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Archive for 23 agosto 2012

 

Hay varios puntos extraños con respecto a Quimera. De ella se sabe poco, por ejemplo, que era hija de dos monstruos, Tifón y Equidna, quiénes, sin tener conciencia de los entresijos de la genética, tuvieron la mala idea de unir sus vidas concibiendo, entre otros monstruos, a esta bestial criatura de cuerpo de león – algo muy usado por monstruos de todas las épocas-,  tres cabezas –de macho cabrío, de león y de dragón, que, como no, le servía para echar fuego por sus fauces-, y, para completar su respetable  apariencia, Quimera remataba en una larga cola de dragón.

Como es de suponer, sus padres la echaron a los campos griegos y no le quedó otra que ganarse el sustento asolando las casas de los campesinos, quemando sus siembras y devorando el ganado y, cuando este escaseaba, a los mismos campesinos. Resultaba ser esta Quimera una formidable matona de barrio, pero  sin aproblemarse por ello –rasgo común en todo tipo de matones-, vivía muy feliz en el reino de Licia. Los que no estaban nada de felices eran los licios, que no hallaban la hora de deshacerse de ella.

Como era de esperarse, ninguna persona con media neurona en funcionamiento tenía interés en hacerse cargo del problema y en cuanto al rey de Licia, Ióbates, ustedes saben cómo son los reyes: mientras Quimera se conformara con devorar uno que otro campesino  y no tuviera la menor intención de dejarse caer por el palacio, tanto mejor para él.

Sólo un perfecto despistado, de aquellos que viven en la luna, podía ser capaz de hacerse cargo de dicho trabajito y he aquí que a Ióbates le cayó uno directo en el medio de la sala del trono y hasta con una carta de recomendación en la mano.

Se trataba del héroe Belerofonte, llamado así porque había matado casualmente a un tipo llamado Belero y porque, además, odiaba su verdadero nombre y aprovechó la ocasión de cambiárselo. Eso ya nos dice mucho del hombre. No contento con ello, añadió otra muesca en su espada matando a su propio hermano. En ese momento, algo le dijo que no estaba haciendo muy bien las cosas, de manera que, voluntariamente, se exilió en Tirinto, donde fue muy bien acogido por el rey, Preto, y su bella esposa, Antea.

Belerofonte debe haber sido hombre guapo porque la esposa del rey, Antea, le puso la vista encima y de inmediato intentó convertirlo en su amante.  Y ahí es cuando Belerofonte da nuevas señas de ser un despistado crónico, porque no sólo la rechaza, sino que además encuentra muy natural que  el rey Preto  lo despache sin explicaciones, al día siguiente,  hacia Licia, con una carta en la mano.   En ningún momento se le pasó por la mente que Antea podía haberle dado una versión falsa del asunto a su esposo y mucho menos que su querido rey Preto le estaba pidiendo en dicha carta, a su querido suegro Ióbates, que se deshiciera inmediatamente del portador.

Belerofonte fue acogido como un hijo en la corte de Ióbates y entre festejos pasaron nueve días sin que nada sucediera, es que a Ióbates le cargaba leer y sólo al noveno día se decidió a abrir la misiva. Para entonces, hasta le había tomado simpatía a Belerofonte, pero qué le iba a hacer, se trataba de la virtud o falta de virtud de su hija y la sangre es más espesa que el agua. De modo que a Belerofonte le fue encargado dar muerte a la Quimera, como matar dos pájaros de un tiro.

Belerofonte estaba desesperado, a la Quimera no la iba a poder matar casualmente, eso, ni por casualidad, de manera que corrió a pedir los consejos de un vidente, Poliido. Así como los monstruos, los videntes de esa época eran mucho mejores que los de hoy; Poliido le aconsejó inmediatamente pedir ayuda a las musas que vivían en el monte Helicon en compañía de un precioso caballo alado, Pegaso.

Ya lo dije. Belerofonte debe haber sido hombre guapo, muy guapo, porque las musas, en vez de darle con la puerta en la nariz –griega, por supuesto-, le facilitaron arreos para montar a Pegaso y, montado en este magnífico equino de lujo, último modelo de la temporada,  Belerofonte voló en busca de Quimera y apenas la encontró y después de haberse recuperado del golpe que su presencia física le propinó,  le tiró decenas de flechas que rebotaron por todos lados, le arrojó la lanza, que resbaló sobre su piel acerada y finalmente, de pura casualidad y cansadísimo como debe haber estado, forró su lanza con plomo y la arrojó directamente a la garganta de la bestia.

