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En el amanecer de América, los Andes, asomados apenas unos millones de años antes, mostraban sus  dientes azul violáceos, agudos, retadores, a la capa azul del cielo más límpido de que se tenga memoria. Los ojos brillantes de las vegas reflejaban algunas nubes tímidas deslizándose por su vastedad.  La mañana era helada y seca y de haber habido  hombres respirando sin duda alguna les habría resultado agotador.

Mucho más arriba y siempre insomne en su fortaleza celeste, El Creador daba los últimos ajustes a la reducida gama de la fauna que se atrevería a dar la lucha diaria contra la puna, el frío y la sequedad.

-“Veamos”- pensó El Creador, y estremecido por la sola  idea del frío enumeró con los dedos y de mayor a menor: “Oso, puma, llama, alpaca, guanaco…”

Y fue así hilando el panorama andino con imaginación y destreza. Primero los mamíferos, después las aves y los reptiles para terminar. Cuando terminó, satisfecho, restregó sus manos generosas una contra otra; los habitantes de los Andes estaban listos para hacer su aparición en la historia.

-¿Y yo? –Se escuchó decir a una débil vocecilla.

El Altísimo buscó la voz, pero no podía descubrir de dónde venía. La Naturaleza misma fue llamada para colaborar en la búsqueda, pero no había caso: aunque la vocecilla continuaba reclamando atención, no podían descubrir su procedencia.

Esto, de ninguna manera era posible. Tanto El Creador como la Naturaleza estaban seguros de haber planificado todo hasta el último detalle. ¡No podía haber errores, hilos sueltos a pocos amaneceres del debut!

Intentaron ignorarla, pero la voz seguía allí, casi un gemido, casi  un … Un momento. ¿Acaso no era eso un maullido? Ah, eso ellos lo sabían bien, a los gatos les encanta esconderse, sólo era cosa de atisbar bajo la mesa, y  sí, cuando se inclinaron para ver bajo la mesa de trabajo del Creador, allí estaba: un gato ni tan pequeño ni tan grande, más bien enjuto de carnes, algo rayado, algo moteado, de cabello hirsuto, mechones de lince en las orejas, cola de  timón, aspecto decididamente modesto, menos pariente del puma que del ocelote. ¡Ambos habían ignorado su presencia, pero allí estaba, terco e insistente, valiente y osado, el gato Andino!

Fue de esta manera accidental que el Gato Andino se encontró encaramado en la cima de las grandes cumbres, correteando roedores y lagartos de poca monta que apenas alcanzaban a satisfacer su apetito, hecho que lo tenía siempre al borde de la hambruna.

Pero el Gato Andino ya había mostrado su temple y así como había reclamado su derecho antes los dos poderes se empeñó en sobrevivir a la evolución, la falta de comida y las exigencias de la vida por las alturas. Vivió, se aclimató, se sintió dueño de su destino y un día que se estiraba satisfecho bajo los tímidos rayos de un sol de invierno, se descubrió pensando en lo buena que era la vida y lo muy feliz que se sentía de ser quién era y de vivir donde vivía.

¡Y justo en ese momento, un cazador con menos sueño y más hambre que él  lo atrapó, mató y desolló y cuando llegó a su aldea, después de asar y comer su carne y pensando que no le había parecido ni tan buena, rellenó su pellejo con paja seca, le incrustó un par de ojos de obsidiana y lo encontró de lo más apropiado para ofrendarlo a los dioses, que sin duda alguna, agradecidos, le proporcionarían mejor presa la próxima vez.

El Gato Andino no estaba enterado, hasta ese momento, de la aparición de un nuevo habitante en Los Andes: el Hombre.

Así, de la misma triste manera y totalmente en contra de su voluntad, muchos gatos andinos fueron convirtiéndose en adorno de mal gusto en ceremonias religiosas de peor gusto aún. Vivían los pobres, a salto de mata, escondiéndose por aquí y por allá para escapar de la crueldad de sus asesinos.

