Feeds:
Entradas
Comentarios

Posts Tagged ‘alida verdi’

portico1Queridos amigos, ignoro si alguno de ustedes escribe, pero me parece una probabilidad bastante cercana. Si escriben, saben que uno se encariña con sus libros. Durante largo tiempo dan vuelta en nuestra cabeza y luego, cuando decidimos darles forma, los vamos volcando en el computador, corrigiendo una y otra vez, trasladando párrafos de aquí para allá. En fin, durante un tiempo, el libro es parte de nuestra vida, incluso hay oraciones, a veces párrafos completos, que se nos graban en la memoria.

Por eso, cuando el archivo se convierte en libro, uno siente el orgullo de la madre que mira a su hijo y se ufana de verlo tan crecido, de lo mucho que ha avanzado ese pedacito de carne al que le cambió los pañales. Eso me pasa hoy, me siento feliz, dichosa, de que Pórtico haya llegado al papel. Por razones de salud he estado algo ausente de mi blog. tenía obligaciones más urgentes, pero qué grato es regresar para decirles que conozcan a mi nuevo hijo. Aquí está, es “Pórtico”.

Anuncios

Read Full Post »

zombie

Existen dos historias en torno a los zombies y ambas tienen su origen en Haití. La primera,  engancha  los límites la  fantasía y la realidad y nos deja un sentimiento de horror ante la maldad humana. La  segunda, la historia literaria, es quizás más repulsiva, pero también más fácil de aceptar.

Coup de poudre se llama a los polvos que serían administrados a los que van a tener la desdicha de ser convertidos en zombies.  Hay siempre un motivo para ello: la venganza. En  Haití hay que tener mucho cuidado con herir los sentimientos de las personas porque eso puede significar que  el ofendido decida que tu vida acabó, porque vas a ser convertido en zombie.

Otro motivo puede ser el eterno afán de explotación que algunos individuos llevan en su ser más íntimo. Hay amas de casa que explotan a sus sirvientes, hay comerciantes que explotan a sus empleados, hay empresarios que explotan a sus trabajadores. Ninguno de ellos se siente mayormente culpable por hacerlo y bueno, la verdad, los campesinos que fabrican un zombie para que trabaje por ellos hasta morir realmente tampoco se sienten culpables. Estoy cansado, se dicen, necesito ayuda, no puedo pagar por ella. A ver, qué podría hacer para solucionar mi problema…por ejemplo, ¿y si me consigo un zombie?

Y en cuanto te ponen los ojos encima, estás perdido. Empezarán a rondarte, harán un estudio de las ocasiones en que estás solo y por último, comenzarán a administrarte los polvos malditos. El coup de foudre.  Entonces comenzarás a debilitarte, perderás el apetito, los colores, la salud. Tu familia hará todo lo posible, pero no hay caso. Un día, sin saber cómo llegaste a eso, serás un cadáver.

Es posible que tu futuro amo, el houngan, esté presente en tu funeral, hasta puede que se muestre dolido, que no pueda creer que alguien tan joven haya pasado a mejor vida. Hay gente descarada en esta vida.

 Tus parientes te llorarán, cargarán tu ataúd al cementerio y te dirán el último adiós con ojos húmedos. Lo único que ignoramos  de este proceso es lo que tú, el zombie, siente. Estás inmóvil, yerto, no respiras, tus ojos están cerrados, pero…¿puedes escuchar, tienes algún nivel de consciencia encerrado en tu mísero ataúd?

Espero que no. ¿Quién querría vivir los entretelones de su propia muerte?

El houngan no te recuperará de inmediato. Los parientes pueden querer visitarte y sería de muy mal gusto que lo sorprendieran escarbando tu tumba, pero cuando finalmente lo haga te llevará a su granja y te administrará los otros polvos, los que te revivirán, pero nunca tan vivo como para que tengas de regreso tu inteligencia y tu voluntad. Desde ese momento en adelante, eres un esclavo, un esclavo muerto. Qué más podría querer tu amo, mano de obra gratis. La mayor parte de los empleadores que conozco serían perfectamente capaces de tener un esclavo zombie, nada les duele más que pagar un sueldo decente.

Y, dime. ¿Acaso no es horrible la historia del origen del zombie, no sientes piedad por esos pobres seres esclavizados por la maldad humana?

EL Zombie literario y cinematográfico

Lo primero que hay que reconocer es que los zombies cinematográficos son REALMENTE horribles. Su carne está descompuesta, podrida hasta el punto de verse  violácea y negruzca, sus cabellos, desgreñados y sucios les cuelgan como serpientes de la cabeza, tienen heridas por aquí y por allá y la sangre coagulada los mancha. Caminan apenas, lentos e inseguros, como si hubieran perdido todo sentido de lo que hacen.

A pesar del  proceso de corrupción de su cuerpo y nadie sabe cómo, los zombies cinematográficos pueden ver, sus ojos parecen inmunes al deterioro de sus tejidos. Gracias a esto pueden encaminar sus pasos tras de los humanos vivos más cercanos, en especial, los protagonistas de la película o  el cuento. Despacio, muy despacio, lo suficiente para que el o los protagonistas tengan tiempo para salvarse, pero nunca tan despacio como para que se salven los personajes secundarios. Ya se sabe, nada peor que un papel de relleno en una película de miedo.

