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Posts Tagged ‘tordo’

    Muy preso habría estado su marido, pero Zorzalina ni por eso le perdonó el aseo del nido. Dos horas le tomó a los López recuperarse del susto y ponerlo de punta en blanco. Zorzalina  tenía la cocina perfumada a pasteles de hormigas  rojas y  una fritatta de pulgones zangoloteaba alegremente en la sartén. Zorzalo colgó la escoba en su lugar y decidió que lo mejor  sería darse un buen baño antes de la siesta. Salió al jardín, se metió en la pileta y se lavó la cabeza con agua fresca, después se sacudió enérgicamente.

Justo en ese momento, Palomingo Palomérez apareció en su acostumbrado raid vespertino  y se instaló a mirarlo con ayuda de un catalejo.

¡Esto es el colmo –  Zorzalo puso el  piar en el cielo-, ya no les basta con habernos tenido sitiados y hambrientos,  ni siquiera nos dejan  nuestra privacidad!

Y  dejando a  su mujer   con el pico abierto de asombro, voló hasta el acacio y enfrentó a  Palomérez.

-¡Qué se ha creído usted, Palomingo, es muy feo lo que hace! Ya no puede uno tomar una ducha sin  aparecer en su aparato de espionaje!

Palomingo, avergonzado, metió la cabeza en el cogote.

-Nnno, nnno es lololo que uuusted imamagina, dodon Zorzalo.

-¿Cómo que no? Yo lo estoy viendo claramente y como si fuera poco llevo una semana encerrado en mi nido para evitar sus bombardeos. ¡Mi mejor amigo fue herido en estas terribles escaramuzas!

-Bueno, sí, en realidad, don Zorzalo, yo creo que al capitán Tiuquemante se le anduvo pasando la mano. Nosotros lo único que queríamos era almorzar todos los días, y como usted lo prohibió, nos enojamos un poco, pero…

Zorzalo lo interrumpió bruscamente:

-¿Cómo que yo lo prohibí?

-Bueno, eso nos dijo el capitán Tiuquemante.

-¿Tiuquemante, y usted le creyó? Qué intrigante. Jamás, y eso que bien molesto me tenía que nunca me pidieron permiso, que dejaban todo sucio y armaban peleas en MI jardín, jamás hubiera dicho algo así. El  barrio entero come aquí.

-¿Quiere decir que todo era mentira?

-Por supuesto que era mentira, cómo podría yo negar a mis vecinos y amigos la comida que les pertenece. ¿Usted cree que el comedor  fue instalado sólo para mí? ¡Si hay para todos, alcanza de más! A mí lo único que me molestaba era su desconsideración, los malos modales. ¿Me va a creer que hasta me rayaron el nido?

-Esos son los chiquillos Gorriontínez -explicó Palomingo- sus modales apestan.

-Claro, pero los de ustedes no son mejores. Andan a empujones y picotazos, todo lo tiran al suelo y ensucian el agua de la fuente.

-Bueno, perdone, don Zorzalo, le prometo que no se va a repetir.

-¿Y qué hay de lo del catalejo?

-Eso, puedo jurarle, no era para espiarlo a usted, mucho menos a doña Zorzalina, que tiene todo mi respeto.

-¿Y cómo lo explica entonces?

-Ejem, hmmm, hmmm, en realidad, cómo le digo -por una vez, Palomingo no tenía palabras-, es que yo, para qué se lo voy a negar, yo estoy, más bien tengo un  interés en la señorita, su vecina.

-¿Mi vecina, usted quiere decir la paloma azul?

-Sí.

Zorzalo hubiera querido morirse de la risa, pero  seguramente Palomingo no se lo habría perdonado jamás, de manera que  lo pensó mejor  y luego dijo:

-Ah, bueno, en ese caso tiene usted mi permiso para venir a la hora que quiera, Palomingo. Aunque le diré que esta señorita, ejem,  paloma azul, es algo engreída. En todos estos años no hemos logrado escucharle un cucú. Eso se lo digo para que no se haga ilusiones.

-No se preocupe, don Zorzalo, que por paciencia yo no me quedo. Y muchas gracias.

Se despidieron como buenos amigos. Palomingo alzó el vuelo feliz de la vida pensando en que mañana mismo le traía a su adorada un ramillete de violetas. Zorzalo se aguantó la risa hasta que se metió en la fuente y ahí, entre chapoteos y sacudidas, se rió largo y tendido no sin un poco de pena por la ingenuidad del pobre Palomingo.

¿De qué le servían los ojos a Palomingo? Sin duda, iba a necesitar mucho más que un catalejo para mirar a la paloma azul.

Epílogo y parrillada en el ocaso

El domingo siguiente, encontrándose ya de regreso Golondrisa Petrucciani, que había acompañado a su primo James Swallow hasta el Pájaropuerto de  Ave de Janeiro, el vecindario entero celebró la ocasión  pescando lombrices para una parrillada en el jardín de Zorzalo López, recién regado y encharcado.

-No puedo creerlo -decía Leotordo- pican como locas.

-¿No le decía yo, mi querido Leotordo?  -Zorzalo, mientras echaba una más en su canasta.

Golondrisa,  en la primera ocasión que lo pilló solo, le ofreció la posibilidad de comercializar el asunto.

