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Archive for 15 mayo 2012

Zorzalina quedó bastante sentida con Golondrisa Petrucciani. Cada vez que veía disminuir  su provisión de chocolates Hanstord un pequeño ataque estaba a punto de producírsele. Golondrisa no se daba por enterada. ¡Incluso tuvo la desvergüenza de ofrecerle una caja a precio de costo!

Zorzalo no estaba mucho mejor. Las incursiones de los Palomérez y los Gorriontínez  habían llegado a tal punto de agresividad que su habitual  timidez estaba convirtiéndose en una especie de furia depresiva, que amenazaba con hacer explosión  en el momento menos pensado.  Zorzalo era  pájaro desprendido, le encantaba que su jardín estuviera siempre tan bien provisto para que el pajarerío del barrio no sufriera privaciones, pero la falta de respeto de Palomingo Palomérez estaba llegando a un extremo insoportable para él. ¡Dos días atrás había sido capaz de picotear la cola bifurcada de Golondrisa Petrucciani, su amiga e invitada personal!  Por suerte, Palomingo cometió esta barbaridad justo cuando se acababa  el almuerzo,  por lo que salió volando de inmediato y al otro día a  Zorzalo, que tiene cabeza de pájaro, ya se le había olvidado todo lo ocurrido.  Zorzalina, en cambio, que sí tenía muy buena memoria, se sintió secretamente satisfecha. Al fin su honor había sido vengado, aunque fuera por ese cargante de Palomingo Palomérez.

Las cosas podrían haber seguido en calma, si el destino no hubiera tenido otras intenciones. Se acercaba el cumpleaños de  Zorzalo, de manera que los amigos de la calle Queltehues decidieron prepararle una fiesta sorpresa.

Los preparativos se hicieron en un secreto tan profundo que  Zorzalo anduvo toda la semana deprimido porque su amada Zorzalina había olvidado su cumpleaños. Los amigos, bueno, ellos no tenían por qué saberlo, pero su propia esposa, que ella lo olvidara era casi tan terrible como enterrarse una espina de nopal en el corazón.

Para que  Zorzalo no se percatase de lo que estaba preparándose, Zorzalina fingió estar preocupada por sus ataques, pidió hora para una consulta con el  doctor Lechuzo Chunchón  y  obligó a su marido a soportar  una hora en la sala de espera.  Zorzalo, con resignación,  soportó su pena y las aburridas quejas de Tortolita Gómez,  tía de las Tortolatti, más que conocida como una hipocondríaca exasperante.

Como si eso fuera poco, el doctor Chunchón, que no estaba al tanto de la fiesta sorpresa, se tomó muy en serio el chequeo médico de  Zorzalina; le revisó las plumas una por una,  le encontró un poco de stress y sobrepeso de diez gramos y le recomendó  practicar media hora de vuelo después de cada comida.  Así pues, cuando   Zorzalo se libró de Tortolita Gómez no tuvo más remedio que tragarse  todo el rosario de preocupaciones de su esposa.

-La Bodega va a ser mi perdición -Se lamentaba  Zorzalina-, mañana mismo me pongo a dieta. ¿Cuál será mejor, la de la luna o la de la avena? ¿Qué crees tú, Zorzalo?

Zorzalo, corroído por la melancolía, no emitía pitido.

Pasaban de las dos cuando se posaron sobre el balcón de su nido. Zorzalina  explicó que le dolía la cabeza y se iría a reposar y lo dejó solo. No había un alma en el jardín.  Zorzalo decidió preparar las cosas para cuando la vecina llenara el plato  otra vez,  de manera que bajó la escalera de hiedra con sus ágiles saltitos. Ya estaba llegando al césped cuando de entre las ramas aparecieron sus amigos batiendo alas y gritando como  locos:

-¡Sorpresa, sorpresa, feliz cumpleaños  Zorzalo!