Espantados, los Gatos Andinos decidieron elevar una solicitud de cambio de residencia ante El Creador, pero la respuesta fue lapidaria: no había espacio para cambios de ningún tipo y no sólo se trataba de espacio, había otra razón más importante: la incredulidad reciente y creciente de los hombres no estaba dejando espacio a la capacidad de maniobra del Creador, vale decir, que los decretos habían caído en un absoluto desprestigio y ya nadie los respetaba. Tratando de salvar sus vidas, las especies, incluida la humana, iban de aquí para allá asentándose como pudieran y  provocando el caos en el planeta

Tampoco la Naturaleza fue capaz de ofrecerles una solución. Aunque ella era la última en querer reconocerlo, lo cierto es que a los hombres la naturaleza les importaba un comino y no pasaba un día sin que se la pisotease y destruyese sin razón.  “Mejor, sugirió, traten de arreglárselas solos, a lo mejor si se ponen de acuerdo y se desplazan algo más arriba..”

¿MÁS arriba? El Gato Andino estaba indignado, si subían un poco más por los vericuetos de los Andes iban a terminar viviendo en el espacio sideral, y todavía no se había especificado nada al respecto. ¡Ni siquiera el hombre se había aventurado por el cosmos!

-¡Ya verán como sobrevivimos sin su ayuda! – maullaron antes de desaparecer entre los macizos de granito.

Y en eso están,  cada vez más escondidos, cada vez más lejos, cada día menos. No quieren ni aparecerse en las cercanías de los hombres. No sin sorpresa, han descubierto algún apoyo inesperado en los defensores de la fauna silvestre, aunque preferirían no tenerlo, porque odian los collares de rastreo y los dardos somníferos le ponen el pelo, ya de por sí tieso, parado como aguja. Pero nadie sabe cómo se las han arreglado para iniciar una campaña contra la superstición y cuentan para ello con el apoyo decidido de rinocerontes, tigres de Bengala, elefantes y ballenas. No falta un día en que una nueva especie los apoye decididamente y hasta se sabe de una carta enviada por el fantasma del Dodó, tildada de mito por los escépticos.

Los Gatos Andinos no se amilanan; de alguna manera, dicen, hemos llegado hasta aquí, y el hombre, este inquilino con pésimas costumbres, probablemente ni siquiera dure lo que Neanderthal. Ese, al menos, respetaba la naturaleza.

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Hay que reconocerlo: al Creador lo tenían lleno los dinosaurios, no quería saber más acerca de estos tipos que no permitían prosperar a las restantes especies y dejaban tras de sí una estela  de  destrucción por el simple hecho de echar una carrerita detrás del almuerzo. Y como si eso fuera poco estaba el problema de las heces: ¿Se imaginan lo que es un planeta lleno de enormes dinosaurios  sin hábitos de aseo? Dar un paseo por ahí era simplemente terrorífico, pero por otra parte tampoco vamos a juzgar a los dinosaurios:  ¡Era imposible que aprendieran nada con esos cerebritos  de juguete!

El Creador  dejó el problema a la suerte. Tuvo un encuentro secreto con La Naturaleza del  cual jamás, en 80.000.000 de años ha trascendido una palabra. El Creador dejó el problema en sus manos, de paso, además de encargarla de un problema que parecía insoluble,  la exponía al peor de los fracasos; hay que reconocer que nunca se han llevado muy bien, especialmente desde que esta última quiere arrogarse todos los éxitos del programa.

Y todos sabemos cómo se las gasta la Naturaleza. El daño colateral, más que molestarla, parece divertirla.

– Bueno, ya, que pase lo que deba pasar –dijo el Todopoderoso.

Y lo que pasó fue la extinción masiva del cretácico, frente a la cual las víctimas de las dos últimas guerras mundiales serían una anécdota. Entre los escasos sobrevivientes que hoy podemos nombrar están las tortugas, los cocodrilos, algunos dinosaurios que optaron por convertirse en aves y abandonar sus viejos hábitos y …el celacanto.