-Contratamos un par de gorriones para hacer el trabajo pesado y en dos meses nos hacemos ricos, mio caro Zorzalo. Usted lo único que tiene que hacere es firmarme la exclusivitá de la comercializacione.

 ¡Esta Golondrisa no tiene remedio! Pensó Zorzalo. Pero no quiso ser desagradable, tan sólo agarró su canasto lleno de lombrices y lo llevó al medio del jardín, donde las damas estaban ya preparando  el fuego para la parrillada. ¡Qué banquete se iban a dar!

Pocos metros más allá, con  dos grandes lombrices en el pico, Palomingo Palomérez cortejaba incansable a la paloma azul. Es cierto, la niña era un poco difícil, pero ¿qué importaba? Él tenía paciencia y amor para los dos.

FIN

 

 

Guía de estrellas  invitadas

Chincol: en el rol de Juanito Chincólez.

(Zonotrichia capensis ) Rufous-collared sparrow. vive en huertos, parques y jardines, plumas de la cabeza eréctiles.

Colibrí: como Martín Escolibrí.

(Sephanoides galeritus) Green-backed firecrown.  Vive en bosques y parques.

Cóndor: En el papel de S. E. El Presidente Lautaro Condorñir.

(Vultur gryphus) Andean condor. La más grande de las aves de rapiña. Vive en las cordilleras, bajando a la costa.

Cotorra argentina: Todas ellas como las señoritas Cotorrínez.

inmigrante de reciente data, habita en parques y plazas de las comunas  cordilleranas de Santiago.

Diuca: Representando a don Plácido Diucamingo.

(Diuca diuca) Common diuca finch, coloración gris pizarra, mancha blanca en garganta y abdomen. Vive en toda clase de ambientes.

Golondrina: protagonizando el papel de Golondrisa Petrucciani y en el rol estelar de James Swallow, agente 00Bird.

(Tachycineta meyeni) Chilean swallow. Se distingue por su cola negruzca ligeramente ahorquillada. Vive en casi todos los hábitats, también ciudades.

Gorrión: en los roles  de Volantín Gorriontínez y su numerosa familia.

(Passer domesticus) House sparrow. Se le encuentra en casi todos los hábitats.

Lechuza (Chil: Chuncho): en el rol del Dr. Chunchón.

(Tyto alba) Barn owl. Vive en el campo y en las ciudades.

Loica: representando a doña Mari Loica Huenumán.

  (sturnella loyca): Long-tailed meadowlark. Se identifica por su garganta y pecho rojo. Vive de preferencia en terrenos bajos y húmedos, en la cordillera hasta los 2500 mts.

Paloma: en el rol de Palomingo Palomérez, villano invitado, y su familia.

(columba livia) Rock dove. Paloma doméstica.

Tiuque: estelarizando el papel del capitán Tiuquemante, villano principal.

(Milvago chimango) Chimango caracara. Se alimentan de pequeños mamíferos, aves, culebras, etc. Anidan  en árboles o grietas. Vive en casi todos los ambientes.

 Tordo: como el gentil caballero Leotordo Trillo y su esposa.

(curaeus curaeus) Austral blackbird. Vive en laderas arbustivas, borde de bosques y campos cultivados.

Tórtola: en el rol de las conocidas hermanitas Tortolatti.

(Zenaida auriculata) Eared dove. La más común de las aves de caza. Abundante en todos los ambientes.

Zorzal: como nuestro héroe, Zorzalo López. Su esposa como Zorzalina.

(Catharus fuscences) Austral thrush.  Vive  en huertos jardines y pastizales

Cameos  

Caiquén:Chloephaga picta) Ganso  de Magallanes.

Chercán: (Troglodytes aedon) House wren. De color café rojizo, vive en campos, quebradas y faldeos de los cerros y cerca de las habitaciones humanas.

Chirihue: (sicalis luteiventris) Misto-yellow Finch. Vive en campos y prados abiertos.

Queltehue:vanellus chilensis) Southern lapwing. Vive en praderas y campos húmedos.

Ruiseñor : (Luscinia megarhynchos) ave migratoria de canto melodioso que puede criarse en cautividad. Pertenece a la familia de los sílvidos y túrdidos. Habita en Europa y Asia.

Agradecemos la  especial participación de la señorita Paloma Azul.

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Los ataques de la Brigada Tiuque continuaron hasta que la moral de nuestros héroes estaba tan por los suelos que la pisaban continuamente, tropezando y cayendo una y otra vez.

Bajas también estaban las reservas de la despensa de  Zorzalo López. Zorzalina, desesperada, ya no sabía qué cocinar.  Cada mañana le daba un ataque en cuanto miraba  el depósito de víveres.

-¡Qué vamos a hacer! -Se quejaba.

Zorzalo  López   trataba de soportar sus apreturas con optimismo, pero cuando  todos los pájaros se reunían para buscar una solución al problema, lo único que  escuchaba  eran lamentaciones:

-Hoy día se me acabó el alpiste. -Se condolía Elisa Chincólez.

-Lo que es a mí ya casi no me queda raps, pero hoy tengo unas miguitas que me servirán para amasar un poco de  pan.- Mari Loica,  famosa por sus masas campesinas.

Leotordo, con ánimo tan negro como su vestidura, intervenía pesaroso.

-¡Qué primavera más lamentable, hasta las lombrices escasean!

