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Archive for the ‘cazadores’ Category

fosiles-ppal[1] 

El rastreador observó atentamente las huellas y un relámpago de satisfacción cruzó sus ojos.  El rastreador se puso de pie e hizo señas con su lanza.  A lo lejos se veía un grupo de figuras empequeñecidas por la distancia y cuando  estas cambiaron de rumbo  acercándose hacia él, el rastreador saltó de alegría.

Pronto estuvieron a su lado.  Se trataba de un grupo de cazadores armados de lanzas y macanas, que se arrodilló a oler las huellas y a palparlas  para determinar su frescura. Después todos se incorporaron y hablaron a un tiempo, contentos como niños por lo que acababan de ver con sus propios ojos.  Ahora  el clan sabe que una manada de mastodontes se dirige hacia el sur del Valle Verde, una manada que hace menos de dos lunas pasó por aquí.  La  manada de Ranú.                  Ranú, la mastodonte alfa,   ignora la presencia de los cazadores, ni siquiera imagina lo importante que es su manada para  que los pequeños sobrevivan,  pequeños, porque así llaman  los mastodontes a esos peligrosos demonios desnudos. 

Kuma, el rastreador y jefe del Clan, sabe que sólo la carne de un mastodonte puede asegurar la vida de todos durante el invierno que se aproxima.  El  rastreador    miró  las huellas que las patas de los mastodontes habían impreso en el terreno y mostró  sus dedos velludos y  sucios al grupo para hacerles saber que había  tantas  presas  como  dedos de una mano.  La codicia brilló en los ojos del Clan.

– Habrá comida y pieles en abundancia-  repitieron unos a otros.

Kuma  no mostró las dos manos. Hace mucho tiempo que Kuma no detecta manadas de dos manos. Cada mañana, cuando el sol aparece,  menos presas  asoman  sobre la tierra. Kuma sospecha  que las grandes presas se han marchado lejos.  Quizás  cruzaron el camino de los hielos y  regresaron a las tierras de los ancestros, quizás sirvieron de alimento a otros  clanes, quizás se  quedaron dormidos para siempre. Kuma sabe que pequeños y bestias se duermen para siempre  cuando ya están muy cansados de caminar sobre la tierra y no quiere que le ocurra eso a él, a su mujer, o a su hijo;  por eso, Kuma duerme con un ojo y conserva el otro alerta a los ruidos de la noche. 

Kuma olfatea el viento. Mil  olores se atropellan en su nariz. La hierba fresca, la hierba seca, la tierra mojada y el agua descompuesta del pantano. Emplumados, muchos emplumados, algunos de buen tamaño, que suelen cazar para alimento. No hay ciervos del pantano, no hay eohippos, no hay  mastodontes, pero Kuma  huele su boñiga reciente. Inmediatamente se ponen en su busca y dan con ella no lejos de allí. Kuma sigue tratando de encontrar sus rastros. Nada. Los mastodontes ya están demasiado lejos para olerlos, pero no lo suficiente para que sus excrementos estén resecos.

–         Pronto los alcanzaremos –dice Kuma-,  hay que estar preparados.

El Clan confía en Kuma y obedece sus órdenes sin chistar. Regresan esperanzados al campamento. Allí se percibe fácilmente la falta de alimento. Los Cazadores afilan lanzas y  cuchillos y las mujeres  pasan el día de rodillas  escarbando la tierra en busca de raíces e insectos para matar el hambre.  Hoy, sin embargo, el clan presiente que las dificultades están por terminar; ahora que Kuma está sobre las huellas de los mastodontes, pronto  habrá carne para todos.

 La manada de Ranú lo ignora, pero su destino ya está trazado en las estrellas: una luna, dos quizás, y el Clan estará sobre  ellos. Hace  muchas  lunas que el Clan  no prueba el dulce sabor de la sangre fresca, muchas  lunas que el clan araña la tierra en busca de raíces o roe pacientemente las últimas tiras de carne seca. Maimai, la hembra joven,  casi no puede alimentar a su cría, porque el hambre y el frío le han secado los pechos. La cría gime suavemente, ya no tiene fuerzas. Maimai muerde las raíces dulces que arrancó de la tierra helada  y hace con ellas una papilla, que luego va introduciendo con la lengua en la boca de su cría.  Ambas tienen hambre. Maimai sabe que las criaturas mueren cuando llegan el frío y el hambre. Ella ya ha perdido suficientes crías, esta vez, la cría debe resistir. Especialmente porque la nueva cría es un macho y, si vive, será cazador y proveerá a Maimai cuando ésta ya no tenga dientes para preparar los cueros con que se abriga el clan  o para moler las raíces y granos.

El Viejo de las Palabras tampoco tiene fuerzas para abrir la boca. La comida es, primero,  para los cazadores, después para las hembras que crían y los niños. Sólo  al final se alimentan los viejos. Todas las noches, junto al fuego, el Clan se calienta los huesos y ahuyenta sus temores escuchando las historias del viejo de las palabras. Ya nadie recuerda su nombre, quizás hasta él lo ha olvidado también. Hace  muchas lunas que  el viejo  dejó de  ser un cazador y muchas más lunas aún desde que murieron los que lo amaban; sin embargo, todos conocen sus historias y de tanto escucharlas podrían repetir algunas, palabra por palabra. Cuando el viejo de las palabras pinta de magia la noche, los  cazadores, satisfechos,  le dan trozos de su carne seca  para que llene la tripa.  Todos duermen   guarecidos en  alguna cueva y los cazadores se alternan para cuidar del fuego y el grupo. De ambos depende la vida de todos.  Un cazador  que se encuentre solo no sobreviviría,  sin fuego, tampoco.

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