Y todo ese esfuerzo  a causa de una palabrita desagradable que nos expone crudamente la verdadera naturaleza de un zombie: NECRÓFAGO. Los zombies tienen la pésima costumbre de alimentarse de otros seres humanos, que a su vez, después de ser mordidos, pasarán a integrar la multitud de cadáveres hambrientos que se arraciman delante de las puertas y ventanas de la casa donde se refugió nuestro protagonista.

Ahora, de los zombies esclavos y su sistema alimenticio es poco lo que se conoce. ¿Serán también adictos a la carne humana o se conformarán con los poco atractivos restos de la comida de su amo?

No tengo gran interés en enterarme. Es más, por mí que los zombies se mantengan lo más lejos posible de mi persona. Se ven horribles, se comportan horriblemente y, a pesar de que nadie se ha molestado en explicitarlo, estoy seguro de un pequeño detalle: es un hecho que los zombies deben oler horrible.

Read Full Post »

 el-condor-pasa

 

Nunca faltan las voces malintencionadas que se esfuerzan por manchar la figura del Cóndor:

-¿Por qué llamarlo cóndor –cuestionan? Si no es otra cosa que un buitre, un carroñero más?

¡Cómo si la delicada labor de un animal carroñero no fuese tan necesaria para nuestra Naturaleza maltratada! El Cóndor, siempre orgulloso y amante del silencio de los desfiladeros andinos, continúa sus evoluciones aéreas sin prestar atención a estos comentarios tan venenosos como insignificantes.

-Al menos –se dicen los cóndores mientras ejecutan su majestuoso vuelo-,  hubo alguno que reconoció el valor de nuestra presencia y nos coronó junto al Huemul!

-¿Qué suerte,  no? Muchos se oponían a que fuéramos el símbolo de esta tierra –retrucan otros.

Y a continuación, melancólicos, hacen memoria de aquellos buenos tiempos en que todavía era posible disfrutar la sabrosa carne de un huemul sin que nadie pusiese el grito en el cielo. ¡Cada día son más escasas las presas, no queda más remedio que conformarse con los duros conejos silvestres o la desabrida carne de una vaca o una oveja desbarrancada!

-¡Quién pudiera picotear un pudú jugoso, salpicado de aquellos deliciosos gusanos que tan bien lo sazonan! – razonan mientras observan los valles desde las alturas de su patrullaje diario.

Tristemente  reflexionan los cóndores sobre  el tiempo perdido. Se duelen de la presencia invasiva del hombre, que cada día trepa más arriba obligando a pumas, zorros, roedores y aves de rapiña a refugiarse en lo más alto de la Cordillera.

Porque antes, cuando la tierra era joven e inocente, los Cóndores, majestades de los aires, volaban sobre toda la franja que se asoma al Pacífico. La luz de cada amanecer los sorprendía en sus grandes nidos y  los empujaba de inmediato a surcar el cielo. Iban de norte a sur, de este a oeste, respirando el aire helado de Los Andes y disfrutando el frufrú de sus alas  henchidas por el viento. No dejaban de observar hasta que de algún lugar de la campiña llegaba el aroma penetrante de la carne descomponiéndose, sólo entonces, avisados ya todos los componentes de la bandada, se acercaban rasgando el viento con un silbido a llenarse la barriga hasta que, de tan pesados, no podían emprender el regreso. No les quedaba entonces sino dormitar con la cabeza oculta bajo sus grandes alas mientras hacían la digestión.

Pero, poco a poco, las  imágenes que se imprimían en sus agudos ojos fueron cambiando. Los hombres cultivaban la tierra y poblaban los campos con nuevas bestias ajenas al entorno. Los primeros caminos que se dibujaron sobre la tierra eran ásperos e intrincados y las carretas quedaban atrapadas en el barro después de las lluvias, las luces que se encendían eran débiles y titilaban delatando la presencia de las casas de adobe, pero, casi sin que ellos se dieran cuenta, el paisaje comenzó a cambiar.

Un día, un cóndor divisó una mancha que olía diferente: tenía la marca del hombre. Cuando bajaron a comer el extraño animal que yacía sobre la tierra lo hicieron desconfiados, temerosos. Sin embargo, aquello que los hombres llamaban “res” llenó la panza de muchos animales y después de que el Puma comiese hasta hartarse siguieron los culpeos y los cóndores y no pararon hasta dejar los huesos limpios. Todos los animales libres supieron entonces que el hombre tenía algo bueno: podía proporcionar comida, y no hay nada más importante que la comida para la vida de aquellos que están a la buena de Dios.

Muchos soles desaparecieron tras el horizonte hasta que un día el Cóndor vio a los hombres elevando torres a través de los campos. Los observó divertido, vaya qué trabajo se daban esos hombres. ¿Para qué construir torres si ya existían árboles tan altos por todo el valle?