Un día las quejas subieron tanto de tono que  Zorzalo, con mirada sombría, resolvió tristemente.

-Tendremos que emigrar fuera de temporada.

Sus palabras  provocaron un silencio tan espeso que Leotordo trató inútilmente  de cortarlo con su bastón de inválido. Nadie sabía qué decir. Era una resolución tan grave, eran tantos los peligros a los que se exponían.

-Esperemos a ver qué logra el agente  00Bird.- Argumentó tímidamente Zorzalina.

Mejor se hubiera quedado callada. Zorzalo  se agarró de sus palabras y no dejó espantapájaros con cabeza. Durante largo rato ridiculizó a James Swallow. Que era un actorcillo  en decadencia, que para lo único que tenía licencia era para piar, que, si no se habían dado cuenta,  Palomingo seguía espiándolos desde  el acacio todas las mañanas -aunque se viera cada día más deprimido- y, por último,  que Golondrisa  tenía que tomar, por una vez,  las cosas en serio. En esta ocasión  no se estaba hablando de un negocio cualquiera, era la vida de todos la que estaba en juego.

Golondrisa estaba tan amargada que se fue al último rincón de la hiedra a llorar. Cuando, un par de horas más tarde Mari Loica se acordó de ella no pudo encontrarla por ninguna parte: Golondrisa Petrucciani había desaparecido

-Tiene que estar por ahí, búsquenla bien. -Dijo Zorzalo secamente.

-¿No se habrá enojado por lo que dijo usted, mi estimado Zorzalo? -preguntó Leotordo

Juanito Chincólez se mantuvo en silencio. A él  no le gustaban nada esos arranques de mal humor de Zorzalo. Si las cosas seguían empeorando ya tenía pensado echarse a volar.

Zorzalo no quería dar su brazo a torcer, insistió con aquello de que Golondrisa no se tomaba nada en serio. Que de todos sus primos no se hacía uno. Y por último, esto no era ninguna película, estaban viviendo un conflicto de verdad.

-Claro -dijo Mari Loica-, pero mientras no lo resolvamos, quién nos devuelve a  nuestra amiga.

Lo más triste de todo es que, para sus adentros, todos le encontraron la razón.

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            La fiesta estaba  mejor que nunca cuando los Palomérez, los Gorriontínez, todos sus primos y hermanos y  la escuadrilla  de malandrines del que Iván Tiuquemante se hacía llamar Capitán,  se posaron sobre las copas del inmenso acacio de calle Queltehues N° 8. Los tres cabecillas se posaron en una rama -Volantín Gorriontínez algo nervioso por la proximidad del Capitán Tiuquemante- y observaron con ojos envidiosos el festejo. Al parecer, también  estaba allí don Plácido Diucamingo,  regalando al festejado con algunas de sus mejores interpretaciones líricas.  Ni  el mismo Tiuquemante  se atrevería a negar los méritos de su brillante garganta, que le ha paseado varias veces por los mejores escenarios de la lírica  mundial.

-Es es el colmo que no nos hayan invitado.- pió Volantín, envidioso.

-Se creen de la aristocracia  – dijo Palomingo.

Tiuquemante no comentó el asunto. Su plan, pensó, iba saliendo a pedir de pico.  Al Capitán le bastó con estirar el  cuello y   lanzar  un agudo chillido a su tropa:

-¡Al ataque!

La Brigada Tiuque  batió sus alas, ascendió unos metros girando sobre la copa del acacio y luego, en perfecta formación, atacó en vuelo rasante sobre el jardín del número 5.

Ratatatatatatá.

Las ametralladoras de granos de pimienta sembraron el pánico entre los invitados de don Zorzalo. El mismo no supo cómo voló a refugiarse entre las ramas de la hiedra. El pajarerío, en pánico, aleteaba desordenadamente, tratando de esconderse entre las ramas del limonero o el espeso ramaje de las lilas en flor. Las Tortolatti huían a tropezones  y  Leotordo,  malherido,  arrastraba un ala detrás de Tordolina. Entre tanto, Golondrisa Petrucciani protegía con sus alas al  regordete  Plácido Diucamingo, heroica  acción que sólo un genuino amante de la lírica podría comprender.

Zorzalina, a quien el ataque sorprendiera en uno de sus muchos revoloteos por la cocina del nido, corrió a refugiarse bajo su camita de hilos de seda en compañía de Elisa Chincólez.

-¡Los niños! – Piaban desesperadas.- ¡Qué es lo que está ocurriendo!

La Brigada Tiuque hacía en ese momento una segunda pasada ametrallando el jardín, aunque,  por fortuna, todo el mundo se había esfumado.  Entre las ramas del acacio, sobrecogidos, los Palomérez y los Gorriontínez miraban la escena estupefactos.  ¡Con quién se habían metido! El  capitán Tiuquemante  planeó  sobre sus cabeza y luego descendió hasta posarse en la rama.  Volantín Gorriontínez sintió un escalofrío de muerte recorrerle las alas.

-El campo está listo, sargento Palomérez. Descendamos. -Invitó Tiuquemante.

Palomingo estaba  asustado, pero la palabra sargento obró milagros. Se esponjó todo y aleteó orgullosamente detrás de Tiuquemante. Volantín, que todavía no había recibido su grado militar, se coló a retaguardia.