Todo esto, casualmente, cuando Quimera exhalaba una de sus mayores bocanadas ígneas, de modo que el plomo se derritió, se escurrió por sus entrañas, y acabó con ella. Díganme ustedes si no se trataba de un tipo con suerte.

Belerofonte regresó, como era la costumbre en esos tiempos, con las cabezas de Quimera en un saco. Por supuesto, encontró natural que después Ióbates lo enviara a castigar a los sólimos, unos vecinos vandálicos que lo tenían cansado con sus tropelías y cuando regresó con el consabido saco con cabezas de sólimos, le encargó acabar con las amazonas, otras molestosas, para peor, ¡de sexo femenino!  Casualmente, cuando Belerofonte regresaba con un saco  en la mano, fue atacado por los hombres de Ióbates, pero no importó, porque acabó con todos ellos casi como por casualidad.

Ya en la sala del trono de y tras convencer a Belerofonte de que todo se había tratado de un error, algo casual, Ióbates se dio por vencido y le entregó la mano de su otra hija. Tenía que reconocer que Belerofonte era un tipo simpático, mucho más que su otro yerno, Preto, que siempre le andaba mandando cartitas estúpidas y obligándolo a leer.

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Lamentablemente, por mucho que madrugara Palomingo resultaba evidente que Zorzalo  se  levantaba antes. A Palomingo no le quedaba más remedio que posarse en la copa del acacio  para  espiar a su adorada en silencio. Zorzalo López, por su parte, no dejó de advertir las extrañas evoluciones de Palomingo  y de inmediato se abocó a organizar un plan de emergencia  para que las tropas enemigas no los pillasen de sorpresa.

¿Qué se traerían entre alas los esbirros de Tiuquemante?  Los pájaros del barrio estrujaron sus cabecitas tratando de responder esta y otras incógnitas. ¿Cuál sería el próximo movimiento de la Brigada Tiuque? ¿Estarían pensando atacar la despensa del nido de cuatro habitaciones de don Zorzalo? ¿Se atreverían a tanto?

-Yo estoy seguro de que planean tomarse el nido para hacer su cuartel general.- Dijo  Juanito Chincólez.

El corazón de Zorzalo cayó al suelo y se quedó allí sumido en la más profunda amargura.

Leotordo,  siempre más lógico, rechazó de plano esa afirmación.

-¿Y dónde iban a caber, si me quiere usted responder, Chincólez? Los más pequeños son los Gorriontínez, pero no los llevan ni de apunte, no ve que no le han dado jinetas a ningún gorrión…todavía.

El corazón de Zorzalo, que comenzaba a recuperarse con sus palabras,  volvió a caer asediado por esos puntos suspensivos.

-Basta -intervino Golondrisa-, aquí no se trata de estar especulando. Necesitamos información seria, creíble y responsable, y puesto que carecemos de un servicio de inteligencia, propongo que  contratemos los servicios de mi primo, el famoso  agente 00Bird. Él ha trabajado largo tiempo  al servicio de la Reina  Isabel de Alondraterra y, por pura casualidad, se encuentra pasando sus vacaciones cerca de aquí.

¡Qué bueno era contar con amigas como Golondrisa! Sus palabras distendieron el fúnebre ánimo de los presentes. Zorzalina estaba emocionada, James Swallow (Petrucciani por parte de madre) había protagonizado hacía algún tiempo grandes  éxitos de la pantalla,  convirtiéndose de inmediato en el galán alado  número uno del cine mundial. Ella  misma había visto su  película favorita, “Sólo se vuela dos veces”,   por lo menos en tres ocasiones.

-¡Tienes que presentármelo, chiquilla! -demandó.

Golondrisa accedió y, ni corta ni perezosa, le ofreció dos cajas de chocolate Hanstord con diez por ciento de descuento sobre las alzas provocadas por la escasez. Zorzalina no tardó en aceptar,  con la alada imagen de James Swallow todavía fulgurando en su cerebrito de zorzal.

Zorzalo, muy sentido,   preguntó qué tan efectivo podría ser un agente secreto que ha protagonizado por lo menos ocho largometrajes.

-Seguro que ya está medio desplumado -esgrimió finalmente-, él ya era famoso cuando yo  todavía estaba en el huevo.

Indignadas por este comentario, las damas se negaron a dirigirle la palabra por los próximos diez minutos. Por fortuna, el tiempo volaba. En pocos minutos más aparecería  el enemigo,  de manera  que el castigo no tuvo oportunidad de aplicarse.