Con el correr del tiempo las torres, que estaban unidas una a otra con pesados cables de cobre, abarcaron todo lo largo y ancho de la comarca y comenzaron a trepar por los taludes cordilleranos. Sin embargo, para ellos la presencia de las torres no tenía relación con el hecho de que las casas se iluminaran brillantemente y mucho menos con los nuevos caminos, que como cintas grises, eran recorridos velozmente por extraños vehículos.

Para entonces, la mayor parte de los animales se había replegado lejos de la presencia del hombre. Algunos, no pocos, fueron menguando hasta que no se les volvió a ver más. Ningún cóndor supo qué había pasado con ellos. Ahora a cualquiera le resultaba difícil encontrarse con los antiguos habitantes de la tierra y hasta al mismo cóndor le costaba divisarlos desde la privilegiada posición de sus patrullajes celestes.

Los cóndores podían ver claramente el cansancio de la tierra. Los hombres desviaban ríos, encerraban las aguas con altas murallas de concreto, abrían la tierra con enormes máquinas y arrancaban de ella todo lo que tuviera algún valor dejando tras sí un reguero de escoria y desechos y la tierra arrasada. Aquí y allá se levantaban las viviendas en que habitaban y no lejos de ellas se amontonaban los  basurales que producían sus moradores.

Una triste mañana de invierno, fría y gris, el cóndor despertó en su nido de la montaña. Estiró perezosamente las poderosas alas, revolvió la cabeza calva en su cuello de albo y suave plumaje y finalmente se incorporó sobre sus patas. Una ráfaga de viento lo azotó sin piedad, el cóndor pensó que era una mañana perfecta para alzar el vuelo y así pensando se arrojó en las corrientes de aire que se perdían en los desfiladeros de Los Andes. Primero planeó en círculos -¡cómo le gusta al cóndor planear en círculos! -, después enfiló hacia el valle de la gran ciudad.

La ruta estaba cruzada por largas columnas de humo tóxico que el cóndor evitó cuidadosamente y  aunque desde esas alturas el cóndor no podía escuchar el rugido proveniente de las carreteras estaba claro para él que todo allá abajo era agitación y prisas.

Pero ¿dónde estaba la ciudad? ¡Todo había desaparecido como borrado por una mano colosal! En el lugar donde se levantaba la ciudad había ahora una niebla oscura y sucia que no dejaba ver nada, ni siquiera a la poderosa vista de un cóndor. El cóndor  penetró en la nube y mientras respiraba sintió el cansancio que esa nube espesa y sucia producía en sus pulmones.  Aterrado, aleteó con fuerza  para arrancar de esa masa monstruosa. Se alejó sin mirar atrás hacia su nido en la montaña.

Esa tarde, mientras la luz se esfumaba lentamente, descansando en su nido, el cóndor supo que nunca más un cóndor querría volver a las tierras bajas. ¡Ya no había allí nada digno de verse ni de ser  disfrutado por un cóndor, hasta el aire mismo lo habían cambiado por esa mezcla extraña,  sucia y desagradable!

Por un momento, antes de cerrar los ojos, el cóndor pensó que le gustaría haber sido capaz de soñar para recordar en sueños la tierra tal como había sido, pensamiento que fue descartado por la razón de que los cóndores nunca podrán soñar.

Pero antes de dormir recordó al hombre que vivía en esas casas apiñadas, respirando ese aire sucio, atrapado entre el estruendo de las carreteras y la urgencia de la vida diaria y por un instante apenas se compadeció de él. Arrepentido, desechó ese pensamiento que lo traicionaba.  ¡El hombre, por ningún motivo, merecía la compasión, después de todo, la culpa del desastre era toda suya!

Read Full Post »

gato-gordo

 

La parcela donde vivían las tres hermanas quedaba casi rozando los cerros donde termina La Reina. Era un lugar muy lindo, les aseguro que no me habría molestado para nada vivir allí. Todo estaba lleno de árboles inmensos y el portón delante del cual  papá detuvo el utilitario era una obra maestra de volutas, rosetones y hojas de fierro forjado. Estaba entreabierto, de manera que nos bajamos y comenzamos a recorrer el sendero bordeado de árboles. A lo lejos se divisaban las luces de la casa; pasaban las ocho treinta y estaba oscuro.

Un viento frío sacudió los árboles, que se inclinaron dibujando extrañas figuras en el piso y trayendo ecos de risas y el sonido apagado de la música. Por más que habíamos caminado bastante, aún no llegábamos a la casa.

Finalmente, al dar vuelta un recodo del sendero, un espectáculo  inesperado apareció ante nosotros. Habíamos llegado a una gran piscina iluminada completamente por faroles chinescos. Alrededor de la piscina,  largas mesas cubiertas con manteles blancos que rozaban el piso desplegaban todo tipo de delicias: dulces, jaleas de diferentes formas, torres de bocadillos, tortas, kuchenes.