En cosa de segundos, el jardín se pobló de intrusos que  engullían con avidez  la comida abandonada por el dueño de casa y sus invitados. Palomingo encontró tan buena la semilla de raps que no pudo evitar ir de un lado para otro picoteando las colas de su parentela  para demostrarles el gran favor que les hacía al permitirles que se alimentaran. En una de sus pasadas, se topó a pico de jarro con Volantín Gorriontínez.

-Buy buena da comida.- Dijo Palomingo con el pico lleno.

-Sí, muy buena, don Palomingo – concedió Volantín-, pero ¿no cree que lo del bombardeo fue una exageración del capitán Tiuquemante?

-Bueno, sí, un poco, pero así no regresan a molestar – reconoció Palomingo-,  ah, y no se olvide que yo soy ahora sargento Palomérez para usted.

Dejó  a Volantín con la disculpa en el pico  y partió a picotear la cola de su prima Colomba…esa fresca, comiéndose todo el raps ella sola, de paso, como por equivocación, le asestó un  aletazo a la paloma de hierro.

Volantín estaba enojado, qué poco había tardado Palomingo en creerse lo del rango militar. Esquivó cuidadosamente a un tiuque de  ojillos malvados y picoteó algunos granos de alpiste que estaban medio escondidos entre la hierba. Volantín  espió a los miembros de la Brigada Tiuque  por el rabillo del ojo y notó que todos ellos llevaban al cinto una espada de agujas de tuna y  una granada de semillas de ají.  ¿En qué se habían metido Palomingo y él? ¿No habrían cometido un error aliándose con el desalmado de Tiuquemante? Después de todo, ellos siempre habían almorzado ahí, con invitación o sin ella, y  Zorzalo jamás les había dado otra cosa que no fuera una mirada de enojo por sus malos modales. ¡Era vergonzoso tratarlos así! Pero los  miembros de la escuadrilla Tiuque vigilaban atentamente la conducta de los Palomérez y los Gorriontínez, de manera que se guardó muy bien de decirlo y prosiguió su almuerzo teniendo  buen cuidado de no parecer disconforme.

El último grano de comida coincidió con  la orden de partida a los invasores. La escuadrilla de Tiuques  planeó en perfecta formación y,  despectivamente, miró desde lo alto  el aleteo desordenado de los Palomérez y los Gorriontínez. ¡Esos nunca serían buenos soldados. El capitán Tiuquemante, que ya le había echado el ojo a algunos pichones de paloma que se veían bastante apetitosos, encendió un cigarrillo de hojas de perejil y pensó que ya iba siendo hora de planear las futuras cacerías.  Por consideración al pacto  con Palomingo, dejaría los polluelos para el final, pero lo que es Zorzalo y sus amigos,  esos serían los primeros en saber con quién se estaban metiendo.

Pero volvamos a nuestro héroe: Todo maltrecho,  Zorzalo sacó su cabeza de entre las hojas de la hiedra y  chirrió llamando a su mujer.

-¡Zorzalina, Zorzalina, niños, dónde están?

Elisa Chincólez llegó nerviosa, miraba de un lado a otro y daba pequeños saltitos.

-Zorzalina no puede venir -dijo-, le dio un ataque y se desmayó sobre la cama.

Se fue sin despedirse llamando a don Juanito y a sus niños.

Leotordo, que no podía volar a causa del ala herida por los granos de pimienta,  vino desde los rosales trepadores.

-Zorzalo, querido amigo, apenas me puedo mover.

Tordolina lo ayudaba como mejor podía.

-No sé cómo podré volver a  nido en este estado.-Se quejó Leotordo, sus negras plumas empalidecidas de dolor.

-¿Usted cree que yo abandonaría un amigo como usted, Leotordo, tan caballero? Esta es una emergencia, mi nido es grande, le cedo una de las habitaciones. -Dijo Zorzalo.

Y después, al ver lo maltrechos que se encontraban Martín Escolibrí y Mari Loica Huenumán,  ofreció generoso.

-Las otras dos, las pueden ocupar ustedes, queridos amigos. En estos momentos dolorosos, los pájaros tenemos que estar unidos.

Las señoras se ocuparon de los heridos, despertaron a Zorzalina de su desmayo y organizaron la retirada de los demás vecinos que se habían refugiado entre la hiedra. Un rato después llegó Golondrisa, todavía sin aliento a causa de su peligrosa fuga.

-Dicen que la guerra va a ser larga -pió-, creo que lo mejor será  viajar. Dicen que las tropas enemigas se están reagrupando en la calle Caiquenes y que planean un nuevo ataque para mañana, a la misma hora.

A  Zorzalo le hirvió la sangre.

-Esto es inconcebible, yo no lo voy a aceptar. Tenemos que hacer algo o este invierno, centenares de pájaros morirán de hambre o serán asesinados por las milicias de Tiuquemante.

Leotordo se puso en pie con ayuda de una muleta de Granado de flor  para secundarlo.

-Yo estoy con usted, Zorzalo, no podemos dejarnos aplastar como babosas de jardín.

Zorzalo estrujó su cabecita y luego dijo:

-Nosotros somos aves pacíficas, no vamos a aceptar que nos obliguen a caer en la violencia. Creo que tendremos que  planificar una ofensiva mediática.

Mari Loica se agachó un poco, estiró su cabeza y susurró:

-Yo tengo amigos que pueden ayudarnos, don Zorzalo: los caracoles de jardín.

