida a su disposición y un brillante pelaje  negro atravesado por un  collar blanco en el cuello. En  ese tiempo eran  conocidos como los chiquitines de Tasmania, pero ¡ay de aquel que los llamase así! Ellos lo consideraban ofensivo y muy políticamente incorrecto.

No eran tan diferentes a hoy, dirán ustedes, pero sí,  lo eran. Cada mañana,  los  demonios, hoy solitarios,  se juntaban en los claros del bosque a comer. Llegaban desde todas partes trayendo insectos gordos y sabrosos, pequeños roedores marsupiales, huevos y raíces. Juntaban  sus aportes en un  gran banquete y celebraban por todo lo alto.

Hasta que un día, La Naturaleza, que andaba  en visita de inspección, atinó a pasar por allí.

-¡Pero qué chiquitines encantadores! –exclamó deleitada con el espectáculo.

Apenas  la escucharon,  los chiquitines de Tasmania  se molestaron con ella

-¡Cómo que chiquitines! –dijeron.

La Naturaleza no estaba al tanto de la larga lucha de los chiquitines tasmanos por  lograr el respeto de las demás especies, de manera que insistió.

-¿No son ustedes los marsupiales chiquitines?

-¡Jamás! –negaron ellos- ¡Nosotros somos más grandes que el noventa por ciento de los marsupiales!

Cierto que eran de mayor tamaño que el noventa por ciento de los marsupiales pequeños, pero ellos omitieron ese término que tanto les  dolía.

-¡Qué engreídos! –se dijo La Naturaleza-.  Quizás va siendo hora de que reciban una lección.

Y apenas de regreso en sus dominios,  emitió un decreto de Racionamiento de Alimento para Marsupiales Conflictivos.

Esa larga noche la pasaron los pobrecillos  buscando en vano los bocadillos habituales. Insectos y roedores parecían haber desaparecido. Apenas amaneció, una triste manada se reunió en el claro del bosque con  las patitas  y el estómago vacíos.

A última hora, uno de ellos llegó arrastrando el cádaver de un wombat que había  muerto a causa de los estragos de la edad.

-Es lo único  que pude conseguir –explicó tristemente.

Los chiquitines pasaron una semana negra y estaban muy enojados cuando  La  Naturaleza volvió por allí a recibir sus disculpas.

-Buenos días, chiqui… -alcanzó ella a decir antes  de ser expulsada del  bosque con  todo tipo de recriminaciones.

-¡Se nota que nunca ha sido madre!  -le espetó una hembra antes de hacerle un desprecio.

La Naturaleza, cuya  gran frustración era no haber tenido hijos,  regresó a su oficina y firmó inmediatamente un Decreto de Cambio de Aroma Específico. Apenas había puesto su rúbrica cuando un chiquitín le preguntó a otro:

-¿No sientes un olor  desagradable?

-Cierto,  ¿de dónde vendrá? – repondió el otro.

Tras unas pocas averiguaciones, los chiquitines se dieron cuenta de que ese desagradable olor  emanaba de sus propios cuerpos. Un kukaburra que pasaba volando les confidenció  que La Naturaleza, ofendida, les había jugado otra mala pasada

-¡Qué vengativa, qué mala persona! –se quejaban ellos inmersos en una profunda depresión. Primero les habían obligado a ser carroñeros y ahora esto.

Formaron al instante un Comité de Defensa contra las Veleidades de La Naturaleza y durante unos meses se les vio correr de un lado a otro como pequeñas trombas colgando letreros que exigían un nuevo trato, rayando las cortezas de los eucaliptus con alusiones desagradables hacia las madres frustradas y otras lindezas por el estilo. Incluso, de tanto gritar, perdieron el grato tono de sus gruñidos y ahora sólo chillaban.

A los seis meses, La Naturaleza  declaró roto el diálogo entre  las  partes y,  para demostrar quién mandaba allí, les mandó de regalo un virus de  tumor facial. Los chiquitines comenzaban sufriendo lo que parecía un ataque de acné nervioso y por más tratamientos que se hiciesen, no conseguían  eliminar esos feos granos. Peor aún,  andando el tiempo, los granos se convertían en un doloroso  tumor facial y   en apenas dos años los chiquitines que lo sufrían ya habían pasado a mejor vida a causa del cáncer.