En  torno a ellas pululaba una legión de viejitas y uno que otro señor, más viejito aún. Todos ellos vestidos  con lujosos disfraces de damas y caballeros antiguos, trajes de crinolina y miriñaque, fracs de corte perfecto y capas de satén que arrastraban por sobre las losas. Llevaban antifaces bordados y todos tenían la   cabeza sepultada por pelucas blancas y empolvadas.

-¡Se pasaron! –dijo papá asombrado.

 -¡Aquí estaban, al fin han llegado! –dijo tras de mi Lisístrata.

Era imposible no reconocerla, aunque su rostro estuviera cubierto por una máscara. No hay dos señoras con ese tamaño en todo el hemisferio sur. Además, en los agujeros del antifaz brillaban sus ojos azules.

-Esto es precioso – fue lo único que atiné a decir-, estás muy linda.

-Lo vamos a pasar muy bien, Toni querida, ya han llegado casi todos. Ve adentro, Penélope te está esperando con tu disfraz listo –y luego, dirigiéndose a mis padres mientras me empujaba  discretamente hacia la casa. – ¿Una copa de champaña antes de irse? Mañana pueden venir por ella, le tenemos listo el dormitorio de visitas.

No atiné a despedirme de ellos porque estaba demasiado emocionada con esa fiesta maravillosa. Pobres, seguro les habría encantado quedarse, pero la amiga de las viejitas soy yo ¿no? En todo caso, alcancé a verlos brindando con champaña y comiendo canapés, deben haber estado felices y yo me alegré por ellos. Mis papás son muy sacrificados y trabajan duro para salir adelante.

La casa de mis amigas era un gran chalet de piedra de  dos pisos envuelto en enredaderas de todo tipo, las ventanas tenían vidrios de colores con las iniciales de sus apellidos y en la puerta había una manito de fierro empuñada, con la cual llamé. Penélope vino de inmediato a abrir.

– ¡Al fin has llegado, Toni, ven, tengo todo listo para que escojas disfraz.

Y era cierto, en el dormitorio de  visitas tenía la cama cubierta por ellos. Uno de japonesa, otro de española, precioso, con lunares negros, peineta, mantilla y zapatos encarnados de tacón, otro de Blanca Nieves, demasiado aburrido para mí y el de Alicia. Y claro, Penélope tenía razón, el de Alicia era precioso, con su corte a la cadera, los puños y la faldita de encaje, el lazo de satén y unos zapatos blancos tan hermosos que aguanté la respiración hasta no comprobar que me calzaran. Y por supuesto, todo era como hecho para mi talla. Es más, podría jurar que ese dormitorio había sido mío alguna vez; nada se veía extraño sino, por el contrario, como si yo misma hubiese puesto esas cosas en su sitio la noche anterior.

Me vestí y cuando estuve lista Penélope me estaba esperando. Me  pasó un antifaz y con los ojos amarillos chispeantes, me dijo:

-Estás preciosa, Toni. Eres la Alicia más encantadora que haya visto.

-¿Este traje era tuyo, no?

-Sí, mi madre se lo mandó a coser a las señoritas Lennec para mi fiesta de doce años. Fue una fiesta muy bonita, pero triste. Apenas había empezado cuando llamaron por teléfono para avisar que mi pobre padre había sufrido un accidente.

-¡Eso es terrible, Penélope, qué triste final para un momento tan lindo!

-No te imaginas cuánto, querida –la voz de Penélope sonaba muy rara y sorprendí otra clase de brillo en sus ojos, lo que me hizo pensar que estaba aguantando las lágrimas. No quise seguir preguntando cosas que la harían sufrir. Era probable que su padre hubiera  muerto ese día y la sola idea de recordárselo era atroz.

Salimos al jardín y Penélope me dijo que haríamos un tur por lo más entretenido. Primero iríamos a que me leyeran el tarot, después veríamos a la quiromántica y terminaríamos el recorrido en el baúl del fantasma, todo ello mientras recorríamos las bandejas llenas de delicias. Papá y mamá ya se habían marchado, estaba sola con un montón de desconocidos.

-Aquí están tus cartas –dijo la tarotista, una señora tocada con un turbante morado que llevaba puesto un extraño traje árabe y calzaba babuchas-: el carro de la victoria, la torre y el sacerdote. Veo que eres una niña muy madura e inteligente y tienes un gran futuro  por delante, pero ten cuidado, estás a punto de vivir una experiencia límite. No debes salir de noche ni hablar con extraños.

¡Qué locura, era la noche de Halloween y estaba hablando con ella, una perfecta extraña a la que ni siquiera podía verle la cara! Seguramente me estaba diciendo todo eso para asustarme. En realidad, todo el mundo a mi alrededor hablaba de cosas terroríficas y poco a poco el jardín iba tomando visos menos felices. Serían los árboles mecidos por el viento, que producían  sombras monstruosas contra las murallas de piedra o  la piscina ennegrecida brillando como un trozo de azabache de aquellos conque a Gertrudis le gusta tanto adornar sus vestidos de luto eterno.

-Buenas noches, encantadora dama –musitó una voz tras de nosotras.