Sólo que por sesenta y cinco millones de años, todo el planeta estuvo convencido de que el Celacanto se había extinguido junto con el resto, porque después del cretácico, nunca más se lo volvió a ver. Sus únicas apariciones estaban registradas en roca de trescientos millones de años.

Nadie va a pensar que El Creador o La Naturaleza ignoraban lo que había sido del excéntrico pez o que este es tan genial que se encargó de dejarlos en ridículo, no,  pero lo cierto es  que nunca más se preocuparon del Celacanto, ni siquiera para adjudicarle unas medidas, paliativas –la especialidad del Creador- o evolutivas –favoritas de la Naturaleza.

Para la comunidad científica y la nomenclatura universal el Celacanto dormía el sueño de los justos.

Eso hasta 1938, cuando una encantadora bióloga británica, la señora Latimer,  encargada del Museo de East London, Sudáfrica,  fue llamada al Mercado para ver un extraño pez azul, con cuatro aletas de lo más locas y una cara que llegaba a dar miedo; tal como los espías viejos,  el Celacanto había regresado del frío.

La señora Latimer buscó a su pez en cuánto libro estuvo al alcance de su mano, pero no, nada del pez azul. Entonces, aprovechando lo único que quedaba del ejemplar, su esqueleto,  hizo cuidadosos dibujos y los envió  a un  paleontólogo.  Gracias a todos sus esfuerzos, el Celacanto se llama hoy  latimeria chalumnae. Para qué vamos a negarlo, el celacanto odió la denominación, pero como en todo aquello de origen burocrático, su opinión no fue consultada.

Cada cierto tiempo aparece un ejemplar por aquí, otro, por allá, siempre muertos. Los japoneses, expertos en arrasar con la fauna marina, sueñan con sumar un ejemplar vivo al cadáver que tienen en su principal acuario. Por el momento se consuelan mirando las escasas filmaciones que se han obtenido. Lo único bueno del asunto es que el Celacanto ni siquiera es comestible, su carne es demasiado grasa para ser consumida por el hombre, incluso por los chinos o los japoneses.

Los estudios de sus restos mortales  han dejado algunas cosas claras: en la base de sus aletas hay tres huesos que indican la formación de una pata:, húmero, cúbito y radio,  y en sus lugares más íntimos descansan los restos de un proyecto de pulmón. ¿Qué fue lo que ocurrió? ¿Alcanzó  el celacanto a probar las delicias de las vidas de los anfibios para luego, inteligentemente, descartarlas, o solamente se preparó para el gran suceso arrepintiéndose después?

Y ahí está el pobre, indignado por la situación. Todavía no entiende que el uso de redes de profundidad o dinamita por sus desagradables vecinos humanos le son letales. Se pasea por los mares de África e Indonesia y más de alguien espera ubicarlo en otras zonas. Se esconde,  y lo hace bien, ya tenía bien aprendido cómo ocultarse de los importunos, pero lo cierto es que el actual locatario de la Tierra ha resultado un hueso duro de roer. Es vox populi que la fauna completa ha enviado solicitudes para que el Creador ponga las peras a cuatro  a estos nuevos dinosaurios, pero ya saben cómo es Él; para todo se toma su tiempo.

Tampoco vamos a criticar a la Naturaleza. A ella no le queda más que esperar una orden, una simple  llamada. Nosotros la conocemos, es más que seguro que ya tiene varios planes de extinción y catástrofes anexas, no por viejo pierde sus rayas el tigre, y una de sus debilidades ha sido siempre los grandes espectáculos. Tarde o temprano, la próxima extinción masiva hará su debut.

Y  vaya si le ha costado aguantarse, en comparación con el Hombre, los dinosaurios eran niñitos de pecho.

