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Posts Tagged ‘vuelan plumas’

 

Hinchado de orgullo, el ordenanza Tiuquemales entró a la oficina del capitán y se cuadró sonoramente. Detrás,  feliz porque había demostrado iniciativa personal, el cabo Tiúquez.

-Orden cumplida, mi capitán, aquí le traigo a Zorzalo López y a dos prisioneros más.

-¡Que me los interroguen  ahora mismo! -Chirrió el capitán.

Pero por más que se lo preguntaran, a Zorzalo le era imposible decir qué había ocurrido con el agente secreto 00Bird.

-La última vez que lo ví iba camino de Ave de Janeiro. -Se cansaba de explicar.

Indignado, el capitán Tiuquemante hizo preparar un documento en que Zorzalo le traspasaba su jardín, su nido de cuatro habitaciones y el comedor para pájaros.

Pero a Zorzalo las alitas le temblaban tanto que no podía firmar y dio vuelta cuatro veces el frasco de Tinta de Pulpo de las Antillas.

Por otra parte, Mari Loica no paraba de lloriquear:

-¡Mis pobres polluelos, mis hijitos!

El capitán Tiuquemante perdió la calma definitivamente y le gritó con los ojos inyectados en sangre.

-¡Cállese de una vez, señora!, ¿qué hicieron con los polluelos de esta señora…cómo se llama usted?

-Mari Loica Huenumán. -Respondió ella muy enojada mientras se pescaba la pechera roja en el pecho con  cuatro broches de presión.

Capitán y ordenanza se fueron de bruces y quedaron con el pico clavado en las ramas del piso. Tiuquemante fue el primero en reponerse de la conmoción, se paró y dijo:

-¡EsunidiotauncretinoordenanzacómoseleocurretraeradoñaMariLoica!

Inmediatamente le soltaron las esposas y  le ordenaron que se retirara, pero Mari Loica se negó a dejar solos a Zorzalo y Leotordo.

-¡Exigo justicia y una reparación!

Y en ese momento caótico, cuando al Capitán ya nada peor le parecía posible, un  ave elegantemente vestida entró volando por la ventana y se plantó detrás del capitán presionándole la espalda con la punta de su ala derecha.

-¡Alas arrriba! -Ordenó- Wings up!

 En todo caso, a Tiuquemante, le pareció que le había apuntado con un arma de modo que le obedeció al instante.

00Bird los desarmó,  esposó y amordazó. Después liberó a Zorzalo y Leotordo.

-¡Creímos que había volado a Alondraterra! -dijo Zorzalo aliviado.

-Esou erra lo que mi  querienda que pensarran. Toudous. -Explicó 00Bird.

Mientras los amigos estrujaban sus cabecitas planeando cómo escapar del cuartel llevándose a sus prisioneros, antes captores, ocurrió lo más inesperado de todo.

Tatatatá, tatatá, tatatá.

Un estruendo se desató en el cuartel de la Brigada Tiuque. ¡la Guardia presidencial había llegado! Los Halcones y  los Cóndores  ocuparon raudos el cuartel, formaron a la Brigada y luego les dieron una sonora orden:

-¡Preseeenten arr!

  Y tiraron una alfombra roja por la que entró caminando  Su Excelencia, Don Lautaro Condorñir, presidente de la república de Terrandina. Su distinción y  sencillez  impactaron  a todo el pajarerío, que presentó armas de muy buena gana,  para decepción del capitán. Don Lautaro saludó a todo el mundo con un apretón de alas, preguntó, solícito, por la salud de su prima, carraspeó un poco y con la cresta roja de indignación, le espetó a Tiuquemante:

-¿Tiene usted una explicación por todo este desbarajuste, capitán?

El capitán, amordazado como estaba, sólo supo agachar la cabezota dura.

Zorzalo se dio cuenta y  le quitó la mordaza.

 -Ejem, Su Excelencia, en realidad, bueno, todo esto no ha sido más que una broma, malinterpretada por algunos…, cómo le diría, exagerados. -Explicó el Capitán con toda desvergüenza.

El presidente lo hizo callar, abrazó a Mari Loica y le pidió a Zorzalo que le presentara a James Swallow.

-My name is Swallow, James Swallow.- saludó  el agente.

Y el Presidente, que era su rendido admirador, le pidió  un autógrafo con la excusa de que era para su hijo.

El capitán Tiuquemante trató por todos los medios de convencer a Su Excelencia y a sus víctimas de que tenía un extraño sentido del humor. Todo lo ocurrido, no pasaba de ser una bromita de mal gusto, repitió hasta el cansancio. En  todo caso, al Presidente Condorñir era muy difícil engañarlo. Mandó al capitán y al ordenanza arrestados,  puso un nuevo oficial al mando y   luego pidió disculpas en nombre de todo Terrandina.

-…a los distinguidos extranjeros que nos visitan, a nuestros queridos vecinos, Zorzalo y Leotordo y todos sus amigos,  y a la prima de mi madre, la inestimable señora Mari Loica Huenumán.

