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AmericanPainting

Una semana después ocurrió algo totalmente inesperado. Mientras  Penélope y Gertrudis atendían a unos extranjeros interesados en porcelana antigua, Lisístrata entró sin aliento y dijo con voz entrecortada:

-¡Esto es terrible, miren lo que trae el diario de la tarde!

Y ahí, en una extensa y vistosa nota, leímos un titular que nos dejó con la boca abierta:

ROBAN PINACOTECA DE FALLECIDO

COLECCIONISTA AVELLANEDA

¡Los clientes quedaron momentáneamente olvidados! Las tres anticuarias estaban espantadas por la noticia y, como buenas comerciantes, indignadas porque acababan de perder un gran negocio que ya veían casi cerrado. Gertrudis debió hacer un gran esfuerzo para atenderlos sin perder palabra de lo que sus hermanas comentaban y apenas se fueron, guardó el dinero en la caja fuerte y se unió al grupo.

Era lamentable, durante gran parte de la semana Gertrudis y Lisístrata habían conversado con doña Eduvigis,  la sobrina y heredera de Avellaneda y estaban a un tris de cerrar el trato por algunas de las pinturas más valiosas y gran cantidad de libros, porcelana y la platería completa.

-Lo que más lamento –se quejaba Lisístrata- es la pérdida del Valenzuela Llanos y esa estupenda pintura de Camilo Mori.

-¡Y el Rebolledo, además, te olvidas de esas acuarelas de Toral!

-¡Qué pérdida, Avellaneda amaba tanto esas pinturas. Y el precio era justo, podríamos habérselas ofrecido a cualquier coleccionista o museo importante y las habríamos vendido de inmediato!

-Hay algo muy extraño en esto –murmuró Penélope-, la que más se oponía a la venta era la hija de doña Eduvigis aquí aparece diciendo que ya no hay nada que hacer, que será imposible recuperar lo robado. Es como si no quisiera recuperar nada.

-¿Te parece sospechoso? Es cierto que tú siempre has tenido olfato para estas cosas –comentó Lisístrata.

-Creo que este es un trabajo para Penny – intervino Gertrudis.

-¿Por qué le dice Penny a su hermana? –pregunté.

Lisístrata y Penélope tosieron incómodas, pero Getrudis casi se atoró antes de responderme.

-Ay, pero qué curiosa. Así le decía yo cuando era pequeña.

-Ah, ya entiendo –acepté. Yo no hubiera tenido el menor interés en que me dijeran  Penélope o Lisístrata, es más, creo que habría hecho todo lo posible porque nadie se enterara de que me llamaba así.

Al rato, Penélope desapareció y junto con ella también se esfumó Penny por casi tres días. El  saqueo de la pinacoteca de Avellaneda era la noticia top del momento y todos la comentaban en la galería. Hasta mis padres, que se sentían más involucrados ahora que yo me había convertido en amiga de las hermanas, estaban pendientes de lo que aparecía en la prensa.

Así que no constituyó sorpresa que la mañana del cuarto día mi padre fuera el primero en entrar con el diario en la mano y casi sin aliento a darnos la noticia.

-¡Pillaron a los ladrones, la hija de doña Eduvigis les pasó la llave y les pagó para efectuar el robo!

Todos corrimos a la televisión a la espera de novedades. Y ahí estaban; la desvergonzada hija de la sobrina de Avellaneda  no se había conformado con recibir su parte a la muerte de su propia madre, de manera que había planeado todo con ayuda de su novio. Los artículos robados fueron devueltos, la madre retiró la denuncia y a la policía no le quedó más remedio que dejarla ir, pero el delito fue frustrado.

Cuando llegamos al Galpón,  lo primero que hice fue ir a ver a mis amigas. Estaban orgullosísimas, porque según ellas todo se había resuelto gracias a las investigaciones de Penélope.

-No puedo adjudicarme todos los ases –intervino Penélope-, no habría podido hacer nada sin Penny. Le colgué un micrófono del collar y ella, tan lista, se subió al auto de la sobrina ladrona y grabó las conversaciones que sostuvo con sus cómplices. ¡Hasta les dijo el lugar donde tenían que llevarle los artículos robados!

-La policía no podía creer que una anticuaria y su gata les estuvieran llevando esas pistas.

-Inmediatamente allanaron y recuperaron todo.

Pero Lisístrata estaba compungida por los resultados de la investigación de su hermana.

-Lo peor de todo es que a la pobre doña Eduvigis le dio un ataque que casi la instala en los obituarios del día de hoy, se ha salvado por un pelo.

-¡Y ella no tiene muchos! –se burló Penélope.

Todas reímos, en realidad doña Eduvigis aparenta tener más pelo del que posee gracias a una horrorosa peluca platinada. Gertrudis, orgullosa del éxito de su hermana continuó halagándola.

-Nada de esto habría sucedido si no fuera por nuestra pequeña. ¡No se le va una! La Policía se ha llevado todos los honores por resolver el caso, pero nada habrían hecho sin las grabaciones de Penélope.

-¡Siempre ha tenido olfato policial!-acotó Lisístrata. Penélope se esponjaba toda de pura satisfacción, mas bien por lo de pequeña que por lo del olfato policial. Que a uno le digan pequeña cuando frisa los ochenta es como demasiado para cualquiera, menos el afortunada(a)

Cierto que Penélope se la pasa leyendo novelas policiales, se muere por Agatha Christie y Conan Doyle, pero de ahí a haber resuelto el caso me parecía una exageración. En todo caso, mis amigas  están tan viejitas que pueden creer cualquier cosa.

Esa misma semana y apenas doña Gertrudis salió de la Clínica, se cerró el negocio entre la heredera de Avellaneda y Lisístrata. Don Raúl, el fletero que siempre ocupaban, descargó gran parte de las piezas en el local, pero no pude ver los cuadros, que habían sido guardados en una caja de seguridad. Me llamó la atención que don Raúl, que declaró haber estado muy enfermo, ya no conducía su camioneta. El chófer era su sobrino, un tipo flaco con cara de comadreja que andaba husmeando por todos lados. No me gustó para nada.

Toda la Galería supo de la participación de Penélope en la solución del caso, lo que la hizo repentinamente popular entre los locatarios y clientes. Muchos veían a preguntarle por los detalles y las ventas sufrieron un alza bastante notoria. Después de aquello, Penélope llegaba al Galpón envuelta en una nube de satisfacción.  Cuando no era sustituida por Penny, que parecía creerse tanto como su ama y era más consentida que nunca por las otras dos.

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