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Posts Tagged ‘zoocuentos’

Para los cangrejos de la Isla Christmas nunca fue  fácil vivir allí. Christmas. ¡Gracias a ese nombre, todo estaba relacionado con la Navidad, pero nada era realmente navideño!  A los cangrejos, que soñaban con el pavo asado, el plum pudding y las galletitas de gengibre no les  bastaba con que la isla llevara ese nombre, ellos querían ser los más activos celebrantes de la Navidad, pero algunos obstáculos se interponían en su camino.

Primero: Nadie considera a los  cangrejos para la celebración navideña, salvo como parte integral de la ensalada.

Luego,  resultaba que Christmas es una isla de clima tropical, por más que trataron, tanto el Creador como la Naturaleza se negaron a concederles una Navidad Blanca.

Después de batallar milenios en vano, los Cangrejos presentaron una nueva solicitud: querían ser rojos, el color  símbolo de la Navidad.

-Pero si los únicos rojos son los cangrejos cocidos -arguyó El Creador.

-No queremos ser cocinados -respondieron los Cangrejos. Queremos ser Cangrejos Rojos,  tan rojos como las poinsettias y el traje de Santa Claus.

La Naturaleza se rio en sus barbas, pero la idea le resultó muy atractiva al Creador, que estaba un poco molesto por la comercialización de dicha fiesta, de manera que les concedió graciosamente  su  anhelo. De un segundo a otro, los cangrejos adoptaron un vivo color navideño, pero cómo este los hacía muy atractivo para los amantes de los cangrejos como plato frío,  debieron refugiarse en madrigueras subterráneas.  Allí crecieron, se multiplicaron y alcanzaron la nada módica cantidad de cuarenta millones de cangrejos rojos, unos más, unos menos.

Y entonces, en el peak de la locura navideña, los Cangrejos Rojos decidieron que debían tener a toda costa una Navidad Blanca, aunque  nunca conocieran la nieve  más que por las fotografías  e ilustraciones que tanto admiraban.

Decidieron elegir Rey de los cangrejos rojos a aquel que lograse tan preciado objetivo y los Consejos de Ancianos y Sabios Cangrejos Rojos se reunieron para encontrar al merecedor de tal título. Así transcurrió otro par de milenios a la espera del Elegido, hasta que un día uno de ellos despertó y dijo.

-¡Tuve un sueño maravilloso, soñé que todos pasábamos vacaciones de Navidad en medio de la blancura!

¡Qué absurdo, a quién se le ocurría idea tan peregrina, era un hecho que nunca lograrían la Navidad Blanca!

Pero el soñador insistió y cuando fue  llamado al Consejo, explicó  claramente lo que había soñado:

-Soñé que al finalizar noviembre,  todos juntos emprendíamos una migración hasta una extensa playa de arena blanca como la nieve. Allí construíamos  pequeñas madrigueras donde pasábamos las fiesta de Navidad,  conocíamos a las más lindas cangrejitas que existen y procreábamos una nueva generación de cangrejos rojos mucho más felices.

Ni al Creador ni a la Naturaleza les sorprendió en lo más mínimo que los Cangrejos Rojos tomaran la loca decisión de migrar antes de Navidad.

-Siempre han sido unos locos desatados -dijo despectivamente la Naturaleza.

-Son los fieles representantes del espíritu navideño -explicó el Creador – y además aprovecharán de lucir ese precioso color en su peregrinaje.

Para entonces, cuarenta millones de cangrejos habían abandonado ya las kilométricas galerías  que habitaban y atravesaban la jungla en dirección al mar. Casi tres días caminaron expuestos a los peligros de la superficie y no hubo quién los viese que no exclamara asombrado.

-¡Asombroso,  millones de cangrejos rojos, pero vivos,  se dirijen a la costa!

Entretanto, los Cangrejos Rojos llegaron a las arenas blancas, aovaron en sus nuevas madrigueras y dejaron allí a la siguiente generación de la especie; después, emprendieron el camino de regreso.

Cuando las crías salieron de los huevos, se metieron al mar hasta que estuvieron lo bastante crecidos para regresar a las madrigueras ancestrales, pero ya la idea estaba sembrada y desde entonces, todos los Cangrejos rojos vacacionan antes de Navidad,  engendran una nueva generación y  dejan con la boca abierta a todos los afortunados que los ven pasar en su fantástico viaje.

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Querido lector,  desde hace casi un año, más de veinte mil personas han  leído nuestros zoocuentos haciendo de ellos  su lectura favorita en este blog. El más leído, lejos, es el que cuenta la historia del Panda Mayor, y le siguen sin dar tregua el Rinoceronte, el Quirquincho, el Hipopótamo, el Salmón, el Dromedario e incluso el Demonio de Tasmania. Tejón y Topo no se quedan atrás.