Sorprendidas, nos volteamos al mismo tiempo para ver  al más extraño caballero que puedan haber imaginado. Era muy delgado, tenía la cara tapada por un antifaz de seda negra y  vestía un extraño smoking cuya chaqueta estaba totalmente bordada con plumas de pavo real, que de tan bien hechas se veían casi reales. ¡Inmediatamente reconocí a Don Miguel!

Penélope estaba  tan feliz como una adolescente.

-Qué bueno que pudiste venir –suspiró Penélope estirando su derecha, que él tomó con toda delicadeza.

-No faltaría por nada del mundo –respondió él besando su mano.

¡Un momento! ¿Es idea mía o yo estaba sobrando allí? Don Miguel le ofreció su brazo y Penélope lo aceptó al mismo tiempo que me tomaba de la mano. Vamos, que todavía podía recordar que yo existía.

-Vamos a ver a la quiromántica –invitó.

La  quiromántica resultó ser una señora que leía las líneas de la mano. Fui la primera en ser atendida por ella.

-Eres una niña muy afortunada –comenzó a decir-, tu línea de la vida es muy larga y nítida, no pasarás malos momentos y tendrás una salud de hierro.

No estaba mal, pero la verdad, mi futuro se estaba viendo algo aburrido.

-Y parece que ya estás empezando a cambiar tu destino. Un primer paso muy importante para tu futuro-continuó.

Al menos eso ya estaba mejor, es más, yo también lo he pensado. Mi vida ha ido cambiando muy velozmente desde que conocí a mis viejitas. Y no sólo a ellas, por supuesto, ahora también está Sebastián. Al fin tengo un amigo, cuando se loconté a Juana no podía creerlo.

Me dio frío y estornudé. Penélope buscó en su bolso y me pasó un pañuelillo bordado de esos que tiene por cientos para que me sonara. Dejé la silla para el próximo cliente de la lectora de manos,  Penélope no quiso saber nada de su futuro, dijo algo así como que ya no quedaba nada sorprendente por delante para ella. Don Miguel  le aseguró que todo en ella era sorprendente, empezando por esos ojos felinos. Penélope sonreía feliz.

-Yo sigo –dijo su pretendiente. Y se instaló frente a la quiromántica con su mano izquierda estirada.

Ella la tomó con firmeza y se inclinó para ver mejor. Fruncía los ojos para revisarla, pero lentamente, su expresión comenzó a cambiar. Su boca se abrió demostrando asombro y respiró hondo. Repentinamente, soltó la mano de don Miguel como si ésta la quemara y se estremeció.

-Hace frío –murmuró.

No era para tanto, en realidad. El sector donde estábamos queda a resguardo del viento, pero ella no dejaba de temblar.

-esto no se ve nada bien, debe tener cuidado –advirtió en voz baja a don Miguel-, está en medio de una pelea de fieras y algo terrible está por suceder.

-¿Terrible? – Don Miguel se reía.-  A mi edad lo único terrible es morirse.

-No, no se trata de eso –la quiromántica se veía preocupada-, es algo peor, la prisión, una prisión bella, pero larga. Veo unas alas, que significan libertad, pero las suyas están cortadas y le impedirán volar.

Y luego, simplemente, no quiso seguir leyendo. Dijo que tenía que tomar un jugo, que la garganta se le había secado, en fin, hasta tosió antes de pararse y salir escapando. Nosotros nos quedamos  con la boca abierta y me temo que ellos estaban tan asustados como yo. ¿Qué había querido decir la quiromántica con eso de las alas cortadas? ¿Y la prisión, dónde existe una prisión bella?

-El amor es la única cadena hermosa que puede aprisionarnos –empezó a decir don Miguel-, y no me asustaría correr ese riesgo otra vez…

-¡Miauuuuu!

¡Lisi estaba junto a nosotros! Hecha un ovillo de pelos  saltó en brazos de don Miguel y le mostraba los dientes a Penélope. ¡Era algo increíble, nunca había visto a una de las mininas tan furiosa! Penélope trató de acariciarle la cabeza, pero Lisi le tiró un zarpazo dejándole un feo rasguño en la mano.

-Ah, gata mañosa –Penélope estaba tan enojada como Lisi ahora. Don Miguel quería bajar a Lisi para ver la herida de Penélope, pero ella se agarraba de su chaqueta y no podía desprenderla. Penélope, con los ojos brillantes de lágrimas, se envolvió la mano con un pañuelo bordado.

-Voy a curarme –avisó -, los veo más tarde en la casa.

Y se marchó como una sombra por el sendero. Nosotros nos fuimos caminando hasta la piscina todavía con la gata prendida de la elegante chaqueta, que ahora mostraba un montón de hilachas enredadas en la pechera. Al llegar allí, don Miguel buscó unos bocadillos para regalonear a Lisi. La retaba suavemente por lo mal que se había portado. Qué gatita más peleadora, dijo, esas cosas no se hacen. Lisi estaba feliz y ronroneaba satisfecha  restregando su nariz contra la chaqueta bordada de plumas de pavo real.