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De hombres lobo se ha hablado casi desde que el homo sapiens pisó la tierra. En las frías estepas del hemisferio norte, en los oscuros bosques, en las ásperas montañas, el hombre compartía territorio con grandes manadas de lobo y cuando el hielo se apoderaba de la tierra, cuando escaseaban las pequeñas presas que lo alimentan, era del hombre de quien el lobo se nutría.

Tanto creció el temor del lobo que en torno a la fogata, débil como una chispa, nació el mito. La imaginación, el temor y el hambre soplaron sobre esta llamita y el fuego incendió Europa entera. Existía una maldición y podías  caer bajo ella si pisabas la huella o bebías dónde el hombre lobo había bebido. Peor, podías ser mordido por el lobo y la tenías de inbmediato. Decíase que tenía la piel para adentro y de esta manera le era fácil transformarse. Era antropófago y dejaba el ganado, pero comía al pastor. Se transformaba al influjo de la luna llena y cuando se  oían sus aullidos se trancaban puertas y ventanas mientras  temblorosos los campesinos rezaban por su salvación.

¡Era tan útil la idea, justificaba tantas cosas! Si el hombre era cobarde, si se espantaba de las manadas que aullaban en las proximidades de su hogar, estaba justificado, un hombre lobo era mucho más peligroso y fuerte que un lobo cualquiera. Peor  aún, si el hombre sin escrúpulos, el campesino o cazador todavía salvaje, no tenía un mendrugo para llenar la barriga. ¿Por qué no echar los restos de un viajero en la cazuela? Nadie lo conocía y podíamos decirnos que no éramos bestias. Se trataba del demonio que nos había poseído y cargábamos con la maldición del hombre lobo en nuestra sangre.

Hasta que en Gevaudan un frío invierno de 1764, la leyenda pareció hacerse realidad repentinamente.   Uno tras otros, los restos de desdichados pastorcillos o campesinas fueron apareciendo en la campiña. Destrozados, semidevorados  por su  asesino y las alimañas, a veces partidos en dos, otras, mostrando claramente haber sido víctima de malditos que usaban la bestia para cargar con sus culpas. Más de cien personas murieron en las fauces de la bestia de Gevaudan y los campesinos, aterrorizados y furiosos, tomaron sus antorchas y salieron a protestar ante las autoridades.   Se  enviaron partidas de cazadores y muchos más lobos que hombres se convirtieron en cadáveres, pero las muertes continuaron.

Las quejas llegaron hasta el mismo rey, quien envió sus mejores tropas para  devolver la paz a la región. Todo fue en vano, mientras más lobos eran cazados, más campesinos seguían muriendo. Los oficiales del rey enfrentaron una gran bestia de espantosa catadura, pero esta parecía inmune a las balas de sus mosquetes y escapó una vez más.los campesinos  aseguraron haberla visto otra vez aullándole a la luna llena.

Finalmente, en 1767, un cazador acabó con la terrible bestia. Utilizó para ello una bala de plata, fundida a partir de una medalla de la Virgen María. Desde entonces, cada vez que se da caza a un hombre lobo, habrá de usarse una bala o arma de plata.

La bestia era inmensa, con rayas en su lomo. Sus colmillos monstruosos y la hirsuta barba aún estaban manchados con la sangre de su última víctima. Por tres largos días, los campesinos velaron sus restos esperando que la bestia retomase su naturaleza humana, hasta que finalmente debieron aceptar que eso no ocurriría.

 Largo tiempo le tomó al cazador llegar con ella hasta la sala del trono. El hedor de putrefacción era tan terrible que algunas damas se desmayaron y debieron ser reanimadas con sales. Su Majestad en persona se cubrió nariz y boca con un pañuelo perfumado para observar sobre el piso de mármol los restos pútridos, hirviendo en gusanos, de la bestia de Gevaudan.