Para poner coto   a las extrañas idas y venidas de Palomingo, en cuanto éste partió para integrarse a su regimiento se solicitó la presencia del agente secreto vía bird-mail.

Se hacía tarde, en pocos minutos más la Brigada Tiuque reanudaría las acciones bélicas. Martín Escolibrí estaba aterrado porque   había sabido que los atacantes  disponían de bombas de gas  fabricadas con las plantas más desagradables y nauseabundas de las que se tuviera memoria. Mari Loica estuvo segura de que ellos eran perfectamente capaces de usarlas.

-No tienen dios ni ley. – argumentó lapidaria.

Leotordo, indignado por la cobardía de los atacantes, dio un último paseo  con el cogotito estirado y el pico apuntado hacia el cielo, como si pudiera pinchar con él  las alas del capitán Tiuquemante.

 -Última vez que nos hacen huir. Con la ayuda de Dios y de James Swallow (Petrucciani por parte de madre) y con el nuevo plan de ataque que estamos implementando, pronto recuperaremos la paz y el comedor perdido.

– Tan caballero  este Leotordo -dijo Zorzalo-,   se ha portado como un auténtico héroe.

A Leotordo, de puro orgullo, se le esponjó hasta el ala que llevaba en cabestrillo.

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Una de esas mañanas, un hecho sorprendente ocurrió en el jardín.  Zorzalo se levantó de madrugada para  recoger la comida antes de que llegaran los bandoleros. La Bodega ya estaba llena hasta el tope, la fuente de agua desbordaba frescuras y en medio de todo, pintada de azul reluciente, se destacaba la que fuera paloma de hierro oxidado.

-Y se veía bastante bien. -Le contó a Zorzalina  mientras guardaba los víveres en la despensa.

Zorzalina, que veía bajar las reservas de alimento con terror, le respondió, apabulladora.

-De qué nos sirve, ahora ni siquiera podemos disfrutar nuestro propio jardín.

Zorzalo se sintió muy mal. Zorzalina  tenía razón, era igual que si los hubiesen expulsado; ahora tenían que esconderse entre las hiedras hasta que a los malacatosos  les diera la gana o, finalmente, vaciaran la Bodega. Peor aún, si había algún responsable, ése era él, Zorzalo López, el inútil que no era capaz de hacerse respetar en su propio patio. Seguramente Zorzalina no se lo había dicho tal cual de puro buena que era, pero él estaba consciente de que la resistencia pacífica no había mostrado resultados.

Sin  duda alguna, él debió parar las cosas mucho antes de la intervención de la Brigada Tiuque. Debió exigirle a los Palomérez y los Gorriontínez que se comportaran como era debido.

-Dejar que las malas aves hagan lo que se les antoje es casi tan malo como convertirse en una de ellas. -Reflexionó.

Claro que ahora no se podía hacer mucho. Desde la intervención del capitán Tiuquemante  las cosas se habían salido totalmente del cauce normal. ¡Quién se iba a atrever a decirle cuatro verdades a Tiuquemante, mucho menos a expulsarlo del jardín! La Brigada Tiuque no comía granos, tan sólo los aventaba de un lado para otros y protegía a sus cómplices hasta que el alimento había desaparecido, después  se paseaba amenazadora  por el jardín. Con eso bastaba y sobraba, ninguna avecilla se habría atrevido a exponerse a sus siniestros apetitos.

¿Resultaría la resistencia pacífica? ¿Funcionarían los llamados al entendimiento? ¿No estaría  exponiendo a peligros inimaginados a sus compañeros?

Las plumas del cuello se le erizaron del susto.  Zorzalo creyó escuchar, a lo lejos, las alas de la Brigada que se acercaba al jardín. Temblando de miedo, corrió a esconderse en su nido de cuatro habitaciones, tres de ellas ocupadas por sus mejores amigos. Cosas de la guerra.

La Brigada Tiuque planeó sobre el jardín hasta que los Palomérez y los Gorriontínez ya se habían posado a comer ávidamente.  Después bajó a pasearse entre los rosales sembrando el silencio con el tintineo de sus espadas y el fuerte taconear de sus botas de cuero de oruga.

-Buenos días, Capitán Tiuquemante, sargento Palomérez a sus órdenes.- Saludó Palomingo.

-A discreción, sargento Palomérez. Quiero que no me dejen un grano de alpiste en este jardín. ¿Está lista la tropa?- Preguntó.

