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Archive for 21 abril 2011

  

De hombres lobo se ha hablado casi desde que el homo sapiens pisó la tierra. En las frías estepas del hemisferio norte, en los oscuros bosques, en las ásperas montañas, el hombre compartía territorio con grandes manadas de lobo y cuando el hielo se apoderaba de la tierra, cuando escaseaban las pequeñas presas que lo alimentan, era del hombre de quien el lobo se nutría.

Tanto creció el temor del lobo que en torno a la fogata, débil como una chispa, nació el mito. La imaginación, el temor y el hambre soplaron sobre esta llamita y el fuego incendió Europa entera. Existía una maldición y podías  caer bajo ella si pisabas la huella o bebías dónde el hombre lobo había bebido. Peor, podías ser mordido por el lobo y la tenías de inbmediato. Decíase que tenía la piel para adentro y de esta manera le era fácil transformarse. Era antropófago y dejaba el ganado, pero comía al pastor. Se transformaba al influjo de la luna llena y cuando se  oían sus aullidos se trancaban puertas y ventanas mientras  temblorosos los campesinos rezaban por su salvación.

¡Era tan útil la idea, justificaba tantas cosas! Si el hombre era cobarde, si se espantaba de las manadas que aullaban en las proximidades de su hogar, estaba justificado, un hombre lobo era mucho más peligroso y fuerte que un lobo cualquiera. Peor  aún, si el hombre sin escrúpulos, el campesino o cazador todavía salvaje, no tenía un mendrugo para llenar la barriga. ¿Por qué no echar los restos de un viajero en la cazuela? Nadie lo conocía y podíamos decirnos que no éramos bestias. Se trataba del demonio que nos había poseído y cargábamos con la maldición del hombre lobo en nuestra sangre.

Hasta que en Gevaudan un frío invierno de 1764, la leyenda pareció hacerse realidad repentinamente.   Uno tras otros, los restos de desdichados pastorcillos o campesinas fueron apareciendo en la campiña. Destrozados, semidevorados  por su  asesino y las alimañas, a veces partidos en dos, otras, mostrando claramente haber sido víctima de malditos que usaban la bestia para cargar con sus culpas. Más de cien personas murieron en las fauces de la bestia de Gevaudan y los campesinos, aterrorizados y furiosos, tomaron sus antorchas y salieron a protestar ante las autoridades.   Se  enviaron partidas de cazadores y muchos más lobos que hombres se convirtieron en cadáveres, pero las muertes continuaron.

Las quejas llegaron hasta el mismo rey, quien envió sus mejores tropas para  devolver la paz a la región. Todo fue en vano, mientras más lobos eran cazados, más campesinos seguían muriendo. Los oficiales del rey enfrentaron una gran bestia de espantosa catadura, pero esta parecía inmune a las balas de sus mosquetes y escapó una vez más.los campesinos  aseguraron haberla visto otra vez aullándole a la luna llena.

Finalmente, en 1767, un cazador acabó con la terrible bestia. Utilizó para ello una bala de plata, fundida a partir de una medalla de la Virgen María. Desde entonces, cada vez que se da caza a un hombre lobo, habrá de usarse una bala o arma de plata.

La bestia era inmensa, con rayas en su lomo. Sus colmillos monstruosos y la hirsuta barba aún estaban manchados con la sangre de su última víctima. Por tres largos días, los campesinos velaron sus restos esperando que la bestia retomase su naturaleza humana, hasta que finalmente debieron aceptar que eso no ocurriría.

 Largo tiempo le tomó al cazador llegar con ella hasta la sala del trono. El hedor de putrefacción era tan terrible que algunas damas se desmayaron y debieron ser reanimadas con sales. Su Majestad en persona se cubrió nariz y boca con un pañuelo perfumado para observar sobre el piso de mármol los restos pútridos, hirviendo en gusanos, de la bestia de Gevaudan.

Algún tiempo después, una hembra de la misma especie fue muerta en la región de Gevaudan, lo que trajo tranquilidad a los habitantes, pero a partir de entonces y cada cierto tiempo, los restos destrozados, piltrafas sanguinolentas  de algún viandante, son hallados por allí para espanto de los locales. Entonces, las ancianas se reúnen a orar para que se le atrape y  por la noche los armeros funden balas de plata con la esperanza de que una de ellas acabe para siempre con el monstruo aterrador.   

  

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