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Archive for 22 febrero 2010

Hola, amigos,  a todos se nos están acabando las vacaciones. Nos quedan unos pocos días,  que debemos  disfrutar a concho. Por eso, para ponerle un poco de fantasía a la vida diaria, estamos empezando marzo con uno de nuestros sustanciosos especiales: una nueva novela por entregas, un zoo cuento y  poesía para recitar con los niños. Además, les anuncio una nueva sección: La Vitrola. Allí encontrarán  las  letras de las viejas canciones infantiles para compartir  con los más pequeñitos.

Y con la nueva novela, no sólo van al pasado, es más, se van a meter  en un verdadero túnel del tiempo, tan  inesperado que incluso se encontrarán con lo que menos quisiera uno toparse en una noche sin luna: un tiranosaurio rex.

Ya viene, el lunes, “Operación Ty-Rex” 

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Previo a  que el Hombre lo llamase como mejor se le antojó, el  Panda Rojo carecía de nombre y  vivía feliz en sus tierras del Asia. China, Bhutan,  Nepal y otros países le habían visto trepados a sus árboles por tanto tiempo que le conocían perfectamente y aunque no tuvieran la  posibilidad de compararlo con  mapaches, mofetas y otros mustélidos tampoco habían tenido la visita de zoólogos europeos que lo catalogasen erróneamente.  El Hombre que compartía su territorio, sin rebuscamientos, le había llamado por el sonido de su ladrido, Wha, y  luego le había rebautizado como Panda; posteriormente, al conocer de la existencia de un Panda de mayor envergadura y más visibles atractivos, curiosos zoólogos europeos le habían agregado el deprimente calificativo de Menor.

El Panda Rojo –o Menor-  sabe que son muchos los animales mal clasificados y, conocedor como es de la lentitud de la burocracia ha dejado de esperar la respuesta a la Solicitud de  Correcta Definición Taxonómica que elevó  ante La Naturaleza hace  casi 200 años. Durante largo tiempo  mantuvo indignada correspondencia con un francés de nombre Cuvier,  causante involuntario del estropicio, sin jamás recibir una respuesta de su parte.

Panda Menor  continuaba viviendo en absoluta  felicidad allá en sus montañas nevadas cuando, por una lamentable casualidad, sus ojos se posaron en las hojas amarillentas de un periódico  que el viento había arrastrado  hasta  su domicilio. Panda Menor creyó ver impreso un rostro conocido y se escurrió de su madriguera para comprobar sus sospechas.

Y claro, allí estaba, en cuatro columnas y a todo color,  el Panda Gigante, aquel vecino suyo tan lento y poco sociable que se ahbía apoderado de su nombre.  La fotografía  lo favorecía, pensó. Panda Gigante  era un vecino muy atractivo y a Panda Menor le habría encantado tener su tamaño, pero claro, el mundo debía saber que era muy difícil que ello ocurriese: Panda gigante era un úrsido y él, Panda Menor, un mustélido, era imposible que tuvieran en común algo más que el nombre mal catalogado por ese odioso Cuvier.  

Excitado por la novedad de que el Hombre se interesase tanto en un animal y esperando con ansias noticias de su  propia especie, Panda Menor  se dedicó a perseguir  las revistas y periódicos  abandonados por el Hombre, quería a toda costa disfrutar sus quince minutos de fama. A  poco andar, y luego de infinitas lecturas sobre Panda Gigante, comprendió que necesitaba desesperadamente leer un reportaje sobre sí mismo.

Pero la nota sobre Panda Menor y sus hermanos no aparecía nunca  y en su lugar, Panda Menor debió conformarse  con leer, una y otra vez, toda clase de noticias sobre  Panda Gigante. Incluso se enteró, con  profunda decepción, de que  sus vecinos tenían  también gran  cantidad de páginas  en Internet y que se había creado un programa con el sólo propósito de sacarlos de la lista de especies en peligro de extinción. Como si esto fuera poco, Panda Gigante era protagonista de todo tipo de  cuentos y películas para cine y televisión y su perezosa figura –algo entrada en kilos, juzgaba él- ocupaba  kilómetros de espacio en las jugueterías de la tierra.

A estas alturas, Panda menor tenía su autoestima por los suelos. ¿Cómo era posible que nadie recordase su existencia? Tanto tiempo viviendo en la proximidad del Hombre  lo había puesto en la categoría de especie vulnerable, pero nadie se afanaba en crear un centro especial para  control de su especie. ¿Es que nadie se interesaba en fabricar peluches de vivo color rojo y decorativa cola listada? ¿Se vería obligado a teñir su pelo y usar un parche en el ojo para  satisfacer  el sueño de una portada en papel couché?

Panda Menor se encuentra resignado a vivir a la sombra de su famoso tocayo, pero se niega a aceptar que lleve el nombre de Panda Gigante. Por largo tiempo ha litigado ante la justicia  con el  propósito de  arrebatarle legalmente dicho apelativo, pero no ha conseguido evidencias que prueben sus asertos.  No le queda más que continuar viviendo en el anonimato  a la espera de aquel periódico genial que lo presentará al mundo   con todo el rimbombo que su especie merece: a cuatro columnas y con fotografías a todo color.

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