Algún tiempo después, una hembra de la misma especie fue muerta en la región de Gevaudan, lo que trajo tranquilidad a los habitantes, pero a partir de entonces y cada cierto tiempo, los restos destrozados, piltrafas sanguinolentas  de algún viandante, son hallados por allí para espanto de los locales. Entonces, las ancianas se reúnen a orar para que se le atrape y  por la noche los armeros funden balas de plata con la esperanza de que una de ellas acabe para siempre con el monstruo aterrador.   

  

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El ciervo ratón almizclero acuático (¡Uf!) vivía su vida en paz y armonía. Amaba las riberas de los ríos que riegan su territorio, se escondía previsor de los predadores que lo amenazan y se reproducía un poco como aquellos a quién se parece, los roedores,  por lo tanto, su población se mantenía estable. Sólo una cosa lo molestaba: la condenada insistencia de los hombres en llamarlo ciervo ratón. ¿Vamos, es que no lo habían visto? ¡Si era cosa de mirarlo, de ver sus lindas pezuñas, su escueto rabo, su bello lomo, su hociquillo vegetariano y rumiante! ¡Cualquiera podía darse cuenta de que era un ciervo! ¿Cómo decían, colmillos? Si, cierto que le asomaban esos feos colmillos de roedor, pero si no fuera por ellos habría sido muy difícil escarbar por raíces, uno tiene que arreglárselas en esta vida.

Era cosa sabida entre  los ciervos almizcleros acuáticos –a quien podríamos llamar por su versión en inglés, chevrotain, para simplificar las cosas- que había un primo de América, el pudú. En las  oscuras noches que los predadores rondaban sus refugios, se solía hablar de la buena elección domiciliaria del primo. Bastó una decisión audaz para que ahora tuviese una estupenda selva lluviosa casi para él sólo. Un poco fuera de circuito, cierto, pero sin leones, sin leopardos, sin hienas, sin víboras ni otros vecinos desagradables de aquellos que insisten en incluirlo a uno en el menú. ¡Qué buena habría sido la vida del chevrotain si hubiera escogido Sudamérica en vez del África Negra! Es casi seguro que podrían pasear tranquilamente a la orilla del río en vez de andar a salto de mata, escondiéndose hasta de su propia sombra, aprendiendo a nadar en todos los estilos conocidos y por conocer para arrancar de esos vecinos tan voraces que no le daban tregua. Una pena no poder comunicarse con el primo de América, contarle al pudú que el chevrotain, el ciervo más pequeño del mundo, vivía valientemente en el territorio más peligroso de África sin que le temblara una patita y mucho menos el bigote. Ni hablar de que le castañetearan los colmillos…¡habría sido terriblemente incómodo!

Así pasaron los tiempos mientras el chevrotain, superadas las dificultades de los tiempos primigenios, se afianzaba en los ríos del continente negro, conversando en las horas flojas de la canícula sobre lo lindo que sería conocer al primo de América. Sin duda, el pudú quedaría sorprendido al constatar  la bravura de un  cérvido más pequeño aún que él mismo.

Repitiéndose a sí mismo lo maravilloso que era,  había pasado el día que las páginas de  un viejo periódico resbalaron hasta la orilla del agua. El primer chevrotain en verlo corrió de inmediato a contarle a su familia que acababa de ver una foto en la prensa,  nada menos que del primo de América. Un rápido galope dejó a la manada devorando las palabras del artículo en cuestión:

…”el pudú que habita en la selva valdiviana…” –esas eran las buenas noticias, el primo no se había cambiado de casa-…” se encuentra ahora en peligro de extinción en su hábitat natural…-y esas eran las malas, pasaban por los mismos problemas- …”  es el ciervo más pequeño del mundo…”

Bastó con leer esas líneas para que  todos los chevrotains montaran en cólera. ¡Qué farsante, cómo se atrevía el pudú a apoderarse de un título duramente ganado por el chevrotain! Además, como si fuera poco, no tenía colmillos y ostentaba un par de cuernitos bellísimos…qué injusticia, cómo podía El Creador haber hecho al primo de América más parecido a un ciervo que el chevrotaine, era el último y peor de los agravios.

