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Posts Tagged ‘túnel del tiempo’

El sol ya estaba alto cuando el camión  hizo  su entrada en la Oficina Salitrera  Nebraska.  Se detuvo  delante de la casa del administrador.  Los niños se habían dormido y a don Dámaso  no le quedó  más  que remecerlos para que despertaran.  Era casi mediodía y  ya había  bastante movimiento. Los obreros iban camino de las obras y algunos clientes  hacían cola  pacientemente  delante de  la pulpería.    Una jauría de  perros   adormilados se rascaba entusiasta  bajo el alero de la calle Comercio. 

La  casa de  miss Rachel  estaba llena de gente que entraba  y salía cargada de velas y ramilletes de flores de papel  que el viento hacía crujir meláncolicamente.  Fernando  se despabiló violentamente:

-¡Nachito, cómo amaneció Nachito! -dijo.

            Mientras lo decía, Fernando supo que ya conocía la respuesta.   Pasó sobre Nacho y se bajó de un salto, corrió hacia la puerta trasera de la casa,  se estrelló contra las polleras de una anciana que le acarició la cabeza  rapada al cepillo,   irrumpió en la habitación  y se detuvo de  improviso. Ahí, en medio del cuarto, en un  pequeño ataúd de madera blanca, pequeño, delgado, pálido,  bello y vestido con su mejor trajecito tejido, el pequeño Ignacio se había  quedado dormido para  siempre.  

Nacho, que venía tras su amigo, quedó  paralizado en el  vano de la puerta.  El olor de las velas lo mareaba;   Fernando lloraba desconsolado  abrazado de su madre. Los ojos de  Nacho también se llenaron de lágrimas;   unas manos lo apartaron con suavidad.  Era  miss Rachel, que  hacía su entrada  con frufrú de sedas y encajes importados. De reojo,  Nacho vio un gran ramo de flores  blancas de papel de seda  y una corona de rosas de porcelana y  latón.

Esto ya era demasiado. Nacho salió corriendo  por el patio en busca de la puerta principal. Estaba cerrada. Desesperado, el niño  fue empujando una a una las ventanas hasta que al fin una de ellas cedió ante su mano. Nacho miró a  todos lados. No había moros en la costa.  Se  encaramó en el marco, la ventana se abrió para darle  paso, las cortinas  lo acariciaron con su  elegante suavidad de felpa. Estaba   en el salón principal otra vez.

Tropezó con un sillón, su rodilla le reclamó  airada los maltratos de las últimas horas. La gruesa alfombra que cubría el piso ahogaba  sus pasos.  Se detuvo casi en el centro esperando  el desmayo. Nada. ¿Es que no podría regresar nunca a casa? ¿Qué iba a pasar con mamá, con Javier, con el Tata,  el papá, el colegio y  su  viejo y querido computador?

Lloraba a moco tendido y sin asomo de vergüenza.

Un momento… éste era casi el centro de la  habitación.  A diferencia del día de su llegada, el centro mismo estaba ahora  ocupado por una mesa ovalada de madera tallada.  Un  jarrón  coronado por  grandes rosas de seda amarilla descansaba sobre un paño de hilo  tejido. Se apoyó en ella y empujó suavemente.

La mesa ni se movió. Desesperado, Nacho empujó más fuerte. La pesada mesa se desplazó  con exasperante  lentitud. Con nuevo esfuerzo, Nacho volvió a empujarla;  la mesa se deslizó chirriando sobre el piso;  el corazón le dio un salto en el pecho. Otra vez, volvió a apoyar el hombro contra la mesa, empujó, la mesa pareció ceder con un gemido  y de pronto,  todo se movió hacia delante y el niño cayó en la más absoluta oscuridad.

A su alrededor, todo temblaba, las garras del  dinosaurio  se habían clavado en su hombro y lo sacudían   violentamente.  La bestia abría su  inmenso hocico y el aliento mefítico de sus colmillos lo mareaba. El dinosaurio  ahora rugía,  feroz y sanguinario.

– Nacho, Nacho, despierta!

Nacho abrió los ojos.

El dinosaurio había desaparecido. En su lugar, la cara preocupada de  Javier  apareció ante él. Más atrás, los pelmazos gemelos Rojas y  el más pelmazo aún  de Luis Astudillo le observaban con  el mismo interés  que si estuvieran  estudiando una rata de laboratorio.

-¡Despertó!

-¿Estará loco? Mírale los ojos –ese era  Rodrigo Rojas, tan sutil como siempre.

-¿Qué onda con la polera? ¡Hasta le falta un pedazo!

– Nacho, ¿cómo te sientes? – Volvió a preguntar Javier.

– No te va a contestar,  Jota, está en  shock, mírale los ojos de loco que tiene –ese era claramente Gonzalo Rojas, tan genial como su hermano gemelo.

-¡Cállate, idiota! 

¿Cómo,  era Javier el que lo acababa de retar?

Claro que era Javier. El dinosaurio  se había marchado para siempre y ahora era Javier el que  mojaba un pañuelo con agua mineral y se lo ponía cariñosamente en  la frente.  Esto era demasiado, qué sueños más locos.

–  Yo estoy bien Javier, no te preocupes, ya desperté.

–  Puchas, Nacho, sustito que me diste. ¿Qué te pasó? Tienes toda la ropa rota y sucia. Hasta tu polera de Harry Potter está  arruinada.

– No importa Javier,  ya pasó. Salí a explorar, me caí, después entré aquí y me quedé dormido.

– Mi mamá me va a matar cuando te vea.

– No te preocupes, Javier, yo le explico – lo tranquilizó Nacho. 

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