Así fue como, gracias a Mari Loica,   fueron los caracoles de jardín los que iniciaron la ofensiva comunicacional destinada a levantar la moral de los pájaros del barrio.

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Zorzalina quedó bastante sentida con Golondrisa Petrucciani. Cada vez que veía disminuir  su provisión de chocolates Hanstord un pequeño ataque estaba a punto de producírsele. Golondrisa no se daba por enterada. ¡Incluso tuvo la desvergüenza de ofrecerle una caja a precio de costo!

Zorzalo no estaba mucho mejor. Las incursiones de los Palomérez y los Gorriontínez  habían llegado a tal punto de agresividad que su habitual  timidez estaba convirtiéndose en una especie de furia depresiva, que amenazaba con hacer explosión  en el momento menos pensado.  Zorzalo era  pájaro desprendido, le encantaba que su jardín estuviera siempre tan bien provisto para que el pajarerío del barrio no sufriera privaciones, pero la falta de respeto de Palomingo Palomérez estaba llegando a un extremo insoportable para él. ¡Dos días atrás había sido capaz de picotear la cola bifurcada de Golondrisa Petrucciani, su amiga e invitada personal!  Por suerte, Palomingo cometió esta barbaridad justo cuando se acababa  el almuerzo,  por lo que salió volando de inmediato y al otro día a  Zorzalo, que tiene cabeza de pájaro, ya se le había olvidado todo lo ocurrido.  Zorzalina, en cambio, que sí tenía muy buena memoria, se sintió secretamente satisfecha. Al fin su honor había sido vengado, aunque fuera por ese cargante de Palomingo Palomérez.

Las cosas podrían haber seguido en calma, si el destino no hubiera tenido otras intenciones. Se acercaba el cumpleaños de  Zorzalo, de manera que los amigos de la calle Queltehues decidieron prepararle una fiesta sorpresa.

Los preparativos se hicieron en un secreto tan profundo que  Zorzalo anduvo toda la semana deprimido porque su amada Zorzalina había olvidado su cumpleaños. Los amigos, bueno, ellos no tenían por qué saberlo, pero su propia esposa, que ella lo olvidara era casi tan terrible como enterrarse una espina de nopal en el corazón.

Para que  Zorzalo no se percatase de lo que estaba preparándose, Zorzalina fingió estar preocupada por sus ataques, pidió hora para una consulta con el  doctor Lechuzo Chunchón  y  obligó a su marido a soportar  una hora en la sala de espera.  Zorzalo, con resignación,  soportó su pena y las aburridas quejas de Tortolita Gómez,  tía de las Tortolatti, más que conocida como una hipocondríaca exasperante.

Como si eso fuera poco, el doctor Chunchón, que no estaba al tanto de la fiesta sorpresa, se tomó muy en serio el chequeo médico de  Zorzalina; le revisó las plumas una por una,  le encontró un poco de stress y sobrepeso de diez gramos y le recomendó  practicar media hora de vuelo después de cada comida.  Así pues, cuando   Zorzalo se libró de Tortolita Gómez no tuvo más remedio que tragarse  todo el rosario de preocupaciones de su esposa.

-La Bodega va a ser mi perdición -Se lamentaba  Zorzalina-, mañana mismo me pongo a dieta. ¿Cuál será mejor, la de la luna o la de la avena? ¿Qué crees tú, Zorzalo?

Zorzalo, corroído por la melancolía, no emitía pitido.

Pasaban de las dos cuando se posaron sobre el balcón de su nido. Zorzalina  explicó que le dolía la cabeza y se iría a reposar y lo dejó solo. No había un alma en el jardín.  Zorzalo decidió preparar las cosas para cuando la vecina llenara el plato  otra vez,  de manera que bajó la escalera de hiedra con sus ágiles saltitos. Ya estaba llegando al césped cuando de entre las ramas aparecieron sus amigos batiendo alas y gritando como  locos:

-¡Sorpresa, sorpresa, feliz cumpleaños  Zorzalo!

Zorzalo pasó del tremendo susto a  la más absoluta felicidad. ¡No se habían olvidado de él! Su amada Zorzalina le puso al cuello una bufanda de flores de madreselva y le susurró lo mucho que lo amaba, Juanito Chincólez le regaló las Obras Completas de Sir  Arthur Chercan  Bird; Golondrisa Petrucciani,   las Cuatro Estaciones de Píovaldi interpretadas por la  Orquesta de Cámara de los Ruiseñores;  Leotordo,  una caja  de tintos Santa Tordoliana de Lontué envejecidos en barricas de palo de rosa y Martín Escolibrí, seis botellas de su reserva de mieles escogidas. Vinieron tantos vecinos que Zorzalina no hallaba dónde guardar tanto chanchito y tanto pulgón. Todos sus amigos estaban allí. Hubo abrazos,  cantos y una que otra fuga masiva cuando la humana del número cinco trajo, por tres veces consecutivas, un surtido de semillas finas para reponer  la Bodega. La tarde no podía ser más feliz.

Pero el destino había decidido otra cosa.  Aunque ellos lo ignoraban, los alegres  festejantes  estaban siendo espiados desde la copa del maitén. Unos ojos negros, brillantes como ascuas, seguían sus bailes y planeos, y si don Zorzalo hubiera sabido a quién pertenecían esas pupilas  frías y crueles, habría volado a refugiarse en el rincón más oculto de su nido de cuatro habitaciones.