Zorzalo pasó del tremendo susto a  la más absoluta felicidad. ¡No se habían olvidado de él! Su amada Zorzalina le puso al cuello una bufanda de flores de madreselva y le susurró lo mucho que lo amaba, Juanito Chincólez le regaló las Obras Completas de Sir  Arthur Chercan  Bird; Golondrisa Petrucciani,   las Cuatro Estaciones de Píovaldi interpretadas por la  Orquesta de Cámara de los Ruiseñores;  Leotordo,  una caja  de tintos Santa Tordoliana de Lontué envejecidos en barricas de palo de rosa y Martín Escolibrí, seis botellas de su reserva de mieles escogidas. Vinieron tantos vecinos que Zorzalina no hallaba dónde guardar tanto chanchito y tanto pulgón. Todos sus amigos estaban allí. Hubo abrazos,  cantos y una que otra fuga masiva cuando la humana del número cinco trajo, por tres veces consecutivas, un surtido de semillas finas para reponer  la Bodega. La tarde no podía ser más feliz.

Pero el destino había decidido otra cosa.  Aunque ellos lo ignoraban, los alegres  festejantes  estaban siendo espiados desde la copa del maitén. Unos ojos negros, brillantes como ascuas, seguían sus bailes y planeos, y si don Zorzalo hubiera sabido a quién pertenecían esas pupilas  frías y crueles, habría volado a refugiarse en el rincón más oculto de su nido de cuatro habitaciones.

Demasiada felicidad. ¿Qué se creían esos pájaros de mala muerte? Mañana, pasado, ahora mismo podía él salir de caza y acabar con media docena de ellos, si quisiera. Dónde se había visto que los pájarillos tuvieran bodega de alimentos, que ya no tuvieran que exponerse buscando sus granos por  el vecindario. ¡Las avecillas miserables con la panza a reventar mientras él  tenía que conformarse con lagartijas y ratones!

A esto había que ponerle coto. Primero  que nada,  desunirlos. Nada más débil que un puñado de pajarillos que andan cada uno por su cuenta. Segundo, quitarles la comida, muertos de hambre no tendrían ánimo para nada. Tercero, atacarlos con todo. y para eso, nadie mejor que él,   el Capitán Tiuquemante. Qué se había creído,  ese Zorzalo López. En este barrio,  nadie más podía  piar fuerte.

El   Capitán   Tiuquemante desplegó su alas y planeó sobre la alegre reunión. Su sombra desató uno que otro movimiento inquieto, pero eso fue todo.  Los  invitados siguieron bailando y  picoteando alpiste.  Indignado por esa manifestación de independencia, el Capitán enrumbó directamente hacia los tejados de la calle Caiquenes.  Si se trataba de hambrear al vecindario,  Palomingo Palomérez y Volantín Gorriontínez eran los más indicados.

El Capitán  Tiuquemante  no necesitó decir mucho con su voz sibilina para que   Palomingo  montase en cólera.

-Los escuché perfectamente, Palomingo, viejo amigo. ¿No vé que yo vivo al frente?  Zorzalo López  lo dijo a voz en cuello: “En este jardín, desde hoy en adelante, sólo comen mis amigos”.

Palomingo estaba rojo de indignación. ¡Qué avaricia, qué iniquidad, habiendo tanta paloma hambrienta en este mundo y tan pocas plazas con jubilados… a dónde  íbamos a parar las aves  si los jubilados ya no quieren actuar como es debido alimentando palomas en las plazas y unos pocos privilegiados se apropian  los comedores para aves en  beneficio propio!

-…No se olvide de contarle a Volantín Gorriontínez.- Deslizó el capitán.

-¡Por supuesto que le voy a contar, ahora mismo, ya verá ese engreído de Zorzalo López, ya verá!

Palomingo partió hecho un cohete, seguido de toda la familia Palomérez.  Contemplar la alegre algarabía de los pájaros en la Bodega lo había puesto de un humor terrible.

Entre tanto, nuevas visitas se sumaban al festejo. Don Federico Chercanmán y su familia, los Diucamingo, la familia Chirihuez.  Zorzalina no se daba abasto para guardar tantos regalos en la despensa. Y su marido,  pobre Zorzalo López,  estaba muy lejos de imaginar que su hermosa fiesta de cumpleaños sería mucho más sorpresiva y absolutamente más ingrata de lo esperado.

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