Les agradecemos una vez más su lealtad como lectores. Salvo  dos comentario ingratos a todos les gustan los relatos sobre la fauna y esperamos  continuar  entregándoles lectura placentera. Pero tenemos algo que proponerles:

¿Qué tal si ustedes eligen el animal que deberá ser investigado? Después de estudiarlo,  escribiremos un cuento para ustedes. Ese es el trato. Esperamos sus propuestas  para trabajar en ellas. Amamos la vida silvestre, queremos que el hombre la trate con respeto y estos cuentos van en esa dirección.  De paso, agradecemos a las personas que ceden sus imágenes generosamente a través de flickr y nos permiten entregarles un blog mucho más atractivo. Nos vemos.  

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Previo a  que el Hombre lo llamase como mejor se le antojó, el  Panda Rojo carecía de nombre y  vivía feliz en sus tierras del Asia. China, Bhutan,  Nepal y otros países le habían visto trepados a sus árboles por tanto tiempo que le conocían perfectamente y aunque no tuvieran la  posibilidad de compararlo con  mapaches, mofetas y otros mustélidos tampoco habían tenido la visita de zoólogos europeos que lo catalogasen erróneamente.  El Hombre que compartía su territorio, sin rebuscamientos, le había llamado por el sonido de su ladrido, Wha, y  luego le había rebautizado como Panda; posteriormente, al conocer de la existencia de un Panda de mayor envergadura y más visibles atractivos, curiosos zoólogos europeos le habían agregado el deprimente calificativo de Menor.

El Panda Rojo –o Menor-  sabe que son muchos los animales mal clasificados y, conocedor como es de la lentitud de la burocracia ha dejado de esperar la respuesta a la Solicitud de  Correcta Definición Taxonómica que elevó  ante La Naturaleza hace  casi 200 años. Durante largo tiempo  mantuvo indignada correspondencia con un francés de nombre Cuvier,  causante involuntario del estropicio, sin jamás recibir una respuesta de su parte.

Panda Menor  continuaba viviendo en absoluta  felicidad allá en sus montañas nevadas cuando, por una lamentable casualidad, sus ojos se posaron en las hojas amarillentas de un periódico  que el viento había arrastrado  hasta  su domicilio. Panda Menor creyó ver impreso un rostro conocido y se escurrió de su madriguera para comprobar sus sospechas.

Y claro, allí estaba, en cuatro columnas y a todo color,  el Panda Gigante, aquel vecino suyo tan lento y poco sociable que se ahbía apoderado de su nombre.  La fotografía  lo favorecía, pensó. Panda Gigante  era un vecino muy atractivo y a Panda Menor le habría encantado tener su tamaño, pero claro, el mundo debía saber que era muy difícil que ello ocurriese: Panda gigante era un úrsido y él, Panda Menor, un mustélido, era imposible que tuvieran en común algo más que el nombre mal catalogado por ese odioso Cuvier.  

Excitado por la novedad de que el Hombre se interesase tanto en un animal y esperando con ansias noticias de su  propia especie, Panda Menor  se dedicó a perseguir  las revistas y periódicos  abandonados por el Hombre, quería a toda costa disfrutar sus quince minutos de fama. A  poco andar, y luego de infinitas lecturas sobre Panda Gigante, comprendió que necesitaba desesperadamente leer un reportaje sobre sí mismo.

Pero la nota sobre Panda Menor y sus hermanos no aparecía nunca  y en su lugar, Panda Menor debió conformarse  con leer, una y otra vez, toda clase de noticias sobre  Panda Gigante. Incluso se enteró, con  profunda decepción, de que  sus vecinos tenían  también gran  cantidad de páginas  en Internet y que se había creado un programa con el sólo propósito de sacarlos de la lista de especies en peligro de extinción. Como si esto fuera poco, Panda Gigante era protagonista de todo tipo de  cuentos y películas para cine y televisión y su perezosa figura –algo entrada en kilos, juzgaba él- ocupaba  kilómetros de espacio en las jugueterías de la tierra.

A estas alturas, Panda menor tenía su autoestima por los suelos. ¿Cómo era posible que nadie recordase su existencia? Tanto tiempo viviendo en la proximidad del Hombre  lo había puesto en la categoría de especie vulnerable, pero nadie se afanaba en crear un centro especial para  control de su especie. ¿Es que nadie se interesaba en fabricar peluches de vivo color rojo y decorativa cola listada? ¿Se vería obligado a teñir su pelo y usar un parche en el ojo para  satisfacer  el sueño de una portada en papel couché?

Panda Menor se encuentra resignado a vivir a la sombra de su famoso tocayo, pero se niega a aceptar que lleve el nombre de Panda Gigante. Por largo tiempo ha litigado ante la justicia  con el  propósito de  arrebatarle legalmente dicho apelativo, pero no ha conseguido evidencias que prueben sus asertos.  No le queda más que continuar viviendo en el anonimato  a la espera de aquel periódico genial que lo presentará al mundo   con todo el rimbombo que su especie merece: a cuatro columnas y con fotografías a todo color.

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