Demasiada felicidad. ¿Qué se creían esos pájaros de mala muerte? Mañana, pasado, ahora mismo podía él salir de caza y acabar con media docena de ellos, si quisiera. Dónde se había visto que los pájarillos tuvieran bodega de alimentos, que ya no tuvieran que exponerse buscando sus granos por  el vecindario. ¡Las avecillas miserables con la panza a reventar mientras él  tenía que conformarse con lagartijas y ratones!

A esto había que ponerle coto. Primero  que nada,  desunirlos. Nada más débil que un puñado de pajarillos que andan cada uno por su cuenta. Segundo, quitarles la comida, muertos de hambre no tendrían ánimo para nada. Tercero, atacarlos con todo. y para eso, nadie mejor que él,   el Capitán Tiuquemante. Qué se había creído,  ese Zorzalo López. En este barrio,  nadie más podía  piar fuerte.

El   Capitán   Tiuquemante desplegó su alas y planeó sobre la alegre reunión. Su sombra desató uno que otro movimiento inquieto, pero eso fue todo.  Los  invitados siguieron bailando y  picoteando alpiste.  Indignado por esa manifestación de independencia, el Capitán enrumbó directamente hacia los tejados de la calle Caiquenes.  Si se trataba de hambrear al vecindario,  Palomingo Palomérez y Volantín Gorriontínez eran los más indicados.

El Capitán  Tiuquemante  no necesitó decir mucho con su voz sibilina para que   Palomingo  montase en cólera.

-Los escuché perfectamente, Palomingo, viejo amigo. ¿No vé que yo vivo al frente?  Zorzalo López  lo dijo a voz en cuello: “En este jardín, desde hoy en adelante, sólo comen mis amigos”.

Palomingo estaba rojo de indignación. ¡Qué avaricia, qué iniquidad, habiendo tanta paloma hambrienta en este mundo y tan pocas plazas con jubilados… a dónde  íbamos a parar las aves  si los jubilados ya no quieren actuar como es debido alimentando palomas en las plazas y unos pocos privilegiados se apropian  los comedores para aves en  beneficio propio!

-…No se olvide de contarle a Volantín Gorriontínez.- Deslizó el capitán.

-¡Por supuesto que le voy a contar, ahora mismo, ya verá ese engreído de Zorzalo López, ya verá!

Palomingo partió hecho un cohete, seguido de toda la familia Palomérez.  Contemplar la alegre algarabía de los pájaros en la Bodega lo había puesto de un humor terrible.

Entre tanto, nuevas visitas se sumaban al festejo. Don Federico Chercanmán y su familia, los Diucamingo, la familia Chirihuez.  Zorzalina no se daba abasto para guardar tantos regalos en la despensa. Y su marido,  pobre Zorzalo López,  estaba muy lejos de imaginar que su hermosa fiesta de cumpleaños sería mucho más sorpresiva y absolutamente más ingrata de lo esperado.

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Diez días después, mientras leía el diario,  Zorzalo escuchó la campanilla de su nido, dejó el Correo Alado  sobre su poltrona y fue a abrir la puerta. Allí, con una caja forrada en papel de estraza bajo el ala derecha se encontraba Leotordo Trillo.

-Dónde está doña Zorzalina.-Preguntó.

Y cuando ella vino a saludarlo le entregó con toda clase de ceremonias y zalemas la caja, que estaba timbrada por  Golondrina Courier.

-¡Mis chocolates, Leotordo, es usted tan encantador! -pió doña Zorzalina.

Todos estaban felices, abrieron la caja y se dieron un banquete de chocolates suizos sin dejar de agradecerle a Leotordo su última gentileza. Éste, que era un genuino caballero, estaba más que acholado con tanto halago.  Cuando a doña Zorzalina le pareció que ya había comido suficiente, guardó la caja bajo siete llaves y trajo jugo de rosamiel y   galletas de semilla de amapolas.  ¡No fuera a ser cosa que se devoraran sus bienamados chocolates suizos del primo Hanstord!

Al día siguiente, cuando terminaron el almuerzo, Mari Loica Huenumán se llevó a   Zorzalina con todo secreto hacia el lado de las azucenas y le susurró:

-Mira qué cosa más deliciosa tengo para que comamos.

Y le ofreció una barra de chocolate suizo marca Hanstord.

-¿Cómo lo conseguiste? -preguntó doña Zorzalina.

-Una ganga, niña, ayer pasó  Golondrisa por mi nido y se lo compré. Seguramente también va a venir a ofrecerte.

Zorzalina terminó por enterarse de que todo el vecindario estaba comiendo chocolates Hanstord y que Golondrisa Petrucciani había conseguido la representación de la marca para toda Terrandina.

-En seis meses recupero la inversión y de ahí en adelante, puras ganancias.- Le explicó la Petrucciani con todo descaro.

Zorzalina consideró una ventaja poder comprar los chocolates, pero cuando le preguntó a la Petrucciani el precio de la barra estuvo a un tris de atacarse nuevamente. Decidió entonces que los conseguiría más baratos por intermedio de Leotordo; él era tan amable que seguramente le daría la dirección de su primo para encargarlos.