La comida estaba riquísima. Aproveché de servirme de todo. Había un pianista tocando en el salón y alguien había abierto las puertas para que la música se escuchara en el jardín. No vi a Lisístrata por ninguna parte y Gertrudis también había desaparecido. Algunas señoras bailaban y un viejo caballero vestido de Rey Sol se había sentado casi sin aliento, parecía estar a punto de sufrir un infarto, por lo menos.

Y entonces ocurrió lo peor. Penélope saltó desde un árbol hacia Lisi empujándola violentamente al suelo. Ambas gatas se echaron una sobre otra hechas un ovillo, maullando y gruñendo como si estuvieran endemoniadas. Don Miguel, desesperado, trataba de separarlas, pero era imposible. Las señoras chillaban, una de ellas pedía a gritos  por una manguera y otra trataba de agarrarlas a escobazos. No servía de nada, Penny y Lisi seguían su combate en mitad de la fiesta;  todos habíamos hecho un círculo a su alrededor.

-¡Lisístrata, Penélope, dónde están, que las gatas están peleando! –gritó don Miguel con voz de pánico.

Y entonces, de la nada, apareció Gertrudis, roja de furia, con una escoba en la mano y echando fuego por los ojillos azules.

-¡Basta ya! –gritó con voz cascada.

Penny y Lisi detuvieron su pelea, estaban ahora al borde de la piscina y comenzaron a girar en círculos, amenazándose y amagando golpes con las patas delanteras. Lisi tenia una herida fea en la pata izquierda.

-Usted tome a Lisi y yo me encargo de Penny –le dijo don Miguel a Gertrudis haciendo  amago de recoger a esta última.

Pero las dos gatas, como si sufrieran un ataque de locura repentina, se le echaron encima y lo hicieron retroceder bruscamente.

¡Plach!

Don Miguel cayó a la piscina aparatosamente y a pesar de su flacura una gran cantidad de agua saltó hacia afuera salpicándonos a todos. Aprovechando el impacto, Lisi y Penny salieron arrancando a mil por hora y en medio de todo sólo quedó Gertrudis, desesperada, llorando y repitiendo:

-¿Por qué tenía que pasar esto, por qué tenía que pasar esto?

Don Miguel, que por suerte sabía nadar, salió de la piscina chorreando litros de agua, que de seguro estaba heladísima. Tosía y estornudaba como loco.

-¡Gatas cargantes! –Gruñó- Me voy a pescar un resfriado capaz de llevarme a la tumba.

-No,  de ninguna manera, venga, yo lo daré ropa seca y un coñac para que se reponga –dijo Gertrudis.

Desaparecieron en dirección a la casa; Gertrudis iba diciéndole que entrarían por la puerta trasera para no estropear el parquet.

El pianista volvió a su sitio y atacó otra melodía; la fiesta retomaba su alegría y por falta de tema de conversación nadie podía quejarse: todo el mundo comentaba la extraña actitud de las gatas; algunas amantes de los perros salían del clóset diciendo que eran muy superiores a los gatos aprovechando que las dueñas de casa no podían escucharlas. Todo era una locura; me di cuenta de que estaba totalmente sola entre esos extraños. No sabía qué había pasado con Lisístrata y Penélope, así que me fui a la casa pensando en acostarme. Era tarde, tenía sueño y, definitivamente, la pelea de las mininas viejas no me había sentado bien. De pronto me sentía muy apenada por ellas. ¡Qué extraño había sido todo el episodio, jamás las había visto así, siempre son tranquilas, cariñosas!

-¡Dónde está Miguel, supe lo que pasó! –dijo alguien a mi lado.

Era Penélope, su rostro, habitualmente pálido, estaba enrojecido y descompuesto. Su peinado  se venía abajo por todos lados y una manga de su vestido de dama antigua ostentaba una aparatosa rajadura. Y  lo más extraño de todo era que ya no olía a rosas, sino a polvo y sudor.

    -Se fue con Gertrudis –informé-, tiene que cambiarse de ropa para no enfermarse.

-Y tú, querida, perdona que te dejara sola. Ya es muy tarde.

-Sí, tengo sueño y me iba a acostar.

Me dio un beso y me deseó buenas noches. Cuando llegué a la pieza descubrí esperándome en el velador una bandeja con leche y dulcecitos., que no tardé un segundo en devorar.

Afuera, la fiesta continuaba y me asomé a ver por la ventana. La luna había salido y me daba una excelente vista de la escena. No vi a don Miguel ni a Lisístrata, pero Penélope  -que se había cambiado de disfraz- y Gertrudis iban de un grupo en otro conversando y riendo. Corrí las cortinas y decidí que era hora de dormir.

De pronto, escuché un ruido en el corredor, alguien caminaba con dificultad y se quejaba. Tratando de no hacer ruido, apagué la luz,  abrí la puerta y me asomé en la oscuridad. Era Lisístrata. Rengueaba con dificultad hacia el interior de la casa, suspirando y quejándose. A su vestido de encaje violeta le faltaba una manga, la izquierda,  y el brazo que quedaba a la vista ostentaba una larga herida roja y lacerante.  ¡La misma que había visto en la pata izquierda de Lisi cuando  empujara a don Miguel a su chapuzón de medianoche!