-¡No les quedará más remedio que pedirme  perdón! –le dijo muy orgullosa La Naturaleza a los wallabies,  a sabiendas de lo chismosos que eran.

La Naturaleza olvidaba un detalle: la proverbial dignidad de los chiquitines de Tasmania. Apenas supieron lo que había dicho, ellos contratacaron con otro misil verbal:

-¡Si la inútil de La Naturaleza  insiste en desquitarse con nosotros, pasará sobre nuestro cadáver!

A estas alturas, los pobres chiquitines no eran la sombra de lo que habían sido. Iban de un lado a otro  chillando como enajenados, esparciendo su desagradable olor sin poder evitarlo. Odiaban su dieta y, para más remate, las hembras habían comenzado a experimentar trastornos reproductivos que, si bien podían ser causados por la tensión nerviosa, toda la chiquilinada los atribuía a “una bajeza más de La  Naturaleza cruel”.

La moción de la directiva del Comité de Defensa proponiendo  la  adopción del nombre Demonio de Tasmania fue votada favorablemente por el cien por ciento de la especie.  Era un último gesto  para  reponerse de los dolores de su orgullo pisoteado.

Desde entonces,  La Naturaleza vive a la espera de  que los demonios de Tasmania  lleguen a pedirle perdón de rodillas, pero está equivocada. Los demonios de Tasmania, a pesar de sus sufrimientos, siempre han hecho gala de una fortaleza de carácter  digna de admiración.  Se han juramentado a luchar hasta el último demonio y si no fuera porque una campaña de protección contra el tumor facial se encuentra en plena aplicación por instituciones protectoras de la fauna, hace tiempo que  habrían  visto cumplida su palabra.

Nota: El demonio de Tasmania es un marsupial cuya supervivencia se encuentra amenazada.

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Latino Australia

RTVE.ES

Wikipedia

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Un caso para las agentes Korokokó3063364001_f1cb9c0c39

Por Alida Mayne-Nicholls

Uno no esperaría encontrarse con un altamente entrenado y perfeccionista grupo de agentes como las Korokokó. De hecho, las gallinas no suelen ser vistas como un animal que sepa defenderse, aunque si alguna vez te has atrevido a tomar un pollito en presencia de su madre, te habrás dado cuenta de que la gallina no escatima fuerzas y picotazos en defender lo que es suyo. Esa es la tendencia natural de las gallinas, pero no las convierte en forma automática en una agente Korokokó, eso sería demasiado simple.

Las agentes Korokokó son elegidas desde que apenas son unos polluelos de dos semanas de vida, de manera que hayan completado su entrenamiento la misma semana que estrenan en sociedad su plumaje de adultas. Para el ojo humano es prácticamente imposible distinguir cuáles fueron las cualidades que los reclutadores vieron en esos polluelos, pero lo cierto es que nunca se equivocan. Cuando escogen un polluelo ten por seguro que se convertirá en una agente perfecta y que su plumaje no solo las protegerá del frío y el calor excesivos y de los picotazos de las gallinas que quieren mostrar su superioridad,  sino de los peligros más extremos a los que se ven expuestas gallinas como las Korokokó.

La gallina Marla se había convertido en agente hacía un par de días. Se había emocionado mucho con la ceremonia de graduación, ya que había sido la mejor de la clase y su madre, una gallina ponedora que le había dado un sinnúmero de hermanas, no cabía en sí de orgullo.

La ceremonia de graduación siempre era un gran evento y teniendo como invitadas a gallinas de diferentes granjas y en grandes cantidades, no se trataba de un acontecimiento muy silencioso. Por el contrario, no había forma que las gallinas dejaran de cacarear todo el rato, comentando quién se veía mejor, quién tenía más invitados o cuál de las agentes se veía más perfecta y marcial.