Leotordo le explicó que el primo Hanstord le había cedido los derechos de venta a Golondrisa de manera que ya no podía traerlos por su cuenta. Al parecer su primo Hanstord estaba muy contento de haber podido abrir este nuevo mercado.

-Pero para qué se molesta, querida Zorzalina, llame a Golondrisa, que está haciendo reparto gratis  a domicilio. ¡Ah, también me pidió la dirección del primo Eustordo, parece que quiere la representación de la viña Santa Tordoliana de Lontué.

Estamos fritos -dijo  Zorzalo cuando su mujer le explicó lo sucedido-, nunca más vamos a tomar esos tintos tan buenos.

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La vida de  Zorzalo cambió dramáticamente desde que la humana del N° 5 instaló el comedor para aves.  Es cierto que su situación económica y su fama  se han disparado desde entonces, pero él es más tímido que un  búho, así que poco provecho obtiene de ello.  Zorzalina  es la más feliz. Ahora tienen un nido de cuatro habitaciones y una cama matrimonial de hilos de seda que Golondrisa Petrucciani trajo uno por uno desde la milenaria China  y   los niños, que ya han emplumado  bastante, gozan de una popularidad envidiable. Diariamente, los López y sus amigos se reúnen a comer debajo del quitasol  y lo pasan estupendamente.

En invierno viene un gran  pajarerío  a comer. Gracias a la Bodega, como la llaman,  sobreviven muchos más polluelos que antes, de manera que  los pájaros del sector se sienten comprometidos con  Zorzalo. Aprecian mucho su opinión, le piden consejo, lo invitan a matrimonios y bautizos y envían altos de tarjetas de saludos el día de Navidad.

Lo único malo es que  Zorzalo se ha visto obligado a madrugar para seleccionar la comida temprano, llenar la despensa -ya tienen dos-  y comer tranquilo. Más tarde, cuando llega todo el mundo, el pobre pasea por ahí tratando de mantener el orden, esponja bien el plumaje para recibir los halagos de  pájaros  que ni conoce y comenta las noticias internacionales con Leotordo o Juanito Chincólez,  mientras  Zorzalina prepara la comida con la ayuda de Golondrisa y de Mari Loica Huenumán. El mejor día, lejos, es el domingo, cuando Mari Loica recoge las migas de marraqueta fresca y en un abrir y cerrar de ojos prepara unos panes amasados crujientes, que combinan a la perfección con los chorizos de lombriz  de doña Zorzalina.   Leotordo y su esposa siempre traen el vino,  el tinto es la  especialidad de la familia.

-¡Qué tintos más oscuros y aterciopelados! – Comentan los Chincólez.

Y Leotordo,  feliz, aclara que  proceden de la viña Santa Tordoliana  de Lontué, propiedad de su primo  Eustordo.  A  su familia, se jacta,  todo lo oscuro le resulta perfecto.

-¡Si viera usted, don Zorzalo, el  chocolate semiamargo que prepara mi primo Hanstord, de Suiza!

Doña Zorzalina, que es una golosa, casi tiene un ataque, simplemente, tiene que probarlo. No se queda tranquila hasta que Leotordo promete encargar  una remesa vía  bird-mail esa misma noche.

-Con suerte, el próximo domingo lo tenemos aquí. -Asegura.

A Golondrisa Petrucciani los birdólars le hacen tilín en el cerebro. Se lleva aparte a Leotordo y  no lo deja tranquilo hasta que consigue que sus primos se hagan  cargo del flete. Le ofrece tarifa rebajada, saca calculadora quién sabe de dónde, teclea precio por gramo, hace un descuento del veinte por ciento, le suma los impuestos, la tasa de embarque, el porcentaje de ganancia y el impuesto al valor agregado, se queja amargamente porque va a salir perdiendo plata y finalmente le cobra a Leotordo diez por ciento más de lo que hubiera costado traerlo  vía Gaviota. Leotordo paga encantado.

En cuanto Golondrisa  parte para la cocina  en busca del pastel de hormigas rojas recién horneado Leotordo vuelve con  Zorzalo y  Juanito Chincólez y comenta el buen negocio que acaba de hacer. Sus amigos  intercambian una mirada de comprensión. ¡Tan ingenuo este Leotordo! Pero a fin de cuentas, no vale la pena amargarle más de la cuenta el chocolate, de manera que  Zorzalo  saca a colación la fuerte alza que ha tenido el precio del trigo.

-No se dónde vamos a parar si seguimos así. -Don Juanito, muy serio.

-Y las propiedades que están por las nubes -acota  Zorzalo, que nunca es más feliz que cuando habla de su flamante nido de cuatro habitaciones-,  el otro día no más  fuí al Banco del Avestado  para poner al día mi situación financiera. ¿Me creerán que mi nido  cuesta ahora ciento cuarenta mil birdólars? Hoy día, no podría comprarla, no tendríamos más remedio, mi Zorzalina y yo, que tomarnos una rama de un arbolillo en una calle cualquiera. Jardines cómo éste ya no se encuentran.

Y da una mirada enternecida al hermoso rectángulo cubierto de césped y rosas. Al pobre Leotordo no le queda otra que admirarlo una vez más. Don Juanito Chincólez, que ya está aburrido de su discurso, se hace el leso.