Read Full Post »

tortas

 

Este blog nació hace cuatro años, desde entonces, nuestros posteos han tenido 121.000 visitas. Nuestros lectores viven en diferentes países de América, especialmente en Argentina, México y Perú, y también en países europeos,  como España, Italia o el Reino Unido.  Especial mención para nuestros lectores chilenos, que crecen cada día.  Recibimos de ustedes gratos comentarios.  Considerando que esto no es farándula, comercio, noticias ni exhibición de lo peor que puede mostrar el ser humano, sino literatura para niños y jóvenes, los miembros de este blog, y yo personalmente, nos sentimos orgullosas y felices de contar con ustedes y nos esforzaremos por seguir entregándoles lo que les gusta. Gracias, amigos

Read Full Post »

Perdonarás que me dirija a tí en esta forma tan personal; sucede que más que una cifra, a diario yo siento a  cada uno de mis lectores  de esta manera, como Tú.

Quiero contarte algo que ya sabes;  a  tí te gustan las historias de animales. El quirquincho, el puma, el tejón, el hipocampo, los salmones. a veces eres tú el que me recuerda algún relato que escribí hace tanto que lo había olvidado. Gracias.

También te gustan los cuentos de misterio. ¡Ni te imaginas cuántas veces has leído El cuadro del niño que lloraba! Y yo sólo pensé en un relato para el especial de Halloween. Gracias otra vez.

También te gustan mis poemas. Algo anticuados, sencillos, consonantes, ingenuos. Especialmente dedicados a los niños y aquellos que tienen el corazón de un niño, o sea, tú.

Me has enviado todo tipo de comentarios: simpáticos, locos,  hermosos, especiales. Cuatro veces, en todo este tiempo, debo confesar que llegaron comentarios desagradables, di por sentado que estabas en un mal momento y como yo no lo estaba, los eliminé.   Pero, como regularmente estás “en buena onda”, me encanta que hagas tus comentarios, aunque sea para saludar, y ojalá, si escribes, me cuentes que clase de cuentos te gustaría leer. He pensado en algunos sobre la fauna patagónica. Me interesé en ella cuando estudiaba para escribir la tercera aventura de Diego Herreros, Perdido en la Tierra del Fuego, que probablemente aparezca el próximo año como trilogía.

Ya te he invitado antes, pero, por si no lo has visto, reitero mi invitación: si quieres publicar como autor invitado, sólo es necesario que sea literatura apropiada para niños y jóvenes. Probablemente  podrías recibir un pequeño proceso de edición y nada más. No altero lo esencial, sólo corrijo errores mínimos. Yo aprendí cometiéndolos.

Una vez más, gracias. Por acompañarme todo este tiempo, por darme la razón cuando dije que a la gente le gustaba la literatura y que debía tener posibilidad de llegar a ella sin costo. Cada vez que me lees, me das tremenda alegría.  Aunque mi página sea de LIJ -literatura infantil juvenil-, no es simple, mi lenguaje intenta ser bello y creativo. No creo en la lectura digerida, tú eres lo bastante inteligente para buscar calidad, no necesito decirte de manera  obvia y pasterizada las cosas. Se que eres  lector inteligente y exigente. Cuento con eso.

Así que eso era todo, conversar un poco contigo, decirte que estoy siempre pensando en tí, en lo que pudiera interesarte. Si tienes ganas, cuéntame de ti, lo que te gusta, lo que haces, lo que quieres ver. Serás bien recibido. Va mi correo: elplatillovolador@gmail.com

Un abrazo

Alida

Read Full Post »

Pocas  cosas  pueden ser más aburridas que pasar  la noche de Halloween en casa de los abuelos, o al menos eso le parecía a  David. Su abuela  ni siquiera necesitaba  maquillaje para asemejarse a una bruja,  andaba por la casa chancleteando en sus pantuflas como una  locomotora descompuesta, despeinada,  con la ropa  tan  arrugada como su cara.  Además, era avara. Es casi seguro que esa  noche no tendría dulces para los niños que llamarían a la puerta y por la  mañana todo estaría manchado de pasta dental, huevos y frutas avinagradas. Peor  aún, era casi seguro que a David le tocaría limpiar las evidencias y los mismos  niños que las arrojaran le verían allí, haciendo el ridículo, confesando ante  todo el mundo que era nieto de la peor abuela del  mundo.

Tampoco le gustaba su habitación. La  casa de la abuela, de por sí, era terrible. Demasiado grande, demasiado oscura, demasiado vieja.  La abuela siempre había usado las bujías  de menos amperaje para ahorrar electricidad, a causa de ello era usual  que uno se tropezara en la escalera o se diera de bruces contra alguna puerta  mal cerrada, pero la habitación que le había tocado era la peor de todas, porque  era la habitación de la tía Silvia.