Por supuesto, todos concordaron en que era la agente Marla la que mejor se veía, con su pecho bien expuesto y la cola y la cabeza bien en alto. Durante su entrenamiento había sacado las más altas notas siempre. En los combates no había zorro ni gallo que hubiera salido libre de la humillación de la paliza que Marla les había dado. Y además se había convertido en una experta en código morse y en desciframiento de mensajes secretos.

Ahora se encontraba en la oficina del mayor Tricho lista para recibir su primera asignación. El mayor, un gallo de pocas palabras y un kikirikí que era famoso en toda la región, le extendió un sobre lacrado y le pidió que saliera de su despacho. Marla sabía que debía abrir el sobre estando sola. Estaba ansiosa, pero lo disimuló bien mientras pasaba junto a las otras agentes y se encerraba en uno de los cuartos seguros. Cerró la puerta con pestillo y abrió el sobre. Leyó el mensaje bien unas cinco veces, para asegurarse de que no estaba malentendiendo nada, y después agarró el papel a picotazos. En pocos segundos había convertido el mensaje en un confeti diminuto, no habría forma de recuperarlo.

Lo que no era un secreto era la inundación que el huerto de la granja venía sufriendo cada semana desde los últimos dos meses. Había habido otras agentes investigando el caso, pero no habían logrado averiguar nada al respecto. Marla comenzó de inmediato. Primero revisó la zona del huerto en busca de pistas, y estableció puestos de vigilancia; ella misma encabezó el turno de noche.

De ambas actividades reunió las siguientes pistas: tres plumas de color café dorado, dos pelos rojizos, una huella parcial posiblemente de un animal, un grano de maíz y una botella de plástico con un poco de agua dentro. Analizó las pistas obtenidas en el laboratorio y decidió mantener su puesto de vigilancia durante una noche más y luego dedicarse a observar el movimiento de la casa grande, donde vivían los humanos de la granja. Concluidos cinco días de investigación, análisis y tanta reflexión que hizo que se le pararan dos plumitas rebeldes de su cabeza, redactó su informe y se lo llevó al mayor Tricho: el caso estaba resuelto.

El mayor Tricho leyó el reporte con seriedad extrema, revisó las pruebas, los resultados de laboratorio y las conclusiones de la agente Marla y sonrió. Esa noche él, Marla y el grupo de detención de las Korokokó esperarían en el huerto la llegada del culpable. Tal como lo había previsto Marla, cuando ya no había luces en la casa grande, se abrió la puerta y vieron una sombra salir. Era una persona que iba descalza y arrastraba los pies. Llevaba una botella de plástico en la mano derecha. La oscuridad de la noche protegía su identidad, pero ya todos sabían de quién se trataba. El mayor dio la orden y todas las agentes Korokokó se abalanzaron sobre la persona. Desde atrás Marla veía una nube de humo y plumas.

Al día siguiente, el capataz de la granja se asomó al huerto y se sorprendió al encontrar al hijo mayor de la casa grande, un adolescente colorín, atado en el medio de la vega, con la botella en la boca y un papel pescado en la chaqueta del pijama. El capataz tomó el papel y supo que tenía entre sus manos al culpable, aunque no se explicaba cómo había quedado atado de pies y manos. Pronto todos en la granja se enteraron que el hijo mayor salía de la casa sonámbulo en busca de agua para llenar su botella de plástico, la llenaba afuera y olvidaba cerrar la llave, por lo cual el huerto amanecía completamente inundado.

La agente Marla recibió su primera condecoración y otra vez su madre, la gallina ponedora, no cabía en sí de orgullo. Marla también estaba radiante de felicidad.

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Querido lector, esta semana tendrás la oportunidad de enterarte de Por qué los demonios de Tasmania tienen tan mal carácter.  Ciertamente, no les faltan razones a los pobres, pero más allá de todos sus defectillos, por alguna extraña razón siempre han provocado en mí una gran simpatía. Para qué les digo lo que sentí cuando los conocí más a fondo.  El viernes estarán a su disposición las últimas noticias sobre este agitado marsupial originario de Oceanía.

Ah, lo olvidaba, las opiniones  expuestas en ese relato no son reponsabilidad mía. En este caso sólo soy vehículo de expresión de los demonios de Tasmania.

Nos vemos

Alida

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