– Afirmativo, capitán.- Respondió Palomingo con el pico lleno. Pero ya Tiuquemante le había dado la espalda  para inspeccionar a la Brigada Tiuque, esas desordenadas palomas  lo ponían de mal genio, ¡nunca llegarían a ser buenos soldados!

Palomingo Palomérez anduvo de aquí para allá picoteando a sus familiares y espantando a esos cobardes de los gorriones, que de cualquier cosa largaban el vuelo. Iba a darle un aletazo a su primo Colombón cuando se topó a pico de jarro con la paloma azul más hermosa que había visto en su vida.

-Buenos días, señorita. -Saludó.

Pero ella, sin dignarse responderle, continuó con la mirada perdida en el horizonte.

A Palomingo el corazón le dio un salto en el pechito emplumado. Siguió comiendo, pero cada cierto rato le daba una mirada a la  belleza azul.

Como ella  continuó sin notar su presencia, Palomingo esponjó bien la pechuga y  caminó a su alrededor  muy circunspecto.

Nada. La paloma azul continuó indiferente. El corazón de Palomingo galopaba desbocado. Así le gustaban a él las palomas, orgullosas. ¡Qué preciosura, qué encanto!

Se olvidó de comer. Toda la mañana se la pasó rondando a la paloma azul. Le arrastraba el ala, le meneaba la cabeza, inflaba la pechuga hasta que apenas podía respirar. No había caso, era como si no existiese para ella. Hasta tuvo la osadía de darle un ligero picotón  en la cola, pero ella no le hizo el menor caso.

Cuando llegó la hora de marcharse Palomingo estaba locamente enamorado. Por si acaso, cortó  una flor de cardenal y se acercó audazmente hasta su pico para regalársela, arriesgándose a una respuesta violenta.

Pero ella no hizo nada por demostrar que lo hubiera visto. Palomingo estaba tan desesperado que hubiera preferido un picotazo a esa gélida indiferencia con que ella lo  maltrataba.

-Mañana nos vemos, linda  – susurró.

Y se marchó mirando para atrás, quería comprobar si ella se daba vuelta ahora que creía que no la estaban viendo. Terrible decepción, su adorada  siguió como ausente, con esa elegancia que lo trastornaba.

Palomingo tenía muy claro que no podía exponer más su dignidad. No volvió al jardín en  el resto del día, aunque cada cierto rato volaba sobre él  para divisar a su adorada, siempre tan tranquila posada sobre las losas de la glorieta.

Soñó toda la noche con ella.

Al día siguiente llegó de madrugada, quería verla antes de que llegasen los demás.

Para su desgracia, el pesado de Zorzalo López  ya estaba allí recogiendo semillas. Al poco rato se le sumaron Chincólez, Leotordo, Mari Loica, Escolibrí,  y la Petrucciani. Ya era algo tarde cuando las CotorrÍnez y las Torttolatti hicieron su aparición. Algo preocupado, Palomingo consultó su reloj: faltaba poco para el ataque de la Brigada.

Ya no habría tiempo para hablar con ella a solas, tendría que ser otro día. Tanto que le había costado levantarse temprano, ese Zorzalo era demasiado madrugador para su gusto.

Palomingo recordó su deber, tenía cinco minutos para organizar a su escuadrón. Despegó como una flecha en dirección al Pájaropuerto de la calle Caiquenes.  ¡Cuando se iba a acabar esta lesera de la guerra!

El Capitán Tiuquemante  se estaba paseando entre las tropas cuando llegó.

-Dos minutos de atraso,  cabo Palomérez, qué no vuelva a repetirse o lo mando al calabozo.

Rojo de vergüenza, en el más absoluto de los silencios, Palomingo, ahora cabo, ordenó a su tropa. Lo peor de todo  fue la sonrisa irónica que le pareció divisar en el pico de Gorriontínez. ¡Cómo se le había pasado la hora de esa manera!

Sin embargo, cuando se acordó de lo linda que estaba esa mañana la paloma azul, se le olvidaron  sus penas.

-Ya no más voy a conquistarla -se dijo-, a mí siempre me han vuelto loco las palomas como ella, tan elegantes y soberbias. Mi padre decía que es el ave madrugadora la que atrapa el gusano, en este caso, la paloma. Mañana voy a llegar antes de que baje Zorzalo López, total, esto es de la guerra es una tontera típica de Tiuquemante, a quién se le ocurre tomarse las cosas de esa manera. Antes vivíamos de los más tranquilos.

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