Se sentía muy avergonzado cuando le contaron de los bombardeos y los ataques aéreos.

-No es posible que estas cosas ocurran en Terrandina sin que yo me entere,  yo tengo el deber de velar por las aves del país.

En todo caso, retó a Zorzalo por no haberlo puesto al corriente de la situación.

-El presidente es un servidor de su pueblo -explicó- y éste debe tener confianza en él para demandar sus derechos.

Sus palabras le sonaban como música a Zorzalo, Leotordo y Mari Loica. ¡Qué lindo saber que el presidente era todo un cóndor, que, pasara lo que pasara, podían confiar en él!

Ya emprendían el regreso cuando se cruzaron con Tiuquemante, que partía castigado a la Región Austral por seis meses.

-En realidad, se me pasó la mano, señores, no tengo palabras con qué pedirles perdón. – Dijo. Y siguió tratando  de convencerlos de que en realidad todo había sido una broma pesada. Definitivamente, un fresco.

Cuando  los amigos lo vieron alejarse, convenientemente escoltado por una guardia de cóndores, suspiraron aliviados.

-Quién iba a decir que el capitán Tiuquemante tenía tanto sentido de humor .-Rió Leotordo.

-En buen horra nou dedicándouse a humorristou. – Dijo James Swallow.

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Durante dos días con sus noches se buscó infructuosamente a Golondrisa Petrucciani, las Tortolatti decían haberla visto volando en dirección al norte, bastante descompuesta.

Las Cotorrínez  fueron un poco más explícitas:

-Choraba que partía el alma, ché, choraba.

Pero en todo caso, no dieron ninguna indicación de cómo dar con ella.

Cómo era de esperar, Zorzalina le echó toda la culpa a su marido. Qué desconsideración, justo ahora que Golondrisa le iba a presentar a su primo James Swallow. Seguramente  no iba a querer ni aparecerse  después de las barbaridades que se habían dicho de él.

Zorzalo se mantuvo en sus trece.

-Todavía, que yo sepa, nada se ha visto, nada se ha sabido de ese agente secreto de pacotilla.

Justo en ese momento, como si hubieran esperado que terminara de hablar, una tremenda explosión sacudió los árboles.

-¡Fuego, fuego, nos atacan!

Corrían todos  de un lado para otro, enloquecidos, empujándose,  desplumándose, entre chirridos de pavor. ¡La Brigada Tiuque efectuaba un ataque sorpresa!

Cuando  la calma regresó al jardín un silencio de muerte cubría la verde alfombra de césped. Desde sus escondites, en el más absoluto de los silencios, los vecinos observaron a su alrededor.

Nada, ni luces de la Brigada Tiuque. Ni siquiera se veían los Palomérez y mucho menos los Gorriontínez, que en realidad andaban medio corridos y habían tomado la costumbre de alimentarse en otro barrio. En realidad, el caos que reinaba por doquier lo habían provocado ellos con sus propias alas y patas.

Repentinamente, un suave aleteo planeó sobre el jardín. Los pajarillos, aterrados, cerraron los ojos. Martín Escolibrí, escondido entre las ramas del damasco, se cubrió la cabeza con sus alitas verde esmeralda.

-¡Zorzalo, Juanito, Leotordo, Mari Loica!

Era la voz de Golondrisa Petrucciani. Primero por el rabillo del ojo, luego con dos, todas las aves  miraron el jardín y descubrieron que plantada en medio del césped estaba la golondrina desaparecida. A su lado, elegantemente vestido de etiqueta, un macho golondrina de estatura superior a la normal y sonrisa despectiva se sacudía el polvo de la solapa  con un pañuelo que tenía los colores de la bandera de la reina de Alondraterra.

-¡El agente 00Bird!

-Mi nombre es Swallow, James Swallow. -respondió éste con displicencia.

-Petrucciani, por parte de mi tía, su madre. -Acotó Golondrisa.

En menos que pía un chincol ya estaba el jardín cubierto de aves curiosas. Los más jóvenes, descaradamente, rogaban por un autógrafo de su ídolo. Zorzalina, Elisa Chincólez, Mari Loica y las Tortolatti estaban en trance. Leotordo y Martín  Escolibrí   se habían puesto a la cola de los autógrafos como si fueran adolescentes. Y Zorzalo, como era de esperar, no sabía qué hacer.

Finalmente logró sacar la voz:

-¿Escucharon la explosión? – Preguntó.

-Well, mi  hacer exploutarr arrsenal de  Brrrigadda Tiucomantou. -Explicó el agente 00Bird.

Y, a continuación,  los puso al tanto de los resultados obtenidos, los “métoudous”, según dijo, no se podían conocer; eran “top secret, for Her Majesty’s eyes only”. En realidad fue bastante descriptivo, pero su cerrado acento alondraterrés impidió que se le comprendiera el setenta por ciento del discurso.