Una comisión especial revisó toda la información posible para llegar a la conclusión    de que el pudú era aproximadamente veinte centímetros  más chico y un par de kilos más liviano que el chevrotaine. Era, efectivamente, el ciervo más pequeño del mundo. Al chevrotain le costó mucho tiempo asomar otra vez el  hociquillo fuera de su refugio. Si hasta le parecía que se reían de él. ¡Seguramente todos habían leído el diario antes de que ellos lo  devoraran hasta la última letra para acabar con la evidencia, y eso que sabía bastante mal.

Últimamente se ha sabido de algunos chevrotains que hacen rigurosa dieta para pesar menos que sus primos americanos, pero todavía no ha habido ninguno que logre medir menos y no pasa un día sin que tan triste noticia les atormente su pequeño corazón de ciervos almizcleros de agua.

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El Chupacabras  supo que era feo la primera vez que se acercó a un pozo de agua; espantadas, las aguas,  hasta entonces calmas como un espejo,  se rizaron violentamente para impedir que su imagen se reflejara  en ellas. El Chupacabras olfateó el aire  y constató que no corría la más delicada brisa.; temiendo lo que vería, se acercó y se inclinó  hasta que su imagen fracturada se fue armando en la superficie. Las aguas se habían congelado de espanto y allí,  con lujo de detalles, pudo  descubrir la horrible imagen con que la Naturaleza lo había  castigado  para la eternidad. Si bien el reconocimiento de su fealdad fue un duro golpe, el Chupacabras  aguantó con entereza. Si de fealdad se trataba, él sería el más feo de todos.

Desde entonces, el Chupacabras vivió ocultándose de los demás seres vivos.  Aprendió de inmediato que de noche todos los gatos son pardos y que si un chupacabras pasa casualmente por un lugar es mucho más difícil que se le vea cuando lo hace rápidamente.  En cuestión de semanas ya era un avezado corredor de larga distancia. Además, siendo, como es,  un perfeccionista,  se despeinó  la  opaca, hirsuta  pelambrera que lo cubre, y se la arrojó, un poco al desgaire, sobre aquel rostro que, como el de Medusa, amenazaba con volver de piedra a la humanidad.

En esa forma inexplicable que la Tierra dispone, la noticia de su aparición trascendió y, peor aún, se esparció como una marea. Al principio, temerosamente susurrada, luego, como tópico general. El Chupacabras supo que estaba perdido cuando la prensa lo puso en letras de molde y saturó páginas web con los detalles de su horrorosa apariencia e ilimitada crueldad.

Era cosa, entonces, de mantener la reputación tan duramente ganada. El Chupacabras continuó escondiéndose entre las matas, se arrastró por madrigueras y cavernas, zigzagueó entre las rocas, se olvidó de la luz solar. Cuando quería alimentarse las cosas se le hacían fáciles: tan sólo asomaba su esperpéntica figura y la víctima moría de pánico ipso facto.

Para consentir a la prensa y demostrando así lo muy consciente que estaba de la red de fantasías que se había tejido sobre su persona, recurrió a complicados sistemas para desangrar los cadáveres de sus presas. Vivió noches de furia aniquilando gallineros completos. Un reguero de ovejas, cabras y reses jalonó su ruta a través de América y los campesinos, aterrados, trancaron sus puertas y pasaron la noche en vela a la luz de una mísera candela.

El Chupacabras se enteraba sin mayor problema de todo cuanto se especulaba sobre él, después de todo, su cabeza es una especie de parabólica que recoge cada pensamiento, cada idea, cada chispazo que ser vivo alguno imprima en su cerebro.  Así supo que se le creía extraterrestre fugitivo, creación de los laboratorios de la CIA, monstruo ancestral, engendro diabólico. Ligeramente avergonzado de que su  aspecto diera para tanto, el Chupacabras sintió que un hálito de orgullo lo esponjaba entero: ¡Quién iba a decir que un humilde recién llegado alcanzara esas cumbres de la fama!