Un piído desesperado los saca de su conversación. ¡Los Gorriontínez acaban de llegar y asaltaron  a Golondrisa Petrucciani  cuando venía bajando la escalera de hiedra!  Golondrisa defiende con garras y pico la torta de hormigas rojas, pero no hay caso, cuando los caballeros llegan a defenderla los Gorriontínez han largado el vuelo en dirección a la Bodega y de la torta  no queda una sola migaja. Golondrisa llora amargamente; Elisa Chincólez , furiosa,   persigue a los Gorriontínez con la escoba de hierbas, pero ellos no le hacen ni el menor caso porque están ocupadísimos comiendo y tirando cáscaras para todos lados.  Doña Zorzalina amenaza con sufrir un nuevo ataque, pero los demás están tan ocupados consolando a Golondrisa Petrucciani que  no le queda  otro recurso  que guardar sus ánimos para una ocasión más propicia.

En todo caso, detrás de los Gorriontínez habían aparecido los Palomérez,  de manera que los Escolibrí y los Cotorrínez, unas cotorras recién llegadas   de Argentina que rentaron los dos ciruelos de la otra cuadra,  abandonaron los damascos que ya empezaban a madurar al otro extremo del patio.  Los Palomérez se apropiaron inmediatamente del plato de semilla.  Palomingo, con todo descaro, picoteaba a las pobres tortolitas de la calle Petrel corriéndolas del plato como si el jardín hubiese sido suyo y cada cierto rato se iba de aletazos con la paloma de metal. Tal era el caos que  Zorzalo, desesperado, invitó a todo el mundo a pasar a su nido.

Ver el nido de  Zorzalo y caer en trance no les tomó a sus amigos más de un minuto. ¡Zorzalina había arreglado las habitaciones con tanto gusto! Golondrisa Petrucciani, que les había ido trayendo los textiles y los muebles de sus viajes por el mundo,  no podía desaprovechar la ocasión,   de modo que  sacó su cuaderno de pedidos e iba de una dama en otra anotando y sacando cuentas.

-¡Qué maravilla -decía Leotordina- estos sillones de plumón de gallineta!

-Tienes un gusto impecable, mia cara,   claro que lo buono  hay que pagarlo, ma io te cobro baratísimo, una ganga.

-Qué irá a decir Leotordo -se preocupaba su mujer-, pero no puedo resistirlo. Quiero uno igual para mi nido. ¿Y esas camitas de hilos de seda, saldrán muy caras?

-No, si te las traigo de la India, piccola mia. Mis primos de Benarés las traen rebajadas, cuarenta por ciento más baratas que en Nueva Delhi…¡y unos colores! Te mueres, Leotordina, te mueres.

Y Leotordina sellaba el negocio dejándole a Golondrisa una ganancia del sesenta por ciento.

-A Golondrisa hay que regatearle bastante, más que de Italia, parece que hubiera venido del Asia menor. – Intervino   Zorzalo.

La Petrucciani le dio una mirada que si hubiera podido hacía un agujero en el piso del nido, justo debajo de las patitas del dueño de casa.

Todo el pajarerío de la cuadra habría quedado endeudado si no hubiera aparecido doña Zorzalina con unas galletitas de pulgón de rosa simplemente deliciosas.       Martín Escolibrí -que se había colado últimamente como si fuera íntimo de don Zorzalo-  no paraba de alabárselas. Por último, prometió volver al día siguiente  con unos pasteles de hormiga roja que la consolarían  inmediatamente por la pérdida de la torta. Doña Zorzalina estaba feliz, cómo había sido tan desconsiderado Zorzalo de no haber invitado antes a los Escolibrí, que además eran tan buenos bailarines.

-¿Y usted, dónde vive señor Escolibrí?-  preguntó don Juanito Chincólez, tratando de dejar en evidencia la condición de afuerino del primero.

-Aquí a la vuelta no más, en el acacio número tres de la calle  Canberra, nido número quince, tercera rama a la derecha. Vaya cuando quiera, don Zorzalo, mi señora hace una miel de azahares perfecta para los pasteles de masa de hoja, recuérdeme traerle un frasco, vecinita.

-Qué nombre más raro tiene esa calle.- Volvía don Juanito a la carga, enojado porque Escolibrí había salido del paso con tanta elegancia y facilidad.

Golondrisa Petrucciani intervino inmediatamente.

-Pero si es el nombre de una ciudad tan linda, con árboles inmensos, yo tengo allá amici de tutta mia vitta,  Bert Kuka Burra y su familia. Hombre muy educado, políglota, y de tan buen humor que nos moríamos de la risa con sus chistes.

Qué  feliz estaba  Zorzalina; al fin, después de tanto tiempo, habían logrado integrarse al barrio. Y Zorzalo,  que tanto había temido relacionarse con los vecinos, siempre pensando que no les caía bien.  De pura alegría partió para la cocina y regresó con una  nueva bandeja de galleticas sobre las cuales los polluelos se arrojaron al más puro estilo bandada de gorriones.

 Empero,  pese a lo bien que lo estaban pasando, de vez en cuando  Zorzalo no podía evitar asomarse al balcón  para ver el deprimente espectáculo de los Palomérez  y los Gorriontínez peleando por las últimas semillas de sésamo para luego menear la cabeza con gesto de resignación. Si algo no podía entender era qué había pasado con los buenos modales del pasado, tan necesarios para vivir en paz.

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