Lo definitivo era que la Brigada Tiuque, desarmada, había perdido gran parte de su agresividad y había emprendido la fuga. El agente Swallow no había visto ni luces de los Palomérez y los Gorriontínez, pero sabía que poco a poco se habían ido descolgando del conflicto.

-¡Pero si Palomingo nos espía todos los días desde el acacio número 8! -Exclamó Zorzalo.

-Do not panic, dear mister Loupez – respondió 00Bird-, ese Paloumingou tener sus proupias razounes parra mirrar desde el acaciou.

Pero por más que nuestros amigos insistieron en conocer toda la verdad, el agente 00Bird se negó a decírselas.

-Ser asuntous prrivadous que nou me incumbiendou. – Creyó entender Leotordo.

Los demás quedaron en la luna;  el agente James Swallow  (Petrucciani  por parte de madre)  hablaba un castellano de los mil demonios.

En el jardín reinaba la felicidad, apenas interrumpida por las apariciones de la vecina del número 5, que vino tres veces a rellenar la Bodega, consumida por los innumerables visitantes. El agente 00Bird demostró tener tan buen  apetito como su prima Golondrisa y,  como alabara tanto los tintos de Santa Tordoliana, Leotordo prometió ipso facto que le enviaría una caja de la vieja reserva de su primo Eustordo, que tenía guardada para una ocasión especial.

Muy galante, el agente 00Bird echó su capa de terciopelo sobre un charco para que Zorzalina no mojara sus pequeñas patitas. A Zorzalo la cara se le puso roja de celos y a Zorzalina le dio un ataque de emoción.

– “Sólo se vuela dos veces”  es mi favorita, pero ví en cuatro oportunidades “Los huevos son para siempre” -Le dijo, halagadora.

James Swallow tuvo la gentileza de regalarle un afiche autografiado de su último film, “Licencia para empollar”,  provocando la envidia de Elisa, Mari Loica y las Cotorrínez.

– ¿Ché, no creés que seríamos perfectas como chicas-Bird, seríamos? -Exclamaron éstas a coro y en ritmo de tango, como era su costumbre.

00Bird, todo un gentleman, les concedió la razón y les  regaló  invitaciones para su próximo estreno.

Inmediatamente, y como por arte de magia, se armó una fiesta para celebrar la paz recuperada. Nadie supo cómo, entre tanto pájaro que se sumó a la fiesta, se colaron los Gorriontínez y los Palomérez, aunque a Palomingo no se le divisaba por ninguna parte.

-Nunca dejaremos de agradecerles por librarnos de ese monstruo de Tiuquemante. – Dijo descaradamente  Volantín  Gorriontínez, echándose al bolsillo el hecho de que había colaborado con la Brigada casi hasta el final.

Pero como después le pidió permiso para sumarse al festejo, Zorzalo no tuvo corazón para decirle las cuatro verdades que se merecía.

-Es hora de  vivir en paz. – Le explicó a sus amigos.

Y una vez más ellos le encontraron toda la razón.

-Don Zorzalo es un gran estadista -dijo Leotordo-,  es una suerte contar con él.

Poco rato después, cuando el agente James Swallow (Petrucciani por parte de madre, aprovechó de recordar Golondrisa) anunció su partida, Zorzalo aprovechó la ocasión para  disculparse  por  sus exabruptos.

-Ou, estas cousas pasandou siemprre -dijo el héroe- pajarous pounerse nerviousous en estas ocasiounes.

Los vecinos  le entendieron casi nada, pero sonreía con tal  encanto que  los pocos que no lo conocían  se declararon ipso facto sus eternos admiradores.

El agente 00Bird alzó el vuelo con elegancia  inigualable. Leotordo no pudo dejar de notar  la cola bifurcada de su frac, confeccionado por los mejores sastres de Alondraterra,  y se prometió  para sus adentros que se mandaría a hacer uno igual.  ¡Qué corte, seguramente cosido por  las mejores arañas de  Bird Street!

Todos estaban exhaustos, demasiadas emociones para una sola mañana. Además, la humana del número 5 se había cansado, al parecer, de seguir rellenando la Bodega así que los pájaros tomaron la decisión acostumbrada: Comida hecha, amistad deshecha. Todo el mundo se fue para su nido.

Los más felices eran Zorzalina, su marido y los niños, que habían recuperado su nido de cuatro habitaciones. Zorzalo, que estaba agotado, quería irse a dormir siesta, pero su mujer tenía otras intenciones. Le puso la escoba de hierba en el ala y  organizó inmediatamente el equipo de limpia.

-Este nido está lleno de polvo y plumas viejas, Zorzalo, lo quiero reluciente.

A los niños, que  ya se iban arrrancando por la puerta trasera,  los mandó a   limpiar la hiedra de cabo a rabo.

-Y pórtense muy bien, porque está a punto de darme un ataque de tantos malos ratos que he pasado.

Zorzalo suspiró y se puso a trabajar feliz de la vida. Al fin las cosas  volvían a la normalidad.

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