Y allí está, agotado por el  esfuerzo requerido por tarea de tal envergadura, pero con el espíritu incólume: nadie podrá decir jamás que el Chupacabras hace las cosas a medias.

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Apenas había sido presentado en sociedad cuando el Tenrec listado sorprendió a todo el planeta  con su novedoso sistema de comunicaciones: un código secreto que se trasmitía mediante el roce de sus púas cervicales. Como era de esperar, todo el mundo científico quedó con la boca abierta.  El Tenrec listado, diminuta criatura recientemente descubierta,   había  sido catalogado apenas un tiempecillo antes y ya estaba dando que hablar.  ¡Cómo era posible que un  animalito tan pequeño, casi insignificante, hubiera creado una manera tan  elaborada de comunicación! Cierto que era bonito…para tratarse de un erizo, y sin contar con lo escurridizo que era el animalito en cuestión.

Los primeros en manifestarle su  comprensión fueron los lemúridos. El Aye-aye en persona había organizado una manifestación de apoyo.

-Cualquiera que haya vivido en Madagascar puede entender la necesidad del Tenrec listado de mantener su existencia en secreto – arguyeron.

Cuando la prensa malgache les demandó mayor precisión se negaron tajantemente a aclarar sus palabras.

-El Hombre es un recién llegado en esta isla y no seremos nosotros quiénes le demos en el gusto -Dijo el Lémur de cola anillada.

-De haber seguido los consejos del Tenrec listado,  muchos miembros de mi familia seguirían  con nosotros -expresó el Aye-aye con su habitual ánimo fúnebre.

La aparición del Tenrec listado había puesto de cabeza a los zoólogos, que no pueden vivir sin entrometerse en la vida íntima de las especies.  Ahora, el descubrimiento del código secreto los tenía al borde del colapso  a causa de la curiosidad.

Los Tenrecs listados no hicieron el menor esfuerzo por facilitarles el problema. Simplemente,  continuaron paseando en los rincones secretos de la selva y frotaron  sus púas afanosamente hasta  comunicarse con todos los despistados que se habían extraviado por allí. Jamás habían esperado la popularidad y desde la aparición en BBC  se reunían  diariamente para rogar al Creador por el urgente fin de la televisión.

-Ya ni  a escondidas se puede vivir tranquilo en este planeta -reclamaron.

Porque  mucho antes que el hombre, ese desagradable y presuntuoso ser que se cree amo de la Tierra,  osase siquiera pisar las arenas de Madagascar, los Tenrecs listados habían padecido los abusos de cualquiera que fuese más grande que ellos. Y vaya que eso no es nada difícil. Los Tenrecs habían llegado a creer que las Fossas  eran la manifestación misma del mal hasta que finalmente el hombre había aparecido por allí. Cuando eso sucedió, el Tenrec listado se escondió en el corazón de la selva y puso a sus Consejos de Sabios a trabajar en la solución del problema y así fue como se llegó al Código Secreto.

Porque sin rugidos, sin alaridos, sin chillidos…¿cómo puede uno comunicarle a las crías despistadas que se están exponiendo al peligro?

Hasta que a un genio se le ocurrió la genial idea:

-Podemos frotar nuestras púas cervicales y crear un lenguaje con ellas -propuso.

Una ovación cerrada  saludó sus palabras y como  de sobrevivencia se trataba pusieron púas a la obra de inmediato.  Lo que no fue fácil, El Creador y La Naturaleza estaban tan ocupados con las especies importantes que ni siquiera respondieron su solicitud de Cambio Físico. A los Tenrecs no les quedó más remedio que proceder a la antigua usanza:  trabajo evolutivo duro, lento y concienzudo. Léase, milenios.