Tía Silvia era una mujer  esquelética, de ojos grandes y oscuros,  vestido negro y sombrero con pluma que  aparecía en todas las fotografías familiares  muy anteriores a su nacimiento. A David no le  gustaba. Además, tía Silvia era La pariente que había desaparecido un día
cualquiera sin que nunca jamás se hubiese vuelto a tener noticias de ella. La  abuela decía que se había fugado  con su  novio, pero a David le costaba creer que las tías Silvias de cualquier niño  fueran capaces de conseguir novio.  Era  cosa de mirar las fotografías.

Por fortuna, su madre se había  acordado de traer  un disfraz. Apenas  oscureciese David tenía programado salir a la calle. Hasta se había traído una  gran bolsa para recoger dulces. Ojalá fuera un buen disfraz, su madre no era  muy creativa que digamos. Quizás sería mejor que lo revisara temprano, de esa  manera, si necesitaba arreglos,   había  tiempo para ello.

Y  tal como él había imaginado, nada peor que pasar Halloween casa de la abuela.  Tan malo era que su madre le había traído un traje de hombre araña, qué lata,  como si él fuera un niñato tonto.  David  reclamó, alegó, pataleó, pero no hubo caso. Su madre no estaba dispuesta a
procurarle otro disfraz. Furioso, David corrió al cuarto de tía Silvia y se  encerró con llave. Esta vez, no iba a perdonárselo a su madre.  Ah, y de paso, aunque no comiera un caramelo,  no saldría de allí, no usando el traje de hombre araña.

Largo  rato estuvo tendido en la cama rumiando su desventura. Este iba a ser el peor  Halloween de su vida, eso estaba claro. Seguramente se quedó dormido sin darse  cuenta porque de pronto despertó y la habitación estaba casi a oscuras.

Se  levantó y fue por allí revisando los rincones del closet, atiborrado de  vestidos viejos, cartas amarillentas y retazos de tela. Por si acaso, revisó
concienzudamente, pero no  encontró nada  que pudiera servirle.

Los  veladores sólo tenían libros desportillados, botones y cosas por el estilo,  pero lo peor era la cómoda, vieja, grande y pesada. Los cajones se habían  hinchado por la humedad y costaba un mundo abrirlos. David debió hacer uso de  toda su fuerza para revisar sus contenidos

El  último cajón resultó el más duro de todos.  David estuvo largos minutos tratando en vano de abrirlo, hasta que  finalmente, con un chirrido espeluznante, el cajón se abrió. El esfuerzo no  parecía haber valido la pena, porque el cajón estaba vacío. No, un momento. David
se agachó y manoteó dentro del cajón hasta que sus manos agarraron algo. Una  tela. David tiró de ella, que parecía estar atrapada en una esquina,  hasta que finalmente, con un chasquido, la  tela cedió y David cayó de espaldas sosteniéndola.

David  se puso de pie. Era un gran pedazo de tela blanca, parecía, no,  era una sábana. Una sábana, eso podría ser un  disfraz de fantasma estupendo. David la estiró sobre la cama y vio que la  sábana tenía dos agujeros. Justo lo que necesitaba, los ojos. Se echó la sábana
encima y de inmediato le calzó a la perfección, cierto que era un poquito  larga, pero ni le molestaba, caminaba muy bien dentro de ella, como si flotara.
Qué divertido, quizás la tía Silvia, con  su cara de fantasma, se había disfrazado con esa misma sábana. David  estaba exultante de felicidad. Ya no tendría que hacer el ridículo con el traje  de hombre araña. Se acercó al espejo del tocador y se observó en él. ¡Qué onda,  estaba genial! Los ojos parecían dos agujeros negros en la sábana, nunca había  visto algo así. David pensó que en poco rato comenzarían a salir los primeros  niños, se sacó la sábana, fue hasta la ventana y la abrió. Nada, era demasiado  temprano.

En  espera del momento indicado, descorrió el pestillo de la puerta. Volvió a  vestirse con la sábana y tomó la bolsa con que saldría a pedir dulces. El  disfraz  le quedaba tan bien que parecía  haber sido cortado para su tamaño y le permitía caminar y sentirse tan liviano  como si flotara. David notó que la noche ya había caído, estaba cansado y  aburrido y sólo quería que dieran las diez para salir. Se tumbó en la cama a  esperar. Abajo, en la sala, el reloj de la abuela tocó las nueve. David dormía.

-¿David,  David, dónde estás?

Su  madre  abrió la puerta descubriendo,  sorprendida, que David no estaba en el cuarto de tía Silvia. Disgustada, vio  que su hijo tenía todo el cuarto en desorden. No había caso con este niñito,  qué desconsiderado. Cerró las puertas del closet, metió los cachureos en los  cajones y luego pensó que debía estirar la cama. David había dejado encima su  bolsa para dulces, que puso en el velador. Había algo más: estirada como una
persona sobre la cama, David había dejado  una sábana blanca, con dos agujeros negros para  los ojos. La  madre de David la estiró,  la dobló en dos, en cuatro y en ocho partes, la metió en el último cajón de la  cómoda y lo cerró con dificultad. Ahora ya todo estaba en orden.

Antes  de salir, apagó la luz.

Read Full Post »

Older Posts »