Hasta que al fin nació  una generación  con púas bien adaptadas y que tenía el lenguaje secreto bien inscrito en su código genético. Los Tenrecs listados dieron un suspiro de alivio pensando que la supervivencia de su especie al fin estaba asegurada y continuaron viviendo en paz.

Pero ahora, después de la mala jugada que les hizo la televisión británica andan con el ánimo por los suelos.

– ¿Quién puede ser tan idiota como para desear esos malditos quince minutos de fama? -alegaron- ¡Ni que fuéramos hombres!

Y se dice por la selva que están abocados ya a conseguir una nueva  fórmula que les asegure el anonimato que siempre  quisieron.

 

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¿El escenario del flamenco son las vegas? Claro, eso es un hecho. Y los que piensan que se trata de Las Vegas, esa iluminada y parafernálica ciudad del desierto de Nevada, se equivocan. Una vega es una  laguna, un hermoso espejo de agua helada como la puna y trasparente como el cielo, ojos salitrosos que reflejan la belleza de Los Andes.

Los primeros flamencos que llegaron a  las vegas andinas  descubrieron allí un refugio de extraña belleza,  que si bien podía ser muy frío por las noches  prácticamente carecía de predadores que amenazaran su existencia.  Satisfechos por loo que veían, hundieron  sus picos curvos en el lodo amarillento de las vegas y sí, allí estaban sus crustáceos favoritos. ¡Para qué seguir buscando!

Los flamencos llevaban su tranquila existencia  sin presiones. Compartían  territorio con la jolla y los patos salvajes, pero  alimento había de sobra para todos. Desde  su  sitio en el centro de la laguna observaban  el ir y venir de los camélidos que se acercaban a beber para luego  marcharse con paso aristocrático a ramonear  las ásperas  hierbas  que les proporcionaba la puna. A veces, un puma solitario  venía a mojar sus patas acolchadas en la orilla  salobre; asustados, los flamencos ocultaban la cabeza bajo las alas. El puma tiene mala fama por esos derroteros.

Un día, un Flamenco más inquieto que sus hermanos  descubrió que estarse allí todo el día,  parándose en una u otra pata, escondiendo su cabeza bajo el ala y viendo pasar un guanaco de vez en cuando  le estaba resultando sumamente aburrido.

-¡Es que  aquí no pasa nada, pero nada entretenido! – le comentó a sus vecinos más cercanos.

¿Entretención? –respondieron ellos- Nunca se ha sabido de flamencos que pasen la vida buscando en qué entretenerse. A las alturas del altiplano se viene a descansar de las agotadoras migraciones, a tomar sol, a traer  polluelos al mundo. ¡Es más que suficiente en materia de emociones!

-¡Cómo no va a ser aburrido convivir con quiénes piensan así –refunfuñó Flamenco.

Deprimido, se dedicó a observar el movimiento de los juncos y las olas que el viento dibujaba sobre los matojos de paja brava.

De tanto observarlos, Flamenco terminó por encontrarles gracia. ¡Qué bien ondulaban las hierbas andinas, casi parecía que bailaban a impulsos de la ventolera! Repentinamente, una idea afloró en su  pequeño cerebro. Flamenco corrió hacia el centro de la bandada y empezó a hacer extrañas figuras sobre sus patas altas ydesgarbadas.

Sus evoluciones terminaron por despertar el interés de los demás flamencos. ¡Era extraño lo que hacía Flamenco, pero sin duda alguna, lo hacía ver muy bien…y parecía entretenido!

Paulatinamente, toda la bandada se fue sumando a la coreografía de Flamenco. Iban de izquierda a derecha, aleteaban un poco, se paraban en una pata, escondían la cabeza y después repetían la secuencia completa en un raro y alucinante ballet andino.

 Andando el tiempo, el ballet de Flamenco alcanzó su peak de popularidad y todas las familias de flamencos adoptaron la costumbre de bailar sobre los lagos salobres. Todavía se les puede ver  danzando muy entretenidos en su multitudinaria danza  que destaca bellamente su extraordinario colorido.

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